La familia de León Roch, Tomo 1
Part 5
Fué considerado este matrimonio como un golpe de suerte para los Tellerías, nobles de segunda fila, cuyo bienestar material no debía inspirarles grandes escrúpulos en la elección de maridos. Dígase lo que se quiera, las familias nobles del día no profesan á sus pergaminos un culto fanático, y si se exceptúan media docena de nombres que unen á su resonancia histórica un caudal sano, aquéllas no vacilan en aceptar las alianzas convenientes y substanciosas, fundiendo la nobleza con el dinero; y así vemos un día y otro que las doncellas de ilustre cuna dan la mano, y la dan con gusto, á los marqueses de última emisión hechos al minuto, á los condes haitianos, á los políticos afortunados, á los militares distinguidos y aun á los hijos de los industriales. La sociedad moderna tiene en su favor el don del olvido, y se borran con prontitud los orígenes obscuros ó plebeyos. El mérito personal unas veces, y otras la fortuna, nivelan, nivelan, nivelan con incansable ardor, y nuestra sociedad camina con pasos de gigante á la igualdad de apellidos. No hay país ninguno entre los históricos que esté más próximo á quedarse sin aristocracia. A esto contribuyen, por un lado, el negocio, haciéndoles á todos plebeyos, y por otro el Gobierno, haciéndoles á todos nobles.
La felicidad de aquel matrimonio no tuvo en los primeros meses otras contrariedades que la sombra que proyectaban á veces sobre ellos los parientes de María. Pasado algún tiempo, León empezó á creer que se prolongaba más de lo regular la ternura apasionada, inquieta y quisquillosa de su mujer. Esto habría carecido de importancia si con ello no coincidiera una resistencia acerada á plegarse á ciertas ideas y sentimientos de su marido. Grandísima tristeza tuvo León cuando vió que sin dejar de amarle arrebatadamente, María no iba en camino de someterse á sus enseñanzas, no ciertamente del orden religioso, pues en esto el discreto marido respetaba la conciencia de su mujer. ¡Estupendo chasco! No era un carácter embrionario, era un carácter formado y duro; no era barro flexible, pronto á tomar la forma que quieran darle las hábiles manos, sino bronce ya fundido y frío, que lastimaba los dedos, sin ceder jamás á su presión.
Una noche, al año de casados, hallábanse solos en su gabinete. Habían hablado larga y cariñosamente de la conformidad de pensamientos como base inquebrantable de todo matrimonio pacífico. Agotada la conversación, el uno había tomado un libro para hojearlo junto á la chimenea, y la otra rezaba. De repente, María Egipciaca dejó el reclinatorio, y acercándose á su marido, le puso la mano en el hombro.
«Tengo una idea--le dijo clavando en él su misteriosa mirada verde, que tenía entonces, con los reflejos de esmeralda y oro, dulzura extraordinaria, sin duda porque sus ojos volvían de ver á Dios;--tengo una idea que me enorgullece, León.»
León aguardó un poco, por no dejar interrumpido el párrafo, y después oyó á su mujer.
«Voy á manifestarte mi idea--añadió ella.--Yo, mujer débil, inferior á tí en muchas cosas, y principalmente en saber y experiencia, lograré un triunfo que jamás alcanzará tu orgullosa superioridad.»
León le tomó su mano y se la besó tres veces, diciéndole:
«Yo no soy superior á nadie, y menos á tí.
--Sí lo eres: esto aumenta mi gozo y me empeña más en mi empresa... Tú, con tu juicio, que crees tan fuerte, aspiras á cambiar mi carácter. Yo, con mi amor, que es más grande que todos los juicios, aspiro á conquistar el juicio tuyo, haciéndote á mi imagen y semejanza. ¡Qué batalla y qué victoria tan grande!
--¿Cómo lograrás eso?--dijo León rodeando con el brazo la cintura de su mujer.
--No sé si intentarlo poco á poco... ¡ó así!»
Al decir así, María arrebató violentamente el libro de las manos de su esposo y lo arrojó á la chimenea, que ardía con viva llama.
«¡María!» gritó León aturdido y desconcertado, alargando la mano para salvar al pobre hereje.
Ella le estrechó en sus brazos impidiéndole todo movimiento; le besó en la frente, y después volvió al reclinatorio, donde se puso á rezar de nuevo.
¿Qué decía el libro? ¿Qué decía el rezo?
IX
La Marquesa de Tellería.
Los Marqueses de Tellería vivían en el principal de su casa. León Roch, atento á que entre la vivienda de sus suegros y la suya hubiese la mayor extensión posible de superficie terráquea, había alquilado una hermosa casa en lo más apartado de la zona del Este. Allí le encontraremos dos años después de su boda.
«Buenos, días, León... ¿Estás solo? ¿Y Mariquilla?... ¡Ah! estará en misa: yo pensaba ir también; pero ya es tarde... Alcanzaré la de once en San Prudencio... ¿Qué tienes?... estás pálido. ¿Habéis reñido?... Pero me sentaré... Dime, ¿cuánto te han costado esas estatuas? Son hermosísimas. Tienes una linda colección de bronces... Pero dime, ¿todavía vas á meter más libros en este despacho? Esto es la biblioteca de Alejandría. ¡Oh! ¡no es como tú toda la juventud de estos tiempos!... ¡Qué chicos los de hoy! Yo no sé qué será del mundo cuando lleguen á la edad madura esa multitud de jóvenes viciosos, ociosos y enfermos que hoy son el adorno principal de esta sociedad... Pues todavía hay un mal mucho peor. Pase que los muchachos sean casquivanos y sin substancia... pero los viejos son más viciosos, más frívolos, más disipadores, más holgazanes que los chicos... He llegado al asunto delicadísimo de que quiero hablarte, querido hijo. Siéntate y atiéndeme un poco.»
Azotó la Marquesa con su hermosa mano el brazo de la butaca más próxima, y sentado en ella León, dispúsose á oir á su madre política. Era ésta una dama de gentil porte, bruscamente desmejorada después de una larguísima juventud, por repentinas dolencias que se habían presentado cual acreedores, tanto más implacables cuanto más rezagados. Y no obstante, aún la hermosura de la dama prevalecía resplandeciendo débilmente en su cara, y descendía hacia el horizonte entre las caliginosas brumas de un blanquete no siempre aplicado con comedimiento y habilidad. Aquella puesta de sol no era de las más espléndidas. Su cuerpo airoso y antaño lleno de majestad, se inclinaba ya como presintiendo su bajada á las frías honduras del sepulcro, si bien el férreo costillaje del corsé mantenía en aparente firmeza y redondez aquella desplomada arquitectura. Sus ojos, negros y hermosos, eran lo menos muerto de aquel conjunto moribundo, y á veces se abrillantaban con gracia y embeleso, semejando á un rasgo de inspiración en medio de la oda académica compuesta de imágenes arcáicas y manoseadas. Su cabello, que del negro andaluz había pasado al rubio veneciano, pasaba ora del rubio de Venecia á un plateado indeciso y pulverulento.
Su tez, áspera ya y sin lisura, desaparecía bajo una especie de vello artificial en que se confundían sutiles alquimias olorosas, dispuestas para engañar al espectador, bien así como en los teatros el pintado lienzo imita la verdura de los bosques y aun la diafanidad y pureza del cielo. Pero aquel efecto, conseguido hasta cierto punto en las acecinadas mejillas de la señora en decadencia, perdíase á veces, porque la comprada blancura del rostro hacía que amarilleasen un poco los dientes, todavía enteros, bonitos, iguales. Su sonrisa, toda gracia y desdén, los mostraba á cada rato, por hábito antiguo que bien pronto habría de modificarse, si aquel lindo teclado doble comenzaba á desorganizarse como un ejército que cree haber peleado bastante. Vestía gallardamente y con elegancia. Su habla era abundante, con pretensiones, no siempre inútiles, de añadir tal cual frase ingeniosa al aluvión de palabras insubstanciales que forma el fondo de la conversación corriente entre personas sin médula.
«Ya escucho, señora,--dijo León.
--No me gustan rodeos--añadió la Marquesa.--Además, María te habrá hablado de esto. Tu padre político es un perdido.
--Creo que exagera usted un poco. El Marqués gusta de divertirse... es gusto muy general entre las personas que no tienen nada que hacer.
--No, no, no le defiendas. La conducta de Agustín es indefendible... ¡A su edad!... Lo extraño es que en sus mejores tiempos ha sido un hombre recogido, prudente, callado y metido en casa. Créelo: me repugna ver al Marqués hecho un viejo verde. Y no es otra cosa; aquí le tienes pintado en dos palabras: un viejo verde. Hace dos años, casi desde que te casaste con mi hija, mi querido esposo empezó á frecuentar el _Círculo_ de los muchachos; tropezó con algunos mozalbetes que le enloquecieron, cambió de lenguaje, de modo de vestir, trasnochó, jugó... ¿Pero tú no notas que hasta parece rejuvenecido? ¿No te hace reir, confiésalo con franqueza, su empeño de parecer pollo? Le verás siempre en las cuadrillas de muchachuelos que mariposean por Madrid... De veras es cómico... Siempre le tienes de flor en el ojal... Esta mañana le he dicho algunas verdades un poco duras. Yo no sé cómo se las compondrá él con su sastre, porque es un gasto de ropa que abruma... Aquí en la confianza de la familia, se puede decir todo, León. Mi buen marido gasta lo que no tiene ni puede tener en toda su vida. Nunca fué ordenado, pero tampoco disipador; jamás escribió un número en un pedazo de papel, pero tampoco se dejó arrastrar por el afán de un lujo imposible... ¿Y quién es la víctima de esto? Yo, yo, que habiéndome sacrificado siempre, debo sacrificarme también ahora, cuando mi salud está quebrantada y necesito sosiego, descanso, paz. ¡Ay! ¡cuánto envidio á la que reina en esta casa! ¡Con cuánto gusto aceptaría un rincón en ella, aunque fuera el más humilde!... Es un tormento mi vida. Agustín gasta lo que no tiene; Gustavo es formal y bueno, pero muy poco apegado á sus padres; Leopoldo no es ni será nunca nada, por su ineptitud y esos hábitos de ociosidad y disipación adquiridos á pesar de mis esfuerzos para evitarlo. Y gracias que el Señor, al paso que me da tales pruebas de sus rigores, me las da por otro lado clarísimas de su misericordia... ¡Qué orgullo tan grande para una madre tener dos hijos como Luis Gonzaga y María, aquél tan profundamente apegado á su carrera eclesiástica que será, según me dicen los Padres, un verdadero santo; ésta casada contigo, feliz contigo, ofreciendo contigo un modelo de matrimonios pacíficos y en completa armonía! ¡Lástima que no tengáis hijos!»
Al llegar aquí, la Marquesa, dejándose llevar de su sentimiento, dió libertad á algunas lágrimas que no llegaron á rodar por sus mejillas: tan prontamente las atajó secándolas con su pañuelo. Después siguió exponiendo las penas que afligían su corazón de esposa y de madre. Según dijo, había padecido mucho por el carácter ligero del Marqués y la condición díscola ó superficial de Gustavo y Leopoldo; había consumido su juventud y lo mejor de su vida en esfuerzos heróicos para evitar el hundimiento de la casa de Tellería; había sacrificado para este fin importantísima parte de su dote, que no era un grano de anís; pero reservaba lo mejor, sí, y lo reservaría aunque los chicoleos juveniles del Marqués y los extravíos de sus hijos llegasen al último extremo. Ella no podía exponerse á una vejez de miseria humillante, ni á vivir de la limosna de su hija, casada con un hombre rico: sus hábitos, sus principios, su dignidad, no le permitían sacrificar tampoco lo mejor de su dote al hombre imprudente que había esparcido por las mesas verdes de los casinos y por los cuartos de las bailarinas el patrimonio de Tellería... ¡Y si ella lo dijese todo, si ella revelase lo más negro...!
«Sí, lo revelaré... á tí se te puede decir todo--añadió mirando á su yerno con cierto éxtasis.--No sólo tienes el deber, sino el derecho de conocer las debilidades de tus padres... Me han dicho que el Marqués está enredado con... la habrás visto, habrás oído hablar de ella... esa que llaman _la Paca ó la Paquira_... no vale nada, pero es graciosa y elegante. Le comió al Duque de Florunda lo poco que le quedaba... Figúrate tú ese mamarracho de Agustín, que casi está con un pie en el sepulcro... Esto más que ira da compasión, ¿no es verdad?»
León meditaba.
«¿En qué piensas, hijo?
--En que la virtud cardinal del matrimonio es la paciencia.
--Eso quiere decir que sufra y aguante... ¡Pero si mi vida ha sido un puro martirio!... Yo seguiría resistiendo si los despilfarros y las locuras de Agustín no me trajeran compromisos graves que tocan al buen nombre de nuestra casa. Estoy apuradísima... ¿qué crees? ¡Oh! Siento mucho decirte que no puedo darte los sesenta mil reales que me prestaste y que yo debía devolverte este mes como convinimos.
--No importa--dijo León deseando cortar delicadamente aquel asunto.--No se ocupe usted de eso.
--Es que no sólo no puedo darte aquellos tres mil duros, sino que me hacen falta otros tres mil.
--Tampoco importa: los tendrá usted.
--¡Otros tres mil! Esto es horrible. ¡Cómo abuso de tu bondad!... Será la última vez, porque estoy decidida á montar la casa con un régimen muy estrecho... Yo te doy garantías con mi casa de Corrales de Arriba.
--No es preciso garantía... Repito...
--¡Gracias, gracias!... ¡Eres tan buen hijo!... ¡te quiero tanto!... ¿Cómo te pagaré?...--dijo la Marquesa visiblemente trastornada por una emoción verdadera.--No creas: también tú tienes que agradecerme. Me ocupo de tí, de tu bien, y algunas veces me apresuro á quitar de en medio alguna nubecilla que pueda dar sombra á tu felicidad. Anoche reñí con tu mujer.
--¿Con María?
--Con María, sí: también ella tiene sus defectos, aunque defectos que, según dicen, no son otra cosa que exageración de las virtudes. Ya sabes que es muy religiosa, excesivamente religiosa. Hace tiempo comprendí que por este motivo de la religión habría en vuestro hogar algunos disgustillos.»
León dió un suspiro.
«Algunos--indicó;--pero no graves.
--Vamos, no vengas á quitar importancia á vuestras desazones--dijo la Marquesa, contrariada de que León suavizase lo que á ella le convenía endurecer.--La pobre muchacha te quiere ciegamente; su amor está sobre todo; pero le atormenta mucho tu fama de ateo. Ya sabes que los pensamientos de mi hija son indóciles é indomesticables como las fieras del desierto.»
León hizo con la cabeza un triste signo que indicaba una respuesta afirmativa más triste aún.
«Pase que no vea con gusto tu irreligiosidad... Eso es natural... Nos han enseñado una fe, y en ella debemos vivir y morir. Pero que llore y se desespere porque no vas todos los días á la iglesia como ella, ni confiesas cada mes, ni gastas tu dinero en bobadas... vamos, esto es ridículo. ¡Cuánto le he predicado anoche!... ¿qué crees?... me enfadé, le reñí, golpeé en su cabeza dura como se golpea en un yunque, y al fin...
--¿Y al fin?...
--La convencí, sí, la convencí de que no se puede exigir á los hombres ciertas prácticas, que si en nosotras están bien, en ellos serían ridículas, ferozmente ridículas. Buen trote llevan los hombres del día para que se les quiera meter en las iglesias. Yo digo una cosa: María empleando su tiempo en devociones, y tú gastándolo en tus estudios, podéis ser muy felices. ¿A qué entrar en honduras? ¿Acaso tú le impides que rece todo lo que quiera? Los hombres de hoy tienen sus ideas, y no es posible luchar con ellos. Nadie hay más religiosa que yo; pero no quiero meterme en cosas que no entiendo. Las mujeres no somos sabias: creemos y creemos y creemos. Un matrimonio que se desavenga por esto, me parece el colmo de la tontería... ¿Pero no sabes su pretensión? Aspira nada menos que á convertirte, á hacerte aborrecer tus ideas y adorar las suyas... Vamos, no pude tener la risa cuando le oí esto. ¿Sabes qué dice? Que su mayor gozo sería quemarte todos los libros que tienes aquí... ¡Qué lástima! ¡unas encuadernaciones tan bonitas!... Buen cuidado me daría á mí de que mi esposo no me imitara en mis devociones, con tal de que me amase mucho y no amase á ninguna más que á mí... ¡Celos de los libros! jamás. Eso es de mujeres tontas. No puedes figurarte con qué fuerza le hablé: le dije que tú eras el hombre mejor de la tierra... Ella convenía en esto; pero... nunca le faltaban peros. Le dije que vales más que ella, infinitamente más que ella; que eso del ateísmo es un fantasma; que aunque se habla de ateos, no hay tales ateos, así como se hablaba antes de las brujas á pesar de no existir tales brujas. Le dije que no pensara en esa sandez de convertirte, y que lo mejor que podía hacer para tener paz perpetua en su casa, era aflojar un poco en su monomanía, ¿no te parece?... Quizás le convenga mudar de confesor, ¿no te parece?... En esto debe imitarme. Yo soy muy religiosa; cumplo fielmente todos los preceptos; contribuyo al culto con lo que puedo; pero nada más. ¿No crees que mi hija deba imitarme?»
León no contestó nada. Estaba taciturno y abstraído. Bruscamente echó de sí una idea lúgubre, como quien espanta un abejón que zumba, y mirando á su suegra, le dijo:
«Hoy mandaré á usted los sesenta mil reales.
--¡Ah! ¿te ocupabas de eso?--repuso la Marquesa, cuyo semblante parecía que con la irradiación del gozo se ponía fosforescente.--Bueno: mándalo, te daré el recibo... ¡Pero cómo me estoy aquí charla que charla! Con tu buena compañía me olvido de que tengo prisa, mucha prisa, muchísima. ¡Las once!... ¡Voy á perder la misa!...»
Levantóse apresuradamente y dió la mano á su yerno.
«El Padre Paoletti predica hoy... Adiós... Corro á San Prudencio. ¿Qué quieres para tu mujer? Le diré que venga pronto á casa, que estás muy solo. Abur, abur.»
X
El Marqués.
Era de cuerpo pequeño, rostro fino y afeminado, al cual daba por cálculo, trocado al fin en costumbre, una gravedad pegadiza, semejante á un cosmético que empleara diariamente metiendo el dedo en los botes de su tocador de viejo florido. Ojos, nariz y boca eran en él, como los de su hija, de una corrección admirable; mas lo que en ella cautivaba, en él hacía reir, y lo serio se mudaba en cómico, porque nada es tan horriblemente bufón como la fisonomía de una mujer hermosa colgada como de espetera en las facciones de un viejo mezquino.
Su vestir correctísimo y elegante, sus ademanes desembarazados, su cortesía refinada y desabrida, que encubría una falta absoluta de benevolencia, de caridad, de ingenio, adornaban su persona, brillando como la encuadernación lujosa de un libro sin ideas. No era un hombre perverso, no era capaz de maldad declarada, ni de bien: era un compuesto insípido de debilidad y disipación, corrompido más por contacto que por malicia propia; uno de tantos; un individuo que difícilmente podría diferenciarse de otro de su misma jerarquía, porque la falta de caracteres, salvas notabilísimas excepciones, ha hecho de ciertas clases altas, como de las bajas, una colectividad que no podrá calificarse bien hasta que los progresos del neologismo no permitan decir _las masas aristocráticas_.
Y aquel sér vacío y sin luz tenía palabras abundantes no exentas de expresión, y manejaba á maravilla todos los lugares comunes de la prensa y de la tribuna, sin añadirles nada, pero tampoco sin quitarles nada. Era, pues, un propagandista diligente de ese tesoro de frases hechas, que para muchas personas es compendio y cifra de la sabiduría. Era de los que constantemente desean que haya _mucha administración y poca política_; estaba convencido de que _este país es ingobernable_; deseaba que se conservasen _las venerandas creencias de nuestros antepasados_, para que volviéramos á ser asombro de _propios y extraños_; creía firmemente que _aquí no puede haber nada bueno_; _que éste es un país perdido_, á pesar de _la fertilidad del suelo_; y al mismo tiempo sostenía con rutinaria devoción los dogmas inquebrantables de la _hidalguía castellana_, de la _religiosidad nunca desmentida del pueblo español_, de la _tendencia materialista del siglo_, etc. Tenía además _grandísimo horror á las utopias_, y para él todo lo que no entendía era una utopia. A la pandereta de su verbosidad no le faltaba, como se ve, ninguna sonaja.
«¡Siempre aquí, siempre en este bendito despacho, que parece la celda de un prior por sus buenas luces y su tamaño, y habitación de un príncipe por las obras de arte que contiene!... siempre aquí, querido León. No se te ve en ninguna parte. ¿Y María? Anoche estuvo en casa; no faltaron las lágrimas de siempre. Va á que su mamá la consuele, y Milagros y ella cuchichean... Yo creo que entre las dos te ponen como ropa de Pascua. Allí no se piensa más que en los abonos de los teatros y en los Triduos de San Prudencio. Después de misa se reúnen todas á hablar de modas... ¿Estás enfermo? Te encuentro pálido; ¿que tienes?
--¿Yo?--dijo León mirando á su suegro como quien despierta de un sueño y se ve delante de un desconocido...--¿Decía usted...?
--Que si estás malo. Tienes muy mala cara. Anoche se habló de tí en casa de Fúcar... Por cierto que nunca he visto al Marqués de tan mal humor. Desde que Pepa se casó con Cimarra, el pobre D. Pedro no hace más que tragar hiel... ¡Pobre Pepa! Se cuentan de Federico horribles bribonadas... ¡Y qué niña tan bonita tiene Pepa! ¿La has visto? ¿No vas por allá?... Tienes buenos cigarros, á fe mía...»
El humo de los dos habanos se juntaba subiendo al techo. Por un instante reinó profundo silencio en la hermosa pieza. Oíase tan sólo el efervescente rumor del chorro de la manga de riego con que el jardinero refrescaba los macizos del jardín. En habitaciones lejanas cantaban algunos pájaros aprisionados, cuyo charlar parecía una disputa de todas las notas musicales, discutiendo sobre el mejor modo de formar una sinfonía en un cerebro wagneriano. En el despacho, un gran atlas geológico, abierto sobre ancho atril casi tan grande como un facistol, mostraba en franjas de colores las edades del mundo. En la mesa veíanse flores abiertas en canal, mostrando sus ovarios misteriosos; insectos rotos en estado de autopsia; ejemplares conchylológicos aserrados por la mitad, revelando el secreto de sus graciosas bóvedas esmaltadas de rosa y nácar; láminas representando huevos en distintos grados de incubación; modelo del ojo humano en cartón y del tamaño de un coco; y en medio de tales baratijas resplandecía el lente de un microscopio, reflejando un rayo de sol y enviándolo cual mirada curiosa sobre la cabeza del Marqués, que, por lo desnuda de cabello, convidaba al estudio de la craneoscopia.
«¿Te dedicas también á la Historia Natural?--dijo éste con expresión de tolerancia.--Esa parece ser la ciencia del día, la ciencia del materialismo. ¡Bonito servicio estáis haciendo al género humano, arrancándole _sus venerandas creencias_, para darle un cambio... ¿qué?... la famosa hipótesis de que somos primos hermanos de los monos del Retiro!»
Rióse con pueril carcajada de su propia ocurrencia, y después echó una ojeada sobre los estantes de libros.
«¿Sabes--dijo súbitamente,--que soy ponente de la Comisión que ha de dar informe sobre la _Ley de vagos_?
--Darán ustedes un informe brillante.
--¡Oh! es cuestión delicada--añadió el Marqués, echándose atrás en la mecedora, de modo que se quedó mirando al cielo y con los pies en el aire;--es la cuestión madre. Yo le he dicho varias veces al Presidente del Consejo: «Mientras no tengamos una buena _Ley de vagos_, no hay que pensar en una buena política.» Hay que ir al fondo de las cosas, á las causas fundamentales, ¿no te parece? De la multitud de holgazanes y gentes de mal vivir, cesantes hambrientos y pillastres que aguardan las revueltas públicas para hacer su agosto, proviene el malestar en que vivimos. Bárreme toda esa inmundicia y te respondo del orden social.
--Muy bien pensado--dijo León.--Barrer, barrer es lo que importa.
--¡Ah! lo malo es que no puedo dedicar á la Comisión todo el tiempo que deseara. Estoy muy ocupado. Y á propósito, querido León, tengo que hablarte de un negocio.»
Había llegado al punto que era objeto de su visita; pero abordándolo con grandísimo interés, que hacía palpitar su corazón, lo disimulaba expertamente. No podían faltar á aquel hombre enteco emociones íntimas y donosura cortesana para velarlas.