La familia de León Roch, Tomo 1

Part 18

Chapter 182,982 wordsPublic domain

En efecto: la pensioncilla se le atragantaba, y aunque la gratitud impedíale protestar de palabra contra ella, bien claro decía su demudado rostro que aquella limosna vitalicia, arrojada por la compasión, sublevaba su orgullo y enardecía su sangre. Tal era su relajación moral, que no se creía rebajado implorando un préstamo con garantías ilusorias, equivalentes á una reserva mental de no pagar nunca, y se sentía herido en lo más doliente de su sér al recibir una pensión que llamaba él _una bofetada de pan_.

Además, su propio egoísmo le hacía rechazar una solución que no le sacaba de los apuros del momento. ¿Qué le importaba el porvenir ni aquella vida modesta y decorosa de que León le hablaba? ¿Qué entiende el tramposo de porvenir? Su afán es salvarse en las grandes crisis de escándalo, para seguir después, alta la frente, seguro el paso, por el mismo camino de la dilapidación y del fraude, cuyos recodos y atajos conoce á maravilla. Pero el respeto del Marqués á las conveniencias y su refinada cortesanía, obligábanle á velar su pensamiento y aun á mostrarse agradecido por aquel _potaje de San Bernardino_ que su yerno le ofrecía.

«Una pensión...--dijo revolviendo en la boca lo que parecía hueso de fruta.--Eres muy generoso... yo te agradezco tu previsión. Verdad es que no resolvemos nada con eso. El naufragio subsiste, y tu pensión es una playa que está á cien leguas de distancia...»

No supo decir otra cosa; pero palideció más, y sus ojos miraban con más fijeza al suelo. Determinábanse en él la ira y la contrariedad por una desfiguración facial que parecía envejecimiento rápido, instantáneo, milagroso. Su boca se fruncía entre dos pliegues hondos, y los pelos de su bigote desengomado tomaban direcciones distintas, cual si quisieran amenazar á todo el género humano. Sus mejillas de tez ajada y vinosa se le llenaban de arrugas, y bajo sus apagados ojos colgaban dos bolsas de carne blanducha. Hasta se podría creer que su cuello se hacía más delgado, sus orejas más largas y cartilaginosas; que sus sienes, oprimidas y surcadas de venas verdes, tomaban el color amarillento de la cera de velas mortuorias. Cuando el inflexible yerno dijo con su tono decisivo é inapelable: «la pensión y nada más que la pensión,» D. Agustín de Sudre marchaba con veloz descenso á la decrepitud. Después de meditar un rato sobre su desastrosa suerte, alzó la cabeza, y poniendo en sus labios una de esas contracciones en que se confunde la sonrisa del disimulo con el espumarajo de la rabia, dijo á su yerno:

«Eres muy complaciente y benévolo con nosotros; pero si mucho tenemos que agradecerte, también tú tienes motivos para guardarnos consideraciones. Ni siquiera nos hemos quejado al ver que has hecho desgraciada á nuestra querida hija.

--¡Que yo la hago desgraciada!--exclamó León con flema.

--Sí: muy desgraciada... y nosotros tan callados, por consideración á tí, por excesiva consideración... Pero al fin los sentimientos paternales se despiertan vivamente en nosotros, y no podemos callar viendo el dolor de ese ángel... Pues qué, ¿crees tú que la pena ocasionada por tu separación no la llevará al sepulcro?»

Todos los seres, por diminutos que sean, tratan de morder ó picar cuando se sienten aplastados. Herido en su orgullo y burlado en sus locas esperanzas, el Marqués sacaba su aguijoncillo.

«Esa cuestión es harto complicada para tratarla de paso. ¿Quiere usted como padre recibir explicaciones? Si es así, preciso es confesar que ha tardado usted mucho en pedírmelas. Hace casi un mes que me separé resueltamente de María.

--Pero no por tardar dejo de hacerlo--dijo D. Agustín reanimándose al ver en sus manos una de las armas que ponen al cobarde en mejor situación que el valiente.--Soy padre, y padre amantísimo. Lo que has hecho con María, con aquel ángel de bondad, no tiene nombre. Primero la has atormentado con tu ateísmo y has martirizado cruelmente su corazón, haciendo gala de tus ideas materialistas... Pues qué, ¿no merece ya ni siquiera respeto la piedad de una mujer, que educada en la verdadera religión, quiere practicarla con fervor? Pues qué, ¿ya no hay creencias, ya no hay fe; hemos de gobernar el mundo y la familia con las _utopias_ de los ateos?

--¿Qué sabe usted cómo se gobiernan el mundo y la familia?--dijo León tomando á burlas la severidad de su suegro.--¿Ni cuándo ha sabido usted lo que es religión, ni cuándo ha tenido creencias, ni fe, ni nada?...

--Es verdad: yo no soy sabio, no puedo hablar de esto--replicó Tellería, reconociéndose incompetente.--No sé nada; pero hay en mí sentimientos tradicionales que están grabados en mi corazón desde la niñez; hay ciertas ideas que no se me han olvidado á pesar de mis errores, y con esas ideas afirmo que al separarte de María, has conculcado las leyes morales que rigen á la sociedad, todo _lo que hay de más venerando en la conciencia humana_.»

Este trozo de artículo de periódico exasperó á León tal vez más de lo que la calidad de su interlocutor merecía. Pálido de ira, le dijo:

«Buenas están vuestras leyes morales, buenas están vuestras interpretaciones de la conciencia humana... Tienen gracia vuestras cosas venerandas. ¡Ah, y yo he sido tan necio que he sufrido por espacio de cuatro años una vida de opresión y asfixia dentro de una esfera social en que todo es fórmula: fórmula la moral y la religión, fórmula el honor, fórmula la riqueza misma, fórmulas las leyes, hechas de mogollón, jamás cumplidas, todo farsa y teatro, en que nadie se cansa de engañar al mundo con mentirosos papeles de virtud, de religiosidad, de hidalguía! ¡Bonito modelo de sociedad, digna de conservarse perpetuamente sin que nadie la toque, sin que nadie ose poner la mano en ella, ni siquiera para acusarla! ¡Y yo, según usted, he faltado al respeto que merece este rebaño de hipócritas, bastante hábiles para ocultar al vulgo sus corrupciones y hacerse pasar por seres con alma y conciencia! ¡Y yo que he sido un sér pasivo, yo que he visto y callado y sufrido, y ni siquiera me opuse á las aberraciones de mi mujer, más fanática, pero menos criminal que los demás, he faltado á las leyes morales! ¿En qué ni de qué modo? ¡Pero sí, sí: he sido cómplice callado y ocultador criminal del desorden, ayudando con mi dinero á los padres pródigos, á los hijos libertinos y á las madres gastadoras! He sido el Mecenas de la disolución, he dado alas á todos los vicios, al crimen mismo. Esta es mi falta, la reconozco.»

Al principio enojado, después iracundo y al fin furioso, León daba golpes sobre la mesa, increpando con enérgica mano á su suegro, el cual se fué empequeñeciendo, reduciéndose á la mínima expresión. El pobre señor tenía los ojos fijos, durante la filípica, en un vaso puesto sobre la mesa, y consideraba que cabría muy bien dentro de aquel vaso. Monina y Tachana, muertas de miedo, recogieron sus cucuruchos y sus gallos de papel, y calladitas, sin atreverse á reir ni á llorar, se retiraron á un rincón de la pieza.

«Yo hablaba como padre,--dijo el Marqués con voz tan tenue que parecía salir del fondo del vaso.

--Y yo hablo como hombre herido en lo más delicado de su alma, como marido expatriado de su hogar por una Inquisición de hielo, y lanzado á las soledades del celibato de hecho por un fanatismo brutal y una fe sin entrañas. Esas leyes morales de que usted me hablaba me condenarán á mí, lo sé, y me condenarán por lo que llaman ridículamente mi ateísmo, cuando los verdaderos ateos, los materialistas empedernidos son ellos, son esos que se visten toga de juez para acusarme, lo mismo que se vestirían el saco de Pierrot para bailar en un sarao. Aunque no les creo dignos de recibir una explicación mía, sepan que soy víctima, no el verdugo, y que estoy decidido á no respetar, como hasta aquí, los dictámenes de los hipócritas, ni las sentencias de los corrompidos. Yo obraré por cuenta mía, yo sé dónde están las verdaderas, las inmutables leyes: no haré caso de formulillas ni de recetas. ¡Qué placer tan grande despreciar, no ya secreta, sino públicamente, lo que no merece ningún respeto: ese tribunal, esa sentencia fabricada con el voto y con los pareceres de todos los despojados de sentido moral, de los concusionarios, de los hipócritas, de los pródigos, de los holgazanes, de los mojigatos viciosos, de los viejos amancebados, de las mujeres locas, de los jóvenes decrépitos, de los negociantes en fondos públicos y en conciencias privadas, de los que quieren ser personajes y sólo son jimias, de los que todo lo venden, hasta el honor, y de los que no se venden porque no hay quien los quiera comprar, de los que se dan aires de gravedad sacerdotal, siendo seglares, y son un verdadero saco de podredumbre con figura humana!... Allá se queden esos... yo me aparto, me retiro solo dejando á mi desgraciada esposa lejos de mí, por su voluntad, no por la mía. Miraré desde fuera ese espectáculo edificante. Allá se entiendan... Vivan al día; gasten lo que no tienen; hagan novenas; reciban coronas y alabanzas los adúlteros; repártase el dinero de la riqueza territorial entre los sacristanes y las bailarinas; púdranse las familias y acaben en generaciones de engendros raquíticos; hagan de las cosas más serias de la vida un juego frívolo, y conservando en sus almas un desdén absoluto á la virtud, á la verdadera piedad, invoquen con su lenguaje campanudo una moral que desconocen y un Dios que niegan con sus actos. ¡Ateos ellos, á menos que Dios no sea un vocablo cómodo! ¡Ateos ellos mil veces, que miden la grandeza de los fines divinos por la pequeñez y la impureza de sus corazones de cieno!»

El ardor de sus palabras había secado su boca. Tomó el vaso que estaba sobre la mesa, aquel mismo vaso en que el Marqués hubiera querido meterse, y bebió un sorbo de agua. El infeliz acusado se había empequeñecido tanto, que ya no miraba al vaso, sino á una cajilla de cartón, y parecía decir: «¡Qué bien estaría yo ahora dentro de esa caja de fósforos!»

Como buen cortesano y dueño absoluto de una multitud de conceptos comunes para todas las ocasiones, aun las más críticas, Tellería halló el modo de decir alguna palabra que le sirviese para disimular la gran confusión en que estaba.

«No te seguiré por ese camino--dijo estirando el cuerpo y ahuecando la voz.--No imitaré tu lenguaje violento. Yo he invocado las leyes morales y las invocaré siempre en este asunto... Insisto en lo inexplicable del desaire que has hecho á María, esposa fiel y honrada; insisto en lo misterioso de tu separación. Yo no puedo ver en eso un hecho ocasionado simplemente por el fanatismo de María; yo sospecho que tú...»

El Marqués se detuvo. Oyóse la voz de Tachana llorando. Ella y Monina se habían metido en un rincón detrás de una silla, al través de cuyos palos contemplaban llenas de susto á los dos hombres que tan acerbamente discutían. Cansadas al fin del escondite, empezaron á reñir una con otra. Ramona dió un bofetón á su compañera.

«¿Qué niñas son éstas?--dijo el Marqués vivamente.--¿No es aquella rubia la nietecilla del Marqués de Fúcar, la hija de Pepa?...

--Sí. Monina, ven acá.

--¿No está aquí Suertebella?

--Aquí cerca.

--Ya...»

El Marqués se levantó. Tenía su idea. Aquel hombre, tardo en el juicio, y que rara vez podía gloriarse de ser propietario de un pensamiento, pues pensaba con la lógica ajena, así como hablaba con las frases hechas, sintió su lóbrego cerebro invadido por una luz extraña. ¡Oh! Sí: él, él también tenía su idea, y no la cambiara por otra alguna.

«Adiós,--dijo secamente á su yerno, poniendo una cara muy seria, tan exageradamente seria que parecía cómica.

--Pues adiós,--replicó León con calma.

--Nos volveremos á ver y hablaremos de las leyes morales--añadió D. Agustín.--Hablaremos también de la desgracia de mi hija, del abandono de mi hija, del honor de mi hija. Esto es muy serio.»

Y se crecía, se crecía de tal modo, que ya no cabía en la cajilla, ni en el vaso, ni en el sillón, y hasta el cuarto parecíale pequeño para contener su gigantesca talla.

«Hablaremos ahora.

--No... necesito calma, mucha calma. Mi hija debe ponerse al amparo de las leyes. Voy á comunicar mi pensamiento á la familia... El asunto es gravísimo. ¡Mi honor!...

--¡Ah! Su honor de usted--dijo León riendo.--Bien: le buscaremos, y cuando parezca, hablaremos de él... Adiós.»

Tellería se retiró. Aunque apenadísimo por el mal éxito de su tentativa pecuniaria, se sentía orgulloso, hinchado. Algo muy grande sentía dentro de sí que dilatándose le hacía crecer de tal modo, que ya no cabía en la escalera, ni en el portal, casi no cabía en la calle, ni en el campo, ni en el universo. Era su idea, que entró casi invisible y crecía dentro, sugiriéndole con fecundidad asombrosa otras mil ideas subordinadas, las cuales le halagaban, poniéndole á él muy alto y á los demás muy bajos. Qué bueno es tener una idea, sobre todo cuando esa idea nos consuela de nuestra infamia con la infamia de los demás, haciéndonos exclamar con orgullo:

«¡Todos somos lo mismo, lo mismo!»

FIN DEL TOMO PRIMERO

ÍNDICE DEL TOMO PRIMERO

PRIMERA PARTE

Páginas.

I.--De la misma al mismo. 5

II.--Herpetismo. 15

III.--Donde el lector verá con gusto los panegíricos que los españoles hacen de sus compatriotas y de su país. 22

IV.--Siguen los panegíricos dando á conocer en cierto modo el carácter nacional. 33

V.--Donde pasa algo que bien pudiera ser una nueva manifestación del carácter nacional. 41

VI.--Pepa. 49

VII.--Dos hombres con sus respectivos planes. 61

VIII.--María Egipciaca. 76

IX.--La Marquesa de Tellería. 90

X.--El Marqués. 102

XI.--Leopoldo. 113

XII.--Gustavo. 121

XIII.--El último retrato. 132

XIV.--Marido y mujer. 142

XV.--Un convenio como los que la diplomacia llama «modus vivendi.» 162

XVI.--De Crematística. 170

XVII.--La desbandada. 181

XVIII.--El asceta. 190

XIX.--La Marquesa se va á la música. 203

XX.--Un drama viejo, viejísimo. 212

XXI.--Batiéndose con el ángel. 228

XXII.--Vencido por el ángel. 236

SEGUNDA PARTE

I.--Si el tiempo lo permite. 241

II.--Memorias.--Tristezas. 256

III.--María Egipciaca se viste de pardo y no se lava las manos. 270

IV.--El mayor monstruo, el crup. 284

V.--La madre. 307

VI.--El Marqués de Fúcar recibe nuevos favores del cielo. 313

VII.--Erunt duo in carne una. 326

VIII.--En que se ve pintado al vivo la invasión de los bárbaros.--Resucitan Alarico, Atila, Omar. 339

IX.--La crisis. 354

EDICIONES ESPAÑOLAS

PUBLICADAS EN INGLATERRA Y ESTADOS UNIDOS

Por concesión especial del autor se han hecho estas ediciones, para uso de los escolares ingleses en las cátedras de lengua española. Al texto español, escrupulosamente reproducido, siguen copiosas notas en inglés, que aclaran todos los puntos gramaticales obscuros, así como los modismos y locuciones provinciales.

=Trafalgar=, edited with notes and introduction, by _F. A. Kirkpatrick_. _University Press_: Cambridge, 1905.

=Marianela=, with Introduction, notes and vocabulary, by _J. Geddes_: Boston, 1903.

=Doña Perfecta=, with Introduction and notes, by _A. R. Marsh_: Boston and London, Ginn and Co., 1900.

=Electra=, edited with notes and vocabulary, by _Otis Gridley Bunnell_. _American Brook Company_: New-York, 1902.

=El Abuelo=: New-York.

TRADUCCIONES

En inglés:

_Doña Perfecta_, a tale of modern Spain. Traducción de D. P. N.--London, Samuel Tinsley, 1886.

_Idem._ Clara Bell. New-York, Gottsberger, 1883.

_Idem._ New-York, 1884.

_Idem._ Traducción de D. P. W. New-York, George Munro, Publisher, 17 á 27, Vandewater Street, 1883.

_Gloria._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street, 1882.

_Idem._ Traducción de Nathan Wetherell. London, Remington and Co., 5, Arundel Street, Strand, W. C., 1879.

_León Roch._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street, 1888.

_Marianela._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher, 11 Murray Street, 1883.

_Idem._ Traducción de Helen W. Lester. Chicago, A. C. Mac-Clurg and Company, 1892.

_Trafalgar._ Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher, 1884.

_Zaragoza._ Traducción de Minna Caroline Smith. Boston, Little, Brown and Company, 1899.

_La batalla de los Arapiles._ Traducción de Rollo Ogden. Filadelfia, J. B. Lippincott Company, 1895.

En francés:

_Doña Perfecta._ Traducción de L. Lugol. París, Giraud, 1885.

_Idem_ id. id. París, Hachette.

_La campaña del Maestrazgo_ (Le Roman de Soeur Marcela). Traducción de L. de L***. París, Calmann-Levy, Editeurs, 3, rue Auber.

_Marianela._ Traducción de Julien Lugol. París, Librairie des publications à 50 centimes, 34, rue de la Montagne-Sainte-Geneviève.

_Idem._ Traducción de A. Germond de Lavigne. París, Librairie Hachette et Cie, 79, Boulevard Saint-Germain, 1884.

_El amigo Manso._ Traducción de Julien Lugol. París, Librairie Hachette el Cie, 79, Boulevard Saint-Germain, 1888.

_Misericordia._ Traducción de Maurice Bixio. París, Librairie Hachette, 1900.

En alemán:

_Doña Perfecta._ Dos tomos, traducción de J. Reichell. Dresde y Leipsich, Pierson’s Verlag, 1886.

_Electra._ Traducción de Rudolf Beer. Wiener Verlag, 1901.

_Idem._ Traducción de Rodolfo Beer, arreglada para la escena alemana por Ricardo Fellner. Berlín, 1901.

_Gloria._ Traducción del Dr. Augusto Hartmann. Berlín, Verlag von L. Schleiermacher, 1880.

_El amigo Manso_ (Freund Manso). Traducción de E. von Buddenbrock. Berlín, Verlag von Karl Siegesmund, 1894.

_Trafalgar._ Traducción de Hans Parlow. Dresde y Leipzig, Verlag von Carl Reitzner, 1896.

_Marianela._ Traducción de E. Plücher. Breslau, Auterhaltungsblatt, 1888.

En sueco:

_Doña Perfecta._ Traducción de K. A. Hagberg. Stockholm, Skoglunuds Förlag.

_León Roch._ Traducción de A. P. de la Cruz Frölich. Kjöpenhaun (Copenhague). Forlag. Andr. Schons, 1881.

_Torquemada en la hoguera_ (Torquemada paa baalet). Traducción de Johanne Alleu. Cristianía y Copenhague, Forlag A. Christiansens, 1898.

En italiano:

_Nazarín_ (Sicut-Christus). Traducción de Guido Rubetti y José León Pagano. Firenze, G. Nerbini.

_Gloria._ Traducción de Italo Argenti. Firenze, R. Bemporad & Figlio, 1901.

_Marianela._ Traducción de G. Demichelis. Bologna, Tipografia Pont. Mareggiani, via Volturno, 3, 1880.

_La Fontana de Oro._ Traducción de Demichelis. Milán, Fratelli Treves, 1890.

_Doña Perfecta._ Traducción de Cunes. Milán, Fratelli Treves, 1897.

En holandés:

_Doña Perfecta._ Traducción de M. A. de Goeje. Leiden, Brill, 1883.

_Electra._ Leiden, A. H. Adriani, 1901.

En portugués:

_Electra._ Traducción de Ramalho Ortigao. Oporto, librería Chardron, de Lello & Irmao, editores, 1901.

En dinamarqués:

_Fru Perfecta._ Traducción de Gigas. Copenhague, Priors, 1895.

End of Project Gutenberg's La familia de León Roch, by Benito Pérez Galdós