La familia de León Roch, Tomo 1

Part 10

Chapter 104,027 wordsPublic domain

Mirábanle los criados con indiferencia, quizás porque él no les dirigía nunca la palabra, ni les pedía nada; tanta era su humildad. Resistía el hambre y la sed hasta un extremo incalculable, y no conocía las molestias, porque las trocaba en placeres su alma codiciosa de mortificación. Un lacayín con pechera estrellada de botones, la carilla alegre y vivaracha, la cabeza trasquilada, los pies ágiles y las manos rojas y llenas de verrugas, era el único que le prestaba algunos servicios, aun á despecho del mismo joven. Este solía hacerle preguntas:

«¿Cómo te llamas?

--Felipe Centeno.

--¿De dónde eres?

--De Socartes.»

Pero no hablaban largo. El anacoreta bajaba los ojos y el lacayito se alejaba. Los demás servidores de aquella casa tenían todos una expresión displicente y avinagrada, como hombres que contra su voluntad hacen penitencia, viéndose condenados á pobreza absoluta en medio del lujo y de la pompa. La Marquesa y María acompañaban largas horas á Luis, procurando reanimarle con triviales palabras.

«Yo no temo la muerte--les decía él sinceramente.--Por el contrario, la deseo con todo el ardor de mi alma, como un cautivo sano desea la libertad. Vosotros no me comprendéis porque estáis apegados al mundo, porque no vivís la vida interior, porque no habéis roto, como yo, todos los lazos de la tierra.»

Acogía la Marquesa con suspiros estas seráficas declaraciones, que producían tristeza y admiración, por considerar cuán lejos se hallaba ella de tales alturas. Su reclusión y el calor daban á la señora melancolía y aburrimiento. Una noche, cuando León se retiraba á su casa, dijo á su mujer:

«Sólo por dignidad, ó mejor dicho, por miedo al _qué dirán_, no ha seguido tu mamá á los demás en esta deserción infame. ¡En qué horrible mundo vivimos! Pues que todos se van ó se quieren ir, nosotros nos quedaremos. Tu hermano está muy grave; puede resistir todo el verano, y puede acabarse cuando menos se piense.»

Al día siguiente, el médico dijo que la casa de Tellería, situada en un barrio populoso, sombrío y mal ventilado, era lugar muy impropio para el enfermo. Se acordó trasladarle al _hotel_ de León, situado en los bordes de la villa, bañado de aires saludables, y protegido por plácido silencio. El enfermo no opuso resistencia, como no la oponía á cosa alguna, y fué trasladado á la morada de su hermana. Le instalaron en el piso bajo para evitarle subir escaleras, dándole por alcoba una pieza inmediata al despacho de León, y por sala para residir constantemente el despacho mismo, vasto, claro, alegre. Ninguna de estas ventajas llamó su atención, porque lo mismo era para él un real palacio que la mazmorra más obscura. El primer día diéronle fuertísimas congojas, y tan continuadas, que madre é hija se alarmaron mucho; mas él, luego que fué serenándose, sonreía con afabilidad y dulzura, diciéndoles:

«¿Por qué os asustáis? ¿Por qué lloráis? Yo no me asusto, ni lloro, sino que estoy alegre, más alegre cuanto más acerbo es mi padecer. De veras os digo que al considerarme tan cerca de la muerte, contengo mi alegría, no sea que el gozo de verme libre de esta hedionda vestidura carnal despierte alguna vanidad en mi alma, ú otro sentimiento desagradable á los ojos del Señor. Si me envanezco demasiado de morir, queridas de mi alma, puede que Dios me castigue, condenándome á vivir algún tiempo más.»

Con León hablaba poco, casi nada, pues siempre que éste á preguntarle iba por su salud ó á acompañarle, hallábale entregado á sus prolijas devociones, cuyo plan no alteró jamás, ni aun en los días de mayor gravedad. Le llevaban de comer lo más escogido y lo más propio para su estómago; pero él tomaba siempre lo peor.

«No como esto--decía,--porque me gusta.»

Rogábanle que tomase tal ó cual cosa de gran provecho para su salud; pero siempre á ello se negaba.

«Puesto que tu gusto es no tomarlo--le decía su hermana con admirable lógica,--mortifícate tomándolo.»

Entonces sonreía y lo tomaba. Iban á visitarle algunos sacerdotes principalmente franceses, de esos de melena ahuecada y gracioso sombrero de tres candiles, corteses, finos, mundanos, limpios, y platicaban acerca de la casa de Puyóo. Rara vez se veía allí á los graves curas españoles, que cuando son buenos, son los clérigos más clérigos, digámoslo así, de la cristiandad, verdaderos ministros de Dios por la seriedad real, la mansedumbre sin afectación y la sana sabiduría. Luis Gonzaga gustaba de la tertulia, pero más de la soledad; en aquélla mostraba su agudo juicio, no exento de sal y gracejo; su piedad profunda, que era la admiración de todos, y su dicción tiernamente apasionada. Todas las mañanas le llevaban en coche y con grandes precauciones á la iglesia, de donde venía tarde. Al regresar meditaba á solas y de rodillas; no tomaba alimento sino cuando ya no podía sostener su cuerpo extenuado, y en mitad de la sobria comida solían sobrevenirle las congojas, que parecían rematar su cansada vida en un suspiro.

No permitía que nadie le ayudase á vestirse y desnudarse, ni que le acompañaran de noche. María hizo notar á su esposo que algunas mañanas estaba el lecho intacto, señal de que había dormido en el suelo. Los blandos sillones y sofás que las industrias suntuarias han puesto hoy al alcance de todas las fortunas, no conocían el contacto de sus huesos. Sentábase ordinariamente en una banqueta de rejilla sin respaldo, y allí pasaba horas y horas rígido, sudoroso. Cuando su cuerpo no podía tenerse derecho, arrimaba la banqueta á la pared y apoyaba la fatigada espalda, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos y cruzando las manos. Parecía un reo á quien acababan de dar garrote. No hablaba nunca de sus hermanos, ni de su padre ausente. La persona á quien mostraba más apego y algo de confianza era María. A León ni siquiera le miraba.

Frecuentemente era mortificado por escrúpulos, que solía manifestar. Si por espacio de un cuarto de hora estaba su pensamiento ausente de las meditaciones sobre la muerte, al caer en la cuenta de su distracción sentía inquietudes y un vivo enojo contra sí mismo. Quería imitar en todo, ó al menos en lo posible, al glorioso niño de quien tomó el nombre, aquella alma angelical y purísima que voló del mundo á los veintitrés años, abrasada por el fuego de la pasión mística, y que mutiló en su pensamiento y en su sentir todo lo que no fuera el ardiente prurito de salvarse.

Como el santo niño jesuita, Luis Tellería padecía horriblemente de la cabeza; repetíanle en la casa de Madrid las tremendas jaquecas que en Puyóo le daban con frecuencia, abrasándole el cerebro y conmoviendo su máquina toda, cual si convertidos en molde sus sesos, cayese en ellos un metal derretido. Durante estos ratos de espantosa mortificación, su alma, replegada en sí misma, gozaba con el martirio; los dolores físicos eran recibidos allá dentro con un júbilo delirante que tenía su vanidad y su sibaritismo. No exhalaba una queja, y cuando sentía revolverse dentro de su cráneo las serpientes de fuego, su boca se contraía para sonreir. Al San Luis de marras mandóle el Prelado que no pensase tanto para evitar un mal tan penoso. A éste le decían lo mismo, y gozoso de parecerse al santo, contestaba: «Mándanme que no piense tanto para que no me duela la cabeza, y más me duele de hacer esfuerzos para no pensar nada.»

El médico le ordenaba diariamente calmantes y otras medicinas. Las tomaba por fórmula, cuando á ello le apremiaba su madre con ruegos y sollozos. La medicina que á él le gustaba era una correa erizada de picos de hierro que constantemente llevaba enroscada en su cintura, no más ancha que la de una niña de doce años. Su hermana se acercaba de noche á su cuarto andando de puntillas para no ser observada, y en vez de hallarle descansando, le veía de hinojos ante el crucifijo que le habían puesto junto á la cama.

En la casa de Puyóo había hombres muy buenos, otros muy sabios, algunos listos y traviesos, y todos se hacían lenguas de la virtud de Luis y de aquel santo odio de sí mismo, que parece, á pesar de todas las declamaciones, forma un tanto anticuada de la edificación. Sin embargo, la misma tendencia de la devoción moderna á reconciliarse con el buen comer y el mejor dormir, hacía más admirables las abstinencias y el voluntario martirio del hijo del Marqués. Su fama era grande en toda la Compañía: se hablaba de él en Roma.

Vivía en estado de taciturna tranquilidad, y á pesar del gran cariño que tenía á sus padres, había logrado, á fuerza de horribles luchas con su memoria, no pensar en ellos, para que cosa ninguna le pudiera apartar de la presencia continua de Dios, fin perpetuo de sus ansias y martirios. Al par que su santidad, descollaba su ingenio en el estudio, siendo tan agudo y peregrino, que en poco tiempo dominó la filosofía y la teología y supo defender conclusiones con tanto despejo, que los ergotistas más hábiles se quedaron pasmados. Pero esto mismo fué ocasión de gran desasosiego para su alma, porque el verse elogiado mortificaba su humildad, hasta que, temeroso de que su amor propio se despertara con las alabanzas, se fingió torpe. Su anhelo era que en la cátedra se le considerase como el último de los escolares. Sólo ante el riguroso mandato del Superior renunció á hacer escrúpulos de sus talentos.

A los superiores obedecía, y observaba las reglas con prolijidad extremada: llegó á dominar de tal modo sus sentidos, que al fin parecía no poseerlos, y su oído torpe y sus ojos siempre fijos en el suelo, no se enteraban de nada. Pasaban las personas á su lado sin que las viera. Había hecho voto de no mirar jamás á la cara á ninguna mujer, como no fueran su madre y su hermana, y lo cumplía con todo rigor. Con tal sistema, su alma debía ser de una pureza ejemplar, casi casi como la pureza del sér que no ha nacido.

Cuando los médicos anunciaron la terrible enfermedad, aseguró sentir inmenso gozo, y se alegró tanto con la idea de padecer mucho y morir padeciendo, que hizo escrúpulo de aquel contento, y preguntó al Padre director si habría pecado en regocijarse tanto con la certeza de morir, y si esto sería un artificio de la vanidad. Tranquilizado sobre punto tan difícil, observaba su mal y aumentábalo á escondidas de los superiores con privaciones y una guerra oculta declarada á toda medicina. La resolución de enviarle á su casa, cuando la muerte parecía segura, le afligió al principio; pero después tuvo una idea, un plan, y se dejó conducir á Madrid y enjaular en los lujosos aposentos que le parecían la proyección externa de su propio mal, horrible, demoniaco, nauseabundo.

Y no obstante, él, contraviniendo las leyes naturales, cuidaba su enfermedad como se cuida una flor para que crezca; alimentaba aquella bestia inmunda que se lo comía, y gozaba al sentir chupado y mascullado su miserable cuerpo, que no era para él más que un estorbo. Solía decir: «El mundo no es más que un fétido callejón, donde la sociedad se agita con delirio carnavalesco. Estamos condenados á pasarlo vestidos con la repugnante máscara de nuestro cuerpo. Bienaventurados los que lo pasan pronto y pueden arrojar al fin la máscara para presentarse limpios ante Dios.»

Este era el varón angelical, ésta el alma inflamada, loca, en que todo era fe y desprecio del mundo, de tal modo, que ella sola bastara á dar á nuestro siglo lo que aún le falta, un santo, si el siglo no pareciese dispuesto á romper la turquesa de las canonizaciones. Verdad que á Luis le faltaba el milagro; ¿pero quién sabe si había hecho alguno y lo callaba siguiendo su santa costumbre de escrupulizar su amor propio?

Alguien dijo que aquella santidad no era más que un papel bien representado; pero esto carecía de fundamento. Más cerca de lo cierto andaba quien dijo que la santidad, como la caballería, tiene sus quijotes. En Luis todo era buena fe. Si engañaba á alguien, era á sí mismo. No puede negársele grandeza y heroísmo. Ninguno de los muchachos seminaristas que en todo tiempo han tratado de imitar á San Luis Gonzaga (porque esto ha sido una verdadera monomanía entre la juventud clerical), adelantó á Tellería en el esmero de la copia. Pero no se puede imitar lo inimitable; ¿y de qué vale un remedo puntual de las acciones y de las palabras, descuidando quizás la asimilación de lo esencial?

Alguien dirá que este joven es una figura de otros tiempos. Pues no es de otros, sino de éstos. Mas para verla es preciso ir á buscarla donde está, pues no es un tipo de la Puerta del Sol. El siglo XIX, el siglo enciclopédico por excelencia, tiene de esto, como tiene de todo. ¡Monstruosa síntesis de los tiempos, no se sabe á dónde irá á parar barajando con sus propias invenciones y prodigios nuevos las reliquias y curiosidades que ha conservado de aquel atrás remoto!

XIX

La Marquesa se va á la música.

La casa de León estaba al Nordeste de la villa, mirando por un lado al Madrid flamante, poblado de casas alegres y de frescos jardines; por el otro á las vastas soledades polvorientas. La capital de España tiene límites marcados por el lápiz de sus arquitectos; no se disuelve en el campo, ni tiene la zona mitad agrícola mitad urbana, que nos lleva insensiblemente del bullicio de una ciudad al sosiego de las aldeas. El apelmazado caserío termina en seco, bruscamente, y ninguna casa se atreve á separarse ni á ir sola más allá por miedo al sol, al frío y á los ladrones. Nos ha parecido á veces el reposo de una gran caravana que al caer de la tarde ha de levantarse y partir sin volver los ojos para ver el sitio que ocupó.

Desde la parte oriental del _hotel_ se veía aquel triste paisaje de lomas manchegas, en invierno ligeramente teñidas de un verde vergonzante; en verano amarillas, pardas, cenicientas, rasguñadas por arados que no aran, barridas por vientos que se revuelcan en las sinuosidades del terreno levantando polvo y arrojándoselo á la cara unos á otros. Algo rompe la regularidad desesperante: aquí hay un tejar donde se ven masas de ladrillo que humean; allá una casa solitaria y aburrida, que si algo demuestra es el asombro de hallarse donde se halla. Al amparo del tejar vense chozas de adobes y esteras, obras arquitectónicas de que se reirían las golondrinas, los topos y los castores, y al amparo de estas guaridas de puntapié los especuladores de la basura analizan la recolección de la mañana, hurgando en los montones de trapos, barreduras, papeles, restos mil de lo que diariamente le sobra á una gran ciudad. No lejos de allí juegan algunos chicos medio desnudos, cuyos cuerpos morenos y curtidos se confunden con el terruño. Parece que acaban de salir de una grieta, y que por ella se han de volver á escurrir, graciosos, blasfemantes, malcriados, revelando en su inocencia desvergonzada al ángel y al gitano en una misma pieza todavía.

Por allí vagan, después de hociquear en los montones arriba citados, perros leprosos que no desdeñan una pantorrilla si se les ofrece, gallinas flacas que por Abril ó Mayo pasean sus manadas de pollos y les enseñan los primeros rudimentos del _modus vivendi_. A trechos se halla alguno que otro charco de agua verde, donde el cielo se mira estupefacto de verse de color de cieno, y las negras caravanas de hormigas cruzan el terreno en todas direcciones, llevándose á rastras lo que merodean en algún campo mal sembrado. Por las mañanas óyese en estas soledades manchegas un cencerreo delicioso: son los rebaños de ovejas que van de Vallehermoso al Abroñigal, y vuelven al caer de la tarde salpicando con notas melancólicas el dulce silencio del crepúsculo. También pasan precipitadas y saltonas las cabras y las meditabundas burras de leche, que al despuntar el sol llaman con su áspera esquila á la puerta del tísico.

Este paisaje, seco, huraño, esquivo, con cierto ceño adusto de encrucijada de asesinatos, con no sé qué displicente aspecto de cementerio abandonado; paisaje que en vez de llamar detiene, y con su mirar glacial y amarillo suspende el paso del viajero é infunde cierto pavor dantesco en el corazón, es cosa muy distinta cuando llega la noche y, calmado el viento, se difunde un sosiego misterioso por toda la esfera y se levanta el indescriptible monumento de los cielos poblados de estrellas. Es tan alta aquí la bóveda azul, que el pensamiento y la mirada llegan como jadeantes hasta ella. No se puede mirar sin contener la respiración ese firmamento sin igual que se posa sobre esta gran estepa de Castilla, como la vida espiritual surgiendo sobre la aridez del ascetismo. Hay tierras que tienen su paisaje en las lindas praderas y en los bosques y ríos, graciosamente sombreados por un cielo algodonáceo. Madrid tiene su paisaje arriba, en los inmensos espacios empedrados de mundos. Desde la casa de León veíase al anochecer la faja luminosa que deja el sol en el horizonte; la hermosa sencillez y unidad del suelo, que trae al pensamiento los lugares de Oriente donde han pasado los hechos grandes de la Historia; más tarde la sucesiva aparición de los soles remotos, como si cada cual fuera á tomar su sitio y se encendiesen poco á poco; la inmensa redondez aparente del cielo, en cuya curva parece que algunas estrellas suben animosas y otras bajan cansadas; la extraordinaria vibración de aquéllas que crecen y menguan temblando; la atención profunda de las mayores que con un rayo solo de su mirada abarcan toda la inmensidad; la graciosa indecisión de éstas, la adusta serenidad de otras que fulguran ceñudas; la grandiosa pereza de la vía láctea tendida sin fin, y abajo las masas planas de la tierra sin accidentes, sin ruido, sin alturas, sin árboles, sin agua, imagen yacente de la humanidad que dormida ó muerta sueña en la obscuridad de su cerebro con los infinitos esplendores de arriba.

«María, dame tu mano; quiero salir al jardín para ver el cielo,» decía Luis Gonzaga á su hermana.

Finalizaba Julio y el calor era sofocante. En el jardín había puesto León un sillón de mimbres para que el enfermo gozara del bello aspecto de la noche hasta la hora en que empezaba á soplar el viento del Guadarrama. Los cuatro formaban grupo. El enfermo apenas hablaba delante de León; pero cuando éste se iba, hablaba con ardor y elocuencia de la belleza del cielo, del gozo que experimentaba con su próxima muerte y de la bondad de Dios. En Julio había tenido la enfermedad no pocas alternativas: hubo días en que se creyó que Luis se acababa; pero después vinieron otros y aun semanas enteras de tan visible mejoría, que la Marquesa llegó á tener alguna esperanza. Los médicos, sin embargo, no permitían que la familia se forjara ilusiones, y decían á León: «Si no hay milagro de Dios, se va para el caer de la hoja.»

Aquella noche (nos referimos á la noche en que dijo las palabras escritas más arriba) parecía mejorado, y sus facciones tomaban tinte extraño de animación y alegría, correspondiendo á esto una verbosidad más rápida y ardiente que de costumbre, excepto cuando León se acercaba. Hallándose todos en el jardín, detúvose un coche en la verja y oyéronse las voces de la Marquesa de Rioponce y su hija que venían á buscar á la de Tellería para llevarla á los Jardines del Retiro. Más de una vez recibiera Milagros la misma invitación; pero se había excusado de aceptar fundándose en la enfermedad de su hijo.

Verdaderamente no tenía gusto para nada. ¿Cómo podía disfrutar de placer alguno ante el triste espectáculo que en su casa quedaba?... ¡Oh! Sus amigas la perdonarían; sus amigas no insistirían en llevarla á fiestas, y comprenderían que no debía ni podía ir... Había hecho el sacrificio de quedarse en este horno por estar al lado de su hijo... había hecho el sacrificio de trasladarse á la casa de León que era un destierro, un verdadero destierro... Su corazón de madre no vacilaba ante ningún sacrificio... ¡Pero ir á espectáculos, presentarse en los Jardines cuando todo el mundo sabía que el pobre Luis seguía padeciendo!... Verdad es que estaba mejor, mucho mejor; no había más que verle la cara; pero á pesar de esta mejoría, ella, la infeliz, la atribulada madre, no podía pensar en diversiones ni en música... Y no es que su pobre espíritu no necesitase algún esparcimiento... Bien conocía ella que sí lo necesitaba; ¿y qué solaz más puro que un poco de buena música?... pero no podía decidirse, no. Hallábase encadenada por su tristeza, y encariñada con ella en tal manera, que no se podía desligar de sus fatales brazos, y padeciendo como padecía, la misma pena la sujetaba con fuerte lazo á la persona de su querido enfermito.

A estas razones, la de Rioponce contestaba con otras; que el pensamiento humano y el lenguaje suministran infinito caudal de razones para todos los casos de la vida. Era evidente, como la luz del día, que Luis Gonzaga estaba mejor, ¿qué mejor? fuera de peligro... Lo anunciaban su faz animada, sus ojos llenos de serenidad, el desembarazo con que por el jardín paseaba, y el tono festivo de su voz pronunciando á menudo palabras alegres... ¡Oh! Sin género de duda la Marquesa podía salir, podía ir al Retiro; ¿por qué no? ¿No debía ella mirar también por su salud? ¿Era acaso prudente dejarse dominar por una tristeza infundada? Los mismos altos deberes que estaba cumpliendo heróicamente junto á su hijo, exigían de ella el cuidado de su propia salud para poder continuar en su gloriosa faena de solicitud y de cariño. Dios no exigía tampoco una abnegación extremada, anti-higiénica, y gustaba de que en la corona de espinas del sacrificio se introdujera de vez en cuando alguna florecilla. Este razonar habilidoso y la querencia del festejo que hacía palpitar su corazón matritense, decidieron á la pobre Milagros. Pero los inconvenientes surgían á cada instante. Además de que no tenía gana, absolutamente ninguna gana de ir, érale preciso vestirse, para lo cual tendría que ir á su casa.

¡Qué tontería! ¡Si estaba bien, perfectamente bien, así! No necesitaba más. Tenía el singular don de estar siempre bien, y aquella noche, fuerza era confesarlo, se había puesto elegantísima, cual si su corazón presagiara un fausto suceso. Por último, los ruegos de su hijo la decidieron, bien á pesar suyo.

«Iré nada más que por darte gusto, hijo mío,» dijo con mucho cariño.

Luis arrancó dos rosas del rosal más cercano y se las dió á su madre para que se las pusiera en el seno.

«Ya sé que te gusta esta clase de adorno, que es el más sencillo,--le dijo sonriendo.

--No voy más que por no desairar á Rosa,--añadió la madre,--y por complacerte á tí. Yo soy de tu escuela, querido hijo: obediencia y hacer alguna vez lo que no nos agrada. Adiós.

--Adiós, mamá.»

Poco después, el coche de la de Rioponce se alejaba arrastrando á la Marquesa hacia aquel resplandor de luces de gas que iluminaba la neblina formada por el polvo de los paseos y las evaporaciones caniculares.

XX

Un drama viejo, viejísimo.

«Mi querida María, ¿estamos solos?--dijo Luis estrechando contra su pecho las manos de su hermana.

--No--replicó ella con desasosiego, mirando una sombra obscura que avanzaba del otro lado del jardín:--allá está... Viene.»

Después de observar un rato, añadió:

«Pero se ha vuelto; se pasea... Parece que no se atreve á acercarse... parece que te tiene miedo, Luis, y si no miedo, respeto... Su conciencia no podrá estar serena delante de tí.

--No seas tonta... ¡respeto á mí!... ¡á mí que soy una miserable criatura!... Además, los hombres como tu marido no respetan nada ni á nadie. En su interior hará burla de nosotros.

--Eso sí que no--dijo María con firmeza.--Yo te aseguro que no se burla de nosotros. León es bueno, y si creyera, si creyera, ¡Dios mío!... ¿Ves? Ahora parece que vuelve otra vez; pero se retira.

--Está triste--dijo Luis, observando la sombra que allá lejos vagaba lentamente como alma en pena.--Parece que una gran desgracia le abruma, y sin embargo, tiene salud, es rico, posee todos los bienes del mundo. Mírame á mí, enfermo, muriéndome, desligado de todo, pobre y olvidado, y sin embargo, estoy alegre; mi alma siente esta noche una calma dulce y un placer... no sé como decirlo: es como si una mano suave y blanda la levantara en los aires.»