# La Espuma Obras completas de D. Armando Palacio Valdés, Tomo 7.

## Part 31

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Por estos días se dijo que aquél había experimentado un nuevo ataque y que de resultas había quedado casi enteramente imbécil. Confirmaba este rumor el que no salía de casa y el que sus amigos íntimos no conseguían verle cuando iban a visitarle.

En tales circunstancias, bien por un arranque de su temperamento impetuoso o porque no faltara entre sus íntimos quien se lo aconsejara, Clementina se resolvió a dar un golpe decisivo que de una vez zanjase el litigio y todos los problemas a él anejos. "Mi padre está secuestrado--dijo--. Yo voy allá y arrojo a esa mujer de casa". Osorio trató de disuadirla, pero inútilmente.

Una mañana se hizo trasladar en su coche al palacio de Requena. Pasmo del portero al abrir la verja y encontrarse con la señorita Clementina, y visible alegría también. Porque, aunque no era tan llana como la ex florista ni tan pródiga, el sentimiento de justicia obligaba a los criados del duque a despreciar a ésta y respetar a aquélla. La orgullosa dama se contentó con decir, sin mirarle: "Hola, Rafael", y se dirigió rápidamente a la escalinata.

¿Cómo está papá?--preguntó al criado que halló en el recibimiento.

Tan aturdido quedó que no pudo responderle inmediatamente.

--¡Vamos, hombre!--repitió con impaciencia--. ¿Qué tal papá? ¿Está en las oficinas o en sus habitaciones?

--Dispense V.E. ... el señor duque está bueno.... Me parece que aún está en su gabinete....

En aquel momento una doncella, que desde el fondo del corredor la vió y escuchó sus preguntas, corrió toda azorada a avisar a la señora. Clementina también subió con pie rápido la escalera del piso principal. Antes de llegar a la puerta del gabinete de su padre, la Amparo se interpuso delante de ella, pálida, mirándola fijamente, con ojos agresivos.

--¿Dónde va usted?--preguntó con voz ligeramente ronca por la emoción.

--¿Quién es usted?--respondió la dama alzando la cabeza con soberano desdén y mirándola de arriba abajo.

--Yo soy la señora de esta casa--repuso la malagueña poniéndose aún más pálida.

--Querrá usted decir la secuestradora. No tengo noticia de que aquí haya señora alguna.

--¡Ah! Viene usted a insultarme a mi misma casa--exclamó la ex florista poniéndose en jarras como en la plazuela.

--No; vengo a arrojarte de ella antes que llegue la policía a hacerlo.

--¡No me tutee usted o me pierdo!--gritó la Amparo arrebatada de furor, presta a arrojarse sobre su orgullosa enemiga.

--Repito que vengo a echarte de esta casa y del puesto que usurpas--repuso ésta con tranquilidad amenazadora, desafiándola con la mirada.

La Amparo hizo un movimiento de arrojarse sobre ella, pero deteniéndose súbito se puso a gritar con voces descompasadas:

--¡Pepe, Gregorio, Anselmo! A ver, que vengan todos. ¡Pepe, Gregorio! ¡Echadme esta tía de casa, que me está insultando!

A los gritos acudieron algunos criados, que se detuvieron confusos, atónitos, contemplando aquella escena extraña. También se abrió la puerta del gabinete y apareció en ella la figura del duque, de bata y gorro. En poco tiempo había envejecido de un modo sorprendente. Tenía los ojos apagados, el color caído, las mejillas pendientes y flácidas.

--¿Qué es eso? ¿qué pasa aquí?--preguntó con torpe lengua. Y al ver a su hija dió un paso atrás y todo su cuerpo se estremeció.

--Esta mujer, que después de pedir que te declaren loco viene a insultarme--gritó Amparo con voz chillona de rabanera colérica.

--Papá, no hagas caso--dijo Clementina yendo hacía él.

Pero el duque retrocedió, y extendiendo al mismo tiempo sus manos convulsas, exclamó:

--¡Fuera! ¡Fuera! ¡No te acerques!

--¡Escucha, papá!

--¡No te acerques, ingrata, perversa!--repitió el duque con voz temblorosa y tono melodramático.

--Fuera de aquí, sin vergüenza. ¿Tiene usted valor para presentarse después de lo que ha hecho con su padre?--chilló la malagueña animada por la actitud del viejo.

Clementina quedó petrificada, lívida, mirándoles con ojos donde se pintaba más el espanto que la cólera. Hubo un instante en que estuvo a punto de perder el sentido, en que todo comenzó a dar vueltas en torno suyo. Pero su orgullo hizo un esfuerzo supremo y permaneció clavada al suelo, inmóvil como una estatua de yeso, y tan blanca. Luego giró lentamente sobre los talones por miedo a caerse y dió algunos pasos hacia la escalera, que comenzó a bajar con pie vacilante. Su padre, excitado por los gritos de la Amparo, avanzó hasta la barandilla y siguió repitiendo, cada vez más colérico, extendiendo su mano trémula como un barba de teatro:

--¡Fuera! ¡Fuera de mi casa!

Mientras, su querida vomitaba una sarta de injurias acompañadas de movimientos de caderas, risas sarcásticas y tal cual interjección del repertorio antiguo.

Cuando llegó a poner el pie en el jardín, las mejillas de Clementina comenzaron a echar fuego. Se apoyó un instante en la columna de uno de los faroles, y en seguida se dió a correr como una loca hacia su coche. Montó en él de un salto y cayó en un ataque de nervios. La sacaron en malísimo estado y la subieron a su cuarto entre dos criadas. Cuando Osorio se presentó no pudo enterarle más que con palabras sueltas e incoherentes de lo que había acaecido. Ocho o diez días estuvo postrada en la cama. Al fin salió de ella con un deseo tal de vengarse, que algunos pensaron que se había vuelto loca.

El pleito, con el hábito de venganza que ella sopló sobre él, encendióse de un modo imponente. Llegó a ser en Madrid un acontecimiento público. Acerca de la locura del duque hubo pareceres encontrados de los médicos más insignes, españoles y extranjeros. Los unos le ponían de idiota, degenerado y embrutecido que no había por dónde cogerlo. Los otros declaraban que su inteligencia brillaba cada día más clara, que era un portento de penetración y buen sentido. Pero todos coincidían en exigir, por sus dictámenes, disparatados honorarios. La prensa intervino en favor de una u otra de las partes. Clementina subvencionaba algunos periódicos. La Amparo (porque el duque, en realidad, ya no se hallaba en estado de dirigir el asunto) tenía comprados otros. Y desde las columnas de ellos se decían, más o menos veladas, mil insolencias; se sacaban a relucir en cuentos alegóricos muchas historias escandalosas.

En esta guerra la hija llevaba la peor parte: no podía ser tan liberal como la querida. Amparo distribuía los billetes de Banco a manos llenas. En cambio, a Clementina le ayudaban los acreedores de su marido, sus amigas Pepa Frías, que no cesaba un momento de ir y venir visitando a los médicos, a los magistrados, a los periodistas, la condesa de Cotorraso, la marquesa de Alcudia, su cuñado Calderón, sus amigos el general Patiño y Jiménez Arbós, y más que todos ellos, como quien más obligación tenía, su amante Escosura. Este, por el alto puesto que ocupaba, ejercía considerable influencia en la marcha del litigio.

¡Qué agitación! ¡qué vida afanosa y miserable! Clementina no comía, no dormía: siempre en conferencias con el abogado, con el procurador, siempre escribiendo cartas. Hasta en sus tertulias o comidas no sabía hablar de otra cosa. De suerte que algunos, los indiferentes, murmuraban e iban desertando de su casa. Pero a otros logró comunicarles su fuego: eran sus parciales apasionados y traían y llevaban cuentos y daban consejos y prorrumpían en exclamaciones de indignación cada vez que en cualquier parte oían nombrar a la Amparo. Aunque Clementina, en general, no era simpática a la sociedad madrileña por su carácter altanero, como al fin representaba el derecho y la moral, su causa era la popular. Contribuyó a hacerla más la estupidez de su enemiga, que se presentaba en todas partes queriendo deslumbrar con su lujo, llevando a su lado aquel viejo imbécil y degradado.

Porque el duque de Requena se desmoronaba a ojos vistas. Después del período de exaltación y violencia en que parecía un loco furioso, vino el aplanamiento de los nervios. Poco a poco se acercaba al completo idiotismo. Perdió la vivacidad del espíritu y hasta la facultad de comprender los negocios. Quedaron en manos de Llera. Esto no era malo: pero sí que la Amparo se ingiriese en ellos con autoridad, porque no hacía más que disparates. Se daba, sin embargo, bastante maña para ocultar la locura de su querido. Los días en que le veía sobrexcitado o incoherente en sus palabras teníale encerrado. Sólo cuando estaba más tranquilo y racional se aventuraba a salir con él en coche y procurando que no hablase con nadie.

Mas a la postre tales precauciones resultaron inútiles. Salabert se escapó de casa en distintas ocasiones y dió públicas señales de su enajenación. Una vez se le halló a las cuatro de la mañana cerca de Carabanchel. Otra vez entró en una joyería, y después de ajustar algunas alhajas sustrajo otras creyendo que no le veían. El joyero lo advirtió perfectamente, pero no le dijo nada porque le conocía. Lo que hizo fué enviar la cuenta de las alhajas robadas a la Amparo. Esta se apresuró a pagarlas y vino en persona a rogarle que no divulgase el hecho.

Pronto se persuadió el público de que, a pesar de los pareceres encontrados de los médicos, la locura del duque era evidente. Comenzó a susurrarse que el fallo del tribunal así lo declararía. Dos días antes de que se publicase, la Amparo abandonó el palacio de Requena después de haberlo puesto a saco. Se llevó multitud de objetos de gran valor. Su hacienda ascendía ya a una porción de millones. En previsión de lo que podía suceder la había sacado del Banco de España y la tenía en valores extranjeros. Pocos días después se marchó a Francia. Algunos meses más tarde circuló por Madrid la noticia de que se casaba con el marqués de Dávalos.

La misma tarde del día en que la Amparo huyó (porque huída se puede llamar) de la casa de Requena, entró Clementina con su marido y se posesionó de ella. Halló a su padre en un estado tristísimo, completamente idiota. Hablaba como si la hubiera visto el día anterior y no hubiera pasado nada; le preguntaba con mucho interés por la Amparo y hasta algunas veces la confundía con ella. El corazón de la hija, hay que confesarlo, no padeció gran cosa. Aquella desgracia no apagaba por entero el rencor que despertaba en su alma el recuerdo de los amarguísimos días que acababa de pasar. Su venganza no estaba satisfecha porque veía a la Amparo rica y feliz. Quería a todo trance perseguirla criminalmente, mientras su marido, satisfecho con la fortuna colosal que caía en sus manos, no se preocupaba poco ni mucho de semejante cosa.

El duque de Requena, el célebre banquero que tuvo atentos y admirados durante veinte años a los negociantes españoles y extranjeros, el hombre que había dado tanto que decir al público y a la prensa, pasó muy pronto a ser en el palacio de Osorio un trasto inútil y despreciable. Por no dar que murmurar, o por asegurarse mejor de su persona, o quizá por un vago temor de que pudiera curarse, los esposos Osorio no le enviaron a un manicomio: tuviéronle guardado en casa. Salabert se había convertido en niño. No se preocupaba ya de otra cosa que del alimento. Hablaba poco. Pasaba horas y horas mirándose las uñas o frotándose una mano con la otra, dejando escapar de vez en cuando gritos extraños, inarticulados. Tenía cerca un criado que, cuando se mostraba desobediente y se enfurecía, le castigaba. Pero a quien más respeto tenía, y aun puede decirse verdadero temor, era a su hija. Bastaba que Clementina le mirase ceñuda y le dirigiese una seca reprensión para que el loco se sometiese repentinamente. En cambio, no hacía caso alguno de su yerno.

Cuando el criado que le cuidaba, viéndole tranquilo iba a recrearse un poco con sus compañeros, el loco acostumbraba a vagar por las habitaciones del palacio mirándose con atención a los espejos. Su manía principal era la de recoger los pedacitos de pan que hallaba y amontonarlos en un rincón de su cuarto hasta que allí se pudrían. Cuando el montón era ya demasiado grande, los criados venían a recogerlos en cestos y lo tiraban al carro de la basura. Al entrar en su habitación y echarlo de menos se enfurecía. Necesitaba su guardián hacer uso de algún medio violento para volverle el sosiego.

Cierta tarde, poco después de almorzar los señores (el loco almorzaba en su cuarto), se hallaban reunidos tres o cuatro criados en el gran comedor del palacio limpiando la vajilla y colocándola en los aparadores. Estaban de buen humor y retozaban cambiando latigazos con los paños que tenían en la mano, corriendo en torno de la mesa y soltando sonoras carcajadas. La señora no podía escucharles porque estaba arriba. En esto apareció el loco en la puerta con una bandeja en la mano, la bandeja en que acostumbraba a transportar los mendrugos, como preciosa mercancía, a su habitación. Vestía una bata grasienta ya y traía la cabeza descubierta. Pero aquella cabeza, a pesar de sus blancos cabellos, no era venerable. Las mejillas pálidas, terrosas, los labios amoratados y caídos, la mirada opaca sin expresión alguna, no reflejaban la ancianidad que tiene su hermosura, sino la decrepitud del vicio siempre repugnante y la señal de la idiotez, aterradora siempre.

Permaneció un instante indeciso al ver tanta gente. Al fin se resolvió a entrar; fué derecho a los cajones de los aparadores y comenzó con afán a registrarlos sacando todos los mendrugos que había y colocándolos en su bandeja. Los criados le contemplaban sonrientes con mirada burlona.

--Busca, busca--dijo uno--. ¿Cuándo nos convidas a gazpacho, tío lipendi?

El viejo no hizo caso: siguió afanoso en su tarea.

--Gazpacho, no--dijo otro--. Mejor será que nos convides a un billete de cien pesetas.

--A ti no te convido. A Anselmo, sí--dijo el duque tartamudeando mucho y mirándole airado.

--¡Toma! ya sé por qué convidas a Anselmo; porque te anda con el bulto. Descuida, que si es por eso ya me convidarás.

Los otros soltaron la carcajada. El más joven de ellos, un chico de diez y seis años, al verle con la bandeja colmada y dispuesto a marcharse, se fué por detrás, y dándole un manotazo hizo saltar todos los mendrugos, que cayeron esparcidos por el suelo. El duque se enfureció terriblemente, y lanzando gritos de cólera, y echándoles miradas de fiera acosada, se tiró al suelo y se puso a recoger de nuevo los mendrugos, mientras los criados celebraban con algazara la gracia de su compañero. Cuando ya los tenía todos en la bandeja y corría hacia la puerta para librarse de sus burlas, el mismo rapaz se fué tras él y otra vez se los tiró. El furor del loco no tuvo límites. Convulso, rechinando los dientes, con los ojos encendidos, se arrojó sobre el burlador; pero los demás le sujetaron. El pobre demente comenzó entonces a lanzar bramidos que nada tenían de humanos.

En aquel instante se oyó en el corredor la voz irritada de Clementina.

--¿Qué es eso? ¿Qué hacen ustedes a papá?

Los criados soltaron al loco y se dieron a correr desapareciendo del comedor.

XVI

#Amor que se extingue.#

Los amores de Raimundo estaban presos por un hilo. En los últimos tiempos, Clementina, enteramente embargada por su anhelo de triunfo y venganza, apenas hacía caso de él. Veíanse a menudo, porque el joven no dejaba de frecuentar la casa; pero sus citas amorosas eran cada día más raras. Cuando aquél se quejaba tímidamente de su abandono, la dama se disculpaba con los celos de Escosura. Por más que hacía no lograba convencer a éste de que se hallaban rotas sus antiguas relaciones; la vigilaba con disimulo, espiaba sus pasos; el día menos pensado averiguaría la verdad. "Ya ves, el engaño sería muy feo: tendría razón para ponerse furioso".

El pobre Raimundo estaba tan perdido que aceptaba como buenas estas razones o aparentaba aceptarlas. En medio de aquella abyección vivía feliz forjándose la ilusión de que su ídolo le prefería, le amaba en el fondo del alma; que sólo mantenía relaciones con el ministro por el interés del pleito. Contribuía a conservarle en ella el que de vez en cuando Clementina, por arrancarse quizá momentáneamente a sus afanes y enojos, le escribía una cartita diciéndole: "Hoy a las cuatro", o bien: "Vé por la tarde a la Casa de Campo". Y en estas entrevistas, acometida de súbito capricho, recordando las primeras y gozosas etapas de su amor, se mostraba tierna y cariñosa, le juraba eterna fidelidad. ¡Oh, Dios! ¡qué infinita, qué celestial felicidad experimentaba el joven entomólogo oyendo tales juramentos de aquellos labios adorados!

Pero toda felicidad es breve en este mundo. La de él, brevísima. Al día siguiente de aquel deliquio amoroso, encontraba a su dueño frío como el mármol, displicente, y, lo que es peor, en largas y reservadas pláticas con Escosura allá por los rincones del salón. Creía inocentemente que al terminar el pleito cambiaría su suerte, que Clementina, no necesitando ya al ministro, volvería de nuevo a ser enteramente suya, sin aquel odioso reparto que le entristecía aún más que le avergonzaba. Sus esperanzas se desvanecieron como el humo. Terminóse el pleito del modo más feliz para ella; y no obstante, lejos de despedir a su amante oficial, cada día se mostraba hacia él más respetuosa y enamorada.

Cierta mañana, dos meses después de haberse fallado el litigio, recibió un billetito que decía: "Voy esta tarde a las dos". Le dió un salto el corazón. Hacía más de quince días que su adorada no parecía por el entresuelito del Caballero de Gracia. A la una ya estaba aguardándola. Y en cuanto la columbró de lejos, corrió a abrirla con la misma emoción que si fuese una reina y con mucha mayor ternura. Mostróse ella reconocida, afectuosa; recibió con agrado sus vivas y apasionadas caricias.

Al cabo de una hora, hallándose los dos sentados en el pequeño sofá donde tantos coloquios amorosos habían pasado, ella le dirigió una larga mirada compasiva y le dijo con sonrisa triste:

--¿Sabes una cosa, Mundo?... Que hoy es el último día que nos vemos así solos y juntos.

El joven la miró con estupor, sin comprender, o sin querer comprender.

--Sí; ... no puedo continuar manteniendo estas relaciones secretas contigo.... Escosura ya está advertido y se ha ofendido mucho con razón.... Además, me parece feo el tener dos amantes.... Eso queda para Lola Madariaga. Hasta ahora he pasado por ello porque comprendo que me has querido y que me quieres mucho.... Yo también te he demostrado siempre amor verdadero. No puedes quejarte. Si a algún hombre he querido de corazón es a ti.... La prueba de ello es lo que han durado nuestras relaciones.... Pero nada es eterno en el mundo.... Puesto que ya nuestros amores están desde hace tiempo medio deshechos (porque el amor es exclusivo y no admite repartos), lo mejor es que lo rompamos por completo... Así como así me voy haciendo vieja, Mundo.... Tú eres un muchacho. Si yo no diese la voz de separación, tarde o temprano la darías tú. Esta es la vida.... Hoy, todavía me encontrarás bonita: son las últimas llamaradas. Necesito despedirme de las muchas locuras que hemos hecho.... Pero siempre las recordaré con placer, te lo juro.... Tú reprensentarás en mi vida, tal vez la época más feliz... Seamos de aquí en adelante buenos amigos. Tendría un placer inmenso en poder serte útil, en que me debieses algún favor de importancia, ya que te debo yo tantos momentos de dicha...

El joven escuchó todas estas infamias inmóvil, atónito. Una densa palidez iba cubriendo sus facciones.

--¿Pero hablas de veras?--concluyó por preguntar con voz temblorosa.

--Sí, querido, sí; hablo de veras--respondió la dama con la misma sonrisa triste y protectora.

--¡Eso no puede ser!... ¡no puede ser!--profirió él con energía, levantándose del asiento y mirándola colérico y espantado al mismo tiempo.

Aquella mirada bastó para remover la soberbia de Clementina.

--¡Vaya si puede ser!--replicó en tonillo irónico que resultaba en aquella ocasión de una crueldad feroz.

Quedó helado. Permaneció en pie unos instantes mirándola con indefinible expresión de angustia y terror: por fin se dejó caer a sus pies exclamando con las manos cruzadas:

--¡Oh, por Dios, no me mates! ¡no me mates!

El semblante de Clementina se dulcificó y la voz también.

--Vamos, no seas niño, Mundo.... Levántate.... Tenía que suceder.... Tú hallarás mujeres que valgan mucho más que yo....

Pero el joven se había abrazado a sus rodillas con fuerza y se las besaba con transportes frenéticos, y lo mismo los pies, sacudido su cuerpo por los sollozos.

--¡Esto es horrible! ¡es horrible!--repetía--. ¿Qué te hice para que así me mates?

Vamos, Mundo, vamos.... Arriba.... Seamos formales--decía ella dulcemente, acariciándole los cabellos--. ¿No comprendes que es ridículo?

--¡Qué me importa el ridículo!--replicaba el desgraciado entre sollozos, con el rostro pegado a la seda de su vestido--. Por ti me pondría en ridículo delante del mundo entero.

Clementina hacía esfuerzos por calmarle, pero sin apiadarse. No hay fiera más cruel que una mujer hastiada. Le dejó desahogarse un rato, y cuando le vió más sosegado, se levantó del sofá.

--Te agradezco muchísimo ese sentimiento, Mundo.... Yo también he tenido que luchar bastante tiempo con mi corazón para resolverme a separarme de ti....

--¡Mientes!--dijo él de rodillas aún, con los codos apoyados sobre el sofá--. Si me hubieses querido no serías tan cruel, ¡tan infame!

La dama permaneció un instante silenciosa mirándole por la espalda con ojos irritados. Al fin, venciendo la compasión, dijo:

--Te perdono esas groserías por el estado de exaltación en que te hallas. Por mucho que me injuries no lograrás que deje de recordarte siempre con cariño.... Algún día cuando tú ya me hayas olvidado por completo, todavía tu imagen y los dichosos momentos que hemos pasado juntos estarán grabados en mi corazón.... Pero ahora conviene formalizarse--añadió cambiando de tono--. Concluyamos de un modo digno, Raimundo.... Me vas a hacer el favor de tomar un coche, ir a tu casa y traer todas las cartas que te he dirigido para que las quememos. Yo no conservo ninguna tuya. Ya sabes que las rompo en cuanto las recibo.

Raimundo no se movió. Después de esperar unos momentos, Clementina se acercó a él por detrás, se inclinó silenciosamente y le puso las dos manos en las mejillas, diciéndole con acento dulce:

--¡Retonto! ¿no hay más mujeres que yo en el mundo?

Raimundo se estremeció al contacto de aquellas manos delicadas. Volvióse bruscamente y apoderándose de ellas las besó repetidas veces con frenesí, las llevó a su corazón, las puso sobre su frente.

--No, Clementina, no; no hay más mujeres que tú ... o si las hay, yo no lo sé, ni quiero saberlo.... Pero ¿es cierto eso que me has dicho?... ¿Es verdad que ya no me quieres?

Y su mirada húmeda se alzaba con tal expresión de angustia, que ella, sonriendo confusa, se vió obligada a mentir.

--Yo no te he dicho que no te quería ... sino que conviene que cortemos nuestras relaciones.

--¡Es igual!

--¡No, chiquillo, no! no es igual.... Puedo quererte, y sin embargo, por circunstancias especiales, no convenir que tenga contigo entrevistas secretas.... No todo lo que uno quiere se puede hacer en el mundo....

Y se perdió en un laberinto de razones especiosas, de cuya falsedad ella misma se daba cuenta turbándose un poco al decirlas. Daba vueltas a unas mismas ideas, vulgarísimas todas, supliendo la fuerza y el peso de que carecían con lo vivo y exagerado de los ademanes.

Raimundo no la escuchaba. Al cabo de unos momentos se levantó bruscamente, se enjugó las lágrimas y salió de la estancia sin decir palabra. Clementina le miró alejarse con sorpresa.

--Te aguardo--le gritó cuando ya estaba en el pasillo.

Veinte minutos después se presentó de nuevo con un paquete entre las manos.

--Aquí tienes las cartas--dijo con aparente tranquilidad.

Su voz estaba alterada. Una palidez densa cubría su semblante. Clementina le dirigió una penetrante mirada de curiosidad donde se pintaba asimismo la inquietud. Pero dominándose le dijo con naturalidad:

--Muchas gracias, Mundo. Ahora las quemaremos si te parece.... Iremos a la cocina....

