La enferma: novela

Part 9

Chapter 93,864 wordsPublic domain

--¿Qué hiciste de tus celos, de tu empeño en no dejar que nadie me viese ni se acercara a mí, y de cuantos cuidados me rodearon hasta ahora?... Te veo y no te conozco, y te oigo y me figuro que los oídos me engañan también. ¿Quién te dijo que para curarme necesito andar sola de Ceca en Meca, como una de esas vendedoras de específicos que ya están subidas sobre una silla bajo los portales de la Plaza Mayor, como en el pescante de un coche de alquiler en medio de la Glorieta de Bilbao?... Y, sobre todo, si esa vida ambulante me es provechosa, ¿por qué no has de soportarla también tú?...

--No me comprendiste, niña--repuso Alfonso disponiéndose a desarrollar la teoría de cómo se influencian las personas que viven juntas--, y voy a darte las razones que me asisten...

--Sí lo sé todo--replicó ella haciendo un mohín despreciativo--; no tienes que molestarte; conozco la fuente, la cabeza, de donde ha brotado esa idea tan huérfana de sentido común... Eso te lo dijo Montánchez, ese tío infame, ese bandido con traje de persona decente, que será tu perdición y la mía; sí, lo que oyes, soy medio bruja, voy a morirme pronto y tengo la facultad de conocer lo futuro, como les sucede a muchos moribundos. Y ahora sí te juro que no lo hago; aunque me muera, no lo hago... ¡y yo sé por qué!... Montánchez es un miserable, un criminal con más veneno que sangre en el cuerpo... Si no, el tiempo ha de decirlo y entonces exclamarás, si tienes la desgracia de verlo: “¡Pero con cuánta razón hablaba aquella pobrecita loca... que decía las verdades!”

--Y suponiendo que Montánchez sea el autor de ese proyecto--interrumpió Alfonso--, ¿por qué te parece mal?

--Porque... ¡no sé por qué!... pero él pone siempre, en cuanto dice, segunda intención, y esa intención es perversa.

--¡Deliras con los ojos abiertos!

--Alfonso--gritó Consuelo muy excitada--, ¡no me hagas hablar!

--¿Tienes algún secreto?

--¡Quién sabe!

--No, no te tiro de la lengua... sé que no tienes nada que decir.

--¿No crees en la virtud profética de ciertos sueños?... ¿No recuerdas aquél, tan espantoso, que tuve una noche?...

--¿Cuál?

--Aquél en que un monigote verde me abrazaba: pues ese antojo era Gabriel, le vi perfectamente y recuerdo la escena como si ahora sucediese... y el demonio que anda metido en esto hará que mi pesadilla se realice...

--Hazme el obsequio de no seguir disparatando porque tus visiones me lastiman.

--La verdad siempre cura con dolor.

Sandoval concluyó por irritarse formalmente; pero, a pesar de su autoridad, no pudo vencer la obstinación de Consuelo.

--Ahora querría yo ver a Montánchez--decía Alfonso--, a él, que hace unos momentos me aseguraba que tu enfermedad principal consistía en no tener voluntad...

--Pues no quiero hacerlo--repetía ella triunfante--, no lo hago aunque me descuarticen; no quiero hacer nada que venga por conducto o iniciación suya, porque ese hombre sólo puede aconsejar maldades.

--¿Y si te mueres?

--Si me muero, mejor, en paz, así descansaremos todos; tú te distraes con otra... ¡y tal día hizo un año!...

En semanas sucesivas Consuelito Mendoza continuó mostrándose insensible a los ruegos de Sandoval y acabó por declararse francamente en rebeldía. Ella tenía sus razones para obrar así.

Recordaba el cambio de costumbre que Montánchez introdujo en su manera de vivir, sus frecuentes visitas, sus miradas de fuego, sus conversaciones y la tarde en que estuvo departiendo con ella a solas. Hasta entonces le temió sin motivo ninguno, pero después sintió hacia él terror razonado y repugnancia invencibles.

Gabriel Montánchez era el hombre misterioso que fue infiltrándose poco a poco en el seno de su hogar, antes tan tranquilo: Montánchez era el espectro de todas sus pesadillas, el monigote de bayeta verde que quiso besarla en un palco y la acariciaba con sus manos de nieve; el que procuró abrazarla otra noche en que ella se murió por satisfacer el capricho de saber lo que sucedería en su entierro; la sombra del crimen y del adulterio que la acosaba desde hacía muchos meses; el fantasma que antes sólo la persiguió en sueños y que ahora pretendía tejer con ella en la realidad un idilio horrible.

Consuelo Mendoza reconocía la belleza física del médico, su talento, su educación esmerada, su elegancia y su valor; pero creía que aquella hermosa apariencia era la máscara de una íntima y repugnante podredumbre. Su amabilidad era fingimiento; su misantropía, la del hombre hastiado que no se divierte porque está ahito de placeres y ya no le quedan fuerzas para seguir pecando; su valor, la crueldad del bandido avezado al crimen; su talento y su hermosura, las del ángel caído. Y aquel hombre era quien, invocando sus tristezas y soledades de soltero, fué a pedirla un poco de amistad; ¿para qué?... ¿Qué necesidad tenía de que ella fuese amiga suya? ¿No vivieron separados hasta entonces?... Y si esto era cierto, ¿cómo explicar aquellas debilidades y aquellos arranques de ternura en un hombre tan esquivo y dueño de sí mismo?...

Consuelo discurrió largamente a solas acerca de los incidentes de su conversación con el médico, recordando sus palabras, sus preguntas llenas de miel, sus frases saturadas de fuego de amor.

Gabriel estaba enamorado de ella; el hielo se había derretido; el corazón, embotado por los desengaños y los abusos, renacía a la vida del placer; el hombre sesudo de ahora se transformaba por ensalmo en el fogoso aventurero de antaño; aquel volcán dormido bajo su capa de nieve, despertaba. Las figuras del escritor y del sabio se obscurecían ante la del calavera desertor de las tropas argelinas. Y aquel hombre, poderoso y atrayente como un héroe legendario, la había declarado su amor con los ojos, con sus ademanes, casi con los labios, la tarde en que estuvo mendigando de ella un poco de amistad: y la fascinaba como al pajarillo la serpiente cazadora, y la aturdía con su conversación apasionada y la dormía mirándola...

Pero lo que más sorprendió a Consuelo fué no haber sospechado antes la existencia de una pasión que indudablemente era ya antigua, puesto que Gabriel no podía disimularla más tiempo, y empezaba a insinuarse a despecho de todas las conveniencias, y el apoyo que inconscientemente prestaba Alfonso a las torpes cábalas de su enemigo.

Meditó mucho acerca de aquel período de su vida que parecía llamado a formar el nudo de una novela, en su enfermedad, en sus ataques de histerismo, en su carácter caprichoso merced al cual nadie apreciaba seriamente sus deseos; en la estrecha amistad que unía a su marido con el médico, en la prodigiosa facilidad con que éste la dormía, en sus primeras insinuaciones, y, finalmente, en aquella vida mundana a que querían acostumbrarla, y en favor de la cual Alfonso abogaba continuamente. En toda esta serie de pequeñas circunstancias que parecían dispuestas por un genio infernal, creía entrever Consuelo la mano oculta del Destino que la separaba de sus deberes para entregarla indefensa al individuo que tanto temía.

Con los primeros fríos otoñales readquirió Madrid su fisonomía habitual; las calles y los cafés se llenaron de gente, enmudecieron los Jardines del Buen Retiro, se cerraron los circos, y los teatros de invierno abrieron de nuevo sus puertas.

Entonces Alfonso Sandoval procuró nuevamente convencer a Consuelo de que “en la emancipación moral radicaba el secreto de sus padecimientos y de su curación, y que para libertarse moralmente no había medio más eficaz ni divertido que el de andar sola, acostumbrándose a discurrir con su cabeza y a moverse por sí misma...”

Mas ella se mantuvo inflexible: iría, sí, de paseo, al teatro, a cualquier parte, pero siempre que fuese con su marido; sola, nunca.

--Bueno--dijo al fin Sandoval, creyendo que por la vía diplomática adelantaría más--; estoy conforme contigo; nos divertiremos juntos, pero concédeme permiso para que Montánchez empiece a curarte como antes.

--¡Tampoco, tampoco--gritó Consuelo--, no quiero nada que venga de manos de ese hombre, ni saber siquiera que vive en este mundo! Además, cuando yo me niego a complacerte, mis razones tendré.

--¿Qué razones, ni qué pájaros fritos?...

--Está bien.

--Tú no tienes razones, sólo tienes caprichos.

--Eso es lo que ignoras... y haces mal en tratarme así, pero muy mal... cuando sabes que mi único defecto es quererte más que a las niñas de mis ojos...

--No importa, te trato con dureza porque va en ello tu salud.

--Pues, si me muero, mejor; ea, ya lo he dicho otras veces; me entierras o me tiras en mitad del regajo, que no faltará quien cuide de recogerme cuando empiece a oler mal... Y, ¡tal día hizo un año que aquella mártir empezó a mascar tierra!...

Sandoval se empeñó en averiguar el origen de la aversión que Consuelo sentía hacia Montánchez, pero la joven se negó a responder explícitamente.

--No me atormentes con más preguntas--agregó--, porque ni puedo ni sé decirte más de lo dicho; Gabriel es fino, elegante, tiene talento y gracia innegables; es hasta bueno... Pero, chico, me revienta, no puedo soportarle, parece que cuando viene a visitarnos se me sienta en la boca del estómago y ahí permanece hasta marcharse.

--Como sigas dando rienda suelta a esas humoradas--dijo Sandoval--, cualquiera mañana despiertas convencida de que ya no puedes aguantarme y me dices sencillamente: “Querido, en esta casa sobra uno, y eres tú; conque coge el sombrero y vete, que la puerta no está cerrada con llave”.

--Y cualquiera mañanita lo hago.

--Ya digo que no me cogería de susto.

--Lo que debíamos hacer--repuso Consuelo conciliadora--era salir de Madrid, emprender un viaje largo por España o por Europa, recorrer muchas tierras y enterarnos de cómo está el mundo. ¡Eso sí que me gustaría a mí, viajar!... ¡Tengo tantos deseos de ver Granada!... ¿No dices que necesito mucha distracción?... pues, mira: nada mejor que amanecer hoy aquí y acostarme sesenta leguas más allá. ¡Visitar Roma, Nápoles, Venecia, París... especialmente París!...

--¡Eche usted tierras!

--Mas, en fin: me es indiferente ir a un sitio o a otro, llegar a Londres o no pasar del Escorial; lo único que deseo ardientemente es salir de Madrid, a ver si durante nuestra ausencia me curo, o la sociedad que ahora conocemos, cambia. Nos vamos a cualquiera parte, a Málaga, a Valencia... o a uno de esos villorrios que, por sobradamente pequeños, no aparecen consignados en ninguna carta geográfica: lo importante es que nadie sepa de nosotros, que nos crean viajando por el extranjero... Di, ¿te parece bien mi idea?... ¿No te agradaría vivir fuera de Madrid un par de añitos?... Me es indiferente el nombre y situación del retiro que elijamos, por aquello de que quien se ahoga no mira el agua que bebe, y porque, teniéndote a mi lado y estando persuadida de que ningún mal nos amenazaba, todos me parecerían igualmente seductores. Habla: ¿me complacerás? Ese viaje me haría infinito bien, los desarreglos de esta cabecita y de este corazón se curarían y ¡quién sabe!...--añadió poniéndose un poco colorada--, si se realizarían nuestros deseos de tener un hijo...

Alfonso sonrió.

--Eres una tunantuela con mucho jarabe en el pico: tú quieres salir de Madrid no para ver mundo, sino para estar lejos de Montánchez...

--Precisamente.

--¿Y por huir de un hombre que hasta ahora no nos ha hecho ningún daño, y que se guardaría de hacerlo, porque para eso vivo yo, vamos a salir de aquí punto menos que huídos y renunciando al bienestar de que ahora disfrutamos?

--Sí, Alfonso, ¿qué quieres?... ese hombre me asusta... Todas las leguas que pongamos entre él y yo, son necesarias.

Alfonso Sandoval tardó poco en decidirse a emprender aquel largo éxodo: a él también le agradaba dar otro paseíto por Europa, ya que ni la juventud, ni el buen humor, ni el dinero le faltaban. Resolvieron, por tanto, que pasado el invierno saldrían de Madrid para Italia, pasarían un mes en Roma, invertirían otros dos recorriendo Nápoles y Venecia, y al empezar la estación veraniega irían a instalarse en los alrededores de París, allí donde pudiesen gozar simultáneamente de la tranquilidad y comodidades del campo y del bullicio de la gran ciudad. Entretanto su cuartito de la calle Arenal seguiría como hasta entonces: dejarían los armarios bien perfumados con alcanfor para que la polilla no hiciese de las suyas en las ropas; cerrarían las persianas de los balcones para que la luz no deteriorase el color de las alfombras, y con estas precauciones y las limpiezas que de vez en cuando hiciese la cocinera, que sería la persona encargada de quedarse con la llave del cuarto, todo estaba arreglado.

Los fríos y las humedades de octubre influyeron perjudicialmente en la salud de Consuelo Mendoza: los días lluviosos la inspiraban tristeza mortal; sus ojos se llenaban de lágrimas, no podía respirar, el corazón la dolía como si se lo apretasen con un nudo corredizo y sufría accesos de fiebre y dolores neurálgicos.

--Parece--decía explicando su enfermedad--, que están metiéndome una barrena de sien a sien, y siento un objeto muy duro y muy frío que gira en mi cabeza como queriendo rompérmela en dos pedazos.

Una tarde de tormenta produjo en ella un violentísimo ataque histérico; era el primero que sufría después de los baños.

Las sacudidas nerviosas fueron terribles, y Sandoval, que estaba solo con ella, tuvo que apelar a todo su brío y coraje para sujetarla y evitar que se destrozase la cabeza contra los pilares de la cama. Como siempre, la enferma fué insensible a las exhortaciones de su marido, y el ruido de la lluvia que chocaba contra los cristales del mirador y los silbidos del viento tampoco la impresionaron. Pero los fenómenos eléctricos de la tormenta la produjeron angustias mortales; la vívida luz de los relámpagos, a pesar de ser casi imperceptible dentro de la alcoba, la hacía parpadear fuertemente. Entonces lanzaba un grito, un grito horrible, como si el rayo la hubiese herido en la frente, y al pavoroso fragor del trueno respondía con salvajes alaridos: su boca se llenaba de grandes espumarajos pegajosos que no podía escupir, y en su semblante, tan pronto contraído por el gesto del miedo como por el de la ira, empezaban a manifestarse síntomas de asfixia. Dejaba de alentar, sus mejillas se coloreaban de sangre, sus pupilas se dilataban bajo sus párpados cerrados, hinchábanse las venas de su cuello, inclinaba la cabeza sobre el pecho apretándose furiosamente la garganta con la mandíbula inferior, y de su pecho salía un ruido ronco, inarticulado, como el último estertor de los moribundos. Los efectos de la asfixia aumentaban rápidamente y su cuerpo se doblaba como el arco de un violín; hincaba la nuca sobre la almohada y los talones en el colchón, e iba arqueándose poco a poco hacia arriba, formando con el cuerpo un puente, mientras sus brazos permanecían fuertemente unidos a los costados; después, cuando la contracción histérica alcanzaba su mayor intensidad, daba un grito formidable seguido de grandes silbidos causados por el aire al penetrar violentamente en los pulmones, y caía desmadejada sobre el lecho, como si careciese de coyunturas y sus brazos y piernas pudieran doblegarse lo mismo en un sentido que en otro. Luego suspiraba profundamente, entreabría los párpados, bebía algunos sorbos de agua y quedaba tranquila.

Aquel ataque fué seguido de otros muchos: rara era la semana en que Alfonso no tenía que deplorar algún nuevo accidente: un cambio de temperatura, una escena desagradable o la opresión del corsé, ponían a Consuelo repentinamente enferma; otras veces, sin causa ninguna justificativa, empezaba a sentirse muy triste, muy acongojada por una pena sin nombre, y, como no podía llorar y desahogarse, sobrevenía la crisis inmediatamente. Sandoval recurrió una vez más a Montánchez, solicitando de su experiencia nuevos consejos.

--No puedo añadir nada a lo que ya sabes--dijo Gabriel--, es necesario dominar a Consuelo, rendirla, esclavizarla...

--Pero, si no puedo, si te odia con sus cinco sentidos, con toda su alma, con todos sus nervios...

--¡Me odia!...--repuso Gabriel fríamente--, ¡ya lo sé!... y por algo te dije que ese odio dificultaría mi gestión. Ese odio me abruma, soy impotente para luchar con él, no sé cómo vencerlo... y, sin embargo, hay que dominarlo, es indispensable, absolutamente indispensable...

--Pues, chico, no quiere.

--¡Pues, aunque no quiera!--exclamó Montánchez con arrebato--, en uno de esos ataques puede sobrevenir la ruptura de la aorta y morirse... Ya ves, estamos jugándonos su vida, que es preciosa, y debemos disputársela a la muerte con energía y por cuantos medios sean oportunos; yo estoy resuelto a todo; ahora, quien tiene que decidirse eres tú...

VI

Gabriel Montánchez acompañó a su amigo hasta el recibimiento y luego volvió a su laboratorio a continuar un experimento que la inesperada visita de Sandoval había interrumpido.

Montánchez vestía su ropa de trabajo: una dulleta con el cuello y las bocamangas de piel, y un gorro colorado adornado por una larga borla de seda negra.

Las hojas de madera de los balcones estaban cerradas, según costumbre, y las cortinas corridas; sobre la mesa de escribir lucía un gran quinqué con depósito de cristal y pantalla verde, que sólo iluminaba la parte inferior de la habitación, dejando la mitad superior de los armarios, el cuadro de Cleopatra y las sangrientas figuras de los atlas anatómicos, envueltos en sombras.

A pocos pasos delante de Montánchez había una mesita pequeña, con piedra de mármol, y sobre ella un gato, víctima inocente sacrificada por la ciencia en aras del progreso.

El animalito se hallaba tendido boca arriba, sujeto a la mesa por una correa que le pasaba por mitad del cuerpo y con las manos y las patas hábilmente atadas por fuertes ligaduras, que le impedían todo movimiento, excepto los respiratorios.

Montánchez quería comprobar la posibilidad de contener la vida psíquica en una cabeza separada del tronco. Muchas veces lo había intentado y jamás sus investigaciones le satisficieron. El primer gato que utilizó para esto murió medio minuto después de la decapitación, sin darle tiempo a someterlo a la circulación artificial; la segunda víctima sacrificada fué un conejo, que también sucumbió a los dolores prematuramente, y las sucesivas experiencias tampoco dieron mejores resultados.

La operación era difícil y exigía una habilidad de manos y un golpe de vista perfectos para aprovechar los segundos y establecer la circulación mecánica antes de que la muerte sobreviniese. Junto a la mesita de operaciones estaba un aparatito semejante al usado por Schiff en sus curiosos experimentos, y al cual Gabriel Montánchez agregó ciertos detalles que omitió su inventor, y que él estimaba esenciales.

Era un aparato de aspecto irregular, formado por dos depósitos: uno grande, cuya mitad inferior era de metal y estaba destinado a recibir el calor de un reverbero, y otro más pequeño de cristal, puesto en comunicación con el primero por un tubito casi capilar de vidrio. En el receptáculo mayor se ponía la sangre ya desfibrinada, para que no se solidificara al contacto del aire e imposibilitase la operación; la sangre, sometida a la presión de un émbolo de “caoutchouc” que el operador podía elevar o deprimir según estimase oportuno, ascendía por el tubito capilar a la otra esfera y desde allí pasaba a cuatro conductos muy delgados destinados a enchufarse en las yugulares y arterias carótidas y vertebrales de la cabeza, y mantener en ésta la circulación.

Montánchez encendió el reverbero, y esperó a que un termómetro colocado dentro de la vasija mayor, y cuyo depósito de mercurio estaba sumergido en la sangre, marcase cierta temperatura, y en seguida, valiéndose de un bisturí muy cortante, cercenó con dos golpes la cabeza del animal, procediendo inmediatamente con singular destreza y sangre fría a atar con hilo encerado las venas, que no podían relacionarse con los tubos del aparato, para evitar por ellas la hemorragia, y luego de poner éstos en comunicación con las yugulares, vertebrales y carótidas, colocó bajo la mesita un vaso de porcelana destinado a recibir la sangre, que en abundancia manaba del cuello cortado, apoyó una mano sobre el émbolo y empezó a imprimirle un movimiento acompasado y lento, procurando que fuesen idénticos en intensidad y rapidez a las palpitaciones del corazón.

La cabeza del gato, fuertemente sujeta a la mesa por una correa y comunicando solamente con el resto del cuerpo por los nervios y ligamentos espinales, después de algunas contorsiones agónicas que sucedieron a la decapitación, cerró los ojos y quedó insensible, cual si la muerte se hubiese apoderado de ella. Pero así que los movimientos del aparato ingirieron parte de la sangre desfibrinada restableciendo la circulación craneal, la vida reapareció en todos los órganos: abrió la boca y agitó varias veces la lengua, queriendo expresar con mayidos los dolores del suplicio; pero los pulmones faltaban y la laringe no pudo articular sonido ninguno; también abrió los ojos y sus pupilas rodaron en todos sentidos quedando fijas en el médico, y mirándole permanecieron inmóviles.

Montánchez, satisfecho del sesgo que adquiría la operación, se recostó en el sillón y, extendiendo la mano, hizo girar un sistema de dos cristales de aumento colocados encima de la mesa sobre un soporte metálico.

La luz del quinqué atravesó la primer lente, y el rayo luminoso, ya reforzado por la potencia concentrativa del cristal, atravesó el segundo, yendo a proyectarse sobre los ojos del animal decapitado. Aquél era el objeto único del difícil experimento, pues había de demostrar la existencia o ausencia de la vida psíquica en la cabeza amputada.

Montánchez se inclinó hacia delante anhelando ver comprobadas sus teorías acerca de las fuentes de las vidas orgánicas y pensantes. Al caer el haz de rayos luminosos sobre los ojos del gato, los párpados, hasta entonces inmóviles, se contrajeron violentamente, y el médico, que antes de hacer girar los lentes reflectores palideció de ansiedad, tornó a palidecer de alegría; aquello era lo que él buscaba, lo que tantas veces afirmó antes de poder comprobarlo por sí mismo.

La vida intelectual, como la física, depende exclusivamente de la circulación sanguínea, tanto, que el órgano donde ésta se mantuviese con perfecta regularidad, podría vivir y desarrollarse separado del cuerpo.

El movimiento producido por el rayo de luz en los ojos del gato, pertenecía al orden de los movimientos llamados reflejos, pues implicaba acción y reacción nerviosa: acción directa o sea transmisión de la impresión visual por los nervios centrípetos a los tálamos ópticos, y reacción instintiva o voluntaria a lo largo de los nervios centrífugos desde los tálamos ópticos a los músculos constrictores del ojo, que eran los que inmediatamente determinaron la contracción de los párpados. Se trataba, por tanto, de un fenómeno nervioso perfecto.

La sensación de dolor causada en la retina por la luz del quinqué, determinó un movimiento puramente físico que hirió al nervio óptico y se transmitió al cerebro; y luego esta conmoción física engendró otra de un orden reflejo o psíquico, que partía del centro a la periferia implicando la existencia de un entendimiento que comprende dónde están el peligro y el dolor, y de una voluntad ordenadora que cierra los párpados para impedir que la luz mortifique la retina.

Gabriel Montánchez apartó dos o tres veces el haz luminoso de los ojos del animal para volver a dirigirlo sobre ellos, y siempre obtuvo el mismo feliz resultado.