Part 8
--Propongo sondear su conciencia, lo que piensa, lo que siente, bañando en luz cuanto lleva oculto en el corazón y detrás de la frente.
--¿Y lo dirá todo?
--Todo. Recuerdo que hace algunos años, estando en el Cairo de paso para Grecia, conocí a Emanuele Cannezotti, un médico italiano con quien me ligaba una amistad bastante estrecha. El hombre era partidario de las antiguas teorías de Mésmer y de Teste, y a pesar de su poca ciencia hipnotizaba fácilmente y disfrutaba en el Cairo de popularidad y clientela envidiables. Me presentó a sus enfermas, porque debo advertirte que el bigardo sólo curaba mujeres, diciendo que yo era su primer ayudante, y desde entonces tuve derecho a acompañarle. Una vez me propuso lo que ahora acabo de proponerte, y fingiéndose amigo íntimo de las sugestionadas, empezó a sonsacarlas. De las confesiones resultó que casi todas le querían, porque el dichoso italiano era guapo mozo; pero, chico... al ayudante le querían más. Excuso decirte que no desaproveché estas revelaciones, y aunque mi amigo lo supo, probablemente nos hubiéramos separado bien, de haber yo respetado a su favorita: mi traición le puso fuera de sí, y con energía y coraje propios de un italiano, me pidió explicaciones una tarde que paseábamos por las afueras de la ciudad: yo no quise dárselas, reñimos y le arrojé al Nilo; un chapuzón nada más... Ahora la cuestión es muy diferente, pero siempre gusta violar el alma de una mujer.
--Probemos--exclamó Sandoval--, aunque me parece que Consuelo no tiene un pensamiento que yo desconozca.
--Sin embargo--dijo Montánchez cambiando súbitamente de tono--, si se tratase de otra persona diría que todos estamos más o menos podridos por dentro, y que las sentinas no deben revolverse porque huelen mal; pero siendo Consuelo un espíritu puro, me limito a aconsejarte que no la analices; no por ti... ¡dichoso tú, que puedes confiar en la persona a quien amas!... Sino por mí, que podría descubrir, sin procurarlo, algún secreto íntimo.
--No tengas escrúpulos; si Consuelo revela alguna intimidad, ni tú ni yo hemos de asustarnos; por tanto...
--Pues descendamos al fondo de su alma: verás qué pronto sabemos lo que guarda su conciencia.
Cogió a la joven por una mano y exclamó con tono imperativo:
--Di lo que piensas de tu marido; si le quieres mucho, si le amas ahora más que el día en que te casaste con él; y di también lo que te parece Gabriel Montánchez.
Como si las ideas estuviesen guardadas en vasijas y el médico hubiera abierto al mismo tiempo las llaves de todas ellas, así empezaron a manar de labios de Consuelo torrentes de palabras, de ideas y de confesiones encantadoras.
Los dos hombres, sentados delante de ella, escuchaban silenciosos.
--Es la primera vez, y quizá la última--advirtió Montánchez--, que una persona, mayor de veinte años, dice cuanto piensa y siente con entera franqueza; aprovechemos, pues, tan feliz actualidad, porque es un milagro de muy difícil repetición.
Consuelo hablaba dirigiéndose a aquel ser impersonal que la sugestionaba.
A su marido le quería ciegamente, con frenesí, como ninguna mujer amó a su esposo; por él daría su vida, su felicidad futura, toda la sangre de su venas; era el hombre más simpático, el más elegante, el más ilustrado, el más valiente de cuantos había conocido; era imposible concebir un tipo que sobrepujase en belleza física y en cualidades morales a su Alfonso, al Alfonsito de su alma...
Sandoval reía con la íntima satisfacción de un bienaventurado, arrullado por aquellos borbotones de palabras que le acariciaban como manos enguantadas.
--¿Qué te parece esto?--dijo.
--Me parece un sueño--repuso Montánchez.
Consuelo seguía hablando, desvariando como una loca de amor.
Por el semblante del médico pasó una nube de tristeza. Para disimular los sentimientos que le agitaban, preguntó bruscamente:
--¿Qué piensas de mí?...
--Tú... tú...
--Sí, yo.
--Apuesto a que le pareces muy mal--dijo Alfonso en voz baja.
--¿Y quién eres tú--preguntó la joven.
--¿Y tú, quién crees que soy?
--No lo sé.
--Mírame bien.
--No sé... no veo nada.
--¿No ves?
--No.
--Fíjate; esta frente...
--¡Ah! sí... esa frente...
--Estos ojos...
--Sí, sí... esos ojos... esos ojos...
Su voz tenía la languidez y el misterio vago de los ecos...
--Soy Montánchez; ¿qué te parezco?
--¡Ah, sí!... Veo una sombra, un bulto... parece un hombre; sí, es pequeñito, tiene la cara afeitada y los mofletes muy encendidos... ¿será el espectro de tafetán verde?... ¡Qué daño me hace ese color!...
--No es el muñeco de tafetán, no...
--¡Dice que no es el muñeco de tafetán!--repuso la joven perpleja.
--Soy Montánchez.
Consuelo retrocedió cubriéndose el rostro con un pañuelo.
--¡Qué miedo!--dijo--; ¡oh, yo no sabía quién era usted!... Pero sí, esa es su voz... sí, ya veo su cara y sus manos... ya le veo... Me da usted mucho miedo, no puedo remediarlo... lo siento mucho, y, sin embargo, hay en mí algo que me incita a huir de usted... Por eso le ruego que no me haga daño nunca, ni a mi marido tampoco; Alfonso le quiere a usted mucho...
Mientras hablaba fué retrocediendo hasta tropezar con la pared, y allí permaneció extendiendo las manos hacia adelante como para rechazar una agresión.
--Usted es el hombre de los brazos negros que quiso sujetarme una noche y me besó estando ensayando conmigo una ópera... una ópera, sí... ahora recuerdo... una ópera que no sé cómo se llama...
Alfonso miró a Montánchez.
--¡Es singular!--murmuró.
--Y tanto...--repuso Gabriel cual saliendo de un sueño.
--¡No le quiero, no puedo verle, suélteme usted, me ahogo!... ¡¡Alfonso, Alfonso!!...--gritó Consuelo luchando por desasirse de un abrazo invisible.
Cuando el sueño magnético desapareció y Consuelo supo lo que acababan de hacer con ella, se fué a la cama llorando y diciendo que tenía el cuerpo molido.
Bien pronto se redujeron aquellos tratamientos sugestivos a dos curas semanales, pues la enferma pareció hallar desde las primeras curas notable mejoría, y Montánchez no quiso abusar del hipnotismo por no desvirtuar su acción.
El carácter de la joven se regularizó levemente y fué más sostenido, uniforme y consecuente, ofreciendo alegrías motivadas y lágrimas razonables; era, pues, seguro que la enfermedad retrocedía.
Una tarde Consuelito Mendoza, hallándose en el comedor, recibió la visita de Montánchez.
--Sandoval ha salido hace un momento--dijo la joven--, pero si desea verle puede buscarle en el casino.
El médico pareció muy contrariado.
--Siento no encontrarle aquí--repuso--, porque ir al casino es exponerme a soportar el insípido saludo de personas a quienes apenas conozco, y a las cuales mi salud no interesa...
Consuelo se encogió de hombros tímidamente, no teniendo nada que agregar a lo ya dicho.
--¿Quiere usted que vayan a buscarle?--preguntó súbitamente.
--¡Oh, no... no merece la pena!
--Sí, sí... eso es lo mejor, irán en seguida...
--No, de ningún modo, no se moleste usted; iré yo a buscarle.
Consuelo volvió a sentarse, recogió su labor, que había caído al suelo, y cruzó las manos sobre la falda; parecía inquieta, como si ya sintiera el influjo de un flúido extraño y molesto. Hubo algunos minutos de silencio durante los cuales el médico examinaba atentamente a su interlocutora, y ésta, sin atreverse a levantar la vista del suelo, se rebullía desasosegada en su asiento. Luego recordó que tenía que ordenar a la criada algo importante...
Quiso incorporarse, y al levantar la cabeza sus ojos vieron los de Montánchez que la miraban con frialdad y sañuda dureza.
No tuvo valor ni alientos para moverse y volvió a sentarse, acongojada.
--¡Ay--balbuceó entre dientes--; no puedo!...
Después empezó a temblar.
--¿Qué tiene usted?--preguntó Gabriel.
--Nada... mucho frío.
--Señora, veo con dolor que está usted tiritando de miedo; si soy causa de ese malestar la ruego me lo diga para retirarme inmediatamente, pues todo pretendo menos incomodarla; si no soy responsable de ese daño, dígamelo también para mi sosiego.
--No, señor; es que me atortolo sin motivo; ya sabe usted, los nervios...
--Pero, suponiendo que esto carezca de importancia, ¿no abusaré de su bondad rogándola me otorgue un rato de conversación?
--No, señor... de ningún modo...
Pronunció estas palabras desmayadamente, maldiciendo de sus piernas que se negaban a sostenerla.
--Yo vine esta tarde--continuó Montánchez--creyendo hallar a Alfonso y con el único objeto de divertir un rato agradablemente. ¡Estaba tan solo en mi casa, tan triste, tan aburrido con mis libros y mis retortas!... que todo, hasta mi máquina de electricidad, lo hubiera dado por tener un amigo verdadero con quien hablar. En busca de ese rato de plática sabrosa, de confianza y abandono, he venido; mi mala estrella quiere que no encuentre a Alfonso, pero como hace tiempo que nos conocemos me he atrevido a quedarme. ¿Hice mal?... responda usted francamente.
--No, señor... ¿por qué?...
--Consuelo--prosiguió el médico acercando su silla a la joven--, ¿usted y yo somos amigos?
--¡Oh, amigos!...
--Sí, amigos; ¿usted cree que es amiga mía?
--Sí... ¿por qué no?
--¡Es extraño su modo de responderme! Siempre acaba usted lo que dice con una interrogación que desvirtúa lo que afirma o niega al principio. Yo pregunto si somos o no amigos, y usted contesta: “¿por qué no hemos de serlo?”... Pues, eso digo yo: ¿por qué no lo somos?
--No le entiendo... no comprendo bien...
--Consuelo--agregó Gabriel con acento insinuante--, hace tiempo que me examino y no me reconozco, pues en menos de un año parece que una mano invisible y bienhechora fué quitándome de encima los siete años que más pesan sobre mi conciencia. Cuando huí de Madrid para abandonarme al mundo de los lances imprevistos, era como usted: noble, leal, ingenuo, sin malos pensamientos ni pasiones bastardas, todo corazón y buena fe... La lucha por la vida, que según el parecer de los sabios selecciona el cuerpo, sólo sirve para endurecer el espíritu, y el mío perdió cuantos gérmenes bondadosos puso en él mi madre. Pero he sufrido mucho, he recibido grandes traiciones, me han apuñalado cobardemente por la espalda, me han engañado muchas veces, y eso me disculpa... Pues aunque a Cristo le dictase otras máximas su divina bondad, todos, cuando somos escarnecidos por los mismos infames que nos ofendieron, sentimos la necesidad de devolverles afrenta por afrenta... y aun derramar la sangre de los hijos cuando no podernos verter la de los padres... Hastiado de la vida huí del mundo, y en la ciencia y el estudio busqué tranquilidad para mi alma. Usted, mejor que nadie, sabe que vivo, solo, como un faisán; para el vulgo imbécil soy un sabio que no morirá sin descubrir la cuadratura del círculo, la dirección de los globos o el movimiento continuo; para los escritores, uno de tantos amantes de la gloria que moriría feliz sabiendo que en la casa mortuoria habían de poner después la lápida conmemorativa de su nombre; para mi portera, que conoce algunas particularidades de mi vida íntima, un monomaníaco; para muchos, un criminal cargado de remordimientos, que vive solo para que nadie le oiga delirar por las noches... ¡entre los últimos está usted!...
Consuelo lanzó un quejido.
--¿Pero qué pretende usted de mí?--dijo--; yo sólo sé que le temo; que ese miedo me lo infundió desde la primera vez que le vi, y que luego esta aprensión o esta locura mía fue aumentando inmotivadamente.
--¿La ofendí alguna vez? ¿La he molestado en algo?...
--No, no, señor--repuso Consuelo con súbita energía--; pero comprendo que tiene usted una voluntad de acero y que esa voluntad podría ahogarme si usted quisiera... Yo sólo presiento la proximidad de mi marido y la de usted; a Alfonso le adivino porque deseos extraños de cantar y de reír me anuncian su llegada; y a usted... por un malestar, una opresión misteriosa, asfixiante, que me obliga a bajar los ojos...
Y agregó vivamente y sonriendo:
--Es usted simpático y guapo, a mi marido se lo dije muchas veces... pero tiene usted la hermosura del león o del tigre, y como además posee usted talento, le creo doblemente peligroso...
Calló y se puso otra vez seria, temiendo haber hablado más de lo justo, y sin atreverse a dar por terminada la entrevista.
--Usted lo dice--exclamó Montánchez--; parezco un criminal, una fiera... y, claro, huye usted de mí... Esas apariencias que no adivino de dónde nacieron son las que pretendo destruir. Hace una semana, estando dormida, confesó usted que me odiaba, que no podía verme sosegadamente, que yo era un malvado...
--¡Oh, si eso es cierto, crea usted que hablé sin conciencia de lo que decía--interrumpió Consuelo juntando las manos suplicante--, y sin deseo de ofenderle!...
--Haré lo posible por complacerla--respondió Gabriel fríamente.
Los ojos de Consuelito Mendoza se llenaron de lágrimas. El médico continuó:
--Pero esas son impertinencias de enfermo en las cuales no me fijo; no pienso recriminarla por la antipatía que me tiene; sí solicitar su perdón y su amistad. ¿Puedo esperar ambos favores?
--Sí--repuso ella con la angustia de quien está en el tormento.
--¿No me engaña usted?
--No, no le engaño.
--¡Ay!... ¡Sería tan feliz si usted me quisiera un poco!...
--Le dije que soy su amiga, ¿qué más pretende usted?...
--Que esas palabras las dicte su corazón, no su miedo.
--No sé... no estoy para distingos ni argucias; parece que el comedor da vueltas en torno mío...
--Usted me teme porque sólo ve mi lado malo; usted cree que soy un criminal que ha recorrido el mundo huyendo de la justicia y de sus remordimientos, o un hechicero como aquel famoso José Bálsamo, que reveló a la reina María Antonieta su trágico fin mostrándoselo en el fondo de una botella.
--¡Yo no sé... no sé!...
--¿Está usted mala?
--Estoy en un potro, mientras esté usted aquí.
--Bien, me voy; pero, su amistad, ¿podré obtenerla algún día?...
Entonces sonó el timbre de la escalera y Consuelo dió un grito. Montánchez se levantó.
--No se atortole usted--dijo tranquilo--; será alguna visita.
--No, debe de ser Alfonso.
Era la modista; Consuelo lanzó un largo suspiro de liberación y contento; el médico se despidió inclinándose gravemente.
--Señora...
--Adiós, don Gabriel.
--Beso a usted los pies.
A mediados de julio, Alfonso Sandoval y su mujer marcháronse a una playa, de la que regresaron a fines de septiembre más gordos y con los semblantes curtidos por el sol y los aires costeros.
Los buenos alimentos, el cambio de clima, las distracciones del viaje, y el placer de reintegrarse a su cuartito de la calle Arenal, tan lleno de sabrosos recuerdos, fueron circunstancias que influyeron eficazmente en el humor y en la salud de Consuelo.
Los baños la beneficiaron perfectamente: vino más gruesa, con mejor color, con más sangre en los labios y más alegría en los ojos; no sentía palpitaciones cardíacas ni calofríos, ni dolores de cabeza, ni aquellos súbitos desvanecimientos de la temporada anterior. Alfonso, creyéndola definitivamente curada, visitó a Montánchez para hablarle del asunto. El médico mostróse desconfiado. Dijo que el mal era muy antiguo y de raíces harto profundas para que unos cuantos baños de placer hubiesen bastado a extirparlo, que sin duda Consuelo estaba en mejores condiciones que antes para someterse a un tratamiento higiénico y terapéutico regular, pues su organismo tenía más sangre y más vida, pero que aún faltaba lo más delicado y lo que más paciencia requería por parte de todos.
--Es indispensable--concluyó--que tu mujer vuelva a someterse al hipnotismo: con este poderoso agente, el frío del invierno, que ya se nos echa encima, y las diversiones que diariamente la proporciones, podemos triunfar del mal antes de un año. Conviene, sobre todo, que la distraigas mucho, para allanarme el camino. Consuelo te quiere demasiado; su amor a ti constituye un capricho que la acosa diariamente y la persigue hasta en sueños, como el recuerdo de un crimen, barrenando su cabecita enferma: por eso las diversiones contribuirán eficazmente a contrarrestar los destructores efectos de esa idea fija. Las ideas fijas son los clavos del cerebro, las espadas invisibles que lo atraviesan destruyendo la excelsa arquitectura de sus ruedas. He pensado insistentemente en el temperamento de nuestra querida enferma, y confieso que no vi nada tan digno de estudio. Consuelo, aunque correspondas santamente a su cariño, sufre de amor; y así como hay organismos animales y vegetales parasitarios que sólo pueden vivir adheridos al cuerpo de otros animales mayores, así el espíritu de Consuelo es un espíritu parásito que vive en el tuyo y por el tuyo. Te tiene junto a sí y desearía sentirte más cerca, sobre sus rodillas, entre sus brazos, para guardarte todo entero dentro de sí misma; estáis separados y se divierte contando los golpecitos que da el segundero del reloj, comprendiendo que cada uno de ellos acerca en un instante el de tu regreso, y te presiente como si tu voluntad obrase a distancia sobre la suya. Consuelo, y no lo digo para que te engrías, sino para que procures remediar ese daño que inconscientemente produces, vive en ti y para ti, como Santa Teresa de Jesús creía vivir en Dios: vive en ti, porque sólo en ti piensa, y por ti, porque tú eres la voluntad que la sostiene, el objeto de su amor, el elegido de su alma; eres la luz que alumbra el mundo puesto ante sus ojos, la cabeza con que discurre, la única voz que conmueve sus entrañas, la sangre que la nutre, su presente, su porvenir, su vida entera, ahogándose en tu amor como el duque de Clarens en su barril de malvasía. ¿Y crees que puede vivir bien aquél cuya alma habita en otro cuerpo que el suyo? ¿Crees que Consuelo tendrá alguna vez carácter, por más esfuerzos que yo haga para infundírselo, mientras tú sigas viviendo y queriendo y pensando por ella?... Imposible: aquí se trata de restituirla lo que ella sin querer te dió y lo que tú, sin darte cuenta, aceptaste; es decir, su carácter, su modo de ser, su idiosincrasia moral; o lo que es lo mismo: urge que Consuelo tenga un alma que viva, obre y discurra libremente.
--¿Y para eso, qué debemos hacer?--preguntó Sandoval.
--Para eso necesitamos que, al mismo tiempo que la diviertes, dejes sentir tu influencia lo menos posible, para que insensiblemente vaya enajenándose de esa tutela psíquica que sobre ella ejerces. Sé que la labor es escabrosa y que Consuelo será el primer obstáculo que estorbe su emancipación; pero si tienes fe en mis consejos apóyalos en la seguridad de que mis planes no han de fallar.
--Comprendo tu pensamiento: quieres que divierta a Consuelo, que la lleve al teatro, a las reuniones de sus amigas, y que, según la entre el mundo de la alegría y de los placeres por los ojos, me anule retirándome discretamente por el foro, para que ella, viéndose sola y fuera de su casita, se acostumbre a regirse por sí misma, ¿no es eso?...
--Exactamente.
--Tu proyecto no está mal urdido, pero... ese papel de simple tramoyista es difícil para un hombre tan enamorado y celoso de su mujer como yo. Tiene enjundia decir al entrar en un baile y aunque sólo sea mentalmente: “Vaya, caballeros, aquí tienen ustedes a mi mujercita que se ha enfermado de quererme; como ven, es joven y hermosa; tengan ustedes la bondad de agasajarla y distraérmela a fin de que se acostumbre a vuestras monadas y a quererme un poco menos”...
--Búrlate cuanto quieras--repuso Montánchez--; pero si examinas el asunto comprenderás que mis consejos son los únicos que pueden conducir a un feliz resultado, pues mientras debilitas el influjo que tu voluntad ejerce sobre su espíritu, el roce del mundo, la costumbre de discurrir y de moverse por sí misma y el hipnotismo tonificarán su espíritu. La vida es un cambio continuo de sugestiones; estudia lo que sucede cuando dos personas viven juntas: siempre una de ellas, la más inteligente, la más enérgica o la más graciosa, es quien actúa sobre la otra; influjo del cual suelen no darse cuenta ninguna de las dos, pero cuyos efectos son innegables, porque lo que al principio fué simple imitación, se convierte luego en identidad moral y hasta en cierto parecido físico. Tu matrimonio es un ejemplo de esto, pues la idiosincrasia de Consuelo y la tuya armonizan perfectamente: ella es dócil y sumisa, aun cuando tratada superficialmente parezca lo contrario; impresionable y cariñosa, de inteligencia despierta, pero de voluntad débil y deseos tranquilos; y tú eres apasionado, enérgico, arrebatado, dominador; naciste para vivir libremente y ser cabeza en donde estuvieres; tu mujer nació para querer mucho y obedecer ciegamente al objeto amado: cualquier hombre la hubiese subyugado fácilmente, pero tú la esclavizaste en absoluto: padece un “mimetismo” psíquico completo, y ahora, aunque quieras levantarla del suelo donde se prosternó voluntariamente para adorarte y devolverla su carácter y su libertad moral, no lo conseguirás sin grandes trabajos. Su conciencia es para ti lo que Dios para Lutero: un cuadro en blanco sin otras inscripciones que las que quieras poner. Tú eres la voz, Consuelo el eco; tú eres el cuerpo, ella el espejo reflector; tú, en fin, bribonazo, posees lo que tendrán muy pocos hombres: una boca que sólo se abre para reír tus gracias y asentir a cuanto la tuya diga; unos ojos que ven por los tuyos y que cegarían de tanto llorar si no los mirases; un cerebro y un corazón que son eco de tus pensamientos y de tus pasiones; una mujer que siente contigo, que llora o ríe cuando te ve llorar o reír, y que si alguna vez se acuerda del mundo es porque vives en él... Declaro, por tanto, que Consuelo ha lanzado un “mentís” incontestable sobre mis teorías acerca del amor y de la duración de los humanos afectos; pues ni he visto querer así, ni creí nunca que en corazones femeninos cupiesen pasiones tan grandes.
--¿Y qué haré para principiar mi tarea?
--No ser celoso. Su salud lo exige. Debes dejarla en libertad, que salga sola...
--¿Y si la enamoran por ahí?
--No es probable.
--Pero, ¿y si sucediera?
--Te aguantas y la vigilas desde lejos; de no comprometerte a hacerlo así, no cuentes conmigo.
De vuelta a su casa, Alfonso se apresuró a comunicar a Consuelo lo que Gabriel le había prescrito.
--Quiero que te diviertas, que vayas al teatro, que salgas de paseo, que cultives la amistad de tus amiguitas predilectas y asistas a sus reuniones... Cuando yo no pueda acompañarte--agregó Sandoval preparando el terreno para acometer más tarde la magna obra de la emancipación moral de su esposa--, saldrás con la muchacha y luego yo iré a buscarte: deseo, en fin, que te muevas con libertad, ¡qué diantre!... no conviene que estando tan delicadita de salud pierdas la juventud aquí, entre cuatro paredes.
La joven, que al principio le oyó con mucha complacencia creyendo hablaba de fiestas que había de compartir, al comprender que trataban de transportarla sola a otro mundo de agitación, emociones y libertad, para ella desconocido, se enfureció.
--¿Y eres tú quien propone eso?
--Naturalmente.
--¿Tú?...
--Claro, mujer--repuso Alfonso con aire inocente.
--¡Eres un embustero!
--Cómo, ¿hay en mi deseo algo extraordinario? ¿Te he pedido permiso para vestir de moro, obligar a las personas que nos visiten a quitarse los zapatos como si esto fuese una mezquita, o establecer la poligamia en mi casa?... Pues, entonces, ¿de qué te asustas?
Pero Consuelo, irritada por el fingido candor de su esposo, prorrumpió en un chaparrón de sollozos y pucheritos.
--No me quieres ni me has querido nunca--decía--, pues si me quisieras un poco no te atreverías a proponerme esa infamia. ¡Si no te conozco, si pareces otro hombre, si estoy por creer que eres un cualquiera, un don nadie, el vecino de enfrente, que se ha puesto una cara igual a la tuya para engañarme!...
--Muchacha--respondió Sandoval desconcertado--, mi proposición es inofensiva, pero tienes un geniecillo tan arrebatado, que ves un bombardeo donde sólo hay un tiro de pichón.
Ella continuó: