La enferma: novela

Part 6

Chapter 63,917 wordsPublic domain

--No he conocido ningún temperamento tan original como el suyo: es un carácter incomprensible que tan pronto está de un modo como de otro; o más exactamente: son diez o doce caracteres diferentes arracimados en un solo espíritu. Desde que me hablaste de ella hasta ahora, he pensado mucho en su enfermedad, y con lo que me dijiste y lo que acabo de presenciar, creo conocerla bien. Consuelo tiene un temperamento extraordinariamente sensible; el menor accidente la contraría, el obstáculo más insignificante la asusta; a solas se atreve a todo, en el terreno de los hechos no es capaz de nada; su voluntad, por tanto, es una actividad puramente subjetiva, que no trasciende al exterior, que no sale fuera de su propio ser y se limita a elaborar ideas que, por no tener cimiento sólido, son siempre descabelladas, y a voliciones que ceden y se desvanecen al primer asomo de peligro. Consuelo es una persona doble, o lo que es lo mismo: entre sus muchas manías, cada una de las cuales constituye un carácter distinto, hay dos determinadas y permanentes. En el seno del hogar, contigo o con otra persona que la inspire confianza, debe de ser alegre, decidora, resuelta y hasta un tantico amiga de imponer su voluntad; en cambio, cuando se halla entre extraños, parece cohibida y acobardada. Al principio de la consulta me miraba familiarmente; luego advertí en ella señales de turbación que fueron aumentando hasta provocar el desenlace que hemos visto y del cual la pobrecilla no es responsable: y es que se turba; que en su cerebro debilitado desde aquel susto que me referiste, las ideas se confunden y la falta de aplomo en los pensamientos origina esas vacilaciones y esos terrores pueriles cuyo origen desconoce ella tanto como nosotros. Su falta de carácter lo atestigua su modo de mirar; Consuelo no puede sostener la mirada porque carece de voluntad.

--¿Y será fácil su curación?

--Creo que sí, y debemos intentarla en seguida, antes que el daño crezca.

Hablaron del plan curativo.

--Yo emplearía el hipnotismo--dijo Montánchez--; es mi panacea para toda clase de males. Además, el magnetismo no deja en el cuerpo, como el mercurio, señales de su paso: el imán, cual la luz, obra sin manchar. El hipnotismo es la gran terapéutica del espíritu: impón a Consuelo tu voluntad, domínala, enséñala a tener firmeza en sus deseos y conciencia de sus actos, tonifica mediante esa gimnasia espiritual los resortes de su carácter relajado, y verás cómo esas veleidades ridículas desaparecen.

--Pues, en ese caso--contestó Sandoval estrechando la mano de su amigo, que ya se marchaba--, quedas en libertad de obrar según te acomode; ven cuando gustes y procederemos al primer ensayo.

Despidióse Montánchez, y Alfonso volvió al gabinete donde Consuelo le esperaba arreglándose los cabellos. Al verle entrar, la joven corrió a echarse en sus brazos.

--Concho, ¿de qué habéis hablado tanto?... Hijo, desde aquí no oía más que el “muu” de la conversación; parecíais dos moscones.

--Contento me tienes--repuso Alfonso sentándose y afectando gran seriedad--; ¿es disculpable lo que has hecho esta tarde?... ¿Qué dirá ese hombre de nosotros? Vamos a ver, ¿qué dirá? Pues dirá que eres una niña incorregible que no debió salir nunca de la escuela y que mejor estaría en un convento estudiando el abecé, que casada; y yo, un marido bonachón, un ablandahigos sin medio adarme de sentido común para distinguir lo bueno de lo malo, y sin fuerza de voluntad para hacerme respetar ni aun de las muñecas como tú. Ahí tienes, eso es lo que dirá, ¿te parece bonito...

Consuelo sonreía comprendiendo que Alfonso no hablaba formalmente; esto la tranquilizó.

--Pero, hijo mío, si no lo pude remediar; ese amigote de los demonios es muy antipático.

--Pues, niña, bien guapo es.

--¡Lo cual no impide que sea muy antipático, concho!

--Haces mal en odiar a Gabriel--dijo Alfonso--, cuando no hay razón para ello; pues, como enseña un antiguo proverbio, necesitamos comer una fanega de sal con un hombre antes de conocerle.

--No, señor; yo le conozco muy bien, como si nos hubiésemos criado juntos; y sé que es un infame, un bandido de mala ley... ¡ya ves si le conozco mejor que tú!...

--No hay hombre que no tenga sus ribetes de bellaco.

--¡Y además, tiene cara de bruto!

Sandoval se echó a reír.

--No rías, que es la verdad; de bruto... y luego con aquellos bigotazos que parecen... no sé qué...

--¿Bigotes Montánchez? ¿Gabriel con bigotes?--exclamó Alfonso--; muchacha, ¿has perdido la chaveta?

--¿Que no tiene bigote?...

--¡Qué ha de tener, si siempre anda afeitado como un inglés!... ¿Pero tú, cómo miras a las personas que después no las recuerdas?... Apuesto a que si me vieras en la calle no ibas a conocerme tampoco.

--Pues, no sé--dijo--, no me acuerdo...

Y así era.

A la semana siguiente verificóse la primera prueba de hipnotismo que, como era de suponer, no dió ningún resultado.

Practicóse el experimento en casa de Sandoval, una tarde.

Acomodóse Consuelo en un sillón, de espaldas a la luz y con la cabeza echada hacia atrás; delante de ella se puso Montánchez, y a un lado, y de modo que ella no podía verle, Alfonso.

--El sueño hipnótico vendrá en seguida--dijo Gabriel disponiéndose a la operación--, porque este cuarto reúne inmejorables condiciones; poca luz y mucho silencio. Usted procure no distraerse y cortarle los vuelos a la picara imaginación: de no hacerlo así, dificultaría usted mucho mi trabajo y nos cansaríamos todos inútilmente. Piense en lo que vamos a hacer; esto es: en que se halla enferma, y que yo, para curarla, quiero dormirla; que Alfonso también desea oírla roncar como una bienaventurada, y que usted procura dormir porque está rendida y tiene mucho sueño. Conque, veamos, ¿lo hará usted así?... Ponga sus manos sobre las mías y míreme fijamente a los ojos, tratando de pestañear lo menos posible.

Pero Consuelo, a quien la sola presencia de aquel hombre bastaba otras veces para ponerla de mal humor, no podía reprimir la risa; una risa inmotivada y tonta que llenaba de lágrimas sus bellos ojos.

--Ya sé lo que debo hacer--decía--; pero no consigo mirarle seriamente: pone usted un semblante tan estrafalario que me río con toda el alma; pero no de usted, concho, no sea que “papá” Sandoval lo oiga y luego haya sermón: es del hip... no... tizador, ¿no se dice así?... Hip, hip, hip... parece que acaba una de comer, que no hizo bien la digestión y que está hip... hipando.

Montánchez no respondió, esperando a que pasase aquel acceso de hilaridad. Cuando la comprendió más tranquila, volvió a cogerla de las manos.

--Procedamos con formalidad--dijo--; quizá de esto, que parece un juego de estudiantes, dependa su curación.

--¡Pero si no estoy mala!... ¡qué hombres éstos... empeñarse en decir a todo el mundo que estoy enferma y que ellos van a curarme!... Vamos, ¿se apuesta usted algo a que de los tres que estamos aquí quien primero se muere es usted, y que una de las mujeres que irán al entierro seré yo?... Ea, ¿se apuesta usted algo?...

Fue preciso desistir de la empresa, pues cuando Consuelo se hartó de reír, se levantó diciendo que no quería más mojigangas.

A la tarde siguiente hubo otra sesión hipnótica.

Esta vez Montánchez, para evitar los perturbadores efectos de la risa, acudió a otro procedimiento. En las garras del buitre disecado que colgaba del techo, ató un hilito del cual pendía un esferita de metal brillante. El hilo tenía la longitud necesaria para que la bolita metálica estuviese suspendida a media pulgada sobre el entrecejo de Consuelo, quien, como el día anterior, hallábase sentada en un sillón de espaldas a la luz.

--Mire usted a esa esfera--dijo Montánchez--, y si se arma de paciencia, antes de cinco minutos dormirá como un lirón.

La joven quiso obedecer.

--¡Concho--exclamó pasados algunos segundos--, yo no sigo mirando!

--¿Por qué?

--Porque me duelen mucho los ojos.

--Tenga usted calma, mujer, que ese desasosiego visual es el primer síntoma del sueño.

Consuelo volvió a inclinarse hacia atrás mientras Alfonso y su amigo permanecían inmóviles, conteniendo la respiración. Durante algunos instantes sólo se percibió la tranquila respiración de la joven, el tic-tac del reloj, el sordo rumor de los coches rodando sobre el entarugado de la calle...

Sandoval miró al médico preguntándole con un gesto si la paciente dormía; Montánchez se encogió de hombros, pero viendo que habían pasado cinco minutos, aproximóse a ella de puntillas. Consuelito Mendoza tenía las manos caídas sobre la falda, la boca entreabierta, los ojos cerrados y el aspecto de una persona dormida.

--¿Duerme?--preguntó Alfonso.

--Ahora veremos.

--Mejor será dejar que el sueño sea más profundo.

--Sí... mejor es.

Entonces ella abrió sus grandes ojazos y lanzó sobre el médico una mirada burlona como una carcajada.

--¡Yo no estoy dormida!

--¿Y por qué tenía usted los ojos cerrados, diablillo indómito?

--¡Concho, porque me dolían mucho! Y, además, porque para mirar esa bola debo ponerme bizca y no tengo ganas de quedarme hecha un adefesio para toda la vida... Entonces ya podía echarle un galgo corredor a mi maridito, que se iría por esos mundos a buscar mujeres que le mirasen con buenos ojos.

Sandoval quiso reñirla por su falta de respeto y de juicio.

--Vaya--exclamó Consuelo insinuando un mohín como si fuese a llorar--, te aseguro que por hoy no puede ser; no te encalabrines, hombre, mañana será otro día; ahora estoy muy distraída y os será imposible sacar partido de mí. ¿Sabes de lo que estaba acordándome hace un rato?... Pues de aquella fábula que habla de un labrador que, estando sentado a la sombra de un guindo, se lamentaba de que las guindas no fuesen tan grandes como los melones; y cuando ya empezaba a sentir humos de teólogo campestre y a decir que el mundo no estaba bien arreglado y que Dios no sabía un pitoche de eso de fabricar planetas, ¡pum! le cayó una guinda en la punta de la nariz; lo cual le hizo comprender que bien están los melones cerquita del suelo. Y por eso yo pensaba: si conforme esta bola es una esferita que no pesa, fuese como un melón o un pepino, cualquiera me hacía estar debajo de ella...

--Pues mírese usted las narices--dijo Montánchez--, a mí, me es igual...

--Como a mí--interrumpió ella riendo--, que se mire usted las suyas, o que se las suene.

--Lo digo porque los resultados son idénticos; ese procedimiento y el de mirarse el ombligo eran los usados por los frailes medioevales.

--¡Hoy no me parece nada bien; mañana, mañana!...--gritó Consuelo.

Montánchez se convenció de que la misma impresionabilidad de la joven, que al principio juzgó circunstancia favorable para emplear el hipnotismo como plan curativo, era el primer obstáculo que entorpecía sus planes.

Consuelo Mendoza era una desequilibrada animada por un espíritu de protesta que la incitaba a rebelarse continuamente. Cuando comprendía que se trataba de un asunto serio sentía deseos de jugar, porque su alegría y su risa se excitaban ante la gravedad ajena; y, por el contrario, si veía a los demás contentos, experimentaba súbitos accesos de tristeza. El único modo de dominarla era sorprenderla con lo desconocido, con lo que ella no pudiese prever ni esperar; a traición exclusivamente se vencerían las asperezas de aquel carácter que sólo era consecuente en sus propias inconsecuencias.

--Estoy seguro de subyugarla--decía Montánchez a su amigo--; si bien necesitamos aprovechar la ocasión propicia. Siempre el primer experimento es el más difícil, porque aún el organismo no está predispuesto a recibir las influencias del sueño hipnótico, pero en los sucesivos se camina como por país conquistado.

Aquella ocasión tardó mucho en presentarse.

Aunque Alfonso dejó de ir al casino con tal de que Montánchez fuese a visitarle por las tardes, casi nunca Consuelo les acompañaba: se metía en sus habitaciones y ellos quedaban en el comedor, con los pies colocados sobre los morillos de la chimenea, las piernas envueltas en mantas, fumando y bebiendo café, adormecidos en la tibieza de la atmósfera. A veces Consuelo, cansada de estar sola, venía a acompañarles: ellos entonces sacudían su pereza oriental y hablaban de los asuntos del día, para distraerla: Sandoval refería chascarrillos o el escándalo de la última semana: Montánchez le escuchaba atentamente, porque aquéllos eran los ecos de un mundo que él desconocía.

Las conversaciones de su amigo despertaban en su memoria gratos recuerdos de otros tiempos y de otros lugares, y su borrascosa juventud desfilaba ante sus ojos medio cerrados: él también había amado y reñido con maridos celosos, y recibido heridas por mujeres que no le importaban, y peleado, como Byron, por una patria que no era la suya, y sufrido miserias por el gusto de triunfar de todas y poder referirlas después... Y entonces recordaba los años que fueron y le acometían súbitos deseos de desenterrar, charlando, detalles de su historia que sus amigos ignoraban; y cuando Alfonso agotaba el tema de las comidillas callejeras, Gabriel hablaba de París, de Argel, de un carnaval pasado en Venecia, de la noche en que hirió, a la entrada de Atenas, a un marinero corso por una mora a quien había visto sólo un ojo y con la cual huyó después a Menidi; de las noches pasadas al pie de las palmeras en los oasis, contemplando el fantástico espectáculo de la luna iluminando la arenosa inmensidad del desierto; y de las orgías nocturnas celebradas en góndolas al pie del Vesubio, con napolitanas complacientes...

A Consuelo la divertían aquellos episodios que, por lo inverosímiles, parecían capítulos sacados de un folletín.

Montánchez gozaba refiriéndolos, y como los recuerdos, cuando son muy vivos, caldean el cerebro, aquellas viejas memorias adquirían a sus ojos toda la fuerza de la realidad: entonces parecía que su alma misteriosa, deponiendo su habitual reserva, se desdoblaba para mostrarse mejor, y Consuelo le escuchaba embelesada, algunas veces con curiosidad, otras con grima, siempre con interés.

Gabriel Montánchez, que vivió mucho en poco tiempo, era más viejo de lo que parecía y tenía una historia más larga de lo que sus amigos imaginaban. Aquel hombre cuyos ojos encerraban, como el mar, abismos insondables; el médico que vivía encerrado en su estudio, emborrachándose con tinta, según la expresión de Flaubert, y arrancándole secretos al cuerpo humano con el microscopio y el bisturí; aquel viejo de cuarenta años, tan frío y dueño de sí mismo, era en sus ratos de expansión, otro individuo. A pesar del empeño que siempre mostraba en no revelarse, la naturaleza o el temperamento vencían su voluntad, y el alma surgía. Su conversación era sencilla, su lenguaje claro, sus pensamientos ingeniosos o mordaces: todo lo refería llanamente, con un candor de niño grande que cautivaba, aun cuando tratase asuntos difíciles: los mayores delitos los refería claramente, sin rebuscar palabras que dulcificaran las durezas de la acción ni disculparse de las infamias cometidas.

Aquellas confesiones provocaban las de Sandoval, reverdecía sus amores de estudiante, las graves deudas que contrajo y de las cuales hubo de librarle su padre, su viaje por Europa, en compañía de algunas pecadoras que se encargaron de embellecerle su estancia en Basilea, Munich y París, y otros pormenores de su antigua vida de soltero: Montánchez refería una historieta y él otra, y a veces contaban entre los dos una travesura en que ambos intervinieron.

Consuelo les oía silenciosa, sin acordarse de su costura, pensando que su inocencia debía de ser muy grande cuando no tenía nada que referir: quería conocer bien los secretos del hombre a quien estaba unida por los vínculos del amor, de la religión y de la ley, y de aquel otro fantástico personaje que el Destino atravesaba en su camino. Pero en Alfonso jamás sorprendió nada aborrecible; siempre fué el mismo calavera de buen tono, franco y valiente, que ella conoció; mozo sin dobleces ni hipocresías, poeta por temperamento y artista de corazón, que necesitaba de la alegría y del amor, como del aire, para poder vivir.

En Montánchez su fino instinto procuró ver la luz, y, no hallándola, retrocedió espantada ante las tinieblas pavorosas que rodeaban su espíritu gigante: aquel hombre, a pesar de su amabilidad y de la miel que destilaban sus labios, tenía una historia lúgubre, que se traslucía en las sencillas narraciones de su vida pasada. Lo más novelesco, los cuadros más interesantes y dramáticos, aquéllos donde existía un destello de pasión para disculpar los errores del hombre, eran los que Montánchez contaba; pero tras estos episodios había otros cuidadosamente velados, lagunas enormes que el narrador no quiso o no supo llenar, contradicciones que envolvían misterios, viajes sin objeto, ciudades y personas cuyos nombres no pudo saber.

A Sandoval le parecía su amigo un calavera afortunado y de talento, que, cansado de correr mundo, se retiró a la vida tranquila cuando su cerebro conservaba aún muchas energías para el estudio y su corazón mucho entusiasmo por la gloria; para Consuelito Mendoza, Gabriel Montánchez era algo peor que un aventurero; era un criminal; y su imaginación, predispuesta siempre a ver las cosas abultadas y por su lado pésimo, creyó adivinar en el misterioso pasado de aquel truhán muchas páginas rojas. Su marido decía que Gabriel fué un loco de buena índole, porque él era bueno y no podía juzgar mal a nadie; pero ella no pensaba así: Montánchez no trabajaba “por amor al estudio”, mentira; quien tal cosa dijese, era un embustero o un tonto: estudiaba por distracción, por espantar algún remordimiento ineluctable: el trabajo era para él lo que el aguardiente para los borrachos o el opio para los chinos; un medio de olvidar...

Gabriel Montánchez era alto, fornido, con un pechazo de atleta y un cuello de león. Cuando aquel cerebro privilegiado funcionó estimulado por la abrasadora sangre de la juventud, y a sus nervios, semejantes a hilos telegráficos, los contrajo la pasión, sus energías serían portentosas. Era, pues, un coloso que, si entonces se mostraba grande en sus libros y en sus rarezas, también lo fué antes en sus amores y en sus crímenes. Un amor desgraciado y un crimen horrendo: tal era, según Consuelo, el nudo más interesante de la historia del terrible médico.

Prescindiendo de estas particularidades físicas, lo que más aterrorizaba a Consuelo era la aureola sobrenatural que, según ella, envolvía el nacimiento y la historia del arriscado desertor de las tropas argelinas. Montánchez era médico, conocía el mecanismo de los músculos y de los huesos, los secretos de la química y de la botánica, y dormir con los ojos e imponer su voluntad a la persona dormida, convirtiéndola en instrumento inconsciente y dócil de sus caprichos; y además de este saber peligroso que adquiriera en las bibliotecas, había viajado mucho por Oriente, donde aprendió, quizá por boca de algún endiablado brujo, el secreto de componer venenos, decir sortilegios y preparar filtros mágicos. En suma: Montánchez era un bandido que, cual otro Judío Errante, recorrió el mundo bajo la nefasta influencia de su sino; un corsario del siglo XV vestido a la moderna, un brujo rezagado de la última “misa negra” que se celebró antes del descubrimiento del gas; un nigromante que, a usar bigote, hubiera tenido tres pelos del diablo en cada una de sus guías; una mala persona de la que era prudente recatarse como de los espíritus infernales...

--Adviértele a Gabriel--dijo Consuelo a su marido una noche después que el médico se hubo marchado--, que no vuelva a contar más aventuras; de oírle me pongo nerviosa; es un hombre que da miedo, porque, si es malo lo que cuenta, peor es lo que calla.

--¿Así que tú crees que Montánchez es uno de los pocos demonios que se libraron de las parrillas inquisitoriales?

--Poco menos.

--Entonces, ¿un Borgia con su correspondiente redomita de venenos en el pomo de la espada?... Pues aún le haces favor...

--Búrlate cuanto quieras--exclamó la joven--, pero ¡ojalá que ese tío no sea nuestro ángel malo!

Alfonso sonrió.

--¡Ay, cabecita, cabecita mía!--dijo--, ¿cuándo te acostumbrarás a ver las cosas como son?...

Aquellas tardes de invierno pasadas con sus amigos y al amor de la lumbre, fueron una resurrección para el misantrópico carácter de Montánchez.

Insensiblemente su espíritu despertaba, sus expansiones eran más francas, sus pensamientos más explícitos, y aunque seguía fiel a su antigua costumbre de vivir retraído, esquivando las impresiones con el mismo cuidado que ponía en impedir que ciertos elementos químicos quedasen expuestos a la luz, aquel cuartito bien alfombrado y confortable de la calle Arenal, fue para él un oasis delicioso en su desierto de estudios y vigilias. En casa de Alfonso encontró comodidades, una chimenea siempre encendida, tabacos, café, un amigo con quien evocar libremente los recuerdos de los años pretéritos en la seguridad de ser escuchado con interés, ya que sus vidas corrieron juntas muchas veces, y una mujer que halagaba su vanidad con la atención que prestaba al relato de sus aventuras.

En el seno de aquella intimidad, donde la presencia de Consuelo reforzaba el afecto de los dos amigos, pasó el invierno y llegó el mes de mayo con sus alegres alboradas.

--Estoy quebrantando mis votos--solía exclamar el médico--, y jugándome la tranquilidad; y como aún soy joven y remolco muchos vicios sobre la conciencia, temo que el mundo consiga engatusarme otra vez.

Sandoval procuraba retenerle alegando, entre otras razones, la necesidad de velar por la salud de su mujer.

--No seas maniático--decía--; aquí vives perfectamente, tan libre del mundo y del tiempo como en tu misma casa; puedes con más facilidad estudiar el temperamento y los achaques de mi enfermita y, sobre todo, ganar poco a poco su confianza y su aprecio, circunstancias que te permitirán entenderte con ella y someterla a tus procedimientos sugestivos.

--Eso sí--replicaba Gabriel--, en cuanto yo pueda allanar el misterioso santuario donde las personas nerviosas encierran sus afectos, y Consuelo se acostumbre a verme sin temblar, su curación está asegurada.

La vida de Montánchez había cambiado notablemente. Al principio sus visitas eran raras, parecía que le llevaban a remolque, y siempre pretextaba, para no ir, su amor a la soledad o la urgencia con que había de terminar algunos trabajos: después sus visitas menudearon y pocos meses después eran casi diarias: hubiérase dicho que su espíritu empezaba a disfrutar de una segunda primavera y que bajo el sol de la amistad retoñaban los pocos gérmenes que no tronchó el sufrimiento.

--El mundo y la juventud vencen mi voluntad--decía Gabriel cuando vió que el fastidio también le perseguía en su cuarto de estudio--; la soledad me aburre, mi dolor de tantos años se desploma, el contento vuelve a uncirme a su dorado carro de cascabeles...

Pero Consuelo creía con terror que quien le arrastraba era un diablo, y que ese diablo le empujaba hacia ella...

La joven seguía empeorando; cada vez su temperamento era más irritable, más irregular; lloraba y reía por todo, y su carácter cambiaba como las piedras de un kaleidoscopio sin que en ella se revelase ninguna idea matriz que sirviese de norma a sus pensamientos. Pocas eran los noches en que no sufría algún ataque de jaqueca: entonces se ponía insoportable; todo la molestaba: la luz, el ruido de los platos que la doncella fregaba a cencerros tapados al otro extremo de la casa, el ruido de la péndola del reloj, las voces de los vecinos, el rodar de los coches. Al fin se quedaba dormida boca abajo, con la cabeza entre las manos para no oír, sufriendo descargas nerviosas que la hacían brincar cual si de improviso la pusieran en comunicación con una pila eléctrica.