Part 5
Era una historia infantil que aprendió siendo niña, cuando iba al colegio, y que frecuentemente se complacía en recordar para distraer a su marido.
Alfonso cerró los ojos, dando muestras evidentes de cuán poco le importaba saber lo que le acaeció al gallo del cuento en su accidentada peregrinación.
Cuando Consuelo acabó de hablar, él parecía dormir; ella contemplóle en silencio, después le rodeó la cabeza con sus brazos y empezó a apretársela contra el pecho, mientras le prodigaba cariñosos epítetos; pasado este segundo arrebato de ternura, abrió los brazos separándose para mejor ver al amado, que continuaba con los ojos herméticos: la joven lanzó un grito y Sandoval se incorporó sobresaltado.
--¿Qué sucede, mujer?--dijo--. Me has dejado sin sangre en el cuerpo.
--¡Jesús, concho--repuso ella lloriqueando--, qué susto tan grande! Como te di un abrazo tan largo y tan fuerte... Pensé haberte ahogado.
La miró sonriendo, pero se convenció de que hablaba formalmente, porque estaba pálida y con las manos frías.
Por la tarde, a la hora de costumbre, Sandoval cogió el gabán y el sombrero para salir, y ella, contra lo que en semejantes ocasiones sucedía, no opuso la menor resistencia: acompañóle hasta la puerta de la escalera, puso la frente para recibir el beso de despedida, y retiróse al gabinete después de dar orden a su doncella de no recibir a nadie.
Aquellas horas de soledad y recogimiento eran su delicia, pues podía discutir consigo misma los mil proyectos que bullían en su cabeza, y fantasear a su antojo. Allí nadie la forzaba a seguir ésta o la otra conversación, podía discurrir libremente, sin aguardar a que su interlocutor hablase para responder ella, ni que observar cierto comedimiento en las palabras: allí no había estorbos; estaba sola, entregada a su albedrío, con un mundo de quimeras por delante.
La soñadora se fastidiaba porque ni sabía seguir con paciencia el lento curso de los acontecimientos naturales, ni podía doblegar el mundo a sus caprichos. Sabiendo que esta imposibilidad duraría lo que su vida, hizo lo que los filósofos idealistas: fabricar un mundo arbitrario para refugiarse dentro de él cuando lo estimara conveniente y vivir feliz.
Consuelito Mendoza quedó largo rato sin pensamientos, perdido el magín en un vacío infinito, la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos cerrados: después levantó la frente y sus miradas se fijaron en el espejo situado sobre la chimenea, fronterizo al sofá. Allí, dentro de la luna, había otra muchacha, otra Consuelo envuelta, como ella, en un mantón negro, y como ella peinada con los cabellos sobre la frente.
--Ésa soy yo--dijo la joven--; porque es indudable que lo que ahí veo es mi propia imagen.
Agitó un brazo en el aire cerciorándose de que su sombra lo haría también, y pareció quedar más tranquila.
--Estas cosas tan raras que me suceden--murmuró--, no sé si atribuirlas a que estoy medio chiflada, como dice Alfonso, o a que tengo mucho talento. A ratos creo que no vivo y que cuanto siento y pienso es pura invención mía, como le pasaba al famoso personaje de Calderón. Voy por la calle y me pregunto: ¿Andaré yo como las demás personas, vestiré lo mismo, no habrá sobre mi cuerpo nada estrafalario que haga volver la cabeza?... ¡Quién se viera por detrás!... Si pudiese hacer lo que San Cristóbal, que cogió su propia cabeza después de cortada... Si yo me encontrase a mí misma en la calle, ¿me reconocería?... Seguramente, porque cuando me observo en un espejo sé que la figura aquella es otra yo. A veces pienso que mis palabras carecen de significado, que nadie me entiende y hasta que mis labios se mueven sin formular ningún sonido comprensible. ¿Qué es una sílaba, qué es una palabra, qué es un idioma?... No acabo de entender por qué todos los hombres se mueven de la misma manera, aplican a cada objeto un nombre particular y argumentan de idéntico modo. Necesariamente esto se debe a algún convenio que celebraron nuestros abuelos, los cuales acordaron llamar sombrero a la prenda de vestir que se pone en la cabeza, y zapato a la destinada a abrigar los pies, y hombres... a los hombres, vamos... y mujeres, a nosotras. Tampoco comprendo por qué los franceses hablan de diferente modo que los rusos, y los españoles que los chinos. A mí me enseñan una carta geográfica y me dicen: este pedacito pintado de amarillo, es España; y este otro muy largo y del mismo color, que parece una bota de montar, Italia; el encarnado, Francia y el verdoso, Dinamarca. ¡Concho! Pues yo pregunto: ¿Por qué los de aquí no hablarán como los de allá, y éstos tienen su bandera y aquéllos la suya, y los unos se llaman austriacos y los otros ingleses?... Todo en el mundo es convencional; por eso a ratos dudo de mí y creo que la suerte me hizo diferente de los demás, y que parezco a los ojos de los que me rodean un bicho raro. Y el carácter... ¿qué será eso?... Siempre que se habla de una persona dicen que es de este modo o del otro, que tiene bueno o mal carácter... De modo que el carácter es el humor o genio de cada quisque; esto es claro. Pero, ¿qué carácter es el mío? ¿En qué grupo debo clasificarlo?... ¡Concho, qué pena tan grande... si creo que no tengo ninguno!... Yo desearía ser algo, poseer algo exclusivamente mío: hay mujeres frías, chismosas, indiferentes, alegres, apasionadas... y yo no siento ninguna de estas tendencias; no tengo amor patrio, ni fe religiosa, ni entusiasmo por nada; lo podré aparentar, pero, en el fondo, no es cierto, lo sé perfectamente. Es decir, según y cómo; apasionada sí soy, ¡qué concho!... no me lo vaya a quitar todo ahora, porque lo que es a Alfonsito le quiero con delirio; pero en cuanto a sentir entusiasmo por mis semejantes... que no puede ser, vaya...
Quedó silenciosa, contemplándose en el espejo con religioso arrobamiento, examinando su fisonomía con el prolijo cuidado del naturalista que escudriña los órganos de un insecto a través de los cristales de un microscopio.
Primero reparó en su frente, un poco pequeña, orlada de cabellos ondulantes; luego en sus grandes ojos adormecidos entonces por la pereza; en su boca de labios finos, en sus mejillas un poco pálidas, en la parte superior de su busto redondo y esbelto...
--Soy guapa--dijo--; lo reconozco aunque tengo el buen juicio de juzgarme sin apasionamiento: además, lo que dicen por ahí y los delirios que le inspiro a mi maridito, lo confirman. ¡Lástima que no tenga la boca un poco más chica, concho!... ¿En qué estarían pensando mi madre y padre?... Así, en esta posición, estaré el día en que me muera. No... así mejor, con la cabeza caída sobre el hombro y las manos cruzadas... ¡Uy, si ahora me quedase muerta, valiente susto iban a pasar los que fuesen entrando! ¿Qué haría Alfonso?... Probablemente echaría unas cuantas lágrimas de cocodrilo o de viudo joven, que es lo mismo; muy pocas, las indispensables para parecer bien... y luego se consolaría con otra. ¡Concho, si eso fuese verdad, resucitaba, y después de reventarle me volvería a morir tranquila!...
Tendióse en el sofá y cerró los ojos, quedando con las manos cruzadas sobre el pecho. Insensiblemente experimentó en todo el cuerpo una extraña sensación de flojedad, una laxitud invencible y creciente, cual si algún mecánico desconocido fuese aflojándola uno tras otro los resortes y tornillos de su ser; los órganos se independizaban poco a poco de la voluntad, los nervios se negaban a transmitir impresiones y la actividad cerebral decrecía paulatinamente según aquel agotamiento psíquico iba invadiendo las celdillas donde el pensamiento elabora sus maravillosas pulsaciones.
Consuelo sentía que su yo se desdoblaba en dos personalidades o entidades distintas; una material, de carne y hueso, que permanecía tendida en el sofá; y otra aérea, vaporosa como un jirón de neblina, que flotaba en el aire yendo de un lado a otro cual si quisiera escapar por algún intersticio de las paredes o del techo, y que sólo se hallaba unida a la primera por un hilo sutilísimo.
--Estoy medio muerta--pensó la joven--; concho, lo que siento es haberlo procurado tan bien, porque voy a morirme de verdad... y eso, francamente, me haría poquísima gracia. Me parece que dentro de mi cuerpo se ha roto algo y que por el agujerillo se escapa el alma sin pedirme consejo... ¡Eh, señora!... ¿Dónde se camina tan diligente?... Ahora la veo flotar; sí... es ella; concho, ¡qué delgadita y qué blanca es!... y está prendida a mí por un rabo fino y muy largo... como esas tenias que exhiben los boticarios, metidas en tubos de cristal. ¡Qué lástima! Si tuviese aquí una de esas redecillas con que los naturalistas salen al campo a cazar mariposas, la atrapaba. ¡Ay, Virgen de la Soledad, Cristo de la Misericordia, qué miedo tengo!... Si esa lombriz se rompe, mi alma se escapa y quedo más muerta que mi abuela... Cuidado si soy burra; ¿quién me mandaría abrir la boca para que el espíritu se escapara?... Vamos, eso de morirse sin motivo no tiene sentido común. Bien; ahora la cuestión se arregla, y el alma, comprendiendo que fuera hace demasiado frío, vuelve a refugiarse dentro de mí: perfectamente, porque así, estando yo cierta de no correr ningún peligro, representaré mejor y con más tranquilidad mi papel de difunta... Ya me han metido en el ataúd; el maldito, por lo duro, parece de piedra: ¡bien se conoce que los colchones de muelles no se hacen para los muertos! Tengo las manos y los pies helados, circunstancia que ayuda mucho a encubrir mi superchería; ¡qué frío! Por ahí debe de haber alguna puerta abierta... Ya siento ruido de gente que se acerca y oigo voces, pero no puedo conocer quiénes son. Están dándome tentaciones de abrir un ojo un poquitín para ver lo que sucede; estoy segura de que todos los asistentes vienen vestidos de negro, con unas caras muy compungidas y hasta pálidos, porque hay personas que tienen, como los camaleones, la capacidad de cambiar de color; pero por dentro están perfectamente, deseando salir a la calle para charlar y reír a sus anchas... ¡Qué diablo! Voy a mirar; para eso me he muerto, para enterarme de lo que harán conmigo el día en que la cuestión vaya de veras. Ea, vamos allá; ¡uf, cuánta gente y qué serios están todos!... Allí está Alfonso; ¡oh, granuja! ¿Pues no está fumando y riéndose con aquel tipo de patillas rubias como si nada grave le hubiera sucedido? ¿Y quién será ese mamarracho? Me revienta; los rubios no deben asistir a los entierros. En ese grupo de hombres y mujeres sólo trato a dos o tres... y ellas no son feas... y miran a mi marido de una manera... Lo que me molesta mucho a los ojos es la luz de los cirios... y éste que tengo junto a mi cabeza está derritiéndose, y como me caiga una gota de cera en la cara voy a freírme. Esa maldita puertecita que dejaron abierta tiene la culpa; si me quemo no podré contenerme y daré un grito. ¡Puf!... ¿No lo dije? ya está aquí, en la frente ha sido; menos mal que no he chillado. ¡Concho, aquí están los de la funeraria! ¡Qué pantorrillas tan delgadas tienen!... Y me bajan sin acordarse de cerrar la caja... me agarraré, porque, si no, estos bárbaros me matan sin remisión. Me llevan por unos pasillos muy anchos atestados de gente que mira con estúpida curiosidad; no conozco a nadie: atravieso la antesala, en pies ajenos, se entiende, y empiezo a bajar la escalera. Lo dicho; esta bromita me cuesta un riñón; en un recodo he visto una anciana llorando, conmovida; ¡pobrecita, si supiera que todo esto es una farsa!... Eh, ¿qué es eso?... Siento un ruido extraño de pasos que se acercan; los de la funeraria no se mueven y mi ataúd ha quedado en el suelo; tengo mucho frío y mucho miedo, y no me atrevo a abrir los ojos... Dios mío, ¿qué ocurrirá?... ¡Ay! Pretendo incorporarme y no puedo; siento una opresión en el pecho que no me deja respirar y me duele el corazón. ¡Aaa... aaa!... este nudo que tengo en la garganta me ahoga... No puedo desunir las manos... las manos cruzadas y... ¡aaa... aaa!... Un hombre se acerca muy de prisa, oigo sus pisadas, ya está aquí; me toca, me sacude por un brazo, me acaricia... ¡No puedo moverme ni gritar!... Me toca el cuerpo con sus manos ardientes, ¡qué horror, va a besarme!... Tiene su boca junto a la mía, su aliento roza mi cara... ¿Quién es?... No sé, no lo veo... pero le presiento, le adivino y me infunde mucho miedo... Ya le reconozco; esa mirada... esos ojos me aterrorizan y me atraviesan de parte a parte como cuchillos; son los de Montánchez, es él... ¡Soo... socoo... rrooó!... Sí... si ya le dije a usted las otras noches en el palco que no podía ser... que no po... po... día...
La joven perdió la conciencia de su ensueño y empezó a luchar defendiéndose de aquella agresión imaginaria, hasta que su mano derecha tropezó violentamente contra la pared: el dolor físico la despertó.
Era ya tarde: incorporóse en el sofá, y al tenue reflejo de los faroles de la calle vió su imagen dibujarse confusamente sobre el cristal del espejo como una mancha negra.
En el silencio, el timbre de la puerta de la calle vibró largamente.
IV
Eran Sandoval y Gabriel Montánchez. La joven murmuró:
--Os había presentido.
--¿Estabas soñando?--preguntó Alfonso.
--Sí.
Luego agregó, mirando al médico de soslayo y torvamente:
--Esto parece una maldición. Le encuentro a usted en todas mis pesadillas...
El quinqué que Sandoval acababa de encender esparcía por la habitación una suave luz verdosa que realzaba las diversas expresiones de aquellos tres semblantes.
Sentada entre los dos hombres, Consuelo miraba al médico con ojos muy abiertos y una expresión parecida a la de esos muchachos revoltosos que, para persuadir al maestro de que se fijan mucho en la explicación, le miran sin pestañeos. Sandoval la contemplaba ansiosamente, queriendo adivinar sus palabras antes de oírlas; y Montánchez permanecía frío, siempre encerrado en sí mismo, midiendo el alcance de sus preguntas y aquilatando el valor de las respuestas, con los codos apoyados en los brazos del sillón y las manos cruzadas sobre el pecho, atento a las últimas particularidades.
--¿Cómo se encuentra usted ahora?--dijo.
Consuelito Mendoza se palpó el cuerpo como si se tratara de algún dolor físico.
--Ahora, bien--repuso.
--¿No sufre nada?
--Nada, no, señor, absolutamente nada; y es raro... pues hace un momento me quedé dormida aquí y desperté con mucho dolor de cabeza y mal sabor de boca.
Montánchez inició un hábil interrogatorio. Iba enumerando uno a uno los síntomas de la enfermedad que, según su criterio, padecía la joven, y después la preguntaba minuciosamente acerca de ellos. Su trabajo fué prolijo como el del juez que procura poner al reo en contradicción consigo mismo: hablaba repetidamente y de diverso modo de los mismos temas, unas veces preguntando y otras afirmando rotundamente, y en tanto que sus palabras y sus argumentos de médico experto obtenían confesiones de la enferma, sus ojos sagaces escudriñaban el semblante de Consuelo con tenacidad infatigable.
La empresa, sin embargo, era difícil: las respuestas de la joven carecían de fijeza.
--¿Suele usted sufrir mareos al levantarse de la cama o de la mesa?
--No, señor.
--Repase bien su memoria: probablemente los ha experimentado usted más de una vez y más de dos; ¿qué digo?... lo aseguro, estoy persuadido de ello; no lo niegue, porque es un síntoma muy característico.
Consuelo tardó bastante en contestar; quería complacer al médico demostrando que meditaba sus respuestas, pero en aquellos momentos la indócil imaginación vagaba muy lejos de allí. A pesar suyo no podía fijarse en nada: la distraían los semblantes de Sandoval y de su amigo, las arrugas de los cortinajes de la alcoba, la forma puntiaguda de la llama del quinqué, el sempiterno tic-tac del reloj...
Aquellas nimiedades ejercían sobre su espíritu atracción invencible; no podía desecharlas, ni mirar a otro sitio, ni proponerse otro asunto; era una manía, una obsesión de loca; y cuando respondía procuraba hacerlo, no con arreglo a su criterio, pues en circunstancias tales carecía de voluntad y de pensamientos, sino del modo que más satisficiese a Montánchez.
Éste llegó a comprenderlo.
--Es imposible entenderse con usted--dijo severo--; siempre contesta usted lo primero que se la ocurre y esa falta de sindéresis reporta dos males gravísimos: el de confundirme y el de engañarse a sí propia. Diga usted lo que sienta y no lo que yo quiero oírla decir, pues yo no quiero nada: vine a que usted me esclarezca respecto de un asunto para mí desconocido, y si por pereza, indiferencia o volubilidad de carácter, me lo oculta o desfigura, las consecuencias podrían ser fatales para usted.
El semblante de Consuelito Mendoza reflejó vergüenza y arrepentimiento, y el esfuerzo brioso que sobre sí misma hacía para gobernar su atención. Pero su buena voluntad no tardó en decaer y sus ideas empezaron de nuevo a confundirse: el mundo de lo soñado volvió a surgir ante sus ojos; su imaginación, harta de seguir paso a paso aquel interrogatorio odioso, atropelló todas las conveniencias.
Miraba al médico sin verle, o sin poder apreciar, cuando menos, los rasgos de su cara; le oía sin comprender claramente sus palabras y replicaba con la vaguedad del alumno que responde sin conciencia de lo que dice y movida sólo por la idea de complacer a su marido y a Montánchez, y de que la dejasen sola.
En tal ocasión experimentaba con redoblada fuerza el indefinible malestar que sufría siempre que la examinaban con fijeza, pues los ojos del médico la sugestionaban. Al principio de la entrevista pudo mirarle con timidez, luego empezó a desconcertarse y una profunda turbación invadió su espíritu; sus ideas se nublaron y acabó por no atreverse a levantar la vista del suelo; a continuación sintió miedo y ese frío íntimo y penetrante de la calentura; los ojos del médico la hormigueaban en las entrañas. De pronto, rompiendo aquel exótico embrollo de impresiones y de recuerdos, surgió una idea que murió casi al mismo tiempo de nacer, iluminando el obscuro abismo de la conciencia con una luz tenuísima de fuego fatuo; pero aquella imagen reapareció más tarde, y entonces sus contornos fueron mejor definidos. Era algo soñado que pretendía armonizarse con la realidad; un recuerdo, una figura misteriosa, un jirón de gasa o de niebla cuyos vagos perfiles iban acentuándose. En aquella forma incorpórea, Consuelo veía los rasgos de una persona que en otra ocasión la impresionara fuertemente, pero que entonces no recordaba bien...
--¿Sueña usted mucho?--inquirió Montánchez.
--Sí; casi todas las noches.
--¿Y se refieren sus pesadillas a asuntos determinados?...
--No, señor... es decir, no recuerdo...
--Insisto en ello--advirtió el médico--, porque el estudio de los sueños es interesantísimo, no desde el punto de vista profético, como afirmaban los antiguos y como aparentan creer las gitanas, sino por hallarse ligados a muchas enfermedades nerviosas; y tan cierto es esto, que algunas afecciones cardíacas o espinales, van siempre unidas a determinados ensueños.
--Pues mis pesadillas varían mucho--contestó Consuelo--, pero generalmente se refieren a lo que me ha impresionado durante el día.
--¿Y en ellas no vió usted nunca unos objetos muy grandes y otros muy pequeños?
--No, señor, aunque... espere usted... ¡Ah, sí!... he tenido un delirio horrible, que no puedo olvidar...
--Uno de los fantasmas que más activamente intervienen en las dislocadas imaginaciones de mi mujercita--observó Sandoval--, eres tú.
--¡Yo!--repuso el médico sorprendido.
--Sí; noches atrás, cuando la desperté, me dijo que querías representar con ella no sé qué ópera o qué belenes...
Estas palabras fueron para Consuelo una revelación; se acordó de las quimeras que tanto la atormentaban, de aquellos brazos inconmensurables, largos y negros como alambres quemados, que una tarde soñó se extendían tras ella para sujetarla; de la reunión de espíritus celebrada por un gnomo en un antepalco del teatro Real, y de aquel horripilante monigote de estuco vestido con traje de tafetán verde, que al abrazarla se convirtió repentinamente en Gabriel Montánchez...
Al recomponer este último detalle de su pesadilla, la imagen incolora que momentos antes surgiera en su cerebro, reapareció en toda su fuerza, y la vida ficticia de sus noches y la realidad se dieron la mano. El hombre que tenía delante era el mismo con quien tantas veces soñó en sus horas nocturnas de fiebre; era el original de aquel fantasma que pretendió abrazarla so pretexto de representar una ópera desconocida; aquellos ojos eran los mismos ojos verdes y penetrantes que en su pesadilla de la última siesta la observaban cuando ella iba hacia el Campo Santo en hombros de cuatro sepultureros imaginarios; la mirada diabólica que registraba sus pensamientos más íntimos y gravitaba sobre ella como una maldición. Ante aquel hombre tan temido, su valor flaqueó, y tapándose la cara con un pañuelo rompió a llorar. Montánchez se levantó.
--¿Qué es ello?--dijo--. ¿Se siente usted mal?
La joven no repuso y siguió llorando, dejando correr a lo largo de sus dedos gruesos lagrimones.
El médico quiso pulsarla, mas ella le rechazó violentamente.
--¡No, por Dios... suélteme usted!...
--Consuelo--exclamó Sandoval procurando obligarla a levantar la cabeza--: no te pongas así, ¿qué tienes?...
--¡Déjeme usted tranquila: no me toque usted!
--Pero si soy yo quien te habla... ¿no me conoces?...
Ella le miró: estaba hermosa, con las mejillas encendidas y cubiertas de lágrimas y los ojos brillantes. Una sonrisa imperceptible alegró sus labios; pero al ver a Montánchez que se había quedado un poco detrás, sus facciones volvieron a contraerse penosamente. Alfonso insistió:
--¿Qué tienes?
--Nada, déjame en paz.
--Consuelo, está aquí Gabriel, que se enfadará contigo y con razón.
--¡No guardo contemplaciones a nadie!--gritó la joven furiosa--; eso es lo que quiero, que se enfade, que se vaya... que no vuelva más... Ea, ya lo dije bien clarito para que todos me entiendan; ¿lo ha oído usted?... pues me alegro mucho de que lo sepa. No le quiero; sin saber la causa me pongo nerviosa en cuanto le siento... No me es usted antipático, precisamente, pero le tengo miedo, muchísimo miedo...
Sandoval se había levantado y miraba estupefacto a su amigo; mientras Montánchez, de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho, según su costumbre, sonreía con sonrisa burlona imperceptible.
--¿Pero quieres callar, imprudente?--gritó Alfonso exasperado.
--No, no... quiero que se vaya...
Continuaba echada sobre el diván, tapándose los ojos con ambas manos. Gabriel, sin despedirse, dirigíase de puntillas hacia la puerta. Alfonso le siguió. Cuando llegaron al recibimiento, Sandoval preguntó:
--¿Qué piensas de todo esto?
--Es un caso muy extraño--repuso el médico gravemente.
--Es que te odia.
--Sí, me odia y me teme: quizá la inspiro más miedo que aborrecimiento.
--¿Y qué opinas de su mal?