Part 4
Al principio este nuevo plan de vida no dió los resultados apetecidos, porque el hambre, el sueño y los ruidos que subían de la calle, le recordaban vagamente las horas; mas poco a poco la realidad mundana fué borrándose, la casa pareció un retiro encantado, los quinqués siempre estaban encendidos, el silencio era casi completo, sobre las habitaciones pesaba una noche eterna. Montánchez vivió así tres meses consecutivos, pasados los cuales vió con satisfacción que no recordaba fijamente ni la hora, ni el día, ni el mes en que vivía. Después empezó a salir a la calle y se hizo socio del casino a que concurría Sandoval, pero procurando siempre mantenerse alejado del movimiento de la vida. Si al salir de su casa encontraba la luz del sol o la de los faroles, o veía casualmente algún reloj, como no sabía ni el día ni el mes en que estaba, aquellas impresiones no le causaban efecto ninguno: cuando tenía que hacer alguna visita, su ama de llaves cuidaba de avisarle de un modo especial, previamente convenido, y de ventilarle bien las habitaciones durante sus ausencias, cerrándolas antes de que él volviese, para que las encontrase según las dejó, y de servirle las comidas a horas estrafalarias y desordenadamente. Merced a estas sapientísimas precauciones, el encanto duraba.
La última fecha conservada en la memoria del médico era la del cinco de diciembre, día en que se parapetó en su casa con el propósito firme de renunciar al mundo: a partir de allí, la realidad y la ficción se fundían en inextricable laberinto y, como sus paseos eran poco frecuentes, la ilusión persistió. La única persona que de tarde en tarde le visitaba, era Alfonso Sandoval, su amigo íntimo. Éste procuró arrancarle de la cabeza aquel inútil “odio al tiempo”, hablándole de su próximo enlace con Consuelo Mendoza, recordándole las bellezas del mundo y la posibilidad de matrimoniar con una joven guapa y rica, que le colmase de comodidades y de muchachos.
--Hay que cumplir los preceptos divinos--decía Sandoval--, y ya que no estamos en edad de crecer, debemos multiplicarnos para dejar a Dios contento.
Montánchez, indiferente, alzábase de hombros.
--El mundo--decía--me hizo mucho daño; no quiero saber de él.
Así vivía, retraído, a solas con sus autores y sus ensueños de sabio, luchando, ya que no por la inmortalidad del cuerpo, sí por la del hombre, en aquella mansión fantástica, remedo exacto de la eternidad, rodeado de libros y de objetos inmutables.
Este cambio radical de costumbres modeló notablemente los principales rasgos fisonómicos del médico.
Tenía los labios finos, la nariz aguileña, la cara cuidadosamente afeitada, conservando aún la fresca gallardía y desenvoltura de sus buenos tiempos de galán, pero sin olvidar la sangre fría y el aplomo propios del hombre de mundo.
Pero donde los efectos del trabajo mental se revelaron más poderosamente, fué en su mirada enérgica, fascinante, dotada de una fuerza magnética irresistible: había en ella algo sobrenatural y misterioso que infundía miedo, horizontes inmensos, relampagueos deslumbrantes de genio y de luz. Todas las actividades de su cuerpo estaban concentradas en los ojos: el fuego y las pasiones de la juventud dieron a su mirada la expresión de la audacia y del desprecio; la ciencia y el estudio, la mansedumbre y la profundidad; era una mirada fría y dura, dotada de fijeza mortificante, que acariciaba sondeando. Aquellos ojos eran el terror de Consuelito Mendoza; eran los ojos que tenía el muñeco vestido de tafetán verde de su pesadilla, y los que algunas veces vió en sus horas de ensueño. A su juicio, el poseedor de tales ojos no podía ser bueno.
Aquella mañana, Sandoval salió de su casa en busca de Montánchez: caía una lluvia menudita, que el viento pulverizaba.
Al cruzar la Puerta del Sol miró el reloj del ministerio de la Gobernación; eran las ocho. Cambió el paraguas a la mano izquierda y llevóse la derecha a la boca para alentar sobre ella e infundirla calor; después la guardó en el bolsillo del pantalón apretando mucho los dedos unos contra otros. Al entrar en la calle Montera oyó una voz estentórea que pregonaba: “¡Café caliente!...” Y vió un grupo de vendedores de periódicos, colilleros, barrenderos y agentes de orden público, reunidos alrededor de un hombrecillo regordete que sacaba un brevaje obscuro y humeante de una no muy limpia cantimplora de hojalata, colocada sobre un braserillo. Aquel cuadro de costumbres madrileñas trajo a Sandoval recuerdos de otros tiempos.
Iba caminando maquinalmente hacia la calle de Hortaleza y abarcando los detalles del cuadro. A su lado pasaban algunos obreros de prisa, con la gorra sobre las cejas, la nariz amoratada por el frío, la americanilla abrochada, los brazos cruzados sobre el pecho y las manos bajo los sobacos, para calentárselas con el calor del propio cuerpo; criadas madrugadoras que iban a la plaza envueltas en densos mantones a cuadros, y grupos de barrenderos que quitaban la nieve de la noche anterior con las mangas de riego y las escobas. Las puertas de los comercios se abrían con estrépito y a ellas salían los horteras, con sus redondas cabezas y sus semblantes inexpresivos, el centímetro alrededor del cuello y las tijeras en el bolsillo; parados con las piernas abiertas y frotándose sin cesar sus manos cuajadas de sabañones, miraban ufanos a las mujeres transeúntes. Las porteras barrían sus zaguanes, quitando el barro y sacudiendo las paredes, y los visillos de algunas ventanas se corrían descubriendo caras macilentas que aún conservaban en las mejillas las señales de la almohada.
Sandoval, agradablemente sorprendido por un espectáculo que, por perezoso y dormilón, veía pocas veces, ambulaba recomponiendo un mundo de memorias.
Recordó los años en que su padre le obligaba a ir todas las mañanas a un colegio de primera enseñanza situado en la calle del Pez, esquina a la de Pozas, y donde tenían que habérselas, él y sus condiscípulos, con un cura que les abofeteaba y vejaba sin motivo. A las siete en punto la criada iba a despertarle: ¡horrible iniquidad!... Él procuraba eludir la orden todo lo posible, seducido por el calor del lecho, la semiobscuridad encantadora de la habitación y el ruido de la lluvia; pero a las siete y cuarto volvían a llamarle y luego a las siete y media... A las ocho no había salvación; su padre en persona iba a visitarle armado con un jarro lleno de agua recién sacada de la fuente, amenazándole con echársela por la espalda si no se levantaba en seguida. Después, tras un buen chapuzón, le vestían su trajecito marinero, le daban un pocillo de chocolate y una ensaimada, le ponían su boina, le terciaban a la espalda la cartera de los libros y le echaban a la calle.
Y recordó también las noches que aprovechaba estudiando las lecciones de Gramática, de Historia o de Aritmética, del siguiente día; el repaso que les daba camino del colegio, los cinco céntimos de castañas asadas que siempre compraba al salir de su casa, no sólo por el gusto de comerlas, sino para calentarse con ellas las manos; el invariable mal humor del presbítero pedagogo, los insultos, los pescozones recibidos, muchas veces injustamente; y luego las correrías hechas con otros chicos por las orillas del Manzanares, las riñas con las lavanderas, las peleas con los granujillas del barrio de Pozas y de la Moncloa, y la ovación que le tributaron sus compañeros de hazañas una tarde en que luchó y venció a dos pilletes en la Fuente de la Teja.
De estas excursiones clandestinas regresaba entre seis y siete de la tarde, y a esa hora se iba por las calles de Fuencarral y Montera muy despacito, parándose embelesado ante los escaparates de las tiendas, con la gorrilla encasquetada, las manos en los bolsillos del pantalón y la bufanda muy levantada alrededor del cuello.
Los comercios que más le cautivaban eran los de juguetes y los de cuadros, sobre todo si éstos representaban batallas o cacerías; y luego, dentro de esos mismos establecimientos, se aficionó a determinados objetos. Había, por ejemplo, en la calle Caballero de Gracia, un cuadro representando una carga de coraceros franceses, que le gustaba apasionadamente; la cara de los jinetes, la actitud de un oficial herido, la posición de los caballos, los accidentes del terreno, el color del cielo, de todos los detalles se acordaba: este grabado y un teatro de fantoches expuestos en la vidriera de Medel, fueron los dos mayores caprichos de su niñez. Habló de ellos en su casa, y como cuantas diligencias hizo por adquirirlos resultaron inútiles, hubo de resignarse a ver sus dos codiciados juguetes a distancia y a través de un cristal.
La tarde en que uno y otro, teatro y cuadro, desaparecieron, fue para él tristísima; perdió el apetito, la alegría y el color, se le marcaron las ojeras, recibió una azotaina paternal y hubo de tomar una purga.
En este detalle, aunque con variantes leves, la niñez de Consuelito Mendoza y de Alfonso, se parecían.
Cuando Sandoval llegó a casa del médico, supo que éste se había acostado pocas horas antes, y entonces pasó al despacho a esperar que fuese más tarde.
El estudio del médico era un vasto salón con dos balcones a la calle Hortaleza, decorado con magníficos muebles de felpa, color verde musgo.
Todos los detalles indicaban que la noche anterior el trabajo se prolongó hasta muy tarde: sobre la mesa había un manojo de cuartillas escritas y varios libros abiertos y con las márgenes plagadas de anotaciones; el tintero estaba destapado, las plumas diseminadas aquí y allá, el depósito del quinqué casi vacío; en todo el cuarto se percibía un fuerte olor a petróleo y al carbón quemado en la chimenea.
Sandoval empezó a revolver cuartillas y vió que Gabriel se ocupaba en componer una Memoria acerca del medio mejor y más seguro de provocar el sueño hipnótico, y los peligros a que la ineptitud del operador expone a las personas sugestionadas. Los otros manuscritos también trataban asuntos puramente científicos.
Entonces cogió un número de la revista “Ambos Mundos” y fué a sentarse junto a la chimenea; sobre ésta vió una gran cabeza de cartón que explicaba el sistema frenológico de Gall, y el cráneo de un mono metido en una urna. Aparte de un magnífico cuadro al óleo que representaba a Cleopatra probando el poder de sus venenos en sus esclavas, las paredes estaban adornadas por cuadros anatómicos: uno de ellos figuraba un esqueleto en actitud de correr; otro, los lóbulos del cerebro; los demás un hombre de espaldas y sin epidermis, enseñando el complicado mecanismo de los músculos dorsales; y otro de frente, con el pecho y el abdomen abiertos, y mostrando los órganos interiores; bronquios, pulmones, diafragma, estómago, intestinos; aquella figura, que presentaba la cabeza vuelta hacia un lado para descubrir mejor las venas y tendones del cuello, parecía exhalar un olor nauseabundo y tenía una expresión tan grande de dolor, que inspiraba asco y miedo. En un ángulo había un esqueleto verdadero y un armario abastado de órganos de cartón; brazos, piernas y caderas que parecían manar sangre, y multitud de caras contraídas por muecas horribles.
Cansado de estar solo, Alfonso decidió despertar a su amigo, y allanó el gabinete que Montánchez había convertido en laboratorio; allí estaban las pilas de Volta, la máquina de Ramsden, metida en su funda de tela gris, un sillón-cama para operaciones y reconocimientos obstétricos, y buen número de vasijas de vidrio, frascos y tubos de reactivos colocados en hilera a lo largo de la pared; una marmita de Papín, dos alambiques, varias retortas, barómetros, higrómetros y un estantito lleno de minerales, cada uno en su cajita de cartón y con su etiqueta correspondiente.
Sandoval, sin fijarse en aquellos objetos, asomó la cabeza bajo los cortinajes. Al fondo, tendido sobre una amplia cama de hierro, dormía Montánchez: su rostro, habitualmente pálido, aparecía más delgado y largo que de costumbre, y las arrugas de las mejillas daban a su fisonomía la cansada expresión de los Cristos yacentes.
Alfonso se acercó al lecho y exclamó alegremente cogiéndole la mano que tenía al descubierto:
--¡Despierta, hombre ilustre, que la ciencia y la amistad te reclaman!
Montánchez se estremeció ligeramente y entreabrió sus ojos serenos y tranquilos.
--¡Cuánto he trabajado!--murmuró.
Sentado al borde de la cama, Sandoval expuso compendiosamente y sin preámbulos el objeto de su visita: Consuelo estaba peor, de día en día sus males se agravaban, a ratos sus nervios se exacerbaban de tal modo, que había serios motivos para temer por la salud de su razón.
Gabriel se había quedado muy serio y oía atentamente.
--¿Ha sufrido en estos últimos meses alguna crisis violenta?--preguntó.
Sandoval comenzó a referir cuantos detalles recordaba que podían contribuir a esclarecer la índole de la enfermedad. Describió la niñez de Consuelo, el susto a que aquellos padecimientos parecían referirse, las ocupaciones a que se entregaba, su afición a la lectura y al teatro, sus ensueños y sus extravagantes supersticiones. Cuando refirió el ahinco que la joven puso en ser azotada, Montánchez no pudo abstenerse de sonreír.
--Todo eso--comentó--es muy serio y muy interesante, y acusa los gérmenes de un grave desarreglo mental cuyos progresos debemos corregir antes que echen nuevas y más robustas raíces. La gran dificultad que ofrecen estas enfermedades es que ninguna de ellas presenta rasgos característicos constantes, sino que en su misma naturaleza va envuelta la vaguedad y multiplicidad de formas; lo inestable, lo anómalo, lo que está fuera del curso natural de las cosas, es lo único que hay en ellas de permanente. En estos casos los pobres médicos caminamos sin luz, expuestos a caer a cada paso, de misterio en misterio, y es evidente que el diagnóstico de la enfermedad no puede hacerse en tanto no haya una base segura de dónde partir.
Sandoval agregó nuevos pormenores.
--Todos son datos que merecen tenerse en cuenta--dijo Montánchez--, pues aun cuando considerados aisladamente valgan poco, su conjunto constituye la historia de una enfermedad. Consuelo es una desequilibrada; su cerebro nació defectuoso o ha sufrido una alteración por efecto del susto de que antes hablabas, y los síntomas de ese desequilibrio son los que necesito conocer para remontarme por derechos caminos al origen o matriz de la enfermedad.
Alfonso continuó narrando minuciosamente la vida íntima de su hogar, no omitiendo ninguna particularidad, ni aun las más secretas y calladas, con la confianza ciega del que habla delante del médico y del amigo.
Montánchez le escuchaba, murmurando como si dialogase consigo mismo:
--¡Es extraño todo eso!...
Y añadió:
--¿Sabes si tiene alguna manía constante?
--Manías tiene muchísimas, pero permanente creo que ninguna.
--¿No sorprendiste en ella alguno de esos extravismos del gusto que impulsan a ciertos enfermos a comer pedacitos de barro o granos de café?... ¿O si muestra deseo o aversión inmotivada hacia determinados objetos o personas?
Sandoval vaciló.
--Hasta hoy nada he notado, pero en lo sucesivo me fijaré... Aunque ahora se me ocurre una idea que confiaré sin rebozo, porque a ti poco debe importarte. Consuelo no te quiere.
--¿No me quiere?... ¿Cómo lo sabes?
--Ella misma me lo ha dicho; no sólo no te quiere, sino que te aborrece con ese ardor salvaje que pone en sus menores afectos.
--Pues no lo entiendo.
--Y lo entenderás menos sabiendo que ella me confesó muchas veces que eres guapo y que tienes buen trato y mucho talento; pues a pesar de comprender tus excelencias, sigue odiándote.
--He ahí un mal precedente para que yo pueda curarla con fortuna--dijo Gabriel--, porque empezará a mostrarse rebelde a mis tratamientos, y el enfermo que aborrece a su médico es como el chico que detesta a su maestro, que no aprenderá nunca lo que éste pretenda enseñarle. Tu revelación me contraría mucho; no por mí, sino por ella, pues tratándose de enfermedades nerviosas en las cuales las impresiones lo pueden todo, los peligros de la antipatía se multiplican en un cincuenta por ciento.
--No importa--repuso Sandoval levantándose--, quiero que la veas antes que ningún otro médico; ahora te dejo para volver a casa, donde te espero a las...
--Calla--interrumpió Montánchez--, ya sabes que los relojes y yo no nos entendemos; explícaselo a mi ama de llaves y ella cuidará de llamarme.
--¿Seguramente?
--Seguramente.
Alfonso salió, corriendo los cortinones que separaban la alcoba del gabinete; y Montánchez quedó sumido en esa semiobscuridad aliada poderosa del sueño; luego encendió un cigarrillo y se puso a fumar sosegadamente mirando al techo. El humo producía en su cerebro, según las circunstancias, dos efectos contrarios; unas veces le excitaba, otras le adormecía; pero entonces el silencio y aquella atmósfera cargada de olor a tabaco, consiguieron emborracharle, las ideas perdieron su lucidez y la realidad desapareció lentamente bajo gasas impalpables.
Montánchez tiró el cigarro a medio apurar.
--¿Por qué me odiará esa mujer?...--dijo.
Y se quedó profundamente dormido.
Cuando Sandoval llegó a su casa encontró a Consuelo desayunándose.
--Hola, flor de la maravilla--exclamó--, ¿ya te levantaste a dar guerra?
--¿Dónde has ido?
--A la calle.
--Necesito saber a qué sitio.
--Aquí estamos perfectamente--dijo Alfonso acercando una butaca a la chimenea recién encendida--; fuera hace un frío inaguantable.
--¡Concho!... ¿Quieres responder a lo que pregunto?... Estoy hablándote.
--¿Me convidas a chocolate?
--Vaya usted a paseo.
--Dame, una sopita siquiera, tragaldabas.
--Hasta que no digas lo que has hecho, no te miro a la cara, eso mismo... ni te dejo catar el chocolate.
--¡Ah! pues, tienes razón... ¡Pícara cabeza la mía!... He visto a Gabriel.
--¿A ese albéitar indecoroso?
--Al mismo; y no ponga usted esa carita porque no hay motivos para tanto.
--¡Lástima de albarda!
--Sí, señora doña Consuelito Mendoza; fuí a eso; a decirle que te riña y te meta en cintura.
--¡Pues que se ande con tiento!
--¿Qué ibas a hacerle?
--¡Reventarle, concho!... Mira... si entrase ahora, le tiraba el pocillo a la cabeza. Yo no quiero ver más a ese tío, eso es; porque ese hombre es un tío y quiera Dios que alguna vez no andes a trastazos con ese amigote de los infiernos.
--Ya no hay remedio, princesa; Montánchez vendrá dentro de algunas horas a tomarte el pulso y a mirarte la lengua; le he referido nuestra vida íntima sin omitir un detalle, ¿entiendes? ni uno solo... y el muy pillo se ha reído bastante.
--¡Asqueroso!
Alfonso se acercó a ella y quiso darle un beso; ella se defendió; al fin, las dulces paces quedaron hechas.
Entonces Consuelo se levantó muy solícita, le trajo una zapatillas para que se quitara el calzado húmedo y se abrigase bien los pies, y obligóle a vestirse una dulleta con cuello y bocamanga de pieles; luego, por tenerle más cerca, le hizo sentar a su lado, en una banqueta.
--Ponte aquí--dijo.
Él obedeció, quedándose con las piernas extendidas casi horizontalmente, el cuerpo entre las rodillas de la joven y la cabeza caída sobre sus faldas. Viéndole en tal posición, Consuelo, presa de un violento acceso de ternura, empezó a despeinarle suavemente, besándole.
--¡Qué guapo eres!--decía--. ¡Qué bien estás así!... No hay quien tenga tus cejas, ni tus ojos, ni tus pestañas, ni una nariz como la tuya... Ese Apolo de que hablan los libros no valía lo que este mechón que tienes sobre la frente. ¡Concho, si la señora Venus te hubiese cogido por su vereda, buenos ratos hubiera pasado contigo, diosa y todo!... Así te quiero yo, por supuesto, que estoy lela en cuanto te veo y no vivo si no es pensando en ti. ¿Y tú, también me quieres mucho, verdad?... ¿Y andarás siempre conmigo y no te juntarás con nadie, eh?... ¿Verdad que no?... Bueno, ¡concho, contesta pronto, ya me había asustado!... Parece que fué ayer cuando nos casamos. Entonces te quería mucho, muchísimo, ¡ya lo creo! como que pasaba las noches leyendo tus cartas a hurtadillas de mi padre; pero ahora te amo más y con mayor tranquilidad, porque eres mío, mío sólo. ¡Uy!... esto de poder llamarte Alfonso mío, maridito mío, delante de todo el mundo, me llena la boca y el corazón. ¡Quia! tú no sabes lo que te quiero; vosotros, los hombres, por muy apasionados que seáis, siempre tenéis en el pecho un pedacito de corcho.
Y añadió:
--¡Quién te quiere a ti!
Sandoval, que ya sabía la forma de este interrogatorio, repuso:
--Mi burra.
--¿Tu burra chiquinina?...
--Ella solita.
--¿Y tú, a quién quieres?
--A ti y a dos niñas que tengo en los ojos y son tan guapas y tan monísimas como tú.
--Pues yo a ti y a los Alfonsitos de mis pupilas. Dios mío, ¿por qué no tendré muchas bocas para besarte al mismo tiempo en muchos sitios? Y esta pasión que por ti siento es contagiosa, pues la extiendo a los objetos de tu propiedad; y así quiero más a tus trajes viejos que a los recién traídos de la sastrería, con los cuales aún no tengo confianza. ¡Esto sí que es querer!... Tengo celos de tu camisa, de tu chaleco, de tu corbata, de todo, concho, lo que llevas encima; ninguno de esos chismes se separa de ti, te acompañan a todas partes, corretean las calles contigo, van al casino... ¡Quién fuera petaca o botón de camisa para custodiarte y fisgarlo todo!... Hay el inconveniente de que cuando una elástica se rompe se tira, pero no importa... Yo cambiaría treinta años de vida por cinco, con tal de pasar éstos pegadita a tu cuerpo como una pieza de punto...
Volvió a besarle los ojos y la boca.
--¡No hay en el mundo nadie como tú; nadie, nadie!...
Sandoval se dejaba mimar, sonriendo y sin devolver aquel diluvio de caricias.
--Oye, Alfonsito--dijo de pronto la joven--, ¿quieres referirme un cuento?
--¡Un cuento!--exclamó él aterrado--. ¡Para romances tengo la cabeza!...
--¿Entonces, lo cuento yo? Y eso que, según vosotros, la mía está medio descompuesta.
--¡Bravo, me parece muy requetebién! ¡Desembucha!
--Te advierto que es largo.
--No importa; aunque tenga más rabo que el diablo, lo oiré con gusto.
--Bueno, verás qué bonito es... pero no vayas a reírte, porque entonces no lo concluyo y te dejo con las ganas de saber el desenlace.
--Espera a que encienda este cigarrillo.
Sandoval se acordaba en tales momentos de la vida en Persia y Arabia, porque, a pesar de la estación y de la capa de nieve que cubría las calles, había en aquel cuadro algo orientalesco, que hacía soñar con las solitarias palmeras del desierto y los harenes musulmanes.
--Pues, señor--empezó Consuelo--, una mañana supo el gallo Pinto que su amigo Periquito se casaba y quiso ir a la boda: para ello se lavó de patas a cresta, se arregló las plumas y salió al campo; en la misma puerta del corral encontró un cajón muy grande, lleno de trigo.
--Concho--pensó el gallo--; si como trigo se me ensuciará el pico y los que me vean comprenderán que soy un tragón y se reirán de mí. Pero pudo más el hambre que sus escrúpulos, y picotazo va, picotazo viene, dejó la caja sin un solo granito, pensando que ya tendría ocasión favorable de limpiarse el pico por el camino. Conque siguió andando, hasta que vió una malva y dijo:
--Malva, limpia el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y la malva no quiso. Entonces continuó caminando muy triste, y a poco rato encontró un borrego y le dijo:
--Borrego, cómete la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso. Prosiguió su camino, y al ver un lobo le dijo:
--Lobo, muerde al borrego que se negó a comer la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso...
Y por este estilo continuó hilvanando una retahila de nombres: sucesivamente el gallo, héroe de tan conmovedora narración, fué encontrando un perro, un palo, un haz de leña ardiendo, un río y un burro, y a cada nuevo tropiezo volvía a repetir todo el rosario de palabras que precedían, lo cual causaba efectos soporíferos decisivos.