Part 3
Consuelo andaba por allí calladamente, sorprendida de que sus pasos no tuvieran eco y de la prolongada ausencia de Alfonso: también maravillábase de la pequeñez de los muebles y de la gran altura a que fueron colocados los cuadros: la cama no llegaba a sus rodillas, la mesita de noche apenas levantaba dos palmos del suelo. Alarmada por tanto silencio salióse al pasillo y llamó a la camarera; a sus voces sólo contestó un eco lejano, un quejido moribundo semejante al del viento penetrando por una abertura estrecha. Entonces recorrió el corredor, las alcobas, la cocina; todo estaba desierto: en la despensa, encaramado sobre un queso de bola, había un ratoncillo gris, de largos y blancos bigotes. Siguió adelante y se detuvo frente a la puerta del despacho; aplicó el oído a la cerradura y no oyó nada; llamó ligeramente con la yema de los dedos... y nadie respondió. Animándose a entrar empujó la puerta, y al comprender lo que en la habitación sucedía, quiso huir; una fuerza invencible se lo impidió. Delante de la chimenea y alrededor de un hombrecillo de pelo rojo, se hallaban repantigadas en sendos butacones de cuero claveteado, varias personas: el hombrecillo era un gnomo; los demás, las estatuas del despacho que habían dejado sus pedestales: todas tenían sus hermosas cabezas de yeso asentadas sobre pequeños cuerpos vestidos con jubones acuchillados, gregüescos y gola, y sus voces resonaban temerosamente como si saliesen de una caverna o del fondo de una tinaja vacía.
Consuelo colocóse sin ruido tras una cortina para no llamar la atención de los misteriosos personajes. La conversación de éstos llenóla de espanto; hablaban de ella, querían buscarla, prenderla, llevarla maniatada a un paraje lejano, a un mundo chiquitín que brillaba en medio del espacio... Quien entonces usaba de la palabra era Cervantes, y le respondían Quevedo y Marco Aurelio. Byron callaba, mirándoles con sus ojos sin luz. Todos ellos, y éste fue un detalle que no sorprendió a Consuelo, se expresaban fácilmente en correcto castellano. Entonces estuvo a punto de salir de su escondrijo diciendo a gritos:
--Concho, ¿qué es eso?... ¡Fuera de aquí, espíritus y desatinos mágicos! ¡Zape! ¡Cada mochuelo a su olivo!...
Mas se contuvo, sobrecogida de curiosidad y de miedo. El gnomo hechicero acababa de levantarse; iba vestido de encarnado, como el Mefistófeles de Fausto, y después de dar una cabriola en el aire, empezó a describir con su mano izquierda movimientos cabalísticos y a pronunciar palabras en un idioma desconocido. Obedeciendo a su irresistible llamamiento, penetraron por la ventana muchos espíritus revestidos de formas extrañas y tan pequeños, que el más grande, que tenía cabeza de elefante y cuerpo de pescado, no era mayor que una sopera.
Aquellos diablejos trabaron entre sí reñida batalla: un sapo que volaba por la habitación montado en un plumero, atravesó con su espadín a otro espíritu con trazas de zorro; dos escarabajos horripilantes trepaban cachazudamente por las flacas y torcidas piernas del gnomo, quien subido sobre un tambor, continuaba dirigiendo con los movimientos de su mano zurda la espantosa bataola; las estatuas dejaron los butacones para volver a sus sitiales respectivos. Consuelo las veía trepar por inseguras escalerillas de cuerda, pendientes del techo, apreciando las violentas contracciones musculares de sus brazos y de sus piernecillas negras, impotentes para soportar el peso abrumador de sus cabezotas; y por entre aquel perpetuo flujo y reflujo de figurillas disparatadas, de ratonzuelos que corrían por el suelo empujando quesos de bola, de machos cabríos, de lagartos verdes que se arrastraban por las paredes cazando tortugas con alas de murciélago, los ilustres padres del habla castellana, del romanticismo moderno y de la grave filosofía estoica, continuaban trepando en busca de sus pedestales vacíos. La joven les observaba atentamente, deseando verles arribar sanos y sin magulladuras al término de sus afanes. Cervantes llegó el primero; luego Calderón; al recobrar su puesto sus cuerpecillos desaparecían y tornaban a ser las pacíficas estatuas que ella misma compró por doce o quince pesetas a un mercader italiano.
Pero Marco Aurelio fué menos afortunado que los otros: al llegar a la cornisa del estante, un condenado diablillo que andaba por el suelo jugando al trompo, quiso subir por la escalerilla en que, desde hacía diez minutos, realizaba prodigios de agilidad el desgraciado emperador y filósofo romano, y aquélla empezó a oscilar. Consuelo hubiera deseado ahuyentar al maligno espíritu, mas como no podía moverse, tuvo que resignarse a permanecer inactiva. No obstante las importunas sacudidas del demoncejo revoltoso, el autor de “Los doce libros” estaba a punto de salvarse: ya había afianzado su pie izquierdo en la cornisa y reconcentraba todas sus energías para separarse con un último esfuerzo de la escala fatal, cuando una lagartija que huía de un repugnante sapo armado de adarga y lanza, tropezó con tal violencia al desventurado filósofo, que le arrebató el equilibrio. Consuelo le vió vacilar, inclinarse hacia atrás, dar una vuelta de campana y caer pesadamente al suelo, saltando en añicos. Al quedar la venerable cabezota de Marco Aurelio reducida a un montón de pedacitos de yeso, la joven lanzó un grito. Entonces desaparecieron por ensalmo los detalles de aquel aquelarre y la joven permaneció inmóvil, creyendo que la llamaban: luego aquella audición fue más clara; parecía la voz de Alfonso.
--¿Qué es eso?--murmuró.
--Despierta, mujer; tienes una pesadilla.
--Es que el pobrecito Aurelio se ha roto la cabeza...
Sus ideas tornaban a confundirse y calló.
--¿Qué dices, loca?... Vuelve en ti; no sueñes.
Era otra vez la voz de Alfonso. Consuelito Mendoza oyó que la hablaban casi al oído, un aliento tibio rozó su cara, manos vigorosas la sacudieron. Despertó sobresaltada, frotándose los ojos.
--Alfonso--balbuceó.
--¿Qué?
--¿Pasó ya?
--Sí; era una pesadilla; como te empeñas en acostarte del lado izquierdo... Ahora duerme y déjame en paz; tengo mucho sueño.
--¡Hijo... qué miedo tan grande!... ¡Si vieras!
Dió media vuelta, abrazándose al cuello de Sandoval.
--¿Qué hora es?--preguntó.
No dijo más y volvió a dormirse. Transcurridos algunos minutos, la pesadilla se reanudó.
Estaba con su marido en un palco del teatro Real, viendo una ópera cuyo argumento desconocía. De pronto tuvo frío y se levantó para vestirse el abrigo que había dejado en el antepalco: éste era una alcoba, su dormitorio de la calle Arenal, con su otomana, su mesa de noche y su cama matrimonial vestida de blanco. Sentóse en el lecho a reposar; tenía jaqueca; las notas llegaban a sus oídos debilitadas, tenues, remedando suspiros.
De pronto reapareció el gnomo con su luenga barba gris, su caperucita roja y una linterna en la mano. Corría de un lado a otro callado y sin ruido, como buscando algún pequeño objeto extraviado. Consuelo no tuvo ganas de seguir mirándole.
--Este hombre--pensó--es un pillo. ¿A qué vendrá esta noche aquí? Seguramente entró por el cristal roto de alguna ventana, como hacen las brujas, o por la puerta, bajo las faldas de alguna señora: como es tan chiquitín... Pero, ¿a qué habrá venido, a qué?... Yo antes lo sabía y la idea está aquí; se va... se me escapa, no consigo agarrarla bien. ¡Ah, sí... ya sé... ahora recuerdo!... Lo que pretende es organizar una reunión de diablos para que bailen un poquito al son de la música.
Reapareció el gnomo: sin fijarse en ella atravesó el cuarto y procuró ocultarse bajo la otomana: después de tenderse de pecho al suelo comenzó a estirarse alargando los miembros, doblegándose de diferentes modos con una suavidad de movimientos semejante a la de los gatos cuando quieren meterse por debajo de una puerta. Consuelo le observaba fijamente: el misterioso espíritu pasó primero la cabeza, luego la mitad del busto, en seguida la otra mitad, las piernecillas también fueron entrando poco a poco hasta desaparecer enteramente: y entonces sólo vió el reflejo de la linterna que continuaba luciendo bajo la otomana, iluminando su vientre, convirtiéndola en un gigantesco gusano de luz.
De pronto las miradas de Consuelo repararon en una puertecilla que acababan de abrir y por la cual entró un hombre muy pálido, sin pelo de barba, con las mejillas arreboladas, las orejas grandes y separadas del cráneo, los labios descoloridos, el pelo áspero y cortado a rape, la mirada inmóvil y sin expresión, las manos exangües como las de un muerto, el cuerpo vestido con un burdo traje de tafetán verde; aquel extraño antojo avanzaba lentamente, sin mover los brazos ni las piernas, como patinando... La joven comenzó a tiritar de miedo: no podía huir, ni gritar, ni defenderse; la espeluznante aparición ejercía sobre ella una atracción fascinante. Entretanto, la sombra fatídica se acercaba sin ruido, sin movimientos, sin voz, extendiendo hacia su víctima sus brazos y sus labios. Consuelo sintió que aquellos brazos la enlazaban con un anillo de hielo. El fantasma maldito tenía la fuerza de una realidad espantable: la boca del horrible engendro oprimió la suya con un beso mortal, mientras una mano, fría como el mármol, la palpaba bajo las faldas. Estaba tendida en el suelo, sin poder desasirse, jadeante, a punto de ser vencida... Entonces la expresión del hombrecillo del traje de tafetán empezó a cambiar: sus apagados ojuelos fueron transformándose en otros grandes, expresivos, penetrantes, de color pardo o verde muy obscuro, sombreados por largas pestañas negras. Consuelo, que había visto aquellos ojos en otra parte, miró mejor... El muñeco había desaparecido y en su lugar estaba Montánchez. La vergüenza y su dignidad de esposa sublevaron el valor de Consuelo, que empezó a defenderse.
--¿Qué hace usted?--exclamó.
--Nada, no se apure usted--repuso él con su acostumbrada finura--; vamos a representar la última escena de la ópera.
--No, no... puede venir Alfonso y enfadarse conmigo. Espere usted a que yo se lo diga; vuelvo pronto... Hombre, ¿usted no dice que deben evitarme las impresiones fuertes?... ¡No me irrite usted!
--Señora--insistía Montánchez sin soltarla--, tenga usted paciencia; concluímos en seguida.
--Suélteme usted, se lo ruego, porque si Alfonso nos ve aquí solos y abrazados, es capaz de matarnos. ¡Oh!... Si él supiera que un hombre me ha tenido entre sus brazos, me daba un tiro... Suélteme usted... oigo pasos... ¡es él... es él!...
Ya no percibía la música del teatro, ni los rumores de la sala, ni las voces de los cantantes: la decoración había cambiado.
En aquel momento apareció Sandoval. Consuelo le vió dar un paso atrás, ponerse horriblemente pálido y coger un cuchillo, una faca enorme, cuya hoja brillaba a la luz siniestramente; la faca, tal vez, con que quisieron matar a don Felipe: luego caminó hacia ellos... Montánchez no se movió: hubiérase creído que esperaba resignado el golpe, o que poseía algún medio oculto y sobrenatural para conjurar el peligro y detener el brazo agresor. Mas Consuelo no pudo contenerse y lanzó un grito.
--¡Yo no quería!--exclamó--; ¡es... él!...
Iba subiendo la voz. Luego oyó la de Sandoval, y el trágico caramillo se disipó.
--Es Montánchez--repetía la joven.
Abrió los ojos y vió que ya amanecía. Alfonso la riñó duramente; no le había dejado dormir en toda la noche.
--¡No te enfades, hijito!--repuso ella--. ¿Ves?... yo no soy responsable de mis males. Es que he tenido pesadillas horribles. Creí que un muñeco de estuco, vestido de verde, me abrazaba, y después aquel monigote se convirtió en Gabriel Montánchez, que quería representar conmigo la última escena de una ópera...
Y volvió a temblar, recordando aquellas quimeras.
Poco a poco, sin embargo, tornó a quedarse dormida. Tenía el semblante pálido, sus ojos cerrados temblaban ligeramente, los labios se movían balbuceando palabras que no llegaban a ser inteligibles...
Al día siguiente, y sin otro contratiempo o motivo, Consuelito Mendoza amaneció tiritando otra vez bajo las garras de la calentura.
III
Gabriel Montánchez vivía en un piso tercero de la calle Hortaleza, sin otra familia que una vieja sirvienta y un hermoso perrazo negro que agonizaba de viejo y de gordo.
La primera juventud de Montánchez fué borrascosa. Cuando cursaba el cuarto año de Medicina se enamoró de una modista vecina suya, y fué correspondido; su familia, sabiendo que el joven pagaba largamente las mercedes de la muchacha y que la pasión amorosa le quitaba la del estudio, intentó romper el idilio. La escena entre el padre y el hijo fué violentísima y se separaron sin avenirse.
Al día siguiente Gabriel corrió al Monte de Piedad a empeñar su reloj, sus sortijas y cuantas alhajas tenía, malbarató sus libros y algunos trajes, pidió dinero a varios amigos de posición holgada, aguzó el ingenio hasta conseguir que un prestamista conocido le facilitase dos mil reales, y con más de cuatrocientos duros en la bolsa, y en compañía de la moza que le había vuelto el juicio, emigró a París: fué un viaje relámpago, salpicado de peripecias interesantes, de escenas imprevistas.
Los primeros meses pasados en la ciudad del Sena no fueron malos.
Embriagados Montánchez y su coima de amor y de libertad, no miraron al porvenir hasta que su caja de caudales estuvo casi vacía. Entonces recordaron que ninguno de ellos era hijo de millonarios, y alarmados por tan razonable observación procuraron contener a la miseria con su trabajo: ella buscó quehacer en un obrador; él pidió dinero prestado a un viejo corredor de vinos con quien hubo de intimar en sus días de prosperidad y bonanza, y con aquel dinero y el que pudo allegar dando lecciones de español, pudo continuar evitando la bancarrota definitiva algunos meses más.
La situación, no obstante, fué agravándose: la patrona, sospechando que nunca vendría de España aquella letra de dos mil pesetas con que sus huéspedes parecían pretender engatusarla eternamente, empezó a desconfiar; púsoles mala cara y acabó negándose a mantenerles si no satisfacían su deuda.
Ante esta dificultad que las circunstancias hacían insuperable, Gabriel Montánchez procedió con el acierto y resolución que siempre fueron los rasgos sobresalientes de su carácter; obligó a su querida a ponerse unos sobre otros sus vestidos; él hizo lo mismo; y una mañana escaparon dejando a la patrona, por todo recuerdo, una maletilla vieja llena de piedras cuidadosamente envueltas en papeles para que no sonasen unas contra otras.
Esta aventura fué como la introducción o prólogo que el Destino maleante quiso poner a los muchísimos enredos en que más tarde el aventurero había de verse preso y trabado. Gabriel y su amiga descendieron los últimos peldaños del moral rebajamiento: la miseria corrompió sus costumbres y su amor; ella llegó a vivir de la prostitución; él, cuando la veía regresar a su boardilla despeinada y oliendo a vino, se encogía de hombros despreciativamente, feliz de que nunca le faltase tabaco con que llenar su pipa.
Una noche la pobre mujer no volvió: al día siguiente Montánchez supo, por los periódicos, que la habían asesinado en una taberna de los arrabales.
No tardó Montánchez en consolarse de aquel descalabro, y al fin, libre de la malhadada pasión que en un momento de fiebre le robó a su familia y a su patria, decidió regresar a Madrid, lo que hubiera hecho si el Destino no hubiese dispuesto el curso de los acontecimientos de muy distinta manera.
La esposa de un alemán de quien Montánchez era íntimo amigo, tuvo el imperdonable antojo de enamorarse del joven español a los cuarenta años cumplidos: fué una pasión tardía, pero abnegada y generosa, que proporcionó al antiguo estudiante ganancias pingües.
Más tarde la mujer de un sueco, recién venido a París de agregado a la embajada de su país, cautivó el corazón del arriscado mozo, arrastrándole a nuevos azares.
En este tercer enredo Montánchez fué menos afortunado. El marido, sospechando la verdad, le desafió, y Gabriel recibió una estocada que puso en gravísimo riesgo su vida.
Cuando salió del hospital, como París le inspirase repugnancia invencible, resolvió emigrar sentando plaza en un batallón de zuavos que salía para la guerra de Argel. Al año siguiente, cansado de la vida del campamento y comprendiendo que ni su carácter ni sus antiguas disipaciones le permitían resistir aquellos trabajos, desertó, y merced a un pasaporte falso pudo embarcarse con rumbo a Sicilia. Luego pasó a Italia y en Roma vivió dos años, endulzando con su amor las soledades de una rica viuda genovesa. Más tarde marchó a Grecia, recorrió el Asia Menor y, finalmente, volvió a París, donde conoció a Sandoval, de quien no tardó en ser muy camarada.
Aquélla fué para Montánchez una era de paz. Se colocó de traductor en una casa editorial, y los ratos que sus ocupaciones y sus devaneos le dejaban libres, los consagró al estudio de la Medicina. Por aquel entonces las teorías criminalistas de Lombroso y el hipnotismo empezaban a estar en boga; diariamente hablaban los periódicos y las revistas profesionales de los descubrimientos hechos en un sentido o en otro, y Montánchez, cediendo a ese impulso innato que arrastra a la juventud hacia lo desconocido, aceptó inmediatamente las teorías defendidas por la flamante escuela. Los misterios de la ciencia hipocrática y los nuevos vastísimos horizontes extendidos ante sus ojos, le sedujeron: los trabajos de Charcot, relativos al origen y desarrollo de los padecimientos mentales, le aficionaron al estudio de la psicología fisiológica; leyó a Wund y a Lotze, oyó las explicaciones de Cullerre y de Luys, concurrió asiduamente a la escuela de Medicina y a los hospitales, y bien pronto figuró entre los alumnos más aventajados: su espíritu, hasta entonces adormecido por los placeres, despertó súbitamente, adquiriendo en pocos meses un copioso caudal de conocimientos.
Aquel otoño Sandoval y su amigo regresaron a Madrid, donde Gabriel Montánchez tuvo la desgracia de saber muchas y muy amargas novedades: su padre había muerto poco después de su fuga, y su madre, aniquilada por tantos disgustos, vivía en una calle de las afueras, consagrada a sus recuerdos y a la educación de una sobrina.
La reconciliación entre la anciana y el hijo pródigo fué completa y dulcísima; pero Montánchez, para no tener nada que coartase su fanático amor a la libertad, quiso vivir solo, y no sosegó hasta hallar un cuarto al cual se fué a vivir con una antigua sirvienta de su familia.
Una vez establecido, tomó posesión de la parte que le correspondía de la herencia de su padre, que era considerable, y tres años después se graduaba doctor en Medicina; hecho lo cual compró aparatos de física y química, retortas, alambiques, dialisadores, balanzas de precisión, cajas de reactivos, pilas de Bunsen, una máquina eléctrica de Ramsden y una soberbia biblioteca que importó más de cinco mil duros y en la cual reunió lo más notable que en aquellos últimos años se había publicado relativo a la ciencia de curar.
En aquella casa pasaba Gabriel casi todo el día y gran parte de la noche estudiando a sus autores favoritos, sacando notas, escribiendo Memorias, entregado a una labor incesante que ocupaba todas sus horas, y disfrutando una vida anómala, más propia de un monomaníaco que de un hombre cuyos tornillos razonadores estuviesen bien apretados.
Asustado de sus antiguas calaveradas y de los años perdidos en torpes aventuras, odiaba al tiempo con todas las fuerzas de su alma, y a tener forma corporal se hubiera batido con él.
--Es el único enemigo que me ha hecho temblar--decía.
Y le odiaba porque le temía, seguro de que contra la eterna sucesión de las cosas no se puede luchar.
Cuando el amor al estudio transformó a Gabriel Montánchez en otro hombre, el antiguo aventurero, parapetado en su gabinete sin más entretenimientos que sus autores y sus recuerdos, echó una ojeada a su alrededor considerando lo que fué, lo que era, lo que podía ser... Nueve años eran pasados desde que una mujer le robó con el amor de sus padres el aprecio de sí mismo; aquellos años huyeron veloces y sus deleites podían compendiarse en estas palabras: amar y maldecir del objeto amado para volver a enamorarse de otros ídolos tan falsos como el caído y renegar de ellos también. Evocó aquella dichosa juventud que se cubría bajo un cendal de poéticos encantos según se alejaba, recordó su presente lleno de hastío y las nieves que coronarían los años venideros, y quedó horrorizado ante los progresos del tiempo, ese monstruo que los días hermosos se presenta con cara de risa y los nublados con ceño de demonio, pero a quien siempre recibimos con gusto porque trae cabalgando sobre cada amanecer una nueva esperanza.
Gabriel Montánchez, no queriendo envejecer ni morir, soñó con ser inmortal. Para lograrlo propúsose descubrir un elixir, que mantuviese la juventud perpetuamente, de modo que los cabellos no blanqueasen, ni los ojos perdieran su brillo, ni las carnes su tersura, ni el cuerpo se encorvara, ni el corazón dejase de alentar los divinos entusiasmos de la edad primera; quería, en fin, llegar a los treinta o treinta y cinco años, edad en que el desarrollo ha terminado definitivamente, y no pasar de allí. Y este propósito de substraerse a la muerte, de vivir en el mundo contrariando la más inquebrantable de sus leyes al conservar para sí la vida que la Naturaleza exige a todo lo que nace, era la ambición más grande, el desvarío más original y prodigioso, que ningún espíritu cultivado pudo concebir.
Gabriel Montánchez trabajó en su empresa cuanto supo; revolvió libros, consultó autores, practicó experimentos en animales vivos y compuso multitud de combinaciones químicas sin hallar la bebida que, reuniendo todos los elementos constitutivos de los tejidos orgánicos, tuviese la facultad de eliminar las substancias calizas que los años acumulan sobre los órganos.
Al fin se convenció de que el tiempo era más fuerte que él, y ya no pensó más en disputarle aquella vida miserable que se escapaba.
Pero el deseo de inmortalidad había logrado preocuparle tan hondamente, que aun después de reconocerse vencido no quiso saber la duración de su suplicio, y para conseguirlo apeló a un procedimiento original. Cerró cuidadosamente las ventanas de sus habitaciones, tapando con burletes y argamasa cuantos intersticios pudieran servir de paso a la luz exterior; extendió, para mayor seguridad de no ser nunca sorprendido en su refugio por un rayo de sol, grandes cortinajes de damasco sobre las ventanas y encendió magníficas lámparas en todos los cuartos; de este modo, permaneciendo sumido en una noche perpetua, ignoraba la sucesión de los días. Para realizar más cumplidamente su alejamiento del mundo, vendió todos los relojes, esos chismes fatales que amarran la humana existencia al rítmico girar de sus manecillas; los almanaques, que cuentan los días, los meses y los años, y cada una de cuyas hojas, al caer, deposita sobre el corazón una gotita de hielo; los termómetros, que al marcar la temperatura recuerdan indirectamente el nombre de la estación; los periódicos, que cada veinticuatro horas compendian en sus páginas los ecos todos de la opinión y de la vida, y los espejos, que al reflejar nuestra imagen nos obligan a comparar involuntariamente lo que fuimos y lo que somos... Y para estar más libre aún, su ama de llaves quedó encargada de recibir al casero y a cuantos importunos pudiesen recordarle que estaba en el mundo y que era esclavo de sus impertinencias.