La enferma: novela

Part 2

Chapter 23,775 wordsPublic domain

El alma, como el mundo, tiene sus desiertos, infinitamente más grandes que los terrestres; arenales inmensos, piélagos sin playas por las cuales vuela el pensamiento sin hallar una idea seductora. Cuando Consuelo Mendoza, harta de mirar hacia abajo, levantaba los ojos para complacerse viendo caer la nieve, apreciaba la velocidad con que descendían los copos a pesar de su extraordinaria rapidez, y entonces seguía mirando con nuevo ahinco, hasta que aquella multiplicación interminable de puntitos blancos empezaba a trastornarla: sucedíala con ellos lo que a los viajeros de un tren, para quienes los árboles, los postes telegráficos y los pueblos enteros corren hacia atrás, cuando son ellos los que caminan hacia adelante. Viéndolos caer, Consuelo pensaba subir. Esta ascensión comenzaba poco a poco, luego su rapidez aumentaba y al fin convertíase en carrera furiosa, trasportándose a través del abismo cual si fuese una pluma; y si no se estrellaba la cabeza contra el techo, era porque su casa y todas las adyacentes ascendían también con el mismo anhelo y premura con que los copos de nieve bajaban. Cuando la joven podía reconocer oportunamente su alucinación, apartaba los ojos del objeto que tan fuertemente la atraía; pero si el embeleso cobraba apariencias de realidad no podía substraerse a él, y muchas veces la hallaron junto a la ventana, la cabeza caída hacia atrás, jadeante, mirando al cielo con ojos alocados, cual si un hipnotizador sobrehumano la sugestionara desde la inmensidad del vacío.

Otras mañanas, hallándose con verdaderos deseos de trabajar, se entretenía repasando la ropa de su marido, examinando cada prenda una por una, y cuando muy a despecho suyo reconocía que todo estaba bien, arrancaba los botones de un chaleco para procurarse el gusto de ponérselos otra vez; o bien deshacía una camisa y luego empezaba a recoserla, poniendo todo su empeño en concluir aquella labor antes de que Alfonso volviese: lo importante, pues, era estar haciendo algo que aludiese a su marido, en quien no dejaba de pensar.

El origen de aquel desarreglo nervioso, que el tiempo y los azares y tropezones de la vida fueron desarrollando, nadie lo supo.

Consuelo era hija única de don Felipe Mendoza y Sorero, anciano militar que lidió en la primera guerra civil y se reintegró al tranquilo hogar cuando el reuma y las heridas le inutilizaron: su mujer murió de sobreparto y Consuelo quedó al cuidado de una tía solterona que la amparó desde muy pequeña y veló por ella con solicitud maternal.

Su niñez deslizóse plácidamente en una casita del barrio Pozas, que tenía ventanas a un vasto solar donde las vecinas iban por las tardes a tender ropa. Consuelito salía a las cinco y media de un colegio situado en la calle Don Evaristo, junto a la de Ferraz, y con dos o tres amiguitas de su edad íbase a rondar el solar, atisbando por entre las tablas mal unidas que lo circuían, la ocasión propicia de penetrar en él.

En aquel espacio cubierto de hierba lozana, que servía de pasto a las vacas de las lecherías inmediatas, había una casuca con techumbre de teja y chimenea de ladrillo, y agrandada en sus fachadas anterior y posterior por dos viejísimos soportales de madera. En aquella choza reinaba como omnipotente y única soberana la señora Daniela, viejecilla pequeña y canija como las brujas de Teniers. Vivía con su marido, que siempre estaba borracho, y por tanto impotente para nada útil, y con una hija, ya moza; pero ésta tampoco la ayudaba en sus quehaceres porque tenía un señorito que la compraba pendientes finos de oropel, y vestidos y zapatos de charol y camisas de treinta pesetas... Todo, menos mantenerla y casarse con ella.

Daniela, por tanto, era la administradora única de aquellos dominios: ella fué quien impuso a las vecinas que llevaban su ropa a secar allí, cinco céntimos de contribución, y diez o veinte, según las circunstancias y la abundancia de pastos, a los dueños de las vacas y burras de leche; la que regaba el solar con agua sacada de un pozo, hacía calceta por las noches, y barría y repasaba lo más apremiante de lo roto que tenían las ropas de su marido y las suyas; ella, finalmente, era propietaria de un copioso enjambre de pollitos culones y vivarachos, hechizo de Consuelo y de sus amigas.

Desde la ventana de su cuarto, Consuelito Mendoza los veía correr por el solar, moviendo las inteligentes cabecitas y riñendo sobre los montones de estiércol: todos eran hermanos, y cuando a la caída del sol su madre los llamaba, acudían en tropel a guarecerse bajo el soportal trasero de la casa. Poseer uno de aquellos pollitos, dormir con él y comérselo a besos, constituía la mayor ilusión de Consuelo.

Resuelta a dar satisfacción a este deseo, espió pacientemente la oportunidad de allanar los dominios de la señora Daniela: pasaron más de quince días sin que la anhelada coyuntura se presentase; ¡qué mala suerte!... los pollitos serían, cuando ella los cogiese, casi unos gallos. Pensando así la pobre niña lloró mucho, perdió el apetito y fué necesario llamar al médico. Cuando los tan codiciados animalitos crecieron, aquel antojo quedó repentinamente olvidado. Esta volubilidad de carácter presidió la psicología, toda la psicología, de Consuelo Mendoza.

A los diez y siete años, la joven sufrió un accidente que puso en riesgo su vida.

Una tarde, yendo con su padre, varios granujillas intentaron prenderla en el abrigo una obscena figura de papel: don Felipe, justamente irritado contra el atrevimiento de los chicuelos, quiso aplicarles una buena mano de azotes que, sin romperles hueso, les escociese, cuando se vió detenido por un hombre que, luego de insultarle groseramente por lo que llamó “cobardía y barbaridad”, intentó agredirle con un cuchillo. Afortunadamente, varias de las personas allí reunidas mediaron en la cuestión, evitando que ésta tuviese mal desenlace; pero Consuelo, que desde los primeros momentos comenzó a sentirse muy excitada, al ver brillar el arma dió un grito espantoso y cayó al suelo sin conocimiento. Este accidente, complicándose con las manifestaciones primeras de la pubertad, provocó una violentísima fiebre que la hizo delirar varias noches consecutivas y de la cual tardó mucho tiempo en reponerse.

Desde entonces su naturaleza quedó resentida: adelgazó, perdió el color, sus ojos se agrandaron, su mirada fué más profunda y brillante, y su carácter adquirió una irritabilidad morbosa. Todo llamaba su atención y de todo se aburría; sus cuadernos de dibujo estaban llenos de esbozos y figuras a medio terminar, y al piano farfullaba seguidamente los trozos musicales más opuestos, sin acabar ninguno: sus labores inconcluídas, la pluralidad de libros que empezó a leer y que rodaban de una silla a otra con las hojas a medio cortar, el desorden de sus conversaciones y propósitos, todo descubría un carácter inconstante, sujeto a crisis nerviosas y a inmotivados accesos de ternura. Pero, como el ataque primitivo no volvió a repetirse, los médicos opinaron neciamente que todo ello desaparecería con los años y el matrimonio, y dejaron que la enfermedad, al parecer dormida, siguiese echando mejores y más profundas raíces.

Dos años después conoció a Sandoval, un muchacho de muy buena familia que acababa de salir de la Universidad, y que, falto de obligaciones y no necesitando de su carrera para vivir, divertía agradablemente el tiempo en viajes o riendo con amigos y pecadoras de buen humor. Aquel noviazgo formó una pareja perfecta: ella de regular estatura, cabello negro y ondeado, ojos soñadores, un poco fruncidos, como los del árabe que explora el desierto; las curvas abultadas, breve la cintura, las manos y los pies aniñados; él, alto, vigoroso, alegre, con el ilusionado corazón siempre propicio a enamorarse de todo lo noble y digno de aplauso. Las relaciones fueron cortas, y tras un viaje de novios más empalagoso que un idilio de Mosco, los nuevos cónyuges se establecieron en un cuartito entresuelo de la calle Arenal. Poco después murió el padre de Consuelo, y la pérdida de aquel ser querido reforzó los lazos que ya la unían apretadamente a su esposo. El idilio de la niñez había terminado y empezaba la novela de la juventud.

II

Jorge Sand dijo que “una mujer no puede amar al hombre a quien considere inferior a ella, porque el amor sin veneración y sin entusiasmo sólo es amistad”. Con este idolátrico, ciego y bienhechor frenesí, quería Consuelito Mendoza a Sandoval: más fuerte que ella, dominándola por la amplitud y serenidad de su pensamiento y la entereza de su resolución. Alfonso era condescendiente, benévolo, fácil siempre a la súplica y al perdón; pero a ratos, en los asuntos de riesgo y trascendencia, sabía desenvolver su voluntad inexorable, probando cuán recta y dura eran su orientación y su temple.

A despecho de tales rozaduras, acaso por este mismo antagonismo de caracteres, ambos se amaban locamente. Consuelo reconocía ciertamente que Alfonso Sandoval era muy celoso, pues no la permitía salir sola a ninguna parte, y hasta dió a entender a sus amigos que las puertas de su casa no se abrían con gusto para ninguno de ellos, creyendo fundadamente que, si bien hay mujeres en quienes puede tenerse absoluta seguridad por lo que a ellas atañe y concierne, de los hombres, aun de los más fieles y allegados, debe siempre desconfiarse: mas aquel exceso de pasión halagaba el amor propio de la joven, y como no quería nada fuera de su hogar, no sintió el peso de tales prohibiciones. Vivía consagrada a su marido, con exclusión rotunda de todo otro afecto; y, sin procurarlo, imitó su manera de hablar, sus gestos, sus frases favoritas: le adivinaba en el modo de pisar, de toser, de subir la escalera; y a obscuras, sólo por el olor, reconocía sus ropas, aun cuando estuviesen recién lavadas, en algo simpático que sólo ella percibía. Hallándose sola, esperándole, solía suceder que su corazón, de pronto, latiese con más violencia.

--¡Ahí viene!--exclamaba corriendo a la ventana.

Y ¡cosa rara! su agudo instinto de mujer enamorada jamás la engañó: había necesariamente entre ellos un flúido que les ponía en relación constante, permitiendo que se buscaran sin verse, por la misma ley magnética que mueve a la aguja imantada a señalar al norte. En lo que Alfonso Sandoval mostrábase absolutamente intransigente era en cuanto a la salud de su mujer concernía: a verla sana y fuerte, aspiraban sus empeños.

--Acerca de esto procederé según mi criterio y mi conciencia me aconsejen--decía--; Montánchez, que, como médico y como amigo, está interesado en curarte, me aconseja evitarte toda clase de malas impresiones, que no te deje llorar ni reír con exceso... y yo, que cumplo fielmente estas cuerdas prescripciones, inmolando muchas veces mi voluntad y mis deseos a tu bien, ¿consentiré que nadie, sea quien fuere, llegue con su imbecilidad a destruir mi obra?

A pesar de tan prolijos cuidados, la flaca salud de Consuelito Mendoza no mejoraba; el diablillo inapresable de la neurosis mordía sus nervios; sus risas y sus lágrimas sucedíanse caprichosa e inesperadamente, como las grupadas en los días vernales o de otoño.

Una tarde, después de almorzar, el matrimonio pasó al gabinete a tomar el café. Era aquella una habitación cuadrangular, ricamente alfombrada. Sandoval arrimó su butaca a la chimenea, cruzó una pierna sobre otra y encendió un tabaco.

--Acércame el café, niña, ya que estás ahí--dijo con su tono cariñoso habitual.

Ella apresuróse a obedecerle trayendo un velador con dos tazas. Alfonso cogió la suya y bebió un sorbo.

--¡Uy, qué rico está!--dijo.

Aquel era uno de sus mayores caprichos; el de fumar y beber café al amor de la lumbre, sin discurrir nada serio, abandonándose a una pereza enervante. Entonces reconocíase completamente feliz; el adormecedor aroma del tabaco, el humo que caracoleaba alrededor de sus dedos y luego subía en líneas sinuosas girando sobre sí mismo en caprichosas espirales por el ambiente tibio, el sonsonete continuo de la lluvia y el cálido chisporroteo de la madera quemada inspirábanle un placer tranquilo, soporífero, paradisíaco.

Consuelo, sentada delante de él sobre el brazo de una butaca, le contemplaba silenciosa, cubriéndole bajo una mirada de amor: tenía el pelo graciosamente recogido, un pañuelo rojo de seda ceñía su cuello mórbido y blanco; el vestido negro realzaba los contornos ondulantes, exquisitamente pomposos, de su cuerpo; cuerpo juvenil, de carnes frías y apretadas. Su frente pequeña, sus ojos grandes, la afilada nariz y el tinte pálido del semblante y de los labios, daban a su fisonomía la expresión dulce de esos retratos de mujeres hebreas que publican las revistas ilustradas...

De pronto Sandoval miró su reloj; eran las tres, la hora de ir al Casino para desentumecerse haciendo gimnasia o tirando al florete.

--¿Te vas?--preguntó Consuelo.

Alfonso repuso indeciso:

--Psch... ¿Llueve mucho?

Ella corrió al balcón y levantando los visillos:

--¡Qué atrocidad--dijo--, no se ve a cuatro metros! ¡Qué modo de caer agua!... En toda la Puerta del Sol hay dos personas. Pero, chico, si los tranvías parecen submarinos y los pobrecitos caballos tienen un canalón en cada oreja...

Dejó caer la sutil cortinilla y fué a sentarse sobre las rodillas de Sandoval.

--¿Conque, vas a salir?

--¡Diantre... no sé!...

Consuelo sintió uno de aquellos vehementes arrebatos mimosos que la transfiguraban en otra mujer.

--Bien mío, no salgas, complace esta vez a tu mujercita. El tiempo es malo, llegas al Casino mojado de pies a cabeza, manchado de barro, tiritando de frío... ¿y para qué? Para ganar o perder una partida de tresillo: mientras que aquí estás abrigadito, con los pies calientes y, sobre todo, junto a mí, que te adoro. Verás: jugaremos al tute, al ajedrez, me contarás cuentos... ¿verdad que sí? ¡Concho, hijo, cuánto tardas en responder!... Di, ¿te quedas?... ¿Eh?... ¿Te quedas?...

Realmente Sandoval ya estaba decidido a quedarse, pero no quiso rendirse tan pronto.

--Acceder a esto--dijo--no es cuestión de cariño, porque las pequeñeces no merecen tenerse en cuenta. Lo que te quiero lo sabrás algún día, si llega el caso. Yo me quedaría, ¡pero eso de no ir al Casino, ni un ratito siquiera, es horrible!... La vida de Círculo llega a ser para ciertos hombres, para mí, verbigracia, una segunda naturaleza.

Consuelo hizo un gesto impaciente.

--¡Qué Casino ni qué concho! Siempre estás mortificándome; es lo primero que te pido y luego...

--Digo esto--agregó él complaciéndose en verla apurada--, porque prescindir del Casino equivale a renunciar a la tertulia de mis amigos, al riquísimo café que allí se bebe, a la sonrisa del criado que está en el guardarropa y me ayuda a quitarme el gabán, a los asaltos que riñen los aficionados en la sala de armas... y a otra multitud de atractivos; ¡celebraría que las mujeres tuvieran también sus círculos para que apreciases cuánto vale todo esto!... Pero el hombre es débil, y Hércules, hilando a los pies de Onfala, es el ejemplo que mejor demuestra cuán grandes son el imperio y poderío que las faldas tienen sobre los pantalones; por eso yo, que te quiero tanto o más que Hércules a Onfala, también me rindo a tus súplicas, bribonzuela, y con tal de verte alegre renuncio a todo y... ¡me quedo!

Ella, enajenada de gozo y no sabiendo cómo demostrar su regocijo, acomodóse en el suelo entre las piernas de él, los brazos apoyados sobre sus rodillas, besándole las manos. Alfonso sonreía satisfecho, acariciando aquella frente preciosa cubierta de abundantes cabellos negros que ponían a su cara un marco de azabache. Luego estuvieron contemplándose, dictando con sus miradas un idilio mudo.

--¿Me quieres mucho?--preguntó Consuelo.

--Más que el primer día de casados, y nunca he sido tan feliz como hoy: creo que ni en el paraíso cristiano, con sus santos repletos de teología y sus once mil vírgenes insulsas y rezadoras, ni en el edén musulmán poblado de huríes ardientes, puede estarse mejor que aquí: esto es un ensueño de opio y hasta me creo un sultán vestido a la europea, y tú una sultana más hermosa y discreta que _Schéhérazade_.

--¿Se te quitará el mal humor? ¿Serás bueno y tolerante para mí? ¿No volverás a reñirme?...

--Tonta; defendiendo tu bienestar soy para los demás una fiera; para ti, siempre seré un niño.

Consuelito, aburrida de permanecer en el suelo, quiso cambiar de posición, mas no acertaba a colocar cómodamente las piernas.

--¡Concho, siempre me lastimo!

Harta de removerse inútilmente, acabó por estirarlas, dejando al descubierto sus pantorrillas: tenía medias negras.

--¡Qué vergüenza!--exclamó Alfonso tapándose los ojos--; ¿le parece a usted eso decente?

--¿El qué, concho?

--Esas dos cosas negras que te asoman por debajo de las faldas.

--Y, ¿qué importa?

--¿Cómo?... ¿No es un delito tenerme siempre el ánimo en pecado mortal?

Ella, bruscamente, se levantó.

--¡Ah, está bien--dijo--, te disgustan!... Pues no volverás a verlas en toda tu vida, lo juro. Eso ya no es para nadie.

Parecía enfadada y corrió a echarse en el sofá, al otro extremo del gabinete. Después, sin saber por qué, comenzó a ponerse seria, muy seria; sus cejas se fruncieron; plegó los labios gravemente.

El crepúsculo fué breve y la noche cerró en seguida; la luz de los faroles atravesaba los cristales del balcón dejando en el techo ligeros resplandores que se movían en indeciso aquelarre.

Como la joven no depusiese su actitud esquiva, Sandoval la llamó.

--Acércate, quiero descubrirte un secreto al oído...

La requerida continuó impasible; él agregó incomodándose:

--¿Para eso me retuviste con tus ruegos? ¿Para luego ponerte a ensayar mojigangas?

--Pues... ¿por qué no quieres verme las piernas?

--Vaya, basta de tonterías, chiquilla mal criada.

--No haberlo dicho.

--Tonta.

--Mejor que mejor.

--Si quieres reconciliarte conmigo, ven aquí.

--¡No, ven tú!

--¡Eres más empalagosa que un tarro de almíbar! ¿Qué? ¡Haces lo que mando o me marcho y no vuelvo hasta la madrugada!

Consuelo reanudó su llanto, lanzando a cortos intervalos largos y entrecortados suspiros. Alfonso, compadecido, acercóse a ella; seguía tendida con abandono delicioso; bajo su traje negro, sencillo como el de una colegiala, se bocetaban las formas lujuriantes del cuerpo, y estaba tentadora, con esa seducción irresistible que tienen las mujeres bonitas cuando lloran de amor.

--Niña, no te excites, procura serenarte--dijo Sandoval--; levanta la cabeza; ya me tienes aquí. Ea, ¿qué?... ¿te pasó el mal humor?

--No. ¿Por qué me llamaste empalagosa? Hijo, yo debo de darte náuseas; las cosas muy dulces repugnan.

Decía esto abriendo mucho los ojos y arqueando las cejas con adorable expresión inocente: Alfonso la abrazó conmovido, murmurando:

--¡Pobre enfermita!

--No estoy enferma; ésas son calumnias que el mundo inventa para atormentarme. Lloro porque me tratas muy mal, porque no me quieres, porque te aburre en mí todo lo que antes te divertía, porque soy para ti menos que una esclava... Menos, sí; pues yo he oído contar que muchos hombres quieren a sus esclavas como a sus propias mujeres...

--¡Loca... locuela... loquilla!...

--Eso querría yo, eso... porque prefiero morir loca a que me abandones. Desgraciadamente no será así. Me lo aseguran tu manera de comportarte conmigo, tus miradas, tus atenciones, que más parecen dictadas por el deber que por el cariño; tu conversación...

Sandoval estaba perplejo, no sabiendo si entristecerse y tomar la cuestión por su lado serio, o si reír.

--¡Ay, maridito mío!--exclamó de repente Consuelo--: yo tengo muchas ganas de llorar.

--¡Cómo, tontuela! ¿qué motivo tienes?

--No sé, quizá ninguno, pero siento sobre el pecho un peso muy grande que me impide respirar, y estoy cierta de quitármelo llorando.

--Pues llora.

--Es que no puedo...

Volvió a reclinarse en el sofá, prorrumpiendo en sollozos fingidos; luego se sentó, oprimiéndose el pecho; pero las lágrimas no corrían, y tal fué su desesperación que llegó a pegarse un vigoroso cachete en la cara. El dolor permitió que los ojos se humedecieran momentáneamente, pero en seguida volvieron a secarse.

--¡Virgen, qué nerviosa estoy!... Alfonso, dime algo, hazme algo, para que llore...

Se retorcía los brazos como un reo en la tortura.

Sandoval la llevó al lecho, pero Consuelito Mendoza, insensible a sus halagos, dejóse caer en la cama, sollozando furiosamente, pugnando por derramar aquellas lágrimas rebeldes que se obstinaban en no correr. Su excitación nerviosa fué aumentando, empezó a revolcarse y llegó a tirarse del pelo.

--¡No seas imbécil!--gritó Alfonso realmente irritado--; vas a lastimarte.

--Eso quiero.

--Pues cuida de que no te haga llorar de veras aplicándote unos buenos azotes.

El semblante de Consuelo expresó alegría inmensa.

--¡Sí, por Dios, sí... dámelos!

--No instes, porque cumplo lo ofrecido.

--Bueno, pues, sí; anda pronto...

--Que van a escocerte...

--Lo que quieras, tirano mío; pégame cuanto gustes, tuyos son mi espíritu y mi cuerpo, pero no dejes de amarme. Mírame a merced tuya, sumisa, gozando ya con el castigo... ¡Pégame, Alfonso, pégame!...

Ella misma se tendió boca abajo, la cara sobre la almohada, esperando impaciente. Toda aquella flagelación envolvía una voluptuosidad extraña. Sandoval, sin otros ambages, sofaldó a la joven y cogiendo una chinela levantó el brazo sobre aquellas carnes turgentes que parecían vibrar de placer bajo la fina tela de la camisa. Consuelo permanecía inmóvil, suspirando dulcemente, esperando el castigo, deleitándose con él: al fin recibió el primer golpe y su cuerpo tembló más de sensualidad que de dolor; luego recibió otro y seguidamente cinco o seis más, muy fuertes... Después Sandoval, condolido, acarició la parte azotada. Consuelito le abrazó diciendo:

--¡Esposo mío, piedad para mí, no me pegues más, basta, por Dios!...

Tenía los ojos colorados y las lágrimas corrían abundantes por sus mejillas. Pero Alfonso, comprendiendo la refinada voluptuosidad de aquel capricho, quiso extremarlo, y desasiéndose de la joven continuó macerando sañudamente aquellas carnes blancas y duras; ella sollozaba; después, juzgándola bastante castigada, se acostó a su lado para consolarla. Consuelo se dejaba acariciar besándole y riendo y llorando al mismo tiempo, complaciéndose en rendirse a su propio verdugo; y cuando estuvo completamente tranquila acabó por confesarle, y aun lo juró por su padre muerto, que desde aquel momento le quería más y que los azotes mejores fueron los últimos.

Aquella noche, acobardados los dos por el frío, se acostaron temprano: Consuelo tenía miedo; ese miedo a lo indeterminado y remoto que sólo conocen los nerviosos: la seguridad de sufrir el asalto de alguna pesadilla horrible, oprimía su ánimo.

--¿Qué tienes?--inquiría Alfonso sintiéndola temblar.

--¡Ay, no sé, pero... no me sueltes... se me antoja que van a llevarme!...

Al fin, tras muchos esfuerzos, logró dormirse; el temido ensueño, efectivamente, no tardó en llegar disfrazado bajo sus vagarosas hopalandas negras y grises...

...Era una tarde de invierno; ella vivía en aquella misma casa, pues todas las estancias guardaban entre sí idéntica disposición, pero las habitaciones eran inmensas, las paredes de color plomizo se balanceaban alejándose o acercándose cual si tramoyistas invisibles las pusieran en movimiento por medio de mágicos resortes...