Part 16
Montánchez no se movió.
--¡Uy, qué asco!--dijo Consuelo desvariando y echando poco a poco hacia fuera la saliva que tenía en la boca--, ¡qué sabor tan repugnante tiene esta agua de tila!... ¡Puf! me he tragado un cuerpecillo sólido, quizá una pajilla o un pedacito de azúcar... pero no, es un sabor amargo, tal vez habría en el fondo una araña muerta... ¡Qué asco, un bicho negro y con tantas patas!...
Prorrumpió en arcadas como si fuese a vomitar; aquella alucinación gustal aumentó la fuerza del ataque histérico y su cuerpo empezó a crisparse.
Entonces Sandoval, temiendo que se lastimara, cogió el quinqué y penetró en la alcoba; Gabriel, que a pesar de su aparente tranquilidad no había perdido un solo detalle de la escena, se apresuró a seguirle, comprendiendo que el momento decisivo llegaba.
Alfonso se sentó en la cama procurando dominar las sacudidas nerviosas de la joven sujetándola por las muñecas, mientras Montánchez, no queriendo que su solicitud despertase la ya alarmada suspicacia de su amigo, permaneció al otro lado de la cama, con los brazos cruzados y la impasibilidad del exorcista ante los calambres de una posesa a quien está sacando con conjuros los demonios del cuerpo.
Consuelo procuraba desasirse de las manos de Alfonso, empleando para conseguirlo un vigor sobrehumano. Tenía el semblante congestionado, el pelo suelto y extendido sobre las revueltas almohadas, los ojos apretados convulsivamente, las narices dilatadas, los labios descoloridos, la boca llena de espumarajos, las venas del cuello pletóricas de sangre, el cuerpo arqueado, los brazos rígidos. Conforme la intensidad del ataque arreciaba, la curvatura del cuerpo aumentaba también; hubo momento en que las nalgas estuvieron separadas del colchón cerca de medio metro, y Sandoval creyó que la columna vertebral iría doblándose hasta permitir que la cabeza se juntase con los pies: en aquel instante la cara de Consuelo ofrecía un aspecto horrible; el pecho contraído por un espasmo violentísimo no podía alentar y la falta de respiración determinó un aumento considerable de sangre venosa; el cuello y el semblante fueron obscureciéndose hasta renegrirse; sus ojos se abrieron; los tenía inyectados como los de las personas que mueren por asfixia, y entre las babas que salían de su boca entreabierta, apareció un hilito de sangre. Pero el espasmo había llegado a su mayor grado de intensidad sin conseguir romper ninguna fibra vital, y Consuelo lanzó un grito y cayó sobre la cama: el aire penetró silbando por las fosas nasales, el pecho alentó con placer y la cara recobró su color; pasados algunos minutos, el delirio histérico empujaba los nervios hacia otras sensaciones y la joven palideció como la persona que sucumbe víctima de una sangría suelta. Después empezó a hablar.
--Esto es espantoso, váyase usted, se lo ruego de rodillas; mi marido puede llegar... ¡Ay! no me apriete usted de ese modo, parece que se parten mis brazos, yo desfallezco... ¡Alfonso de mi alma, ven aquí, ven a favorecerme, que ya no puedo más!...
Se agitaba luchando con aquel enemigo que su imaginación la ponía delante.
--¿Dónde estará Alfonso, que no viene?... No, la muerte antes... si yo pudiera valerme de mis brazos o morder...
Aún se defendió un poco y al fin tendióse a discreción, destrozada de tanto pelear. Hubo un largo silencio.
--Sí, maridito mío--agregó--, yo no quería contarte las causas de estas señales, pero ahora he resuelto decírtelo todo; sí, todo; ya ves que me pongo muy seria... Te lo explicaré todo, ¿entiendes? aunque el recordarlo me hace mucho daño; pero promete que no te enfadarás conmigo ni con nadie...
Entonces Gabriel se acercó a la cama.
--¡Déjala, no la mires!--gritó Sandoval de un modo siniestro--; déjala que hable, mi vida depende de sus labios.
--Por esas incomprensibles temeridades tuyas, puede sobrevenir otra crisis como la que ha sufrido hace un momento y de la que libró milagrosamente.
--Montánchez--exclamó Alfonso con el acento del hombre resuelto a todo--, te aconsejo que no la mires; sé que no quieres que hable y tratas de callarla con los ojos, y haces mal en mantener tal empeño; no me importa que muera, el corazón me dice que aquí habrá más de un cadáver.
Pero la poderosa mirada del médico ya había producido su efecto y Consuelo empezó a tartamudear:
--¡Qué miedo, ese hombre, ese... qué cara tiene tan seria!...
Y se cubrió los ojos con las manos.
Alfonso conoció la perfidia encerrada en la conducta de su amigo y anhelando contrarrestar su influjo, asió violentamente una de las muñecas de Consuelo.
--¡Habla--dijo en tono imperativo--, yo te lo mando!
El semblante de la joven expresó sorpresa, después alegría.
--¡Es él!--murmuró.
--¡Habla, habla!--repitió Alfonso colérico.
--Sí, sí... es él, ¡ay! pero no me atrevo, está ahí el otro, no le veo... pero le siento cerca...
En efecto, Montánchez la miraba con toda la fuerza de sus ojos.
Sandoval nunca había puesto a prueba el poder magnético de su mirada, ni sabía el estado psicológico en que debe colocarse el operador para producir más fácilmente la sugestión; pero si le faltaban la ciencia y la costumbre, en cambio poseía ese vigor extraordinario que desarrolla en los espíritus el amor y los celos; y como el cerebro de Consuelo tenía la sensibilidad de las agujas imantadas, no pudo substraerse a aquella nueva y simpática corriente sugestiva que la libertaba de la odiosa fascinación del médico.
--No puedo, no me atrevo--balbuceó aún.
--Sí, sí puedes, te lo mando yo, yo que estoy aquí para defenderte--gritó Alfonso con toda la energía de que fué capaz, temiendo que su voluntad no prevaleciese.
La corriente simpática triunfó.
--Creo que se ha ido--prosiguió Consuelo--, no sé por dónde, pero no le siento... Verás, yo estaba sola en el gabinete...
--¿Cuándo?
--Me quedé sola cosiendo... y llamaron a la puerta... un repiqueteo muy largo y luego otro... ¡hijo, cuánto me duele el corazón, apenas puedo respirar!... Parece que me ponen una piedra muy grande sobre el pecho... y entró; desfallecí al verle, y para que comprendas que el diablo anda metido en esto, yo misma abrí la puerta y dejé entrar al lobo.
En aquel momento el semblante de Montánchez adquirió una expresión feroz, y sus ojos relampaguearon con ira salvaje.
Consuelo calló y sus manos temblaron.
--Sigue--dijo Sandoval, que por la posición en que estaba no pudo ver los gestos que desfiguraban la fisonomía del médico--, te lo mando yo, ¿no entiendes?... ¡Sigue!
Indudablemente los pensamientos de la joven continuaron desarrollándose mientras permaneció silenciosa, porque súbitamente su alucinación fué terrorífica.
--¡Ay, suélteme usted!... yo quererle, ¡qué locura!... yo, que no puedo verle ni pintado... No, señor, a mí no me toca nadie más que mi marido, y a mí no tiene usted que tutearme... ¡Ay! me aprieta entre sus brazos... Bueno, me escaparé, no puedo, me echa sobre el sofá... no puedo moverme... ¡favor, socorro... so... ay... no me deja gritar, me tapa la boca con la suya!
Incorporóse con un movimiento rápido y empeñó con Sandoval una lucha desesperada, procurando morderle, babeando de coraje y deshaciéndose en denuestos que la ira entrecortaba.
--¡Mentira, perro, mentira--repetía--, de mi marido sola, de usted nunca: me tendría usted que matar antes!...
--Pero, ¿con quién hablas, con qué demonio del infierno?--gritó Alfonso, ciego de ira, sacudiéndola por los brazos como si quisiera arrancárselos.
--Déjala--exclamó Montánchez--, estás maltratándola bárbaramente.
--Gabriel, aquí hay un hombre engañado, un hombre del que otro se ríe, y ese hombre soy yo... Pues bien, el misterio ha de quedar resuelto en seguida, y de aquí no sales sin que yo esté persuadido de que no eres un criminal.
Consuelo le interrumpió.
--Sí, marido mío, esa es la verdad, la horrible verdad... ¿quién había de pensarlo?... Créeme, no estoy borracha, no... ¿Cómo, y el miserable dice que no... me desmiente, se atreve a negarlo?... ¡Cobarde, canalla!... Usted es, usted sólo, tenga usted siquiera el valor de confesarlo... ¿No siente usted vergüenza de su conducta?... ¡Sí, Alfonso, ése es el infame que me ha perdido, el que se ha mofado de tu honor y del mío, ése!...
--Pero, ¿quién es ése?--gritó Sandoval, por cuya frente corrían gruesas gotas de sudor--, ¿quién es, no tiene nombre?...
El médico, silencioso, se mordía los labios.
--¿Que quién es?--balbuceó ella queriendo despertar.
--Sí, ¿quién es?
--Es... no puedo decirlo... es tu amigo.
--¿Mi amigo, dices... mi amigo Montánchez?
Ella vaciló.
--¡Acaba!
--Sí, sí, ése mismo...
--¿Montánchez?
--Sí, ése... Montánchez...
Sandoval ya lo sabía; uno de esos presentimientos que nunca engañan se lo dijo y, sin embargo, la confesión que acababa de sorprender a Consuelo le anonadó. Se puso pálido, luego lívido, abrió la boca y se pasó las manos por la frente; después retrocedió buscando un punto de apoyo, porque sus piernas empezaron a temblar y creyó que las paredes de la habitación giraban en torno suyo y que el piso se hundía bajo sus pies; pero súbitamente la voluntad reaccionó sobre sí misma devolviendo a los músculos su entereza.
--¡Consuelo!--gritó cogiéndola por los brazos y obligándola a sentarse en el lecho--, piensa lo que has dicho; Consuelo, por tu padre, por el amor que me tienes... habla: si Gabriel te arrastró al adulterio, le mato; pero si es inocente, dímelo, dímelo pronto para descansar... Consuelo, vuelve en ti, ¿quién es el hombre que te ha perdido?... Acaba, miserable, despierta, recobra el seso, porque si no harás que yo lo pierda también... Dilo, antes de que te ahogue...
Y la sacudía, la abofeteaba, ciego de coraje.
--Di, ¿quién fue?... ¿Es Montánchez, es Montánchez?...
La voz de Sandoval tenía un poder extraordinario, que daba frío; Consuelo se estremeció y sus párpados se entreabrieron.
Entonces exclamó Alfonso, señalando al médico:
--Me lo acabas de confesar, ¿es ése?... ¿Es ése?...
Las pupilas de la joven se dilataron y un terror infinito desfiguró su semblante: con esa lucidez de los moribundos, comprendió la situación, la sima que acababa de abrirse a sus pies y la horrible tragedia que seguiría a su muerte; el crimen estaba descubierto y ella perdida.
--Pero, habla, ¿es ése?... ¿Es ése?--repitió Sandoval.
Consuelo Mendoza hizo un gesto de suprema angustia y se desplomó sobre el lecho murmurando:
--¡Sí, ése es!...
Cayó boca arriba, los brazos abiertos y la cabeza colgando fuera de la cama; muerta...
Alfonso miró al médico, y con una voz que el dolor tremolaba:
--Gabriel--dijo--, ¿es cierto lo que ella ha dicho?...
--Completamente cierto--repuso Montánchez sin inmutarse--, y si no hubiese hablado, yo lo hubiera dicho, pues ya me repugnaba prolongar tanto tiempo una mentira.
--¿Y fué tuya?
--Sí.
--¿La violentaste?
--Sí; fué una caída de la que la infeliz no es responsable: luchamos, yo era más fuerte y vencí.
--¿Y los cardenales de los brazos se los hiciste tú?
--Yo mismo.
--Eso ocurrió...
--La tarde de la tempestad.
--¿Y quién lo sabe?
--Nadie, más que tú y yo.
Hubo un silencio.
--¿Qué hiciste, Gabriel?--exclamó Alfonso con un acento que revelaba las angustias de su alma--, ¿qué hiciste de nosotros?...
Y le miraba fijamente, pensando en lo que acababa de oír y examinándole los brazos, los ojos, la boca, las manos... ¡las manos, sobre todo!... Aquellas manos habían mancillado el cuerpo de Consuelo, aquellos labios la besaron, aquellos ojos la vieron desnuda...
Los dos hombres se contemplaron con furor: Sandoval estaba a un lado del lecho, Montánchez a otro, como separados por la muerta.
--¡Suya, suya!--murmuró Alfonso abrumado--; ¿es posible?
Luego agregó:
--Gabriel, uno de nosotros morirá.
--Sí, es preciso--repuso el médico con arrebato--; yo lo quiero también: no creas que soy como aquel parricida que trató de conmover a sus jueces recordándoles su orfandad. Cuando me decidí a traicionarte sabía que en este lance me jugaba la vida; él o yo, dije entonces; y ahora que ha llegado el momento de resolver aquel dilema quiero agregar al crimen de Consuelo el tuyo, o morir a tus manos.
Montánchez parecía tranquilo y su voz resonaba con ese aplomo que, aun en las circunstancias difíciles, conservan los caracteres bien templados. Y había una grandeza imponente y trágica en aquellos dos hombres que iban a destrozarse en una habitación cerrada.
--No eres despreciable del todo--murmuró Alfonso--, me debes tu sangre y me la traes.
--Sí, te la debo y te la traigo; pero para cobrarte has de venir por ella; yo no te la doy.
Sandoval no le oyó: un destello de razón había iluminado su cerebro y vió su pasado, su amor, su juventud, su deshonra, su porvenir lleno de oprobio, el cuerpo ultrajado de Consuelo pidiéndole venganza y la alevosía de aquel amigo a quien tanto quiso: una ola de fuego le abrasaba el rostro, una nube de sangre se extendía ante sus ojos.
--¡Suya, suya!--murmuraba.
Corrió al gabinete para cerrar la puerta y volvió en seguida al dormitorio palpándose los bolsillos.
--No tengo armas--dijo.
--Yo tampoco--repuso Gabriel--, pero eso no importa; así la agonía del que sucumba será mayor y podrán saciarse más cumplidamente los deseos vengativos del matador.
Y extendiendo el brazo como para contener aún a su enemigo.
--¡Alfonso!--gritó--, dos hombres como nosotros si riñen es a muerte.
--¡A muerte!--repitió Sandoval con alegría feroz--; tú has matado a Consuelo y por su vida, la tuya.
--Sea, pues.
Los dos rivales se acometieron.
La lucha prometía ser horrible: eran dos atletas; vigorosos de cuerpo, enteros de alma, llenos de agilidad, de audacia y de ira; pronto sus caras y manos estuvieron cubiertas de sangre, que se limpiaban con el antebrazo o que escupían cuando se les entraba por la boca. El dolor de los golpes centuplicó su coraje, y deseando abreviar la pelea lucharon a brazo partido: Montánchez era más alto que Alfonso y más membrudo, pero, en cambio, éste tenía más elasticidad en los músculos, más rapidez en los movimientos, más nervios, más ira.
Entonces el combate alcanzó proporciones épicas. Los rivales, anhelantes, frenéticos, se oprimían, se estrujaban, se separaban un poco para volver a embestirse con nuevo encono, procurando sorprender una debilidad, un descuido, una pisada en falso de su contrario, para cargar sobre él y derribarle; jadeantes y ensangrentados peleaban con la desesperación del que sabe que no puede rehuir el peligro.
Las sillas quedaron derribadas y la mesilla de noche cayó al suelo saltando en pedazos su tapa de mármol. Oyéronse pasos precipitados; eran las criadas que, sobrecogidas de terror al sentir el estrépito, procuraban enterarse de lo que ocurría; al convencerse de que en la alcoba reñían trataron de abrir la puerta, pero como ésta estaba cerrada y no cedió, prorrumpieron en alaridos de espanto y en voces desaforadas pidiendo ¡socorro, socorro!...
Entretanto, los combatientes continuaban su cruel porfía, sintiendo que su sed de venganza aumentaba con el cansancio.
Hubo un momento en que Montánchez, ágil como un tigre, descargó un vigoroso puntapié en el vientre de su enemigo; era ésta una estratagema decisiva que había aprendido de los boxeadores ingleses: Sandoval ladeó el cuerpo, mas no pudo evitar del todo el golpe y fué a recostarse sobre la pared arrojando sangre por la boca; estaba pálido, desencajado por la fatiga, porque su boca y su nariz no bastaban a aspirar todo el aire que necesitaban sus pulmones.
Gabriel también se hallaba rendido, pero calculando que su viveza en los ataques podrían darle la victoria arremetió a Sandoval y cogióle por debajo de los brazos; Alfonso lanzó un grito frenético, viéndose perdido si su agilidad no le sugería algún nuevo medio de defensa. En aquella falsa posición no podía revolverse, sus pies apenas tocaban el suelo, y mientras sus brazos se agitaban en el vacío los del médico le oprimían en un círculo de acero; en tal actitud estaba a merced de su enemigo que podía, haciendo un esfuerzo, levantarle completamente en el aire y estrellarle el cráneo contra el suelo.
--¡Ya eres mío!--rugió Montánchez.
Y le alzó para voltearle; mas no pudo y Sandoval cayó de pie.
--Todavía no--murmuró éste.
--¡Pero lo serás!... ¡lo serás!...
La idea de su impotencia y de que aquel infame jugaba con su vida como antes jugó con su honor, redoblaron las fuerzas de Alfonso.
Con rapidez felina apoyó sus manos sobre el pecho de Montánchez, y en cuanto pudo ensanchar un poco el círculo donde se ahogaba y afirmarse en el suelo, se precipitó sobre el médico asiéndole por el cuello con los dientes: Gabriel hizo un violento esfuerzo para desasirse, pero no lo consiguió; las mandíbulas de Sandoval se apretaban en una especie de crisis epiléptica; Montánchez sintió que el pecho se le empapaba de sangre y Alfonso que su boca se llenaba de un líquido caliente, nauseabundo, acre, que enardecía su rabia.
Fuera resonaban los gritos de las criadas, pidiendo auxilio.
En los vaivenes de la pelea Gabriel tropezó y, perdiendo el equilibrio, cayó al suelo arrastrando a Sandoval tras sí: entonces arreció el empeño de la lucha y con él los esfuerzos de los combatientes, que rodaban el uno sobre el otro sin poder desasirse; un instante consiguieron ponerse de rodillas, pero pronto les faltó el equilibrio y forcejeando volvieron a caer. Esta vez Sandoval quedó debajo, medio ahogado: la sangre del médico inundaba su boca y en su angustia tenía que tragársela; y mientras procuraba degollar a su enemigo con los dientes, Gabriel Montánchez gemía sobre él de rabia y de dolor.
La cabeza de Consuelo pendía fuera del lecho, el quinqué, falto de petróleo, parpadeaba como la rojiza pupila de un borracho, y entre los muebles destrozados y sobre un charco de sangre, aquellos dos hombres seguían ahogándose en un postrer abrazo...
* * * * *
Días después los periódicos publicaron la siguiente noticia:
“Anoche, en el “rápido” Irún-París, se suicidó, disparándose un tiro, el señor A. S., muy conocido de la buena sociedad madrileña. Su muerte se relaciona con el trágico crimen de la calle Arenal, del que dimos oportuna cuenta a nuestros lectores. La gravedad de este drama es de tal naturaleza, que nos impide, por hoy, ser más explícitos”.
Madrid, mayo 1896.
FIN