La enferma: novela

Part 15

Chapter 154,016 wordsPublic domain

--Pues yo no pensaba venir--dijo Gabriel poniendo indolentemente una pierna sobre otra y apoyando sus manos cruzadas sobre la rodilla cabalgadora--, pero me has enviado un mensaje tan despótico que más bien parece un cartel de desafío, y en la duda he venido, ignorando ciertamente si me quieres para pedirme consejo o para reñir.

Sandoval miró a su interlocutor de hito en hito, y Montánchez sostuvo la mirada con perfecta tranquilidad, sonriente, como si no comprendiera que los ojos de su amigo querían leer su pensamiento.

--Te he llamado--dijo Alfonso--para ambas cosas; para pedirte consejos... y para reñir contigo si te negabas a dármelos.

--Pero, ¿a muerte?

--A muerte; como riñen los hombres.

--Veo que la enfermedad de Consuelo--repuso Montánchez burlesco--te ha avinagrado el carácter y haces mal en ponerte así, porque la dolencia de tu mujer no es grave; si enviudaras serías un viudo intratable, un traidor de melodrama.

--Gabriel--interrumpió Sandoval levantándose--, no te llamé para pasar un rato riendo, sino para discutir seriamente: quiero que cures a Consuelo; lo quiero y la curarás... porque eres el único hombre que puede curarla.

--Gracias.

--¿La curarás?

--Haré lo posible--repuso Montánchez fríamente--; vamos a verla.

Entraron en la alcoba.

--Ahí la tienes--dijo Alfonso señalando a la joven que parecía dormir--; así está desde hace un mes, desde la tarde del ciclón... ¿recuerdas aquella tarde?

--Perfectamente.

--¿Cuánto tiempo hará?

--Eso que has dicho; un mes.

--¿Nos vimos aquella tarde en el casino?

--No.

--¿Dónde estuviste?

--¿Te importa saberlo?

Sandoval miró al médico fijamente, no sabiendo si atribuir la ingenuidad de sus respuestas a su inocencia o a su descaro; pero la escasa luz que atravesaba los visillos de la ventana le impidió ver la expresión impasible de Gabriel.

--Pues bien, cúrala tú, que sabes el origen de su enfermedad.

--Lo supongo, pero puedo equivocarme.

--No, Gabriel; tú no lo supones, tú lo sabes...

--Te engañas.

--¡Mentira! Tú lo sabes... por consiguiente no caminas a ciegas.

Montánchez no respondió y se acercó a la enferma. Inmediatamente los ojos de Consuelo, cual si hubiesen adivinado la mirada del médico, empezaron a parpadear y después todo su cuerpo vibró con un temblor nervioso: entonces Montánchez la cogió una mano y ella, como si acabase de recibir la descarga de una máquina eléctrica, despertó súbitamente lanzando un grito. Al fijarse en el médico sus ojos, expresaron un terror supremo; abrió la boca y sin poder articular palabra ninguna se desvaneció.

Cuando la intensidad del ataque hubo pasado, Gabriel se levantó para marcharse.

--La enfermedad--dijo--reviste los caracteres de costumbre, y por tanto no desconfío de poder curarla: todos los días vendré y lucharé hasta el fin; en el poder de la sugestión fundo mis esperanzas.

Montánchez tenía demasiado mundo para no comprender lo que en el ánimo de su amigo sucedía: el lenguaje lacónico y duro empleado por Sandoval para llamarle, la sequedad de su recibimiento y el marcado retintín con que pronunció ciertas palabras, le revelaron que sospechaba la traición de que había sido víctima.

Otras razones no menos poderosas concurrieron a corroborar su pensamiento; al acercarse al lecho de Consuelo para pulsarla, vió que los brazos de la joven estaban señalados en ciertos sitios por dos manojitos de manchas negras, y supuso cuerdamente que aquellas señales pusieron a Sandoval sobre la pista del crimen: lo que Alfonso ignoraba era el nombre del criminal y esta ignorancia fué la que Montánchez quiso prolongar indefinidamente, aun cuando la empresa durase años.

Después que pasó el ataque nervioso motivado por la visita del médico, Consuelo se incorporó en la cama y con un aplomo que sorprendió a Sandoval:

--Alfonso--dijo posando sobre su marido una mirada llena de dolor--, ¿Montánchez va a volver?

--Sí, hermosa, le he llamado para que te cure, porque los otros médicos son unos burros que no ven más allá de sus narices.

--¡Ah!... ¿Tú le llamaste?

--Sí, porque él no quería venir, temiendo que su presencia te impresionase desagradablemente.

La miró procurando sorprender el efecto que en ella causaban estas palabras; pero Consuelo, que parecía sumida en graves cavilaciones, se pasó la mano por la frente y repuso con la impasibilidad de un sonámbulo:

--¡Qué fatalidad!... ¡Tú, siempre tú!

--¿Por qué dices eso?

--Porque yo no quería verle; ya sabes que siempre me fué antipático, pero hoy me es más repulsivo que nunca... ahora, por tanto, necesito, más que nunca, vivir lejos de él... Si yo estuviese buena o convaleciente, te instigaría a que me sacases de Madrid, mas no hablemos de esto porque sé que de esta cama no he de levantarme. Estoy enferma, Alfonso mío, muy enferma... y mi mal es incurable: lo tengo metido en mi corazón, en mi sangre, tan hondo, tan hondo, que es imposible llegar a él con ninguna medicina... Deja que concluya--agregó, viendo que Alfonso quería hablar--, me quedan pocas fuerzas y temo se agoten antes de decir todo lo que pienso. Comprendo que siempre fuí una niña mimosa y lunática, cuyos juicios raras veces has tomado en cuenta. Yo, que puedo ahora examinarme bien, porque he dejado de parecerme a la Consuelo de antes, no te recrimino por ello; tenías razón... siempre he sido una cabeza de chorlito, sin más virtud que la de amarte con toda mi alma... Óyeme con atención y ten fe en mis palabras, que los locos y los moribundos dicen las verdades, y a mí poca vida me queda. Pues bien, como iba diciendo... he tenido poco juicio, pero en cambio tuve una penetración extraña, una doble vista que me permitía adivinar lo que mi pobre entendimiento no razonaba: no acierto a explicarte de dónde procede esta voz sobrenatural que habla en mí, pero la siento resonar clara y distintamente en mi interior y sé que nunca me engañó... Esa voz siempre me ha prevenido contra Montánchez y hecho sentir hacia él aversión invencible; parece lo más natural, lo más lógico, puesto que yo le odiaba, que ese hombre hubiese vivido fuera de mi intimidad más que otro cualquiera, y, sin embargo, el Destino, por conducto tuyo, me le puso constantemente delante de los ojos... Tú, desde antes de casarnos, me hablabas de él; tú me lo presentaste en el teatro; tú, venciendo mi repugnancia y su retraimiento, le aficionaste a frecuentar nuestra amistad; por ti empezó a curarme, finalmente...

--¿Pero me acusas de haber provocado alguna desgracia?--preguntó Alfonso sin poder contenerse--; ¿te ha ofendido ese hombre?... Habla, Consuelo, por Dios; no es amigo mío quien te ofenda... si él te ultrajó, aún vivo yo para arrancarle las entrañas... ¿Por qué te detienes?... ¿A dónde vas a parar?...

--No te enfades, porque me asustas--dijo ella hablando con dificultad--, y ya sabes que las impresiones me son funestas. Lo que iba a decir era que, pues hasta aquí me has contradicho forzándome a aceptar su amistad, no sigas violentándome en lo sucesivo. Alfonso, sé cariñoso como siempre lo fuiste para mí y cede una vez más; éste es uno de los postreros favores que te pido... ¡y es tan pequeño!... No quiero ver a tu amigo, deseo morir tranquila junto a ti, sin ver a nadie, y si él se presentara moriría rabiando... Quiero estar sola contigo, entregada a ti, ya que soy completamente tuya... Háblame... ¡tengo tanta necesidad de oír tu voz y de recibir tus besos!...

La enferma calló sofocada por los suspiros que subían a su garganta y rompió a llorar.

--Consuelo--exclamó Sandoval--, tú sufres alguna desgracia, tú has sido víctima de una asechanza inicua; me lo dicen mi amor y mis celos, que no se engañan: tú me quieres, lo sé, pero disimulas en esta ocasión por no disgustarme, y haces mal... quiero saberlo todo, ¡todo!... aunque la rabia me ahogue después de oírte... ¡Habla; te lo ruego por caridad, como un esclavo... te lo exijo como marido... habla!...

--No oculto nada--repuso ella con acento desmayado--, no hables así, me infundes miedo.

--Y entonces, esas señales que tienes aquí, ¿de qué provienen?

Fuera de sí, no podía contenerse más tiempo.

--¿Cuáles?--exclamó Consuelo abriendo mucho los ojos y mirando espantada a su alrededor.

--Éstas que tienes aquí, en los brazos... no lo niegues, porque hasta ahora creí que sólo había un infame y si te obstinas en fingir, Consuelo... creeré que hay dos.

La joven miró hacia el sitio indicado y no pudo responder; su impresión fué tan grande que perdió el conocimiento y empezó a delirar en voz alta y perfectamente inteligible.

--No, no puedo más, ¡qué dolor, si parece que están partiéndome los brazos con tenazas de hierro!... Sobre todo éste, el derecho... so... so... corro... Y esa tempestad, esos rayos malditos, esos truenos que me aturden... Alfonso, ven, que ya no puedo más... ¡ay, ay!...

Su voz se ahogó y sus labios barbotaron algunas palabras que Sandoval no pudo entender.

--No--prosiguió Consuelo esforzándose en sonreír--, si no lloro, ¡qué tontería!... estoy muy bien, muy alegre... tengo los ojos llenos de lágrimas porque he estado picando cebollas... Nadie tiene derecho a averiguar mi historia, nadie... y menos usted, que es una vecina a quien apenas conozco; pero, en fin, para que no crea usted que oculto algo se lo diré todo, sí, señora... como si fuese usted mi confesor. Esta niñita tan mona, tan gordita, con esos ojos tan grandes, es mía, mía sola... ¿que no puede ser?... Ya lo creo, ¿quién lo sabrá mejor que yo, que soy su madre, quien la ha parido?... Ea, es usted tan cabezona que no hay más remedio que ceder... Pues sí... es hija de Alfonso... por eso la tengo vestida siempre con trajecitos azules adornados de encajes blancos, porque esos eran los colores que más le gustaban... Pero luego me dejó... hace ya tres o cuatro años... ¡ay!... ¿Dónde andará?... Me dejó porque me volví muy mala, muy mala; una tía completa. No, él era bueno; no ha nacido ningún hombre más hermoso ni más caballero que él... y no tuerza usted el gesto porque reñimos... Él me dejó porque yo era una perdida, por eso no me quejo... ¡pero si él supiera que yo no tuve la culpa de nada!... Le aseguro a usted que esta niña es de Alfonso; lo juro, vaya... si fuese de otro cualquiera, lo mismo lo diría...

Calló, suspirando honda y largamente.

--¡Ah, sí!--continuó--, esas manchas no sé de qué serán... ¡Cuidado si eres fastidioso!... ¿Cómo he de decir que no me acuerdo?... Serán de tinta o de betún...

Lanzó una carcajada corta y estridente, y luego se puso muy seria; frunció las cejas y levantó un poco la cabeza, procurando percibir un ruido lejano.

Entonces se oyeron el repiqueteo de un timbre y los pasos de la doncella que salió a abrir: después entró en el gabinete Gabriel Montánchez.

--¿Duerme?--dijo.

--No--repuso Sandoval--, delira.

Montánchez se acercó al lecho, y Consuelo, cual si hubiese tenido conciencia de su llegada, se cubrió la cara y fué encogiéndose hasta quedar hecha un ovillo, como los chicos cuando se suben las mantas a la cabeza para librarse del coco.

--¡Qué miedo... ya está ahí... se acerca... me callaré, schiii, silencio!...

El médico la miraba con todo el poder fascinador de sus ojos.

--Estoy temblando... que no me sienta...

No dijo más y quedó inmóvil, rendida por un sueño magnético.

Los ataques que sobrevinieron en los días sucesivos tuvieron un desenlace idéntico: en cuanto el médico la miraba, la infeliz histérica enmudecía como amordazada, y ya no volvía a desplegar los labios ni a moverse en muchas horas.

Gabriel Montánchez seguía un plan maravilloso.

Estaba seguro de que Consuelo no viviría más de un mes; la ciencia se lo dijo y la ciencia en ciertos casos no se engaña. La joven se hallaba herida de muerte; tenía una anemia crónica que por sí sola hubiese bastado a destruir su vida; y como si aquel padecimiento obrase con demasiada lentitud, sufría una inflamación en uno de los lóbulos del cerebro que podía causar de un momento a otro la muerte por congestión, y un principio de aneurisma en el cayado de la aorta: la infeliz, por tanto, estaba sentenciada de modo irrevocable, y todo el trabajo del médico, durante aquellas semanas de agonía, se reducía a velar a Consuelo constantemente, para impedir que hablase, resultado que conseguía fácilmente merced a su influencia sugestiva.

Para esto, y amparado por la amistad de Alfonso, pasaba todo el día y gran parte de la noche velando a la enferma y espiando sus palabras con el mismo interés que Sandoval, y, en cuanto el delirio la impulsaba a hablar, torcía instantáneamente con una mirada el curso de sus ideas y sellaba su boca.

Abusando de estos sopores magnéticos, el infame conseguía dos objetos: impedir que revelara inconscientemente su caída y acortar su existencia, pues como los ataques se sucedían casi sin interrupción, apenas tenía tiempo de tomar alimentos entre acceso y acceso, lo cual acrecía enormemente los destructores efectos de la debilidad.

Los resultados de tan infernales maquinaciones se apreciaban ya a simple vista: la postración de Consuelo era espantosa, su cuerpo y su espíritu iban sumergiéndose en el no ser, rápidamente, y la nostalgia y la anemia se daban la mano para completar el aniquilamiento del organismo; sus largos desmayos la dejaban postrada, y cuando volvía en sí, la conciencia de su triste estado la precipitaba otra vez en nuevos delirios.

Más que para Montánchez, las noches se hacían insoportables para Sandoval, que comprendía cuán equívoca y terrible era su situación. A las ocho de la noche la doncella iba a decirles que la cena estaba servida, y entonces los dos salían del dormitorio de la enferma para pasar al comedor. Las comidas eran tristes; se sentaban el uno frente al otro y permanecían silenciosos, comiendo maquinalmente, preocupados con sus pensamientos.

Después de tomar el café, Montánchez se sentaba en un sillón, cargaba una pipa de sándalo y fumaba tranquilamente, adormeciéndose con las voluptuosas emanaciones de aquel humo perfumado; Sandoval quedábase inmóvil, los codos sobre la mesa y la cara entre las manos, mirando detenidamente su taza, ya vacía, llena de cenizas de cigarro. Así estaban una hora, dos... hasta que la campana del reloj o algún grito de Consuelo les sacaba de su éxtasis; entonces se levantaban cual si sólo hubiesen estado aguardando aquella señal para ponerse en movimiento y volvían al cuarto de la joven. Allí se instalaban, cada cual en su butaca, y dejaban transcurrir el tiempo entretenidos, al parecer, en mirarse la bigotera de sus botas o los dibujos de la alfombra.

A pesar de esta calma aparente, empezaba a surgir entre ambos un disgusto, un antagonismo, una tirantez magnética que acrecía por momentos; eran amigos o, por lo menos, lo fueron hasta allí, y la amistad y la consecuencia que creían deber guardar a su antiguo cariño, era lo que les impedía abofetearse. Aquella animosidad radicaba principalmente en Alfonso: su instinto suspicaz había convertido sus recelos en certidumbres y un odio mortal iba invadiendo su corazón; y si no estalló de una vez fué porque algo misterioso le retenía, poniéndole ese pelo que se enreda al frenillo de la lengua, aun en las circunstancias más críticas, y que rara vez deja hablar a tiempo.

Su exasperación provenía de su situación harto equívoca; sabía que su honor fué pisoteado, que sus ensueños de felicidad estaban muertos y que el único autor de aquella catástrofe era un hombre, quizá el mismo que tenía delante, y a quien, por falta de pruebas, no podía estrangular. La idea de representar un papel ridículo y de que alguien estuviera riéndose en silencio de su ceguedad le ponían fuera de sí: hubiera preferido habérselas con un demonio de cien cabezas, a reprimirse y sufrir por no hablar fuera de razón: su actitud era agresiva, pero aún no estaba bien determinada y padecía ese raro furor que acomete a los perros de presa cuando oyen el gruñido provocador de un rival invisible.

La posición de Gabriel Montánchez era bien distinta: conocía perfectamente qué circunstancias le favorecían y cuáles le perjudicaban, y la única persona de quien debía guardarse, caso de que el enredo se descubriese. Estaba, por tanto, a la defensiva, pero tranquilo, confiando a la ciencia el éxito lisonjero de su empresa, y en último caso, y cuando toda compostura fuese imposible, encomendándose a su valor.

Así iban filando las horas para ambos, inquiriendo el uno y esperando el otro, los dos silenciosos, velando atentamente el sueño de aquella pobre mujer que se moría.

Pasaron más días, todos monótonos y tristes como las vibraciones de la campana que anuncia en los cementerios la llegada de los difuntos, y el trágico desenlace de la enfermedad previsto por Montánchez tampoco era un misterio para Alfonso: Consuelo se moría, era preciso ser ciego para no verlo.

Cuando Gabriel se lo advirtió, Sandoval no dijo nada, no se le ocurrió nada, apenas experimentó una pequeña sensación, como si fuere una noticia insignificante que ya supiera desde hacía mucho tiempo: era una insensibilidad absurda, de loco o de imbécil; sus preocupaciones invadían su espíritu desquiciándolo; no aquilataba los hechos que a su alrededor ocurrían, ni que Consuelo, la mujer amada, su encanto, su esperanza, su espíritu bienhechor, su ángel guardián, iba a morir. ¡Morir!... aquella palabra lúgubre llenaba su cerebro produciéndole una noción vaga cuya importancia desconocía.

Una noche se levantaron de la mesa peor humorados que nunca; sabían que el desenlace de la tragedia se acercaba y que sólo algunas horas bastarían para romper aquella situación. Alfonso asomó la cabeza por entre las cortinas que separaban el gabinete de la alcoba; la joven estaba tendida de lado, la cabeza sobre el antebrazo izquierdo, descansando toda ella con el lánguido abandono de una persona profundamente dormida.

Entonces se retiró de puntillas y fué a sentarse en un sillón, después de cubrir con un papel la parte inferior del quinqué colocado sobre la chimenea, para que su luz no le molestase. Montánchez se había tendido en el sofá. Alfonso empezó a contemplarle a su sabor aprovechando la circunstancia de tener el médico los ojos cerrados. Hasta entonces nunca pudo fijarse bien en su amigo, y quiso corregir aquel descuido de su atención; examinó su ancha frente surcada de arrugas, sus cejas bien arqueadas, su nariz recta, sus mejillas hundidas y la blancura marmórea de aquel semblante que parecía más pálido de lo que era en realidad, visto a los reflejos del quinqué: después, aquellos rasgos fueron borrándose y concluyó viendo en el sitio ocupado por la cabeza una sombra blanca. Vencido por el sueño, inclinó la cabeza sobre el pecho...

A pesar de los recelos que hasta allí le sostuvieron en perpetua vigilia, su cuerpo y su espíritu, extenuados, reclamaban imperiosamente el derecho que tiene todo lo que vive al reposo; la materia estaba aniquilada, las piernas no querían moverse, los oídos eran dos órganos inservibles, sordos a toda impresión; sus ojos, abiertos por un esfuerzo supremo de voluntad, no veían; los nervios estaban embotados, el cerebro dormido; la naturaleza exigía descanso y fué preciso rendirse.

Largo rato hacía que los dos hombres disfrutaban el más reparador de los sueños, cuando Consuelo, que se revolvía en la cama articulando palabras, lanzó un grito tan penetrante que les despertó.

--¡Socorro, socorro, suélteme usted!--decía.

Ellos se levantaron, pero Alfonso había entendido las palabras pronunciadas por la enferma y aquello fué para él un rayo de luz.

--No te muevas--dijo con tono imperioso y sujetando por un brazo a Montánchez que se dirigía a la alcoba.

--¿Por...?

--Porque quiero oír lo que dice.

--¡Valiente antojo!... Dirá mil simplezas, como siempre; suelta, conviene cortar el ataque para impedir que aumente...

--¡Socorro, que me ahogan, no puedo respirar!...--gritó Consuelo.

--No te muevas--dijo Sandoval poniéndose de un salto delante de la alcoba--, a esa mujer la ha sucedido algo muy grave cuando grita de ese modo, y necesito saber qué es.

--Quieres una tontería; dejándola entregada a sí misma, la crisis puede matarla.

--No importa; he de arrancarla ese secreto que me oculta... y por saberlo diera su vida; ¡ya ves si deseo conocerlo!... Parece que no quieres que hable, que te da miedo oírla, que tratas de amordazarla con tu magnetismo...

--¡Basta, Alfonso!--replicó Gabriel haciendo un gesto despreciativo--; mi corazón no conoce el miedo; no temo a nadie y menos a una mujer histérica, y si no creyese que discurres así porque la fiebre nubla tu razón, me iba de aquí para no volver, pues hay ofensas que la amistad más estrecha no disculpa...

Diciendo esto sentóse en el sofá con toda la indolencia del que se dispone a dormir, y Alfonso permaneció de pie, escuchando la voz amada.

Consuelo hablaba tranquilamente.

--No sé cómo arreglármelas para meter mi equipaje en estos baúles; ¡y cuidado que son grandes los malditos!... ¿Pero en qué pensaría Alfonso? Debió de comprar muchos, muchos, veinticinco o treinta, aunque fuesen pequeñitos... Y ahora no puedo cerrarlos, no tengo fuerzas... ¡Ay!... qué triste estoy; el día se presenta malo, ¡cómo llueve!... Voy a helarme en el tren... si me parece que estoy metida en el coche y que junto a mí va un señor muy gordo, con unas narices muy coloradas, durmiéndose sobre una maleta... Pero no, aún no he salido de mi casita, ni saldría nunca si en mí consistiera; Alfonso cree que deseo viajar, correr mundo... como si me importase algo verle los bigotes al emperador de los chinos o patinar por el Sena; lo que necesito es huir, poner muchas leguas por medio... ¡Uy, ahora que se han ido ésas empiezo a sentir miedo!... Me aterroriza pensar que estoy solita en esta casa tan grande y tan obscura; parece que las estatuas del despacho se descuelgan a lo largo de los armarios para visitarme... Sí, cerraré la puerta para que no entren. ¡Cómo llueve! Lo que más temo son los relámpagos y los truenos... Y Alfonso sin venir...

Calló haciendo sonar su lengua contra el paladar, como saboreando algo. Sandoval continuaba inmóvil, con el oído pegado a la cortina de la alcoba, poseído de ansiedad creciente; tenía el presentimiento de que iba a saber el misterio con que luchaba desde hacía tanto tiempo, y que Consuelo sería la pitonisa reveladora. Montánchez seguía en el sofá, pálido y frío.

--Y han llamado--continuó diciendo la joven--, juraría que es el timbre de la escalera... Dios santo, vuelven a llamar, ¿quién será?...

Las ideas que sucesivamente se ofrecían a su espíritu eran de tal naturaleza, que comenzó a temblar violentamente.

--¡Es él, y yo aquí sola!... voy a morirme de espanto. No, señor; pero mi marido volverá de un momento a otro... quizá no tarde ni diez minutos... si quiere usted hacerle algún encargo yo se lo diré; sí, eso es lo mejor; ¿para qué va usted a molestarse en esperar?... ¡Y estoy sola!... Este hombre y el diablo se dan la mano para perderme.

Hubo otra pausa; Alfonso y Montánchez se miraron fijamente.

--No, no, señor--prosiguió Consuelo--, eso, de ninguna manera; o usted ha perdido el juicio, o me toma por una tía del arroyo... Lo que usted oye; sí, señor, eso mismo, no tengo nada que añadir, mis fallos son irrevocables como los de las leyes absolutas. Por la violencia menos... se lo juro a usted, antes muerta: yo tendré menos fuerza, pero a corazón nadie me gana y el mío es de un hombre que quiero con toda mi alma; se lo di enterito hace mucho tiempo... ya sabe usted demasiado a quién me refiero; pues sí, él se lo llevó y aquí no me ha quedado ni una piltrafa... ignoro la razón de mi cariño; es bueno y es guapo... ¡ya ve usted si le quiero, que por él perdí hasta las ganas de besar a mi padre!... Pero aunque así no fuera, a usted no puedo amarle nunca, le odio demasiado para mirarle alguna vez con buenos ojos... me ha sido usted siempre repulsivo; desde la primera vez que le vi... usted es malo y las personas malas me infunden repugnancia y miedo.

--¿Pero con quién hablará esa mujer?--exclamó Sandoval--, ¿con quién?...