La enferma: novela

Part 14

Chapter 143,982 wordsPublic domain

--Ése es un pecadillo que debes perdonarme--había contestado Alfonso--, pues los hombres que como yo están acostumbrados a la vida alegre, no pueden prescindir de ciertas distracciones; pero eso acabará hoy mismo, y si alguna vez mis ojos y mi cuerpo te han sido infieles, mi corazón y mis pensamientos siempre fueron tuyos; la materia podrá caer arrastrada por la tentación, pero el alma te pertenece.

--Esos distingos no me convencen--repuso ella--; ¿te gustaría que yo hiciese otro tanto? ¿O eres tú de los caballeretes que defienden la ley del embudo?...

Entonces Sandoval se extendió en una larga disertación acerca de la citada ley, diciendo que pues las primitivos legisladores no disfrutaron de sueldo, no es raro procuraran recompensarse su trabajo concediendo a los hombres libertades especiales.

--El amor--sostenía Alfonso--es una pasión única, inmensa, universal, sin épocas ni fronteras; es el único destello que Dios puso en nosotros: el sentimiento que nos hace discurrir, trabajar y caminar hacia adelante; y si estudiásemos minuciosamente la historia, veríamos cuántos adelantos ha realizado el amor en la humanidad. Esta pasión tiene dos fases, dos aspectos diferentes; las mujeres lo consideran de un modo, los hombres de otro. El amor lo ocupa todo en la vida de una mujer, mientras en el hombre sólo llena una parte; la mujer cifra su felicidad en querer hasta el delirio y ser amada de igual modo, y está dispuesta a los mayores sacrificios aun cuando el hombre a quien entregó su albedrío no corresponda cumplidamente a su pasión; y no le pregunta por su pasado, ni le importa que haya tenido queridas; sólo ansía amor, amor eterno; así quieren las mujeres de corazón, así me quieres tú... El hombre no siente el amor así, pues su sexo, su educación y su temperamento, se lo impiden. Yo, verbigracia, hago de mi mujer mi ángel tutelar: tú eres mi amor, mi ilusión más querida, mi esperanza más risueña, mi tesoro más preciado; en ti deposito mi felicidad y mi honor, te doy mi juventud, mi existencia, mi fortuna, el vigor de mis caricias, todo lo que poseo, hasta mi nombre... Nuestros destinos no pueden separarse; tu sangre es mía; tu carne es mi carne, lo que a ti te molesta a mí me ofende también; no tenemos más que una cabeza y un corazón, un entendimiento y una sola voluntad, y, claro es, Consuelo mía, que poniendo en ti toda mi alma, he de quererte más que a mí, pues al amor que te profeso agrego el que tú me inspiras como mujer buena y hermosa. Por mi persona no paso cuidados; soy fuerte y me sobran brazos y corazón para defenderme de cualquier enemigo; pero en cambio tú, niña de mi alma, que eres débil y tímida, me preocupas constantemente. Yo, que conozco los lazos que el vicio enlaza a los pies de las mujeres, ¿cómo he de consentir que ande libremente por el arroyo la joya que yo desearía guardar en un fanal para que el aire no la tocase?... Eso equivaldría a poner una perla en el regajo, al alcance de la codicia pública. No, Consuelo; yo te deseo con toda mi alma y todo mi cuerpo, y por eso quiero que tu cuerpo y tu alma estén enteramente puros, que no hayas querido a nadie, que no hayas besado a nadie, que yo sea el único hombre que estreche tu brazo y llegue a tu corazón. Conozco tu historia; tu buen padre, al echarte en mis brazos limpia de toda mancha, cumplió su misión; ahora he de cumplir yo la mía. No tengo celos de ti, pero debo tenerlos de todos los hombres, porque mi buen sentido me dice que ellos te desean como yo te deseo, porque tu hermosura halaga su sensualidad y despierta sus pasiones, y si no te enamoran es porque no se atreven. Y no digas que soy mal pensado, porque eso mismo hice yo antes de enamorarme de ti con todas las hembras hermosas que he visto, y no soy más pecador que otro cualquiera... Pues bien; si alguno de ellos, abusando de tu debilidad o de mi confianza, llegase a ti, manchando la castidad de tu cuerpo, creería que el mundo me aplastaba. ¡Ay, Consuelo!... Nada ha sucedido y, sin embargo, cuando pienso que esa catástrofe entra en el número de las cosas posibles, siento vértigos de ira. No hallaría ningún tormento para castigar al villano que nos hubiera perdido, pues aunque sorprendiese a su mujer y a sus hijas y devolviera en ellas la afrenta que en ti me hizo, aunque le cosiera a puñaladas, su sangre no bastaría a lavar su crimen, porque las cosas que sucedieron son irremediables. Tú eres luz que me guía, aire que dilata mis pulmones, espejo donde mi honor se refleja... y antes que ese espejo se rompa o se empañe, antes que esa luz se extinga o ese aire me falte, prefiero morir.

De estas apasionadas conversaciones se acordaba Consuelo y cada frase punzaba su corazón: Alfonso había sido un buen profeta, sus temores se cumplieron.

--Ya no soy la misma mujer--murmuraba en sus amargos soliloquios--que hace dos años llevó al altar; ya no soy su ángel custodio, porque el demonio me cortó las alas... Sí, quiero morir para descansar, para no acordarme; las caricias de Gabriel me dan frío; sus besos, asco... algunas veces creo que se me conocen en la cara... Deseo morir, es el único medio de que este secreto permanezca oculto; muerta yo, Alfonso nada sabrá y seguirá amándome: soy buena, la conciencia no me reprocha nada; merezco, pues, en cierto modo, que él siga amándome... y la idea de que mi memoria le arranque lágrimas y de que irá a poner flores sobre mi tumba, es lo único que me hace feliz... No quiero vengarme de ese canalla; la persona a quien podía encomendar mi venganza es Alfonso, y aunque el desgraciado le matara, se moriría después de dolor; ¡él mismo me lo ha dicho muchas veces!...

Estos monólogos eran silenciosos, los discurría sin llegar a pronunciarlos, y dando vueltas al mismo tema pasaba los días, mientras Alfonso, sentado junto a ella, miraba sus labios, acechando alguna frase que le pusiera en la pista del hecho que su corazón presentía. Cuando la intensidad de aquel marasmo intelectual disminuía, Sandoval procuraba distraerla refiriendo cuentos; ella le escuchaba atentamente, pero de pronto, y cuando él estaba más satisfecho de la virtud terapéutica de su conversación, el rostro de la joven se cubría de palidez cadavérica, sus ojos se llenaban de lágrimas y se arrojaba llorando en brazos de su marido.

--¡Ay, Alfonso, encanto de mi vida--decía entre sollozos--, qué desgraciada soy!... ¡Qué pena, Dios mío, qué pena tan grande llevo en el corazón!... Yo me siento morir, porque esto no me deja respirar, no puedo vivir así... tengo metida en el pecho una serpiente que va devorándome las entrañas poco a poco... ¡No, tú no sabes cuánto sufro... es una espina, un veneno, un demonio... deseo morir o que me mates!...

Y en el paroxismo del dolor, con la voz enronquecida por la angustia y como si quisiera descargar su conciencia:

--¡Ay, Alfonso--decía--, si tú supieras, si tú supieras!...

Al fin, caía rendida sobre el lecho, y Sandoval quedaba absorto, devorando sus dudas, estudiando aquellas palabras misteriosas que el dolor arrancaba a la prudencia de la enferma.

Cuando salía de su abstracción, ya Consuelo estaba desmayada y era inútil preguntarla; entonces la sacudía desesperado, cogiéndola de un brazo.

--¿Qué no sé yo? di... ¿qué es lo que ocultas?...

Después su excitación disminuía y tornaba a sentarse, con las piernas extendidas y los brazos cruzados.

Había transcurrido un mes desde que Consuelo cayó enferma: los ataques histéricos eran menos frecuentes, pero su salud quedó muy resentida. Tenía los ojos más hundidos, el semblante enflaquecido, los labios sin color, el cuerpo desmazalado; comía poco, dormía mal y la fatiga avasallaba su espíritu.

Alfonso Sandoval decidió que los médicos la reconociesen, pues Montánchez se había negado a ello rotundamente, y por la alcoba de Consuelo pasaron varias celebridades científicas. Unos creyeron que se trataba de una afección cardíaca, otros de un padecimiento cerebral, quién de un desarreglo en las funciones del aparato generador, y quién imputó al hígado la culpa de todo. Alfonso escuchaba sus pareceres y les hacía recetar, y cuando hubo desfilado el último, reunió un montón de prescripciones tan extensas, que entre todas hubiesen agotado los medicamentos de una botica bien surtida: duchas, fricciones, pomadas, cataplasmas, sanguijuelas, agua de azahar, éter, cloroformo, valeriana, acónito, bromuro... de todo había allí.

El último médico que vió a Consuelito Mendoza fué un antiguo amigo de Sandoval.

El anciano profesor la pulsó, la examinó los ojos, auscultó los latidos cardíacos, reconoció detenidamente el vientre y los costados, y después de repetir las mismas operaciones varias veces, sorprendido de no hallar nada se encogió de hombros.

--El corazón--declaró--está sano, pero anda mal; sufre palpitaciones y contracciones violentísimas que me inducen a creer que la enferma ha experimentado una impresión muy grande.

--No sospecho qué pueda ser--repuso Alfonso.

--¡Es extraño!... yo juraría que algo grave la ha sobrecogido.

--Y usted no podría precisar...

--Imposible; si usted, que vive con ella, lo ignora, ¿cómo voy a saberlo yo, que desconozco su historia y su vida?...

El médico se fué sin recetar y Alfonso volvió al cuarto de Consuelo devorado por sus presentimientos.

La joven, que no se había enterado de nada, parecía dormir.

--En este misterio hay un hombre--murmuró Alfonso--; no sé quién es, pero el corazón me dice que hay un traidor, cuyo nombre necesito conocer; ¡si ella hablase, si pronunciase una palabra, una sola!...

Y se quedó mirando a Consuelo como quien contempla a una esfinge.

La vida de Consuelo iba extinguiéndose paulatinamente, como lámpara falta de aceite. El cerebro perdía vigor y las nociones del mundo real se borraban mezclándose unas a otras; los nervios, relajados por las descargas eléctricas que habían sufrido, no vibraban y yacían insensibles y lacios como las cuerdas de un instrumento musical roto; y como consecuencia inmediata de aquel agotamiento intelectual, el cuerpo también se hallaba rendido.

Consuelo empezó a enflaquecer de un modo alarmante: su repugnancia a ingerir alimentos y su dolor silencioso y continuo, eran dos poderosos agentes de destrucción a los cuales su delicada juventud no podía sobreponerse. En su pálido semblante se acentuaban las dos arrugas laterales que cava el desencanto desde las ventanas de la nariz a las comisuras labiales, los ojos perdieron su brillo, el cuerpo su esbeltez, el cuello su gracia. Una consunción terrible minaba su organismo arrebatando lentamente la vitalidad a la sangre, la energía a los músculos, su frescura a la carne.

Consuelito Mendoza se moría, pero rápidamente, por momentos, con una velocidad tal, que casi podía apreciarse a simple vista: Sandoval lo reconoció y su angustia fué mayor sabiendo que la joven moría de tristeza, de anemia, de histerismo, del corazón, de una enfermedad, en fin, sin nombre, vaga, misteriosa como la producida por aquellos infernales venenos que componían los italianos del siglo XVI.

Hasta entonces se limitó a ver y callar, y cuando hablaba con ella lo hacía de asuntos indiferentes, temiendo mortificarla con sus preguntas. Entretanto, se devanaba los sesos discurriendo siempre acerca de la misma cuestión. ¿Cómo enfermó tan repentinamente? ¿Quién la cubrió los brazos de cardenales?... Un hombre, sin duda; y ese hombre, ¿quién era, cómo se llamaba, dónde vivía?...

Muchas veces pensó en Gabriel Montánchez; el médico era su amigo, casi su hermano, y aunque no hubiese renunciado por cansancio y desde hacía mucho tiempo a su antigua vida libertina, el entrañable cariño que ambos se profesaban imposibilitaba una traición: desconfiar de Montánchez equivalía a dudar de la virtud de Consuelo o de sí mismo, presunciones ambas inadmisibles.

Alfonso renunció, pues, a esta primera hipótesis y echóse a discurrir y a fabricar castillos en el aire. Un enamorado desconocido no podía ser, porque Consuelo jamás salía sola a la calle y nadie enloquece de amores por una mujer a quien no ha tratado; el hombre que entró en su casa tampoco fué un ladrón, pues nada faltaba; era, por tanto, lógico suponer que habían ido por su honra y no por su dinero.

El silencio de la joven corroboraba sus conjeturas; era innegable que ella, contra su costumbre, disimulaba algo. ¿Por qué no hablaba del viaje con el interés que hasta entonces? ¿A qué causa atribuir su tristeza y su enfermedad?... ¿Era admisible que una tronada de primavera fuese origen de aquella gravísima perturbación nerviosa?... Y, finalmente, ¿cómo Consuelo no le reveló el motivo de los arañazos y verdugones que tenía en las piernas, en los brazos y en la cara?... Allí había un secreto, tanto mayor cuanto más inexplicable era el silencio de la enferma, y era necesario despejarlo en seguida porque le iba en ello su tranquilidad y tal vez la vida de la joven.

Alfonso Sandoval dejó de salir; permanecía día y noche sentado en un sillón junto al lecho, cuidando a Consuelo, tapándola cuando se desnudaba, inventando farsas para distraerla en sus ratos de juicio, procurándola bocados substanciosos y exquisitos al paladar, y acechando el momento de arrancar a sus delirios alguna revelación. Esta esperanza era la que le sostenía impidiendo que la fatiga cerrase sus párpados; no tenía sueño, ni ganas de comer, ni de salir: era también un estado patológico de sus nervios, acuciados siempre por una idea fija.

De noche se embozaba con su capa para no sentir frío, y mientras apuraba, una tras otra, varias tacitas de café, vigilaba a Consuelo con atención y paciencia incansables; cuando ella balbuceaba alguna frase, Alfonso se inclinaba sobre el pecho de la enferma procurando entender lo que decía por el movimiento de las labios; mas aquellos sonidos mal articulados eran tan débiles que nunca podía entenderlos, y tornaba a sentarse desesperado, bregando siempre con el mismo tema.

Y otra vez desfilaron por su cabeza aquel ladrón desconocido y las figuras de sus compañeros de casino, aun las de aquéllos que menos trataba, y la de Montánchez; y después de examinarlas minuciosamente volvía a empezar con la primera de la serie, obligándolas a girar en torno suyo como los caballejos de un tío vivo.

De pronto sus ojos se iluminaron y cuatro palabras que envolvían una duda espantosa surgieron ante él entre dos signos de interrogación.

--¿Y si fuese Montánchez?--preguntó la voz reveladora.

--¿Y si fuese Montánchez?--murmuraron como un eco los labios de Sandoval.

Pero, no, eso era imposible; ya se lo había preguntado antes y rechazó tal pensamiento como absurdo... ¿Y por qué lo rechazó?... Ah, sí, por varias razones que eran de gran peso. Sin embargo, no estaba tranquilo.--¿Y si fuese, y si fuese?...--repetía en sus profundos la voz misteriosa.

--Gabriel--agregó--siempre fué un calavera, un perdido con talento y buena fortuna, pero también un vicioso con el alma manchada de cieno. Un hombre que no cree en el honor, ni en sí mismo, ¿no es capaz de todo?... ¡Horror!... Hacerme él traición... no, no lo creo; yo, tratándose de un amigo íntimo, tampoco sería capaz de cometer villanía semejante... Además, Gabriel me quiere bien, tengo recibidas de su cariño pruebas inconcusas, y aunque sea un pillo es también un valiente que, antes de traicionarme, me diría sus intenciones claramente. ¡Además!... él está muy hastiado de placeres y el cansancio es la moral que más santos ha hecho. Por otra parte, Consuelo le odia con toda su alma... ¡No, cuando digo que eso es imposible!...

Sandoval se pasó la mano por la frente horrorizado de la ofensa que mentalmente infiriera a la honradez y fidelidad del médico, y nuevamente comenzó a girar el fantástico tío vivo de sus amistades.

Pero la figura de Gabriel Montánchez volvió a presentarse una vez y otra con tal insistencia, que llegó a dominarle. Recordó las palabras que había oído a Consuelo en diferentes ocasiones, la inexplicable aversión que sintió siempre hacia su amigo, el malestar que experimentaba en su presencia y la facilidad que Gabriel adquirió para dormirla...

--¡Y si el miserable, abusando de ese poder, hubiera llegado hasta el punto...!

El concepto embozado en aquella frase despertó en él una ira salvaje y, sin saber lo que hacía, dió tal patada en el suelo, que las paredes retemblaron y Consuelo abrió los ojos; mas el ruido se extinguió y sus párpados volvieron a cerrarse con la tranquilidad del caminante que, tras una jornada de muchas leguas, se abandona al sueño sobre un colchón de plumas.

Aquellas primeras cavilaciones arrastraron en pos de sí otras memorias y Sandoval fué acordándose del empeño que mostró Gabriel en curar el histerismo de Consuelo por la sugestión; sus consejos acerca de la conveniencia de conceder a la joven más libertad y permitir que anduviese sola y por donde quisiera, so color de fortalecer su voluntad y acostumbrarla a discurrir por sí misma; su empeño en referir en sus reuniones íntimas del invierno, lances maravillosos que cautivaban la imaginación de Consuelo y le ofrecían como a un personaje novelesco rodeado de esa aureola fantástica que envuelve a los protagonistas de los cuentos orientales; y, sobre todo, recordó un detalle... una frase que entonces creyó insignificante, pero que ahora era para él la expresión indubitable de un pensamiento criminal.

En cierta ocasión, estando Consuelo desmayada, él, subyugado por la hermosura de la joven, le preguntó a Gabriel sin poder dominar su pensamiento:

--¿Es hermosa, verdad?

Y Montánchez repuso:

--¡Oh, es perfecta!...

Sandoval recordó bien los pormenores de aquella escena: su amigo estaba de pie, mirando a la enferma con un arrobamiento que le alejaba del mundo; al oír su pregunta se estremeció, y como quien despierta de un sueño lanzó aquella exclamación; exclamación leal, que le salía de muy hondo, porque Montánchez la dijo con el acento del hombre que, creyendo estar solo, habla consigo mismo. Era, pues, indudable, que en tal momento el médico también admiraba la belleza de Consuelo, y este pensamiento envolvía un deseo, un principio de amor, que pudo ir muy lejos.

Sí, era innegable que Montánchez le había traicionado con el pensamiento, y el que las imagina las hace, no bien la ocasión se presenta; ¡y si aquella ocasión fatal hubiese llegado!...

Sandoval quedó estupefacto ante su descubrimiento, pues ya imaginaba que el criminal estaba descubierto y que sólo faltaba castigarle. Levantóse cautelosamente del sillón y, apartando la sábana y las mantas, examinó nuevamente los brazos de Consuelo a la luz del quinqué: las señales moradas habían disminuído mucho, pero aún se distinguían perfectamente; y tan grande, tan íntima era ya la convicción de Alfonso, que creyó reconocer en ellas las manos y los dedos de Montánchez.

--Sí, es él--exclamó a media voz--; ¿por qué buscar sofismas que le disculpen? Aquí ha ocurrido una escena horrible; en ausencia mía la ha fascinado, arrojándome a la cara un estigma que nadie puede borrar...

El crimen adquiría a los ojos de Sandoval proporciones tan gigantescas, que la magnitud de su venganza no le cabía en la frente. Levantóse desesperado y abrió con estrépito las hojas de la ventana; eran cerca de las siete de la mañana y la rojiza luz del quinqué palideció bajo la claridad diurna. El tiempo era hermoso, por la calle discurrían algunos barrenderos con sus escobas al hombro, en la Puerta del Sol había un grupo de desarrapados junto a un puesto de café.

--Pero necesito una prueba--murmuró Sandoval--, una sola, porque de lo contrario no sabré acusarle... Cuando venga le recibiré secamente, como nunca; a él le sorprenderá mi conducta, y como a los criminales los dedos les parecen agentes de policía, dirá: “Éste ya sabe algo”. Y como es de los templados, se pondrá fosco.--¿Por qué estás así?--Porque eres un canalla, Gabriel.--¿Yo?--Tú, sí; abusaste de Consuelo y voy a arrancarte las entrañas... no lo niegues, ten agallas para confesar tu crimen, cobarde ladrón... Atrévete, tú que has realizado tantas proezas, que has hecho correr a tantos... ven a mí, quiero reñir contigo en un cuarto cerrado, como pelean los hombres de verdad, no los fantoches de novela... Y él se encrespará furioso y se arrojará sobre mí, y entonces... ¡me le como a mordidas, le despedazo!... Le saco los riñones y se los pateo; le trituro, le reduzco los huesos a polvo, me baño en su sangre... ¡Toma, charrán, miserable, villano, bandido, toma!...

Comenzó a dar puntapiés, presa de terrible cólera; los muebles caían al suelo.

--¿Qué habías creído, bellacón--prosiguió--, que yo no era capaz de vengar tamaño agravio?... Toma, en las tripas, ¡pum! en la cabeza... ¡así! ven acá, levántate, ya te dejo, acércate, acércate más... Parece que mi cabeza va a dar un estallido... ¡Qué martilleo, estoy atontado!... ¿Y si fuera inocente, o tan hipócrita que negase a pies juntillas el mal que ha hecho? ¿Cómo la emprendo a bofetadas con quien jura ser mi mejor amigo?... ¿Y si con sus razones consigue calmarme y mientras yo me sosiego el indecente se ríe por dentro de mi credulidad?... ¿Qué hago yo entonces?... Por eso necesito una prueba de esas que se ven y se tocan... que son irrecusables... y con un testigo así ya no dudaré aunque él me aseverase lo contrario de rodillas. Señor, ¿por qué no habla Consuelo, por qué ese espejo no conserva la imagen de lo que aquí sucedió aquella tarde maldita?...

Acercóse a la chimenea y oprimió un timbre; la doncella se presentó.

--Ten--dijo Alfonso entregándola una tarjeta en donde había escrito algunas palabras--, ve corriendo a casa del señor Montánchez y entrégale esto. Vuelve pronto.

Cuando la muchacha llegó al domicilio del médico, éste se disponía a meterse en la cama.

Montánchez cogió la tarjeta y leyó:

“Gabriel: Necesito verte en seguida; ven”.

Montánchez estrujó el cartoncillo entre sus dedos y empezó a pasear por su despacho con la cabeza inclinada sobre el pecho y los brazos echados atrás, sin acordarse de que la mujer que tenía delante esperaba una contestación.

--¿Qué hora es?--preguntó.

--Las siete y media.

--¿De la mañana o de la noche?

--¡De la mañana!--replicó la doncella estupefacta.

Hubo una pausa.

--Bueno; dile a don Alfonso que iré después de la una...

En el transcurso de aquel mes Gabriel Montánchez había tenido tiempo suficiente para examinar su situación y el curso probable de los acontecimientos. Al principio creyó que todo estaba irremisiblemente perdido, pues lo más fácil era que Consuelo, en un momento de locura o de debilidad, se lo dijese todo a Sandoval, y resolvió permanecer alejado del teatro de los sucesos, esperando el desenlace de aquel drama cuyas últimas páginas iban necesariamente a mancharse de sangre; pero cuando vió que todo continuaba tranquilo y que Consuelo Mendoza se moría poco a poco y sin hablar, recobró su aplomo.

Montánchez se había engañado respecto de sí mismo una vez más, pues tomando por verdadera pasión lo que sólo fué un arrebato de su sensualidad, creyó que el amor hacia Consuelo era el mayor cariño de su vida; pero cuando satisfizo aquel deseo, la indiferencia consiguiente a la posesión le demostró que su corazón estaba frío y que la cabeza era demasiado dueña de sí para consentirle nuevas locuras, y lo único que deploró fué haberse expuesto tanto por lo que le interesaba tan de soslayo.

--Si Consuelo muere--pensó Montánchez disponiéndose a dormir--, el conflicto queda resuelto, pues los difuntos no hablan; si vive, procuraré estar a su lado todo el tiempo posible para sujetar su lengua.

A la hora indicada llegó el médico a casa de Sandoval. Éste le recibió en el gabinete; estaba un poco pálido por las cavilaciones y las noches de insomnio.

Gabriel se sentó en una butaca junto a la chimenea.

--¿Y Consuelo?--preguntó.

--Peor que nunca--repuso Alfonso secamente--; ninguno de los médicos que la han reconocido sabe decirme qué tiene; parece hechizada.