La enferma: novela

Part 13

Chapter 133,945 wordsPublic domain

Volvió a estudiar Sandoval las manchas cárdenas de los brazos, y se convenció de que sólo las manos de un hombre robusto pudieron causarlas. Entonces sintió que la sangre afluía a sus sienes y con agitación febril empezó a examinar el cuerpo de Consuelo: necesitaba pruebas que corroborasen el lúgubre pensamiento que crecía por instantes en su cerebro; la reconoció los brazos, el pecho, el vientre, la puso de costado, boca abajo, volteándola en un sentido y en otro, como el tigre que juega con una presa. En la parte anterior interna del muslo derecho vió una manchita negra causada por un golpe o por una fuerte presión, y en el lado posterior de la misma pierna, un arañazo: aquella última señal por sí sola, era inocente, pues Consuelo pudo hacérsela con las uñas, pero unida a las otras constituía una prueba más. Allí había un problema, una incógnita que urgía despejar.

Alfonso Sandoval permanecía de pie, los brazos cruzados, absorto, mirando con insistencia a un ángulo obscuro de la alcoba, como si allí estuviese oculta la clave del misterio. Había en su cabeza tal confusión de pensamientos que no podía meditar en ninguno sin que otros cien vinieran a distraerlo. De pronto tapó a Consuelo que empezaba a tiritar de frío, y apoyó un timbre. La doncella y la cocinera acudieron.

--¿A qué hora--preguntó Alfonso--he salido hoy de aquí?

--Pues... a las dos.

--¿Y vosotras?

--A las tres y media... o poco más.

--¿Había empezado a llover?

--No, señor.

--Cuando os marchasteis, ¿qué hacía la señora?

--La señorita estaba cosiendo aquí, junto a la ventana... aguarde usted, me parece que era una camisa de usted lo que cosía...

--¿Y parecía alegre?

--Sí que lo parecía; “lo cual” que yo la dije que por qué no se echaba a descansar un poquito...

--¿Y después de salir yo, vino alguien?

--No, señor; por lo menos, mientras nosotras estuvimos aquí.

--¿Nadie, nadie?--insistió Sandoval con un acento colérico que hizo temblar a las dos mujeres.

--Le juro a usted que nadie--repuso la doncella--; ya ve usted, ¿qué interés íbamos a tener en negar?...

--¡Basta! podéis acostaros; no ceno esta noche ni estoy para nadie.

Cuando se quedó solo cerró la puerta del aposento con llave y cogiendo el quinqué se puso a escudriñar todos los rincones, buscando las pruebas de aquella espantosa tragedia que creía aspirar en el aire.

Buscó sobre el sofá; debajo de las sillas; junto a la chimenea; sólo halló una horquilla y era un dato tan mezquino, que apenas merecía contarse. Entonces se sentó en una butaca y con los codos sobre las rodillas y la cara entre las manos, abismóse en un mar de cavilaciones inconexas.

Desde allí veía la cabeza de Consuelo iluminada por la luz del quinqué colocado a la cabecera del lecho, sobre la mesilla de noche, y su silueta seductora aumentaba sus dudas y sus celos. Porque Alfonso tenía celos...

--Sí--exclamó a media voz--, aquí ha entrado un hombre, no puedo dudarlo... y ese hombre no vino por mi dinero... sino por ella... Y logró su intento: el miserable consiguió su objeto, porque una pobre mujer enferma como ésta no tiene ni valor, ni energías, ni astucia para defenderse... Pero, no--añadió levantándose--, estoy loco; ¿quién se atrevería a tanto? ¿Quién pudo saber que ella estaba sola? Y, sin embargo, esos cardenales que afean sus brazos no tienen explicación posible; los arañazos y aun la mancha del muslo no encierran gravedad, pero, ¿y las señales de los brazos?...

Sandoval se acercó otra vez a la desmayada como queriendo leer a través de sus párpados cerrados la pureza de su alma, o arrancar a su ensueño alguna confesión, algún nombre, que aclarase sus dudas. Las campanadas de un reloj vecino, a pesar de lo amortiguadas que llegaron a la alcoba, produjeron en la enferma el mismo efecto que todos los ruidos lejanos: Consuelo se estremeció, cual si una corriente de aire frío la hubiese azotado, bostezó profundamente y abrió los ojos. La brillantez de su mirada revelaba que el ataque pasó y que la conciencia readquiría su acostumbrado imperio.

--Consuelo, ¿qué tienes?--fueron las primeras palabras de Alfonso.

La joven le miró y sus hermosos ojos reflejaron un espanto indecible; hizo ademán de arrojarse del lecho para huir, y como él se lo impidiera, se echó en sus brazos dominada por una angustia suprema. Pronto aquel paroxismo doloroso empezó a deshacerse en un abundante raudal de lágrimas y suspiros.

--¡Ay, Dios mío, Dios de mi alma... Alfonso de mi vida, si tú supieras, si tú supieras!

--¿El qué, hermosa; qué te ha sucedido?

Pero ella continuó llorando y sin contestar.

Después el exceso del dolor determinó un nuevo accidente, perdió el conocimiento y su espíritu sepultóse en aquel mundo caótico donde de nada le servía a Alfonso la sonda de su buen juicio para guiarse y llegar a la posesión de la verdad. Luego prorrumpió en gritos y frases cuya misteriosa hilación era inapreciable, pues el cerebro funcionaba como el cilindro de una caja de música al que le faltan muchas púas y, por efecto de esta mutilación, produce acordes incompletos.

Así fueron resbalando las horas; eran las dos de la madrugada, la lluvia y el viento habían cesado y en el silencio sólo resonaban las tenues pisadas de los trasnochadores; el ruido de sus pasos se acercaba, se les sentía pasar bajo los balcones y luego aquel rumoreo sordo decrecía lentamente, hasta extinguirse con la sombra del transeúnte; y entretanto, resonaban en la quietud de la casa los gritos de Consuelo; gritos estridentes, espantosos, que erizaban el vello de la piel.

El éter y el agua de azahar fueron impotentes para contrarrestar los efectos del ataque, y la crisis duró hasta el amanecer. Entonces la enferma, dominada por la fatiga, cayó en un sopor profundo que fué relajando sus tendones y quitando a los músculos energía: quedó tendida sobre el lado derecho, la boca entreabierta, las mejillas demacradas, los brazos sobre el embozo, la cabeza caída hacia atrás, sin fuerzas ni aun para cerrar las manos...

Sandoval, que se había sentado junto a la cama, siguió largo rato sumido en sus tenebrosas meditaciones: estaba frente al misterio y no podía resignarse a no resolverlo.

El quinqué, falto de petróleo, se apagó y Alfonso quedó a obscuras, el ceño fruncido, persiguiendo entre las sombras el semblante de aquel hombre que desde hacía algunas horas procuraba inútilmente reconocer: parecía Harpócrates velando la cuna de un niño. Pero el fresquecillo de la mañana y el cansancio de aquella terrible noche rindieron su voluntad, y acabó quedándose adormilado, la frente apoyada sobre el lecho.

VIII

Estos violentos ataques de histerismo determinaron nuevos desarreglos en la salud de Consuelo. La desdichada, presa de fuerte calentura, pasaba las noches y casi todas las horas del día delirando o sumida en un sopor del que despertaba temblando de miedo.

En los tres días consecutivos al primer ataque, el mal adquirió ventajas decisivas; los desvanecimientos eran tan prolongados, los delirios tan intensos, había tal confusión en las ideas de la paciente y tal expresión de insensibilidad en su mirada, que Alfonso llegó a temer que Consuelo perdiese la razón.

Alarmado por este pensamiento, encargó a las criadas el cuidado de la joven y corrió a casa de Montánchez.

El médico estaba en su despacho escribiendo, cuando Sandoval llegó.

Alfonso refirió abreviadamente el objeto de su visita.

--¡Diablo!--exclamó Gabriel soltando la pluma--, ¿qué advertiste en ella para alarmarte de ese modo?

--No acierto a decirlo concretamente--repuso Sandoval, a quien un íntimo sentimiento de pudor contenía--; pero desde anteayer está desconocida. Parece que la última tormenta le causó efectos horribles; el ruido de los truenos o la electricidad de la atmósfera rompieron algún resorte capital de su cerebro y la máquina está desorganizada: quiero que la veas, que la examines bien, pero con interés, con verdadera pasión, como si fuera cosa tuya. Me mata la inquietud; necesito conocer el estado de Consuelo, pero pronto, aunque tu diagnóstico me sea fatal... soy de los hombres que prefieren luchar con los obstáculos frente a frente, por grandes que sean, a caminar entre sombras...

--Pues no puedo complacerte.

--¿Cómo?

--Porque no debo ir a tu casa.

--Y ¿por qué?

--Mi presencia perjudicaría a Consuelo; ¿no sabes que me detesta?

Alfonso miró a su amigo de un modo extraño.

--¡Y eso qué importa!... otras veces no te has preocupado de ello: tú vas, la examinas, me prescribes lo que debo hacer y asunto terminado.

--No puedo--repuso Gabriel con entereza--, y no achaques esta negativa a terquedad mía; no puedo, no debo ir, ¿entiendes?...

--¿Me obligas, pues, a buscar otro médico?

--Sí, es preferible; otro cualquiera podrá dirigir a Consuelo con más facilidad que yo, pues no tendrá que habérselas con la antipatía que ella siente por mí. ¿Y delira?

--Constantemente; es una verbosidad inagotable.

Un ligero estremecimiento contrajo las facciones de Montánchez; sus mejillas palidecieron.

--¿Cuál es ahora su tema favorito?

Alfonso repuso, temiendo que el médico descubriera su secreto:

--Ninguno, o mejor dicho, lo ignoro, porque habla con dificultad suma y apenas la entiendo.

Con esto se fué Sandoval y Montánchez se quedó examinando su situación y los acontecimientos que se precipitaban unos en pos de otros como los eslabones de una cadena; estaba indeciso, fluctuando entre la idea de esperar en su casa el trágico desenlace de aquel enredo, o luchar sobre el campo empleando toda su audacia y todo su ingenio en ocultar su crimen: al fin resolvió dejar transcurrir algunos días.

Por su parte, Alfonso no sabía qué hacer: el consejo de llamar a otro médico y de inmiscuirle en sus secretos de alcoba le repugnaba, y consecuente con el procedimiento favorito de los irresolutos, prefirió quedarse en expectativa aguardando la llegada de algo que resolviese aquella situación anómala.

Entretanto el espíritu de Consuelo experimentaba una revolución radical; durante los primeros días la joven estuvo sepultada en un marasmo preñado de siluetas de las que apenas se acordaba. La escena con Gabriel Montánchez fué tan fuerte y concurrieron en ella tantas circunstancias contrarias, que su razón cayó anonadada, cual si hubiese recibido el choque de un rayo en la frente.

Pasado aquel momento en que su miedo y su amor propio la incitaron a defenderse briosamente de su violador, su alma quedó sumida en un mundo inconsciente, tenebroso, velado de sombras; era un vacío inmenso, sin luz ni ruidos, sin sensaciones, poblado de fantasmas negros.

En aquel estado presentía débilmente la existencia del mundo real donde hasta entonces había vivido, pero sus ecos eran tan tenues que no bastaban a sacarla de su letargo: los percibía, sí, pero entre sueños, vagamente, sin que su razón coordinase aquellas impresiones lejanas; era una somnolencia extraña, semejante a un éxtasis, con la diferencia de que el suyo era un éxtasis pasivo, sin alucinaciones visuales ni voces proféticas, como si su alma durmiese con un sueño tan profundo que el cuerpo, a pesar, de las vibraciones de sus nervios, no tuviera fuerzas para despertarla.

A ratos aquel mundo sombrío se iluminaba con destellos fugitivos de razón, y Consuelo entonces readquiría por breves momentos la conciencia y el dominio de sí misma; pero la realidad era tan cruel que no tenía valor para mirarla frente a frente, y tornaba a desvanecerse.

En aquella situación Consuelo se manifestaba exteriormente de dos maneras distintas. Unas veces, particularmente de noche, caía en un estado de idiotez y desmadejamiento completos, y otras su excitación nerviosa era tan grande, que se convulsionaba, lanzando gritos y retorciéndose los brazos como una endemoniada.

Cuando la hiperestesia de aquel primer período fué decreciendo, la enferma presentó una nueva fase: iba recobrando la conciencia de un modo lento, por grados casi insensibles, mientras sus facultades volvían poco a poco al mundo de la luz y de la realidad.

Entonces, y sin procurarlo, se examinó, y advirtióse tan cambiada, tan diferente de sí misma, que tardó mucho en reconocerse, como el borracho a quien aplican un frasco de amoníaco a las narices y vuelve en sí, que hallándose aún medio adormilado por los vapores del alcohol se palpa y duda, a despecho de lo que sus sentidos le dicen, de si aquél es su cuerpo y aquéllas sus manos. Así Consuelo se sentía desfallecida, aplanada por un supremo cansancio moral.

Luego esta impresión indefinible y mortificante se precisó más, trocándose en una tristeza muy grande, muda, taciturna, que no se traducía en lágrimas ni en quejidos; algo así como un remordimiento. Cuando Sandoval procuraba distraerla con sus burletas y sus cuentos, la pobre enfermita permanecía silenciosa, sin comprender bien a su marido.

Éste hablaba de teatros, del viaje que emprenderían en cuanto ella se restableciese un poco, y de las mil preciosas chucherías que pensaba comprarle en los bazares de París: y como ella moviese la cabeza en señal de duda:

--Sí, niña--se apresuraba a decir Alfonso--, lo que tú tienes es una debilidad que desaparecerá no bien aspires los aires del campo; te he examinado y sé que tus órganos están intactos: el corazón y la cabeza, que son los dos centros motores más importantes, funcionan perfectamente, y cuando logres sobreponerte a ese decaimiento que dejó en ti la fiebre, te quedarás mejor que al principio de la enfermedad. ¡Ya verás--proseguía dominando el sombrío curso de sus pensamientos para distraer a la joven y apartarla de los suyos--, en cuanto lleguemos a unos de esos villorrios que blanquean entre las peñas del mar, vamos a ponernos desconocidos; tú más gorda que una sultana favorita, y yo más negro que un moro; porque en eso consiste la mitad de la diversión; en volver bien bronceados por el sol y los aires costeros. Por las mañanas nos levantaremos temprano y en casa de cualquier vaquero vecino ordenaremos nos sirvan dos vasos muy grandes de leche: luego me terciaré una escopeta al hombro y nos iremos al bosque a cazar, cogidos de la mano como dos chicos. Tú llevarás el morral y serás la encargada de coger los pajaritos muertos, o las liebres, que de todo hay en el campo, y tan bien puedo andar de puntería que acaso mate algo; y si quisieras acostumbrarte a los tiros, yo me echaría el fusil a la cara, tú apretarías el gatillo, y así los estragos que causásemos los llevaríamos a medias sobre la conciencia. Cuando el calor apretase mucho nos refugiaríamos al pie de los árboles frondosos, hechos dos filósofos peripatéticos de aquéllos que antiguamente se sentaban, con un libro en las rodillas a arrancarle secretos a la ciencia, al pie de un alcornoque o de un ciruelo. Yo me acostaría tripa arriba, con la cabeza sobre el morral o sobre un canto, y me metería unos taponcillos de hilas en los oídos, para impedir que las hormigas, compañeras inseparables de los que comen en el campo, cayesen en la tentación de amenizarnos la siesta tocándome las trompas de Eustaquio; tú, como eres más delicadita, te acostarías con la cabeza apoyada en mi pecho, y así nos quedaríamos haciendo con nuestros cuerpos la señal de la cruz para ahuyentar al diablo que podía andar por allí y tener la tentación de cargar la carabina para darnos luego un susto. Aunque mejor sería no asustarle para que nos espantase las moscas con el rabo... ¿Qué te parece?

Consuelo casi nunca respondía; cuando más articulaba un monosílabo o hacía un gesto; esto era todo: su atención era tan débil que cuando su marido acababa de hablar no recordaba lo que había dicho, y tanto se acentuó su pasividad intelectual, que Alfonso se convenció de que su mujer había sufrido un golpe que iba privándola de razón y convirtiéndola en una idiota.

No obstante, las ideas de Consuelo fueron precisándose, y comprendía mejor las diferencias de tiempo y de espacio; y la distancia que separaba al ayer del presente, y al hoy del mañana.

Sabía que estaba enferma, y que lo estuvo mucho más, y que sufrió fiebres y delirios espantosos, porque su marido y las criadas se lo dijeron; pero esto no era todo.

Había en su historia de la anterior semana un punto obscuro del cual no recordaba por más empeño que ponía en ello; contraía las cejas, se golpeaba la frente llamando al recuerdo fugitivo y nada, su memoria no conseguía despejar las sombras; y, sin embargo, Consuelo presentía que aquel punto obscuro encerraba un secreto de donde provenía el origen de su enfermedad y de su tristeza.

Cuando su mejoría se acentuó un poco más y pudo hablar, interrogó a su marido acerca de aquella incógnita que tanto la preocupaba; Alfonso, temiendo provocar alguna nueva crisis, rehuía la conversación, aplazando la ocasión de hablar.

--¿Desde cuándo estoy mala?--preguntaba la joven.

--Desde la semana anterior.

--¿Qué día de la semana?

--El viernes.

--¡El viernes!--repetía ella que revelaba por las contracciones de su semblante sus esfuerzos mentales--, no sé qué hice ese día ni a qué hora me acosté, ¿fuimos al teatro aquella noche?

--No.

--Y por la tarde, ¿qué hicimos?

--Lo de costumbre; yo me marché al casino y tú te quedaste cosiendo; ¿no recuerdas que al día siguiente debíamos irnos de viaje?...

--¿Qué viaje?

--¡Por Europa, chiquilla!... Pues apenas si tenías entonces ganas de ver mundo...

--Por Europa... Europa... ¡Es raro! No establezco bien la conexión que hay entre los objetos y las palabras... En cuanto me separo un poquitín de lo visible, mi cerebro empieza a dar vueltas y todas mis ideas desaparecen en una nube de humo... Europa... Tengo de ello una noción que no concreto bien.

--¿Y del viaje?...

--¡Psch!... eso del viaje me parece un sueño, un proyecto que tuvimos hace mucho tiempo.

--Pues no es un sueño, querida mía, porque ahí está nuestro equipaje.

Consuelo no sabía qué responder; sus pensamientos perdían su hilación al llegar a aquel lugar obscuro que dividía su existencia en dos mitades, y todos sus esfuerzos imaginativos para pasar de allí eran inútiles.

Los días se sucedían sin que en la salud de la enferma se iniciase ningún progreso notable: su sueño siempre intranquilo, interrumpido por pesadillas que a cada momento la despertaban, y los días los pasaba inmóvil, mirando un objeto cualquiera con la fijeza de un hipnotizado; por las tardes era preciso arroparla mucho porque la fiebre la hacía tiritar; en cuanto comía empezaba a quejarse del corazón y se mantenía con ponches y tazas de caldo que Alfonso cuidaba de administrarla de hora en hora.

Conforme su organismo iba reconstituyéndose con los buenos alimentos y el descanso, sus ideas se fortalecían y el campo de los recuerdos se agrandaba.

Cierta tarde Consuelo mostróse algo más comunicativa que de ordinario, y hasta se extralimitó a pedir unas rodajitas de pan frito para acompañar el chocolate. Sandoval, maravillado de tan evidente mejoría, procuró animarla a levantarse un ratito, mas ella dijo que la dejasen tranquila pues quería dormir. Pero, mientras su cuerpo permaneció indolentemente inclinado como si realmente disfrutase de un sueño reparador, el espíritu continuaba trabajando, inquiriendo, analizando, zurciendo ideas, evocando impresiones y desmenuzando recuerdos allá en las microscópicas retortas de su invisible laboratorio. Ello fué que la conciencia avanzó un poco más que otras veces, logrando asir un concepto que hasta entonces anduvo huído; aquél trajo otro y éste otro, que a su vez arrastró tras sí algunos más, pues los recuerdos son como las cerezas, y la luz, la terrible luz tanto tiempo buscada, brotó al fin.

Por primera vez vió Consuelo iluminarse aquel punto tan negro hasta entonces; su conversación con Montánchez, la tempestad, la lucha, la caída... todo desfiló ante sus ojos como las figuras de una terrible linterna mágica.

La impresión causada por este doloroso recuerdo fué tan viva, que la joven dió un salto sobre la cama exhalando un grito angustioso.

Sandoval se levantó precipitadamente.

--¡Consuelo, Consuelo!...

Pero la infeliz ya no le oía.

Cuando, pasado aquel ataque que duró varias horas, recobró Consuelo la conciencia de sí misma, su tristeza hasta entonces muda y sin nombre, sacudió la embotada sensibilidad de sus nervios deshaciéndose en torrentes de lágrimas.

¡Al fin lo recordaba “todo”, estremeciéndose ante el secreto encerrado en aquella palabra!...

Como por arte mágico desfilaron por su imaginación los recuerdos de aquellos dos últimos años y la historia de la insensata pasión de Gabriel: la noche en que Sandoval le presentó a su amigo, la desagradable emoción que experimentó al sondear con una mirada el semblante del médico, las circunstancias innúmeras que más tarde concurrieron a aumentar el antagonismo que involuntariamente sentía por él, la repugnancia a someterse a sus planes curativos, sus ensueños que parecían profetizar lo que luego sucedió, sus congojas cuando estaba junto a aquel hombre misterioso que, a despecho de su amabilidad, la infundía miedo; los perversos planes ideados por Montánchez para alejarla de su marido y disminuir la bienhechora influencia de Sandoval; y, finalmente, sus proyectos de viaje o, más bien, de fuga, único medio de evitar las fatales consecuencias del amor que bien a pesar suyo había encendido.

La pasión creció poco a poco en Gabriel hasta dominarle por completo; era un fuego tardío que volvía a caldear las cenizas aún tibias que le dejaron otros amores, pero que por lo mismo de ser el postrero brotaba con ardor y pujanza juveniles; que así como los crepúsculos matutino y vespertino se parecen, de igual modo las pasiones que marcan la primavera y el otoño del corazón se asemejan también.

Consuelo adivinó la tempestad que en aquella alma iba formándose, la sintió crecer y rugir, y tembló por ella y por Sandoval. Cohibida por las circunstancias, sin energía para tomar una resolución decisiva y temiendo provocar un conflicto grave entre Montánchez y Alfonso, cuyo genio arrebatado no necesitaba excitaciones para desbocarse, prefirió esperar creyendo que manifestando repugnancia hacia el médico conseguiría separar a Alfonso de su amigo y disuadir a éste de su amor. Pero la enfermedad era muy grande y un remedio tan débil no dió resultado.

Gabriel no se preocupó de aquel odio de paloma, seguro de conquistar tarde o temprano los favores que Consuelo no quisiera otorgarle de buena voluntad, y Alfonso se rió de las antipatías de su mujer como de un capricho infantil. ¡La pobre no consideró que estando enferma nadie tomaría en serio sus deseos, y la tratarían como a una loca mansa y bonita a la que era necesario dispensar todo!

Quiso protestar y no pudo; le faltaban palabras, conceptos propios y una voluntad enérgica que la sostuviese; si alguna vez procuró hablar con su marido de aquel asunto, Alfonso la embromaba llamándola monigote mimado, la besaba, la daba azotitos, la hacía cosquillas... y ella entonces también reía y olvidaba sus negros presentimientos: así fueron sucediéndose los meses a los días, y cuando Consuelo, quebrantando su letargo, comprendió que era preciso huir, el Destino torció un instante la buena marcha de las cosas, despeñándola al abismo cuando iba tocando con sus manos las puertas de la salvación.

El recuerdo de aquella caída obscura y sin placer, la causaba infinita angustia. ¡Ay!... nadie lo sabía, a nadie se lo dijo, el horrible misterio moriría con ella, pero adivinaba que ya no era la misma, que la Consuelo de ahora era semejante pero no idéntica a la Consuelo de antes, y que sobre su cuerpo, hasta entonces tan fiel, había caído una mancha imborrable, que Alfonso no la perdonaría nunca. Recordaba las conversaciones de su marido acerca de la fidelidad conyugal, la idea elevadisísima que tenía éste formada de la mujer, y lo que dijo una noche en que, siendo novios aún, ella le reprochó llorando sus relaciones con una cantante de zarzuela.