La enferma: novela

Part 12

Chapter 123,947 wordsPublic domain

--¿Vino usted en coche?--preguntó ella por decir algo.

--Sí, señora... He visto salir a Sandoval y a las criadas, sabía que tardarían en volver y que estaba usted sola... por eso he subido...

A pesar de su aplomo, el médico estaba un poco inquieto.

--¿Cuándo es el viaje?--agregó.

--Mañana.

--¿Y de quién partió esa idea sorprendente de ir a correr mundo?

--De mí--repuso Consuelo mirando a su interlocutor audazmente.

--¡De usted, ya lo sabía!... Porque eso más parece una fuga que un viaje.

La joven sintió que su valor declinaba y bajó los ojos.

--Sí--continuó Montánchez--, es una fuga; usted sale de Madrid huyendo de una persona que, sin querer, la mortifica mucho y a quien odia usted con toda el alma, ¿no es cierto?

Consuelo no respondió.

--En estas cuestiones no me engaño nunca: ¿qué más? sé el nombre del ser odiado... ¡soy yo!... No haga usted signos negativos que no me convencerán: usted me odia, me detesta, me aborrece con un sentimiento inextinguible de repulsión, y eso, si el testimonio de mis sentidos no bastase a revelármelo, lo sé por Sandoval, por usted misma... Desconozco el origen de esa repugnancia, quizá usted la ignore como yo, mas no por ello es menos cierta. También usted produjo una revolución en mí, pero de bien distinto carácter: usted me atraía, a su lado me encontraba bien, y al poco tiempo mi amistad hacia usted era más grande y más firme que la que profesaba a Alfonso, con ser ésta muy antigua.

--Pero, caballero--interrumpió Consuelo--, ¿a qué viene usted aquí?... ¿A acusarme?

--No, señora.

--Entonces... ¿a qué?

--A decir que la amo, que la quiero con toda mi alma--repuso Gabriel aplomadamente.

--¿A mí?...--exclamó Consuelo poniéndose de pie--; ¿pero usted sabe lo que dice?

--Sí, señora, porque lo siento aquí dentro, en este pobre corazón que se me rompe.

--¡Ay, por la Virgen del Carmen!--gritó Consuelo llorando--, váyase usted... sí, yo le odio y le temo al mismo tiempo, por eso huyo de Madrid... acertó usted; quiero hallarme lejos, muy lejos, donde no pueda usted hacerme daño...

--Consuelo--dijo Gabriel--, siento asustarla hablándola así, pero el tiempo apremia y no quiero separarme de usted sin confesar toda mi pasión. Hace algunos meses yo la hubiese podido querer a usted castamente, como a una amiga; más todavía: como a una hermana... Pero después este cariño estalló como un volcán y hoy me devora el pecho; ya no tengo paciencia ni fuerzas para contenerme, ni para resignarme a soportar un día y otro los furiosos embates de esta borrachera amorosa que no da treguas y va abrasándome las entrañas. No, mentira, yo nunca he sido amigo suyo, porque aquel sentimiento amistoso duró un instante y el amor lo substituyó en seguida; yo no puedo cortejarla a usted lentamente, porque ni mi edad ni mi temperamento lo consienten, y sé cuán ridículo es el hombre que mendiga lo que por su esfuerzo puede obtener. Eso es vulgar, y yo, señora, seré un malvado, un criminal... lo que usted quiera; nunca una vulgaridad.

La ventana de una de las habitaciones interiores, impulsada por el viento, se cerró con estrépito, saltando en pedazos sus cristales, y la lívida luz de un relámpago bañó el gabinete con su lívido y fugitivo reflejo.

Consuelo lanzó un grito de terror y se persignó; y cuando, pasados algunos segundos, resonó la lejana voz campanuda del trueno, que gruñía como un mastín malhumorado, la joven se encogió en el diván sollozando, tapándose los oídos.

--¡Por Dios, Gabriel, por el recuerdo de la mujer que más haya querido!--exclamó suplicante--, váyase usted, se lo ruego... siento que las fuerzas me faltan, que mi vista se nubla... voy a ponerme mala.

--Sí, me iré--repuso el médico con apasionamiento--, y para conseguirlo no necesita usted implorar la intercesión de un Dios, en quien no creo, ni tampoco la de ninguna mujer querida, pues mi primera pasión está muerta y enterrada, y la única que luego reverdeció mi corazón es la que ahora siento por usted. Por eso me iré, por complacerla, pero antes quiero que sepa usted todo lo que siento, todo lo que sufro... hoy aún es tiempo; mañana ya sería tarde... Consuelo--prosiguió Montánchez, cogiendo una de las manos de la joven, que estaba inmóvil y helada--, repare usted en lo grande que será mi pasión cuando obliga a un hombre, tan altivo y bien curado de calenturas amorosas como yo, a dar este paso. Yo, desengañado del mundo, renuncié a él; cansado de una vida en que sólo pesares y miserias coseché, me escondí en mi estudio resuelto a morir lejos de aquella sociedad que mi juventud amó tanto; usted, mejor que nadie, sabe cómo vivo... y vivía feliz, porque vivía tranquilo, con esa felicidad helada de los que no sienten; y tan dichoso era en mi nuevo estado y tal miedo me inspiraban los combates del mundo, que ni la virtud de Penélope ni la hermosura de Safo, me hubiesen hecho renacer a mi pasada vida aventurera. Usted, sin embargo, tuvo habilidad para transformarme antes de que yo mismo preveyera lo que iba a ocurrir... Ahora la deseo a usted con frenesí, con un arrebato que da vértigos, con la ceguedad que deben de poner en sus pasiones los salvajes o los dementes. Mucho quiero a Sandoval, pero antes que su felicidad está la mía; y como mi dicha es usted y usted es también la suya, estoy dispuesto a disputársela palmo a palmo, cara a cara, riñendo noblemente...

--¡Oh, no!--interrumpió Consuelo--, usted no hará nada en contra de mi marido... entonces le odiaría más y hasta sería capaz de asesinarle.

--No sé aún qué haré--repuso Montánchez levantándose--, pero confieso que algunas veces me ciega una nube de sangre... La noche en que fué usted al baile de la Zarzuela, yo era la máscara disfrazada de astrólogo que la obligó a bailar... ¡Estaba usted tan hermosa... miraba usted a Sandoval con tanto cariño, resultaba tan horrible mi soledad comparada con su alegría!... que enloquecí de celos y tentado anduve de reñir con él para desafiarle y matarle después.

--Es usted un miserable--gritó la joven con violencia y acercándose al balcón--; váyase usted, salga usted de aquí, porque si Alfonso viene y le encuentra se lo cuento todo.

--No me importa.

--¡Váyase usted!

--No puedo.

--Pediré socorro.

--No podrá usted; tengo yo más fuerza y se lo impediré.

--Me da usted miedo--murmuró Consuelo levantándose--; parece usted un demonio.

--¡Y lo soy!--gritó impetuosamente Montánchez atrayéndola hacia sí--; soy un ángel rebelde que sólo tiembla ante sus propias pasiones; no me preocupa la muerte, pues cien veces luché cuerpo a cuerpo con ella sin inmutarme; ni el mundo, porque le desprecio profundamente; ni temo a los hombres, porque al más fuerte de ellos estoy cierto de aplastarle bajo mis pies... Lo único que me seduce es usted, por quien vivo...

Un segundo relámpago, seguido inmediatamente de un trueno horrísono, iluminó la habitación; su luz cárdena resbaló sobre los muebles.

La luz fué tan vivísima que Consuelo cayó temblando sobre el sofá.

El médico la cogió las manos: en aquel momento estaba muy lejos de representar una comedia.

--Consuelo--dijo modificando el tratamiento para imprimir mayor dulzura a sus palabras--, no te aflijas ni asustes de ese modo, porque estando a mi lado nada debes temer. No vengo a proponerte un adulterio vulgar que repugnaría a tu virtud y que a mí también me sería odioso, mas no por eso renuncio a la esperanza de obtenerte. Yo te robaría de aquí, iríamos a vivir a otro país donde nadie nos conociese y en que no tuvieras que avergonzarte de nada, y allí disfrutaríamos de esta pasión gigante que me consume y de la que no tardarías en participar... Yo quise atraerte poco a poco y disminuir la influencia que Alfonso tiene sobre ti, pero el odio que te inspiro y las circunstancias inutilizaron mis planes; ahora te quiero más, mucho más que antes... y la misma violencia de mi amor, aniquila mi paciencia y no me deja suplicar... Consuelo, cariño de mi alma, esperanza mía, quiéreme... te lo pido de rodillas como esclavo sumiso, te lo mando, si es necesario, como un rey absoluto... pero calma mi sed y pon remedio a mis dolores...

Ella, que había permanecido indiferente, con la cabeza caída sobre el pecho, se irguió altanera.

--¡Gabriel, váyase usted!--gritó iracunda, desasiéndose del médico que la retenía por las muñecas.

--Consuelo--repuso Montánchez levantándose y sonriendo fríamente--, yo estoy loco y a los locos no se les razona; se les pega; de lo contrario el loquero está perdido.

--¿Y qué quiere usted decir con esto?

--Que, con palabras, nada consigues de mí.

--¡Ay sí... es verdad, es usted demasiado cruel para enternecerse!

--A ser cruel me enseñó el mundo; ¿no lo eres tú también conmigo?

--Pues me defenderé cuanto pueda; pediré socorro.

--Tampoco conseguirás nada; yo soy el más fuerte.

Montánchez miró su reloj, vió que aún podía disponer de una hora y procuró conquistar mañosamente lo que, por la violencia de sus manos y el imperio de su voluntad, hubiera obtenido al momento.

--Consuelo--repitió acercándose al mirador en que la joven se había refugiado--, acércate, aquí dentro no estarás tan expuesta al flúido eléctrico de la tempestad.

--No, no, antes me muero--repuso ella mirándole con ojos de loca--, prefiero sucumbir abrasada por un rayo a estar junto a usted.

Entonces Montánchez sintió que su calma y su prudencia se agotaban y que las oleadas de ira le invadían el corazón.

--Pero, insensata--rugió asiendo fuertemente a la joven por el talle y atrayéndola hacia sí--, ¿no ves que tu resistencia es inútil y que si ya no apelé a la fuerza es porque te quiero demasiado para lastimarte antes de agotar todos mis recursos y toda mi paciencia?

--¡Piedad!...

--Tú eres mía, mía en cuanto yo quiera... Estás sola, indefensa, entregada a mi pasión... ¿No comprendes que eres mi esclava porque mis ojos te fascinan y no resistes mi mirada?...

--Déjeme usted, suélteme--murmuró la joven pugnando por desasirse.

--No, eso nunca, mañana te vas y el Destino te habrá separado de mí para siempre.

--Va usted a perderme, a envilecerme...

--¿Qué importa? Aquí tiene que haber una víctima... y esa víctima serás tú, pues si yo llevase mi abnegación al extremo de inmolarme por ti, mi sacrificio sería una de esas heroicidades anónimas que nadie agradece y que pronto se olvidan. Tú o yo, es el dilema; pero como me disputas la felicidad me incitas a seguir tu ejemplo, y el triunfo, por tanto, será del que más pueda; ven...

--Piedad, Gabriel, piedad para mí...

--Y de mí, ¿quién tendrá piedad?

--Dios, que lo ve todo.

--No creo en su justicia.

--Por Alfonso, Gabriel.

--Tampoco. Alfonso, en mi caso, sería traidor como yo.

--¡Ay!... ¿Cómo es usted tan insensible?

--¿No lo sabes?--repuso el médico devorándola con los ojos--; porque eres muy hermosa y tu cuerpo es de ésos que los hombres no perdonan. Ven...

Consuelo echó a correr y, pasando por detrás de los sillones colocados delante de la chimenea, se refugió en la alcoba.

Montánchez la siguió.

La tempestad había acortado la duración del crepúsculo, y las sombras nocturnas aumentaban el pavoroso rumor de la lluvia contra los cristales.

--Salga usted de aquí--exclamó Consuelo imperiosamente--; éste es el dormitorio de una mujer honrada en el cual ningún hombre, que no sea su marido, puede entrar; salga usted, repito: fuera, lo que usted quiera; aquí, nada.

Su voz vibraba bajo el influjo de sus nervios crispados.

--Consuelo--repuso el médico, calculando que la cama era demasiado ancha para salvarla de un salto y que la joven se disponía a correr sirviéndose de ella como de un burladero--, acércate.

--¡Salga usted de aquí!--contestó ella.

Montánchez quiso atajarla por un lado, pero comprendió que si se separaba de la puerta su víctima encontraría el paso libre para huir.

--Váyase usted--repitió la joven--, es muy tarde y Alfonso puede llegar.

--Vengo dispuesto a todo y le mataré; pero, antes, acércate.

--Nunca.

--¡Acércate!

--No, no.

--¡Consuelo--gritó Gabriel clavando en la joven su poderosa mirada--, ven aquí!

El flúido magnético empezó a obrar.

--¿No oyes?

Ella lanzó un alarido desgarrador y se tapó la cara con las manos para substraerse al poder de aquellos ojos devoradores.

--¡Ven aquí!--repitió Montánchez--, ¡ven aquí; yo te lo mando!

Después, adivinando que la infeliz, falta de voluntad, no podría moverse, se acercó a ella a pasos lentos y mirándola siempre.

En aquel momento la angustia de Consuelo fué infinita: sabía que su verdugo la sugestionaba desde lejos, que su pobre albedrío era esclavo del suyo y que estaba perdida; Gabriel la envolvía con una red invisible que paralizaba todos sus movimientos y hasta del uso de la palabra la privaba; le vió acercarse y su piernas rígidas se negaron a andar; y cuando sintió la vigorosa mano de Montánchez posarse sobre su hombro fué tan grande la atonía que instantáneamente invadió sus miembros, que hubo de apoyarse sobre el pecho del médico para no caer.

Mas aquel desmayo duró segundos, y otra vez su dignidad ofendida protestó contra las vergonzosas debilidades de los nervios.

--¡Piedad, piedad para mí!--murmuró.

Y con un esfuerzo se zafó de Montánchez y corrió al gabinete: allí se detuvo junto a la ventana, pálida, los cabellos en desorden, la respiración anhelante, perdido el color, mirando a todas partes con una siniestra expresión de idiota asustada.

Pero Gabriel Montánchez, que corría tras ella borracho de lujuria, la asió brutalmente y la arrojó sobre el sofá.

Entonces se trabó entre ambos una lucha desesperada en que la joven, no pudiendo desembarazarse de aquellas manos que la oprimían como dos anillos de hierro, se revolcaba desesperadamente, retorciéndose como un trozo de pergamino sobre el fuego.

--¡No quiero, no quiero!...--repetía.

Mientras, el médico, a quien su pasión fatigaba más que los esfuerzos que hacía para sujetar a su presa, alentaba penosamente como un caballo cargado después de subir una larga cuesta. Luego apoyó una rodilla sobre una de las piernas de la joven, inclinóse hacia adelante y sus labios se acercaron.

La viva luz de un relámpago iluminó el cuadro con resplandores de incendio, y ella lanzó un grito estridente: acababa de ver al médico junto a sí, devorándola con sus ojos inyectados, y sentido su aliento mezclarse al suyo y el primer beso, beso frenético que debió de hacerla sangre en las encías. Aquella era la realización de sus horribles pesadillas de calenturienta; por fin estaba a punto de consumarse el crimen que tanto temió; aquél era el hombre siniestro, encarnación viva de todos los fantasmas que en otras épocas la persiguieron; era el mismo semblante afeitado, pálido y frío, del fatídico monigote vestido de bayeta verde...

Hizo otro esfuerzo supremo para librarse, pero no lo consiguió: no podía respirar ni defenderse; tenía una pierna colgando fuera del sofá y la otra rígida, inmóvil, bajo una rodilla de Gabriel que, ebrio de pasión, la sofocaba besándola los ojos, la boca, detrás de las orejas; ella sentía repugnancia y desmadejamiento invencibles y unas manos que la acariciaban bajo las faldas, causándola un sentimiento de asco que helaba su corazón. Después resonó un trueno, y Consuelo, como si acabase de recibir una descarga eléctrica, dió un bote tan violento que Montánchez perdió el equilibrio y los dos cayeron al suelo. Pero la víctima, privada de conocimiento, ya no se defendía y únicamente se agitaba presa de una crisis nerviosa que la hacía prorrumpir en exclamaciones y frases incoherentes, en tanto Montánchez la mordía, estrujándola entre sus brazos...

Luego se levantó, colocando a Consuelo sobre el sofá, a su lado: también a él le faltaban fuerzas para respirar y lanzó un suspiro profundo, aspirando con regocijo el aire de aquella habitación, tan pura hasta entonces, y que ya parecía oler a adulterio y a cuerpo de mujer gozada: sentía en sus profundos un pequeño escozor, algo así como un remordimiento, por haber vencido a una infeliz desmayada, y al mismo tiempo un sentimiento de orgullo satisfecho que le esponjaba.

Y como Consuelo siguiera gritando y retorciéndose bajo el influjo del ataque histérico que sufría:

--Calla, pobrecita--dijo sujetándola las manos para evitar que se lastimase--, soy malo, es cierto, soy criminal... pero este crimen no quedará así, pues pienso unir para siempre mi vida a la tuya... y con el tiempo conquistaré tu cariño y serás mía en cuerpo y alma...

Las luces de los faroles de la calle iluminaban el cuarto con claridad incierta.

Entonces fué cuando Montánchez reparó en el gran espejo puesto sobre la chimenea, y en que sobre su luna, débilmente alumbrada y preñada de sombras se percibía la cabeza de un hombre; aquella cabeza era la suya. Levantóse lleno de curiosidad para examinarse mejor; hacía más de tres años que no se veía y la súbita aparición de su imagen le cautivó. Era el mismo de siempre, con aquélla su hermosura varonil de atleta romano; comparóse mentalmente a su último retrato y vió que no había cambiado notablemente; quizá su frente fuese algo más espaciosa que antes, y las arrugas de su entrecejo, largas horas contraído por la meditación, se hubiesen acentuado; pero la nariz, los ojos, la expresión de la mirada, todo seguía igual, como insensible a los años, a las vigilias y a los sufrimientos.

Montánchez permaneció algunos minutos delante del espejo, inmóvil y preocupado, pensando en la misteriosa relación que tal vez mediase entre su última hazaña y la súbita aparición de su imagen que volvía a ponerse delante de sus ojos, mostrándole tal como fué siempre.

--Ese soy yo--dijo--, el Gabriel de hace quince años... pero desde Amalia a Consuelo, cuántos nombres de mujer, cuántas aventuras, cuántos acontecimientos han pasado... ¿Por qué la memoria seguirá inmutable en medio de las transformaciones de la materia?... ¿Habrá en el hombre algo más que huesos que se rompen, tendones que se relajan y carne que se pudre?...

De pronto recordó que era muy tarde y salió precipitadamente de la habitación; Consuelo quedaba desmayada y expuesta a romperse la cabeza contra el suelo, pero era preciso huir antes de que la llegada de Alfonso agravase la situación. Al llegar al recibimiento sintió que abrían la puerta de la escalera y apenas tuvo tiempo para esconderse tras la cortina que cubría la entrada del despacho.

En aquel momento entró Sandoval, y Consuelito Mendoza, cual si hubiese adivinado su llegada, dió un grito desgarrador, llamándole; Alfonso lanzó otro de sorpresa y corrió hacia el cuarto de su mujer sin acordarse, en su atolondramiento, de cerrar la puerta, circunstancia que aprovechó Montánchez para salir de la casa sin ruido.

Consuelo se revolcaba por la alfombra dando gritos horribles, golpeándose la hermosa cabeza contra los muebles, con el pelo suelto y las ropas jironadas.

Alfonso se arrojó sobre ella para impedir que se destrozase, y trabajosamente consiguió levantarla en brazos y llevarla al lecho. Allí la lucha continuó; ella lanzaba gemidos de angustia, barbotaba frases incoherentes que no podía terminar porque su boca se llenaba de espumarajos blancos, y se retorcía de un lado a otro agitando los brazos como si rechazase las furiosas acometidas de un enemigo invisible.

Pocos momentos después llegaron las criadas. Sandoval las interrogó acerca de cómo había comenzado aquel ataque, pero ellas no supieron qué responder: cuando salieron, la señorita quedó en el gabinete cosiendo; no sabían nada más.

Las convulsiones de la joven eran tan violentas que fué necesario atarla los brazos al cuerpo y los pies a los pilares de la cama, mientras Alfonso agotaba los recursos de su menguada ciencia casera poniéndola un pañuelo empapado en amoníaco debajo de la nariz, friccionando sus muñecas con alcohol, apretándola fuertemente entre sus manos el dedo que llaman “del corazón” y rociándola con agua los ojos y la frente. Después de forzarla a tomar un baño de pies, casi hirviendo, disminuyó la intensidad de la crisis y pasados algunos instantes la enferma abrió los ojos.

--¡Pobre niñita mía!--exclamó con júbilo Sandoval acariciando las mejillas ardientes de Consuelo y desatando sus ligaduras--, no te apures; la tempestad ha pasado; los truenos te asustaron, ¿verdad, nena?... ¡Pícaros truenos! ¡Asustar a mi niña, a la mujercita de mi alma!... ¡Como tope por ahí alguno voy a hacer con él un escarmiento! Pero no los encontraré, porque son unos cobardones que sólo saben meter ruido!...

Consuelito Mendoza estaba inmóvil, insensible a aquellas frases cuyo cariñoso significado no comprendía; sus ojos abiertos no parpadeaban.

--Consuelo--dijo Sandoval, poniéndose en la línea que seguían las miradas de la enferma para obligarla a fijarse en él--, ¿no me conoces?...

--Yo...--repuso ella moviendo la lengua con suma dificultad--, yo... yo no le conozco a usted.

--¿Que no me conoces?

--No, señor.

--¡Muchacha; mírame bien!

Consuelo se alzó de hombros.

--Vaya, cuando digo que no sé quién es usted... Sí, quizá le he visto alguna vez, pero ahora no recuerdo... Lo que tengo es mucho sueño; déjeme dormir...

Y entornó los ojos tranquilamente.

--¡Pero, fíjate bien--insistió Sandoval--, soy yo, tu maridito... Alfonso!...

--Alfonso...--repitió la joven coordinando las ideas rebeldes que se obstinaban en escapar--; sí, recuerdo... ¡pero hace de eso tanto tiempo!... Además... Alfonso ha muerto; ha muerto, sí--añadió suspirando--, le mataron, yo quise defenderle y no pude... le dió una puñalada ese amigo suyo... a quien él quería mucho... ¡hombre, usted debe de conocerle! Concho, ¿qué hace usted ahí callado, que no lo dice?...

--Pues yo soy ese Alfonso de que hablas.

--¿Usted?... ¡Ca, ya quisiera! No nacerá otro hombre como aquél; usted se le parece, pero no es el mismo.

--¿Y quién le mató?--dijo Sandoval emocionado por aquellas extrañas confesiones.

--No sé...

--¿Era Gabriel?

Un súbito presentimiento le animaba.

--Era--repuso ella contrayendo los ojos para reunir mejor sus recuerdos--, era... ¡concho, qué rabia, lo tengo aquí, en la punta de la lengua y no sé decirlo!...

Su semblante se entristeció repentinamente y por sus mejillas resbalaron dos lágrimas.

--Lo cierto es--murmuró con angustia--, que mi Alfonsito ha muerto o que ya no se acuerda de mí, pues nunca viene a verme. Me trajeron a este manicomio pretextando que estoy loca, cuando en realidad no estoy enferma de aquí arriba, sino de aquí--dijo señalando el corazón--; éste es el que me duele, porque ha querido mucho... sí, mucho... a ese Sandoval, precisamente, de quien usted hablaba...

Alfonso, conmovido por aquellas lágrimas de amor, tan puras y tan tristes, estrechó a Consuelo entre sus brazos; ella no hizo ningún movimiento y volvió a quedar tendida sobre el lecho con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Sandoval aprovechó este período de calma para desnudarla: la operación fué larga, el desmazalado cuerpo de la joven cedía a la fuerza de la gravedad tan absolutamente, que cada uno de sus miembros pesaba doble que en su estado normal, cual si estuviesen rellenos de plomo. Alfonso, jadeante, se aceleraba cuanto podía, recelando una nueva crisis; no pudo desembarazarla de sus pantalones y tuvo que rasgarlos, y como el corsé también se obstinaba en no ceder, cogió unas tijeras y cortó las cintas. Al quitarla el corpiño sus miradas advirtieron un profundo arañazo en el cuello: sin duda se lo hizo ella durante su delirio, como también algunas uñetadas en la frente. Pero examinándola mejor, retrocedió con la estupefacción pintada en el semblante: acababa de ver cinco manchas negras en cada brazo de la enferma, cinco cardenales producidos por los dedos de una mano vigorosa: las señales eran tan claras, tan evidentes, que era imposible dudar, y Alfonso presintió que aquella crisis encerraba un misterio, acaso un atropello abominable.

Consuelo seguía inerte, en medio de aquel lecho tan grande.