Part 11
--¡Siete baúles, es decir, siete mundos, pues apostaría la cabeza a que los elegiste así!--exclamó Sandoval encogiéndose cómicamente de hombros como temiendo que aquel sistema planetario, repleto de ropa blanca, se desplomara sobre él.
--¿Qué, te parecen muchos?
--Ay, niña; no me asustan esos siete, si no los que irán saliendo, porque para tus trajes y los míos, ¿qué menos vamos a necesitar que otros tres?
--Cinco calculé yo, y no son muchos.
--¿Cinco dijiste?... Más a mi favor. ¿Ves cómo hice bien no asustándome de los siete primeros?... Y miren cómo mi mujercita me ha convertido en una especie de Dios chico, que se permite el lujo de andar rodando por ahí con sus mundos, maravillando a los carabineros y empleados de ferrocarriles que sólo están acostumbrados a tratar con esos pobres diablos que no tienen más que un baúl... quiero pensar en lo que, gracias a ti, voy a reírme en el viaje cuando se hable de astronomía y mi interlocutor me pregunte con acento inglés:
“--¿El Sol marcha, verdad?
“--Sí, señor--le responderé yo--; el Sol marcha; Eugenio Pelletán fue un descortés que sólo se acordó de la Tierra; pero el Sol también le da a las tabas lindamente a pesar de sus muchos años.
“--Y la Tierra, ¿hacia dónde camina?
“--La Tierra camina conmigo.
“--¿Cómo, con usted?--dirá mi inglés, un tío muy largo, como si le viera, con grandes patillas rubias, un monóculo, una guía debajo del brazo y un sombrero más chiquito que la cabeza--, ¿usted está loco?
“--No, señor; el mundo va conmigo, adonde yo quiera llevarlo, como otros treinta o cuarenta que vienen ahí detrás; es todo un sistema planetario: Flammarión no se ha enterado aún de esta francachela cósmica que vamos corriendo, pero puede usted creerme bajo mi palabra”.
Consuelito Mendoza, aunque desconcertada y corrida, declaró que, a su juicio, se necesitaban diez y ocho baúles de los grandes.
Sandoval se echó a reír.
--Todo nuestro equipaje--dijo--ha de caber en un baúl. ¿Oyes?... No admito ni una sombrerera más.
--Pero, hombre, ¡qué cosas tienes! ¿Y dónde meto el contenido de los diez y siete mundos restantes?
--En ninguna parte, lo dejas aquí.
--¿Y tus libros?
--Mis libros se quedan en su sitio; ¿qué necesidad tienen los pobretes de exponerse a perder un canto por esos andurriales?
--¿Y cuando quieras leer?
--Compro uno.
--¿Y qué haremos de los libros comprados?
--Si encuentro alguno bueno lo guardaré; pero lo bueno escasea tanto que probablemente me cabrán todos en un bolsillo del chaleco; los malos, los tiro o los quemo, o los cambio en las estaciones del tránsito por vasos de agua o por naranjas...
Estaban a mediados de febrero y la gente moza y alegre de Madrid, animada por la festividad del día y por un hermoso sol primaveral, bajaba al Prado y a Recoletos en bulliciosa manifestación.
Era domingo de Carnaval.
Las máscaras ejercían sobre Consuelo atracción irresistible, aunque ignoraba, con el candor de una niña, los placeres de que las mujeres disfrutan llevando el semblante bajo un antifaz.
El Carnaval se asociaba en su memoria a recuerdos infantiles que la transportaban quince años atrás, cuando era una rapaza que pasaba las noches pensando en los pollitos culones de la señora Daniela; eran recuerdos inocentes, que todos los años se renovaban produciéndola la misma dulce y poética complacencia.
Siendo niña se asomaba a la ventana a ver las máscaras mientras oía con suave ensimismamiento “El carnaval de Venecia” de Schulhoff, tocado al piano por una vecinita suya; y mezclando las notas populares que sirvieron de tema al profesor alemán para componer su célebre obra, con la idea que ella tenía formada de Venecia, llena de góndolas, y los monigotes embadurnados de amarillo y de verde que desfilaban ante sus ojos, con otras muchas tonterías aposentadas en su cerebro de muchacha, formaba un carnaval extraño, fantástico, con músicas y tipos enteramente suyos. Esta borrosa visión infantil duró muchos años, y siempre recordaba con plácida melancolía aquel carnaval veneciano escuchado por ella tras los cristales de su gabinete.
Alfonso y su mujer bajaban la calle Alcalá en un coche abierto. La animación era inmensa. Al llegar a la fuente Cibeles la multitud se bifurcaba, y mientras unos seguían por el Salón del Prado, hacia Neptuno, otros caminaban hacia la plaza de Colón.
Los coches descubiertos formaban mayoría, y en ellos lucían sus atractivos algunas jóvenes disfrazadas de pasiegas, de andaluzas o de gitanas; también había muchos niños vestidos a la antigua, con pelucas empolvadas, medias de seda, zapatos de charol con hebillas de plata, pantalón ceñido y largos casacones bordados que les azotaban las corvas; parecían comparsas de teatro, y sus perillas y bigotes postizos, de un negro betún, daban a sus tersas caritas una expresión de seriedad y vejez contrahecha que inspiraba risa. Entre ellos también mostraban sus atractivos las Pompadour de tres pies de estatura, semejantes a figuritas arrancadas de un abanico estilo Watteau.
Por entre las dos filas de coches, una de las cuales iba con la misma lentitud con que la otra venía, como los costados paralelos de una correa sin fin, pululaban bandadas de máscaras vocingleras: mujeres con disfraces varoniles cuyas piernas apenas podían moverse dentro de los pantalones en que un capricho de su dueña las aprisionó; hombres que cambiaban su traje por una enagua y un corpiño, comparsas de frailes rezadores que leían en un libro y echaban bendiciones; “bebés”, astrólogos, escoceses, locuras, moros, caballeros del siglo XVI, estudiantes, osos, enanos, lechuzas y otros mil abigarrados figurones y disparates.
Por las aceras discurría el público de a pie, y entre los trajes obscuros de los espectadores pacíficos, bullían grupos de máscaras retozonas que perseguían a sus conocidos para darles un confite y una broma: todo ello bajo un cielo azul que se deshacía en torrentes de luz.
En aquellas fiestas, consagradas al placer de los sentidos, Alfonso recordaba sus travesuras de soltero, y aunque ni su edad ni su posición de hombre casado le permitían ciertas distracciones, gustaba de hacer un extraordinario echando, como vulgarmente se dice, una cana al aire.
El extraordinario fué bien insignificante y se redujo aquel año a comer fuera de su casa, en una de esas fondas donde se sirven comidas desde diez reales en adelante: porque Alfonso, lo mismo que Consuelo, gustaban de sentarse de cuando en cuando junto a una mesa de pino, a la luz de un mechero de gas, aspirando el fuerte olor a guisos escapado de las cocinas y oyendo las voces de la plebe.
Aquella noche cenaron bien; cuando salieron a la calle, aún no eran las nueve: entraron en el Oriental a tomar café y luego se fueron a la Comedia. Ambos iban muy contentos.
--Es preciso--decía ella--hacer algo gordo, que suene, concho... para que salgamos en los papeles.
--¿Te atreves a ir a la Zarzuela?--propuso Alfonso, olvidándose de lo mal que están los casados en un baile público.
Consuelito Mendoza acogió la idea con regocijo.
--Sí, sí--dijo palmoteando--, eso es lo que yo quería, concho, sólo que no me acordaba.
--¿Entonces, no vamos al teatro?
--¡Quiá, qué disparate!
--¡Pues, ale!... Corriendo a casa, que no hay momento que perder.
Al cruzar de nuevo la Puerta del Sol, vieron a Montánchez.
--Si quieres pasar la noche conmigo--dijo Sandoval estrechándole la mano y sin detenerse--, ve a la Zarzuela; allí estaré yo.
El médico saludó quitándose el sombrero y repuso:
--No iré.
--¿Para qué le has hablado a ese gaznápiro?--exclamó Consuelo con el semblante contraído como si fuese a llorar--; ¿cómo te empeñas en hacerle partícipe de nuestras alegrías sabiendo que le odio y que donde él esté no puede haber sosiego para mí?
Alfonso, que comprendió su yerro, acudió a componerlo recurriendo al repertorio de sus ternezas, y como el enfado de la joven no era muy sincero no le costó trabajo tranquilizarla. A la una de la madrugada llegaron a la Zarzuela.
Consuelo vestía un capuchón azul con adornos negros, zapatitos de raso blanco y antifaz encarnado. Todos los palcos estaban ya vendidos y tuvieron que comprar dos entradas. Las luces, el calor y el ruido causados por la aglomeración de personas, produjeron en Consuelo un sobrecogimiento que la hizo aferrarse estrechamente al brazo de su marido; aquel espectáculo, tan nuevo para ella, la atraía y asustaba a la vez.
Entonces la orquesta no tocaba y los bailarines descansaban dando vueltas al salón: en el centro de aquella movible cinta de carne humana había muchos hombres que, no teniendo pareja, esperaban ansiosamente la llegada de nuevas mujeres. En los palcos se comían fiambres y se vaciaban botellas de Jerez, y en uno de ellos, ocupado por camareras y jóvenes de buena sociedad, un adolescente, en el colmo de la embriaguez, vertía el vino en el interior de su sombrero de copa, aplicaba los labios a las alas y bebía. En el escenario algunos bailarines disfrazados se habían rendido ya a las fatigas del baile y a los vapores de la bebida, y dormían profundamente tendidos boca arriba, con los brazos abiertos, los semblantes desfigurados por las pinturas, el sudor y el polvo, y teniendo aún en una mano la última botella vacía; mientras otros, que hicieron con su rabo de diablo una especie de cojín para sentarse y estar más cómodos, cenaban tranquilamente recostados contra la pared.
De repente, y cayendo sobre aquel polífino desconcierto producido por tantas voces que destempló la agitación y la borrachera, resonaron nuevamente los acordes de la orquesta, y aquella masa de carne empezó a ondular siguiendo el ritmo musical.
Consuelo, aunque sufriendo ya el malestar causado por el calor y la mucha gente, se dejó llevar por Alfonso a través de aquella multitud ebria de vino y de vicioso júbilo.
--¿Te sientes mal?--preguntó él inquieto.
--No--repuso la joven mirándole cariñosamente por las aberturas del antifaz--, estoy muy contenta.
Terminado el baile, Sandoval dejó a Consuelo un momento para saludar a varios amigos que le habían llamado: en tal momento un numeroso grupo de máscaras empujó a la joven hacia un extremo del salón.
Ella, toda medrosita y atortolada, sin fuerzas para resistir la avalancha, ni estatura para orientarse en aquel mar de cabezas, empezó a gritar llamando a Alfonso. Algunos desocupados, notando su turbación, se complacieron en aumentarla con sus voces y requiebros, y siguieron acosándola hasta acorralarla contra un ángulo del escenario. En esto la orquesta volvió a tocar y muchos quisieron bailar con ella: Consuelo, al principio pudo defenderse, pero después el miedo paralizó su lengua; un hombre medio borracho y disfrazado de diablo se arrodilló ante ella para verle el rostro por debajo de la sotabarba, y mientras con lengua estropajosa iba diciendo cuantas sandeces se le ocurrían, extendió la mano y la pellizcó una pierna; Consuelo dió un grito y retrocedió algunos pasos sin poder desembarazarse de otros importunos que, excitados por su cándido aspecto, abusaban de su turbación para manosearle los brazos y los pechos. Y ya empezaban a acongojarla, cuando rompiendo violentamente el grupo de hombres que en torno de ella se había formado, la forzó a bailar, cogiéndola por el talle, una máscara disfrazada de astrólogo.
La súbita presentación y el aire autoritario de aquella extraña figura, vestida con un rico manto de terciopelo azul cuajado de estrellas argentinas, sorprendió a todos, incluso a la misma Consuelo, que se dejó arrebatar.
El máscara bailaba sin decir palabra: al llegar al comedio del salón pasó Sandoval y la joven corrió hacia él dando un grito. Alfonso se volvió repentinamente, y viendo que el astrólogo procuraba retenerla por un extremo del capuchón quiso agredirle, pero algunos bastoneros le contuvieron y la cuestión no siguió adelante.
Cuando regresaron a su casa, Consuelito Mendoza, extenuada por las fuertes emociones de aquella noche de aventuras, no pudo resistir más y se desmayó.
VII
Las amistosas relaciones entre Gabriel Montánchez y Sandoval parecían haberse enfriado un poco: sólo de tarde en tarde se veían, y cuando Alfonso reprochaba a su amigo su tibieza, el médico se disculpaba alegando sus muchas ocupaciones.
Consuelo Mendoza celebró aquel retraimiento, pero a pesar de tan tranquilizadoras apariencias siempre recordaba con miedo la tarde en que Montánchez estuvo hablándola de amistad, quejándose de sus soledades y explicando su necesidad de ser querido por alguien; y sus palabras, sus gestos, el fuego que puso en su conversación y la extraña expresión de su mirada. En su lenguaje apasionado, la joven adivinó un amor criminal; y aunque Montánchez, o por prudencia o por miedo, no se declaró más francamente y todo ello parecía olvidado, Consuelo recelaba las consecuencias de esas tempestades que se forman poco a poco y sin ruido, y en un momento dado estallan con violencia aterradora.
Consuelo sentía cernirse sobre su cabeza aquel ciclón “pasional”; empezó por un puntito negro apenas perceptible y ya ocupaba el horizonte. Como a sus cándidos ojos de niña crédula Gabriel Montánchez se había ofrecido como un genio superior relacionado y hasta emparantado con los espíritus maléficos más poderosos del otro mundo, temía que el endiablado médico pusiera en juego para rendirla algún procedimiento sobrenatural, algún filtro o conjuro, alguna hierba milagrosa de ésas que, según afirman las viejas zurcidoras de voluntades, poseen la virtud de volver los corazones hacia determinados afectos. Y esto era precisamente lo que más miedo y repugnancia le causaba: la idea de que Montánchez poseyese el secreto de hacerse querer de ella, hasta estrecharla entre sus brazos alguna vez...
Cuando Sandoval cogía un periódico y leía la descripción de uno de esos sangrientos dramas de amor y de celos tan frecuentes en nuestro pueblo, Consuelo se echaba a temblar como si su conciencia la acusase de algo.
--¡Calla, por Dios--decía--; la relación de ese crimen me crispa los nervios! ¿Te parece bien que siempre, las pobrecitas mujeres, paguen el pato?
--Como que sois las únicas causantes de nuestras malandanzas y desventuras.
--Sí, ¿eh?
--Claro, ¿quién os manda ser tan guapas?
--Y a vosotros, ¿quién os obliga a ser tan viciosos?
--¡Toma... misterios del querer!...
--¡Ay, amigo, eso no está bien!... ¿De modo que el amante, el Tenorio callejero, que allana una casa sin pedir permiso y no vacila en hacer desgraciada a una familia por satisfacer un necio antojo, no merece castigo?
--Ése, también; el hombre por buscar... la mujer por dejar que la encuentren.
--¿Así que tú--agregó Consuelo riendo--eres uno de esos maridos matasietes que no perdonan a nadie?
--A nadie--repuso Sandoval distraído.
--¿Y matarías a tu contrario, Alfonsito?
--Como a un perro.
--¿De un tirito?
--O de dos; de todos los que hicieran falta.
--Naturalmente, porque si con el primero no tenía bastante...
--Repetía la dosis.
--¡Concho, qué miedo!... ¿Y a mí también me matarías?
--También; con otros dos o tres tiritos, según tuviera el pulso.
--¡Qué burro!... ¿Y después?...
--Después--contestó Sandoval que continuaba leyendo--, me pegaba otro tiro, o dos... ya digo que eso dependería de cómo tuviese el pulso.
--Necesitarías antes volver a cargar, porque las cápsulas se te habrían acabado ya.
--Naturalmente.
--Conque, ¿se habrían acabado, naturalmente?
--Muchacha, ¿quieres dejarme leer?
--Oye, Alfonsito--prosiguió ella bromeando y por agotar la conversación y la paciencia de su marido--, y después que todos estuviésemos bien muertos, ¿qué harían con nosotros?...
--Pero, ¿es que estás tomando informes para que nada te coja de susto?--preguntó Sandoval amostazado--; pues no sé lo que harían con nosotros; probablemente nos enterrarían de cara al sol... no sé... ¡Déjame en paz, tabardillo!
Estas conversaciones en que siempre descubría Alfonso los sanguinarios instintos de su celoso temperamento, preocupaban mucho a Consuelo; sin querer echábase a fantasear acerca del cúmulo inagotable de calamidades que caerían sobre ella si el Destino consintiese que sus tristes presentimientos se cumplieran y Montánchez la violentara o rindiera con sus hechicerías; pensaba en la horrible tragedia que entonces se desarrollaría entre aquellos hombres, y se veía sola, indefensa, arrodillada en el suelo llorando, sin fuerzas para separar a los dos rivales; y después calculaba las consecuencias de su caída...
Éstas dependían del resultado de la lucha. ¡Oh, no! ella no quería que Sandoval riñese con Gabriel Montánchez, porque el médico no era un hombre como los demás, sino un demonio que le vencería. ¿Pero, y si Alfonso quedaba triunfante?... Entonces ella también podía darse por muerta, porque Sandoval, en su exaltación, la aplastaría con el pie como quien mata una araña. ¡Qué miedo, morir así o estrangulada... y quedarse luego muy fea, con los ojos desencajados y la roja lengüecilla fuera de la boca!...
Si, por el contrario, Sandoval sucumbía a manos de Montánchez, ¡qué horror!... verle muerto y quedar entregada a las caricias de aquel otro tipo tan disimulado y tan hipócrita que tarde o temprano la mataría también...
A fuerza de discurrir en el mismo tema, esta idea llegó a dominar su espíritu; creía que el desastre iba a suceder de un día a otro y hasta extrañaba que nada serio hubiese ocurrido aún; era una pesadilla ineluctable, un espectro con la cara y las manos manchadas de sangre que la perseguía en el lecho, en la mesa, en el teatro.
El viaje se había fijado para el día quince de marzo.
La víspera de la partida Consuelo comenzó a sufrir ese vago sentimiento de temor que infunde lo desconocido. Como todas las mujeres de corazón sensible, nunca había fijado dique a sus afectos y amaba cuanto veía a su alrededor; y a colocar ordenadamente sus afecciones, se hubiera visto que la primera, la más grande, era la de Alfonso Sandoval, aun cuando este amor relegaba el de Dios a un impío segundo término; y después y en línea descendente, figuraban otro sin fin de amorcillos que no por su pequeñez eran menos reales ni dignos de ser apreciados; tales como el cariño que sentía por la cocinera, por el niño ciego que algunas tardes tocaba un violín implorando la caridad pública al pie de sus balcones, por el jilguero que alegraba la casa con sus trinos, por una sillita de cuero donde se sentaba a coser, por un dedalito de plata que la regalaron siendo niña, y por cuantos muebles y fruslerías estaban en contacto con ella. Separarse de todo aquello, aunque sólo fuese por un tiempo relativamente corto, era una necesidad que la afligía hasta el llanto, pues no sólo pensaba en sus penas, sino en las que por idéntico motivo sufrirían sus queridos chirimbolos, a los que, desde luego, suponía capaces de sentir pesadumbres de amor.
Aquella mañana la joven madrugó más que de costumbre y se asomó al balcón: el tiempo había cambiado, y un fuerte viento Sur empujaba rápidamente las nubes unas sobre otras: se padecía ese bochorno que precede a las tempestades; el cielo estaba nublado y de los nubarrones más bajos caían gruesas gotas que manchaban la calle de enormes viruelas negras.
Consuelo seguía en el cierre de cristales, mirando distraídamente las columnas de polvo que el viento levantaba, como esgrimiendo un escobón invisible; las puertas y ventanas se cerraban o abrían con estrépito, sacudidas por el ciclón; algunos cristales cayeron a la calle hechos pedazos y por la Puerta del Sol eran muchos los transeúntes que corrían detrás de sus sombreros.
Recordando su próximo viaje Consuelito tuvo miedo.
--¡Dios mío!--meditó--, ¿no quieres que me vaya?...
El resto de la mañana lo invirtió arreglando de nuevo su bagaje.
Debían de salir a la noche siguiente para Barcelona, donde embarcarían en el primer buque que navegase con rumbo a Italia.
--¿Y nos iremos de aquí aunque llueva?--preguntó Consuelo, que a un mismo tiempo temía y deseaba marcharse.
--¿Pues quién nos lo impide?...--repuso Sandoval--; el agua no molesta cuando se viaja en ferrocarril.
Después de almorzar, Alfonso salió a hacer efectivos algunos cheques, y como Consuelo no quiso acompañarle, acobardada por el mal cariz del tiempo, la cocinera y la camarera fueron las encargadas de comprar una maleta destinada a guardar los enseres de tocador.
--Oye--gritó Consuelo desde el gabinete a su doncella, que ya se iba--, cuando vuelvas llama con los nudillos para que yo te reconozca, o si no... llévate el llavín; mejor es, porque quizá tenga luego gana de echarme a dormir un rato...
Las mujeres salieron y la joven se puso a coser cerca del balcón.
El horizonte se había obscurecido completamente y la luz que penetraba por los visillos era escasa. Consuelo empezó a sentir miedo, miedo de saberse sola en aquella casa tan grande que parecía dormir bajo sus tapices y cortinajes, y recordando las cabezotas de yeso del despacho y aquel ensueño en que las vió animadas, volvió a temblar; a cada instante creía que caminaban por el pasillo los bustos de Cervantes o de Quevedo, asentados sobre dos piernas muy largas y negras como patas de langosta, y tan grande fué su aprensión, que hubo de levantarse y cerrar la puerta.
El viento silbaba en la calle produciendo, al quebrarse en las esquinas, lamentos lúgubres semejantes a suspiros. Consuelo dejó su costura y se asomó a la ventana: del cielo caían gruesos goterones que, por lo pesados, parecían de plomo, y causaban un ruido fastidioso al chocar contra el cinc del mirador; luego aquellos amagos de lluvia fueron aumentando hasta convertirse en espantoso aguacero.
La lluvia caía tan compacta que parecía un inmenso velo de gasa: los transeúntes, acobardados por el agua, se guarecían en los portales a esperar cachazudamente que disminuyese la fuerza del chaparrón, y sólo los muy impacientes seguían con el inútil paraguas abierto, el cuello de la americana levantado y los pantalones doblados sobre los tobillos.
Consuelo se retiró del balcón un poco mareada por aquel continuo llover, y al ir a sentarse repercutió el timbre de la puerta de entrada. La joven quedó inmóvil, con la quieta rigidez de las estatuas.
--¿Quién será?--pensó--; aún es muy temprano para que Alfonso vuelva... Es extraño, no adivino quién pueda ser...
De pronto sus facciones se contrajeron y llevóse ambas manos a la boca sofocando un grito de terror; se había acordado de Montánchez.
El timbre volvió a vibrar, y Consuelo salió al pasillo, dirigiéndose al recibimiento.
--¿Quién?--preguntó con voz trémula.
--Yo--repuso una voz de hombre que la joven no reconoció.
Acercóse a la mirilla de la puerta, mas no pudo distinguir nada porque el visitante estaba cerca de la pared.
--¿Y... quién es usted?--inquirió Consuelo, cuyas piernas flaqueaban.
--Gabriel, señora.
--¡Ay... no le había conocido!
--¿Puede usted recibirme?
--Alfonso no está...
--No lo sabía... pero eso no empece...
--Estoy sola.
--Vuelvo a repetir que su soledad no es un inconveniente.
--Pero...
--Deseo hacerles a ustedes un encargo, es asunto para mí de mucha cuantía; sé que se van mañana y no quiero desperdiciar la ocasión...
--No puedo...
--Haga usted un poder, se lo ruego...
Su voz era imperiosa. La requerida, aunque jadeante de emoción, aún quiso resistir.
--¡Vaya... que no puedo!
--¡Señora, tenga usted la bondad de abrir!
Los desfallecimientos físico y moral de Consuelo Mendoza fueron tan grandes, que casi perdió la conciencia de sí misma y no supo oponerse al mandato del médico; estaba acostumbrada a obedecerle: como un autómata abrió la puerta y entró Gabriel.
--¿No hay nadie?--preguntó.
--No, señor--repuso ella haciendo esfuerzos sobrehumanos por cobrar aplomo--, pero Alfonso no tardará en venir...
Este fué el único embuste que se la ocurrió, pues estaba segura de que Sandoval no regresaría antes de la noche. Se habían sentado en el sofá del gabinete, el uno al lado del otro: Montánchez estaba limpio, sin ninguna manchita de barro en el pantalón, como si acabase de salir de su cuarto.