La dama joven

Part 9

Chapter 93,938 wordsPublic domain

Lo que casi me da vergüenza decirte, es que, en mi concepto, el padre se ha enterado de todo y se hace el desentendido. Apenas le vemos, pues anda en labores distintas de las de su hija, y va mucho á Cebre á vender centeno al menudeo y á llevar vino á la taberna; pero cuando por las tardes nos encuentra regresando de nuestras expediciones, su sonrisa parece más aguda y socarrona que de costumbre. Además ha venido, en dos ó tres ocasiones, á pedir rebaja del arriendo, pretextando las malas cosechas, el cultivo cada día más caro y difícil, el aumento de precio de los jornales, el coste del azufre que se emplea en sanear las viñas, etc., etc. Le prometí escribir á papá, y no lo hice; á fin de reparar mi deslealtad de algún modo, le he prestado treinta duros; un caudal para mí; con él comprará unos bueyes. ¡Mis ahorros de la temporada! Bien sabe Dios y sabes tú que en mi casa no se tiran, no se pueden tirar treinta duros. Ya adivino que no les veré el pelo. Es lo que menos me importa. He regalado además un vestidito de percal á la niña pequeña, y hasta al bárbaro de Manuel una navaja. ¡Pobre gente! Quiero tenerlos propicios, para que no mortifiquen á Maripepa ni vean en mí un señorito tirano, de los que aún creerían favorecerlos dignándose darles un puntapié.

Hará tres ó cuatro días sucedió un incidente, que al pronto me ha disgustado. Era por la tarde, hacía un día sereno y hermoso, aunque el cielo estaba encapotado; Maripepa y yo nos hallábamos en la era, bien agenos á que nadie viniese á perturbar nuestra soledad. Á un lado de la era, plazoletilla redonda y rodeada de un seto de zarzas y arbustos, se levanta el hórreo, sostenido en cuatro pilastras de granito y rematado por una tosca cruz de madera pintada de rojo. Súbese al hórreo por una escalerilla de mano, y Maripepa, bajando y subiendo, había sacado de él buena cantidad de habichuelas, que iba desgranando sobre un paño limpio. Yo, tendido en el suelo, me divertía en hundir las manos en las habichuelas, blancas, encarnadas ó caprichosamente pintarrajeadas de colorines. Después se me ocurrió la sandez de tirárselas á la cara á Maripepa, y ella, que primero se contentó con sonreir y llevar la mano al sitio donde el proyectil caía, fué animándose, y en el calor de la broma me lanzó dos ó tres al cogote, pues yo estaba panza abajo. Medio me incorporé y le sujeté las muñecas, parando en abrazo lo que empezó bombardeo. De repente me quedé frío, porque de detrás del hórreo salió una figura negra, aunque juvenil. ¡El cura!

Le ví de improviso y comprendí que nos había visto también, y que estaba entre cortado y burlón. Me puse de pié y le hice todo el agasajo compatible con mi turbación, que era grande. Hallábame realmente mudo y abochornado: Maripepa no sé, porque se aplicó á sus habichuelas. Me cogí del brazo del cura para disimular, y él empezó á darme disculpas de no venir en tanto tiempo á visitarme; había tenido un catarro, había ido á Pontevedra á buscar un pintor que le pintase el retablo; había hecho una novena. Yo le oía como en sueños, pensando en lo que pensaría él. Al fin, con una de esas resoluciones que solemos tener los tímidos, me lancé y abordé la cuestión de frente, narrándole todo lo sucedido y participándole mi propósito de reparar la cometida falta. Experimenté una especie de desahogo al confesarme así. Todo me animaba á ser franco: la profesión del oyente, su juventud, su carácter alegre y conciliador, su verdadera bondad infantil.

¡Asómbrate, Camilo! Esperaba del cura, no la absolución, que no iba yo tras ella, sino una palabra de estímulo, un caluroso apretón de manos, un «bien, procede Vd. como hombre honrado, así me gusta; si todo el mundo hiciese lo mismo, no andarían las cosas como andan.» No soy insensible á la opinión de mis semejantes, y hasta donde cabe busco su simpatía; además, parece que un sacerdote está obligado á alentar ciertas resoluciones, cuando no á inspirarlas. ¡Pues asómbrate, indígnate, mira lo que hacen de la moral de Cristo estos ministros suyos! Masticó, entre burlas y veras, dos ó tres frases que sonaban más bien á desagradable sorpresa que á otra cosa; y después, con reposados meneos de cabeza y muchos golpecitos de la palma de la mano en el bolsillo del chaleco, me dijo que no me resolviese tan aprisa, que estas cosas deben mirarse y pensarse despacio, que al fin el casamiento es para toda la vida, que la prudencia es una excelente compañera, que las determinaciones precipitadas se lloran después, que ante todo le parecía regular consultar á mis padres en persona, caso de querer dar un paso tan decisivo; y por último, que reflexionase.

--¿Hay otro medio de reparar mi falta?--le pregunté.

--Psh...--me replicaba él--falta, falta... eso de falta... Falta, sí... El diablo lo enreda, Vd. es muchacho, ella rapaza, y el fuego junto á la estopa... Ya se ve... Pero prudencia, amigo, prudencia, nada de determinaciones arrebatadas... No le ha de faltar tiempo para realizar ese acto de honradez que Vd. dice... Poco pierde usted con esperar.

--¿Y su honra comprometida?

--¡Bah! ya sabe Vd. que aquí en las aldeas no es como en los pueblos... Vd. acompaña á una señorita, pongo por caso, va con ella dos veces al paseo, la visita tres... cátala ya en lenguas de todos, y perdiendo, si se ofrece, una buena colocación... Pero estas rapazas, no señor. Lo mismo se casan teniendo una historia, que no teniéndola. En fin, D. Joaquín, Vd. no es ningún chiquillo... Piénselo...

El egoísmo, la flaqueza humana, las transacciones hipócritas y cobardes con el deber hablaron por boca de este hombre, que debiera fortalecerme y predicarme la moral más austera y pura. Casi llegué ¡qué bochorno! á sonrojarme de mi leal propósito y á juzgarme un ridículo Quijote. Afortunadamente, así que el cura se marchó, me rehice y de nuevo templé el alma para seguir la línea recta. He decidido quitarme á mí propio todo medio de proceder mal, adelantando la boda. Ea, Camilo, valor, y anúnciaselo definitivamente y sin rodeos á mis padres, pues es irrevocable mi determinación ya. Sólo así, de golpe, se realizan ciertas cosas necesarias.

DEL MISMO AL MISMO.

Marzo.--Pontevedra.

¡Ah, Camilo! Hoy sí que te escribo corrido y avergonzado, y lo hago para que al llegar á esa no me hables ya palabra del asunto y olvides el contenido de esta carta. Á la menor guasa, al menor indicio de que quieres aludir á mi historia ó burlarte de ella, dejaríamos de ser amigos para siempre. Lee, pues, estas páginas y rómpelas, rompe ó quema toda mi correspondencia de este invierno.

Por la fecha de la carta comprenderás que ya no estoy en la Fontela. He venido aquí á tomar el billete para llegar á esa por la vía de Portugal. De modo que, veinticuatro horas después de leer mis letras, me tendrás á tu lado y calmaré el disgusto de mis padres, haciéndoles creer (cuento contigo para el caso) que _todo_ fué una pesada broma que quise darte, y á la cual tú prestaste fe.

Abreviando. Has de saber que una semana después de la venida del cura tuve aquí lo que menos pensarás: máscaras. ¡Máscaras en la Fontela! Sí, máscaras. Era el domingo de Carnaval, y estaba yo acabando de comer cuando sentí en el patio grandísima algazara, risas, brincos, prolongados toques de cuerno y repique de castañuelas y panderetas, y asomándome á la

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ventana, ví con asombro hasta media docena de máscaras. Se les conocía que lo eran por unas groserísimas caretas de cartón y por ciertos detalles muy exagerados del traje que vestían, que no era otro sino el de los paisanos de esta localidad. Había tres hombres y tres mujeres: tres parejas muy cogidas del brazo. Las mujeres traían panderos y castañuelas; uno de los hombres una gaita, que tocaba áspera y destempladamente; otro esgrimía una vejiga de puerco hinchada y puesta al extremo de un cordel, con la cual sacudía vejigazos á sus compañeros y compañeras, y otro, por la abertura de la careta, soplaba un cuerno descomunal, arrancándole sonidos lúgubres y grotescos. En cuanto me vieron las máscaras, movieron un alboroto formidable, y corrieron al asalto, subiendo la escalera y penetrando en mi habitación, que asordaron con sus gritos y tocatas. En un momento me ví empujado, abrazado, _vejigueado_, pellizcado y sin saber qué cara poner ante la bulliciosa alegría de los que yo juzgaba aldeanos en día de jarana.

Recordé los deberes que impone la hospitalidad, y corriendo á mi alacena, saqué de ella cuantas botellas de vino y licor poseía, y las ofrecí á mis visitantes. Con gran sorpresa mía no las rehusaron ni se lanzaron á apurarlas, sino que aceptaron cortésmente algunas copas, y una de las máscaras femeninas pidió un vaso de agua. Llamé á Maripepa para que lo sirviese, y empecé á reparar que las máscaras, afectando el lenguaje y modales de los paisanos, mostraban en no sé qué pormenores pertenecer á otra clase social. La observación me interesó, y ya me divertía algo la mascarada. Una de las hembras, destapando la fiambrera que llevaba colgada del cuello, me ofreció con los dedos _filloas_, especie de tortilla delgada como una hoja de papel, redonda como una hostia y bastante grande, que aquí suele comerse en tiempo de Carnestolendas; y al ver el buen ánimo con que me eché al coleto media docena de aquellas porquerías, las otras dos damiselas (que ya me iban pareciendo tales) me sacaron, quieras que no quieras, al centro de la sala, y empezaron á bailar, meneando panderos y castañuelas y convidándome con muchas vueltas y mudanzas. Por no aparecer pedante me dejé embullar y dí cuatro brincos, con poquísima gracia de seguro, pues ya conoces la extensión de mis habilidades coreográficas. Después dos bailarinas se colgaron de mis brazos, pidiéndome que les enseñase la casa y la huerta.

Insistí para que se descubriesen, y no fué posible lograrlo; resistiéronse, pretextando que tenían una gran broma para mí y les importaba conservar la careta. En efecto, apenas llegamos á la huerta empezaron á darme una carga terrible, describiéndome, con más gracia y donaire del que yo esperaba, y en un chapurrado mitad castellano y mitad gallego, la linda figura que haríamos Maripepa y yo de bracero por Madrid, asombrando á la corte. Competían en chiste las dos máscaras, y á cada una se le ocurrían detalles risibles: ésta pintaba á Maripepa calzándose botitas de raso blanco para ir al besamanos del Rey: la otra recalcaba y la suponía metiendo trabajosamente las manos en los guantes y manejando el abanico al entrar en el cuarto de la Infanta. Por esta manía de considerarme á mí hombre que frecuenta el real palacio y tendría forzosa obligación de ir con su mujer á saludar á las augustas personas, y también por ciertos indicios de estatura, voz gruesa, etc., vine en conocimiento de que mis máscaras no eran sino las señoritas de la feria.

Un rayo de luz me iluminó, y comprendí quiénes debían ser dos, por lo menos, de los máscaras varones. Sin duda alguna el barbarote que soplaba en el cuerno era el notario; el inhábil tocador de gaita sería el señorito, y no me atreví á calcular cómo se llamaría el que con tal agilidad manejaba la vejiga de puerco, por no ofender con juicios temerarios su respetable carácter sacerdotal.

Al punto me hice cargo de las chanzas que iba á tener que sufrir, de todo lo que aquellas gentes se preparaban á decirme, é hice provisión de paciencia; porque, estaba visto, el cura les había informado de todo y venían dispuestos á divertirse conmigo sin misericordia. Poco me agradó la perspectiva; pero echando mano de la reflexión, me resolví á sufrir con resignación y exterior agrado cuánta matraca me diesen, apuntándola como primer partida en la cuenta del subido precio á que el mundo cobra el cumplimiento del deber. Echéme, por decirlo así, en brazos de las máscaras, y ellas comenzaron á zarandearme, unas llevándome á un rincón, otras á otro, y todas diciéndome, en sustancia, lo mismo.

Lo que me dijeron... Lo que me dijeron, Camilo, no fué lo que yo suponía, y aquí empieza la parte de confidencia que más debes olvidar de toda esta denigrante historia. Me dijeron... En fin, Camilo, yo pensaba que me atacarían por ser un Quijote, y resultó que estaba siendo un sandio; resultó que había caído en la más ridícula majadería; que juzgaba haber pisoteado una flor, y no había hecho sino recoger de la carretera la flor pisoteada ya... Y por qué piés, ¡Dios mío! ¡Por qué inmundos y villanos piés!

Sentí que toda la sangre me afluía al rostro, y bajé la cabeza, oyendo resonar en mi cerebro vacío carcajadas afrentosas; no supe qué contestar ni qué hacer; fingí serenidad y oculté la sorpresa, dándome por enterado, y ví con satisfacción acercarse la noche y á mis huéspedes prepararse á partir. Antes que lo hiciesen llamé aparte á uno de ellos, y cogiéndole la mano y oprimiéndosela con rabia, le dije:

--Si eres persona decente, asegúrame á cara descubierta eso que me acabas de contar con ella tapada.

El máscara apartó la careta y ví la faz lánguida, enjuta y grave del señorito de Limioso, que con un aire de sinceridad que hizo penetrar en mí profunda y humillante convicción, me contestó:

--Nos puede creer, Rojas, mire que no le engañamos; á fe, nos daba lástima verle tan equivocado, y nos animamos á venir hoy, más bien para sacarle las telarañas de los ojos que para pasar el rato... Ya sabíamos que se divertía con la chica; ¡cosas de la edad! adelante; nadie tiene que meterse en líos agenos; pero el cura me ha contado que Vd. le dijera que se casaba, y eso ya es gordo, amigo... ¡Ay! Déjeme limpiarme el sudor, que me sofoqué soplando en la maldita gaita.

No obstante, así que la comparsa desfiló, entró en mi ánimo la duda. ¿No podía ser aquello una cruel venganza del notario contra Maripepa? ¿No podían estar de acuerdo todos para burlarse del señorito madrileño? Y, por último, para colmo de rubor, ¿no sentía yo á Maripepa aposentada dentro de mi corazón, y no me traían los afrentosos celos, además de sangre á las mejillas, lágrimas de rabia á los candentes lagrimales?

Tiré, pues, mis líneas, tendí mis redes, esperé y observé. Me convertí en espía, me oculté y me envilecí hasta atisbar... ¡atisbar en un establo, detrás de un pesebre, recogiendo el aliento grueso y húmedo de la vaca, que rumiaba tranquila sus puñados de florida hierba! ¡Cuán poco tiempo necesité para convencerme! ¡Y yo me corría de que el notario me disputase á Maripepa! Ahora mi rival era Manuel, aquel bárbaro al cual la falta de los dedos de la mano daba un aspecto tan repulsivo.

Salí de mi escondrijo deseoso de ocultarme, á ser posible, bajo siete estados de tierra; hice la maleta y dispuse que me ensillasen el jaco para la mañana siguiente. Al traerme algunos objetos que le pedí, observé que Maripepa lloraba, limpiándose con la manga de la camisa el llanto. No pude contener un impulso de ira; la cogí por los hombros, la sacudí y la increpé. Lo confesó todo, como la cosa más natural del mundo, llorando franca y apaciblemente. Manuel es su prometido hace dos ó tres años. Si no se han casado ya, es que no hay cuartos para el grosero ajuar y la comida de boda. He desempeñado papel más lucido de lo que pensaba, pues realmente aquí el engañado fué ese bestia de Manuel. Metí la mano en el bolsillo y saqué todo el dinero que tengo, menos el preciso para el viaje; saqué también el reloj y se lo eché en el regazo á Maripepa. Después la empujé suavemente hacia la puerta. Me parece que esperaba alguna caricia de despedida; pero ya no me sería posible ni tocarle amorosamente al pelo de la ropa. La ví salir, y me quedé abismado. ¡Quién sabe lo que hubiera sido para mí esta mujer, nacida en distinta condición, educada no diré de otro modo, sino de algún modo! Tal vez la más leal de las esposas--de seguro una de las más amantes.

Al día siguiente (hoy), monté temprano, fuí al Pazo de Limioso á apretar la mano del señorito bajo unas parras que entoldan su blasonada puerta, pasé por Naya y seguí á Cebre, despidiéndome con sendos abrazos del cura y del notario, y llegué á Pontevedra á las cinco de la tarde. Estoy escribiéndote porque ya no he cogido el coche que sale á Tuy. Lo cogeré mañana, me detendré un día en Oporto, y veinticuatro horas después de recibir ésta, repito que puedes ir á esperarme á la estación.

Silencio, nada de alusiones, nada de burlas, al menos por ahora, que aún sangra la herida. Sé para mí un juez indulgente. Yo sospecho que lo he de ser con todo el mundo.

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NIETO DEL CID

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El anciano cura del santuario de San Clemente de Boán cenaba sosegadamente sentado á la mesa, en un rincón de su ancha cocina. La luz del triple mechero del velón señalaba las acentuadas líneas del rostro del párroco, las espesas cejas canas, el cráneo tonsurado, pero revestido aún de blancos mechones, la piel rojiza, sanguinea, que en robustas dobleces rebosaba del alzacuello.

Ocupaba el cura la cabecera de la mesa; en el centro su sobrino, guapo mozo de veintidós años, despachaba con buen apetito la ración; y al extremo, el criado de labranza, remangada hasta el codo la burda camisa de estopa, hundía la cuchara de palo en un enorme tazón de caldo humeante y lo trasegaba silenciosamente al estómago.

Servía á todos una moza aldeana, que aprovechaba la ocasión de meter también cucharada, ya que no en los platos, en las conversaciones.

El servicio se lo permitía, pues no pecaba de complicado, reduciéndose á colocar ante los comensales un mollete de pan gigantesco, á sacar de la alacena vino y platos, á empujar descuidadamente sobre el mantel el tarterón de barro colmado de patatas con unto.

--Señorito Javier--preguntó en una de estas maniobras--¿qué oyó de la gavilla que anda por ahí?

--¿De la gavilla, chica? Aguárdate...--contestó el mancebo alzando su cara animada y morena...--¿Qué oí yo de la gavilla? No, pues algo me contaron en la feria... Sí, me contaron...

--Dice que al señor abad de Lubrego le robaron barbaridá de cuartos... cien onzas. Estuvieron esperando á que vendiese el centeno de la _tulla_ y los bueyes en la feria del quince, y ala que te cojo.

--¿No se defendió?

--¿Y no sabe que es un señor viejecito? Aun para más aquellos días estaba encamado con dolor de huesos.

El párroco, que hasta entonces había guardado silencio, levantó de pronto los ojos, que bajo sus cejas nevadas resplandecieron como cuentas de azabache, y exclamó:

--Qué defenderse ni qué... En toda su vida supo Lubrego por dónde se agarra una escopeta.

--Es viejo.

--Bah, lo que es por viejo... Sesenta y cinco años cumplo yo para Pentecostés y sesenta y seis hará él en Corpus, lo sé de buena tinta, me lo dijo él mismo. De modo que la edad... lo que es á mí no me ha quitado la puntería, alabado sea Dios.

Asintió calurosamente el sobrino.

--¡Vaya! Y si no que lo digan las perdices de ayer, ¿eh? Me remendó Vd. la última.

--Y la liebre de hoy, ¿eh, rapaz?

--Y el raposo del domingo--intervino el criado, apartando el hocico de los vapores del caldo.--¡Cuando el señor abad lo trajo _arrastando_ con una soga así (y se apretaba el gaznate) gañía de Dios! Ouú... Ouú...

--Allí está el maldito--murmuró el cura señalando hacia la puerta, donde se extendía, clavada por las cuatro extremidades, una sanguinolenta piel.

--No comerá más gallinas--agregó la criada amenazando con el puño á aquel despojo inerte.

Esta conversación venatoria devolvió la serenidad á la asamblea, y Javier no pensó en referir lo que sabía de la gavilla. El cura, después de dar las gracias mascullando latín, se enjuagó con vino, cruzó una pierna sobre otra, encendió un cigarrillo, y alargando á su sobrino un periódico doblado, murmuró entre dos chupadas:

--Á ver luégo qué trae _La Fe_, hombre.

Dió principio Javier á la lectura de un artículo de fondo, y la criada, sin pensar en recoger la mesa, sacó para sí del pote una taza de caldo y sentóse á comerla en un banquillo al lado del hogar. De pronto cubrió la voz sonora del lector un aullido recio y prolongado. La criada se quedó con la cuchara enarbolada sin llevarla á la boca. Javier aplicó un segundo el oído, y luégo prosiguió leyendo, mientras el cura, indiferente, soltaba bocanadas de humo y despedía de lado frecuentes salivazos. Transcurrieron dos minutos, y un nuevo aullido, al cual siguieron ladridos furiosos, rompió el silencio exterior. Esta vez el lector dejó el periódico, y la criada se levantó tartamudeando:

--Señorito Javier... señor amo... señor amo...

--Calla--ordenó Javier; y, de puntillas, acercóse á la ventana, bajo la cual parecía que sonaba el alboroto de los perros; mas éste se aquietó de repente.

El cura, haciendo con la diestra pabellón á la oreja, atendía desde su sitio.

--Tío--siseó Javier.

--Muchacho.

--Los perros callaron; pero juraría que oigo voces.

--¿Entonces, cómo callaron?

No contestó el mozo, ocupado en quitar la tranca de la ventana con el menor ruido posible. Entreabrió suavemente las maderas, alzó la falleba, y animado por el silencio, resolvióse á empujar la vidriera. Un gran frío penetró en la habitación; vióse un trozo de cielo negro tachonado de estrellas, y se indicaron en el fondo los vagos contornos de los árboles del bosque, sombríos y amontonados. Casi al mismo tiempo rasgó el aire un silbo agudo, se oyó una detonación, y una bala, rozando la cima del pelo de Javier, fué á clavarse en la pared de enfrente. Javier cerró por instinto la ventana, y el cura, abalanzándose á su sobrino, comenzó á palparlo con afán.

--¡Re... condenados! ¿Te tocó, rapaz?

--¡Si aciertan á tirar con munición lobera.... me divierten!--pronunció Javier algo inmutado.

--¿Están ahí?

--Detrás de los primeros castaños del soto.

--Pon la tranca... así... anda volando por la escopeta... las balas... el frasco de la pólvora... Trae también el _Lafuché_... ¿oyes?

Aquí el párroco tuvo que elevar la voz como si mandase una maniobra militar, porque el desesperado ladrido de los perros resonaba cada vez más fuerte.

--Ahora, ahí, ladrar... ¿Por qué callarían antes, mal rayo?

--Conocerían á alguno de la gavilla; les silbaría ó les hablaría--opinó el gañán, que estaba de pié, empuñando una horquilla de coger el tojo, mientras la criada, acurrucada junto á la lumbre, temblaba con todos sus miembros y de cuando en cuando exhalaba una especie de chillido ratonil.

El cura, abriendo un ventanillo practicado en las maderas de la ventana, metió por él el puño y rompió un cristal; en seguida pegó la boca á la abertura, y con voz potente gritó á los perros:

--¡Á ellos, Chucho, Morito, Linda... Chucho, duro en ellos, ahí, ahí... ánimo. Linda, hazlos pedazos!

Los ladridos se tornaron, de rabiosos, frenéticos; oyóse al pié de la misma ventana ruido de lucha; amenazas sordas, un ¡ay! de dolor, una imprecación, y luégo quejas como de animal agonizante.

--¡El pobre Morito... ya no dará más el raposo!--murmuró el gañán.

Entretanto el cura, tomando de manos de Javier su escopeta, la cargaba con maña singular.

--Á mí déjame con mi escopeta de las perdices... vieja y tronada... Tú entiéndete con el _Lafuché_... yo, esas novedades... ¡Bah! estoy por la antigua española. ¿Tienes cartuchos?

--Sí señor--contestó Javier disponiéndose también á cargar la carabina.

--¿Están ya debajo?

--Al pié mismo de la ventana... Puede que estén poniendo las escalas.

--¿Por el portón hay peligro?

--Creo que no. Tienen que saltar la tapia del corral, y los podemos fusilar desde la solana.

--¿Y por la puerta de la bodega?

--Si le plantan fuego... Romper no la rompen.

--Pues vamos á divertirnos un rato... Aguarday, aguarday, amiguitos.