La dama joven

Part 8

Chapter 83,987 wordsPublic domain

Preservado de la contingencia de la lluvia, envié delante de nosotros á un chicuelo con mi jaco, sobre cuyos lomos iba terciada la famosa capa, y el cura, el señorito, el notario y yo emprendimos á pié la ruta, quedando ellos en acompañarme hasta cosa de un cuarto de legua de Cebre y regresar en seguida por si descargaba el aguacero. Poco nos alejaríamos del pueblo cuando observé que caminaba delante de nosotros una mujer, y conocí á Maripepa, libre ya de la compañía de su becerrillo, que había vendido de seguro. Entretenido en la conversación del cura, y algo aturdido todavía por los efectos del tostado, yo andaba descuidadísimo; pero noté que el cura y el señorito se hacían señas y se fijaban en un punto del horizonte, y ví con sorpresa que el notario no estaba con nosotros. Miré en derredor, y no le divisé por parte alguna. Todavía me parece estar contemplando el paisaje, teatro de la escena que sucedió después.

Teníamos á la derecha un barranco, en cuyas laderas crecían tojos y retamas, y cuyo fondo era una especie de cantera de pizarra, ahondada quizás por los peones camineros para acogerse allí ó para rellenar la caja de la carretera. Á la izquierda oscurecía sus sombras un pinar, plantado enteramente á orillas del camino, y del cual nos separaba tan sólo la zanja de una cuneta poco profunda.

De este pinar, á diez pasos de distancia, oí salir gritos, bárbaras risas, el tragín de una brega, algo como la corrida de una res por entre la hojarasca y la maleza tupida. Oirlo y lanzarme al lugar de la escena para mí invisible, fué simultáneo casi. Desvié arbustos, crucé zarzales, que me arañaron las piernas, y hallé en el mismo lindero del bosque á Maripepa, lidiando con el notario á brazo partido, protegida por los troncos, que le servían de parapeto, trinchera y burladero. Sin vacilar me precipité á defenderla, cogiendo del cuello de la americana al agresor y obligándole á hacerme cara; pero el demonio, ó el tostado, que será lo más cierto, le impulsó á descargarme una valiente puñada en la mandíbula izquierda, que me dolió, no allí, sino en el alma, con dolor desconocido hasta entonces. No era aquello un bofetón, ni por el propósito, ni por el hecho; mas, al fin y al cabo, era la diestra de un hombre en mi rostro, y todos los instintos bárbaros y cruentos, de los cuales he abominado mil veces en mis lucubraciones filosóficas, que he maldecido y anatematizado en nombre de la razón, se despertaron como una jauría, y me aullaron dentro con feroces aullidos. Sin acordarme de la diferencia de fuerzas físicas, arrojéme al notario, y él, echando fuego por ojos y mejillas, se abrazó también conmigo.

Maripepa entretanto gritaba, y yo oía sus gritos como en sueños, porque sólo atendía á saciar el repentino arranque de mi rabia. Sujeto entre los forzudos brazos del notario, únicamente me quedaba libre la cabeza, y me serví de ella de un modo singular; siendo más alto que mi adversario, le dí con la barbilla tan fuerte y traidor golpe en la vara de la nariz, que el horrible dolor le hizo aflojar los miembros, y pude, recobrado ya el uso de las manos, descargarle un bofetón que me alivió el pecho, vindicando _mi honra_, según supuse. La vindicación me apagó los instintos bélicos, y salí corriendo á la carretera.

Tras de mí, á manera de jabato perseguido, salió el notario; el señorito y el cura se metieron entre los dos para evitar que se enredase el lance. Al señorito todo se le volvía exclamar, consternado:

--Señores... señores... don Joaquín... á sosegarse... á sosegarse...

--Es que el señor... es que el señor me... me...--murmuraba con ahogada voz el notario.

Su lengua, trabada por el vino y la cólera, no acertaba á pronunciar más palabras. Su ademán de reto me trastornó la cabeza, y desasiéndome de los brazos del cura, fuí derecho á mi adversario. Éste tenía la corbata torcida, saltado el botón de la camisa y más encrespadas que de costumbre las cerriles guedejas. ¡Estaba tan feo, Camilo, que me olvidé de que era un semejante! Temí sus brazos de oso, su fuerte musculatura, la vergüenza de una derrota; me bajé y más pronto que la chispa eléctrica, cogí una piedra, quedándome con ella oculta en el hueco de la mano. Él cayó encima de mí como una pesada mole, y me impulsó al borde del barranco. Sentí acortárseme el aliento bajo la presión de sus vigorosos músculos, y recibí en la nuca una recia contusión. Descargué la mano donde pude, hiriéndole, según creo, en la clavícula. Se desplomó y rodó á tumbos hasta la cantera, empedrada de fragmentos pizarrosos.

Me quedé entonces súbitamente sereno, asombrado de mi victoria. Mi diestra se abrió soltando el arma, en mi entender homicida. Mis ojos dilatados registraban la cantera. Ya el señorito, medio á gatas, ayudado por su pericia de cazador, bajaba al fondo. Expuesto á matarme lancéme tras él, y el cura nos siguió buscando una veredilla practicable.

Mi víctima yacía de bruces, y tuve un momento de miedo y agonía, porque su postura era como de cadáver y su completa inmovilidad autorizaba la conjetura de la muerte. Pero al acercarme, al levantarlo, percibí su agitada respiración: el oso casi gruñía. Estaba imponente, con sus ojuelos cerrados, su negra barba llena de polvo y astillas de pizarra, su traje roto y manchado, y la poca epidermis que solía verse de su rostro y que siempre aparecía rubicunda y florida, más pálida ahora que la de un difunto. No obstante, fué inmensa mi alegría al cerciorarme de qué alentaba, al incorporarle y ver que se tenía de pié sin fractura de miembro alguno, al oir de sus labios, que se abrieron lánguidamente, estas frases inverosímiles:

--Usted me ha de perdonar, don Joaquín... Un pronto lo tiene cualquiera... No se moleste, me sostengo bien yo solo... ¡Ayyy!!

Te juro, Camilo, que no invento palabra. Las primeras de aquel bárbaro fueron así, ni más ni menos; puedes estar seguro de que no pongo ni quito un ápice. El ¡ayyy!! lo dió llevándose la mano á la clavícula, donde de fijo le mortificaba una horrible magulladura, dolorosísima por ser en parte semejante.

Si yo tuviese al notario por un gallina, no me sorprendería su conformidad. Lo raro es que he visto á este hombre dar indicios de valor, y he oído contar de él batallas electorales que prueban que no es manco. Me expliqué tan extraña sumisión, ó por el molimiento de la caída, ó por la injusticia de su causa, que le abatió el ánimo. El caso es que el orgullo de verme victorioso sin ser homicida; el placer de subyugar á un contrario que tiene diez veces más fuerza que yo; la novedad de la situación, dado mi carácter pacífico, todo ayudó á infundirme gozo y vanidad, sin que pensase en los recursos, no muy leales, á que debía el triunfo. Empecé á preguntar á mi vencido adversario, con insultante protección, si se había hecho mucho daño, y dónde le dolía. Saqué el pañuelo y le sacudí la tierra y los fragmentos de pizarra que tenía pegados al cabello y á la ropa; y mientras, ayudado por el señorito y el cura, subía trabajosamente del barranco á la carretera, yo trepé solo, animado, hecho un Cid.

¿Y la doncella, origen del formidable paso de armas? dirás tú. Miré á todos lados y no la ví, ni rastro de su persona: supuse que había huído aterrada con la presunta muerte del malandrín follón. Éste notó mi ojeada circular, y con sonrisa entre resignada é irónica, me dijo en voz flaca todavía:

--No se apure, don Joaquín, no se apure, que parecerá la chica... Al paso del jaco pronto la coge usted, aunque no tiene malas piernas... Ella esperará, esperará: así esperasen las liebres... Y otra vez...--añadió tendiéndome por despedida la mano--otra vez, cuando las cosas importen, avisar á los amigos... que es mejor que andar á trastazos!

--Eso es verdad--murmuró el señorito con silenciosa sonrisa.

--Cierto, sí señor, la amistad es lo primero; y ahora hagan las paces--exclamó cordialísimamente el cura, empujándonos á los brazos el uno del otro.

¿Qué había yo de contestar, ni á qué meterme en explicaciones ociosas, ni creíbles ni creídas? Estreché cariñosamente al que no hacía media hora trataba de ahogar, y terminó con un abrazo de Vergara la contienda que pudo parar en fratricidio.

Tú, que no ignoras mi horror al derramamiento de sangre, comprenderás si respiré libremente cuando, al trotecillo del jaco, y protegido por la capa de paja, me desvié buen trecho del teatro de la aventura. Iba declinando el día y caían unas gotas menuditas, présagas de otro aguacero más fuerte. De pronto pegó mi rocín una huída de costado, y se alzó de una piedra una figura humana. Conocí á Maripepa, refrené la montura, y por instinto busqué en el rostro de la muchacha la expresión del reconocimiento que debía inspirarle su salvador, y el gusto de verse redimida; pero ella, lejos de mostrar júbilo, con mucha tristeza empezó á decirme que _estaba servida_, que llovía y que hasta la Fontela iba á echarse á perder su traje nuevo.

--¿Quieres mi capa de paja?--le dije.

--¿Por qué no me lleva en el caballo?--contestó ella, oponiendo pregunta á pregunta, según costumbre del país.

--Pero ¿cómo, chica?

--Córrase un poco atrás, señorito.

Retrocedí en el ancho campo del albardón, y ella, apoyando en el arzón la palma de la mano, pegó un brinco y quedó sentada á mujeriegas, muy cerca del cuello del rocín. Sin soltar de la izquierda las riendas, la rodeé el talle con el brazo derecho, extendí hacia delante la capa de paja, para que la abrigase también, y bajo aquella improvisada choza, nos encontramos aislados y juntos.

Comenzó otra vez la caminata. El jaco, mohíno con su carga doble, andaba despacio, á trancos: anochecía, y el acompasado ruido de la menuda lluvia resbalando sobre la lisa superficie de las pajas, era lo único que turbaba el silencio de la vereda solitaria y el sopor de la naturaleza. El peso del cuerpo de Maripepa gravitando sobre el mío, el contacto de nuestras cabezas y del brazo con que por necesidad la oprimía un poco para sostenerla, comenzaron á marearme y á renovar pensamientos que antes creí debidos á la aromática embriaguez del _tostado_. ¿Qué misterioso atractivo, qué calor dulce, qué extraña electricidad se desprende de la mujer joven, que así nos turba y fascina, por más que resistamos? En vano intentaba sustituir la valla material que no existía entre Maripepa y yo con mil vallas morales, midiendo y aun exagerando la distancia que va de una aldeana tosca, zafia, ignorante, pastora de ganado, á un hombre que presume de culto, que ha leído, ha estudiado y meditado un poco, y aspira á ocupar decoroso puesto en la sociedad. Así como el muy sediento bebe ansioso aunque el vaso no sea de cristal fino, ni el agua fresca y purísima, yo, trastornado por la peligrosa proximidad, no conseguía representarme á Maripepa aborrecible ó repugnante. Bien dicen que el que quita la ocasión, quita el pecado. ¿Quién habrá discurrido, pregunto yo, este modo de viajar que aquí se estila?

[Imagen]

Quiero abreviar, Camilo, y contarte aprisa lo poco que ya te falta por saber, ó mejor dicho, lo que habrás adivinado. No estaba la muchacha de humor de renovar las recientes proezas del pinar; antes parecía que, lejos de rechazarme, se pegaba á mí como la goma al árbol. Dos ó tres exclamaciones, una risa sofocada; á eso se redujo su protesta cuando empecé á perder pié familiarizándome. Entre tanto, el jaco, dándome ejemplo de formalidad, caminaba sosegadamente, pero seguidito, y puesto que era noche cerrada, me fié en su instinto seguro, y después de recorrer caminos hondos, tropezando en los altibajos y zanjas abiertas por las ruedas de los carros del país, paramos al cabo en la Fontela. Aún había salvación para mí si la puerta de la bodega se abriese y Maripepa se acogiese á sus cubas; por desgracia era muy tarde y de fijo dormían todos: no se oía ruído alguno, ni se veía luz; hasta ni ladró el perro, que olfateaba á sus amos, sin duda. Metí al jaco en el cobertizo, y como tenia la llave del piso alto en el bolsillo y el diablo en el cuerpo, hice subir á la chica.

Volví en mi acuerdo, cual suele ocurrir en situaciones análogas: pronto para sentir el yerro, y tarde para evitarlo. ¡Qué impresión experimenté! Vergüenza, remordimientos, compasión, horror de mí mismo, abatimiento profundo. Aunque mi mayor deseo sería quitarme de delante á Maripepa, testimonio viviente de mi caída, comprendí la inhumanidad de echarla, y huyendo del dormitorio me salí á la ancha sala, en cuyo oscuro recinto dí vueltas y más vueltas, tratando de recobrar un poco de sangre fría y adoptar alguna medida prudente. Por fin me alarmó el silencio que imperaba en el dormitorio, y, temeroso de que Maripepa se hubiese desmayado ó cosa parecida, entré. Á los piés de mi cama, tendida en el duro suelo, sirviéndole de almohada una cesta boca abajo, y de cabezal su negro dengue, Maripepa dormía á sueño suelto!

La miré atónito. No era aquella la primera vez que descansaba así; lo había hecho varias durante mi enfermedad. Entonces, como ahora, parecía un can doméstico, satisfecho del humilde lugar que ocupaba y ageno á pretender otro más alto; para ella eran iguales el pasado y el presente: ¡cuán distintos ya para mí! Al mirarla dormir con tan ciego descuido y abandono, se aclararon mis ideas y entendí lo villano de mi conducta. ¡Pensar que aquella tarde estuve próximo á hacerme reo de homicidio porque otro intentó lo que yo realicé después á mansalva, amparado en cierto modo por mi autoridad de amo de una pobre criatura! Es cierto que yo la encontré tan propicia como rehacia el notario; pero eso no me disculpa, pues debí respetar la sencilla inconsciencia de una paisana candorosa que deja transparentar en sus ojos lo que las señoritas del pueblo encubren á todo trance.

¡Qué modo de dormir! Y estaba casi bonita. Su cabeza roja relucía sobre el dengue, y sus hombros desnudos eran blancos y llenitos, contrastando con la garganta morena, tostada por el sol y el aire. El resto del cuerpo no se veía, por cubrirlo el extendido _mantelo_. Respiraba con igualdad; tenía la boca abierta, y su postura era natural y graciosa, á pesar de la dureza del lecho. Reparé que le colgaba del cuello un cordón, y del cordón una mano chiquita de azabache dando la higa: talismán ó amuleto muy usado aquí. Su rostro no estaba ni plácido ni descompuesto: estaba como cerrado á toda expresión por un sueño reparador y total.

No era cosa de despertarla ni de pasar la noche en pié. Me arrojé sobre la cama vestido, y apagué el velón de aceite. No pegué los ojos, y entre el silencio nocturno escuché toda la noche un soplo suave, la respiración de mi víctima. Al amanecer me levanté sin hacer ruido y salí á vagar por el campo.

Á la tarde vino de la cartería de Naya Manuel, que acostumbra traer el correo, y me entregó tu carta, por donde sé que ya soy juez y puedo administrar justicia!

DEL MISMO AL MISMO.

Febrero.

No insistas, Camilo, no porfíes; es imposible que siga tus consejos cuando, cegado por el interés que te inspiro, te empeñas en que me porte indignamente á sangre fría. Si fuí delincuente una vez, me disculpan algunas cosas: el ardor natural de la juventud, el _tostado_, la ocasión y lo demás que sabes; pero en el día, después de reflexionar maduramente, de dar espacio al pensamiento, no puede ser que yo consienta en una infamia.

«Lárgate, vente á escape,» me dices y repites sin cesar. Pues yo te contesto que no sólo no me largo, sino que he resuelto quedarme aquí y reparar mi delito cumpliendo como hombre honrado y decente.

Más que te hagas cruces, más que me trates de imbécil, no puedo ocultarte que he determinado casarme con Maripepa. Ahórrame todas las reflexiones que adivino, que ya me hice á mí propio. Sólo te opongo _á priori_ un argumento; ponte en el caso de que Maripepa fuese tu hermana ó tu hija: ¿qué me aconsejarías entonces?

Antes que tú lo digas, diré yo que esta unión es desigual con la peor de las desigualdades, la intelectual, la de educación, procediendo del azar que nos reunió como se reunen un segundo dos bolas de billar para una carambola; que disgustaré horriblemente á mis padres, sobre todo á mi pobre madre, tocada de la disculpable debilidad de creer que esta borrosa piedra de armas de _la Fontela_ nos sube más arriba del nivel de la _clase media_ y nos mete de patitas en la _aristocracia_; que la mitad del mundo se reirá de mí, y la otra mitad nos mirará á entrambos por encima del hombro. Ya sé todo eso, y mucho más. Lo he pesado, y lo he aceptado. Será mi expiación cargar con tan terrible peso; porque al dar á Maripepa mi nombre, no la he de esconder como se esconde una úlcera; la he de presentar donde yo me presente, y donde me reciban á mí habrán de recibirla á ella, y donde la echen, saldremos ambos por la puerta misma. Me arrojo á perpetua lucha con mi familia, con la sociedad; adelante: lucharemos, Camilo; sóbranme fuerzas para luchar con el universo, no con mi conciencia acusándome de la más fea alevosía.

¿Quién sabe hasta dónde llegan las consecuencias de mi atentado, y qué género de crueldad cometería yo si ahora volviese las espaldas á mi víctima?--¿No se te ha ocurrido, Camilo, esa idea? Á mí sí, y desde el primer instante. No hay más que un modo de solventar las deudas: pagarlas. Y puesto que me nombran juez, ¡qué diablo! lo menos que puedo hacer, es empezar á administrar justicia en mi propia jurisdicción.

Lo más difícil de mi tarea serán dos cosas: convencer á papás y educar un poco á Maripepa. Esta flor silvestre, que he pisoteado en momentos de alucinación, está pidiendo cultivo. Me consagraré á dárselo, así derroche toda mi paciencia en el fastidioso oficio de pedagogo. Respecto á mis padres, si algo me quieres, si algo puede contigo una súplica mía, empieza á prepararlos mañosamente, á dorarles la píldora (si cabe oro en píldora tan gruesa y amarga) y á inculcarles la rectitud que late en el fondo de mi desusado proceder. Jamás me atreveré á escribírselo redondamente. Conviene que vayan acostumbrándose poco á poco. Á Matilde, que es buena, dile tú que le ruego encarecidamente no se burle ni se avergüence de su cuñada, si no quiere hacer sufrir mucho á su hermano.

Nada he dicho todavía de mis planes á Maripepa. ¿Creerás que la pobrecilla vino dos ó tres noches á tenderse en el suelo al pié de mi cama, lo mismo que si hiciese la cosa más natural del mundo? Algo tembloroso y sin saber qué decir, la envié á sus cubas. Me pareció que iba triste, pero no enojada. Me miró con cándida sorpresa, y yo no pude menos de prodigarle algunas caricias.

Lo dicho. Prepara á mis padres, y entérame de lo que vayas adelantando.

DEL MISMO AL MISMO.

Febrero.

¿Que estoy enamorado, ciegamente enamorado? No diré tanto, no; pero se me figura que voy interesándome un poco, justa recompensa de mi conducta. Si aborreciese á Maripepa, haría lo mismo que pienso hacer, no lo dudes; sólo que, naturalmente, me costaría más trabajo. La chiquilla se muestra tan dócil, se me arrima tan cariñosa como un perro manso, me escucha con tal atención y me obedece con tal pasividad, que mi alma, que no es de bronce, va ablandándose, y no me ruborizo de quererla.

De noche sabes que la envío á su bodega, pero de día correteamos por el campo. No le consiento que vaya descalza; le he dado dinero y le han traído de Cebre zapatos á pares y medias morenas y gordas; empiezo á civilizarla por los piés, y no es lo menos difícil. Así y todo, cuando tenemos que atravesar charcos ó trepar por altos, vallados y portillos, Maripepa da al diablo el calzado y reniega de las medias. En el soto, ella me busca setas comestibles, me trae plantas que yo diseco para enviar á Matilde, recoge leña menuda, y así que lía el haz, se viene á tumbar en la hierba y apoya la cabeza en mis muslos. Le revuelvo el pelo con los dedos, calculando qué efecto hará esta crin roja cuando Maripepa se vista de seda negra, modestamente, como conviene á la esposa de un juez. ¿Llegará Maripepa á ser una mujer medio presentable? Quisiera comenzar por el principio, enseñarle á leer y escribir; pero, ¿quién pone escuela en medio del monte? Ella me escucha gustosa cuando le explico (lo mejor que puedo) algo de los usos y costumbres del mundo que no conoce; veo, sin embargo, en la tenaz oscilación de su cabeza, en la dilatación de sus pupilas verdes, un vago asombro incrédulo que no sé cómo disipar. Maripepa se cree un juguete en mis manos, se presta al juego, pero no se deja embobar tomándolo por lo serio. Piensa que le digo todo al revés, que la engaño, que me divierto con ella; no se enfada, porque juzga que sólo sirve para eso, para entretenerme un rato; mas ni logro persuadirla ni hacer que se dedique á ningún estudio formal.

Un día, con un palito aguzado y poniéndole el modelo, le hice trazar letras sobre una peña entapizada de musgo. Llegó hasta la H, y no hubo quien la hiciese pasar de ahí. Le chocó la forma de la H, y estuvo haciendo _haches_ un rato, después de lo cual alegó que no sabía, que no podía, que se cansaba. Y fué imposible convencerla ni sacarla de su salvaje obstinación.

Como hay un lenguaje que los dos entendemos, aunque lo hablamos de distinta manera, se distrae uno en las lecciones y falta la constante voluntad de aprender en el maestro y en la alumna. Además, la naturaleza es cómplice de esta falta de energía para el estudio. Nos vamos acercando á Marzo: días hace que en los linderos embalsaman el aire las violetas; un hálito templado corre á veces por el bosque; las aguas del río se estremecen blandamente, y á mí el corazón me da involuntarios saltos de alegría. Me encuentro tan sano, tan fuerte con esta vida silvestre y libre; la comida frugal me sienta tan bien; la respiración y la circulación son tan normales y concurren tanto al bienestar del cuerpo; la conciencia del deber cumplido me llena de tal modo el alma, que me entrego sin reparo á una felicidad inexplicable, instintiva, sólo turbada por el pensamiento de lo que dirán mis padres y la idea de que tú no acabas de resolverte á indicarles cuánto pasa.

Sólo los días de lluvia me abato un poco. Maripepa me agrada más por los montes, ágil como una cabra, en contacto con el aire y el sol, que en la cocina ó en el banco, á mi lado, pero aburrida, sin saber qué hacer de las manos y acabando por dormirse de bruces sobre la mesa. No hay de qué tratar, se acaba la conversación y viene el fastidio inevitable. Así es que procuro aprovechar el buen tiempo y gozar de la primavera cuando apenas asoma; voy con Maripepa al prado, al pastoreo; la veo amasar el pan de maíz, coger leña para el horno, y aun cavar la huerta y arrancar y trasplantar la legumbre. Sólo me opuse á que trajese un haz de tojo. Verle cortar los espinosos troncos, cogerlos con la horcada, hacerse tal vez mil heridas, me sublevó. Valiéndome de mi autoridad, dispuse que Manuel recogiese el tojo.

Aquel día también recuerdo que le pregunté á la chica:

--Maripepa, ¿qué dirías si yo me casase contigo?

Contestóme solamente:

--¡Ay qué señorito!!

Esta sencilla exclamación, y las inflexiones de la voz, acompañadas del mirar y del reir, me hicieron comprender que Maripepa creerá más fácilmente que el río Avieiro rueda vino, en vez de agua, que yo sueñe en darle mi nombre en los altares. Ni se le pasa tal cosa por las mientes. Para ella todo esto es una diversión, una especie de romería á que concurre, y en donde baila, sabiendo perfectamente que al otro día ha de volver á sus duras faenas y á su vida miserable.