La dama joven

Part 7

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Me sentía rendidísimo y no quise confesarlo, porque me avergonzaba de mi poco vigor ante la robustez del notario, la agilidad galguesca del señorito y la jovial ligereza del cura. Hasta los perros volaban delante, gozosos, en su elemento, volviendo de cuando en cuando sus cabezas inteligentes á ver si los seguíamos. De pronto el _Pistón_ y la _Gineta_ se pararon, con las patas de delante inmóviles y un leve y nervioso meneo de cola. Su piel se estremecía de impaciencia y de entusiasmo. ¡Entra, _Pistón_! ¡Entra, _Gineta_! ¡Ahí, _Chonito_! Entraron impetuosamente en el brezal, y salió la bandada con formidables aleteos; sonaron tres tiros, y luégo otros tres; por último salió rezagado el mío, y se perdió inofensivo en el aire, haciendo reir á mi costa. Los canes _portaban_ las víctimas, desviando delicadamente sus dientes blancos para no deshacerlas, y aquí de las exclamaciones: «¡Un pollo! ¡ Un pollo! ¡Esta es _una vieja_, un macho viejo!» Y los cazadores apartaban con los dedos la abigarrada pluma, palpando la carne gruesa, tibia aún con un resto de calor vital.

¡Gracias á Dios! murmuré para mi sayo cuando nos recogimos á una robleda donde nos aguardaba la comida, y, sobre todo, el reposo. Maripepa y Manuel, el mozo de granja, nos esperaban allí; entregamos á Manuel la caza por aligerar los morrales, y él nos mostró con aire de triunfo un objeto que pendía de sus tres dedos sanos, y que al pronto me pareció un haz de helechos, hasta que ví entre las dentadas hojas verdes asomar unos cuerpos de pez argentados y húmedos. ¡Truchas soberbias, truchas de las famosas del Avieiro!

Manuel explicó que las había cogido tempranito, al rayar la aurora, por medio de la _nasa_, especie de cesto muy hondo. Con la alegría de verlas se me quitó el cansancio, y ordené á Manuel que fuese por unas parrillas á la rectoral de Naya, que estaba á un tiro de fusil; al oirme hablar de parrillas, Manuel se encogió de hombros, se eclipsó, y volvió á poco rato trayendo una ancha losa de pizarra que tendió en el suelo, y al rededor de la cual puso rama de pino, mucha rama, prendiéndole fuego después. Así que la rama ardió y se hizo brasa, colocó encima de la candente pizarra las truchas, que empezaron á asarse lentamente, soltando su grasa finísima. ¡Qué buenas estaban! El más exigente gastrónomo se chuparía los dedos.

Con la golosina de las truchas comí bien, y al volver á ponernos en marcha para buscar otro bando de perdices que debía encontrarse, según noticias, en un escarpadísimo barranco, cátate que empieza á caer llovizna menuda y á cerrarse la tarde en niebla, y yo, bastante desabrigado, á experimentar la penosa sensación del frío sordo y penetrante, que se nos cuela hasta los huesos. La terca lluvia no cesaba, y estábamos á legua y media de Fontela, y no me defendía, como á mis compañeros, una especie de coleto de badana, ni unas polainas de cuero. Llegué tiritando á casa y me acosté yerto; á poco se declaró la calentura, y aun creo que el delirio; por lo menos la incoherencia en el hablar. Yo me agitaba, quería destaparme, y después me quedaba postrado. Así corrieron dos semanas.

He conocido en esta ocasión que aquí es la gente muy buena y cariñosa; no sabes la compañía que me hicieron por turno el notario, el señorito y el cura; me trajeron al médico de Cebre, viejo practicón que me recetó friegas y sudoríficos (¡qué diría Sánchez del Abrojo si tal supiese!), y trabajo me costó impedir que el notario, á puros refregones, me arrancase la piel. Á falta de los amigos, Maripepa me asistía, velaba y daba bebistrajos y medicamentos ridículos: un huevo muy batido con azúcar y disuelto en leche, agua hervida con miel, mil porquerías.

Me acostumbraron mis enfermeros á jugar una partida de tresillo para entretener el forzoso encierro de la convalecencia, y todas las tardes lo jugamos en la mesa de la cocina, cerca del fuego del hogar, escuchando el ruido pausado de la lluvia y el medroso silbido del viento, pues ya el _veranillo_ pasó y reina la invernada más húmeda y nebulosa que imaginarte puedas. Por no interrumpir la animada partida, sacamos el caldo del pote con nuestras propias manos, y cenamos al amor de la lumbre sin dejar de jugar. ¿De qué se habla? Generalmente, del codillo ¡de solo! que se mamó el cura, ó de la bola que le cortaron al señorito con el caballo de bastos. Á veces, de perdices, de codornices, de ferias ó de política; el notario es sagastino, porque tiene un tío que recibe de Sagasta instrucciones electorales; el señorito y el cura ya sabes de qué pié cojean; yo, que aspiro sólo al progreso y bienestar de España, les sermoneo á todos, y todos se ríen de mis utopias.

Te diré con franqueza que si por algo me desagrada esta tertulia campestre, es por ciertos desmanes del notario con Maripepa. No puede la pobre muchacha entrar en la cocina sin que la hostigue, la arrincone y la persiga de mil maneras indecorosas. Si los deberes de la hospitalidad y la gratitud que en el fondo me merece este gaznápiro no me atasen las manos, le daría una lección de la cual le quedase memoria. ¿Cómo he de consentir que á mi vista ofendan á una mujer, siquiera sea á la más humilde? Con la lengua defiendo á Maripepa calurosamente, reprendiendo las feas acciones del notario; mas es predicar en desierto, porque la idea de que en Maripepa hay algo acreedor á respeto no arraiga en el obtuso magín de este _Don Juan_ de aldea.

Puede que tú también te rías viéndome metido á redentor; considera, antes de mofarte de mí, que aparte de mis principios humanitarios, le tengo ya á Maripepa cierto cariño desde que me asistió tan asidua. Por señas, ya que de esto se trata, que me sorprendió mucho la indiferente familiaridad con que me prestó toda clase de servicios. Yo bajaba la vista por instinto cuando me mudaba las sábanas, ó las estiraba, ó me arreglaba el colchón... y ella tan tranquila, sin entornar siquiera sus pupilas verdosas. ¿Será verdad que el pudor es relativo y depende de la posición social que ocupamos y de la educación que nos dieron?

Me inclino á pensarlo, porque esta chica me trató con más desahogo durante mi mal, me cuidó con menos escrúpulos que mi hermana ó mi propia madre. Y sin embargo, al través de su tosquedad, parece inocente y mansa como el ternerillo que zagalea.

Noticia á todos que estoy mejor, es decir, bien, y que mañana ó pasado les escribiré largo y tendido.

DEL MISMO AL MISMO.

Diciembre.

¿Preguntas por mi salud? Magnífica, chico; he echado carnes, mi barba se cierra, mis piernas se fortifican, y vas á dignarte decirle á mamá que es razón sacarme de aquí, sino he de enfermar otra vez de murria y fastidio. Se acerca una época que me inunda el corazón de nostalgia: las navidades. ¿Quién no aspira, en Noche Buena, á cenar rodeado de su gente? Sepultado en el rincón de un valle, en el fondo de Galicia, yo me consumiré ese día clásico, y pensaré tristemente en los que me echan de menos. No respondo, Camilo, de no plantarme en esa el día 24.

¡Con qué placer celebraríamos la Noche Buena, yo restablecido, con el nombramiento de Juez en el bolsillo, y tú declarado novio oficial de Matilde! Mis padres, aunque temen algo á tu mala cabeza, estiman tu corazón, saben que eres chico listo y de porvenir, y no aspiran á mejor yerno. Pero eres incasable, está visto. Has de tropezar con una moza traviesa que te haga ver lo blanco negro. No te digo más, porque es algo desairado el papel de casamentero de mi propia hermana, máxime no teniendo ésta un ochavo de dote.

Podías imitar mi prudencia, y dejarme en paz con la chica del casero. Supongo que, después de saber que rabio por tomar el portante, no reincidirás en la chistosa bromita de que estoy prendado de esta _ternera_, como tú le llamas. Maldita la falta que hace estar prendado de nadie para profesar y sostener principios de elemental justicia. ¿Qué significan entonces nuestros ideales democráticos, si hemos de aprovechar la primer coyuntura favorable de escarnecer al pueblo en lo más digno de veneración, en la mujer indefensa y expuesta por su misma inferioridad á todo ultraje? ¿Hay cobardía como abusar de criaturas poco más conscientes que el ganado? ¿No es Maripepa un sér humano, un semejante que excita mayor interés por lo mismo que carece de escudo social?

Comprendo, Camilo, todo lo que se haga en ciertos sitios, en ciertos bailes y con ciertas mujeres. Ya barruntan ellas á lo que se exponen, y no les cogerá de nuevo cosa alguna; si la guerra es poco gloriosa, al cabo es franca y abierta. ¡Pero asechanzas á _Maripepiña_, á esta pobre Margarita salvaje que, por no saber, ni sabe dar al torno! Es igual que tirar á un conejo atado por las patas ó cazar pollos en el nido. ¿No se subleva tu generosidad natural con sólo pensar que yo lo consintiese á mi sombra y bajo mi techo?

Me indignó semejante proceder, y más en el notario, que al cabo no tiene la disculpa de juzgarse, como el señorito de Limioso, investido de una especie de poder feudal sobre las mocitas de la comarca. Es verdad que el notario se lo arroga, en virtud de los manejos de su tío, el sagastino cacique, y te aseguro que bajo el cetro de papel sellado de estos tiranuelos locales vive harto más oprimido el paisanaje infeliz que en tiempos de horca y cuchillo, pendón y caldera.

Da ganas de reir tu aserto de que me inspira celos el notario. ¡Celos de Maripepa... y de ese pedazo de atún! ¡Cuánto nos vamos á divertir este año en el Retiro, acordándonos de tales simplezas!

Mira, no te olvides de instar á papá para que me levanten el destierro. Tengo verdaderas _saudades_ de Madrid; es decir, no sé si son de Madrid precisamente; el caso es que las tengo. Á medida que mis pulmones se saturan de aire puro y vital, parece que se me achica la respiración del alma y que me ahogo por dentro. Ansío no sé qué, doy largos paseos sin objeto ni fin, ó me estoy horas y horas sentado en el poyo de piedra debajo de la solana, sumido en una especie de ensimismamiento raro, que debe ser rezago de la enfermedad. Á veces salto del poyo, y por no saber cómo esparcir la sangre, trato de escalar la solana; y no estando muy hecho á este género de habilidades, á poco me rompo la crisma estrellándome en el patio.

Figúrate si me hierve el cuerpo en impulsos de actividad, que anteayer ayudé á Maripepa á segar, por entretenerme. La ví salir con la hoz y un aire tan animoso, que me dió envidia, y la seguí al prado. Es cosa muy linda el prado, sobre todo en este tiempo, cuando su frescura y color alegre contrasta con la desnudez de los árboles y la aridez del terreno labradío. Un prado es la infancia de la vegetación, y sin que uno sea borrico, ni mucho menos, la yerba convida á tenderse, revolcarse y palpar amorosamente su suave tez de felpa. Me tendí, pues, dejándome resbalar por el leve talud, mientras Maripepa esgrimía el arma de las druidesas y _apañaba_ (es el término técnico) todo el verde posible. Al fin me resolví á servirle de algo, y estuve á punto de llevarme media mano con la hoz, que corta como navaja de afeitar. La chica se rió de todo corazón, pues nada le divierte tanto como mi torpeza en cosas rústicas. Me arrancó el instrumento, y pronto tuvo reunido un haz de yerba que colocó sobre su cabeza. Apenas se le veía la cara entre aquel marco de verdura, y al andar la rodeaban las hojas y tallos que iban soltándose y cayéndose, y quedaba en pos de ella un rastro de briznas de plantas, de simiente de gramíneas, de florecitas menudas. No dirás que no te doy la razón poetizando á Maripepa. El asunto merecía un acuarelista que lo fijase en el papel.

Se me figura que parte de este desasosiego mío, de este no saber cómo matar el tiempo, á la vez que lo engaño con las mayores niñerías y futilidades, consiste en que los tresillistas me han abandonado, aprovechando estos días apacibles en sus correrías y cazatas, que ya no me atrevo á compartir, escarmentado por el mal suceso de la primera. Si no me escabullo antes, en Enero estoy convidado á la famosa feria del 6, en Cebre. El notario hará el gasto, y por no llevarnos á su casa de soltero, que la tendrá sabe Dios cómo, nos obsequiará en la _fonda_. ¡Debe ser cosa buena la fonda de Cebre! ¿eh?

Contéstame á escape, dándome siquiera esperanzas de que saldré de aquí. Creo que el mar político se encrespa y la balanza se inclina del lado de los tuyos. Seré Juez... y ¡ay del notario fullero ó del cacique tortuoso é inicuo que me caiga por banda!

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DEL MISMO AL MISMO.

Enero.

Sí, ha llegado mi nombramiento; sí, no te acusé recibo; sí, me hago el muerto, y lo que es peor, deseo estarlo hace algunos días. ¡Ya soy Juez, Camilo! ¡Amarga ironía de los acontecimientos! ¡La justicia humana se pone en mis manos el día en que más merezco caer en las suyas... y acaso en las de Dios!

Camilo, si eres amigo mío de verdad, si quieres un poco á mi hermana, por ambos afectos te suplico seas discreto y reservado y no reveles á papás ni á nadie de este mundo palabra de lo que voy á contarte; porque necesito desahogo, y ya no sé callar más, y porque quiero que me aconsejes. Tú sueles ver más claro en asuntos de la vida práctica, aunque yo poseo... poseía, quiero decir, un fuerte instinto de rectitud moral que en cualquier conflicto me dictaba resoluciones dignas de mí.

Entraré en detalles y referiré cómo se encadenaron sucesos que acaso explican, sin disculparlas, mis locuras. ¡Maldita sea la feria de Cebre! Escucha, escucha, verás cómo empezó la broma que tan cara me cuesta.

La mañana del día 6 me vestí y acicalé para ir á Cebre, poniendo algún esmero en mi aliño, porque tras de una larga temporada de campo, en que el aseo se descuida y se anda sin corbata ni camisola, gusta volver por los fueros del hombre civilizado, y se experimenta cierto placer al cortarse las uñas y atusarse el pelo. Vestido ya de piés á cabeza, cabalgué en el jaco que me traía Manuel, y salí al camino. Estaba la mañanita fresca, y yo, sintiéndome sano y fuerte como nunca, respiraba con placer el airecillo picante, y conocía que empezaban á enfriárseme los pies en los estribos. De pronto oí una voz: «¡Adiós, señorito!» Miré hacia abajo y ví á Maripepa. Al pronto dudé si la era; tan diferente me pareció de la Maripepa acostumbrada.

¡También ella se había pulido y arreglado á su modo! Llevaba _mantelo_ negro, liso y muy ceñido, con ancha cenefa de pana; _dengue_ negro también, recamado de azabache y sujeto á la cintura con un broche de dos conchitas de plata relucientes; al cuello, pañolito de seda azul. Su pelo rojo, alisado con agua, tenía al sol reflejos cobrizos, y su tez, á fuerza, sin duda, de fricciones, ostentaba un brillo de juventud; las pecas satinaban á trechos el cutis tostado, y los ojos, verdosos, parecían de metal, vistos á la claridad del día. ¡Cosa más rara!--pensé para mis adentros.--Esta chica no es fea, al contrario. Reflexión que hice mientras echaba pié á tierra y emparejaba con Maripepa, cogiendo del diestro el jaquillo.

Ella también llevaba el ternero, destinado á venderse en pública subasta en la feria; de modo que ternero, jaco, ella y yo formábamos un grupo que, al ascender el sol en los cielos, proyectó sobre el camino una sombra grotesca y fantástica. ¿Por qué me fijé en la proyección de sombra, y recuerdo este incidente entre otros más dignos de memoria duradera? No sé: lo cierto es que el grupo, visto de aquel modo, resultaba muy extravagante, y me hizo reir.

Aumentó mi buen humor Maripepa, que me dijo á voces lo que yo me limitaba á pensar de ella por lo bajo. Con rústicas razones me aseguró que estaba muy guapo aquel día, y añadió en tono hiperbólico:

--¡Hoy las señoritas en la feria!...

No se explicó más, ni hacía falta, porque la risa y la mirada dijeron el resto. Homenaje más brutal, más resuelto, más sencillo y más provocativo á la vez, no se ha tributado á nadie. Un alma inculta, enterita y sin velos, se asomó á unos ojos del color del follaje, ojos que parecían espejos de la naturaleza agreste.

He leído que mujeres muy hermosas, entre ellas la célebre Mad. Récomier, la amiga de Chateaubriand, oían con gratitud y orgullo los piropos de los soldados ó de los saboyanitos deshollinadores, en la calle. No soy mujer, ni, como sabes, me he preciado jamás de chico lindo; pero soy de carne, y reconozco que es muy grato leer en una cara el placer causado por nuestra presencia. Y este placer apenas pueden ofrecérnoslo gentes cuya condición social supere á la de los deshollinadores. Una señorita, ó siquiera una mujer algo educada, cuando encuentra guapo á un hombre, procura á toda costa que no le salgan al rostro los pensamientos. Maripepa dió rienda suelta á los suyos, como el niño que ve dulces ó juguetes. Mirábame de piés á cabeza embelesada, repitiendo con una mezcla de envidia y codicia:

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--¡Ay las señoritas hoy!...

Saboreé un momento aquella admiración candorosa, ó impúdica, ó como quieras, dejándome llevar á mi vez del gusto de contemplar á la chica y detallar en ella gracias no observadas hasta entonces: la delgadez de la cintura, realzada por la valentía de la cadera; la abundancia del pelo rojo, alborotado en las sienes; y la mucha frescura de la boca. Pero como no soy tan inocente que no sepa en qué paran observaciones de este jaez, y además, hasta Cebre, faltaban aún tres leguas, dije á Maripepa unas cuantas palabritas de broma, para que quedase satisfecha y pagada, y monté de nuevo á caballo, espoleando á mi jamelgo y perdiendo de vista á la pastora muy pronto.

Cuanto más me acercaba á Cebre, con más bueyes y cerdos tropezaba, teniendo á veces que pararme por no aplastar inhumanamente algún marranillo de rosado cutis y finas sedas. El campo de la feria de Cebre es una robleda frondosísima, que la carretera divide en dos. Cuando llegué, no se podía literalmente dar un paso: tal era el hervidero de cabezas humanas y cornúpetas que me rodeaba y oprimía. No he visto cuernos más inofensivos que los de estas pobres vacas gallegas. Enganchan á un hombre por la cintura, y él se vuelve muy tranquilo y los desvía con la mano. Sin embargo, como estaban tan apiñados, las astas y la gente me oponían una muralla casi infranqueable, y ya renunciaba á pasar, cuando ví de lejos al notario y al señorito haciéndome señas. Guié hacia la izquierda, y conseguí salir á sitio de más desahogo.

En un redondo campillo, donde clareaba la robleda, nos pusimos á pasear, después de que un chicuelo se llevó mi rocín para buscarle acomodo. Empeñóse el notario en darme de _refrescar_ inmediatamente, y trajo de su casa, próxima al campillo, una botella de _tostado_, vino de pasa muy estimado aquí, y unas rosquillas exquisitas, que se conocen por _melindres_. Entre el _mosto_ y el _tostado_ se compondría un vino racional, pues lo que á aquel le falta de azúcar, le sobra á éste; bien que se asemejan en carecer ambos de alcohol, razón por la cual el _tostado_ embotellado suele volverse, al cabo de algunos años, una bola de azúcar. No sé por qué te cuento tales menudencias; creo que los detalles del día fatídico se me incrustaron en la memoria; además, hace muy al caso referir todo lo que me dieron y pudo contribuir á embargar mis potencias.

Sin tener exceso de alcohol, el _tostado_ me alegró y me infundió cierta animación desusada. Presentóme el señorito á tres ó cuatro señoritas que se paseaban por allí en pelo, con flores en la cabeza y vestidos que me parecieron, no sé explicar el por qué, anticuados y pretenciosos. Antes de mi presentación, las señoritas reían á carcajadas y se pellizcaban unas á otras; pero la llegada de mi madrileña persona les echó un jarro de agua, y quedáronse como en misa. Traté de reanimar su buen humor, envidiando de veras el tuyo, que me vendría de perlas allí; ¡esfuerzos inútiles! las niñas creyeron interesado su amor propio en aparecer graves y espetadas, y me preguntaron por las bodas de la Princesa de Baviera y otras menudencias cortesanas, como si yo fuese _gentilhombre de casa y boca_ y anduviese metido en tráfagos palaciegos. Mi empeño de traer la conversación á un terreno más actual y menos elevado, sólo consiguió que languideciese; y después de convidar á rosquillas á aquella aristocracia montés, nos apartamos del grupo, no sin que el notario me diese al codo repetidas veces, señalándome maliciosamente á una de las señoritas, que tenía voz gruesa y presencia varonil.

Vagamos por la feria, admirando alguna yunta de bueyes superior, algún marrano de desmesurados lomos y corto y enroscado rabo (son los preferidos), y alguna vaca gran lechera; no se nos pegaron moscas de caballo, ni nos picaron tábanos, por ser invierno; pero nos empujaron sin compasión, oímos las disputas y el regateo encarnizado, y como iba aburriéndome más de la cuenta, oí con gusto la noticia de que era hora de comer.

Entramos en la _fonda_ por la cocina, llena de gentío y ruido, con piso de tierra, y nos dieron arriba la mejor habitación, una salucha independiente, donde nos sirvió una moza sucia, desgreñada y fea, á quien el notario acribilló á bromas como suyas. Si estuviese yo de humor de descripciones largas, te diría la brutal abundancia del banquete, la compacta sopa de fideos azafranados, el cocido monstruo, con sus moles de tocino y carne y sus chorizos derramando por las brechas de la tripa roja grasa, el asado de lomo capaz de mantener á un regimiento, el océano de papas de arroz; dándote á conocer asimismo el plato clásico de las ferias, el pulpo curado y cocido, tras del cual se chupan aquí los dedos. Y no dejaría de divertirte si te refiriese nuestra conversación, donde entre bocado y bocado averigüé los fastos de las señoritas de la feria, y supe que la gruesa monta caballos en pelo y tiene á prevención el revólver debajo de la almohada, por si asaltasen ladrones el solariego palomar, mientras la chiquita es poetisa y hace versos á los estudiantes que pasan las vacaciones en Cebre, lo cual sugirió al notario y al cura, entre mil tonterías, algunas agudezas que me hicieron reir con toda mi alma.

Mas lo que importa á mi cuento, es que el notario trajo de su casa hasta media docena de botellas de _tostado_, que aunque suave y dulzón, unido al vino común, al ruido, a la risa y á los cigarros, me produjo inexplicable aturdimiento. Sentí crecer en mí la vida orgánica, y me ví libre de la eterna presencia del pensamiento, compañero serio y moderador al fin. Puse los piés sobre la mesa, me eché atrás en la silla, declamé y canté algunas canciones de zarzuela y trozos de ópera, todos tiernos y apasionados. Porque quítale el freno de la reflexión á un muchacho de mi edad, y claro está que se desborda el torrente amoroso que, más ó menos aprisionado, ruge en el fondo de todas las almas. Si la maritornes que servía tuviese rostro humano, creo que le abriría los brazos.

No los brazos, pero una ventana, abrió el cura, y el fresco empezó á calmarme y á recordarme que tenía que volver á la Fontela antes que anocheciese del todo. Ví el cielo gris, y me pareció que amenazaba lluvia. ¡Yo me había venido sin el impermeable! Al punto envió á su casa el notario por una prenda que aquí se usa mucho: la capa de paja. Estos impermeables rústicos dan excelente resultado, pues sobre la superficie de las pajas resbala el agua, sin que entre una gota: nada pesan, y aislan por completo de la humedad: tienen capucha y cubren todo el cuerpo.