La dama joven

Part 6

Chapter 64,010 wordsPublic domain

En un número de _El Imparcial_ que vino de la villita próxima envolviendo arroz, veo el estreno del drama de Echegaray y la honda impresión que ha causado en el público; compadécete de este pobre aldeano, y remíteme por el correo ese drama.

Ahora te pintaré mi Tebaida. Fontela reposa en el hondo de un ameno valle, formado por las vertientes de dos montañuelas, entre las cuales pasa cautivo el río Avieiro. De este río es tributaria la _fontela_, ó fuentecilla, que mana en el huerto de mi propiedad y le da nombre. Á pesar de este aparato de montañas, río y fuente, la finca no es lóbrega, fría ni triste. Está enclavada en una de las mejores comarcas de Galicia, donde se tocan las provincias de Orense y Pontevedra; la temperatura (á lo que pude observar por ahora) es benigna, y según me aseguró ayer el albéitar de Cebre (que vino á prestar los servicios de su arte á una vaca enferma, y es de los alumnos finitos y resabidos de la Escuela de Veterinaria), el termómetro no desciende jamás á cero grados. En cambio el clima peca de lluvioso; cosa que me fastidia, pues suele aprisionarme entre cuatro paredes. Mucho siento hacerme caro, pero necesito de toda necesidad un buen impermeable: díselo á mamá.

La villa de Cebre, situada á tres leguas escasas, es el lugar habitado que tengo más próximo: compónese esta villa de dos calles y media, una iglesucha tamaña como un cobertizo, un mesón donde remuda tiro la diligencia y una destartalada casa-cuartel de la Guardia civil. Á cinco leguas, por el atajo, hállase Pontevedra; á veces pienso en montar hasta Cebre, meterme en el coche de línea, y pasarme en Pontevedra una semana; luégo reflexiono: ¿para qué? No conozco allí á nadie: el teatro está cerrado; vistos los dos ó tres edificios que lo merezcan, me pasearía por las calles hecho un tonto, aburriéndome más que aquí. Renuncio á las expediciones.

Á todo esto, aún no he descrito el palacio y jardines de mi real sitio. No ha debido ser mala, _in illo tempore_, la casa, construída á principios del siglo pasado por un bisabuelo ó tatarabuelo de mi madre. Como la mayor parte de las casas solariegas de aquí, tiene la escalera á la parte exterior, y se entra al piso alto por una larga solana ó balcón corrido, mientras el portalón de abajo, que domina una piedra de armas, da ingreso á la bodega, lagar, cuadra y establos. El piso alto--que es el habitable--consta de salón, cocina ancha y semiconventual, y un par de dormitorios en que caben tres salitas como la nuestra de Madrid. Por supuesto que todo se encuentra en lastimoso estado: la solana, desde donde se goza la deleitable vista del río, está alfombrada de habichuelas extendidas á secar, y en la esquina hay un montón de enormes calabazas; la sala se ha convertido en granero, y amenaza hundirse bajo el peso de ingentes montones de centeno y trigo, que muy á su sabor recorren las ratas; y en mi dormitorio había depositado la chica del casero cosecha de peros y manzanas tan abundante, que su fragancia no me dejaba dormir y hubo de retirarlas al cuarto contiguo, lleno ya de patatas y chirivías.

Excuso decirte que en las ventanas de la casa no se encuentra un cristal sano, y que las golondrinas (que ya se fueron) anidaban en las vigas del salón. Yo, para evitar el frío, tengo que vestirme con las maderas cerradas, á la luz que se filtra por las rendijas; es verdad que se filtra bastante, y aire también. Ya vestido, abro la ventana y entra con los rayos del sol la alegría del cielo puro, ó con las nubes una tranquila melancolía gris, que tiene su encanto, por ser muy característica de esta región. He reparado (los aburridos lo reparamos todo) que suelen las nubes oscurecerse y agruparse á la parte del Noroeste, sobre un manchón ó soto de magníficos castaños.

Comprenderás por lo dicho que la casa, más que vieja, se encuentra abandonada y se resiente del olvido en que la tienen sus dueños. La cal se ennegreció, y las vigas y pisos oscuros, que empiezan á apolillarse, aumentan el aspecto desolado de las habitaciones. Lo más curioso es ver aún esparcidas por estos destartalados aposentos algunas reliquias de opulencia señorial. Mi cama, por ejemplo, es salomónica, primorosamente torneada, incrustada de bronce, con monumental copete y dosel altísimo, de donde cuelgan pingajos de damasco ayer rojo y galón ayer dorado; es mueble que si se restaura quedará precioso, y cuando yo tenga un real y muchos cuartos lo compondré para ofrecérselo á mamá. He descubierto también unos bancos de respaldo pintado, una mesilla de tijera que _acuerda al rey que rabió_, y una Purísima en cobre, tan encubierta por el polvo, que sólo adiviné el asunto viendo blanquear la media luna. Del estado en que se hallan estos tesoros juzgarás si te digo que mi cama, antes que yo llegase, servía para tender castañas y nueces. Los colchones son prestados: creo que del Cura.

Sospecho que hasta mi venida, la familia del casero se permitía dormir y vivir en el piso alto, bien distante de imaginar que ningún Rojas la estorbase nunca el pacífico goce de su morada. Desde mi invasión se refugiaron abajo, no sé si en el lagar ó en la bodega; no he querido averiguar en dónde, porque necesito hacerme violencia para no mandarles que suban otra vez. Me consta que á papá no le agradaría, pues me encargó que me diese á respetar y guardase mi posición, no familiarizándome con los caseros; pero tú, que conoces mis principios, adivinarás cuánto me mortifica saber que á mi lado respiran cuatro ó cinco seres humanos y racionales como yo, amontonados en un lugar sombrío, húmedo, entapizado de telarañas, sin sábanas ni colchones, y al abrigo de una cuba vieja. Porque yo creo que dentro de las cubas vacías duermen todos, chicos y grandes. Aquí, antes del _oidium_, se cogía mucha cosecha, y hay cubas monumentales que hoy no se usan: las alfombraron de paja, y como Diógenes el cínico.

En tan extraños lechos presumo que duermen el padre, vejete marrullero, fisonomía inmóvil, ojillos relampagueantes de malicia; Maripepa, la hija mayor, que contará sus veinte; la pequeña, como de ocho; el niño, de cinco, y el mozo de granja, un bárbaro (exento del servicio militar por faltarle el pulgar y el índice de la mano derecha, que él mismo segó con la hoz). ¡Qué promiscuidad! dirás tú y dirá cualquiera. Así viven: como las bestias en el establo: peor quizás.

Paso á los jardines. Se componen de un cuadrado de coles, otro de patatas, un maizal que ahora está en rastrojos, y unos cuantos manzanos, perales y cerezos. En materia de flores, ya te contaría Matilde que no pude enviárselas disecadas porque no existen, á no ser tojos amarillos, malvas y unas campanillas blancas bien chiquitinas. Cuando cese de llover, bajaré á las orillas del río á ver qué tenemos de bueno por allí y si es posible coger alguna trucha; me convendría variar el _menú_, que se compone invariablemente de un caldo, un cocido y un asado de carne con patatas. Creo que Maripepa no sabe más condumios. Es verdad que por la mañana me tiro al cuerpo un vaso de leche... ¡qué vaso de leche, chico! Esto es beber leche: una leche mantecosa, fragante, rebosando la suave crasitud de la nata: un desayuno digno de un rey. Al despertar sudando y molido (porque esta máquina no quiere acabar de arreglarse, pero no se lo digas á los papás), aquel vaso de leche me vuelve el alma al cuerpo. Á las siete en punto entra Maripepa, y _cla, cla_... me bebo mi vaso, mejor dicho, mi escudilla ó _cunca_ de barro del país, que no nos honramos con otra vajilla más preciosa.

Ya que he puntualizado lo que me sucede aquí, hasta lo más tonto, justo es que me enteres de lo que por ahí ocurre. ¿Habló ya en el Ateneo Gutiérrez Pelado? ¿Gustó? ¿Volvieron Ernesto y su novia de Andalucía? ¿Publicó Lena sus _Ilusiones fugaces_? ¿Le han dado algún palo los críticos? ¿Á qué altura estás con la rubia del Retiro? ¿Lo pescó Matilde? ¿Y de política? Que vengan los tuyos; amén, pero por turno pacífico, sin pronunciamientos. España necesita un poco de paz, si ha de reponerse. Me repugnan las explosiones brutales, hasta las más justificadas en su origen.

Á ti, en cambio, te entretienen. Dichoso tú. No te faltará diversión.

Ea, adiós; no te empereces, y escribe.

DEL MISMO AL MISMO.

Octubre.

¡Camilo, Camilo, Camilo! ¡Que siempre has de ser así, empedernido y recalcitrante! Porque te dije en mi carta anterior que el casero tiene una chica, y esta chica me sirve la _cunca_ de leche, ya pones mil tonterías, y afirmas que estoy aquí contentísimo y pinto el país y la casa con bellos colores. Piensa el ladrón... Ven acá, malicioso; ¿ignoras que no soy como tú, ni peco de inflamable, ni me vuelve loco el espectáculo de unas enaguas colgadas de una percha? Me gusta lo hermoso, me agradan las niñas guapas mucho más que las feas; sólo que no he menester, como tú, traerlas siempre al retortero, y supongo que cuando me enamore será de veras, y haré un marido tierno y amante, como Dios manda y debe ser todo hombre honrado.

Mi programa excluye los conatos de seducción. ¡Y por dónde querías que empezase la carrera de Tenorio! ¡Por Maripepa, la hija del señor Pepe de Naya! Antes de leer tu carta (que en algunos pasajes me hizo desternillarme de risa), ignoraba el color de los ojos de esta rústica ninfa, ó más bien faunesa. Hoy fué la primera vez que se me ocurrió desmenuzar su palmito. Cuando yo la consideré despacio, estaba _Maripepiña_ en la actitud siguiente: arrollada á una muñeca la soga con que prendía á la vaca, y en la otra mano, que apoyaba en la cadera, reluciente y afilada hoz. Muchacha y vaca miráronme de soslayo cuando me acerqué al grupo, con mirada á un tiempo recelosa, arisca y humilde, como exclamando: «¿qué nos querrá éste?»

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¿Y qué tal de estética? preguntarás tú de fijo. ¡De estética! Verás, verás. _Maripepiña_ es de mediana estatura, tiene el cutis asoleado, sembrado de pecas, rojo el greñudo cabello, las manos oscuras y curtidas, con uñas cuadradas y romas, el pié muy ancho y plano, sin duda por la costumbre de no calzarse sino los días festivos, y de pisar cantos y asperezas. Tú, que te mueres por un pié bonito encerrado en elegante bota, tendrías para reirte un mes con la ancha base de esta criatura. Á fin de no desilusionarte por completo, añadiré que posee unos ojos entre verdes y azules, con pestañas muy cortas, espesas y rubias, que no por lo raros, ni por no contarse en el número de los ojos clasificados oficialmente como bonitos, dejan de serlo. Pero lo demás... ¡Si vieses qué semejantes en su colorido son la chica y la vaca! Rojas, morenas, las dos parecen hechas de tierra y teja molida.

Emprendí conversación con Maripepa, y no se cortó; dejó á la vaca mordiscar el campo, y me fué dando explicaciones de sumo interés; por dónde se encontraban las mejores lindes para el pasto; qué edad cuenta el ternero; cuándo será tiempo de venderlo en la feria; cómo era preciso traerle yerba tiernecita, si no el muy glotón no dejaría para mí gota de leche; todo en el dialecto del país, que me costaba trabajo entender, aunque voy acostumbrándome y ya sé el nombre de muchas cosas.

Sospechas que me habitúo á esta situación; te equivocas; me aburro resignadamente, hago de tripas corazón y de la necesidad virtud; duermo, como, paseo y trato de no echar de menos tu compañía, la familia, mis relaciones, el Ateneo y los teatros. No niego que me sucede un curioso fenómeno; deseaba mucho recibir el cajón de libros, y ahora que está aquí no me resuelvo á desclavarlo. La naturaleza me embebe, me absorbe la vida orgánica y me entrego dulcemente al placer de existir, de gozar sueños reparadores y digestiones insensibles, respirando un airete templado, que á veces trae olores resinosos del cercano pinar.

Otro síntoma: cuando llegué se me figuraba estar soñando, y que el único mundo real era Madrid; ahora me sucede lo contrario; penetrado de la realidad de cuanto me rodea, el Madrid lejano me parece una comarca fantástica: dudo confusamente de su existencia, y al recibir cartas me río de mis dudas. Cosas singulares observé también al despertar. El primer día que desperté aquí, me sobrecogió extraordinariamente la profunda calma, apenas rota por un rumor suave de brisa en la arboleda, por remotos _quiquiriquís_ de gallo y por el argentino gotear del caño de la fuente. Contrastaba de tal modo esta paz con el ruido de los coches, que aún llenaba mis oídos, con el tableteo del tren y el carranqueo de la diligencia, que me puse á _escuchar el silencio_, gozando más que en el Real cuando la orquesta entona el _solo_ de la _Africana_.

No niego el atractivo del campo. Desde que no llueve y está serena la atmósfera, recorro mis dominios, disfrutando de un apacible otoño. He visitado las orillas del Avieiro, festoneadas de olmos y mimbrales; en los recodos, ¡si vieses qué praditos de grama mullida, qué orlas de espadaña mezclada con lirios tardíos! Dará gusto leer á Becquer en sitios tan poéticos. Con todo, mi lugar favorito no son las orillas del río, sino el soto de castaños. Conservan éstos su frondosa hojarasca, pero sus flores secas y amarillentas alfombran el suelo y embalsaman el aire con un grato olor casi imperceptible; algún entreabierto erizo va cayendo, y se ve en su interior pardear la castaña. Me indicó Maripepa que el día de Difuntos se podrá hacer un _magosto_, es decir, asar las castañas en el mismo soto y comerlas regándolas con el mosto agrio y clarete del país. ¡Qué mosto, hijo! Me lo dieron á probar, é hice una mueca. Aseguran que asociado á las castañas es cosa exquisita; me figuro que siempre será vinagre.

¡Ah, gran acontecimiento! ¿Pues no se me olvidaba lo mejor? He tenido dos visitas, pásmate, dos nada menos. Y son gentes muy dispuestas á acompañarme y obsequiarme: el notario de Cebre y el señorito de Limioso. El notario, mozo robusto, colorado, gasta barba que le come las mejillas, pelo que se le junta con las cejas, y detrás de tanta maleza esgrime unos ojuelos vivos y joviales; el señorito, avellanado, escueto, grave y lacio, usa bigotes caídos, pantalones cortos y un chambergo anticuado, romántico, que está reclamando la flotante pluma. Tiene fama el notario de pirrarse por las mozas, el vino y la caza; el señorito es también gran cazador; pero respecto á otras pecaminosas aficiones, nada se murmura de él; es encogido, de pocas palabras, y no le falta cierta innata cortesía caballeresca. Este señorito de Limioso no salió jamás de su concha, y creo que sus viajes se reducen á ir algún año á Pontevedra para ver _el fuego de la Peregrina_; no le dieron carrera, fuese por falta de medios ó fuese por considerar más hidalga su ignorancia de mayorazgo pobre, y vive con su padre, chocho ya, y dos tías muy viejas y raras, en un caserón acribillado de goteras, que aquí llaman con gran respeto el _Pazo_ (palacio) de Limioso.

Afirma el notario malignamente que el señorito mantiene á sus tres perros de perdices con aleluyas, y que en el Pazo se cuelga del techo el mollete de pan, á fin de que dure más tiempo y sea más difícil de coger. Es posible que tengan fundamento estas burlas; porque mientras el notario ha venido á verme caballero en una yegüecilla muy redonda, de ojo zaino y gordas ancas, el señorito cabalgaba en un _penco_ trasijado y larguirucho, que casi desaparecía bajo la gran silla española con adornos de plata, mueble histórico del Pazo. Ambos visitadores me convidaron á salir con ellos _á las perdices_, y convinimos en que, si no se descompone el tiempo, recorreremos el monte y ellos vendrán á disfrutar el _magosto_ aquí.

Ya te referiré cómo he obsequiado á mis nuevos amigos y á qué saben las castañas.

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DEL MISMO AL MISMO.

Noviembre.

No he contestado á tus últimas y cariñosas epístolas, porque sólo tuve ánimo para poner dos renglones á mamá, redimiéndola de la mortal inquietud en que viviría si no viese mi letra. Es el caso que he recaído: ¡silencio por Dios, y no se te escape la noticia ni con Matilde! Por otra parte, imagino que lo peor ya pasó, y que vuelvo á encontrarme fuerte. Merece contarse la historia de mi recaída y de las calaveradas que la originaron.

Á fines de Octubre y principios de Noviembre hizo un tiempo delicioso: ni en Niza, ni en región alguna del mundo se podía apetecer cosa más grata que esta despedida del otoño que llaman _veranillo de San Martín_. El día de Difuntos--tan triste en otras partes--daba aquí ganas, más bien que de llorar y morirse, de resucitar brincando; y cuando salimos para el soto el notario, el señorito de Limioso, el cura de Naya y yo, íbamos tan contentos y me sentía tan bien, que creí vencida del todo mi enfermedad. Convinimos en que haríamos el _magosto_ nosotros mismos, y en que Maripepa nos traería la comida al soto. Apenas llegados á él, mis compañeros, que según costumbre llevaban escopeta, aseguraron que se oía el reclamo de la codorniz, _chau, chau_, en unas viñas próximas, y ya no hubo quien los contuviese. Quedéme solo, sentado en el cepo de un castaño que abatió el hacha, con el volumen de Becquer abierto en las manos, pero con gran pereza de leer.

Me distrajo ver cómo hacía Maripepa los preparativos del _magosto_, juntando ramas y hojas muy secas y reuniéndolas en montón en un claro del soto, donde el sol había requemado y dorado la yerba y el musgo. Preparada la hoguera, dedicóse la muchacha á recoger erizos y extraerles la fruta. ¿Con qué dirás, Camilo, que abría los erizos Maripepa? ¡Con los piés!! Juntándolos mucho, sirviéndose de ellos como de unas manos, manejando diestramente el pulgar, la planta y el talón, hacía estallar la cápsula y saltar la castaña fuera. No comprendo por qué milagro las púas del erizo no se le clavaban en la carne; es verdad que antes de abrirlo lo prensaba y estrujaba con un valiente talonazo. Reíme de tan peregrina faena, y la chica se rió también, enseñando entre sus labios gruesos unos dientes para dar envidia á los que padecemos del estómago. Intenté sepultarme en la lectura de Becquer, pero á poco, incitado por la quietud rumorosa del bosque, el sereno regocijo del cielo y las idas y venidas de Maripepa, tiré el libro y me consagré á ayudarla, haciendo torpemente con las suelas de las botas lo que ella á maravilla con la recia planta del pié. Compadecida de mi ineptitud, me dijo que en vez de abrir erizos recogiese castañas de los ya abiertos, quedándome sólo con la gorda del centro y desechando las dos mezquinas que suelen flanquearla. Y aquí me tienes de bruces, cogiendo castañas, limpiándolas con la manga y echándoselas á Maripepa en el delantal.

En semejante actitud me encontraron mis compañeros, que volvían locos de gozo con una codorniz y dos ó tres pajarillos asesinados. Soltaron la carcajada al verme, y me levanté algo confuso, alegando el aburrimiento y la soledad en que me dejaban. Cruzaron entonces miradas maliciosas: el notario guiñó el ojo izquierdo hacia Maripepa, dando un codazo al cura; el cura hizo ademán de tocar las castañuelas, y el señorito contempló de reojo, sonriendo, sus desmayados bigotes.

¡Búrlate de mí! Me puse frenético. ¿De manera que no sólo tú, sino también estos majaderos, me juzgan capaz de abrasarme en la hoguera del _magosto_? Porque te juro, Camilo, que las miradas, el guiño, el codazo, la pantomima y la sonrisa fueron, en su género, de lo más crudo y franco posible. No necesitaban traducción ni comentarios.

Como Maripepa se había marchado á buscar la comida, aproveché la ocasión para desahogarme, y con gran sorpresa mía, sólo conseguí aumentar la broma y las risotadas. No les pude hacer comprender que la honra de una chica que lleva á pastar las vacas y abre erizos con los piés, vale tanto como la de una emperatriz, y que la perla de la virginidad no pierde su hermosura por abrigarse en la concha de una cuba vacía, entre las telarañas de una bodega. ¡Sin embargo, es cosa bien clara á mis ojos! Hasta el cura me daba la razón á medias, sólo en el terreno especulativo: ante Dios todas las almas son iguales, y no hay distinción de categorías--decíame festivamente;--pero en la práctica vemos que la educación, lo que se aprende desde la niñez, la costumbre, influyen de un modo notable en la conducta y en el aprecio que el mundo nos otorga. Parecióme de _componenda_ la teoría, y protesté algo enojado. La llegada de los manjares me forzó á desarrugar el entrecejo y atender á mis deberes de anfitrión.

¡Qué gustosa es una empanada de Cebre, fría, comida sin mantel ni trinchante! ¡Pues y las patatas cocidas, escarchadas en una corriente de aire, sobre un cesto de mimbres! El notario había traído su _morena_, bota capaz de doce ó quince cuartillos, y la empinábamos por turno, rociando el banquete con tragos de vino del Avieiro, muy análogo al Burdeos común. Entre tanto, Maripepa, arrodillada, activaba la hoguera del _magosto_, soplando con toda la fuerza de sus carrillos, mientras el notario, echando cerillas, las aplicaba á las hojas secas, que ardían chisporroteadoras. Así que el fuego se apoderó de las ramas y éstas se convirtieron en brasa encendida, las castañas comenzaron á estallar, y Maripepa á meter intrépidamente los dedos en la lumbre, sacándolas una por una y ofreciéndomelas después de limpiarlas á su justillo.

Empezó el mosto agrio á correr, y sus efectos hilarantes á percibirse. Hasta se le desató la lengua al señorito de Limioso con tan alegre vinillo, y azuzado por el notario armó discusión con el cura sobre política. Yo pensaba que los dos andarían conformes: ¡que si quieres! el señorito recibe _El Siglo Futuro_, el cura está suscrito á _La Fe_, y entre _mestizo_ y _nocedalino_, _pidalero_ y _cesarista_, se pusieron de oro y azul. Al cura se le sofocó y arrebató hasta la piel de la corona; al señorito parecía que se le enderezaban los bigotes, á guisa de espolones de gallo de combate. Lo gracioso fué que ambos apelaron á mí para dirimir la contienda, y yo no sabía qué decirles ni ellos me dejaban hablar; tales estaban de acalorados.

Mientras duró esta escaramuza, el notario, á pretexto de velar por el _magosto_, se había arrimado á Maripepa disimuladamente, y oí un chillido de dolor, á que él contestó con una carcajada sonora y larguísima. Me levanté furioso para contener á aquel mozo desvergonzado, y ví á Maripepa de pié, con una manga de la camisa remangada hasta el hombro, mirando tristemente la señal roja del bárbaro pellizco, en actitud algo parecida á la de un perro á quien pegó su amo. Por señas que es admirable que Maripepa tenga los brazos blanquísimos, teniendo la mano tan oscura.

No sé qué le dije al notario, sin descomponerme, pero con gran energía, que vino con las orejas gachas á sentarse en un tronco y á comer castañas por vía de consuelo. Yo también me harté de tan indigesta fruta, y mi estómago quedó fatigado y embutido. No obstante, atribuyo la recaída, más que al _magosto_, á la cazata de pocos días después.

Quedamos en que ellos pondrían los perros, el vino, las municiones, la caza, y yo la comida solamente. Ya el día empezó mal para mí, pues me hicieron madrugar; era noche cerrada cuando alborotaron el patio los ladridos del _Chonito_, del _Pistón_ y de la _Gineta_, y apenas blanqueaba la aurora cuando bajé vestido, y temblando de frío, á recibir á mis huéspedes. Parecían tres facinerosos, con el sombrerón de anchas alas, la canana, el morral y la escopeta. Eché á andar en su compañía, y caminamos por la margen del Avieiro hasta mucho más allá del soto, desde donde tomamos monte arriba. ¡Ay, Camilo, qué piernas requiere el oficio de cazador! ¡Esto de que un sér racional ha de seguir el rumbo que le señala un bando de perdices, es mucha cosa! Que las perdices están allí... que no, que se corrieron á media legua, á la parte de Boan... Y salte Vd. portillos, cruce bosques, y vadee arroyos, y pise tojo, y suba cuestas ásperas para luégo bajar otra vez, por despeñaderos, á la cuenca del río.

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