Part 4
--¡Que si me acuerdo!--exclamó Gormaz electrizado á su vez.--Aún me parece que la estoy viendo y oyendo, con su voz que llegaba al alma... Dí: ¿y no te parece á ti que esta chica tiene un metal de voz, que así que lo trabaje, podrá asemejarse algo al de Concepción Rodríguez?
--Estaba pensando en decírtelo... La voz de esta chica es un tesoro, cuando lo pueda explotar bien... Además, su figura es sumamente bella.
--Por ahí le duele á don Juan--exclamó Gálvez dándole una palmadita en el hombro.
--Quiá! hombre. Si á mí no me queda ya sino lo que les queda á los toreros viejos: el sentido. Una chica guapa... ps... por el hecho de serlo, si uno fuese muchacho, se le podrían decir cuatro cosas... Pero para el arte, qué tiene que ver la belleza... La fealdad puede vencerse: y sinó, diga Vd.: ¿le parezco yo á usted, bonito?
Echáronse á reir Gálvez y Gormaz, y el primero dijo llanamente:
--Lo que es bonito, señor don Juan...
--Pues nunca fuí mejor mozo, y aquí donde Vd. me ve, aún he conseguido y consigo á veces que el público llore, ó se ría... De eso se trata. No obstante, á esa chica no le estorbará su buen físico para los primeros tiempos de la carrera... Además, parece muy niña...
--De diez y ocho á diez y nueve años.
--Pues antes de que sea una gran actriz, por de pronto, será la primer _dama joven_ de España... Que sí, hombre... La Boldún no fué nunca otra cosa sino una _dama joven_ muy simpática y laboriosa... Esta será encantadora: se escribirán papeles para ella. Esa juventud, ese aire de candor, esa frescura, unidos al talento, ya verá Vd. lo que dan de sí.
Gálvez se sonreía, declarando no haber conocido nunca á don Juan tan entusiasmado, sin poder desechar la idea de que le agradaba la chica como mujer. En cambio Gormaz, cuya vista penetrante de actor machucho distinguía mejor de colores, estaba muy hueco, lo mismo que si le tocase alguna parte en el milagro. Corrió á participar á Concha la opinión de Estrella, y encontró á la modista muy alterada. Al principio del entreacto, había reñido con Ramón. ¿Pues no tenía éste la peregrina ocurrencia de exigir ahora, á la hora crítica, que no se presentase escotada, que se pusiese un cuerpo alto? Por más que le hizo mil observaciones, advirtiéndole que, según decía la comedia, el escote en aquel acto era de rigor, que además no tenía otra cosa que poner, que era ya imposible discurrir un traje diferente, él, con obstinación de mula manchega, con la cabeza baja y el gesto torvo, insistió en que, si salía escotada, romperían para siempre. Así es que cuando Concha entró en el tocador vestuario, llevaba los ojos preñados de lágrimas. Dolores la interrogó, y ella contó todo en voz baja, rabiosa, prendiéndose con mano febril un grupo de camelias en el pelo y dándose polvos á puñados, sin saber lo que hacía, temblando toda de despecho. Era la primera vez que disputaban Ramón y ella ¡y en qué ocasión! Dolores trató de conciliar, de sosegar la tormenta.
--Mujer, puedes echarte por los hombros una toquilla de encaje, la que sacó Rosalía en el primer acto... Yo se la pediré prestada... Á los hombres no les gustan estas escotaduras, y tienen razón: ¡moda más indecente!
--Déjate de cuentos--articuló furiosa Concha...--Es un tonto; bien sabía lo del escote, y no tenía para qué darme ahora este mal rato... Pues no señor, que he de ir lo mismo que pensaba. ¡Mire Vd....!
Y con un dedo impaciente, bajó el tul que rodeaba la línea del escote, como si quisiese aumentar el crimen. Salió á las tablas sofocada aún de haber llorado, con los ojos brillantes y las facciones animadas bajo la capa de polvos que las cubría, colérica, nerviosa, admirable en suma para aquel papel de _Consuelo_ en el último acto, que es todo de celos y furia, primero sorda y luégo desatada. El público, advertido ya, la saludó á su entrada con un aplauso, y Estrella enarboló los gemelos. Ramón, deslumbrado por aquella aparición blanca y rubia envuelta en tarlatana azul, cegado por el brillo alabastrino de los hermosos brazos y desnudos hombros, espectáculo que hacía latir dolorosamente las arterias de sus sienes, azuzado por el rumor lisonjero que acogió la entrada de su novia, se levantó de la butaca tambaleándose y por la puerta más inmediata lanzóse al corredor. Iba tan ciego, que no vió á un caballero gordo, con melenas, que le detuvo.
--¿Eh... amigo, á dónde va Vd.?
--Ahí fuera... Vuelvo en seguida--contestó el ebanista reconociendo al director del Orfeón.
--No olvidarse... Mire Vd. que la _Barcarola_ se canta en el otro intervalo.
Ramón salió del edificio como un loco. Al verse fuera, se paró un minuto. La corona le estorbaba allí, debajo de la levita, en el pecho. La cogió y la despidió, balanceándola por las cintas, á no sé cuantos metros de distancia. ¿Volver al teatro? ¿Oir de nuevo las voces que penetraban como lancetas en todo lo que él más quería, en la reputación, en la garganta, en la carne de Concha? Jamás. Y silbando, de puro desesperado, la _Barcarola_, desapareció.
Mientras tanto Concha experimentaba una sensación muy extraña. Aquel público, aburrido en el primer acto, vacilante en el segundo, ahora se volvía todo ojos y entusiasmo para la joven aficionada. Sólo el que lo ha presenciado puede darse cuenta de cómo se transmiten,--mucho más rápidamente que por el telégrafo,--las nuevas, en un teatro, paseo ó reunión de provincia. La muerte ó enfermedad repentina; la llegada del personaje notable; la disputa acalorada que puede parar en lance de honor; y hasta la plática amorosa, que naturalmente pasa sólo entre los dos interesados, todo corre y se sabe á los pocos minutos y es asunto de comentarios y aun suele publicarlo la prensa en velados sueltos. En el recinto donde Concha trabajaba, durante el corto espacio de un acto á un entreacto, había cundido como mancha de aceite la noticia del efecto producido en el célebre actor Estrella por la modista-actriz, y lo que decía de sus facultades; sólo que, como pasa á menudo en casos análogos, el cuento, al correr, engrosaba, engrosaba, se ponía hidrópico. Ya aseguraban sin rebozo que Estrella quería contratar á la chica, y que le ofrecía cantidades fabulosas. Y estas voces, circulando de un extremo á otro del teatrillo, picaban la curiosidad y hacían que el público, interesado en la representación, no se aburriese ya mucho ni poco. Aquel hervor, aquella vida psíquica, por decirlo así, del público, cuyo foco era Concha, se reflejaban en ella comunicándole no sé qué misteriosa animación, no sé qué hormigueo de fluido vital. Lejos de estorbarla, la atención de la concurrencia la estimulaba hasta el punto de que, excitándose al sonido de su propia voz, y al eco de los aplausos que ya fácilmente arrancaba, había olvidado por completo la riña con su novio, y embriagada y penetrada hasta lo más íntimo de su sér, sentía esas cosquillas indefinibles, esa corriente magnética que pone en comunicación, por un instante, el alma de un artista con muchos miles de almas; singular amor colectivo--pues no es posible darle otro nombre--que une al individuo con la multitud.
Entre bastidores estaba la serpiente del florido ramo que con tanto deleite respiraba Concha. Sus dos eclipsadas rivales, que en el tercer acto apenas tenían que salir á la escena, desquitábanse hablando fuera de ella á su sabor. En el corrillo inevitable que se forma en semejantes sitios, estaban los amigotes y los parientes de las desdeñadas: ¡y cómo se esgrimían allí las lenguas! Todo salía en la colada, la actitud de Estrella, la petulancia de la chica, la precipitada fuga de Ramón avergonzado de las cosas que oía en las butacas á causa del inconveniente escote de su novia, la disputa en el entreacto... Gormaz, arrimado á no sé qué accesorio, se roía las uñas, deseoso de intervenir en la conversación; pero impedíale hacerlo el temor de recibir alguna rociada, acusándole de haberlas deslucido, á ellas, Rosalía y Julia, poniendo todo su conato en ensayar á Concha solamente.
Hubo un momento en que el formidable corro calló de golpe: era que Dolores, deseosa de echar un ojo á la escena, rondaba por allí. Y entonces menudearon los codazos y los chsss! significativos. Resonó en el teatro una nueva salva de aplausos y su ruido dió al traste con la prudencia de las dos artistas postergadas. Dolores, haciéndose la distraída, lo oyó todo.
Al salir Concha de la escena, contrastaba el semblante de las dos hermanas, vertiendo satisfacción el de la menor, ceñudo el de la mayor. Concha, sin repararlo, se echó casi en brazos de Dolores, con alegría de chiquilla.
--¿Has visto cómo me aplaudieron? has visto?
--Anda, anda, ven á desnudarte--murmuró la hermana extendiéndole por los hombros una toquilla y empujándola al tocador.
Apenas estuvieron en él, al desabrocharle el cuerpo, le dijo en voz baja:
--¿Y Ramón? ¿Es verdad que no está en el teatro?
--Jesús, mujer... ¿qué sé yo? Aguarda... Sí, me parece que salió...
--¿Que salió? ¿Á dónde? ¿Cómo es eso?
--Siendo!! También es fuerte cosa que yo te lo he de decir!
--Concha, Concha! No te andes con guasas... Los hombres tienen poco aguante, y se cansan pronto de ciertas cosas... Hoy has llamado la atención de todo el mundo. ¡Dicen de ti primores!... ¿Qué tienes aquí?
--Un alfiler... Uy! Me has pinchado... No, lo que es hoy, entre el otro y tú...
Pronunció esto la niña medio llorando, impresionada, con esa facilidad con que las personas nerviosas pasan de la expansión del placer á la del dolor. Y casi en voz alta, á pesar de que Rosalía Cañales se desnudaba allí á dos pasos con el oído en acecho, afirmó que ya la incomodaban tales majaderías, que ella no había hecho nada de malo, y si Ramón no lo quería así, que lo dejase. También era tontería de Dolores disgustarse por eso: probablemente Ramón ya estaría de vuelta para cantar... Y sino, buen viaje... Así que se hubo desnudado, salió aprisa, y al amparo de un bastidor miró hacia la escena.
El Orfeón se alineaba ya en semicírculo al rededor del foso, ostentando en el centro su charro estandarte azul bordado de plata, sobre el cual se agrupaban coronas y premios ganados en certámenes, una lira de oro, una flor del mismo metal: el director, grave y solícito, recorría las filas, colocando bien á cada orfeonista: el aspecto era muy satisfactorio: casi todos vestían, con la desmaña peculiar del obrero, levitas negras y calzaban guantes blancos; no sabiendo cómo colocar los brazos, dejábanlos caer á lo largo del cuerpo, buscando por instinto un punto de apoyo en la decoración. El telón subió, y á la clara luz de las candilejas y del gas, vió Concha que su novio no estaba allí. ¡Valiente caprichoso! ¿Dónde se habría metido? Mientras ella cavilaba sobre el asunto, el Orfeón preludiaba la _Barcarola_ con un suave mosconeo hecho sin abrir la boca, que remedaba el silbo del viento y el murmullo del oleaje. ¡Ya se lo diría de misas mañana! ¡Largarse así, dejándola en una vergüenza delante de todo el mundo, para que aquellas mal intencionadas se riesen de ella! No echarle siquiera la corona!
Entre tanto el Orfeón, sin interrumpir el acompañamiento imitativo, rompía en una melodiosa estrofa, que hablaba de la luna, las bateleras, de bogar, del barquichuelo; Concha oía maquinalmente; sus nervios se templaban y á la rabieta sucedía una tristeza vaga, un deseo de amor. ¡Pasarle hoy tales cosas! ¡Hoy precisamente, cuando debía su novio estarle tan agradecido! Columpiada por la música, el recuerdo del jardín acudía, dulce, embellecido por la memoria y poetizado por el acompañamiento de la barcarola soñolienta... La sacaron de su distracción dos ó tres socios que venían á felicitarla por su brillante triunfo, y el director de un periódico local, que le decía con aire de suficiencia:
--Ya sabemos, ya sabemos que tenemos aquí una insigne artista, llamada á dar días de gloria á la patria...
Estrella se había retirado de su palco, después de hablar breves instantes con Gormaz. Alguna gente de las plateas, alarmada por el anuncio de la lectura de poesías, desfilaba también, consultando el reloj y haciendo el menos ruido posible. En las butacas se abrían bastantes claros. Dolores y Concha, habiendo confiado la cesta al conserje, se escabulleron, arrebujadas en sus mantones. Encontrábanse cansadas, como gente que ha dormido en varias noches y ha trabajado siempre. Ambas guardaban silencio, porque tenían en qué pensar y sus pensamientos no iban acordes. Al recogerse, no hubo conversación de cama á cama.
Cualquier bicho extraño, cualquier alimaña inverosimil que viesen entrar por la ventana del tejado el día siguiente á eso de las ocho, les causaría menos sorpresa que la aparición repentina de Gormaz, previos dos golpecitos muy discretos á la puerta y un--¿dan ustedes su permiso?--de lo más respetuoso. Venía el pobrecillo ahogándose con el asma, por la subida á aquel cuarto abohardillado, no muy distante del cielo. Brindáronle atentamente el asiento de preferencia en el quebrado sofá, pero él, á fuer de cumplido caballero,
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lo rehusó, contentándose con una silla de rejilla bastante desvencijada. Su arenga salió entre toses, gargajeos sofocados, y angustiosos anhelos de la respiración. ¿Cómo no habían adivinado á qué venía? Pues era bien fácil de adivinar, conocidas las buenas disposiciones de Conchita, que no permitían ni por un momento dudar que Dios la había destinado á la gloria escénica. Él, sin embargo, retirado ya y fuera del movimiento teatral hacía tiempo, nunca se hubiese atrevido á tomar sobre sí la responsabilidad de darle tal consejo, ni de dirigirle semejante proposición; pero ahora que el eminente Estrella le daba el encargo... Estrella, sí señor, Estrella le ofrecía el ajuste de un año de aprendizaje con corto sueldo, comprometiéndose, al cabo del año, á contratarla con decentes honorarios, en calidad de _dama joven_...
Concha escuchaba, con sus breves labios entreabiertos, fijos los brillantes ojos en su interlocutor. Aún no había terminado Gormaz su discurso, cuando Dolores, alzándose del sofá tan impetuosamente que lo hizo crugir, se encaró de pronto con el mensajero, exclamando:
--Me extraña muchísimo, señor de Gormaz, que nos venga Vd. con esas proposiciones, Vd., que nos conoce y sabe que mi hermana es una chica honrada. Aquí no entendemos de eso... Mi hermana no ha nacido para cómica, no señor.
Una tos horrible, una tos de tercer grado impidió á Gormaz responder al punto. Sacó la lengua, y se le amorató desde el colodrillo hasta la nuez. Cuando al fin pudo respirar, con voz todavía estrangulada, declamó:
--Porque considero que Vd. no sabe lo que se dice, no la contesto aquí todo lo que pudiera, Dolores; con todo, entienda Vd. que eso que Vd. acaba de pronunciar es... ¡ejeeeem! un solemnísimo disparate... no sólo esta señorita, que vive de su trabajo (y hace muy bien y lo apruebo), sino las personas más elevadas, ejem, sí señor, más elevadas, se considerarían honradísimas con alcanzar la gloria escénica, ¿está Vd.? Ejemm! bruuum! ¿Vd. considera lo que es una artista? ¿Cree usted que hay profesión no digo yo más decente, sino más noble, ejeeem, más noble? ¡Que no ha nacido su hermana de Vd. para _cómica_! Vaya, vaya! Bruuum! ¡Qué cosas oye uno al cabo de sus años!
Dolores, avergonzada, comprendió que había cometido un yerro de monta. Trató de disculparse.
--Por Dios, señor de Gormaz, que no era mi ánimo ofender á Vd... Solamente quise decir que esa carrera (Vd. bien se hace cargo), las muchachas se exponen á... á...
--¿Á qué, á qué se exponen?--articuló Gormaz hecho un león.
--Á... nada--balbuceó Dolores recordando con rubor que ella no había sido actriz nunca.--Pero el caso es que mi hermana... tiene arreglada... una boda, con un chico de aquí...
--Lo que hay--recalcó Gormaz--es que ni Vd. ni yo somos quién para decidir este asunto... Su hermanita de Vd. se calla... Pues ella es la que debe hablar; está usted? Lo que ella quiera, ¡bruum! al fin se trata de su porvenir.
--Yo supongo que oirá consejos de su hermana--advirtió Dolores.
--¿Usted qué dice, Conchita?
Concha bajó los ojos y murmuró con voz trémula:
--Yo, qué quiere Vd.... así de pronto... Estas cosas hay que pensarlas... No sé; me ha cogido tan de susto...
--Ahora sí que ha hablado Vd. como un libro--dijo Gormaz levantándose.--No es puñalada de pícaro. Piénselo Vd., hija mía, piénselo Vd. todo el día de hoy. Esta noche á las ocho, que ya habrán Vds. salido del taller, vuelvo á saber la contestación; porque Estrella, que acaba muy pronto su compromiso aquí y se marcha á Zaragoza, necesita conocer lo más pronto posible su resolución de usted. ¡Con que hasta luégo, eh?
¡Y desapareció entre varios ejemm! ¡y no pocos bruuum!
Solas ya las dos hermanas, Dolores se cruzó de brazos, y con expresivo meneo de cabeza, se plantó delante de Concha, sin pronunciar palabra. Bien entendió Concha el sentido de la mímica, pero á su vez guardó silencio, un silencio que irritó más á Dolores si cabe, pues veía en él propósito de reservarse su opinión y aun de no consultarla con nadie. ¡Miren Vds. la chicuela! Dolores sentía fermentar en su alma una cólera reprimida, inmensa, la cólera de los que ven de repente al niño que han criado, educado, dirigido siempre, manifestar voluntad independiente, intentar trazarse á sí propio su destino. Para Dolores, Concha era aún la niña, más bien hija que hermana menor; una hija á quien había consagrado su juventud, su celibato, su trabajo todo. ¡Y ahora la chiquilla quería sublevarse, quería disponer de su persona, echarse á perder, ir á correr el mundo en busca de aventuras, con una compañía de cómicos! ¡Vamos, era para desesperarse aquello! Rompió á hablar por fin, en voz irritada:
--¿Qué haces ahí callando, como una tonta? ¿No tienes lengua?
Concha, como si no oyese nada, se levantó, tomó de encima de una silla su manto y empezó á prendérselo delante del espejo, preparándose á salir para el taller. Dolores se le atravesó delante nuevamente.
--¿No contestas? ¿tienes gana de broma?
--¿Pero qué quieres, mujer?--exclamó Concha con acento cansado, interrumpiendo su ocupación.
--Que digas lo que le vas á responder á ese... cómico--murmuró con afectado desdén.
--¡Mujer... caramba contigo! ¿qué sé yo lo que le contestaré? Tenemos todo el día para pensarlo, gracias á Dios, añadió con tranquilidad.
--¿Y aún estamos en eso? ¿Cabe duda siquiera? ¿Se te ocurre irte de mona sabia por esos teatros?
--¡No me marees!--murmuró Concha con sus bermejos labios muy contraídos.--Tenemos todo el día por delante; déjame en paz hasta la noche.
Las facciones de Dolores se descompusieron: reapareció en ella, bajo la devota sometida por catorce años de piedad, la hija del pueblo, con sus iras indisciplinadas y sus groseros arrebatos. Cogió á Concha por las muñecas, y zarandeándola rudamente gritó:
--¡Mira... no te doy un bofetón no sé por qué, desvergonzada!
Entornó Concha los párpados, apagando así dos chispas que brillaron en ellos: palideció su tez ya tan mate, y sin decir palabra, sacudió un poco las manos y siguió colocándose el manto. Cuando estuvo pronta, hizo ademán de salir, y Dolores, al verlo, prendióse el manto á su vez y la acompañó.
Silenciosas, con armado silencio, anduvieron el camino, y ya en el taller, las pocas palabras que cruzaron
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fueron de terca contradicción por parte de Dolores. Aquella manga no podía pegarse así, la costura estaba torcida; aquella espalda no ajustaba bien, era menester volverla á preparar... Lo que más la irritaba era el gorjeo de las modistas, que sin dar paz á la aguja charlaban de los sucesos de la víspera y embromaban á Concha, acerca de sus triunfos artísticos y de la rabieta que pasarían las otras dos, la estanquera y la del almacenista... Era casi una gloria para el taller haber derrotado, por medio de uno de sus individuos, á las representantes de otra clase social que acaso las desdeñaba. Concha, atenta á su trabajo, apenas contestaba más que con leves sonrisas, empuñando su tijera de pié y con el pecho todo claveteado de alfileres para sacar un patrón. Allá para sus adentros discurría, discurría... En medio de todos los elogios que había oído la víspera, á ella jamás se le pasaría por las mientes ser actriz _de veras_. Entre ambas categorías, la de aficionada y la de actriz de profesión, juzgaba ella que existía un abismo infranqueable, como si las tablas del teatro público fuesen de otra madera enteramente distinta de las del Casino. Desde la proposición de Gormaz, la valla ideal se borraba. ¿Y por qué no? Ella podía ser actriz... es decir, dominar aquel arte apenas entrevisto, ponerse en comunicación todas las noches con el público, volver á escuchar aquellos embriagadores aplausos, viajar á ciudades grandes, para ella nunca vistas... Un destino ancho, grande, hermoso... ¿Y por qué no quería Dolores? ¿ Por qué miedo de dejarla? ¡Bah!... Se la llevaría consigo... ¿Por temor de que se perdiese? ¡No parece sino que en Marineda no se perdían á cada paso cientos de muchachas, de allí, del mismo taller, sin necesidad de salir á las tablas á representar!
Echaba estas cuentas hincando alfileres y más alfileres, en la chillona percalina. El ruido claro y metálico de la tijera la traía á otro orden de ideas. Aquel destino desconocido le infundía, á la verdad, algún pavor. Hasta el día de hoy, gracias á Dios, aunque pobres, no les faltó nunca el pan: ella había oído decir que los cómicos, a veces, pasan hambre, que tienen días de apuro terrible; que salen á la escena muy majos, con mucho vestido de seda y coronas de reyes, y á lo mejor sin camisa... Sin ir más lejos, en Marineda se contaba que á Estrella le corrían mal los negocios, que le costaba trabajo pagar a su compañía, que en la fonda estaban algo recelosos... Una noche, recordaba haber encontrado á las cómicas y cómicos que salían del ensayo: ellas iban hechas unas brujas, envueltas en nubes de lana, con impermeables viejos, y todos mezclados, hombres y mujeres... ¿Si tendría razón Dolores?...
El taller, á la sazón, funcionaba activamente: Concha podía absorberse en sus meditaciones. Un pilluelo pasó por la calle, tarareando la _Barcarola_ del Orfeón. Entonces Concha se acordó de su novio. ¿Qué diría su novio si ella se hiciese cómica? ¡Bah! ¿Y qué había de decir, después de su comportamiento de ayer? ¿No la había puesto allí en ridículo, delante de todo el mundo, dándola el desaire de marcharse y de no echarle la corona, precisamente el día que?... Por un momento interrumpió la clavadura de alfileres, conmovida á pesar suyo con el recuerdo del jardín. ¡Vaya un agradecimiento! ¡Sólo por eso se alegraba ella de que viese aquel majadero que no le necesitaba y que podía arreglarse de otro modo y buscarse otra vida! ¡Que rabiase Ramón! ¡Cuidado con el día que había escogido para darle un disgusto!
Dolores cosía con furor mientras su hermana preparaba. Sus dedos flacos volaban sobre la tela. Pero á eso de las cuatro, levantóse, dobló la labor, y se preparó á salir. Concha, viéndola descolorida, se le aproximó, preguntándole si estaba enferma. Dolores la rechazó con sequedad.
--No voy á casa, no... No tengo nada: ¡Jesús, qué cuidado te tomas! Déjame, déjame... voy á donde tengo que ir: yo volveré á buscarte al acabarse la costura... Y si por casualidad no vengo, sal y espérame en casa.