La dama joven

Part 17

Chapter 173,953 wordsPublic domain

Á simple vista, con una ojeada rápida, discernía la estructura de un terreno cualquiera, su yacimiento y su origen. Distinguía al punto las rocas eruptivas,--que parecen conservar en sus formas coaguladas indicios del misterioso hervor que las arrancó de los abismos del globo y las hizo rasgar su superficie, á manera de colmillos enormes,--de los terrenos de sedimento, cubiertos de capas y más capas lo mismo que de fajas la momia. Sabía por cuál secreta ley las rocas alpestres se levantan y parten en agujas tan atrevidas, puntiagudas y escuetas, mientras las sierras del mediodía de España se aplanan en chatos mamelones, figurando que una mano fuerte les impidió ascender y las redondeó con las redondeces de un seno turgente, henchido de licor vital.

Y cuando pudiese engañarse la vista, tenía Bruck para conocer, sin metáfora, el terreno que pisaba, una señal infalible, la presencia ó ausencia, en la roca, de ciertos restos fósiles, valvas menudas de moluscos, el carbonizado tronco de un planta, la huella de un helecho ó de un licopodio. De estos restos se encontraban muchos en los terrenos de sedimento, que son á manera de museo donde puede estudiarse la flora y fauna del tiempo--digámoslo así--del rey que rabió, mientras las rocas eruptivas se hallan vacías, agenas á toda vida, sin rasgos de organismos en sus mudas profundidades. Y aquí Bruck y yo volvíamos á disputar; porque mientras á mí me parecía digno de superior atención el terreno donde se tropiezan fósiles, él hablaba con el mayor respeto de esas rocas muertas, las primeras y más antiguas, verdaderos cimientos del planeta. Las otras eran unas rocas de ayer acá, que contarían, á lo sumo, algunos cientos de miles de años.

Yo no comprendía la preferencia de Bruck, porque siempre me agrada encontrar vida é indicios de ella. Los fósiles me hacían soñar con paisajes antediluvianos, con animalazos gigantescos, medio lagartos y medio peces. Bruck, al contrario, se remontaba á los tiempos en que el mundo, dejando de ser una bola de gas incandescente, comenzaba á enfriarse, y sus queridas rocas emergían, rompiendo la película delgada, la corteza del gran esferóide. En resumen, á Bruck le importaban poco las plantas, que son vestidura de la tierra; los minerales preciosos, que son sus joyas, y los fósiles, que son sus archivos y relicarios; sólo se sentía atraído por la anatomía de su monstruoso esqueleto.

Valía la pena de oirle defender esta afición. Extasiábase hablando de la unidad que preside á las formaciones de las rocas, y del poderoso y visible imperio que ejerce la ley en los dominios de la verdadera geología ó _geognosia_. Ahí es nada eso de que la corteza terrestre sea igual en el Polo que en la zona tórrida, y que mientras los infelices naturalistas y botánicos se encuentran, en cada clima, con especies diferentes, el martillo del geólogo en todas partes rompa la propia piedra! La piedra inmóvil, grave, uniforme, idéntica á sí misma, figurábasele á Bruck majestuosa. Á mí me daba frío, y... así como sueño. Pero que no lo sepa ningún geólogo, por todos los santos de la corte celestial.

Bruck no era un sabio de gabinete, ni se conformaba con ver los fragmentos y láminas de roca en las agenas colecciones ó en los museos, con su etiqueta pegada. Por valles, montañas y cerros, allí donde trazaban un camino, perforaban un túnel ó excavaban una mina, andaba Bruck con su caja de instrumentos, inclinándose ávidamente para ver, al través de la rota epidermis y de la morena carne de la gran Diosa, su osamenta formidable. Quería crear la geología ibérica, estudiar el terreno español tan á fondo como lo ha sido ya el francés, inglés y americano. Así es que cuando delante de Bruck nombraban alguna región de nuestra patria, Asturias, Galicia, Málaga, Sevilla, no se le ocurría nunca exclamar--«hermoso país!--costa pintoresca!--cielo azul!--¡qué poéticas son las Delicias! ó ¡qué bonito el Alcázar!»--como nos sucede á cada hijo de vecino; sino que las ideas que acudían á su mente y brotarían de sus labios si Bruck fuese locuaz, eran sobre poco más ó menos del tenor siguiente:--«terreno hullero--buen yacimiento de gneiss--terreno triásico--formación cuaternaria!»

He dicho que Bruck no pecaba de locuaz; pero, fiel á su oriundez anglo-sajona, era tenacísimo. Jamás se cansaba, ni se desalentaba, ni variaba de rumbo. Todos amamos nuestras aficiones, y, sin embargo, cometemos infidelidades; tenemos nuestras horas de inconstancia, y volvemos luégo á abrazarlas con mayor cariño. Hay días contados en que yo no quiero que me nombren un libro, en que lo negro sobre lo blanco me aburre, y en que diera todo el papel impreso y manuscrito por un rayo de sol, un momento de alegría, la sombra de un árbol, la luz de la luna y el olor de las madreselvas. Bruck no conocía semejantes alternativas; su amor por las rocas era, como ellas, firme, perenne, invariable.

Dos ó tres años hacía que no aportaba Bruck por mi país, y yo le suponía entregado á trascendentales investigaciones allá por las cuencas mineras de Extremadura ó por las alturas imponentes de los Pirineos, cuando una tarde se me presentó de la manera más impensada, enfundado en su traje habitual de _hacer geología_. El paño de su _chaquet_ caía flojo y desmañado sobre su vasto cuerpo; una camiseta de color le ahorraba la molestia de ocupar el baúl con camisas planchadas; su sombrero, abollado, lucía una capa de polvo á medio estratificar; y como le ví que traía calzados los guantes, comprendí al punto que estaba de excursión, pues Bruck no usa guantes sino para el monte, dado que en la ciudad no hay peligro de estropearse las manos.

Preguntéle el motivo de su viaje. La vez anterior vino á examinar, en persona, la dirección de los estratos del gneiss en esta parte de la costa cantábrica; y ahora, con voz reposada, me dijo que el objeto de su expedición era verle el pié... _honni soit qui mal y pense_! á la sierra de los Castros.

--Pero cuidado que sólo á V. se le ocurre!... Estamos en Diciembre, se chupa uno los dedos de frío, y luégo el viaje en diligencia es entretenido de verdad! ¿Cómo no aguardó V. á la inauguración del ferrocarril, al verano, etc., etc.?

Explicó que no podía ser de otro modo, porque ya había llegado á un punto tal, que sin ver la base de la sierra, inmediatamente, no haría cosa de provecho. Bruck apuntaba metódicamente en cuadernos los resultados de sus observaciones, y luégo los daba al público, no en una obra extensa y monumental, sino de modo más conforme al espíritu analítico y positivo de la ciencia moderna, en breves monografías de esas que por Inglaterra y los Estados Unidos se llaman «contribuciones al estudio de tal ó cual materia,» folletitos concretos, atestados de hechos y labrados y cortados con precisión matemática, como sillares dispuestos ya para un edificio futuro. Cuando en mitad de uno de sus trabajos le ocurría á Bruck la más leve duda, la necesidad de exactitud rigurosa y veracidad extricta en sus asertos no le dejaba pasar más adelante; y no cociéndosele, como suele decirse, el pan en el cuerpo, tomaba el tren, la diligencia, lo que hubiese, y se iba á comprobar sobre el terreno sus datos. No se cuidaba de si las circunstancias eran favorables; lo mismo hacía rumbo á Extremadura durante la canícula, que á Burgos en el corazón del invierno.

Aunque Galicia no es tan fría como Burgos, ni muchísimo menos, el plan de verle el pié á la sierra de los Castros en Diciembre, no dejó de parecerme descabellado. La lluvia, incesante en tal época, la nieve, la escasez de recursos, la falta de esos hoteles diseminados por las cordilleras de otros países, donde el viajero se restaura, y mil y mil inconvenientes, se me ofrecieron al punto y los comuniqué á Bruck. Sin haber llegado nunca á sentarme en las faldas de la abrupta sierra, conocía mucho de oídas el país, y sabía que á veces, en tres ó cuatro leguas de circuito, no se encontraba unto para condimentar el caldo de pote, ni una arena de sal para sazonarlo. Mas ví al geólogo tan firme en su propósito, que lo único que pude hacer en beneficio suyo, fué darle una carta de recomendación para el cura de los Castros. Justamente este buen señor había sido algunos meses capellán de nuestra casa.

Dos epístolas recibidas algún tiempo después, completarán la historia del episodio que refiero. La primera de Bruck, del cura la segunda. Aquí las copio, para conocimiento y solaz del que leyere.

«Las Engrovas, 1.º de Enero.

»Mi distinguida amiga: no pensé empezar el año escribiendo á V. desde estas montañas; pero el hombre propone, y las circunstancias--ya sabe V. que soy algo determinista--disponen. Heme aquí en las Engrovas: ¿ha estado V. por acá alguna vez? Parece mentira, cuando uno se acuerda de esas Mariñas tan risueñas, tan alegres hasta en la peor estación del año, que Galicia encierre sitios tan agrestes y salvajes.

»Por supuesto que para mí son los mejores. Esa parte donde V. vive, es una tierra blanda, deshuesada, sin consistencia. Aquí encuentro magníficas rocas metamórficas, terrenos de transición, con todas sus curiosas variedades. Sólo me estorba mucho la vegetación feraz y compacta, que me impide reconocer bien el terreno. Espero que en el corazón de la sierra, las rocas se me presentarán en su noble y augusta desnudez.

»Me han asegurado que si me meto más en la montaña, me expongo á tropezar con manadas de lobos, á no encontrar dónde dormir. No me importaría si no estuviese calado; pero es tanta la lluvia que ha caído por mí, que el traje se me pudre encima. Dirá V. ¿y el impermeable? ¡El impermeable! Hecho girones, señora: los escajos, los espinos, las zarzas han puesto fin á su vida. Cuando llegue á la hospitalaria mansión del cura de los Castros, voy á pedirle que me ceda un balandrán ó cosa por el estilo, porque andar desnudo en Diciembre no es agradable.

»De la comida poco puedo decir á V.; yo suelo pasarme diez ó doce horas sin recordar que es preciso dar pasto al estómago; y cuando se lo doy, al cuarto de hora ya no sé lo que he mascado. No obstante, aquí noto que me falta lastre. Creo que hay días en que me alimento con un plato de puches de harina de maíz. Gracias si puedo regarlos con leche de vaca.

»En resumen, hambre, frío, sed de vino y café (de agua no es posible, pues el cielo la vierte á jarras); pero yo contentísimo, porque estas rocas valen un Perú, y su estudio arroja clarísima luz sobre diversos problemas que me preocupaban.

»Mañana me internaré en lo más despoblado y agrio de la región. Aprovecho la coyuntura de enviar al Ferrol esta carta, para que la echen al correo. Siempre á sus órdenes su amigo afectísimo

_Federico Bruck_.»

«Parroquia de S. Remigio de los Castros, 27 Febrero.

»Estimada señorita: le escribo para darle razón del señor forastero que V. se sirvió recomendarme en el mes de Diciembre del pasado año. Ese señor salió de las Engrovas el 2 de Enero, muy tempranito, á caballo, pensando llegar á los Castros á _la mediodía_. Yo nunca ví tanto frío, que mismo cortaba; hasta al consagrar parece que se me caía la partícula de los dedos; la noche antes heló mucho, y los caminos resbalaban como si estuviesen untados con sebo. Ese señor traía un chiquillo para tenerle cuenta de la caballería y llevarle una caja y no sé qué más lotes; y el chiquillo, que es hijo de mi compadre Antón de Reigal, me ha contado cómo pasó el lance. El señor se bajó del caballo á medio camino, en el sitio que llaman _Codo-torto_, y sacando un martillo comenzó á arrancar pedacitos de piedras, que se conoce que los ingleses, sabiendo que aquí hay oro, quieren buscarlo y acaso hacer minas. Piedras fueron, que se pasó así toda la mañana, hasta que el chiquillo, cansado de esperar y no viéndolo por ninguna parte, y muriéndose de ganas de comer, tuvo la debilidad de venirse á los Castros solo, y el caballo detrás, muy pacífico. Luégo, cuando el rapaz vió que se hacía de noche, y que no parecía su amo, vino llorando á contarme el lance.

»Como, según el chiquillo, ese señor se encaminaba á mi casa, en seguida me dió la espina de que sería algún amigo ó pariente de V.; llamé á tres feligreses, les hice encender _fachucos_ de paja bien retorcidos para que durasen, y nos metimos por la sierra, busca que te buscarás al viajero. ¿Dónde le fuímos á encontrar? En el despeñadero de Codo-torto, que lo rodó de una vez, señorita, y pásmese, no se mató, sólo se rompió una pierna. Le trajimos en brazos como se pudo, y gracias al _algebrista_ de Gondás, ¿no sabe V.? aquel hombre que cura toda rotura y dislocación sin reglas ni sabiduría, con unas tablillas, unos cordeles y siete _Ave Marías_ con sus _Gloria Patris_, no tendrá que gastar muleta el señor de _Brús_ ó como se llame, aunque siempre al andar se le conocerá un poquito.

»Yo y mi hermana la viuda, lo cuidamos lo mejorcito que supimos, que nos dió mucha lástima; es un señor llano y parece un infeliz. Lo peor de las horas que pasó solito, dice él que fueron unos lobos que le salieron y que los espantó encendiendo fósforos. Á pesar de la desgracia, asegura que no le pesó venir á la sierra. Se conoce que la mina de oro promete. Tendrá la bondad de dar un besito á los niños, y de saludar con la más fina atención á los señores y mandar á este su reconocido servidor y capellán

q. s. m. b.

_José Taboada Rey_.»

_Moraleja._--De cómo por verle los huesos á la tierra, rompió Bruck sus huesos propios.

EL PRÍNCIPE AMADO

[Imagen: CUENTO[1]]

I

El rey Bonoso y la reina Serafina gobernaban pacíficamente, hacía veinte años largos de talle, uno de los reinos más fértiles y ricos del continente Oceánido, que se llamaba el reino de Colmania. No aconsejo á los lectores, si estudian Geografía, que se molesten en buscar en mapa ni en atlas alguno este reino y este continente, porque hace tantos siglos que ocurrió lo que voy contando que, ó mudarían de nombre aquellas regiones, ó se las tragaría el mar, como aseguran que sucedió con otra muy grande que nombran Atlántida.

Pues, como digo, los vasallos del rey Bonoso eran muchos y vivían felices, porque el rey y la reina tenían el genio más dulce y la pasta mejor del mundo, y ni los agobiaban á contribuciones, ni perdonaban medio de prodigarles beneficios. Colmania gozaba de un clima igual y templado, y era abundante en trigo, en vino, en toda clase de productos agrícolas, con lo cual los colmanienses no tenían que temer la miseria, y andaban alegres como unas Pascuas por aquellas ciudades y aquellos campos, cantando cada villancico y cada seguidilla que daba gusto.

Pero como no hay felicidad perfecta en este pícaro mundo, el rey Bonoso y la reina Serafina estaban de cuando en cuando tristes y de mal humor, y entonces el reino se ponía también compungido para acompañar en sus pesares á los buenos reyes. El motivo de la pena de éstos era que no les había concedido Dios hijo alguno, y cada vez que la reina Serafina pasaba por delante de una cabaña y veía á la puerta jugar muchos niños descalzos, risueños y frescos, se le soltaban de envidia unos lagrimones como puños. No es posible contar las ofertas y rogativas que hizo la pobre reina para que el cielo le enviase una criatura que alegrase el palacio y fuese heredero del trono de Colmania; pero ya hacía veinte años que la reina pedía y la criatura no acababa de llegar. Los súbditos también deseaban mucho que viniese el heredero, porque temían que, si los reyes Bonoso y Serafina morían sin tener hijos, el rey de un país vecino, que se llamaba el país de Malaterra, se empeñase en conquistar á Colmania, lo que haría sin duda alguna, porque era un rey muy emprendedor y ambicioso, y muy aficionado á dar batallas. Así es que los habitantes de Colmania se morían porque á la reina Serafina le naciese un príncipe; y como á este príncipe le querían tanto aun antes de que existiese, hablaban de él cual de una persona real y efectiva, y le pusieron el nombre de _Príncipe Amado_.

Un día, estando la reina Serafina solazándose en sus jardines y echando pan á los pececillos colorados que nadaban en el tazón de mármol de una fuente, sintió mucho sueño y pesadez en los párpados, y sin poder resistir al deseo de descabezar la siesta se reclinó en un banco de césped cubierto con un toldo de jazmines, y se quedó dormida en un abrir y cerrar de ojos. Cuando estaba en lo mejor del sueño sintió que la tocaban en un hombro, alzó la vista y vió ante sí una dama muy linda, vestida con un traje de color extraño, que no era blanco ni azul, sino una mezcla de las dos cosas, algo parecida al matiz especial que tiene la luz de la luna. En la mano derecha llevaba una varita de plata, y la reina, que no era lerda, conoció por la varita que era un hada ó maga benéfica aquella señora. La cual, con una vocecita de miel, dijo inmediatamente:

--Yo soy el hada del Deseo cumplido, y vengo á causarte gran alegría. Yo bajo rara vez de las cimas de mis hermosas montañas para visitar á los mortales; pero cuando éstos me envían allá tantos y tantos deseos juntos, no puedo resistir y los cumplo casi siempre. Los deseos de tus vasallos, de tu esposo y tuyos me están molestando continuamente: voy á ver si, cumpliéndolos, me dejáis en paz.

Y como la reina escuchase con la boca abierta, el hada extendió la varita y añadió:

--Tendrás un hijo.

Y se fué tan ligera, que la reina no pudo comprender por dónde. Excusado es decir lo contenta que quedó la reina Serafina con la promesa del hada, y mucho más cuando vió que salía cierta, y que le nacía un hijo varón, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las fiestas y regocijos que por tal acontecimiento celebró el reino de Colmania no pueden escribirse en veinte volúmenes. Baste decir que en las plazas públicas de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caños de oro purísimo, y por un caño manaba vino generoso, por otro leche azucarada, por otro rubia miel, por los dos restantes agua de olor y licor de guindas. De estas fuentes podía beber todo el mundo, y llenar jarros y barriles para llevárselos á su casa. Pero la diversión que más gustó á los colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con gran dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en letras de fuego los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie del mar se pusieron tales luminarias, valiéndose para ello de muchos barcos, que cada uno iba envuelto en un globo de luz de distinto color, y que se situaron de manera que dibujasen sobre las aguas tranquilas una gigantesca B y una S enorme. Pero ¿quién me mete á mí en narrar tales fiestas? No acabaría el año que viene. Dejémoslas, y vamos á la alcoba de la reina Serafina, en donde se halla la cuna de marfil, incrustada en esmeraldas, del pequeño Amado (porque por unanimidad se dió al recién nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la alcoba todos los ministros, títulos, generales, altos funcionarios y notabilidades de Colmania, que habían venido á cumplir la etiqueta besando respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo, dejaba asomar por entre los ricos encajes de la sábana. Cuando desapareció en el umbral de la puerta el último faldón de frac bordado y el último uniforme, el rey Bonoso y la reina Serafina se dieron un abrazo para desahogar el júbilo, que no les cabía en el pellejo. Estaban así abrazados y llorando como unos bobos, cuando he aquí que de pronto se les presenta el hada del Deseo cumplido. Venía más guapa que nunca: su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y negrísimo flotaba por sus hombros y caía hasta sus piés; en la cabeza lucía una corona de estrellitas que no se estaban quietas, sino que temblaban, temblaban como tiemblan de noche las estrellas en el cielo. El rey Bonoso iba á hincarse de rodillas ante el hada, pues no ignoraba que le debía su dicha; pero el hada, extendiendo la varita sobre la cuna, le dijo:

[Imagen]

--Rey de Colmania, por aumento de bienes voy á dar á tu hijo hermosura, inteligencia y buen carácter; ahora á ti te toca educarle de manera que sea feliz.

Y el hada, bajándose, besó tres veces suavemente al príncipe en los ojos, en la frente y en el corazón. No se despertó el niño, y el hada desapareció otra vez de la vista del rey y de la reina.

Quedáronse los reyes medio atortolados, gozosos con los dones que el hada otorgara al niño, pero cavilando en aquello de educarle de manera que fuese feliz. El hada lo había dicho con un tono solemne que daba en qué pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de mirar á Amadito, y comérsele á besos, ahora se quebraban la cabeza discurriendo métodos de educación.

El rey Bonoso, que no tenía la vanidad de creerse más ilustrado que todo el reino junto, abrió inmediatamente un concurso ofreciendo premios á los autores que más á fondo tratasen y mejor resolviesen la cuestión de cómo se debe educar á un niño para que sea feliz. Emborronáronse con tal motivo más de 8,000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24,800 Memorias, llenas de preceptos higiénicos y de sistemas muy eruditos, muy elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Este convocó entonces á todos los sabios de Colmania y los reunió en su palacio á fin de que discutiesen y ventilasen el punto, prometiéndose atenerse á las decisiones de tan docta Asamblea. Allí se juntaron sabios de todos colores y clases: unos sucios, vestidos de andrajos y con luengas barbas; otros afeitados, peinaditos y con quevedos de oro; unos viejos, amarillos, sin dientes, que todo lo hallaban difícil y malo; otros jóvenes, petulantes, que para todo encontraban salida y respuesta. Abierto el debate sobre la educación del príncipe Amado, se emitieron los pareceres más diferentes: unos opinaban que, para hacerle feliz, convenía enseñar al príncipe á mandar desde la niñez, con lo cual no le pesaría más tarde la corona en las sienes; otros, que era preciso adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible; y hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del príncipe, lo mejor era estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo pecados, se iría de patitas á la gloria; por cuyo dictamen la reina Serafina mandó que sus criados arrojasen al sabio por las escaleras á empellones. En suma, el rey no sacaba más en limpio del Congreso de sabios que de las Memorias del concurso, y entonces resolvió tentar el extremo opuesto, es decir, llamar á una porción de mujeres sencillas del pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo discordia; todas las mujeres opinaron que la felicidad consistía en poseer cuanto se deseaba, sin restricción de ninguna especie, y que, por consiguiente, el modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los gustos, y bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al rey Bonoso, que estaba muerto por mimar á su hijo; á la reina, que ya lo mimaba desde que nació; á las damas, pajes y servicio de Palacio, que andaban bobos con las gracias del chiquitín, y á todos los colmanienses, que idolatraban en su príncipe Amado. Arreglada así la cosa, nadie volvió á acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se entregó al placer de adivinarle los antojos al recién nacido, que pocos tenía aún.

II