Part 15
Aún hoy me asombro del fulminante efecto que la contemplación de aquella miniatura me produjo, y de cómo me quedé arrobado, suspensa la respiración, comiéndome el retrato con los ojos. Ya había yo visto aquí y acullá estampas que representaban mujeres bellas; frecuentemente en las _Ilustraciones_, en los grabados mitológicos del comedor, en los escaparates de las tiendas, sucedía que una línea gallarda, un contorno armonioso y elegante cautivaba mis miradas precozmente artísticas; pero la miniatura encontrada en el cajón de mi tía, aparte de su gran gentileza, se me figuraba como animada de sutil aura vital; advertíase en ella que no era el capricho de un pintor, sino imagen de persona real, efectiva, de carne y hueso. El rico y jugoso tono del empaste hacía adivinar, bajo la nacarada epidermis, la sangre tibia; los labios se desviaban para lucir el esmalte de los dientes; y, completando la ilusión, corría alrededor del marco una orla de cabellos naturales, castaños, ondeados y sedosos, que habían crecido en las sienes del original. Lo dicho; aquello, más que copia, era reflejo de persona viva, de la cual sólo me separaba un muro de vidrio... Puse la mano en él, lo calenté con mi aliento, y se me ocurrió que el calor de la misteriosa deidad se comunicaba á mis labios y circulaba por mis venas. Estando en esto, sentí pisadas en el corredor. Era mi tía que regresaba de sus rezos. Oí su tos asmática y el arrastrar de sus piés gotosos. Tuve tiempo no más que de dejar la miniatura en el cajón, cerrarlo y arrimarme á la vidriera adoptando una actitud indiferente y nada sospechosa.
Entró mi tía sonándose recio, porque el frío de la iglesia le había encrudecido el catarro ya crónico. Al verme se animaron sus ribeteados ojillos, y dándome un amistoso bofetoncito con la seca palma, me preguntó si le había revuelto los cajones, según costumbre.
Después, sonriéndose con picardía:
--Aguarda, aguarda--añadió--voy á darte algo, que te chuparás los dedos.
Y sacó de su vasta faltriquera un cucurucho, y del cucurucho tres ó cuatro bolitas de goma adheridas entre sí, como aplastadas, que me infundieron asco.
La estampa de mi tía no convidaba á que uno abriese la boca y se zampase el confite: muchos años, la dentadura traspillada, los ojos enternecidos más de lo justo, unos asomos de bigote ó cerdas sobre la hundida boca, la raya de tres dedos de ancho, unas canas sucias revoloteando sobre las sienes amarillas, un pescuezo flácido y lívido como el moco del pavo cuando está de buen humor... Vamos, que yo no tomaba las bolitas, ¡ea! Un sentimiento de indignación, una protesta varonil se alzó en mí, y declaré con energía:
--No quiero, no quiero.
--¿No quieres? ¡Gran milagro! ¡Tú que eres más goloso que la gata!
--Yo no soy ningún chiquillo--exclamé--creciéndome, empinándome en las puntas de los piés--yo no quiero dulces.
La tía me miró entre bondadosa é irónica, y al fin, cediendo á la gracia que le hice, soltó el trapo, con lo cual se desfiguró y puso patente la espantable anatomía de sus quijadas. Reíase de tan buena gana, que se besaban barba y nariz, ocultando los labios, y se le señalaban dos arrugas, ó mejor, dos zanjas hondas, y más de una docena de pliegues, en mejillas y párpados; al mismo tiempo, la cabeza y el vientre se le columpiaban con las sacudidas de la risa, hasta que al fin vino la tos á interrumpir las carcajadas, y entre risa y tos, involuntariamente, la vieja me regó la cara con un rocío de saliva... Humillado y lleno de repugnancia, me escapé de allí y no paré hasta el cuarto de mi madre, donde me lavé con agua y jabón y me dí á pensar en la dama del retrato.
Y desde aquel punto y hora ya no acerté á separar mi pensamiento de ella. Salir la tía y escabullirme yo hacia su aposento, entreabrir el cajón, sacar la miniatura y embobarme contemplándola, todo era uno. Á fuerza de mirarla, figurábaseme que sus ojos entornados, al través de la voluptuosa penumbra de las pestañas, se fijaban en los míos, y que su blanco pecho respiraba afanosamente. Me llegó á dar vergüenza besarla, imaginando que se enojaba de mi osadía, y sólo la apretaba contra el corazón, ó arrimaba á ella el rostro. Todas mis acciones y pensamientos se referían á la dama; tenía con ella extraños refinamientos y delicadezas nimias. Antes de entrar en el cuarto de mi tía y abrir el codiciado cajón, me lavaba, me peinaba, me componía, como ví después que suele hacerse para acudir á las citas amorosas.
Me sucedía á menudo encontrar en la calle á otros niños de mi edad, muy armados ya de su cacho de novia, que ufanos me enseñaban cartitas, retratos y flores, preguntándome si yo no escogería también _mi niña_ con quien cartearme. Un sentimiento de pudor inexplicable me ataba la lengua, y sólo les contestaba con enigmática y orgullosa sonrisa. Cuando me pedían parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encogía de hombros y las calificaba desdeñosamente de _feas_ y _fachas_. Ocurrió cierto domingo que fuí á jugar á casa de unas primitas mías, muy graciosas en verdad, y que la mayor no llegaba á los quince. Estábamos muy entretenidos en ver un estereóscopo, y de pronto una de las chiquillas, la menor, doce primaveras á lo sumo, disimuladamente me cogió la mano, y conmovidísima, colorada como una brasa, me dijo al oído:
--Toma.
Al propio tiempo sentí en la palma de la mano una cosa blanda y fresca, y ví que era un capullo de rosa, con su verde follaje. La chiquilla se apartaba sonriendo y echándome una mirada de soslayo; pero yo, con un puritanismo digno del casto José, grité á mi vez:
--¡Toma!
Y le arrojé el capullo á la nariz; desaire que la tuvo toda la tarde llorosa y de monos conmigo, y que aún á estas fechas, que se ha casado y tiene tres hijos, no me ha perdonado.
Siéndome cortas para admirar el mágico retrato las dos ó tres horas que entre mañana y tarde se pasaba mi tía en la iglesia, me resolví por fin á guardarme la miniatura en el bolsillo, y anduve todo el día escondiéndome de la gente lo mismo que si hubiese cometido un crimen. Se me antojaba que el retrato, desde el fondo de su cárcel de tela, veía todas mis acciones, y llegué al ridículo extremo de que si quería rascarme una pulga, atarme un calcetín ó cualquiera otra cosa menos conforme con el idealismo de mi amor purísimo, sacaba primero la miniatura, la depositaba en sitio seguro, y después me juzgaba libre para hacer lo que más me conviniese. En fin, desde que hube consumado el robo, no cabía en mí; de noche lo escondía bajo la almohada y me dormía en actitud de defenderlo; el retrato quedaba vuelto hacia la pared, yo hacia la parte de afuera, y despertaba mil veces con temor de que viniesen á arrebatarme mi tesoro. Por fin lo saqué de debajo de la almohada y lo deslicé entre la camisa y la carne, sobre la tetilla izquierda, donde al día siguiente se podían ver impresos los cincelados adornos del marco.
El contacto de la cara miniatura me produjo sueños deliciosos. La dama del retrato, no en efigie, sino en su natural tamaño y proporciones, viva, airosa, afable, gallarda, venía hacia mí para conducirme á su palacio en un tren rápido y volador. Con dulce autoridad me hacía sentar á sus piés en un cogín, y me pasaba la torneada mano por la cabeza acariciándome la frente, los ojos y el revuelto pelo. Yo le leía en un gran misal, ó tocaba el laúd, y ella se dignaba sonreirse, agradeciéndome el placer que le causaban mis lecturas y canciones. En fin, las reminiscencias románticas me bullían en el cerebro, y ya era paje, ya trovador.
Con todas estas imaginaciones, el caso es que fuí adelgazando de un modo notable, y que lo observaron con gran inquietud mis padres y mi tía.
--En esa difícil y crítica edad del desarrollo, todo es alarmante--dijo mi padre--que solía leer libros de medicina, y estudiaba con recelo las ojeras oscuras, los ojos apagados, la boca contraída y pálida, y sobre todo, la completa falta de apetito que se apoderaba de mí.
--Juega, chiquillo; come, chiquillo--solía decirme.
Y yo le contestaba con abatimiento:
--No tengo ganas.
Empezaron á discurrirme distracciones; me ofrecieron llevarme al teatro; me suspendieron los estudios, y diéronme á beber leche recién ordeñada y espumosa. Después me echaron por el cogote y la espalda duchas de agua fría, para fortificar mis nervios; y noté que mi padre, en la mesa ó por las mañanas cuando iba á su alcoba á darle los buenos días, me miraba fijamente un rato y á veces sus manos se escurrían por mi espinazo abajo, palpando y tentando mis vértebras. Yo bajaba hipócritamente los ojos, resuelto á dejarme morir antes que confesar el delito. En librándome de la cariñosa fiscalización de la familia, ya estaba yo con mi dama del retrato. Por fin, para mejor acercarme á ella, acordé suprimir el frío cristal: titubeé al ir á ponerlo por obra; al cabo pudo más el amor que el vago miedo que semejante profanación me inspiraba, y con gran destreza logré arrancar el vidrio y dejar patente la plancha de marfil.
Al apoyar en la pintura los labios y percibir la tenue fragancia de la orla de cabellos, se me figuró con más evidencia que era persona viviente la que estrechaban mis manos trémulas. Un desvanecimiento se apoderó de mí, y quedé en el sofá como privado de sentido, apretando la miniatura.
Cuando recobré el conocimiento ví á mi padre, á mi madre, á mi tía, todos inclinados hacia mí con sumo interés; leí en sus caras el asombro y el susto; mi padre me pulsaba, meneaba la cabeza y murmuraba:
--Este pulso parece un hilito, una cosa que se va.
Mi tía, con sus dedos ganchudos, se esforzaba en quitarme el retrato, y yo, maquinalmente, lo escondía y aseguraba mejor.
--Pero, chiquillo... ¡suelta, que lo echas á perder!--exclamaba ella. ¿No ves que lo estás borrando? Si no te riño, hombre... yo te lo enseñaré, cuantas veces quieras; pero no lo estropees; suelta, que le haces daño.
--Déjaselo--suplicaba mi madre--el niño está malito.
--¡Pues no faltaba más!--contestó la solterona. ¡Dejarlo! ¿Y quién hace otro como ese... ni quién me vuelve á mí ahora á los tiempos aquellos? ¡Hoy en día nadie pinta miniaturas... eso se acabó... y yo también me acabé y no soy lo que ahí representa!
Mis ojos se dilataban de horror; mis manos aflojaban la pintura. No sé cómo pude articular:
--Usted... el retrato... es usted...
--¿No te parezco tan guapa, chiquillo? ¡Bah, veintitrés años son más bonitos que... que... que no sé cuántos, porque no llevo la cuenta; al fin, nadie ha de robármelos!
Doblé la cabeza, y acaso me desmayaría otra vez; lo cierto es que mi padre me llevó en brazos á la cama, y me hizo tragar unas cucharadas de Oporto.
Convalecí presto y no quise entrar más en el cuarto de mi tía.
[Imagen]
UN DIPLOMÁTICO
[Imagen]
Entró la camarera, bandeja de plata en mano, y presentó á la duquesa el correo. Había en él periódicos franceses, _Ilustraciones_ metidas en su fino camisón de seda, dos ó tres cartas de satinado sobre y heráldico timbre, y, nota desafinada en aquel concierto, otra carta más, cerrada consigo misma, sellada con obleas verdes, regado de gruesa arenilla el sobrescrito.
Quizás la propia extrañeza que le causó ver tan tosca misiva moviese á la duquesa á echarle mano, anteponiéndola á las demás; pero aún no bien puso los ojos en ella, cuando dijo festivamente:
--¡Si es para el ama!... Que venga, que tiene carta de sus padres.
La camarera salía ya, y la duquesa añadió con mucho interés:
--Que traiga la chiquitina... Que la traiga abrigada; hoy es un día fresco.
Pocos minutos tardó en menearse el cortinaje de brocado crema sobre fondo azul, y en oirse un _tlin... tlin..._ de menudos cascabeles, y antes que asomase la fornida persona del ama, la duquesa sonrió á una manecita pálida, hoyosilla; una manecita de diez meses que esgrimía un sonajero de plata.
--¡Vente, angelote... á mamá... mil besos!
--Mmiií...--gorjeó la criatura, palpando con afán el medallón de turquesas y brillantes que resplandecía sobre la bata de negro terciopelo de la dama, mientras las caricias de ésta, como golosas moscas, se le posaban sobre el cuello, frente y ojos.
--Está descolorida, ama... está ojerosita... ¿Cómo ha dormido? ¿Qué dice _miss_?
--_Miss_ dice... es decir, no dice nada... ay, sí, dice que también allá por su tierra los chiquillos, cuando andan con dientes... ya ve ucencia... rabian de Dios y se ponen _esmirriaditos_.
Alzó levemente los hombros la duquesa, como indicando: «Buen par de apuntes estáis tú y _miss_.» Y hablándose á sí misma, murmuró:
--Sánchez del Abrojo no debe tardar... ¡Ah!--pronunció ya con voz más fuerte;--ama, aquí hay carta de tu casa...
En vez de alegrarse, se oscureció el semblante del ama, moreno, tostado y recio, cual los molletes de pan de su país.
--¡Y qué dirá ahí, ucencia!--suspiró sin extender la mano para tomar la epístola.--Nunca por cosa buena escriben.
--¡Qué sé yo, mujer! Te hablarán de tu madre... del chico que te dejaste... de las vacas, ¿eh? ¡ó te pedirán dinero! Anda, toma, sal de dudas.
--Ucencia ha de dispensarme... como yo no sé de letra... y en la cocina á lo mejor se burlan de las cosas que me cuenta el señor padre, que es quien pone las cartas....--suplicó el ama, medio enternecida ya.
--Vamos, querrás que te la lea, ¿no es eso?
--Si ucencia se quiere molestar...
Al decir esto, se apresuró á coger la niña, que por su parte no anduvo rehacia en irse á los robustos brazos del ama, la cual, previo un «con el permiso de ucencia...» desabrochó el justillo, alzó el pañuelo de vivos colores que se cruzaba sobre su seno de Cibeles, y metiendo en la boquita del ángel lo que éste más deseaba, volvió á cubrirse con tanto recato como si delante de un regimiento se encontrase. Rasgó la duquesa el tosco sobre, y aún no lo había desdoblado, cuando se oyeron pisadas de botas rechinantes y varoniles en el pasillo, y una faz correcta, patilluda, apareció entre los pliegues del cortinaje, y una voz que apoyaba mucho en las erres, preguntó:
--¿Estás visible, hija? ¿Puede entrar Sánchez del Abrojo?
--Adelante, adelante, doctor... ¡Pues ya lo creo! Pensando estaba en él ahora mismo.
Hízose atrás el duque para dejar pasar primero al doctor, según manda la cortesía, y ambas notabilidades (cada uno de los recién entrados lo era en su género) se adelantaron hacia el rincón del gabinete donde se destacaba la airosa cabeza de la duquesa sobre un fondo de aterciopelado follaje de begonias.
El duque, aunque frisaba en los cincuenta y seis, era derecho, elegante, distinguidísimo hasta en su lucia y limpia calva; usaba no sé qué cintajo en el ojal, y podría usar, amen de las hidalgas veneras de Alcántara y Santiago, que ya de casta le venían, como dos docenas de insignias de órdenes nacionales y extranjeras, de las más ilustres, concedidas por diferentes gobiernos en justa recompensa del tino y acierto con que durante su ya larga carrera diplomática había desempeñado arduas y peliagudas misiones, y enredado los cabos de más de veinte madejas políticas, que el demonio que las devanase. Ostentaba el duque en su despacho, y enseñaba con orgullo, además de las condecoraciones, pieles de zorro azul, regaladas por el czar, el collar de esmaltes de una momia, obsequio del _jedife_, y un sable japonés de abrirse el vientre, con pedrerías en la empuñadura, gracioso donativo del _mikado_.
En estos títulos fiaba el duque para obtener en breve la embajada más importante quizás de Europa.
Por lo que hace á Sánchez del Abrojo, regordete, sanguíneo, de chispeantes ojos negros, era un médico á la moda, que curaba con su ciencia á la mitad de los enfermos, y con su animación y energía á la otra mitad... siempre que tuviesen cura, por supuesto.
Mientras la duquesa entablaba con el galeno animadísimo diálogo, el duque se acercó al ama, y se inclinó con cierta familiaridad, no exenta de señorío, para ver el rostro de la niña, que maldita la gana que tenía de enseñárselo.
--Golosilla... hola, estamos tragando, ¿eh? ¿Qué tal se porta, ama? ¿Qué tal se porta?
Y sin esperar la respuesta, volvióse á su mujer y al doctor.
--¿Le explicas á Sánchez lo de la chiquitina? Amigo del Abrojo; esta nena, con sus dientes, nos da en qué pensar. ¡Oh! y tanto como nos da. Estamos preocupadísimos.
--Ya se ve, única y tardía...--respondió el médico, mientras calculaba para su sayo, tan involuntariamente como el matemático suma dos cifras que ve una debajo de otra, las probabilidades de ulterior sucesión que podía tener aquel matrimonio.--¿Y qué dice el ama?--añadió en alta voz.
--El ama...--murmuró la duquesa, y recordando de súbito la carta, que aún conservaba en la mano, exclamó:--Á propósito, permítanme Vds... Un instante... Lo prometido es deuda.
--¿Qué es eso? ¿Qué carta es esa tan rara?--interrogó el duque.
--Del ama, de Jacinta... Le prometí que se la leería. Es de su gente...
--Si quieres ahorrarte el trabajo... yo me encargo, hija--pronunció con magnánima sonrisa el duque.
--No, gracias...
La duquesa, por instinto, oprimió la carta.
--Pero si es una niñería que te empeñes en molestarte... Eso estará escrito en chino.
--Si Vds. quieren que yo...--exclamó oficiosamente Sánchez del Abrojo.
--No, yo he de ser--declaró la duquesa con firmeza.
Y diciendo y haciendo, comenzó la lectura:
--«Mi amada y estimada hija Jacinta...»
--Repare Vd. la ortografía de esa pobre gente, Sánchez,--murmuró por lo bajo el duque, que se inclinaba sobre el hombro de su esposa deletreando.--¡Ponen _Jacinta_ con G! ¿Es gracioso, no?
--«Jacinta... me alegraré que al recibo de estas cortas letras...»
--Etcétera. Siempre comienzan así: es ya una fórmula consagrada--explicó gravemente el duque.--¿Á que añade: «te halles con la cabal salud que yo para mí deseo?»
--«...La mía buena á Dios gracias...»--prosiguió la duquesa.--«Con dolores de mi corazón y alma, estimada hija, tengo que participarte la mayor desd...»
La duquesa, por cuyo rostro se extendía leve palidez, sufrió, llegando á este párrafo, un acceso de tos.
--¿Ves cómo no entiendes la letra, María? Yo continuaré. «...desdicha que Dios fué servido de mandarnos... y que tu afligida madre y padre y tío Antón tienen el honor de partici...»
--Te suplico--gritó la duquesa con sorda angustia,--que me dejes acabar... ¿entiendes?
--¡Ay ucencia, por la Virgen Santísima! ¿Qué desgracia será esa?--interrogó el ama, cuyo color de figura de barro cocido se trocaba en palidez de granito recién labrado.
--Verás, mujer... no te asustes, si no es nada... «el honor de participarte... pues sabrás, estimada hija de nuestro cariñoso amor, como ayer se mu... se murió el novillo nuestro...»
--¡Novillo!--dijo pensativa el ama.--En casa no había sino dos vacas... la blanca y la roja.
--Lo comprarían...--replicó la duquesa, respirando como si suspirase.--Vamos, pues eso no vale la pena, ama... «Todos estamos traspasados de puñales...» Bien, se comprende; para vosotros es una gran pérdida... Yo te daré con qué comprar dos, ó una pareja de bueyes... ¡Ea!
--¡Viva ucencia mil años, y nunca las manos se cansen!... ¿Qué pone al último?
--«Consérvate como un repollo de sana... Cuida bien á esa infanta de las Españas que estás criando...» ¡Ah! y que les mandes diez duros, si puede ser. Irá eso y mucho más.
--Ahora--dijo el diplomático recogiendo con impensado movimiento la carta de manos de la duquesa--permíteme que vea la ortografía... Si es divertidísima.--¡Calle!--exclamó sin hacer caso de los desesperados ademanes de su mujer.--Bien dije yo que no era para tus ojos esta letra, María querida... Si aquí no habla de novillo... No; donde leíste _novillo_, hay escrito _chiquillo_... ¡Estos signos paleográficos no son para usted, señora duquesa! No me haga usted señas... ¡Pues si los diplomáticos, por oficio, tenemos que saber leer cosas más peliagudas! _Chiquillo_; ¿ve Vd., Sánchez? «Se murió el chiquillo tuyo... Todos estamos traspasados de puñales...»
Pronta como el rayo, se precipitó la duquesa hacia Jacinta y le arrancó de los brazos la tierna criatura, que rompió en tristísimo llanto al soltar la ubre. Era tiempo. Un grito ronco salió de la comprimida garganta del ama; puso los ojos en blanco; sus facciones amoratadas se descompusieron, y leve espuma apareció en sus labios morados. Á pesar de los esfuerzos de Sánchez del Abrojo para sostenerla, se desasió y rodó al suelo, retorciéndose con la desesperada elasticidad de la convulsión. La duquesa se colgó de la campanilla, mientras con el brazo izquierdo apretaba contra su corazón á la criatura desconsolada.
--Vea Vd.--decía algún tiempo después Sánchez del Abrojo á su compañero el doctor Cortadillo, en ocasión que salían juntos de San Carlos;--yo lo he creído siempre: es preferible, es más lucido, desde el punto de vista del pronóstico, trabajar sobre un viejo que sobre un chiquillo. La patogenesia del niño es dificilísima, especialmente mientras lacta, mientras vive, por decirlo así, en íntima comunión con la naturaleza femenina. Nada, que le mudamos el ama á la niña de los duques de Fuente-Real (una niña algo delicada, que nació tarde, y cuando sus padres no esperaban ya familia, ¿sabe Vd.?); pero bastó el poco tiempo que por fuerza hubo de mamar de la otra, de la que recibió aquel tiro á boca de jarro y tuvo el ataque nervioso (¡ nervios en las aldeanas! Pero ¿qué fueron las energúmenas?) para llevar á la criatura al hoyo... ó al cielo, señor espiritualista: como V. guste. Claro que estaba en el período de la dentición; ya sabe Vd. la receptividad, la plasticidad del temperamento de los niños; y así como un fuerte golpe no derriba, verbigracia, una cómoda, y sí un objeto pequeño que se halle colocado encima de ella, la terrible impresión no hizo gran mella en aquel castillo, en la mocetona del ama; pero á la chiquita... Yo por lo menos tuve que atribuirlo á eso. El ataque á la cabeza afectó forma convulsiva.
--¡La heredera del duque de Fuente-Real, muriendo de la muerte del hijo de una labradora!--murmuró reflexivamente Cortadillo.
--El dinamismo incalculable de los hechos, amigo mío... Heriberto Spencer pone eso en su punto.
--¿Y el duque?--preguntó Cortadillo con interés.
--¡Calle Vd., hombre! Acaba de salir para su embajada...
Cortadillo sonrió con su boca amarilla y sin dientes, y los carnosos labios de Sánchez del Abrojo hicieron el dúo, plegándose con ironía indefinible. Después su rostro se puso grave.
--La pobre madre... la pobre duquesa... ¡Ah, qué espectáculo! Esa se ha quedado en Madrid... La veo con frecuencia, y bien necesita mis cuidados, se lo aseguro á Vd.
--Lo que necesitará sobre todo--advirtió Cortadillo--es paciencia, y creer á puño cerrado que esa criatura no está sólo en la fosa, compañero del Abrojo.
[Imagen]
SIC TRANSIT...
[Imagen]
Me trajo el mozo la copa de _cognac_ pedida dos minutos antes, y mientras la paladeaba despacito, fijé una escrutadora mirada en el individuo que ocupaba la mesa próxima.
Era él, él mismo: no podía caberme duda ya. ¡Pero cuán ajado, maltrecho y diferente de sí propio! Sobre el grasiento cuello de panilla de su gabán caían en desorden los lacios y entrecanos mechones de la descuidada cabellera; la camisa no se veía, probablemente estaría sucia y la ocultaba por pudor social. Como tenía inclinada la cabeza para leer un periódico francés, sólo pude ver su perfil devastado y marchito, y las abolsadas ojeras que rodeaban sus pálidos ojos.
Contemplábale yo con punzante curiosidad, y me acudían en tropel recuerdos de la última vez que asistí á uno de sus triunfos. Hallábase entonces en la plenitud de sus facultades y talento: es verdad que algunos malcontentadizos _dilettanti_ empezaban á decir que _decaía_, mas el público opinaba de muy distinta manera. Y por señas que, como justamente la postrer noche que pasé en Madrid fuese la del beneficio del gran artista, aflojé los cinco pesos que el _Pájaro_ me exigió por la butaca, y asistí á una ovación entusiasta, delirante.