La dama joven

Part 13

Chapter 133,896 wordsPublic domain

Hizo el mancebo ademanes de despecho y enfado. Su situación era clara: preso toda la noche en la iglesia. Mientras se embebecía en la contemplación de las imágenes, el sacristán, menos soñador y distraído, se recogía á saborear la colación en familia, cerrando bien antes. Diego torció y mordió con enojo su mostacho, y meneó la cabeza como diciendo: «Vamos á ver, ¿y qué hago yo ahora?» Meditó varios expedientes y ninguno tuvo por aplicable. Podría acaso, con sus vigorosos puños, forzar las cerraduras de las endebles puertas interiores; pero le detendría la fortísima exterior del pórtico, ó la no menos resistente, aunque más baja, de la sacristía por la parte de la calle. Y ¿qué escándalo no iba á causar en la ciudad el verle á él, pacífico ciudadano, forzando puertas de templos, ni más ni menos que un burlador de capa y espada? Ocurriósele también gritar: acaso el sacristán, atareado aún en la sacristía, le oyese; pero inexplicable recelo embargó su voz, temiendo verla apagarse sin eco en la alta bóveda: además, algo pueril había en los gritos, que repugnaba á Diego. En estas imaginaciones transcurrieron diez minutos de angustia penosa; pero al cabo acudió la reflexión. Si el verse obligado á pernoctar en una iglesia no es recreativa aventura, tampoco grave mal ni terrible desdicha. Seguramente no se divertiría mucho Diego en la mansión sagrada, mas en cambio podría dormir á sus anchas, sin temor de que ningún importuno viniese á interrumpirle. Tratábase no más que de una noche; y mitad de ella era ya por filo, según anunció el reloj de la torre sonando doce lentas campanadas. Faltaban para la aurora, en aquella estación del año, cinco horas apenas, que bien podían dormirse en un banco, por duro que fuese. Antes de la del alba, vendría el sacristán á franquear las puertas, á disponerlo todo para los divinos oficios, y entonces, cátate á Diego libre y volando á su casa, á tenderse entre sábanas delgadas y limpias, á dormir hasta las once y á levantarse después, para ver cómo sentaba la negra mantilla de fondo al talle de su perseguida beldad. Todo este raciocinio hilvanó el magín de Diego en un abrir y cerrar de ojos. Y pararon sus cálculos en resignarse y acogerse, atraído por las luces, á la capilla del Nazareno.

Ardían más amarillentos que nunca los cirios, soltando goterones de cera derretida, que á veces caían, y con rebote sordo se aplastaban en los palos de las andas de las imágenes. Reinaba, visible y palpable casi, el silencio. Diego se sentó en un banco, recostando la cabeza en la rinconada que formaba la saliente de un confesonario, y el crujido del duro asiento, al recibir el peso de su cuerpo, le sonó extrañamente. Trató de dormir; pero no acertaba á cerrar los ojos y recogerse para conciliar el sueño. Estorbábale mucho la absoluta tranquilidad del recinto, tranquilidad que agigantaba hasta el chisporroteo de los blandones. Aquella callada atmósfera estaba llena de cosas inexplicables é incomprensibles, que Diego percibía, sin embargo. Quejas ahogadas, silabeo de oraciones en baja voz, grave salmodia de responsos, abrasadoras lágrimas de arrepentimiento, sofocados suspiros, flotaban en el ambiente como seres incorpóreos, como moléculas del incienso evaporado en el aire, como átomos de la mirra quemada ante el ara: dijérase que las almas de cuantos allí imploraron del cielo paz ó perdón, se habían quedado cautivas en el circuito de los altos muros de la capilla. Diego se dió á creer que menos le turbarían acaso los siniestros rumores de derruído templo ojival, donde mugiese el viento, silbase el cárabo y la corneja graznase, que el perfecto reposo de aquella iglesia moderna; y la aprensión más singular de cuantas le asaltaban, la más rara idea sugerida por el misterioso silencio, era la de figurarse que no se hallaba _solo_. Por mucho que combatiese tan ridícula suposición, no podía arrancarse de la mente el pensamiento de que allí había alguien, ó, mejor dicho, mucha gente, muchos ojos que le miraban atentos, muchos cuerpos vueltos hacia él. Sacudió la cabeza, pasóse repetidas veces la mano por la frente que comenzaba á arder, reclinóse de nuevo en el ángulo, y probó á dormirse. Pero no es dado gozar el bálsamo del sueño á quien más lo solicita; antes suele huirnos cuando lo invocamos para aplacar la excesiva tensión de nuestros nervios y las tempestades de nuestro espíritu. Cerrados los párpados, no se disipó la indefinible zozobra de Diego. Parecíale oir tenues oscilaciones del aire, pisadas muy quedas, vagos murmullos, balbuceos trémulos, chasquidos leves, suave crujir de ricas estofas, ráfagas de viento empujadas por manos que se tendían para acariciarle, ó cortadas por armas que descendían para herirle. No pudo sufrir más: mal de su grado se le despegaban los párpados, violentamente retraídos por sus músculos tensores. Miró.

Las imágenes se erguían inmóviles en las andas, los ciriales alumbraban en paz. Diego respiró ampliamente, increpándose á sí mismo. No se reirían poco mañana sus compañeros de mesa de café si cometiese la simpleza de contarles cuán extrañas sinfonías entonan á las altas horas de la noche las capillas desiertas.

Tranquilo ya, recorrió otra vez con la vista las efigies todas, y cautivado, detúvose en la del Nazareno. Era esta la que más próxima tenía: veíala de frente y de costado á las demás. Consideró primero el traje y después el macilento rostro. Y volvió á notar lo convencional del criterio estético, observando el efecto sorprendente de realidad de los ojos de la imagen, que eran de cristal, ni más ni menos que los de los animales disecados. Fuese que la luz de las velas se quebrase en ellos de modo especial, fuese que la densa sombra de la abundosa cabellera les prestase reflejos de agua profunda, el caso es que los ojos tan pronto despedían centellas, como semejaban á Diego velados por turbia cortina de llanto. Hasta llegó un instante en que de los lagrimales á las flacas mejillas creyó Diego, asombrado, ver deslizarse unas gotas, que al llegar á la negra barba se quedaron frescas y relucientes como el rocío en la tela de la araña campesina. Sintió impulsos de levantarse y contemplar de cerca el prodigio, mas al punto se calificó de necio rematado si tal hiciese. No creía en lo sobrenatural, y mejor que admitir que llorase un Nazareno de madera, tuviérase á sí propio por visionario y demente. Sus ojos, deslumbrados por los hachones, y no los de vidrio de la imagen, eran causa del fenómeno. No obstante, mágica fascinación prendía sus pupilas á aquellas otras pupilas llorosas y mansas. Una especie de estremecimiento magnético le hizo temblar de frío, y quiso dirigir la visual á otra parte: imposible; los ojos del Nazareno buscaban con empeño tal, preguntaban tan imperiosamente, que era fuerza contestarles. ¡Por vida de Diego! Lo que procedía era irse derechito á la efigie, mirarla de cerca, tocar su rostro de palo, sus ojos de cristal, y reirse después. Sí, esto era lo sensato, lo cuerdo, lo que cualquier hombre que tenga cabales sus potencias opina á las doce del día, después de almorzar y fumando un cigarro. Pero á igual hora de la noche, sin haber cenado, cautivo en una iglesia solitaria, en compañía de un Nazareno que alumbran cirios, es verosímil que el mismo hombre hiciese lo que Diego: levantarse con ademán brusco, pasar ante el Nazareno clavada la vista en tierra, por librarse del imán de sus ojos, y refugiarse en el interior del confesonario, cuyas paredes, de madera, caladas en un pequeño espacio por menuda rejilla, se interpusieron entre él y las imágenes, procurándole una especie de alcoba, dura y estrecha, sí, pero al cabo retirada.

Mas ni por sepultarse en tal escondite cesó Diego de tiritar y de sentir zumbido en las sienes, y dolorosa percepción del curso de la sangre por las venas de su cerebro. Al través de la apretada rejilla, parecíale que los trágicos personajes del poema de la Pasión no estaban ya en sus andas, sino en el suelo, muy cerca de él, tocando con las murallas de leño de su guarida. Oía choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de lanza sobre las baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas imprecaciones, blasfemias cínicas, sollozos desgarradores arrancados de mujeriles pechos. Y también llególe el són de roncas trompetas y destemplados atambores, y, de tiempo en tiempo, el choque mate de un objeto pesado contra la tierra. Parecía como si cantasen un coro á telón corrido, pero con tal maestría, que cada voz se destacaba aisladamente entre las demás sin romper el concierto: Diego se apretaba la cabeza y tapábase los oídos con las manos; mas de pronto las tablas del confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el espectáculo que adivinaba: el telón subió, y apareció la escena.

No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban los pálidos blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por él hasta empinarse á la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero, como flexible sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su zenit, pero de luz turbia y lívida, iluminaba sin regocijarlo el paisaje. Sus reflejos arrancaban vislumbres como de fuego y sangre á las armaduras, á los yelmos, á los hierros de lanza, á las águilas posadas en los pendones de la centuria de romanos jinetes que, indiferentes y marciales, arrendando sus briosos potros, daban escolta al cortejo. Á ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo, mujeres y niños los más, que llorando y plañendo, maltratados á veces por la cohorte, se unían al grupo central de la lúgubre procesión. Formaban este grupo los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que bullían en torno de un hombre vestido con túnica nazarena.

Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distinguía entre los copiosos y enmarañados bucles de su cabellera oscura, manchada de polvo y sangre, llevaba ceñida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus hombros el árbol de enorme y pesada cruz, y sus piés descalzos y llagados pisaban dolorosamente los guijarros del camino. Apurábanle los sayones porque apretase el paso y llegase más presto al lugar del suplicio; cuál le descargaba fuerte puñada en los lomos; cuál le sacudía tremendo bofetón en la faz, ó le tiraba despiadadamente de los mechones del cabello. Diego miró con horror á los sicarios, y se lanzó hacia el grupo deseoso de socorrer á la víctima; pero al alzar la mano para abrirse paso y apartarlos, halló que rodeaba su muñeca gruesa soga, pasada al cuello del reo. Entonces convirtió la vista á sí propio, y advirtió con espanto que tenía la propia semejanza y figura de uno de aquellos feroces jayanes. Desnudos llevaba como ellos pecho y espaldas, sujeto á la cintura breve faldellín, pendiente del cinto de cuero una bolsa con martillo, tenaza y provisión de férreos clavos. Quiso entonces desasirse de la cuerda maldita; tiró, y logró solamente lastimar los lacerados hombros del reo, que exhaló suave quejido. Siguió su marcha la comitiva, y Diego, confundido con ella, mecánicamente, como paja á quien arrastran las ondas del mar. Andados algunos pasos, los piés de la víctima tropezaron en una cortante piedra, y desplomóse sobre las rodillas, abrumado por la cruz. Intentó Diego ayudarle á incorporarse, mas la soga volvió á rozar el herido cuello, y el reo á gemir.

Haciéndose cada vez más agria la cuesta, más grave el peso, aún vaciló y cayó, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y entonces, como echase atrás la cabeza, apartáronse los descompuestos bucles, y quedó patente el rostro maltratado y escupido, los dulces labios marchitos como pisoteada flor, la bella barba ahorquillada y rizosa, la cándida frente claveteada de espinas, los serenos abismos de los ojos, que con ternura y paz miraban en torno de sí. Diego sintió como si el corazón le traspasase agudo y penetrante dardo, y las entrañas se le conmovieron y derritieron de pena. «Álzate, sigue,» vociferaban los verdugos en una lengua extraña que Diego entendía, sin embargo, y se precipitaron sobre el Nazareno para levantarle de grado ó por fuerza. Cogido Diego en el vórtice del viviente remolino, extendió también los brazos y asió del reo á tientas, según pudo entre la confusión; oyóse un clamor de agonía, contestaron á él las hijas de Jerusalem con histérico llanto, y Diego vió que las sienes de Jesús chorreaban sangre, y sintió en sus dedos un contacto blando, elástico, acariciador: enroscábase á ellos un rizo arrancado de la frente del Nazareno.

* * * * *

Despertóse Diego en su lecho, rodeado de solícitos amigos, que le velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin pulso sobre el frío pavimento de la capilla, delante de las andas.

Ya tornaba á la vida y había en sus mejillas color, en sus pupilas luz é inteligencia. Recobrándose poco á poco, incorporado sobre la almohada, fué recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos, y reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanchó el pecho respirando con desahogo, y murmuró:

--¡Qué pesadilla!

Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado y sedoso, como piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba con la yema del pulgar y envolvía su dedo índice. Sus ojos quedaron fijos y dilatados, abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el rizo.

[Imagen]

LA BORGOÑONA

[Imagen]

El día que encontré esta leyenda en una crónica franciscana, cuyas hojas amarillentas soltaban sobre mis dedos curiosos el polvillo finísimo que revela los trabajos de la polilla, quédeme un rato meditabunda, discurriendo si la historia, que era edificante para nuestros sencillos tatarabuelos, parecería escandalosa á la edad presente.--Porque hartas veces observo que hemos crecido, sino en maldad, al menos en malicia, y que nunca un autor necesitó tanta cautela como ahora para evitar que subrayen sus frases é interpreten sus intenciones y tomen por donde queman sus relatos más inocentes. Así todos andamos recelosos y, valga esta impropia metáfora, con la barba sobre el hombro, de miedo de escribir algo funesto para la moral y las costumbres.

Pero acontece que si llega á agradarnos ó á producirnos honda impresión un asunto, no nos sale ya fácilmente de la cabeza, y diríase que bulle y se revuelve allí cual el feto en las maternas entrañas, solicitando romper su cárcel oscura y ver la luz. Así yo, desde que leí la historia milagrosa que, dejando escrúpulos á un lado, voy á contar no sin algunas variantes, viví en compañía de la heroína, y sus aventuras se me aparecieron como serie de viñetas de misal, rodeadas de orlas de oro y colores y caprichosamente iluminadas, ó á modo de vidriera de catedral gótica, con sus personajes vestidos de azul turquí, púrpura y amaranto. ¡Oh quién tuviese el candor, la hermosa serenidad del viejo cronista, para empezar diciendo: «En el nombre del Padre!...»

I

Era muchos, muchos años, ó por mejor decir, muchos siglos hace; el tiempo en que Francisco de Asís, después de haber recorrido varias tierras de Europa exhortando á la pobreza y á la penitencia, enviaba sus discípulos por todas partes á continuar la predicación del Evangelio.

Los pueblecillos y aldehuelas de Italia y Francia estaban acostumbrados ya á ver llegar misioneros peregrinos, de sayal roto y descalzos piés, que se iban derechos á la plaza pública, y encaramándose sobre una piedra ó sobre un montón de escombros, pronunciaban pláticas fogosas, condenando los vicios, increpando á los oyentes por su tibieza en amar á Dios. Bajábanse después del improvisado púlpito, y los aldeanos se disputaban el honor de ofrecerles hospitalidad, lumbre y cena.

[Imagen]

No obstante, en las inmediaciones de Dijón existía una granja aislada, á cuya puerta no había llamado nunca el peregrino ni el misionero. Desviada de toda comunicación, sólo acudían allí tratantes dijonenses, á comprar el excelente vino de la cosecha; pues el dueño de la granja era un cosechero ricote y tenía atestadas de toneles sus bodegas y de grano su troj. Colono de opulenta abadía, arrendara al abad por poco dinero y muchos años pingües tierras, y, según de público se contaba, ya en sus arcas había algo más que viento. Él lo negaba; era avaro, mezquino, escatimaba la comida y el salario á sus jornaleros, jamás dió una blanca de limosna, y su mayor despilfarro consistía en traer á veces de Dijón una cofia nueva de encaje ó una tosca medalla de oro á su hija única.

Omite la crónica el nombre de la doncella, que bien pudo llamarse Berta, Alicia, Margarita ó cosa por el estilo, pero á nosotros ha llegado con el rótulo de _la Borgoñona_. De cierto sabemos que la hija del cosechero era moza y linda como unas flores, y á más tan sensible, tierna y generosa como duro de cocer y tacaño su padre. Los mozos de las cercanías bien quisieran dar un tiento á la niña y de paso á la hucha del viejo donde se guardaba sin duda una apetitosa dote en relucientes monedas de oro; mas nunca requiebros de gañanes tiñeron de rosa las mejillas de la doncella, ni apresuraron los latidos de su seno. Indiferente los escuchaba, acaso riéndose de sus extremos y finezas amorosas.

Un día de invierno, al caer de la tarde, hallábase la Borgoñona sentada en un poyo ante la puerta de la granja, hilando su rueca. El huso giraba rápidamente entre sus dedos, el copo se abría y un tenue hilo, que semejaba de oro, partía de la rueca ligera al huso danzarín. Sin interrumpir su maquinal tarea, la Borgoñona pensaba, involuntariamente, en cosas tristes. ¡Qué solitaria era aquella granja, Madre de Dios! ¡Qué aire tenía de miseria y de vetustez! Nunca se oían en ella risas ni canciones; siempre se trabajaba callandito, plantando, cavando, podando, vendimiando, pisando el vino, metiéndolo en los toneles, sin verlo jamás correr, espumeante y rojo, de los tanques á los vasos, en la alegría de las veladas!--¿Á qué tanto afanarse? reflexionaba la niña.--Mi padre taciturno, vendiendo su vino, contando sus dineros á las altas horas de la noche; yo hilando, lavando, fregando las cacerolas, amasando el pan que he de comer al día siguiente... ¡Ah! naciera yo hija de un pobre artesano de Dijón, de un vasallo del obispo, y sería más dichosa!

Distraída con tales pensamientos, la Borgoñona no vió á un hombre que por el estrecho sendero abierto entre las viñas caminaba despacio hacia la granja. Muy cerca estaba ya cuando el ruido de su báculo sobre las piedrezuelas del camino movió á la doncella á alzar la cabeza con curiosidad, que se trocó en sorpresa así que hubo contemplado al forastero, el cual frisaría á lo sumo en los veinticinco años, si bien la demacración del rostro y el aire humilde y contrito le disimulaban la mocedad. Un sayal gris que era todo él un puro remiendo, le resguardaba mal del frío; una cuerda grosera ceñía su cintura; traía la cabeza descubierta, desnudos los piés y muy maltratados de los guijarros, y apoyábase en un palo de espino. Al punto comprendió la Borgoñona que no era mendigo, sino penitente, el hombre que así se presentaba; y con palabras dulces y ademanes llenos de reverencia, le tomó de la mano y le hizo entrar en la cocina y sentarse junto al fuego; veloz como una saeta corrió al establo, y ordeñó la mejor vaca para traer al peregrino una taza de leche caliente; partió del enorme mollete de pan un buen trozo, que migó en la taza, y arrodillándose casi, mostrando mucho amor y liberalidad, sirvió á su huésped.

[Imagen]

Él agradeció en breves frases la caridad que le hacían, y mientras despachaba el frugal alimento, comenzó á explicar, con suave pronunciación italiana, cosas que suspendieron y embelesaron á la Borgoñona. Habló de Italia, donde el cielo es tan azul, el aire tan tibio,

[Imagen]

y en especial de la región de Umbría, amenísima en sus valles y en sus montes severa. Después nombró á Asís, y refirió los prodigios que obraba el hermano Francisco, el serafín humano, al cual seguían, atraídos por sus predicaciones, pueblos enteros. Nombró á una joven muy bella, y de sangre noble, Clara, cuya santidad portentosa era respetada, no sólo por los hombres, sino hasta por los lobos de la sierra. Añadió que el hermano Francisco había compuesto para alabar á Dios y desahogar sus afectos, tiernos cánticos; y como la Borgoñona solicitase oirlos, el forastero cantó algunos; y aunque no entendía la letra, el tono y el modo de cantar del desconocido hicieron arrasarse en lágrimas los ojos de la niña. El forastero tenía los suyos bajos, rehuyendo ver el rostro femenino que adivinaba fresco, hermoso y juvenil. Ella en cambio devoraba con la mirada aquellas facciones nobles y expresivas, que la mortificación y el ayuno habían empalidecido.

Cerrada ya la noche, fueron entrando en la cocina los mozos y mozas de labranza, encendiéronse algunas antorchas de resina, aumentóse el fuego con haces de secos sarmientos de vid, y preparáronse á aprovechar la velada, ellas hilando, ellos cortando y afilando estacas destinadas á sostener las cepas de viña. Todos miraban curiosamente al forastero, que en la misma actitud humilde permanecía junto al fuego, silencioso y sin adelantar las palmas de sus amoratadas manos hacia el grato calorcillo de la llama. Un rumor contenido se dejó oir cuando entró el amo de casa: todos querían saber qué diría el avaro de la presencia del huésped.

Pero la Borgoñona, saliendo á recibir á su padre, con afabilidad suma le contó cómo ella había ofrecido hospitalidad á aquel santo, á fin de que no pasase la noche al frío en algún viñedo. No mostró el viejo gran disgusto, y contentóse con encogerse de hombros, yendo á sentarse á su sitio acostumbrado en el banco, cerca del hogar. La velada empezó pacífica.

De pronto el forastero, saliendo de su letargo, levantó la cabeza, y como si notase por primera vez que estaba próximo á una hoguera alegre y chispeante, comenzó á decir á media voz algunas palabras sobre la hermosura del fuego, y la gratitud que el hombre debe á Dios por tan gran beneficio. La Borgoñona tocó al codo de su vecina, ésta transmitió la seña, y en un instante callaron las conversaciones de la cocina para oir al penitente. Éste, arrastrado por su propia elocuencia, iba elevando la voz hasta pronunciar con gran calor su discurso.

De la consideración del fuego pasó á los demás bienes que nos otorga la bondad divina, y que estamos obligados á repartir con el prójimo por medio de la limosna. Sí, obligados, pues de toda riqueza somos usufructuarios no más. ¿De qué sirve, por ejemplo, el tesoro encerrado en el arca del avaro? ¿De qué, el trigo abundante en los graneros del hombre duro de corazón? ¿Creen ellos acaso que el Señor les dió tan cuantiosos bienes para que los guarden bajo llave y no alivien las necesidades del prójimo? ¡Ah! el día del tremendo juicio, su oro será contrapeso horrible que los arrastre al infierno! En vano tratarán entonces de soltar lo que en vida custodiaron tanto: allí, sobre sus lomos, estará el tesoro de perdición, y con ellos se hundirá en el abismo!

Á medida que arengaba el penitente, los ojos del auditorio se fijaban en el cosechero, quien retorciéndose en el banco no sabía qué postura tomar ni qué gesto poner. El penitente, incorporándose, hablaba ya casi á gritos, con voz vibrante y sonora. De repente, mudando de registro, encareció los placeres de la limosna, la dulzura inefable del espíritu que premia el sacrificio de bienes perecederos dados por el amor de Dios. Sus frases persuasivas fluían como miel, sus ojos estaban húmedos y elevados; y las mujeres del auditorio, profunda y dulcemente conmovidas, soltaron la rienda al llanto, y mientras unas acudían á los delantales para secar sus lágrimas, otras rodeaban al peregrino y se empujaban por besar el borde de su túnica. La Borgoñona, con las manos cruzadas, parecía como en éxtasis.