Part 12
¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes! Figúrese Vd. que, en los primeros instantes, recogió el capitán, de la caja, seis mil duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni los mirase. En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de bitácora, y se desdichaba todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese indispensable apuntar á qué altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel desastre, ¿quién pensará Vd. que me infundía más lástima? El perro del capitán, un terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la tenía entablillada: el animalito, echado junto al timón, remedaba á su amo: los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. Si seré majadero! El perro me daba más pena.
Ya las llamas salían por sotavento, y la mañana se iba acercando. ¡Qué amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de sed, de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer en la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió del centro del barco una hoguera enorme: por el hueco del palo mayor, se habían abierto paso las llamas, y la cubierta iba sin duda á hundirse, descubriendo el volcán. Contábamos con el suceso, y á pesar de que contábamos, nos sorprendió terriblemente. Empezamos á clamar al cielo, y muchos á enseñarle el puño cerrado, preguntando á Dios:
--¿Pero qué te hicimos?
El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:
--Agua! por caridad, un sorbo de agua!
Agua! Puede que la hubiese en el algibe. Así que lo
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pensé fuí hacia él y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca en unos remates que tiene el algibe y son como biberones por donde sale el agua. ¡Qué de juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les abrasó la boca. Yo tuve la precaución de recibirla en mi casquete y dejarla enfriar. El capitán continuaba con sus gemidos. Tuve que dársela medio templada aún. Me miró con unos ojos!
--Gracias, Salgado.
--No hay de qué, capitán... Se hace lo que se puede!
La tormenta, en vez de ir á menos, hasta parece que arreciaba desde que era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos á la barandilla. Pasó un barco y por más señales que le hicimos, no se detuvo: y debió vernos, pues cruzó á poca distancia. Á mí me dolían de un modo cruel los ojos, secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no distinguiendo los objetos sino como al través de una niebla. Por otra parte, me sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no probaba bocado, y se me iba el sentido. Casualmente se encontraban sobre cubierta, descuartizadas y colgadas, las reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del incendio estaban algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echamos sobre aquel gigantesco rosbif, medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre que soltaba. Nos reanimamos un poco.
Á medio día sucedió lo que temíamos: quedó cortada la comunicación entre la proa y la popa, derrumbándose con gran estrépito media cubierta y viéndose
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el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma á Dios, porque creímos que iban á alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones: primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla de hierro; segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la parte de popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole á cebarse en la proa. De todas maneras, no debían las llamas andar muy lejos de nuestras personas, ya que á eso de las tres de la tarde empezamos á advertir que el piso nos tostaba las plantas de los piés. Atamos á una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar, vertiéndolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo estéril del recurso, y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien se riese viendo que era menester levantar primero un pié y luégo bajar aquel y levantar el otro, para no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó despacito.
--Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!
--Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede que la Virgen Santísima nos saque de este apuro.
Claro que yo se lo decía para darle ánimos: allá en mi interior, calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que había perdido, ni en mi propia muerte, sino sólo en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los trataría su padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían á pedir limosna por las calles? Á lo que yo estaba resuelto era á no morir asado. Miré dos ó tres veces al mar, reflexionando cómo me tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir más martirio que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le enseñamos el puño y hubo quién le gritó:--Permita Dios que te veas como nos vemos.
Ya nos rendía, los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua, que era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera grande; y convencidos de que perdíamos el tiempo y era igual perecer un cuarto de hora antes ó después, el que más y el que menos empezó á pensar cómo se las arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía al otro barrio. Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en vez de pasar de largo, se detiene.
Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una hermosa goleta que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo. Los que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras de oro, _Duncan_. Empezamos á gritar en inglés, como locos desesperados:
--_¡Schooner! ¡Schooner! ¡Come near!_
--_¡Throw to the water!_ nos respondían á voces, sin atreverse á acercarse. ¡Echarnos al agua! No quedaba otro recurso, y éste era tan arriesgado! En fin, qué remedio: los esquifes no podían aproximarse, por el temporal, y el buque menos aun. Nuestro _San Gregorio_, cercado por todas partes de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger entre dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos á beber el sorbo de agua salada.
El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo, se lo ofrecimos al capitán.
--Ánimo, le dijimos. Póngase Vd. el chaleco y al mar: mal será que no bracee Vd. hasta la goleta.
--¡No puedo, no puedo!
--Vaya, un poco de resolución.
Se lo puso y medio murmuró, gimiendo:
--Tanto da así como de otro modo.
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Y acertaba. Aquello fué adelantar el desenlace y nada más. Se conoce que ó la humedad del agua ó el sacudimiento de la caída le abrieron las arterias del pié tronzado, y se desangró en un decir Jesús; ó acaso el frío le produjo un calambre; no sé: el caso es que le vimos alzar los brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo, del salvavidas, al fondo del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra: á él no le vimos ya más en este mundo.
Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y salvavidas, y la gente, visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me decidí primero que nadie. Ya quería, de un modo ó de otro, salir del paso. Pero antes de dar el salto mortal, reflexioné un poco y determiné echarme de soslayo, como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme contra el buque, me ayudase á desviarme de él. Así lo hice, y en efecto, tras de la zambullida, fuí á salir bastante lejos del _San Gregorio_. Oía los gritos con que desde el _schooner_ me animaban, y oí también el último alarido de algunos de mis compañeros, á quienes se tragó el agua ó zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con la espalda en el casco del _Duncan_: un golpe terrible, que me dejó atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: _¡go! ¡cook! ¡go!_ ¡á la cámara! Me incorporé y quise ir adonde me mandaban, pero no veía nada, y después de tantos horrores me eché á llorar por primera vez, exclamando:
--_Mi no cook..._ ciego... enséñenme el camino...
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que tropecé, que era un grumete y rompió también á llorar como un tonto. No sé las cosas que hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron á beber de un trago una copa enorme de _brandy_, me pusieron un traje de franela, me dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuantas mantas, y me dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá Vd.... Cosas muy raras: no fué delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no tenía valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al oir el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él, y que las olas me batían y me empujaban aquí y allí. Luégo iban desfilando muchas caras: mis compañeros, el tercero á la luz del cigarro, el capitán, y gentes que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me había muerto años antes...
En fin, por acabar luégo: llegamos á Newcastle, se me alivió la vista, el cónsul nos dió una guinea para tabaco, y á los pocos días nos embarcamos en un barco español con rumbo á Marineda. ¡Qué diferencia del buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de rancho y galleta por comida: como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere Vd. que diga? Á mi mujer le habían dado por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas anunciándosela. Supóngase Vd. cómo estaba, y cómo me recibió. Ahora he de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas: pero iré á pié, descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me halaron sobre la cubierta del _Duncan_: chaleco roto por los garfios del salvavidas, pantalón chamuscado, y la cabeza en pelo: se reirán de verme en tal facha: no me importa: quiero besar el manto de la Virgen, y rezar allí una _Salve_.
Me faltará para pan, pero no para comprar una fotografía del _San Gregorio_... ¿Ha visto Vd. cómo quedó? El casco parece un esqueleto de persona, y aún humea: el cargamento de algodón arde todavía: dentro se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas... ¡Imponente!
¿Que si me da miedo volver á embarcarme?... ¡Bah! ¡Lo qué está de Dios... por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación buscada. ¿Quiere Vd. algo para Manila? ¿Que le traiga á Vd. algún juguete de los que hacen los chinos? El domingo saldremos.
* * * * *
Dí al cocinero del _San Gregorio_ unos cuantos puros. Tiene el cocinero del _San Gregorio_ buena sombra y arte para narrar con viveza y colorido. Durante la narración, ví acudir varias veces las lágrimas á sus ojos azules, ya sanos del todo.
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EL RIZO DEL NAZARENO
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Á la hora en que él cruzó el pórtico del templo, lucían las estrellas con vivo centellear en el profundo azul, saturaba la primavera de tépidos y aromosos efluvios el ambiente, hallábanse las calles concurridas, rebosando animación, y los transeúntes cuchicheaban á media voz, fluctuando entre el recogimiento de las recientes plegarias y la expansión bulliciosa provocada por aquella blanda y halagüeña temperatura de Abril. Eran casi las once de la noche del Jueves Santo.
Entróse á buen paso mi héroe por la iglesia, en cuya nave se espesaba la atmósfera, impregnada de partículas de cera é incienso. En el altar mayor ardían aún todas las luces del Monumento, simétricamente dispuestas, alternando con vasos henchidos de gayas y pomposas flores de papel, con ramos de hojarasca de plata, y allá arriba azulados bullones de tul formaban un dosel de nubes, de trecho en trecho cogido por angelitos vivarachos y de rosada carnación, con blancas alas en los hombros, alas impacientes y cortas, que parecían, entre el trémulo chisporroteo de los cirios, estremecerse preludiando el vuelo. Todo el gran frente del altar irradiaba y esplendía como una gloria, envuelto en áureo y caliente vapor, y animado por la continua y parpadeante vibración de las candelas, y las notas de fuerte colorido de los contrahechos ramilletes.
Él avanzó hacia el luminoso foco, atraído por dos negras figuras femeniles,--esbeltas á despecho del largo manto que las recataba,--que de hinojos ante el presbiterio, sobresalían destacándose encima de aquel fondo de lumbre; mas en el propio instante las figuras se irguieron, hicieron profunda reverencia al altar, signáronse, y rápidas tomaron hacia la puertecilla de la sacristía, que á la derecha bostezaba, abriéndose como una boca oscura. Echó él inmediatamente tras las figuras, sin cuidarse de dar muestra alguna de respeto, cuando pasó frente al Sagrario. Colóse por la misma boca que se había tragado á sus perseguidas y se halló en la sacristía, mal alumbrada por mezquino cabo de vela, que iba consumiéndose en una palmatoria puesta sobre la antigua cómoda de nogal, almacén de las vestiduras sacras. En aquel recinto semi-tenebroso no estaban las damas ya.
Empujó la puerta de salida de la sacristía, que daba á lóbrega y retirada callejuela, y con ojos perspicaces escrutó las sombras, sin que en la angostura del solitario pasadizo viese ondear ningún traje, ni recortarse silueta alguna. Era evidente que se había perdido la pista de la res: las fugitivas tapadas, llegando á las calles principales, confundiéronse, sin duda, entre el gentío. Tras un minuto de indecisión, mi protagonista, á quien me place llamar Diego, encogióse levemente de hombros, y desandó lo andado, pero con menos prisa ya, no sin que otorgase una mirada al lugar y objetos circunstantes. Vió las borrosas pinturas pendientes en los muros, el lavabo de cantería con su grifo, los ornatos dispersos aún sobre los bufetes, las crespas pellices que tendían sus brazos blancos, el haz de cirios nuevos abandonado en un rincón, los cajoncillos entreabiertos dejando asomar una punta de cíngulo, todo el solemne desorden de la sacristía á última hora. Lentamente penetró de nuevo en la desierta iglesia, y al encararse con el altar, dobló el cuerpo en mecánica cortesía, sin que ningún murmullo de rezo exhalasen sus labios, y alzando la vista al Monumento, paróse á contemplar sus refulgentes líneas de luz. Llegaban éstas ya al término de su vida; un hombre, vuelto de espaldas á Diego, y encaramado en una escalerilla de mano, las mataba una á una, con ayuda de una luenga y flexible caña, y no transcurría un segundo sin que alguna de aquellas flamígeras pupilas se cerrase. Iban sumergiéndose en golfos de sombra los frescos angelotes, los follajes de oropel y briche, las bermejas rosas artificiales de los tiestos, las estrellas de talco sembradas por el fantástico pabellón de nubes. Buen rato se entretuvo Diego en ver apagarse las efímeras constelaciones del firmamento del altar, y cuando sólo quedaron diez ó doce astros luciendo en él, dió media vuelta, propuesto á abandonar el templo. Mas en mitad de la nave mudó instintivamente de rumbo, dirigiéndose á una de las dos capillas que hacían de brazos de la latina cruz que el plano de la iglesia dibujaba. Era la capilla de la izquierda, fronteriza á aquella en cuyos muros encajaba la puerta de la sacristía.
Cerraba la capilla de la izquierda labrada verja de hierro, abierta á la sazón, y en el fondo, delante del retablo lúgubremente cubierto de arriba á bajo con paños de luto, descollaban expuestas en sus andas las imágenes que al día siguiente recorrerían las calles de la ciudad formando la dramática procesión de los _Pasos_. Fijó Diego la vista en ellas con sumo interés, recordando mediante una de las fugaces pero vivísimas reminiscencias, que impensadamente suelen retrotraernos á plena niñez, el pueril gozo con que en días muy lejanos ya, más lejanos aun en el espíritu que en el tiempo, trayéndole su madre al propio sitio, y elevándole en sus brazos, besaba él devotamente la orla bordada de la túnica de aquel mismo Nazareno. Absorto en tales remembranzas, consideraba Diego el aspecto de la capilla. Artista y observador, parecíale mirar y comprender ahora las imágenes de muy otro modo que lo hiciera allá en los albores de su infancia. Entonces eran para él símbolos del cielo, invocado en sus cándidas oraciones; habitantes de una comarca felicísima, hacia la cual él deseaba remontarse por un impulso de las alas de querubín que en su espalda prendía la inocencia. Hoy le inspiraban igual curiosidad que un objeto cualquiera de arte; advertía sus detalles mínimos, las desmenuzaba, las profanaba mentalmente tasándolas en su precio neto, según la destreza del escultor que las labrara ó los conocimientos en indumentaria de la costurera que cortó y dispuso los trajes. Sonrióse al distinguir en la túnica del Nazareno unas franjas de ornamentación de gusto renaciente, y al notar que la soldadesca de Pilatos vestía de medio cuerpo abajo á la usanza española del siglo XVI, mientras Berenice, la tradicional _Verónica_, lucía brial de joyante seda al estilo medio-évico. Anacronismos que entretuvieron á Diego no poco, dándole ocasión de reconstruir en su mente una por una las impresiones de la edad en que acudía á visitar la capilla con erudición más corta y alma más simple y amante. En aquel punto y hora se encontraba Diego en la iglesia, merced al más irreverente de cuantos azares existen; el azar de seguir los pasos á una bella mujer, largo tiempo rondada sin fruto, y cuyo desdén hizo de martillo que arrancase chispas al indiferente y helado corazón de Diego, bastando á empeñarle con ardiente ahínco en la demanda. De seguro que á no haber visto dirigirse á la gentil dama con su más familiar amiga,--ambas rebozadas en tupidos velos,--camino de la iglesia, donde se rezan las estaciones en aquella noche solemne; á no pensar que la hora, el tropel de gente arremolinada en el pórtico, brindaban ocasión favorable de poner con disimulo rendido billete en unas manos quizá en secreto ansiosas de recibirlo... no se estuviera él en tal sazón en la capilla, sino en su casa, leyendo á la clara luz del quinqué los diarios, ó respirando en el balcón la regalada brisa nocturna.
Mas como quiera que fuese, es lo cierto que había venido á dar á la capilla y con la oleada de recuerdos infantiles olvidárase ya del galanteo, concentrando su atención toda en las imágenes que suavemente le conducían á los linderos del pasado. Parecíale tomar otra vez posesión de comarcas de antiguo perdidas, y con ellas recobrar la sencillez de su puericia venturosa. Allí estaba el San Juan, el amado discípulo, de rostro lindo y femenil, con su túnica verde, su manto rojo y sus bucles castaños, que caen como lluvia de flores en derredor de las impúberes mejillas y de la ebúrnea garganta. Allí la Virgen-Madre, pálida y orlados los ojos de dolor, tendidos los brazos, cruzadas con angustia las manos, arrastrando luengos lutos, trucidado por siete puñales el pecho. Allí la _Verónica_ pía, de arrogante hermosura, cubierta de galas y preseas, recamado de oro el rico velo de blanquísimo tisú, turbado el semblante con lástima infinita, presentando el limpio pañuelo que ha de enjugar el sudor de la sacrosanta Faz. Allí los verdugos--que en otro tiempo hacían á Diego temblar de horror;--los sayones, de torvas cataduras y velludas fisonomías, de chatas frentes y cuerpos color de ocre, ostentando en la cabeza duro capacete ó aplastado turbante, desnudo el torso, señalando con violentas actitudes la recia musculatura de sus fornidos brazos, tirando de las sogas ó apretando amenazadores los iracundos puños. Allí, por último, el Nazareno, agobiado con el peso de su túnica de terciopelo oscuro, cuajada de palmas y cenefas de oro y sujeta por grueso cordón de anchos borlones, macilento y cadavérico el rostro, apenas visible entre los flotantes rizos de la cabellera y las espirales de la ondeada barba virgen; el Nazareno triste, de penetrantes ojos y cárdenos labios, de frente donde se hincan los abrojos de la corona, arrancando denegridas gotas de sangre. ¡Caso peregrino, en verdad! Conocía Diego al dedillo las reglas de la estética y las teorías artísticas; sabía de sobra que el arte condena severo las imágenes llamadas _de vestir_, sancionando las de bulto, donde el cincel puede revelar la armonía de las formas bajo el plegado de los paños. Y, no obstante, nunca maravillosa estatua, labrada en puro mármol pentélico por el artista más insigne de la antigua Grecia, le causara la honda impresión que aquella imagen, por la ignorante piedad ataviada, sin tomar en cuenta los preceptos del arte ni las investigaciones arqueológicas. Tal era la fuerza y viveza de sus sentimientos ante la efigie, que creía notar en los labios el contacto de la rígida orla de la túnica; y movido de curiosidad, deseando probar si algo del hombre de antaño sobrevivía en el de hogaño, miró al rededor, no fuera que estuviese oculto en los rincones de la capilla alguien que pudiese soltar la carcajada; y á falta de otro público, rióse él mismo al poner la boca en la fimbria del traje del Divino Nazareno. Alzóse, y á manera de disculpa interior, se alegó á sí propio que también los que en edad varonil vuelven al jardín donde infantes jugaron, gustan de esconderse en los bosquecillos como solían, por renovar el recuerdo de las alegres horas de ayer.
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Hecho este soliloquio, resolvió Diego dejar definitivamente la capilla y la iglesia, que así lo pedía lo avanzado de la hora. Consagró la postrer mirada á las imágenes, cuyas vestiduras, al reflejo de la lámpara colgada de la techumbre y á la flava luz de dos altos blandones fijos en las andas, destellaban oro y colores, y sin hacer genuflexión ni acatamiento alguno, pasó la verja. Estaba el templo del todo sombrío: en el Monumento, negro y mudo ya, ni aun oscilaba el rojizo tufo de los pábilos recién apagados: apenas combatía las tinieblas de la nave el vago fulgor de los hachones de la capilla. Diego fué derechamente á una de las puertas que salían al vestíbulo del pórtico; empujóla con suavidad primero y fuerte después, y no sin gran sorpresa advirtió que resistían las hojas; la puerta estaba cerrada. Acudió Diego á la otra, y con mano impaciente buscó el pestillo: clausura completa. Palpó nervioso y trémulo, requiriendo la llave, que de fijo descansaría en la faltriquera del sacristán, puesto que estaba ausente de la cerradura. Entonces atravesó Diego apresuradamente la nave, y llegándose á la puerta de la sacristía, probó á abrirla á tientas: empresa no menos vana que las anteriores. Herméticamente cerradas se encontraban todas las salidas del templo.