La dama joven

Part 10

Chapter 104,015 wordsPublic domain

Javier miró á la cara de su tío. Tenía éste las narices dilatadas, la boca sardónica, la punta de la lengua asomando entre los dientes, las mejillas encendidas, los ojuelos brillantes, ni más ni menos que cuando en el monte el perdiguero favorito se paraba señalando un bando de perdices oculto entre los retamares. Por lo que hace á Javier, horrorizábanle aquellos preparativos de caza humana. En tan supremos instantes, mientras deslizaba en la recámara el proyectil, pensaba que se hallaría mucho más á gusto en los claustros de la Universidad, en el café ó en la feria del quince, comprándoles rosquillas y caramelos á las señoritas del Pazo de Valdomar. Volvió á ver en su imaginación la feria, los relucientes ijares de los bueyes, la mansa mirada de las vacas, el triste pelaje de los rocines, y oyó la fresca voz de Casildita del Pazo, que le decía con el arrastrado y mimoso acento del país:

--¡Ay, déme el brazo por Dios, que aquí no se anda con tanta gente!

Creyó sentir la presión de un bracito... No, era la mano peluda y musculosa del cura, que le impulsaba hacia la ventana.

--Á apagar el velón... (hízolo de tres valientes soplidos). Á empezar la fiesta. Yo cargo, tú disparas... tú cargas, yo disparo... ¡Eh, Tomasa!--gritó á la criada;--no chilles, que pareces la comadreja... Pon á hervir agua, aceite, vino, cuanto haya... Tú, añadió dirigiéndose al gañán, á la solana. Si montan á caballo de la muralla, me avisas.

Dijo, y con precaución entreabrió la ventana, dejando

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sólo un resquicio por donde cupiese el cañón de una escopeta y el ojo avizor de un hombre. Javier se estremeció al sentir el helado ambiente nocturno; pero se rehizo presto, pues no pecaba de cobarde, y miró abajo. Un grupo negro hormigueaba; se oía como una deliberación en voz misteriosa.

--¡Fuego!--le dijo al oído su tío.

--Son veinte ó más--respondió Javier.

--Y qué!--gruñó el cura al mismo tiempo que apartaba á su sobrino con impaciente ademán; y apoyando en el alféizar de la ventana el cañón de la escopeta, disparó.

Hubo un remolino en el grupo, y el cura se frotó las manos.

--¡Uno cayó patas arriba... _quoniam_!--murmuró pronunciando la palabra latina, con la cual, desde los tiempos del seminario, reemplazaba todas las interjecciones que abundan en la lengua española.--Ahora tú, rapaz. Tienen una escala: al primero que suba...

Los dedos de Javier se crispaban sobre su hermosa carabina Lefaucheux, mas al punto se aflojaron.

--Tío--atrevióse á murmurar--entre esos hay gente conocida; me acuerdo ahora de que lo decían en la feria. Aseguran que viene el cirujano de Solás, el cohetero de Gunsende, el hermano del médico de Doas. ¿Quiere Vd. que les hable? Con un poco de dinero puede que se conformen y nos dejen en paz, sin tener que matar gente.

--¡Dinero, dinero!--exclamó roncamente el cura.--¿Tú sin duda piensas que en casa hay millones?

--¿Y los fondos del santuario?

--Son del santuario, _quoniam_, y antes me dejaré tostar los piés como le hicieron al cura de Solás el año pasado, que darles un ochavo. Pero mejor será que le agujereen á uno la piel de una vez y no que se la tuesten. ¡Fuego en ellos! Si tienes miedo, iré yo.

--Miedo no--declaró Javier; y descansó la carabina en el alféizar.

--Lárgales los dos tiros--mandó su tio.

Dos veces apoyó Javier el dedo en el gatillo, y á las dos detonaciones contestó desde abajo formidable clamoreo: no había tenido tiempo el mancebo de recoger la mano, cuando se aplastó en las hojas de la ventana una descarga cerrada, arrancando astillas y destrozándolas: componían su terrible estrépito estallidos diferentes, seco tronar de pistoletazos, sonoro retumbo de carabinas y estampido de trabucos y tercerolas. Javier retrocedió, vacilando; su brazo derecho colgaba; la carabina cayó al suelo.

--¿Qué tienes, rapaz?

--Deben haberme roto la muñeca--gimió Javier, yendo á sentarse en el banco casi exánime.

El cura, que cargaba su escopeta, se sintió entonces asido por los faldones del levitón, y á la dudosa luz del fuego del hogar vió un espectro pálido que se arrastraba á sus piés. Era la criada, que silabeaba con voz apenas inteligible:

--Señor... señor amo... ríndase, señor... por el alma de quien lo parió... señor, que nos matan... que aquí morimos todos...

--¡Suelta, _quoniam_!--profirió el cura lanzándose á la ventana.

Javier, inutilizado, exhalaba ayes, tratando de atarse con la mano izquierda un pañuelo; la criada no se levantaba, paralizada de terror; pero el cura, sin hacer caso de aquellos inválidos, abrió rápidamente las maderas y vió una escala apoyada en el muro, y casi tropezó con las cabezas de dos hombres que por ella ascendían. Disparó á boca de jarro y se desprendió el de abajo; alzó luégo la escopeta, la blandió por el cañón y de un culatazo echó á rodar al de arriba. Sonaron varios disparos, pero ya el cura estaba retirado adentro, cargando el arma.

Javier, que ya no gemía, se le acercó resuelto.

--Á este paso, tío, no resiste Vd. ni un cuarto de hora. Van á entrar por ahí ó por el patio. He notado olor á petróleo; quemarán la puerta de la bodega. Yo no puedo disparar. Quisiera servirle á Vd. de algo.

--Viérteles encima aceite hirviendo con la mano izquierda.

--Voy á sacar la Rabona de la cuadra por el portón, y á echar un galope hasta Doas.

--¿Al puesto de la Guardia?

--Al puesto de la Guardia.

--No es tiempo ya. Me encontrarás difunto. Rapaz, adiós. Rézame un Padre nuestro y que me digan misas. ¡Entra, taco, si quieres!

--¡Haga Vd. que se rinde... entreténgalos... Yo iré por el aire!

La silueta negra del mancebo cubrió un instante el fondo rojo de la pared del hogar, y luégo se hundió en las tinieblas de la solana. El tío se encogió de hombros, y asomándose, descargó una vez más la escopeta á bulto. Luégo corrió al lar y descolgó briosamente el pesado pote que pendiente de larga cadena de hierro hervía sobre las brasas. Abrió de par en par la ventana, y sin precaverse ya, alzó el pote y lo volcó de golpe encima de los enemigos. Se oyó un aullido inmenso, y como si aquel rocío abrasador fuese incentivo de la rabia que les causaba tan heróica defensa, todos se arrojaron á la escala, trepando unos sobre los hombros de otros; y á la vez que por las tapias se descolgaban dos ó tres hombres y luchaban con el gañán, una masa humana cayó sobre el cura, que aún resistía á culatazos. Cuando el racimo de hombres se desgranó, pudo verse á la luz del velón que encendieron, al viejo, tendido en el suelo, maniatado.

Venían los ladrones tiznados de carbón, con barbas postizas, pañuelos liados á la cabeza, sombrerones de anchas alas y otros arreos que les prestaban endiablada catadura. Mandábalos un hombre alto, resuelto y lacónico, que en dos segundos hizo cerrar la puerta y amarrar y poner mordazas al criado y la criada. Uno de sus compañeros le dijo algo en voz baja. El jefe se acercó al cura vencido.

--Eh, señor abad... no se haga el muerto... Hay ahí un hombre herido por Vd. y quiere confesión...

Por la escalera interior de la bodega subían pesadamente conduciendo algo; así que llegaron á la cocina vióse que eran cuatro hombres que traían en vilo un cuerpo, dejando en pos charcos de sangre. La cabeza del herido se balanceaba suavemente; sus ojos, que empezaban á vidriarse, parecían de porcelana en su rostro tiznado; la boca estaba entreabierta.

--¡Qué confesión, ni!...--dijo el jefe.--¡Si ya está dando las boqueadas!

Pero el moribundo, apenas lo sentaron en el banco, sosteniéndole la cabeza, hizo un movimiento, y su mirada se reanimó.

--¡Confesión!--clamó en voz alta y clara.

Desataron al cura y lo empujaron al pié del banco. Los labios del herido se movían como recitando el acto de contrición; el cura conoció el estertor de la muerte y distinguió una espuma color de rosa que asomaba á los cantos de la boca. Alzó la mano y pronunció _ego te absolvo_ en el momento en que la cabeza del herido caía por última vez sobre el pecho.

--Llevárselo--ordenó el jefe.--Y ahora diga el señor abad dónde tiene los cuartos.

--No tengo nada que darles á Vds.--respondió con firmeza el cura.

Sus cejas se fruncían, su tez ya no era rubicunda, sino que mostraba la palidez biliosa de la cólera, y sus manos, lastimadas, estranguladas por los cordeles, temblaban con temblequeteo senil.

--Ya dirá Vd. otra cosa dentro de diez minutos... Le vamos á freir á Vd. los dedos en aceite del que usted nos echó. Le vamos á sentar en las brasas. Á la una... á las dos...

El cura miró alrededor y vió sobre la mesa donde habían cenado el cuchillo de partir pan. Con un salto de tigre se lanzó á asir el arma, y derribando de un puntapié la mesa y el velón, parapetado tras de aquella barricada, comenzó á defenderse á tientas, á oscuras, sin sentir los golpes, sin pensar más que en morir noblemente, mientras á quemarropa le acribillaban á balazos...

El sargento de la Guardia civil de Doas, que llegó al teatro del combate media hora después, cuando aún los salteadores buscaban inútilmente bajo las vigas, entre la hoja de maíz del jergón, y hasta en el Breviario, los cuartos del cura, me aseguró que el cadáver de éste no tenía forma humana, según quedó de agujereado, magullado y contuso. También me dijo el mismo sargento que desde la muerte del cura de Boán abundaban las perdices; y me enseñó en la feria á Javier, que no persigue caza alguna, porque es manco de la mano derecha.

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EL INDULTO

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De cuantas mujeres enjabonaban ropa en el lavadero público de Marineda, ateridas por el frío cruel de una mañana de Marzo, Antonia la asistenta era la más encorvada, la más abatida, la que torcía con menos brío, la que refregaba con mayor desaliento; á veces, interrumpiendo su labor, pasábase el dorso de la mano por los enrojecidos párpados, y las gotas de agua y las burbujas de jabón parecían lágrimas sobre su tez marchita.

Las compañeras de trabajo de Antonia la miraban compasivamente, y de tiempo en tiempo, entre la algarabía de las conversaciones y disputas, se cruzaba un breve diálogo, á media voz, entretejido con exclamaciones de asombro, indignación y lástima. Todo el lavadero sabía al dedillo los males de la asistenta, y hallaba en ellos asunto para interminables comentarios: nadie ignoraba que la infeliz, casada con un mozo carnicero, residía, años antes, en compañía de su madre y de su marido, en un barrio extramuros, y que la familia vivía con desahogo, gracias al asiduo trabajo de Antonia y á los cuartejos ahorrados por la vieja en su antiguo oficio de revendedora, baratillera y prestamista. Nadie había olvidado tampoco la lúgubre tarde en que la vieja fué asesinada, encontrándose hecha astillas la tapa del arcón donde guardaba sus caudales y ciertos pendientes y brincos de oro; nadie, tampoco, el horror que infundió en el público la nueva de que el ladrón y asesino no era sino el marido de Antonia, según ésta misma declaraba, añadiendo que desde mucho atrás roía al criminal la codicia del dinero de su suegra, con el cual deseaba establecer una tablajería suya propia. Sin embargo, el acusado hizo por probar la coartada, valiéndose del testimonio de dos ó tres amigotes de taberna, y de tal modo envolvió el asunto, que, en vez de ir al palo, salió con veinte años de cadena. No fué tan indulgente la opinión como la ley: además de la declaración de la esposa, había un indicio vehementísimo: la cuchillada que mató á la vieja, cuchillada certera y limpia, asestada de arriba abajo, como la que los matachines dan á los cerdos, con un cuchillo ancho y afiladísimo, de cortar carne. Para el pueblo, no cabía duda en que el culpable debió subir al cadalso. Y el destino de Antonia comenzó á infundir sagrado terror, cuando fué esparciéndose el rumor de que su marido _se la había jurado_ para el día en que saliese de presidio, por acusarle. La desdichada quedaba en cinta, y el asesino la dejó avisada de que, á su vuelta, se contase entre los difuntos.

Cuando nació el hijo de Antonia, ésta no pudo criarlo; tal era su debilidad y demacración y la frecuencia de las congojas que desde el crimen la aquejaban; y como no le permitía el estado de su bolsillo pagar ama, las mujeres del barrio que tenían niños de pecho, dieron de mamar por turno á la criatura, que creció enclenque, resintiéndose de todas las angustias de su madre. Un tanto repuesta ya, Antonia se aplicó con ardor al trabajo, y aunque siempre tenían sus mejillas esa azulada palidez que se observa en los enfermos del corazón, recobró su silenciosa actividad, su aire apacible.

¡Veinte años de cadena! En veinte años (pensaba ella para sus adentros), él se puede morir ó me puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía. La hipótesis de la muerte natural no la asustaba; pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido. En vano las cariñosas vecinas la consolaban, indicándole la esperanza remota de que el inicuo parricida se arrepintiese, se enmendase, ó, como decían ellas, se volviese de mejor idea: meneaba Antonia la cabeza entonces, murmurando sombríamente:

--¿Eso él? ¿de mejor idea? Como no baje Dios del cielo en persona y le saque aquel corazón perro y le ponga otro...

Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.

En fin, veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele á Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, ó que la ancha boca del presidio, que se había tragado al culpable, no lo devolvería jamás; ó que aquella ley, que al cabo supo castigar el primer crimen, sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora, mano de hierro que la sostendría al borde del abismo. Así es que á sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido, y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.

¡Singular enlace el de los acontecimientos! No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y el pecho cargado de condecoraciones, daba la mano ante el ara á una princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuento á una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:

--Mi madre... ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!

El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó

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á Antonia; algunas se dedicaron á arreglar la comida del niño, otras animaban á la madre del mejor modo que sabían. Era bien tonta en afligirse así. ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había gobierno, gracias á Dios, y audiencia, y serenos; se podía acudir á los celadores, al alcalde...

--¡Qué alcalde!--decía ella con hosca mirada y apagado acento.

--Ó al gobernador, ó al regente, ó al jefe de municipales; había que ir á un abogado, saber lo que dispone la ley...

Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar á su marido para que le _metiese un miedo_ al picarón; otra, resuelta y morena, se brindó á quedarse todas las noches á dormir en casa de la asistenta; en suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió á intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse consultar á un jurisperito, á ver qué recetaba.

Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo á preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de protegerla, obligaba á la hija de la víctima á vivir bajo el mismo techo, maritalmente, con el asesino!

--¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran!--clamaba indignado el coro.--¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?

--Dice que nos podemos separar... después de una cosa que le llaman divorcio.

--¿Y qué es divorcio, mujer?

--Un pleito muy largo.

Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acababan nunca, y peor aún si se acababan, porque los perdía siempre el inocente y el pobre.

--Y para eso--añadió la asistenta--tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.

¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado á la madre? ¿Eso no era mal trato, eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?

--Pero como nadie lo oyó... Dice el abogado que se quieren pruebas claras...

Se armó una especie de motín; había mujeres determinadas á hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contra-indulto; y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fué la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo socorro.

Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada á sus humildes quehaceres. Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo, creyó hacer un favor á aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole cómo la reina iba á parir, y habría indulto, de fijo.

Fregaba la asistenta los pisos, y al oir tales anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas á la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. Á los recados que le enviaban de las casas, respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos á labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó á esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿por qué le había de coger el indulto á su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; matar á la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena volvía á presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pié del catre.

Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah! si habían de matarla, mejor era dejarse morir.

Sólo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.

--Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?

Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó á andar camino del lavadero. Á las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.

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¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida é iba á retirarse? ¿Inventóla alguien con fin caritativo, ó fué uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos ó los individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oirlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.

--¿Pero de veras murió?--preguntaban las madrugadoras á las recién llegadas.

--Sí, mujer...

--Yo lo oí en el mercado...

--Yo en la tienda...

--¿Á ti quién te lo dijo?

--Á mí, mi marido.

--¿Y á tu marido?

--El asistente del capitán.

--¿Y al asistente?

--Su amo...

Aquí ya la autoridad pareció suficiente, y nadie quiso averiguar más, sino dar por firme y valedera la noticia. ¡Muerto el criminal, en vísperas de indulto, antes de cumplir el plazo de su castigo! Antonia la asistenta alzó la cabeza, y por vez primera se tiñeron sus mejillas de un sano color, y se abrió la fuente de sus lágrimas. Lloraba de gozo, y nadie de los que la miraban se escandalizó. Ella era la indultada; su alegría justa. Las lágrimas se agolpaban á sus lagrimales, dilatándole el corazón, porque desde el crimen se había _quedado cortada_, es decir, sin llanto. Ahora respiraba anchamente, libre de su pesadilla. Andaba tanto la mano de la Providencia en lo ocurrido, que á la asistenta no le cruzó por la imaginación que podía ser falsa la nueva.

Aquella noche, Antonia se retiró á su casa más tarde que de costumbre, porque fué á buscar á su hijo á la escuela de párvulos, y le compró rosquillas de _ginete_, con otras golosinas que el chico deseaba hacía tiempo, y ambos recorrieron las calles, parándose ante los escaparates, sin ganas de comer, sin pensar más que en beber el aire, en sentir la vida y en volver á tomar posesión de ella.

Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño, entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito que subía á los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.

Era él; Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que aterrado se le cogió á las faldas. El marido habló:

--¡Mal contabas conmigo ahora!--murmuró con acento ronco, pero tranquilo; y al sonido de aquella voz, donde Antonia creía oir vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo á su hijo en brazos, echó á correr hacia la puerta. El hombre se interpuso.

--¡Eh... chst! ¿Á dónde vamos, patrona?--silabeó con su ironía de presidiario.--¿Á alborotar el barrio á estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!

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Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente; ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía, pero al fin era su padre! Levantóle en alto y le acercó á la luz.

--¿Ese es el chiquillo?--murmuró el presidiario. Y descolgando el candil, llególo al rostro del chico. Este guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase á su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.

--¡Qué chiquillo feo!--gruñó el padre, colgando de nuevo el candil.--Parece que lo chuparon las brujas.

Antonia, sin soltar al niño, se arrimó á la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas al rededor, y veía unas lucecicas azules en el aire.

--Á ver, ¿no hay nada de comer aquí?--pronunció el marido.

Antonia sentó al niño en un rincón, en el suelo, y mientras la criatura lloraba de miedo, conteniendo los sollozos, la madre comenzó á dar vueltas por el cuarto, y cubrió la mesa con manos temblorosas; sacó pan, una botella de vino, retiró del hogar una cazuela de bacalao, y se esmeraba, sirviendo diligentemente, para aplacar al enemigo con su celo. Sentóse el presidiario y empezó á comer con voracidad, menudeando los tragos de vino. Ella permanecía de pié, mirando, fascinada, aquel rostro curtido, afeitado y seco que relucía con ese barniz especial del presidio. Él llenó el vaso una vez más, y la convidó.

--No tengo voluntad...--balbució Antonia; y el vino, al reflejo del candil, se le figuraba un coágulo de sangre.