La dama errante La raza, Tomo I

Part 9

Chapter 94,178 wordsPublic domain

--¡Qué horror! ¡Que casa!--exclamó Aracil--. Ahora respiro--murmuró, al encontrarse en la carretera.

--Y estos pobres caballos no han comido nada desde ayer--dijo María.

--Veremos si hoy tienen más suerte.

Siguieron por la carretera, y unas horas después comenzaron a subir una escarpa del monte. El cielo estaba nublado; el sol, perezoso, hacía alguna que otra salida lánguida; la tierra blanqueaba, húmeda de rocío.

En lo alto de la cuesta vieron las mojoneras de la provincia de Ávila. Se cruzaron en el camino con una porción de carros, algunos llenos de chicas vestidas de fiesta, que iban a la feria de La Adrada.

Pasaron por Sotillo, dieron de comer y beber a los caballos y siguieron el camino con los que iban a la feria. En esto, en una revuelta, se toparon con una tropa de gitanos que regresaba del mercado, con sus mujeres y sus chicos. Iban las mujeres de dos en dos, en mulos escuálidos y en borricos flacos y extenuados, llenos de alifafes y esparavanes; algunos chiquillos sacaban la cabeza de entre las albardas, y los hombres, a pie, marchaban ligeros y jaquetones.

Un viejo de patillas, con una gran vara, se acercó al doctor y le propuso comprarle la yegua; Aracil le dijo que no. Entonces le preguntó si quería cambiarla, y un gitano joven y marchoso vino en ayuda del viejo; hizo nuevas proposiciones, que fueron rechazadas, y decididos el viejo y el joven, de mal ceño y requiriendo la compañía y ayuda de otros dos cañís con la mirada, tomaron un aire amenazador, y uno de ellos advirtió:

--Vaya, apéense y dejen las caballerías, que es lo mejor para ustedes, que si no va a haber aquí la de Dios es Cristo.

Quedó Aracil parado al oír la amenaza, y María, que creyó que el peligro no era serio, enarboló su vara y al mozo que se le acercaba a sujetarle por las piernas le soltó un varazo en la cara. Varios de los gitanos echaron mano a las tijeras que llevaban en la faja, y no hubiera sido fácil saber lo que hubiese pasado a no presentarse en aquel momento un carro lleno de muchachas que se dirigía hacia la feria.

Al verlo, los gitanos cambiaron de actitud; hombres y mujeres pidieron una limosnita para los churumbeles, y el doctor sacó unas cuantas monedas de cobre y las tiró al suelo, con lo cual quedó desembarazado el camino y pudieron, Aracil y su hija, seguir adelante.

XVII.

LA «GILA»

Se acercaron al lugar donde se celebraba la feria, entre jinetes, carros y ganado, que llevaban a vender. Al entrar en el pueblo se oía un murmullo de colmena, y rasgaba el aire, de cuando en cuando, el sonido de una corneta. En las calles, el barro alcanzaba más de un palmo. En la plaza había puestos de hierro, de alforjas y de mantas, de sombreros de Pedro Bernardo, de pañuelos, telas y bayetas de abigarrados y vivísimos colores, desconocidos en el mundo de la civilización.

En una barraca de un cinematógrafo tocaba el _Ninchi_ a la puerta. No le conocieron María ni el doctor, pero él se encargó de llamarles, y les recomendó una posada, donde comieron opíparamente.

Dijo Aracil al posadero que era guarda de la Casa de Campo, en Madrid, y que iba a Arenas de San Pedro. Hablaron entonces de la caza y de las cabras monteses de la sierra de Gredos, y el posadero explicó que en la parte más alta, en la Peña de Almanzor, existía una laguna misteriosa y sin fondo, en cuyas aguas moraban unos animales tan terribles, que si caía un buey lo devoraban inmediatamente y no dejaban de él mas que los bofes, que sobrenadaban en la superficie del lago.

María pensó en su primo Venancio, en aquel sonriente destructor de leyendas, que se había bañado en la laguna de Gredos y buceado en sus aguas, sin pescar ni el terrible monstruo, ni la más modesta ondina, ni aun siquiera un ligero catarro.

Estuvieron Aracil y María, por la tarde, en una sesión del cinematógrafo del _Ninchi_, y poco después salieron de La Adrada. Al cruzar por una aldea, llamada Piedralabes, encontraron dos mujeres y un hombre que iban por el camino. El hombre era un tipo flaco, amojamado, de gorrilla, gabán viejo, con el cuello subido, y una guitarra a la espalda. Las mujeres iban vestidas de claro; una era chata, fea, de colmillo retorcido; la otra era una niña, pálida y anémica.

Les extrañó al doctor y a su hija estos tipos, y se quedaron, al pasar, mirándolos con curiosidad.

El hombre de la guitarra les saludó y comenzó a seguirles y a contar sus cuitas. Dijo que él y las dos mujeres habían ido a La Adrada contratados para bailar en un cinematógrafo; él era tocador de guitarra y ellas bailarinas, y por una tontería no quisieron aceptarlos; habían salido a pie y sin una perra y estaban reventados de andar. Tenían los pobres un aspecto desdichado. Mientras hablaba el hombre, la chata gruñía y la jovencita anémica, a la que le quedaban manchas de colorete en la cara, pálida y azulada, se quejaba al andar. Llevaba, según dijo, zapatos de tacón alto, los mismos que les servían para bailar, y le hacían mucho daño. El de la guitarra preguntó al doctor si no les podría dar alguna cosilla para comer. Con una peseta les bastaba. Aracil se la dió y, dejando en el camino a los infortunados histriones, llegaron María y su padre, ya de noche, a Casa Vieja, y entraron en una posada.

Pasaron por un corredor muy largo hasta la cocina, en donde dos mujeres charlaban sentadas al borde del fogón; saludó Aracil, no contestó ninguna de ellas; preguntó si había posada, respondieron, displicentes, las mujeres, y el doctor, olvidándose de su situación, dijo que hicieran mejor en tener un poco de cortesía con los viajeros.

La huéspeda, que oyó esto, se irguió del borde del fogón en donde se hallaba sentada y, con muy malos modos, dijo a Aracil que se fuera, que ella era reina en su casa y que no necesitaba de nadie para vivir.

Terció María con gran suavidad y logró amansar a la ventera y convencerla de que les dejara allí y de que, además, les preparase qué cenar.

La huéspeda pasó pronto del enfado a la simpatía; se dispuso a hacerles una modesta cena, y, mientras cocinaba, habló de sus padres y de su marido; contó su historia y dijo que se llamaba la _Gila_. Puso luego una mesa pequeña y coja y sirvió a sus huéspedes la cena, que consistía en unas sopas, adornadas con una capa de pimentón de un centímetro o más de espesor, y un guisado de cerdo con su correspondiente manta roja.

De noche se presentó una muchacha muy linda, y besó la mano de todos los que estaban allí. María preguntó a la _Gila_ qué significaba aquello, y la ventera explicó que su hija había ido a confesarse, y el cura, sin duda, le puso como penitencia que besara la mano a todos los que se encontraran en la casa al llegar a ella.

Luego vino el posadero, un palurdo que vivía, sin duda, bajo el dominio de su mujer, y porque se permitió discutir y porfiar con ella, la _Gila_ le mandó a paseo con malos modos, y después, mientras fregaba unos platos, cantó con sorna:

En el cielo manda Dios; en el lugar, el alcalde; en la iglesia, el señor cura; y a mí no me manda nadie.

--¡Qué mujer más bestial!--dijo Aracil con enfado.

--Pues esto es anarquismo puro--replicó María en voz baja y riendo.

La _Gila_ se dedicó a deslumbrar a sus huéspedes con toda clase de desplantes; aquella reina de fregadero estaba más para una representación de lunes de moda del Español que para la cocina de un humilde ventorro de aldea.

Al retirarse, la _Gila_, como favor especial, permitió al doctor y a su hija el ir a acostarse en el pajar, que estaba en lo más alto de la casa, pues los demás huéspedes se tendían en el zaguán.

No durmieron bien ni Aracil ni María, porque había en el pueblo un sereno con una poderosa voz de barítono, que delante de la casa cantaba la hora, con unos calderones y florituras de vieja zarzuela española, capaces de despertar a una piedra.

Al amanecer, la luz, que se filtraba por las rendijas del pajar, contribuyó a tenerles despiertos, y un hombre se encargó de molestarles, gritando:

--¡Arrieritos! Que está amaneciendo.

Pudieron dormir un rato por la madrugada. Al despertar, la claridad del día entraba por el ventanucho del granero, como una ancha barra de oro, iluminando al aire, lleno de partículas, y las telarañas del techo.

Bajaron del pajar, se despidieron de la _Gila_, que se preparaba para la faena, o mejor dicho, para la función del día, y salieron del pueblo.

XVIII.

LA SAGRADA PROPIEDAD

Iban marchando por delante de una aldea, llamada Mijares, cuando se unió a ellos una pareja de la Guardia civil. Temblaron al principio el doctor y su hija, pero se tranquilizaron pronto, porque los guardias civiles no les preguntaron nada.

Cruzaron a la vista de dos pueblos: Gavilanes y Pedro Bernardo; en este último quedaron los guardias civiles, y Aracil y María tomaron por una carretera recién construída y desierta. Preguntaron a un peón caminero cómo se hallaba aquel camino tan poco frecuentado, y el hombre, sonriendo con cierta socarronería, dijo que habían tirado aquel cordel para favorecer la finca de una rica propietaria, y que por allí no se levantaba ningún poblado que pudiera aprovechar la carretera.

A María le chocó ver que su padre no protestaba, y cuando estuvieron solos se lo hizo notar.

--Ya parece que tú y yo nos vamos acostumbrando a estas cosas.

--¡Psch!

--El viajar así yo creo que nos entontece un poco, ¿verdad?--preguntó María.

--Es natural--dijo, reflexionando, el doctor--. De espectadores nos hemos convertido en actores. El pensamiento paraliza la acción, como la acción achica el pensamiento. Andamos mucho, vemos muchas cosas, pensamos poco.

--Sin embargo, el hombre completo debía pensar y hacer al mismo tiempo.

--¡Ah, claro! Ese es el máximo. Pensar grandes cosas y hacerlas. Eso era César.

Iban entretenidos charlando, cuando vieron a un lado de la carretera a un hombre escuálido y casi desnudo, apoyado en un montón de piedras, envuelto en una manta llena de agujeros y con un pañuelo en la cabeza. Al lado del hombre, una mujer, vieja y haraposa, le contemplaba impasible.

--¿Qué le pasa a este hombre?--dijo Aracil, haciendo parar su caballo.

--Este hombre--contestó la vieja--es mi marido y está enfermo, y ahora le ha dado la calentura.

Bajó Aracil del caballo y, sin acordarse de su situación, reconoció al enfermo.

--Este hombre está muy mal, pero muy mal--dijo a la vieja, que se encogió de hombros.

--Pero, ¿cómo se han puesto ustedes en camino encontrándose su marido así?--preguntó María.

--Ya ve usted--exclamó la mujer--. Miserias de los pobres. Ya no podíamos estar en el pueblo; debíamos la casa y nos han despachado, y como éste lleva tanto tiempo enfermo y no gana, pues nos salimos al camino.

--Y ¿qué es su marido de usted?

--¿Qué quiere usted que sea? Peón. Ha trabajado en la finca de la duquesa hasta que se ha puesto malo, y ahora, cada día está peor. Ahí, en la Venta de la Cruz, hemos querido parar, pero como no llevábamos dinero...

--Y ¿dónde está la Venta de la Cruz?--preguntó el doctor.

--A un cuarto de hora de aquí.

--¿No podrá ir su marido hasta allá? Ya le pagaremos la posada.

La mujer preguntó al marido:

--¿Podrás ir a la venta?

--No, no--murmuró el enfermo--; dejadme morir aquí.

--Voy a avisarle a ese peón que hemos visto--advirtió Aracil a su hija.

Retrocedió unos cien pasos, y encarándose con el peón caminero, le dijo:

--Oiga usted, amigo: hay ahí un hombre que se está muriendo en la carretera; ¿no le podría usted hospedar?

--¡Hombre, yo no estoy autorizado para eso!--contestó el peón--. Además, mire usted: mi mujer está de parto y acaba de dar a luz una niña.

--Pues ese hombre no se puede quedar así. Le advierto a usted que tiene unos cuartos. Aunque fuera, si tuviese usted un cobertizo donde meterle...

Reflexionó el peón y aceptó.

Aracil fué a darle la noticia al enfermo, y éste, sostenido por su mujer, se encaminó, despacio, a la casa del peón caminero. Después, el doctor le dió tres duros a la mujer, e inmediatamente Aracil y su hija montaron a caballo y siguieron adelante.

En esto vieron una piedra del término de una dehesa, en la que ponía:

«Propiedad de la Excma. Sra. Duquesa de Córdoba».

Aracil se descubrió al leer la inscripción, y exclamó, en tono de burla:

--¡Oh sagrada propiedad! Yo te saludo. Gracias a ti, los españoles que no emigran se mueren de hambre y de fiebre en los caminos.

María no dijo nada. Al anochecer llegaron a Lanzahita y comieron y durmieron en la posada.

XIX.

LAS APUESTAS DEL «GRILLO»

Se detuvieron a comer en un parador, que se llamaba de los Patriarcas Grandes, cerca de un poblado, de nombre Ramacastaños.

Todos los que vivían en el parador, viejos, jóvenes y niños, estaban escuálidos y amarillos por las intermitentes. En un patio de la casa crecían unos cuantos eucaliptos desgajados y torcidos, con las ramas rotas.

Al salir del parador les fué forzoso detenerse al doctor y a su hija, porque en aquel momento cruzaban el camino compactas manadas de toros, que algunos vaqueros, montados a caballo, obligaban a pasar un barranquillo, en cuyo fondo corría un arroyo.

Esperaba también junto a María y su padre un joven elegante y melancólico, montado en un caballo negro. Este joven dijo que aquellas toradas iban de Extremadura a las tierras altas, y que habrían pasado el Tajo, probablemente por Almaraz.

No quisieron Aracil ni su hija entrar en conversación con el desconocido, y cuando acabó el paso de los toros y quedó libre el camino, siguieron de nuevo su marcha.

Al poco rato apareció el joven montado en su caballo negro. Tras él iba un mastín blanco, con el hocico afilado y las orejas caídas. Aquel joven melancólico, vestido de obscuro, parecía el Caballero de la Muerte, grabado por el gran Durero.

Saludó el joven al pasar, y se adelantó en el caballo; luego volvió a rezagarse, sin duda para contemplar de nuevo a los viajeros.

--¿Quién será este tipo?--dijo Aracil--¿No será un espía?

--¡Ca!--contestó su hija--. Algún curioso.

--Entre curioso y enamorado.

--Es posible.

Llegaron a Arenas de San Pedro, y Aracil y María, aun a riesgo de caerse, cruzaron el pueblo al trote, siguieron por cerca del castillo y pasaron el puente, desde donde se veía un riachuelo formado por muchos hilos de agua, que corrían por un cauce ancho, formado por piedras, casi todas ocultas por ropas blancas puestas a secar, que deslumbraban al sol.

Preguntaron a una lavandera por el camino de Guisando, y ya al paso se dirigieron a este pueblo por entre grandes pinares.

Se encontraron en el camino, cerca de un taller en donde trabajan varios leñadores, con un ciego y un muchacho, que iban con un carrito pequeño, tirado por un burro. El carrito, pintarrajeado y cerrado, tenía en la parte de atrás ocho o diez agujeros, tapados con redondeles de cobre, y encima de ellos ponía escrito: «Panorama Universal».

El viejo vestía una anguarina amarillenta, sombrero cónico y grandes antiparras; llevaba un rollo de tela en la mano y una caja a la espalda; el muchacho blandía una pértiga, larga como una lanza.

Les preguntó Aracil qué oficio tenían, y el ciego dijo que andaban de pueblo en pueblo con las vistas. Además, llevaban un cartelón que representaba distintas escenas del crimen de Don Benito, desde el asesinato de la víctima hasta la ejecución de los dos criminales en el patíbulo.

El cartelón y una caja de música, con cuyas notas amenizaba sus discursos, le servían para atraer a la gente.

El ciego quiso mostrar las excelencias de su declamación, y comenzó a recitar, de una manera enfática y con una voz aguda, un romance, en el cual se explicaba el crimen de Don Benito con todos sus horrores. El ciego se llamaba el _Grillo_, mote muy natural, dada su voz chillona y agria.

Tenía el hombre buena memoria; recordaba otros romances de crímenes célebres, y, por último, haciendo memoria, recitó los romances del guapo Francisco Esteban y Diego Corrientes, y con estas pintorescas narraciones de bandidos, puñaladas, trastazos, endechas de mártires y confesiones de verdugos, llegaron a la vista de Guisando.

Desde lejos, el pueblo era bonito, con sus tejados rojos y su aspecto de aldea suiza; pero por dentro no tenía nada que celebrar: las calles estaban llenas de barro, los carros andaban entre la gente.

Preguntaron por una posada y les indicaron una casucha pobre, y el ciego, el lazarillo, Aracil y su hija entraron en ella hasta la cocina. Había allí un viejo flaco, envuelto en una capa y devorado por las intermitentes, que les dijo, con una voz débil, que esperaran a que viniera su hija.

Vino ésta, una mujer de hermosos ojos, con una gargantilla de corales en el cuello descubierto, y preparó de cenar a los viajeros.

Después de comer estaban charlando a la luz de un candil, cuando arribaron unos cuantos leñadores de los pinares. Sin duda no tenían mucho que hacer ni con qué entretenerse, y el _Grillo_, que sabía muchas malicias de posada, apostó a uno de los leñadores a que no comía cinco bizcochos sin beber nada, mientras él contaba ciento. El leñador, que era un mozo alto y fuerte, dijo que no tenía dinero para apostar, pero que tenía la seguridad de comérselos. Otro de los leñadores apostó un real por su compañero, y se hizo la prueba; pero el mozo alto no pudo con los cinco bizcochos, y cuando el _Grillo_ contaba los cien, no había podido tragarlos. El que había apostado dinero pagó a regañadientes, y el que hizo la prueba bebió un vaso de agua y se sentó al fuego, tan satisfecho.

--Esto me recuerda--dijo el _Grillo_--un cuento viejo.

--Cuéntelo usted--dijeron los leñadores.

--Pues era un estudiantón de los antiguos--comenzó diciendo el _Grillo_--que andaba con la tuna de pueblo en pueblo. Un día se encontró en Madrid muerto de hambre y con un dolor de muelas de padre y muy señor mío. El hombre tenía una peseta en el bolsillo y no sabía qué hacer, porque decía: «Si voy a casa de un barbero y me quito la muela, voy a tener un hambre de perro; y si como y no me quito la muela, se me va a hacer el dolor más rabioso». En esta alternativa, ¿sabéis lo que hizo?

--Yo hubiera comido--dijeron la mayoría de los leñadores.

--Yo me hubiera puesto un emplasto--añadió otro.

--Pues a él se le ocurrió una cosa mejor--repuso el _Grillo_--; verdad que era de la piel del diablo. Fué a una pastelería en donde había mucha gente, y, delante del escaparate, comenzó a gritar: «¡Me comería cien! ¡Me comería doscientos!» Unos soldados que le oyeron le dijeron: «¿A que no?» «¿A que sí?» «¿Cuánto apostamos?» Si pierdo, que me quiten esta muela, pero sólo ésta». «Bueno, vamos». Entraron en la pastelería, y el estudiante a comer y los soldados a pagar; a la docena ya no pudo más y se dió por vencido. Le llevaron los soldados a la barbería, y el barbero le arrancó la muela. Al salir, todo el mundo, de chunga, había formado un corro a su alrededor, y le señalaba y se descalzaba de risa, y decía: «Mirad a este estudiante, que por perder una apuesta se ha dejado quitar una muela». Y el estudiante contestó: «Sí; pero era una muela que me dolía hace un mes». Lo mismo digo yo--añadió el _Grillo_--del que ha perdido esta apuesta. Ha perdido, pero se ha comido los bizcochos y no ha pagado nada.

Rieron el cuento los leñadores, y el mismo aludido celebró la alusión; luego el _Grillo_ sacó su caja de música y comenzó a darle al manubrio, y tocó dos o tres valses incompletos y una canción francesa, vieja y romántica, de _Les dragons de Villars_.

La huéspeda preguntó al doctor y a su hija si querían acostarse, y habiendo dicho que sí, una moza les llevó a ambos, cruzando la cuadra, a la ahijadera de una zahurda llena de heno. Algo asombrados quedaron Aracil y María del dormitorio; pero antes de que pudieran protestar, la moza se llevó el candil y quedaron a obscuras. Encendió una cerilla el doctor y examinó el escondrijo, que estaba lleno de telas de araña. El olor de la hierba fresca era tan fuerte y penetrante, que no se podía respirar; buscaban padre e hija la manera más cómoda de tenderse en aquel agujero, cuando, abriendo la media puerta del chiscón, penetró un cerdo enorme, al parecer con intenciones amenazadoras. Aracil, que lo sintió, le pegó un puntapié, y el cerdo salió gruñendo y chillando. Volvieron a encender una cerilla, y entre padre e hija atrancaron la puerta y se tendieron a dormir.

Se despertaron varias veces con los gruñidos de los comedores de bellota, que hocicaban en la puerta y parecían querer entrar.

Antes que se hiciera de día, y mareados por el olor de la hierba, salieron de aquel infame rincón, pagaron la posada, echaron las albardillas a los caballos, compraron un pan grande y un pedazo de jamón para el camino, y dejaron el pueblo.

XX.

EL HOMBRE DEL CABALLO NEGRO Y DEL PERRO BLANCO

Iban entrando en la Vera de Plasencia; a la derecha, según caminaban, se erguía la pared gris, de granito, de la sierra de Gredos, cuyas crestas rotas, formando una línea austera, se dibujaban como recortadas en el cielo azul; a la izquierda, hacia el llano, veíanse colinas cubiertas de olivares, de granados, naranjos y limoneros. Junto a aquellos montes secos, que parecían quemados o hechos con escombros y ceniza, se destacaban las praderas verdes y los huertos del pie de la montaña.

El camino iba bordeando los setos de los prados, subiendo y bajando por las faldas de la sierra.

Pasaban María y su padre por delante de Poyales del Hoyo, cuando aparecieron junto a ellos el joven del caballo negro y del perro blanco, en compañía de un cura, montado en un burro.

Saludaron unos, contestaron los otros, y aunque Aracil no tenía ganas de entrar en conversación, no pudo rehuírla.

El cura era charlatán, y comenzó a hacer preguntas al doctor y a su hija; el joven del caballo negro no dijo nada.

Era el camino estrecho y tuvieron que marchar de uno en uno, en fila india, como decía el doctor. En algunos sitios, el camino estaba convertido en una acequia caudalosa.

--Pero esto, ¿cómo puede estar así?--dijo Aracil.

--Esto lo hacen para regar los prados--contestó el joven, que todavía no había hablado--; aquí los propietarios echan el agua por el camino, y así se evitan gastar en acequias.

--¡Qué barbaridad!

--Pues aquí ya se sabe--replicó el cura--; todo el mundo anda a la gabela, y el que puede más que nadie...

Llegaron a un sitio muy hermoso, al que daban sombra inmensos castaños y adornaban grandes adelfas, como canastillas de flores. El joven del caballo negro propuso que se pararan allí a comer; Aracil dijo que ellos tenían alguna prisa; pero, a las instancias del joven y del cura, no tuvieron más remedio que acceder y quedarse.

Se dió un limpión al terreno; se hizo fuego; el joven sacó su merienda, un vaso y un plato, que ofreció a María; el cura, una bota de vino y algunos fiambres, y Aracil, lo que había comprado en el pueblo. Después de comer, el cura fué partidario de que se tendieran un poco al sol, y, efectivamente, quitándose la sotana y poniéndola de almohada, se echó a lo largo entre la hierba, y se quedó dormido.

Aracil estaba impaciente por marcharse, y advirtió a María que se preparase.

--¿Qué, nos vamos?--preguntó el joven, como considerándose ya de la partida.

Aracil hizo un gesto involuntario, de contrariedad, y el desconocido, al notarlo, añadió, con tono melancólico:

--Si molesto, no digo nada.

--No, no--replicó Aracil--; de ninguna manera.

El caballero dió las gracias, y luego, de pronto, murmuró:

--Yo me llamo Álvaro Bustamante. A cualquiera que le pregunten ustedes en estos contornos les podrá abonar por mí.

--¡Oh, no lo dudamos!--dijo Aracil--. ¿Es usted de esta tierra?

--Sí; soy hijo--siguió diciendo el joven--de una familia de Jarandilla, donde mis padres tienen una casa antigua.

--Y qué, ¿son ustedes agricultores?--preguntó Aracil.

--Sí; tenemos viñas, ganado, molinos, una fábrica de aguardiente...

--¡Vaya! Entonces son ustedes ricos--saltó diciendo María.

--Sí...; pero eso no quita para que seamos unos desdichados y arrastremos una vida horrible.

--Pues, ¿qué les pasa a ustedes?--preguntó, con interés, la hija del doctor.