La dama errante La raza, Tomo I
Part 7
Se tendieron en la hierba húmeda de rocío, entre los árboles y frente a la casa del guarda, y, una vez uno y otra vez otro, aguardaron a que se abriera la puerta. Estuvieron así más de media hora; el cielo se aclaraba por instantes, los pájaros piaban en la espesura. De pronto, María dijo:
--Han abierto una ventana.
Luego, al cabo de poco tiempo, se abrió la puerta.
--Ahora ha aparecido un hombre en mangas de camisa.
Aracil se puso los anteojos y miró: era Isidro. El guarda abrió un corral, de donde salió una nube de gallinas.
--Creo que ya debes ir--dijo María.
Aracil, con el corazón palpitante, se levantó y se acercó al guarda. Este, al ver a aquel hombre lívido y destrozado, se detuvo, sin reconocerlo.
--Soy Aracil. Enrique Aracil, el médico, que viene huyendo--dijo el doctor, con voz lastimera como un sollozo--. Vengo a que usted me proteja.
El guarda agarró del brazo al doctor y, empujándolo violentamente, lo metió por la puerta del corral, que acababa de abrir.
--Entre usted ahí--le dijo al mismo tiempo.
María, al presenciar lo ocurrido, se sobresaltó.
--¿Qué pasará?--se dijo.
La brusquedad del guarda quedó pronto explicada, porque, un momento después, una mujer, con un cesto de ropa en la cabeza, salió de la casa, y, tras una corta charla con Isidro, se fué. Entonces el guarda volvió a buscar al doctor.
--Ahí está mi hija--le dijo Aracil.
Isidro fué a su encuentro, y les hizo pasar a los dos a un corralillo.
--¿Cómo han venido hasta aquí? ¿No les ha visto nadie?
--Nadie--y María contó lo que habían hecho para llegar.
--Muy bien--exclamó el guarda.
Aracil quiso explicar lo ocurrido con el anarquista, pero balbuceaba, sin encontrar las palabras.
--No me tiene usted que decir nada, don Enrique--interrumpió el señor Isidro--; usted me necesita a mí, y yo tengo la obligación de servirle a usted. Y si usted pide la vida, también. ¿Que usted no ha querido denunciar a un amigo? El mismo rey no hubiera podido hacer otra cosa. Vale más ir a presidio para toda la vida que no denunciar a un hombre.
El señor Isidro tenía sentimientos hidalguescos. Era lógico en un español, y quizá en todo hombre sencillo que considerase la ley de la hospitalidad como una ley superior a toda otra social o ciudadana. Luego de exponer sus ideas acerca de este punto, el guarda añadió:
--Ahora, que van a pasar aquí una mala temporada.
--Peor la pasaríamos presos--dijo María.
--También es verdad. Yo les llevaría a mi casa; pero hay mujeres, y algunas son blandas de boca.
--En cualquier lado estamos bien--replicó Aracil.
--Bueno, pues aquí se quedan ustedes--contestó el guarda--. Y no hay que apurarse, que para todo hay arreglo en este mundo. Ahora, sí; van ustedes a tener que dormir en el pajar.
--Muy bien--dijeron padre e hija.
--Hay otra cosa; que no podrán ustedes salir de este corralillo en todo el día.
--Nos conformaremos con todo--murmuró Aracil.
--Respecto a la comida, hay que ver cómo nos arreglamos. ¿La señorita sabe guisar algo?
--Sí.
--Pues yo les traeré unos cuantos celemines de habichuelas y de garbanzos, y todos los días matan una gallina o dos.
--No, no hay necesidad--dijo María.
--Bueno; pues yo enviaré un trozo de cecina para hacer una miaja de puchero. Aquí tienen ustedes leña.
--Muy bien. ¡Muchas gracias!--exclamaron padre e hija a la vez con efusión.
--Las gracias a ustedes--contestó el señor Isidro--. Bueno; pues ahora vengo con todo. Yo tengo la llave del corral, y aquí no entra nadie... Y, paciencia, que las cosas del mundo conforme sean se toman.
El señor Isidro salió del corralillo, y María y Aracil se hicieron lenguas de la nobleza de este hombre. Ciertamente, su cara no indicaba, ni mucho menos, su bondad; tenía un tipo de facineroso para dar miedo a cualquiera. Estaba curtido por el sol, y gastaba bigote y patillas de boca de hacha, ya grises. Llevaba sombrero blanco, traje de pana y polainas.
Volvió el señor Isidro al poco rato, y en varios viajes llevó lo que necesitaban los fugitivos, y encendió fuego.
--Ahora, lo que deben ustedes hacer es dormir. Y tranquilidad, que no dan con ustedes ni con podencos. Yo echaré un vistazo a la comida, y ustedes a descansar.
Y el guarda tomó una escalera de mano y la apoyó en la pared de una casucha encalada que había en el fondo del corralillo. Aracil y María subieron por ella y entraron por una ventana en el pajar. Ninguno de los dos pudo dormir en paz. Aracil se despertaba a cada momento, hablando; María soñó que estaba en un pueblo ceniciento, en donde todo el mundo huía sin saber de qué, y, de cuando en cuando, en alguna calle o plazoleta, había un hombre cantando una canción, y la canción era siempre la misma: el tango oído por ella en el merendero.
XI.
LO QUE DIJERON LOS PERIÓDICOS
La vida en aquel rincón fué para los dos fugitivos muy extraña y distinta de la normal. Se levantaban de madrugada, cuando oían al señor Isidro llamando a sus gallinas, y desde aquellas horas comenzaba para ellos una serie de operaciones que les distraía.
Por la mañana, Aracil, con una paciencia inaudita, machacaba entre dos piedras granos de cebada y avena, y con la especie de harina gruesa que quedaba hacía una pasta, que les servía, como un puré, para el desayuno. Después, sólo con el cuidado de hacer hervir la olla se pasaban toda la mañana.
María se entretuvo en quitar las iniciales a la poca ropa blanca que llevaban encima. Una de las preocupaciones del doctor Aracil fué la de curtirse al sol para quedar más desconocido; tenían padre e hija la cara blanca de los que no andan a la intemperie, y todos los días los dos se pasaban largos ratos al sol, para ir ennegreciendo.
Entre la comida, el tomar el sol y discutir proyectos de fuga, tuvieron, al principio, ocupación bastante.
El segundo día, el señor Isidro les dejó por la mañana un periódico. Lo leyeron, y renovó en ellos las tristezas y las angustias. No habían cogido todavía a Brull, y se perseguía como cómplice al doctor.
Las noticias más interesantes para Aracil publicadas por los diarios eran éstas:
«_En casa del doctor Aracil._
»Esta mañana se ha presentado un inspector de policía en casa del doctor don Enrique Aracil, pues está plenamente demostrado que el doctor era amigo del anarquista Brull. Se ha llamado repetidas veces en casa del señor Aracil, y, viendo que nadie contestaba, ha habido que buscar un cerrajero para que abriese la puerta. En la casa no había nadie. Interrogada la portera, ha dicho que vió salir al doctor Aracil a eso de las seis de la tarde del día del atentado. Se le preguntó si no le pareció extraño el ver la casa cerrada, y dijo que no, porque muy frecuentemente el doctor Aracil y su hija salían de Madrid sin avisar a nadie. Mientras el inspector hablaba con la portera, una muchacha, sirviente en un cuarto del mismo piso en donde vive el señor Aracil, ha dicho que ayer oyeron en la habitación del doctor el ruido de una fuente que corría. Preguntó a una de las criadas del señor Aracil: «¿Están tus señoritos?» Y ella dijo: «No». «Pues he oído el ruido de la fuente».
»Por el examen de la casa y por la declaración de esta muchacha, hay motivos para creer que Nilo Brull estuvo en casa del doctor Aracil, y que después los dos, juntos o separados, han huído.»
«_El cochero que condujo al doctor Aracil._
»Se ha presentado el cochero del coche número 1.329 en el Juzgado de Palacio. Ha declarado que llevó a un hombre de las señas de Aracil, elegante, de barba negra, con anteojos, gabán al brazo, desde la calle de Fuencarral a la del Prado.»
«_La familia de Aracil._
»Don Venancio Arce, ingeniero de minas, llamado por el juez del distrito de Palacio, ha dicho que su sobrina María Aracil estuvo el día del atentado en su casa, y que fué a visitar a una hija del ingeniero, enferma del sarampión. El señor Arce cree que su pariente Aracil conocía a Brull; pero que se puede tener la seguridad absoluta de que el doctor no tiene participación en el atentado. Pensar otra cosa le parece una locura.
»Doña Belén Arrillaga dijo que su sobrina María, hija del doctor Aracil, estuvo en su casa el día del atentado, desde las tres a las siete de la tarde, hora en que fué a recogerla su padre.»
«_Sor María, del Hospital General._
»Sor María, de la sala de enfermos que está a cargo del doctor Aracil, ha declarado que la tarde del atentado vió entrar al doctor con una mujer. Le hizo la hermana una pregunta a Aracil respecto al tratamiento de un nefrítico, y luego no le vió más. Un mozo del hospital vió salir al doctor Aracil, con su hija, a eso de las siete o siete y media de la noche; habló un momento con ellos, pero el doctor no tenía ganas de conversación.
»Desde este momento nadie ha visto al doctor Aracil y a su hija.»
«_Señas de los anarquistas._
»Se han dado órdenes telegráficas a las estaciones de todas las líneas con las señas de Nilo Brull, del doctor Aracil y de su hija. Se duda que consigan salir de España.»
«_El doctor Aracil._
»El doctor Aracil tiene cuarenta y dos años, es de mediana estatura, delgado, de barba negra. El doctor es médico del Hospital General, y goza de justa fama. Su clientela, numerosa, no es mayor, según dicen, porque él mismo no la cultiva. Es uno de los médicos más ilustres e inteligentes de Madrid. Su hija María es una linda muchacha de diez y ocho años, muy conocida en la sociedad madrileña.
»Los amigos del doctor Aracil afirman que es un absurdo suponer que el doctor tenga complicidad en el atentado Brull. Sin embargo, parece confirmarse que Aracil se hallaba relacionado con los anarquistas, a quienes favorecía con su influencia y su dinero.»
«_Una rusa._
»Se dice que una señorita rusa, afiliada al terrorismo, en compañía de un significado anarquista de Barcelona, que ha desaparecido, y de Brull, estuvieron en casa del doctor Aracil conferenciando con él. Por algunas personas se asegura que el doctor Aracil ha sido el inductor de este atentado, y que Brull ha obrado sólo como un instrumento.»
* * * * *
Cuando Aracil leía estas noticias, en el rincón de la Casa de Campo, se estremecía de terror.
--La verdad es que esto--pensaba--parece una pesadilla, un sueño de fiebre.
Al cuarto día, la excitación que reflejaban los periódicos iba en aumento. Se detuvo a un italiano, tomándolo como anarquista, y estuvo a punto de ser linchado, pero demostró claramente su inocencia. Ni el criminal, ni el encubridor parecían. En los periódicos, Aracil tomaba una personalidad siniestra; se le quería complicar en la bomba de París y en las de Barcelona, y se suponía que era el jefe de una asociación terrorista. Desde Londres enviaron a Madrid una información folletinesca de lo más absurdo posible. Según esta información, en el Centro Anarquista Internacional de Londres se había celebrado una gran reunión, en donde se había discutido y aprobado la muerte de los reyes de España. Brull, que asistió a la reunión, dijo que él, en compañía de un señor don José, iría a España a dinamitar a los reyes. El relato tenía el aspecto de una filfa, y el fantástico y anarquista señor don José parecía salido de la ópera _Carmen_, más que de la realidad.
Para fin de fiesta, el doctor Iturrioz comenzó a contar una de historias que acabaron de embarullar por completo el asunto. Iturrioz habló de un millonario extranjero que protegía a su amigo Aracil, y cuyo automóvil rojo había visto pasar a toda velocidad el mismo día del atentado, y pintó tales misterios, siempre diciendo que no sabía nada, que no tenía dato alguno, sino que suponía, pensaba, que puso en movimiento a toda la policía y la lanzó sobre una serie de pistas falsas.
--¿Para qué hará eso Iturrioz?--preguntaba Aracil a María.
--Para engañar a la policía, seguramente.
--Eso debe ser. Lo que a mí me preocupa es Brull. ¿Qué hace ese hombre?
Al quinto día, un periódico afirmó que Aracil estaba ya en París, y la noticia le hizo pensar al doctor.
--¿Qué te parece--le dijo a María--, si escribiera a mi amigo Fournier para que diga que me han visto allí?
--Muy bien.
Escribió una nota Aracil, firmándola.
--¿Y si alguno del correo la ve?--preguntó María.
--No van a abrir las cartas.
--¡Fíate! Por si acaso, convendría no firmar. ¿No podrías decir algo a tu amigo que le indicase que eras tú quien le escribías, sin poner tu nombre?
--Sí; pondré esto: «El antiguo compañero del número siete del hotel Médicis.»
--Sí, es lo mejor. También estaría bien ponerlo en un idioma que no lo comprendiesen.
--Fournier sabe el inglés.
--Pues escribiré yo en inglés.
--Sí, es buena idea. Además, le voy a decir que haga unas tarjetas con mi nombre y las deje en cuatro o cinco sitios.
Tradujo María la carta al inglés, la copió Aracil y escribió ella el sobre. El señor Isidro echó la carta, con grandes precauciones, comprando primero el sello, y luego pegándolo él mismo.
XII.
LA DESPEDIDA DE BRULL
Tres días después de enviada la carta, los periódicos trajeron una noticia sensacional: la muerte de Brull. Una mañana, al amanecer, se oyeron dos tiros en una casa de la calle de San Mateo. El sereno y los guardias de servicio llamaron en la casa en donde se habían oído las detonaciones; despertaron a la portera y reconocieron todos los cuartos. Ya se iban a marchar, cuando uno de ellos vió que por debajo de la puerta de una guardilla deshabitada salía un reguero de sangre. Descerrajada la puerta, los guardias encontraron el cuerpo de Nilo Brull, que acababa de expirar. El anarquista se había suicidado. Junto a él, en un cuaderno escrito con lápiz, encontraron los guardias una carta de despedida del anarquista, que publicaron y comentaron los periódicos.
Decía así:
_«A los españoles._
»Momentos antes de morir, frío, tranquilo, con el convencimiento de mi superioridad sobre vosotros, quiero hablaros.
»Durante toda mi vida, la sociedad me ha perseguido, me ha acorralado como a una fiera. Siendo el mejor, he sido considerado como el peor; siendo el primero, se me ha considerado como el último.
»Daría los motivos de mi Gran Obra de Altruísmo, si los españoles pudieran comprenderme; pero tengo la seguridad de que no me comprenderán, de que no pueden comprenderme. Los esclavos no se explican al rebelde, y vosotros sois esclavos, esclavos todos, hasta los que se creen emancipados. Unos del rey, otros de la moral, otros de Dios, otros del uniforme, otros de la ciencia, otros de Kant o de Velázquez.
»Todo es esclavitud y miseria.
»Yo sólo soy rebelde, soy el Rebelde por excelencia. Mi rebeldía no procede de esas concepciones necias y vulgares de los Reclus y de los Kropotkine.
»Yo voy más lejos, más lejos que las ideas.
»Yo estoy por encima de la justicia. Mi plan no es mas que éste: empujar el mundo hacia el caos.
»He realizado mi Gran Obra solo. Quizá no lo crean los imbéciles que suponen que los atentados anarquistas se realizan por complot.
»Sí; he estado solo; solo frente al destino.
»Si hubiese tenido necesidad de un cómplice, no hubiera llegado al fin. En España no hay un hombre con bastante corazón para secundarme a mí. No hay dos como yo. Yo soy un león metido en un corral de gallinas.
»Hubiese escrito con gusto un estudio acerca de la psicología del anarquista de acción, para dedicárselo a la Sociedad de Psicología de París, pasándome en observaciones mías interesantísimas, pero no hay tiempo.
»Durante estos últimos meses tenía la idea vaga de llevar a cabo mi Gran Obra. Cuando me convencí de la necesidad de ejecutarla, mis vacilaciones desaparecieron y viví tranquilo, estudiando el momento y la manera de conducirla al fin.
»Viví tranquilo, y la vida que me escamotearon los demás la viví enérgicamente en el tiempo en que preparaba mi obra.
»¿Se puede comparar la intensidad extraordinaria de mi vida con la existencia ridícula de los sibaritas de la antigua Roma o con la no menos ridícula de los cortesanos de Versalles?
»Sólo en cualquier noche antes del atentado, cuando tiraba desde el balcón una naranja, para ver dónde caía en la calle, y poder precisar el modo de echar la bomba, tenía yo más emociones que todos ellos.
»Sí. Me he resarcido en grande.
»En el último momento, al tomar la bomba entre las manos, y al inyectarle la nitrobencina, temblaba: «Tiembla, grande hombre, me dije a mí mismo; tienes derecho a eso y a más.»
»¡Y cuando la lancé, rodeándola con flores! Al estallar, creí que se me desgarraban las entrañas.
»Algo semejante debe sentir la mujer al parir. Yo acababa también de dejar en el mundo algo vivo.
»Antes de mí, en España no había nada. ¡Nada! Después de mi Gran Acto vivía ya un ideal: la Anarquía. Yo lo acababa de echar al mundo en aquel momento terrible.
»Si hubiese posibilidad de comparación entre el autor de un hecho individual obscuro y sin trascendencia y el autor de un acontecimiento que habrá conmovido el mundo, diría que mi estado de automatismo cerebral, desde que pensé mi Obra hasta que la realicé, era idéntico al de Raskolnikof, en _Crimen y Castigo_, de Dostoievski.
»Creo que pocos hombres hubieran tenido mi serenidad. En el momento terrible, cuando estaba en el balcón con la bomba en la mano, vi en la calle unas cuantas muchachas que reían. Sin embargo, no vacilé. Implacable como el Destino, las condené de antemano a la muerte. Era necesario.
»He realizado mi Gran Obra y la he realizado solo y con éxito.
»Creo que mi atentado es el más grande de cuantos se han cometido. Todos los españoles, si no fueran cretinos, debieran agradecerme, todos, el rey, porque he dignificado su cargo; la burguesía, porque ante el peligro parece menos egoísta y vil; el pueblo, porque ha aprendido de mí la forma más eficaz y más enérgica de la protesta.
»He tenido un instante de debilidad, es cierto, al acogerme en casa del doctor Aracil. No me arrepiento. Este instante pasajero de flaqueza me ha permitido tener, en el último momento, la conciencia de mi vida y de la magnitud de mi obra.
»Me voy a hundir en la nada incrustándome una bala en el corazón. Deshacer mi cerebro, disparar contra él, me parecería un sacrilegio. Además, no lo podrían estudiar los médicos, y como este cerebro no encontrarán muchos.
«Adiós.
NILO BRULL.»
Aracil, al leer esta carta, quedó pensativo.
La parte teatral, enfática, el bello gesto de mediterráneo que había dejado Brull, le producía cierta envidia.
--La verdad es que era todo un hombre--murmuró.
Luego, volviendo sobre su sentimiento, pensó en la fuerza de ilusión que tiene el hombre para convertir las acideces de su estómago y las irritaciones del hígado en motivos idealistas y metafísicos...
Se pudo seguir el camino llevado por el anarquista, saltando tejados desde el cuarto de la casa del doctor Aracil, hasta allí.
Ya resuelto el desenlace del actor principal del drama, aunque no a satisfacción de la justicia ni del público, los periódicos comenzaron a zaherir y a burlarse de la policía y del Gobierno porque no lograba coger a Aracil.
Algunos aseguraban que el doctor había salido de España en automóvil, en el célebre automóvil rojo del millonario, visto por Iturrioz; otros, que en el tren, disfrazado; pero la mayoría opinaba que el doctor y su hija se hallaban escondidos en Madrid.
En esto, a los cinco días de enviar Aracil la carta a su amigo de París, trajeron los periódicos la siguiente noticia con letras grandes: «El doctor Aracil en París», y a continuación una serie de telegramas.
El doctor había estado en la redacción de _El Intransigente_ a saludar a Rochefort, y en su conversación con uno de los redactores de dicho periódico había dicho que Nilo Brull, sin duda se dirigió a su casa a pedirle protección por ser su amigo. El doctor no podía desampararle ni protegerle, y había optado por abandonarle la casa. Aracil había pasado la frontera en el automóvil de un amigo y se disponía a marchar a América, pero no tenía inconveniente en volver a España, cuando se calmara la efervescencia del momento, para probar su absoluta inocencia. Aracil había estado en casa de los corresponsales de los periódicos madrileños en París, dejando su tarjeta.
La campaña estuvo lo bastante bien hecha para que nadie dudara. Se intentó averiguar quién había salvado al doctor, pero no se puso nada en claro.
Se discutió la cuestión de la extradición de Aracil, y a los cuatro o cinco días los periódicos comenzaron a dar este asunto por terminado.
_La Epoca_ dijo: «Los anarquistas pueden estar satisfechos; han dado la batalla sin pérdidas por su parte».
XIII.
LA PARTIDA
A las dos semanas de encierro, Aracil se sentía aplanado por la soledad y el silencio.
--Creo que debíamos marcharnos ya--dijo Aracil a su hija, después de pensarlo varios días--. Isidro no puede vivir en paz teniéndonos a nosotros aquí.
--¿Por qué?
--Porque ya es molestar demasiado.
--No; es algo más que molestar. Pero a Isidro no le importa. Por él podemos estar aquí un año si queremos.
Y era verdad. El guarda tenía una abnegación extraordinaria. El devolver el beneficio al doctor Aracil, que le había curado su hija, le producía tal júbilo, que rebosaba de contento.
A pesar de esto, Aracil quería marcharse; se sentía abatido, achicado de encontrarse solo, y necesitaba verse entre gente, en un sitio donde poder hablar y lucirse.
María era partidaria de pasar allí todavía un par de meses y luego marcharse en el tren, sin tomar precaución alguna; pero Aracil confesó que no podía más, que estar metido en aquel rincón le era insoportable.
--Bueno, pues nos iremos--dijo María.
Decidieron la marcha. Lo más prudente era que Aracil fuese solo, aprovechando trenes de ferias, y que esperase a María en la frontera; pero el doctor aseguró que temía la soledad, pues era capaz de hacer cualquier tontería. Yendo juntos era una locura tomar el tren, estando todavía tan reciente el atentado y las órdenes dadas a la policía. Lo mejor era ir a caballo. De acuerdo padre e hija en este punto, discutieron por dónde intentarían salir de España. Aracil creía lo más sencillo encaminarse directamente a Francia. María encontraba mejor marchar a Portugal.
--En primer término, el viaje es más corto--dijo ella--; luego, la que hay que cruzar es tierra más despoblada y seguramente camino menos vigilado.
María había oído hablar de este viaje varias veces a su primo Venancio. Consultaron con Isidro, y éste fué partidario de la marcha por Portugal.
--Nada; pues vamos por Portugal--dijo el doctor.
Se comenzaron a hacer los preparativos; Isidro compró dos caballejos baratos y los dejó en una cuadra de un amigo suyo de las Ventas de Alcorcón. Trajo ropas de campesino usadas; para Aracil una especie de marsellés, faja y pantalones de pana, y un refajo y una chaqueta para María.
María cosió unos cuantos billetes de Banco, el capital con que contaban, en el forro de la americana de su padre después de haberlos envuelto en un trozo de hule, y se quedaron con unos duros y unas pesetas sueltas para el camino.
El señor Isidro enseñó a Aracil, en un borrico que tenía, la manera de echarle las albardillas y ponerle la cincha y el ataharre. Luego compró el guarda una manta y una alforja, en donde metió unas cuantas libras de chocolate, un queso, una bota y pan, por si algunos días no encontraban comida en el camino. María le mandó comprar una tetera, un bote de té y una maquinilla de alcohol.
El señor Isidro se agenció un plano de España, y, por último, le dió al doctor su cédula y sus papeles.
--Usted se llama como yo, Isidro García; es usted guarda de la Casa de Campo y va usted con su hija a San Martín de Valdeiglesias. Desde San Martín dicen ustedes que han ido hasta allá en tren, y que van a la Vera de Plasencia.