La dama errante La raza, Tomo I

Part 6

Chapter 64,060 wordsPublic domain

--Pues iba por la calle de Fuencarral, después de comer en casa del marqués, cuando, al entrar en la botica de don Jesús, un hombre me agarró del brazo con una fuerza extraordinaria. Me volví. Era Brull. «Acabo de echar una bomba al paso de la comitiva. Hay desgracias», me dijo. Yo, al principio, no comprendí lo que decía, y tuvo que explicar lo que había pasado. «Y, ¿qué piensa usted hacer?», le pregunté. «No sé; iba a suicidarme, pero viendo que nadie me seguía ni intentaba prenderme, he venido hasta aquí». «¿Tiene usted algún sitio donde esconderse?». «No, y he pensado en usted. Protéjame usted, Aracil. Si me cogen me van a hacer pedazos». Hemos subido a casa sin hablarnos. Yo no comprendía entonces por completo la gravedad de las circunstancias. Abrí la puerta, pasó él y pasé yo. El se abalanzó hacia el armario del comedor y bebió con avidez dos vasos de agua. «Creo que lo mejor es--le dije yo--que se esté usted aquí ocho o diez días». «¿Y usted»?, preguntó Brull. «Yo le diré al portero que me voy». «No, no»; «yo me voy con usted. Yo no me quedo. Usted me quiere denunciar y yo le pego un tiro a quien me denuncie», y, rápidamente, sacó una pistola y la blandió en el aire. En aquel momento yo no sentía tanto miedo como ahora. Estábamos en esta situación, mirándonos con espanto, cuando sonó el timbre. «Escóndase usted», le dije a Brull. Fuí a la puerta. Era el cartero, que me entregó el periódico de Medicina. Cerré, llamé al anarquista y, con tono decidido y casi burlón, que a mí mismo me chocaba, le dije: «Aquí, en casa, viviendo conmigo, no se puede usted quedar; mi hija, las criadas, los vecinos, todo el mundo se enteraría. Si le parece a usted, hay ahí un cuarto independiente, con baúles y trastos viejos, que da a un tejado. No entrarán; tengo ahí un esqueleto, y las criadas, que lo saben, no se atreverían a abrir esa puerta. Además, usted se puede quedar con la llave. Métase usted ahí, enciérrese usted y estése usted quince días». «¿No me hará usted traición, Aracil?» «No». «¿Me lo jura usted?», gritó él casi llorando. «Se lo juro». Entonces Brull se ha metido en el cuarto y, al instante, yo he pensado en huír. Pasé una media hora de angustia, porque decía: «Si oye mis pasos y cree que intento escaparme, va a salir y a pegarme un tiro». Estaba deseando que alguno llamara a la puerta, para marcharme. En esto he oído unos pasos; alguien subía al piso de arriba. He recordado que tenía allí el timbre cerca y he llamado yo mismo. He ido a la puerta, he hecho una mojiganga como si hablara con alguien, he entrado en el despacho, he abierto el cajón, he cogido todo el dinero y he salido volando.

--Y ¿qué te pueden hacer por haber protegido a Brull?--preguntó María.

--¿Qué me pueden hacer? Pueden mandarme a presidio para siempre.

--¡Ca! Es imposible.

--No digas eso, María. Tú no sabes lo que es la justicia. Me considerarán como cómplice, como encubridor. Quizá me condenen a muerte. ¿Cómo demuestro yo que no tengo participación en ese crimen?

--Pero eres inocente.

--Sí; los de Montjuich dicen que también eran inocentes, y los fusilaron y los atormentaron.

--Entonces no hay que esperar; hay que huír y disfrazarse... Córtate la barba y el pelo; yo te lo cortaré.

Aracil sacó de un estuche unas tijeras y se sentó en la silla, sumiso como un niño. María recortó el pelo a su padre.

--Ahora, lo mejor sería que te afeitaras.

Aracil se dispuso a afeitarse.

--Mira tú, mientrastanto, lo que dice el extraordinario--murmuró el doctor.

María comenzó a leer la hoja con ansiedad. En el preámbulo, todos eran lugares comunes, frases hechas a propósito para catástrofes de este género; luego venía, de una manera confusa, el relato de lo ocurrido. Había diez muertos y muchísimos heridos graves y moribundos. María, al leer algunos detalles, palidecía y le temblaban las manos. La sangre que corría en chafarrinones por la fachada de la casa, los trozos de masa encefálica en las aceras... Aquellos detalles daban a María la sensación real, el horror y la magnitud del crimen. Las noticias estaban mezcladas con inoportunos comentarios, y el «inicuo», el «cobarde» y el «salvaje» aparecían de cuando en cuando, esmaltando simétricamente el texto.

No parecía sino que lo principal era encontrar un adjetivo exacto para calificar el atentado.

Aracil, mientras se afeitaba, volvía de cuando en cuando la cabeza para mirar a María, y preguntaba, pálido como el papel:

--Debe haber horrores, ¿eh?

--Sí, cosas terribles.

En esto, María echó una ojeada a las últimas líneas del extraordinario, y lanzó un grito.

--¿Qué pasa?--preguntó Aracil, con la navaja en la mano.

María leyó:

«_Ultima hora_: Se sospecha que el autor del atentado es un joven catalán apellidado Brull, llegado hace tres días a una fonda de la calle Mayor. El anarquista ha tenido tiempo de huír, valiéndose de la confusión general. Al entrar en el cuarto desde donde lanzó la bomba, se ha encontrado sobre un lavabo una jeringuilla y un frasco a medio llenar de nitrobencina. La maleta del criminal contenía solamente un gabán de verano, dos botellas grandes, vacías, una cajita con bicarbonato de sosa y dos libros, el uno en francés, titulado _Pensamiento y Realidad_, de A. Spir, y el otro, la «Memoria» del doctor Aracil, _El anarquismo como sistema de crítica social_, dedicada a Brull por su mismo autor.»

--¡Oh!--murmuró Aracil, con desaliento--. Me ha matado--y dejó caer la navaja sobre la silla.

--No--exclamó María--. Lo que hay que hacer ahora es no perder tiempo. Sabemos que nos buscan o que nos van a buscar. Hay que darse prisa. Acaba de afeitarte, y marchemos.

--Vámonos, sí--dijo él--. Tú debías dejar el sombrero aquí, para no llamar la atención.

María se quitó el sombrero, lo deshizo con las tijeras en varios pedazos, y los envolvió en un periódico.

Tenía miedo el doctor de que advirtieran, al salir, su cambio de aspecto, y su hija le recomendó que, al bajar las escaleras, aunque no hacía frío, se levantara el cuello del gabán y se tapara la boca con el pañuelo. La luz era demasiado escasa para que se notara su cambio de fisonomía.

--Adiós, don Enrique--le saludó un mozo, al pasar por el corredor.

--Adiós; buenas tardes.

--¿Ha visto usted eso?

--Sí; es terrible.

--¿Qué tiene usted?

--Que me he puesto un poco malo. ¡Adiós!

--Buenas, don Enrique. Y aliviarse.

Salieron del hospital, y padre e hija fueron por el Prado.

--Quítate los anteojos--dijo María.

Aracil se los quitó y los guardó en el bolsillo.

--Estás completamente desconocido.

--¿De veras?

--Por completo.

El ilustre doctor, afeitado y rapado, tenía todo el tipo de un hortera. Se sentaron los dos en un banco del Prado y discutieron. ¿Qué iba a hacer? Meterse en el tren era peligroso. María pensó en el primo Venancio; pero desechó inmediatamente esta idea. Le comprometerían sin resultado. Había que hacer algo, pronto, en seguida. Pero, ¿qué? No querían moverse de allí sin tener algún plan. Pasaron revista a todos los amigos que podían esconder a Aracil.

Ninguno había que, de prestarse a ocultarle, no infundiese sospechas.

De pronto, María exclamó:

--¿Y el guarda de la Casa de Campo a quien curaste la niña?

--¿Isidro?

--Sí.

--Es verdad. Eso sería lo mejor. Allí estaríamos seguros. Es una idea, una idea magnífica. ¡Nadie puede sospechar de él! Pero, ¿cómo entrar en la Casa de Campo?

--Podemos ir mañana.

--Pero ¿mientrastanto...? ¿Esta noche?

--Podríamos ir... ¿Adónde podríamos ir, Dios mío?

--No sé; no sé.

--¿Adonde van los hombres con las mujeres alegres?

--A Fornos..., a la Bombilla.

--Pues vamos a la Bombilla.

--¿A la Bombilla?

--Sí; precisamente está cerca de la Casa de Campo, y por la mañana podemos ir a ver al guarda.

La idea era buena, tan buena que al doctor le pareció inmejorable. Dejó María el paquete, con los trozos de su sombrero, debajo del banco. Salieron del Prado a la calle de Alcalá. Resplandecían los focos de luz eléctrica en el aire limpio de la noche; por la ancha calle en cuesta brillaban, como estrellas fugaces, los discos de color de los tranvías y los faroles de los coches. Iban marchando entre la multitud, cuando Aracil reconoció delante de él a uno de sus amigos de la tertulia del Suizo.

--Aracil debe estar en la cárcel--decía.

--¿Cree usted?--preguntó otro.

--Sí, hombre.

--Pero, ¿conocía a ese Brull?

--¡No le había de conocer! ¡Si era amigo suyo!

Al primer movimiento de asombro, siguió en Aracil un terror espantoso.

--Tranquilízate--dijo María--; no te conocen.

Pero Aracil seguía temblando. Su hija le contempló con asombro. Le chocaba que su padre fuera tan cobarde. Le había dado siempre la impresión de hombre enérgico y decidido, y lo había sido, sin duda, alguna vez, pero en su centro, entre los suyos; solo, separado de sus amigos y jaleadores, era pusilánime como un niño enfermizo.

Llegaron a la Puerta del Sol; la plaza rebosaba gente; no se podía dar un paso; reinaba un gran silencio y un pánico sordo. Cualquier ruido producía una alarma, y la multitud, inmediatamente, se disponía a huír.

Tomaron padre e hija por la calle del Arenal y luego por la de Arrieta. En el solar de la antigua Biblioteca se bailaba; una banda tocaba en un tablado, adornado con guirnaldas de papel; los bailarines se contoneaban a los acordes de un pasodoble, pero no había animación ni alegría. En los portales, en los corros, la gente hablaba del atentado; por encima del pueblo entero parecía pesar la tragedia del día, llevando a la masa el estupor y la desolación. La gente sentía la desarmonía de aquel zarpazo brutal del anarquismo con la placidez del ambiente. ¡En Madrid! En este pueblo tranquilo, correcto, insensible a la exaltación colectiva; en este pueblo de los señoritos discretos e ingeniosos, de las muchachitas inteligentes y escépticas, de los hambrientos resignados, ¡una bomba! Era absurdo, incomprensible, inexplicable. Se daban explicaciones fantásticas para aclarar esta discordancia: quizá los carlistas, quizá los jesuítas... ¿A quién podía convenir aquello? Y no se aceptaba la explicación más sencilla, el caso del hombre solo, enfermo, teatral en su desesperación, a quien antes que la bomba, le había estallado el cerebro dentro del cráneo...

Se sentaron Aracil y María en un banco de la plaza de Oriente, donde no daba la luz de los faroles. Al lado, dos viejas vestidas de negro, una de ellas con un niño, charlaban.

--Ya no hay religión--decía una--; crea usted, señora, que el mundo está muy perdido; ¿ha visto usted?, ahí cerca, en esa calle, están bailando.

--Deje usted que se diviertan.

--Sí, pero en un día como el de hoy, que ha habido tantas víctimas... ¡Crea usted que cuando lo pienso...! Yo, si supiera quiénes son, los haría pedazos.

--Pues mire usted, señora; yo creo que han hecho muy mal, y que los que han puesto esa bomba son muy infames; pero eso también de pasear toda la corte y la aristocracia llena de alhajas en medio de la gente pobre, con la miseria que hay en Madrid... ¡Vamos, eso también...! Porque usted no sabe, señora, la pobreza que hay aquí.

--¡Dígamelo usted a mí, que vivo en barrios bajos!

Aracil, impaciente, se levantó.

--¿Quieres que tomemos un coche?--preguntó a María.

--No, no.

--Y si vamos solos por el camino de la Bombilla ¿no infundiremos sospechas?

--Lo mejor será tomar el tranvía.

IX.

EN LA BOMBILLA

Bajaron a la plaza de San Marcial. Voceaban los vendedores los periódicos de la noche. Compró María _La Correspondencia_ y el _Heraldo_, y montaron Aracil y su hija en un tranvía lleno que iba a la Bombilla.

--Así, con tanta gente--pensó el doctor--, no se fijarán en nosotros.

En el trayecto, un señor siniestro, de bigote negro y algo bizco, se dedicó a lanzar miradas asesinas a María, y, por último, le preguntó, en voz baja, si podía hablarla. Ella volvió la cabeza y no hizo caso.

Bajaron en la estación del tranvía. El señor bizco, al ver a María cogida estrechamente del brazo de Aracil, desapareció.

Siguieron un poco más adelante padre e hija, y llegaron a la parte ancha del camino, que tenía a un lado y a otro unos merenderos iluminados fuertemente por luces de arco voltaico.

Entraron en uno de éstos; pasaron a un vestíbulo grande, con un mostrador y varias mesas. Enfrente de la puerta de entrada se abría un patio con árboles, donde tocaba un organillo; de ambos lados del vestíbulo partían dos escaleras.

--Yo quisiera un cuarto--dijo Aracil a un mozo viejo que les salió al encuentro.

Subieron por una de las escaleras, y el mozo les llevó a un balcón galería, dividido por persianas, que daba al patio con árboles, en donde bailaban, al son del organillo, unas cuantas parejas.

En otro cuarto de la galería, separado del departamento donde entraron el doctor y su hija por una persiana verde, había un hombre grueso, rojo, de sombrero cordobés, en compañía de una mujerona brutal.

--¡Vaya canela!--dijo el hombre gordo a María, con voz ronca, echándose el sombrero hacia la nuca--, y ¡olé las mujeres en el mundo!

María se volvió a mirar a este hombre con severidad, y él la dijo:

--¡No me mire usted así, niña, que me vuelve usted loco! ¡No sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio!

A María le dió ganas de reír la ocurrencia. Aracil, iracundo, salió rápidamente al pasillo y le dijo al mozo:

--Hombre, a ver si hay otro cuarto más aislado, porque se están metiendo con nosotros.

--Usted querrá--dijo el mozo, desgranando socarronamente las palabras--un cuarto de los escondidos, de los recónditos, vamos.

--Sí, señor.

--Bueno, bueno. Vengan ustedes conmigo--y el mozo guiñó los ojos con malicia; les guió luego por un largo pasillo, con puertas pintadas de gris a los lados, y abrió un cuarto y encendió la luz eléctrica. Se sentía allí un olor de vino y de coñac tan fuerte, que María creyó marearse.

--¿Van ustedes a cenar?--preguntó el mozo.

--Sí.

Mientras hacía Aracil la lista de los platos, entró una florista con una cesta de claveles rojos, y ofreció sus flores a María.

--¿Quiere usted?

--Bueno.

María tomó dos claveles grandes y rojos, y como había visto a todas las pendonas que danzaban por allí con flores en la cabeza, se las puso ella también, para parecer una de tantas. Luego se asomó a la ventana; Aracil hizo lo mismo, y pasó la mano por la cintura de su hija. Estaban así, como protegidos el uno con el otro, cuando el mozo llamó:

--¡Eh, señorito, que está la cena!

María se volvió, y la expresión del camarero le hizo ruborizarse.

¡Qué opinión tendría de ella aquel hombre! Pero, en fin, esto era precisamente lo que se deseaba, que los tomaran por enamorados. Se sentaron a la mesa; ninguno de los dos sentía el menor apetito, y como Aracil pensaba que cualquier cosa podría servir de indicio para descubrirles, fué cogiendo la comida y tirándola por la ventana. No hicieron mas que beber agua y tomar café con coñac. Cuando terminó la cena el camarero se retiró, y María cerró la puerta. Ya solos, Aracil comenzó a leer un periódico; pero se excitaba de tal manera, que se ponía a temblar, y le castañeteaban los dientes.

--¿Para qué lees?--le dijo María--; hay que tener serenidad. Vamos a ver el baile.

Se oía algazara de palmas y de gritos, que llegaba del patio. Se asomaron a la ventana. Enfrente, en un cuarto galería, a la vista del público, una mujer y un hombre bailaron un zapateado al son de la guitarra. Debían de ser profesionales, a juzgar por la perfección con que se zarandeaban.

--¡Olé! ¡Venga de ahí!--gritaban unos cuantos sietemesinos, golfos y galafates, que formaban la reunión.

Un bárbaro, con una voz monótona de borracho, empezó a cantar, de un modo estúpido, una canción de cementerios y de agonías, cuando otro, imperiosamente, le dijo:

--¡Calla, imbécil!

Después, a ruego de la gente, el que tocaba la guitarra, un hombre pequeño, ya viejo, se dispuso a cantar; los señoritos y chulapones formaron un corro, y el cantador comenzó, con una voz muy baja, de recitado, y como si tuviera prisa, el tango del _Espartero_:

La muerte del _Espartero_, en Sevilla causó espanto; desde Madrid lo trajeron, desde Madrid lo trajeron hasta el mismo camposanto.

Luego, la voz del cantador subió en el aire, como una flecha, hasta llegar a un tono agudísimo, y en este tono cantó el entierro del torero, las coronas que llevaba, las dedicatorias de los compañeros, la tristeza del pueblo, y, al terminar esta parte, la guitarra animó el final con unos cuantos acordes, como para no dejarse entristecer por la muerte del héroe.

Después, el cantador terminó el tango en tono de salmodia, con estas palabras:

Murió por su valentía aquel valiente torero, llamado Manuel García y apodado el _Espartero_.

En el circo madrileño toreó con mala suerte; la afición, que no dormía, le llorará eternamente.

Y el cantador dió fin con un rasguear furioso de la guitarra, y la gente del cuarto y la del patio aplaudió con entusiasmo. Pidieron que repitiese la misma canción, y volvió el hombre a cantarla de nuevo.

Aracil y María escuchaban absortos. En medio de la noche, aquel canto de fiereza, de abatimiento, de brutalidad y de dolor, producía una impresión honda y angustiosa.

--¡Qué país más terrible el nuestro!--murmuró Aracil, pensativo.

--Sí, es verdad--dijo María.

--Esa canción, ese baile, las voces, la música, todo chorrea violencia y sangre... Y eso es España, y eso es nuestra grandeza--añadió el doctor.

Padre e hija tuvieron que dominarse con un esfuerzo sobre sí mismos, para volver a sus preocupaciones. Discutieron la hora de encaminarse a la Casa de Campo.

--Cuando esto acabe y ya no haya por aquí gente, creo que será lo mejor--dijo María.

--Y ¿por dónde iremos?

--Por ahí; por ese puente que se llama de los Franceses.

--Pero yo creo que hay una estacada.

--La saltaremos.

--¡Qué valiente eres, María! Yo envidio tu serenidad; yo soy un cobarde, un harapo.

--¡Ca! Déjate de eso. Cree, por lo menos durante unas horas, que eres el mismo Cid.

Estuvieron sentados en el diván, mirando el suelo, sin decir nada; de cuando en cuando María preguntaba: «¿Qué hora es?» Aracil sacaba el reloj. No parecía sino que se habían paralizado las agujas; tan lentas pasaban las horas para ellos.

Al dar las doce, el doctor suspiró:

--Todavía tenemos dos o tres horas para estar aquí. ¡Qué horror!

--Si quieres, vamos.

--¿Te parece bien?

--¿Por qué no? Anda. En marcha.

--Bueno. Vamos.

--El doctor llamó al mozo, le pagó y le dió una buena propina; tomó otra copa de coñac, y padre e hija salieron del merendero, y, dando la vuelta a la casa, entraron en la parte de la Florida, obscura y desierta. A María le resonaban sin cesar en los oídos las notas del tango que acababa de oír.

X.

BUSCANDO EL CAMINO

Hacía una magnífica noche; el cielo, estrellado, resplandecía entre el follaje. Avanzaron los dos fugitivos a prisa, recatadamente; cruzaron un camino hondo y llegaron a la valla que limitaba la vía del tren.

--Por aquí debe haber un paso--dijo Aracil.

--Pero en la caseta habrá un guarda. No vayamos por ahí.

Siguieron a lo largo de la estacada, que era más alta que un hombre, buscando el sitio mejor para saltarla. Cerca del Puente de los Franceses, la vía estaba a mayor nivel que el terreno de ambos lados, de tal modo, que la altura de la estacada era grande por fuera, pero, en cambio, era pequeña por dentro. La caída, al saltar el obstáculo, no podía ser peligrosa.

Encontraron un punto en donde se levantaba un árbol al borde de la vía, embutido entre las estacas de la empalizada.

--Este es el mejor sitio--dijo María--. Vamos. Mira a ver si anda alguno por ahí.

--No, no hay nadie.

Aracil cruzó las dos manos fuertemente, para que sirvieran de estribo; María puso en ellas el pie izquierdo y se agarró al árbol. Al primer intento no pudo encaramarse; las faldas le estorbaron; pero luego, con decisión, apoyó el pie derecho sobre las estacas y saltó al otro lado, sin lastimarse ni desollarse las manos.

--¿Te has hecho daño?

--No. Nada. Anda tú ahora.

Aracil intentó subir a la valla, pero no pudo; se martirizaba las manos, y, convulso y jadeante, forcejeaba, hasta que, aniquilado por el esfuerzo, se sentó en el suelo, sollozando.

--Descansa, descansa un rato--dijo María--, y luego vuelves a intentar.

--¿Y si viene alguno?

--No, no vendrá nadie.

Estuvieron sentados en el suelo, a los lados de la valla. De pronto se oyó el trepidar lejano de un tren, que se fué acercando con rapidez.

--Ocúltate--dijo Aracil.

--¿En dónde?

--Junto al árbol.

Se ocultó María; Aracil se tendió en el suelo, y el tren avanzó despacio, con un estrépito de hierro formidable. Aparecieron las luces de la locomotora, y comenzaron a pasar vagones. De pronto, la máquina lanzó un silbido estridente y echó una bocanada de humo negro, llena de chispas, que saturó el aire de olor a carbón de piedra.

--Vamos a ver ahora--dijo María, cuando se perdió de vista el tren.

--Parece mentira que sea uno tan botarate--murmuró Aracil.

--Mira. Espera un momento--y María, sentándose en el suelo y tirando con violencia, arrancó el volante de su vestido.

--¿Qué haces?

María no respondió; hizo un nudo con las dos puntas del volante y lo colocó en una estaca, como un estribo. Resultó demasiado bajo, y Aracil tuvo que hacer otro nudo. Luego apoyó el pie y vió que se sostenía; se agarró al tronco del árbol, y, con alguna dificultad, logró saltar, no sin desollarse las manos y lastimado un pie. Al asalto, el gabán del doctor cayó fuera de la vía.

--Vamos--dijo Aracil.

--No; hay que coger el gabán. Si lo dejamos en el suelo, pueden averiguar por dónde nos hemos escapado.

Con ayuda del bastón recobraron el abrigo, guardaron el volante roto y echaron a andar por la vía. Comenzaron a cruzar despacio el Puente de los Franceses, pasando por encima del camino de la Florida y de la carretera del Pardo. Abajo, en un merendero, se zarandeaban unas parejas al son de un organillo. Atravesaron el río, pasaron por delante de la casilla, iluminada, de un guardagujas y entraron en la Casa de Campo. Nadie les salió al encuentro. Avanzaron por la posesión real rápidamente, subieron el talud de la trinchera por donde iba la vía, cruzaron la estacada, en la cual faltaban varias estacas, que dejaban hueco de fácil paso, y salieron a terreno de árboles y matas.

Marchaban los dos entre la maleza, desgarrándose las ropas, sin querer tomar el camino. Aracil iba callado; María tarareaba, sin querer, el tango que acababa de oír. No podía olvidar esta canción; la obsesionaba y perseguía de una manera fastidiosa y molesta.

Perdían mucho tiempo marchando por entre los árboles. Además, era imposible orientarse. No tuvieron más remedio que salir al camino, y, después de andar mucho, Aracil, manifestando un profundo desaliento, dijo:

--La casa de Isidro no está por este lado de la vía, sino por el otro. Tendremos que bajar y volver a subir, y yo estoy rendido.

--No, no es necesario; hay un puente allá.

Efectivamente, había uno por encima de la vía. Lo atravesaron rápidamente, y, poco después, vieron a una pareja de guardias civiles. Se ocultaron María y Aracil entre los árboles; cuando los guardias se perdieron de vista, siguieron andando, pero sin atreverse a marchar por el camino.

Ya comenzaba a clarear; las estrellas palidecían, las ramas de los árboles iban destacándose más fuertes en el cielo, todavía obscuro. Aracil se ponía los anteojos, miraba a un lado y a otro y se orientaba. Se acercaron a la tapia de la posesión real, y el doctor reconoció la casa de Isidro el guarda: una casa pequeña, que tenía un gran emparrado. La puerta aun no se había abierto.

--¿Qué hacemos?--preguntó Aracil--. ¿Llamaremos?

--No; habrá que esperar a que abran.

--Sí; será lo mejor. Vamos a ocultarnos por aquí.