La dama errante La raza, Tomo I

Part 5

Chapter 53,831 wordsPublic domain

Al cabo de algún tiempo, María recibió una carta de Brull, fechada en París, una carta larga, inquieta, exasperada y artística. Terminaba diciendo: «Alguna vez oirá usted hablar de mí. ¡Adiós!»

--¡Adiós!--dijo María, y rompió la carta con disgusto. Aquella gana de tomar la vida siempre en trágico le molestaba. Además, creía que Nilo Brull, sobre ser desagradable y antipático, era un farsante.

VII.

EL FINAL DE UNA SOCIEDAD ROMÁNTICA

La víspera de la fiesta, por la noche, el doctor Iturrioz fué a casa de Aracil; se sentó en su butaca, paseó la mirada por el cuarto, y, después de hacer la observación, que no olvidaba nunca, de que Aracil y su hija vivían muy bien, pidió a María una copa de coñac.

--¡Ah! ¿Pero puede usted tomar alcohol?--preguntó María, riendo y levantándose para servirle la copa.

--Hoy sí. Hasta el veintiuno de junio. Desde el veintiuno de junio en adelante no tomaré ya alcohólicos hasta el año que viene.

Luego, con la copa en la mano, dijo:

--¿Y qué os parece de este matrimonio? Vamos a ver cosas buenas en España.

--Yo creo que no pasará nada--aseguró Aracil.

--¡Qué sé yo! Hay un dato que a mí me intriga.

--¿Y es?--preguntó María.

--Es, con vuestro perdón, que el urinario que hay en la calle de la Beneficencia, delante de la capilla protestante, lo van a quitar.

--¿Y eso qué importa?--dijo, riendo, María.

--Mucho. Eso indica que los protestantes empiezan a tener fuerza. Ahora quitan el urinario, mañana quitarán la fe católica. El catolicismo va a marchar mal. ¡Una reina que ha sido protestante! Es grave. La verdad es que los reyes son siempre muy religiosos, pero, cuando les conviene, cambian de religión como de camisa. A nuestra aristocracia, tan católica, no le gusta nada la boda, y doña Dientes debe estar que echa las muelas.

--Eres un fantástico, Iturrioz--murmuró Aracil, que hojeaba un periódico de la noche.

--No; soy un hombre previsor.

--¡Bah!

--Pero vosotros no notáis lo que cambia Madrid. Toda la vieja España se derrumba.

--Yo no veo que se derrumbe nada--replicó María.

--Sí, sí; hay muchas cosas que se derrumban y que no se ven. Tú no sabes, María, cómo era el Madrid que hemos conocido nosotros. Todos eran prestigios. ¿No es verdad, Aracil? Echegaray, Castelar, Cánovas, _Lagartijo_, Calvo, Vico, Mesejo, ¡qué sé yo! Era un pueblo febril, que daba la impresión de un tísico que tiene la ilusión de sentirse fuerte. Y ahora nada, todo está apagado, gris. Se dice que todo es malo..., y es posible que tengan razón.

--Yo no encuentro tanta diferencia--replicó Aracil.

--No digas eso. Madrid, entonces, era un pueblo raro, distinto a los demás, uno de los pocos pueblos románticos de Europa, un pueblo en donde un hombre, sólo por ser gracioso, podía vivir. Con una quintilla bien hecha se conseguía un empleo para no ir nunca a la oficina. El Estado se sentía paternal con el pícaro, si era listo y alegre. Todo el mundo se acostaba tarde; de noche, las calles, las tabernas y los colmados estaban llenos; se veían chulos y chulas con espíritu chulesco; había rateros, había conspiradores, había bandidos, había matuteros, se hacían chascarrillos y epigramas en las tertulias, había periodicuchos en donde unos políticos se insultaban y se calumniaba a otros, se daban palizas y, de cuando en cuando, se levantaba el patíbulo en el Campo de Guardias, en donde se celebraba una feria, a la que acudía una porción de gente en calesines. De esto hace veinticinco o veintiséis años, no creas que más. Entonces, los alrededores de la Puerta del Sol estaban llenos de tabernas, de garitos, de rincones, lo que permitía que nuestra plaza central fuera una especie de Corte de los Milagros. En la misma Puerta del Sol se podían contar más de diez casas de juego abiertas toda la noche; en algunas se jugaba a diez céntimos la apuesta. Los políticos eran, principalmente, chistosos. Albareda se jactaba de no entender de política y de hablar caló. ¡Y Romero Robledo! ¿Hay algún hombre ahora como aquél? ¡Qué ha de haber! Don Francisco era un tipo magnífico. Siendo él un hombre honrado, tenía una simpatía por el ladrón completamente ibérica. Protegía a los bandidos andaluces y tenía en Madrid amistades con los mayores truhanes. Sólo este episodio que os voy a contar retrata la época. Solía dar don Francisco reuniones, a las tres de la mañana, en su despacho del ministerio de la Gobernación, y entre los invitados había desde gente riquísima hasta desharrapados, que se llevaban lo que veían: tinteros, plumas, tijeras, todo. Una vez el ministro vió que habían arramblado con un candelabro de más de un metro de alto. Aquello le pareció excesivo; llamó al portero mayor, le preguntó si sabía quién era el autor de la hazaña, y el portero dijo que uno de los amigos del señor ministro había salido con un bulto enorme debajo de la capa. Entonces don Francisco escribió una carta atenta a su querido amigo, diciéndole que, sin duda, inadvertidamente, se había llevado el candelabro; pero, como éste era necesario en el despacho, le rogaba que lo devolviera. ¿Qué crees, tú, María, que hubiera hecho un ministro de hoy?

--Llevarle a la cárcel al ladrón, probablemente--dijo ella.

--Con seguridad. Y entonces, no; había gusto por las cosas. Atraía lo pintoresco y lo inmoral. A la gente le gustaba saber que el Ayuntamiento de Madrid era un foco de corrupción; que un señor concejal se había tragado las alcantarillas de todo un barrio, y se reía al oír que los pendientes regalados por un matutero ilustre adornaban las orejas de la hija de un ministro. Yo comprendo que aquella vida era absurda; pero, indudablemente, era más divertida.

--Sí--dijo Aracil--; era más divertida.

--Luego, el que se creía austero y terrible, se hacía republicano. Claro que era una ridiculez, pero era así. Y el hombre se entretenía. Hoy la República no es nada.

--Sí; la verdad es que ha bajado mucho la pobre--exclamó Aracil--. Hoy ya tiene las trazas de un ideal de porteros. A mí, cuando me hablan de republicanos entusiastas, recuerdo siempre al conserje del hotel donde viví en París, y le veo con su mandil y su gorro redondo, refiriéndome anécdotas de Gambetta. Para mí, republicano y portero francés son cosas sinónimas.

--Ya ves, en cambio, a mí--dijo Iturrioz--, cuando pienso en un republicano, me viene siempre a la imaginación un fotógrafo de mi pueblo, hombre muy exaltado. Y luego, cosa extraña, a todos los fotógrafos que he conocido les he preguntado si eran republicanos, y todos me han dicho que sí. Yo no sé qué relación misteriosa existe entre la República y la fotografía.

--¿Y usted no es republicano, Iturrioz?--preguntó María.

--Yo, no; ni republicano ni monárquico; lo que soy es antiborbónico. Para mí, eso de Borbón es una cosa arqueológica y deletérea, como una momia que hiede; así, cuando me dicen: «Ahí va el príncipe tal de Borbón», me dan ganas de taparme las narices con el pañuelo.

--Un rey que no sea Borbón será muy difícil en España--dijo María.

--Por eso le parece bien a Iturrioz--saltó Aracil--, porque es absurdo.

--Lo que en el fondo le gustaría al país--dijo Iturrioz--es el rey caudillo, el rey guerrero; no reyes como los modernos, viajantes de comercio, matadores de pichones, automovilistas... Esto es ridículo.

--Y, ¿para qué un rey guerrero?--dijo María.

--Daría un poco de prestigio y un poco de alegría a España. Un pueblo no se puede regir por un libro de cuentas, y yo creo que si el español se va enfangando en esta corriente de mercantilismo, se deshará, se hará un harapo, perderá todas las cualidades de la raza.

--Pero, ¿usted cree que los españoles han cambiado de veras?--preguntó María.

--Sí.

--¿En veinte o treinta años?

--Sí; ha cambiado su manera de pensar, que es lo que más pronto puede variar en una raza. Un hombre del Norte discurre pronto como un meridional, si vive en el Mediodía, o al contrario; el pensamiento y la cultura se adquiere rápidamente; para que el instinto cambie, ya es imprescindible mucho tiempo; para que el color del pelo varíe, se necesita la vida de varias generaciones, y para que un hueso se transforme, ya son indispensables eternidades. ¿Cuántos miles de años hará que el hombre no mueve las orejas? Una atrocidad. Y, sin embargo, los músculos para moverlas los tiene todavía, atrofiados, pero existen. No; no hay que asombrarse de que los españoles hayan variado de manera de pensar en pocos años. El germen del cambio está ya en nuestro tiempo, y antes--siguió diciendo Iturrioz--mucha gente encontraba aquella vida falsa y superficial. La sociedad española era como un edificio cuarteado, pero que se iba sosteniendo. Viene la guerra de Cuba y la de Filipinas, y, por último, la de los yanquis, y se pierden las colonias, y no pasa nada, al parecer; pero la gente empieza a discurrir por su cuenta, y el que más y el que menos dice: «Pues si nuestro ejército no es, ni mucho menos, lo que creíamos; si la marina es tan débil, que ha sido aniquilada sin esfuerzo; si estábamos engañados en esto, es muy posible que estemos engañados en todo». Y desde este momento empieza a corroer el análisis, y suponemos que los escritores, y los políticos, y los oradores, y los ingenieros, y los cómicos españoles deben ser tan malos, tan ineptos como nuestros generales y nuestros almirantes; y suponemos que nuestros campos son pobres y hay quien lo comprueba, y cada español, que ve y observa por sí mismo, echa abajo toda la leyenda dorada de su patria. Y se acostumbra la gente a la crítica, y así resulta que hoy los prestigios nuevos no se pueden consolidar y los viejos han desaparecido. En España, actualmente, hay estos dos criterios: el del conservador, que lo mismo puede tener la etiqueta de íntegro como la de anarquista, que dice: «¿Esta es la ciencia oficial, la política oficial, la literatura oficial? Pues ésta, buena o mala, es la respetable». Y el del no conservador, que es todo hombre que discurre, que ha llegado a tal desconfianza por lo sancionado, que dice: «¿Esta es la literatura oficial, la ciencia oficial, el arte oficial? Pues éste es el malo». Entre uno y otro criterio no hay transacción posible. Así, no se afirma nada en España. ¿Qué queda de nuestra época? Nada. ¿Quién se acuerda ya de Castelar, ni de Cánovas, ni de Ruiz Zorrilla, ni de Campoamor, ni de Núñez de Arce? Nadie. Todo eso parece un peso muerto que la memoria de la gente lo ha echado ya por la borda, condenándolo al olvido. Hoy se empieza negando, por lo menos dudando, tratando de buscar la verdad, el positivismo..., y el poeta listo, el de la quintilla, que hace veinte o treinta años hubiera vivido sólo con eso, hoy se muere de hambre o tiene que entrar de escribiente; y el que se sintió chulo, se pone a llevar baúles, porque la chulería no da; y el matón de la casa de juego, se encuentra con que cierran todos los garitos; y el que soñó con hacer su pacotilla de concejal, ve que el Ayuntamiento se moraliza...; y el hampa se va..., y todo se va...; y así en España tenemos, no ya fracasados de la virtud, de la gloria y del arte, como en todas partes, sino fracasados de la inmoralidad, fracasados del agio, fracasados del chanchullo, como en política tenemos lo último de lo último: los fracasados del anarquismo.

--¿Y usted cree que eso es malo de veras?--preguntó María.

--Malo, no. A la larga es posible que sea la salud. Vamos hundiéndonos, hundiéndonos... Alguno encontrará tierra firme y volveremos a subir. Entonces renacerá España...

--_¡Incipit Hispania!_--exclamó Aracil.

--Y si cree usted esto, ¿por qué se queja?--preguntó María.

--¿No me he de quejar? ¿No ves que yo soy un hombre de otra época? Antes decían que hay en todas las sociedades tres períodos: el teológico, el metafísico y el positivo. Yo soy un tipo que está entre el período teológico y el metafísico. ¿Qué voy a hacer en esta sociedad positiva, como la que se intenta crear? ¿Me lo quieres decir, María? ¿No comprendes que quieren hacernos ingleses y somos españoles? No, no; esto es grave. Estamos asistiendo a la ruina de un mundo, al final de una sociedad romántica. Yo estoy asustado, y voy a hacer como dama Javiera, una señorita vieja de mi pueblo.

--Y ¿qué hacía esa dama Javiera?--dijo María, riendo.

--Pues la dama Javiera era una señorita de setenta años, que venía de tertulia a mi casa, cuando yo era chico. Dama Javiera, que ya tenía esta maldita tendencia analítica, que nos ha perdido a todos, jugaba a las cartas con mi abuela y con un cura viejo, que se llamaba don Martín, y entre jugada y jugada le preguntaba al cura acerca de cuestiones de religión: «¿Será posible esto, señor cura? ¿Podrá suceder tal cosa?», le decía. Y don Martín contestaba sentenciosamente: «Dama Javiera, conviene no escudriñar», y se apuntaba un tanto con una habichuela encarnada o blanca. Yo antes me reía; pero empiezo a creer que el consejo que daba a dama Javiera era muy exacto, y que conviene no escudriñar.

--Lo que no es obstáculo para que usted esté escudriñando siempre--repuso María.

--Es un defecto. Y tú, Aracil, ¿crees que este matrimonio cambiará algo España?

--Según. Si la reina es inteligente...

--Debe serlo--dijo María--. Es inglesa, de una familia donde abunda la gente lista.

--No; es medio alemana--repuso Iturrioz.

--¿Y usted no cree en las alemanas?

--No; en general, la mujer alemana es, poco más o menos, tan espiritual como una ternera.

--¡Estás adulador, chico!--dijo Aracil.

--Es mi opinión. Pero, yo, ya te digo: me alegraría que no pasara nada. Y no sólo para el porvenir, sino para mañana, se anuncian graves acontecimientos. Se dice que han venido dinamiteros.

--¡Fantasías!--murmuró Aracil.

--Pues yo he oído decir que hay un canguelo terrible; que el niño encuentra anónimos debajo de la almohada. A mí esto me indigna, te advierto. Estamos molestando tanto a estos pobres reyes, que se van a unir todos en apretado haz y se van a declarar en huelga. Y ¡a ver entonces qué hacemos en España con los uniformes de los alabarderos! Vamos tirando de la cuerda demasiado, y nos va a pasar con los reyes lo que nos ha pasado con los santos.

--Y ¿qué nos ha pasado con los santos?--dijo María.

--Nada, que han cortado la comunicación con la tierra. En fin, que esto se pone muy mal, y yo no pienso salir mañana, porque, chica, me estoy haciendo viejo y muy miedoso; si pasa algo me cogerá en la cama.

Iturrioz siguió fantaseando sobre una porción de cosas, hasta que, al dar las once, tomó su capa y se largó, después de dar las buenas noches y de exhortar, bromeando, a que tuvieran prudencia.

VIII.

EL DÍA TERRIBLE

Al día siguiente, María pensaba ir con su primo Venancio y sus hijas a Cercedilla, cuando se suspendió el viaje, porque la noche antes, Paulita, la menor de las niñas del ingeniero, cayó enferma con el sarampión.

Aracil fué a verla. El doctor tenía bastante trabajo por la tarde, y estaba, además, invitado a comer en casa del marqués de Sendilla. Había aceptado la invitación, creyendo que su hija iría de campo con Venancio, y como la enfermedad de la niña imposibilitaba la excursión, quedaron de acuerdo en que María, después de comer con el ingeniero, iría a casa de doña Belén, en donde la recogería Aracil.

Paulita, la enferma, era la predilecta de María, y deseaba que su tía estuviese constantemente a su lado, acariciándola y besándola.

--Yo no puedo permitir esto--dijo el ingeniero--; se te puede pegar la enfermedad.

--¡Qué se va a pegar una enfermedad de niños!

--¡Ya lo creo que se pega! Nada, nada; no estés ahí--y Venancio obligó a salir a la muchacha y a que se lavara con agua sublimada y desinfectara las ropas.

Comieron; María se encerró en el cuarto con las niñas mayores; pero la enfermita lo notaba y pedía que fuera a verla, y si no empezaba a llorar.

--Mira, lo mejor es que te vayas--dijo Venancio, que estaba algo preocupado con la enfermedad de la niña y con el temor de que su sobrina se contagiase--. La criada te acompañará.

--¿Para qué? Iré yo sola--y María se despidió de las niñas y tomó el tranvía rojo en el paseo de Rosales.

La tía Belén vivía en la calle del Prado; el tranvía llegaba hasta cerca de su casa. Al paso notó María que en las calles se hablaba animadamente, pero no prestó atención.

Serían las tres y media o cuatro cuando llegó a casa de la tía Belén. Llamó, pasó al gabinete y se encontró con que todos reunidos allí charlaban a la vez.

--¿Qué hay? ¿Qué ocurre?--preguntó.

--¿No sabes nada?

--No.

--Pues que han tirado una bomba.

--¿De veras?

--Sí.

--¿Y hay desgracias?

--Muchísimas. El tío Justo ha dicho que dos muertos; pero ahora dicen que hay cinco y una infinidad de heridos.

--¡Qué horror!

Y María dijo esto con esa solemnidad superficial con que se comentan los hechos que no se han visto ni sentido. Luego, de pronto, pensó en su padre y se alarmó: «¿Dónde estaría en aquel momento? ¡Él, que era tan curioso! Quizá habría ido al lugar del atentado.»

El tío Justo, la tía Belén, Carolina, unos señores y señoras que se hallaban de visita se enredaron en una conversación de anarquistas y de bombas, que a María comenzó a sobresaltar. Todos execraban el atentado, pero consideraban el crimen de distinta manera.

--Para mí son locos--aseguraba el tío Justo.

--No, son fieras--replicaba otro señor, fuera de sí, que era contratista de paños para el ejército, lo que le daba, sin duda, cierta inclinación a la violencia--; y había que cazarlos.

--Yo creo lo mismo--agregó Carolina--, y aun no me contentaría con cazarlos, sino que los haría sufrir antes.

--Yo no--y el tío Justo se paseó por el cuarto--; lo mejor sería deportarlos; a todos los que tengan esas ideas, que no estén conformes con la manera de vivir general, los llevaría a una isla y los dejaría allí, con aparatos y máquinas, para que trabajasen y viviesen.

--¡Qué aparatos ni qué máquinas!--exclamó el pañero, furioso--; hacerlos pedazos. «¿Es usted anarquista?» «Sí». «Pues tome usted», y pegarle un tiro a uno. Porque esos crímenes son cobardes e infames.

Y el señor repitió estas palabras, como si en aquel instante hubiera hecho un gran hallazgo.

--Sin embargo, ya verá usted--dijo el tío Justo--cómo se llega a hacer también la apología de este crimen.

--Pues yo, al que hiciera esa apología, le pegaría un tiro.

--La verdad es que esa pobre gente--murmuró la tía Belén, con voz plañidera--¿qué culpa tendrían? ¡Y esos pobres soldados! Porque yo comprendo que vayan contra un hombre, como Cánovas, y que lo maten.

--¡Claro!--dijo cínicamente el tío Justo--. Eso es mucho menos peligroso para nosotros, que no somos políticos.

María estaba cada vez más inquieta, pensando en su padre; la tía Carolina sobre todo, y los demás también, al hablar de anarquistas se referían a ella, reprochándole tácitamente que su padre tuviera tan nefandas ideas.

En esto llegó el marido de doña Belén con nuevas noticias: los muertos llegaban a diez. Había hablado con un amigo suyo, empleado en Palacio. Los reyes habían vuelto impresionadísimos; ella estaba con convulsiones y él lloraba emocionado.

--Es falso--gritó el pañero--. Ese señor le ha engañado a usted. El rey no ha llorado.

--Pero, ¿usted qué sabe?--le preguntó el tío Justo.

--Lo comprendo, porque un rey no llora.

--¿Por qué no? ¿Eso qué tiene de extraño?

El marido de doña Belén añadió que su amigo le había dicho que sólo uno de los grandes duques rusos, como acostumbrado a escenas de esta índole, estaba tranquilo, y que el tal había aconsejado al rey que saliera inmediatamente a dar un paseo por las calles, con lo que sería ovacionado por el pueblo. Al parecer, el rey no se había decidido. En cambio, el gran duque ruso había salido, de paisano, a ver la casa del crimen, y como en su real familia habían muerto de atentado varios individuos, y miraba ya, sin duda, con cierta familiaridad amable la metralla anarquista, había pedido a un jefe de policía que le regalara un trozo de bomba, porque hacía colección.

La tarde fué para María un verdadero suplicio. Tenía ganas de marcharse, pero esperaba porque había quedado de acuerdo en que su padre se le reuniría allí. Serían las seis cuando paró un coche delante de la casa; María, atenta a todos los ruidos de la calle, escuchó con ansiedad; se abrió la puerta del gabinete y una criada entró. A María le dió un vuelco el corazón.

--Señorita, haga usted el favor de salir, que la espera su papá.

María saludó rápidamente a los parientes y amigos y bajó de prisa las escaleras. Al ver a su padre comprendió algo grave. Aracil tenía el rostro desencajado, el cuerpo tembloroso, los labios completamente blancos. Llevaba un gabán al brazo, lo que en el era rarísimo.

--¿Qué hay? ¿Qué pasa?--fué a preguntar María; pero la voz expiró en su garganta.

Aracil, sin contestar a la interrogación muda, tomó el brazo de su hija y murmuró, casi sin aliento:

--Vamos.

--Pero ¿qué pasa?

--Que el que ha puesto eso es Brull.

--¿Él?

--Sí..., y me lo he encontrado..., y me ha pedido protección..., y le he llevado a casa... No sé a qué vamos por aquí... ¿Dónde podríamos ir? ¡Oh, Dios mío!... ¡Estoy perdido!

María oprimió el brazo de su padre.

--Serénate--le dijo--. Vamos a ver qué hacemos... ¿Qué piensas? ¿Qué quieres?

--No sé--exclamó Aracil--; no sé qué hacer... La cuestión sería que pudiese meterme en algún lado, disfrazarme y huír.

--Y ¿dónde podríamos meternos?

--¿Dónde? ¿Dónde?... No sé.

--En el hospital, quizá...

--Sí, vamos al hospital... ¿Cómo se te ha ocurrido eso?... Vamos, sí, vamos.

Tomaron por la calle del León, salieron a la plaza de Antón Martín y bajaron por la calle de Atocha. El doctor miraba a un lado y a otro, temblando de ser conocido. De pronto, Aracil apretó el brazo de su hija.

--¿Qué hay?--preguntó María, sobresaltada.

--¿No oyes? Un extraordinario con los detalles del atentado. Cómpralo. No, no lo leamos aquí.

Llegaron al Hospital General. El portero no les salió al encuentro; subieron por unas escaleras iluminadas con grandes faroles, muy tristes. Una monja se acercó al doctor a hacerle una pregunta. Aracil contestó como pudo y entró en el cuarto de guardia, seguido de su hija; cerró la puerta, y, sentándose luego en una silla, murmuró:

--Estoy rendido.

--Pero, al fin, ¿qué ha pasado? ¿Cómo ha pasado?--dijo María--. Cuéntalo todo.