La dama errante La raza, Tomo I

Part 3

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El aristócrata cliente de Aracil, el marqués de Sendilla, era un _snob_ de esos que gastamos en Madrid y Barcelona, que visten siempre sus ideas y sus gustos a la moda de hace quince años. El marqués quería ser europeo, anglosajón; pero siempre era un anglosajón atrasado. Se enteraba de todo tarde; era su desgracia. Se entusiasmaba con las novelas de Paúl Bourget, cuando ya todo el mundo las consideraba un poco cursis, y tenía el talento de tomar las ideas y las modas cuando iban a marchitarse y a ser olvidadas.

Era partidario de los muebles modernos, y, llevado por sus gustos, había convertido su antigua casa solariega en una barraca llena de mamarrachos y de objetos de bazar.

III.

EL PRIMO BENEDICTO

En casa de sus tíos conoció una tarde María Aracil a un pariente suyo, primo carnal de su madre, que acababa de quedar viudo, con cuatro niñas pequeñas.

El primo Venancio venía de una capital de provincia, donde había pasado bastantes años.

Al parecer, era una notabilidad en Geología, y lo llamaban para destinarle a los trabajos del mapa geológico.

El primo Venancio era hombre de unos treinta y cinco a treinta y seis años, de mediana estatura, barba rubia y anteojos de oro. Tenía la frente ancha, la mirada cándida, vestía un tanto descuidadamente, y en sus dedos se notaban ennegrecimientos y quemaduras, producidos por los ácidos.

Las cuatro niñas del primo Venancio, Maruja, Lola, Carmencita y Paulita, eran muy bonitas; las cuatro casi iguales, con los ojos negros, muy brillantes, los labios gruesos y la nariz redondita.

Al conocerlas, María sintió por ellas un gran afecto, y las niñas, al ver a su prima, experimentaron uno de esos entusiasmos vehementes de los primeros años.

--Ya nos veremos, ¿verdad?--dijo el primo Venancio a su sobrina, al despedirse.

--Sí--le contestó María.

--Ya les diré dónde voy a vivir.

Venancio estuvo dos veces en casa del doctor Aracil, y María comenzó a visitar con frecuencia a su primo.

Alquiló éste una casa cuya parte de atrás daba al paseo de Rosales; habilitó y dispuso, para vivir constantemente en ellos, los dos cuartos más grandes y soleados; en uno arregló su gabinete de trabajo y en el otro el de las niñas.

Puso su despacho sin pretensiones de lujo; sobre estantes de pino, sin pintar, colocó piedras, fósiles, calaveras de animales, gradillas con tubos de ensayo; en las paredes fué clavando fotografías de minas, planos geológicos, lámparas de minero de nuevos sistemas, anuncios de cables, de vagonetas, de sondas para perforar, de máquinas para triturar piedras. Venancio era entusiasta de su profesión y le gustaba rodearse de objetos y de estampas que le recordasen de continuo sus aficiones científicas.

Pasados los primeros días, en que el ingeniero recibió algunas visitas de parientes y amigos, no fué nadie por su casa. Cuando María encontró este oasis tranquilo, comenzó a acudir a él y a cultivar el trato de su pariente. El primo Venancio era hombre bondadoso e ingenuo. Sus estudios y las lecciones que daba a sus hijas le ocupaban el día entero. Venancio era un excursionista terrible; había subido a todos los montes de España, y se había bañado en las lagunas de Sierra Nevada, de Peñalara, de Gredos y del Urbión. Venancio se ocupaba casi exclusivamente de cuestiones científicas; lo demás le interesaba poco; la literatura le parecía una cosa perjudicial, y, en su biblioteca, las únicas obras literarias que figuraban eran las novelas de Julio Verne.

--¿No las has leído?--le dijo una vez a María, a quien ya tuteaba, por razón del parentesco--. No tienen gran valor científico, ¿sabes?, pero están bien.

María se llevó las novelas de Julio Verne a su casa; la entretuvieron bastante, y, además, le hizo mucha gracia encontrar cierto parecido entre los tipos de sabios de estas novelas y su primo Venancio. Desde entonces comenzó a llamarle, en broma, el _primo Benedicto_, recordando un tipo caricaturesco de la novela _Un capitán de quince años_.

Se acostumbró a llamarle así, y algunas veces se lo decía a él mismo, sin notarlo.

María y el _primo Benedicto_ se entendían muy bien.

Muchas tardes de otoño y de invierno iba ella a casa de su primo, y con él y con sus niñas marchaba al paseo de Rosales. Se sentaban allá; las niñas jugaban; Venancio y María daban a la comba, y venían otras chicas y hablaban todas y corrían por aquellas cuestas.

El _primo Benedicto_ no dejaba de ser un guasón, a su manera. Un domingo fueron a Cercedilla, Venancio con sus hijas, la tía Belén con las suyas y María. Iban subiendo el pinar para comer en lo alto; Venancio marchaba con su traje de franela, su sombrero de alpinista y la botella de aluminio en el cinto. En uno de los altos de la marcha, volviéndose a María, ingenuamente, le dijo:

--Esto es bastante tartarinesco, ¿verdad?

A María le dió tal risa, que tuvo que pararse para reír.

Venancio sonrió; sus observaciones plácidas tenían el privilegio de regocijar a María.

Era el primo un hombre sincero, que llevaba a la práctica lo que pensaba. Estaba dando a sus hijas una educación natural, aunque en Madrid pareciese absurda. Los juguetes de sus niñas eran las brújulas, las lámparas de minero, la cinta, las piritas de cobre cuadradas y brillantes.

--Todas estas saben ya algo de Mineralogía--le dijo una vez Venancio a María--. Pregúntales por cualquier piedra de las que hay aquí.

Cogió María un mineral con cristales cúbicos, de color gris.

--¿Qué es esto?--preguntó.

--Galena con láminas de plata--dijeron las tres chicas mayores.

El padre hizo un ademán afirmativo.

--¿Y esto otro amarillo?

--Blenda.

--¿Y estos cuadraditos dorados?

--Calcopirita.

--¿Y esto amarillo, de color de canario?

--Oropimente.

--Es veneno--añadió Maruja, la mayor--, porque tiene arsénico, y echa olor a ajo si se quema.

María se echó a reír.

--Pero ¡son unas sabias estas chicas! ¿Y estas piedrecitas azules?--siguió preguntando.

--Lapislázuli.

--¿Y estos cuadrados?

--Espato fluor.

--Ya es saber demasiado.

María llegó a tomar afición a aquellos minerales y aparatos de ingeniería, y, bajo la dirección de Venancio, comenzó a estudiar Química y la marcha general de análisis.

Como era muy atenta y estudiosa, en poco tiempo llegó a saber manejar los aparatos, los ácidos, el soplete, los tubos de ensayo, y consiguió analizar bien.

Su padre le aseguró que si arreglaba un pequeño laboratorio tendría trabajo.

IV.

AMISTAD

No existía buen acuerdo entre el _primo Benedicto_ y el doctor Aracil. La familia de Venancio no había visto con buenos ojos el matrimonio del doctor con la madre de María, porque, al parecer, Enrique Aracil, antes de casarse, y después de casarse también, tuvo sus veleidades de don Juan. María notó que existía un marcado antagonismo entre su padre y Venancio.

--Es un topo--decía Aracil--. De estos hombres que sirven para las cosas pequeñas y que no pueden llegar nunca a las ideas generales.

Las ideas generales constituían el caballo de batalla de Aracil. En el fondo, las ideas generales no eran para el doctor mas que las ideas de moda, aderezadas con unas cuantas ingeniosidades y chistes.

Venancio no iba a la zaga en criticar a los hombres de las ideas generales, y una vez, refiriéndose a un médico orador, dijo:

--Los hombres brillantes son la plaga de España. Mientras aquí haya hombres brillantes, no se hará nada de provecho.

María fué evidenciando la hostilidad, al principio latente, entre su padre y Venancio, y la achacó a divergencias de temperamento. Pensaba que el ingeniero sentía también algunos vagos celos de los triunfos de su padre. Sin embargo, le costaba trabajo atribuír una mala pasión a Venancio, porque, a medida que le trataba, veía en él más claramente un carácter limpio de intenciones tortuosas y de envidias. Venancio alababa con entusiasmo a los compañeros que llegaban a conseguir lo que él pretendía, y los alababa sin resquemor, con una buena fe extraordinaria. Para él la ciencia era como una gran torre hacia lo ignorado, que había que agrandar y completar, y casi le parecía lo mismo que la completara y agrandara un hombre u otro.

Aracil, con un criterio diametralmente opuesto, consideraba la Ciencia, el Arte o la Política como campos donde poner de manifiesto y destacar la personalidad, y estimaba el _sum-mum_ de la vida de un escritor, de un hombre de ciencia o de un artista el que el conjunto de las letras de su nombre se escribiera cien, dos cientos, quinientos años después de muerto.

En algunas cuestiones, Aracil y Venancio coincidían; pero era más una coincidencia superficial que otra cosa. Ambos sentían el mismo apartamiento por la vieja moral sancionada; pero, en Aracil, su protesta le servía como motivo de charla, y en Venancio era una convicción que llevaba a la vida.

Aracil no se había preocupado nunca seriamente de las ideas de su hija; en el fondo, creía, como buen meridional, que las ideas de una mujer no valen la pena de ser tomadas en serio.

En cambio Venancio, en el caso concreto de sus hijas, quería desenvolver la personalidad de las niñas, buscando la manera de armonizarla con el medio.

El hombre, según él, debía poner la vida entera en educar a sus hijos. Siguiendo su teoría, Venancio estaba a todas horas ocupadísimo.

--Siempre se habla a los hijos de los deberes que tienen para con los padres--decía él--. A quienes hay que hablar es a los padres de los deberes que tienen para con sus hijos.

Y esto, sin ser una gran novedad, era ciertísimo.

Venancio no quería llevar al colegio a sus chicas.

--Entre el miedo al diablo, el hacer trabajar la inteligencia sobre el vacío de estúpidas abstracciones y la falta de ejercicio, los colegios españoles estropean la raza. No dan mas que dos productos, y los dos malos: la mujercita histérica, mística o desquiciada, o la mujerona gorda y bestial.

María no aceptaba siempre las ideas de Venancio, y solían discutir. Fuera de las cuestiones filosóficas y literarias, de las cuales el ingeniero tenía un concepto demasiado sumario, en lo demás era un enciclopedista; una flor, una llave de luz eléctrica, un charco, una nube, un trozo de piedra, le servía de motivo para una larga y entretenida disertación científica.

María muchas veces le contradecía por oírle. Al principio de conocerle, sintió por el primo Venancio un afecto mezclado de efusión y de ironía.

El ver que el ingeniero la consideraba, no como una niña ni como una señorita impertinente, sino como una persona mayor, a quien se podían consultar los asuntos más graves y serios, daba a María una impresión de simpatía y de risa. Luego se fué acostumbrando a este trato de seriedad, y experimentó una sensación de paz al hablar y discutir con su primo.

Venancio poseía una gran calma y ecuanimidad; en caso de duda, siempre se inclinaba en un sentido conciliador. Muchas veces María se rebelaba contra la opinión sensata de su pariente, y replicaba con viveza alguna frase irónica, por el estilo de las del doctor Aracil; pero cuando le pasaba el pronto, convenía en que, casi siempre, Venancio tenía razón.

Muchas veces satirizaba la flema del ingeniero; pero lo cierto era que, a su lado, sentía un agradable bienestar. En general, con las demás personas, María era un poco burlona; la mayoría de las gentes conocidas le excitaban a mostrarse ingeniosa y aguda. A Venancio no le gustaban las frases chispeantes, que envuelven casi siempre desdén o mala intención, y cuando elogiaba a María, era cuando se mostraba juiciosa y humana.

--Me quiere--pensaba María--; pero me quiere como a una hija mayor.

Alguna vez sentía como un relámpago de coquetería, y, casi sin darse cuenta, llevada por su instinto de mujer, hacía un gesto o dirigía una mirada, que Venancio notaba en seguida, y, entre asombrado y confuso, contemplaba a María, con una gran inquietud en sus ojos castaños, de una mirada tímida y honrada.

--¿Por qué no me dice alguna vez que estoy bien, que soy bonita?--pensaba ella.

Algunos días María se presentó en casa de Venancio con traje nuevo, elegante, ágil y graciosa como un pájaro. En la calle oía elogios a su gallardía, y ella pensaba:

--¡Y él no me va a decir nada!

Y, efectivamente, él no sólo no le decía nada, sino que, al verla tan elegantona, desviaba la vista y le hablaba sin mirarla, como si sus atavíos le produjeran cierta cortedad y turbación.

Siempre que tenía tiempo de sobra, María iba a casa de Venancio y tomaba parte en las lecciones, y, cuando concluían éstas, se llevaba a pasear a las niñas.

María y sus sobrinas conocían todos los grandes y los pequeños encantos del paseo de Rosales.

Entre los grandes encantos de este paseo, podía considerarse como el mayor la vista del Guadarrama, azul en las mañanas de invierno, con su perfil hosco y sus crestas de plata; gris las tardes de sol, y violáceo obscuro al anochecer. La Casa de Campo tenía también perspectivas admirables, con sus cerros cubiertos de pinos de copa redonda. En otoño, las arboledas de esta posesión real presentaban una gama de colores espléndidos, desde el amarillo ardiente y el rojo cobrizo hasta el verde obscuro de los cipreses. El Manzanares, después de las lluvias otoñales, tomaba apariencias de un río serio, y se le veía brillar desde lo alto de los desmontes y deslizarse por debajo de un puente.

Los pequeños encantos del paseo consistían en ver cómo trabajaban los obreros en el parque del Oeste, en contemplar los estanques próximos a la Moncloa, bordeados de cipreses, y en seguir, con la mirada, los rebaños de cabras diseminados por los barrancos, en busca de la hierba corta nacida entre los escombros. Y aun con éstos no se agotaban los atractivos del paseo, pues quedaba todavía, como recurso, el presenciar los ejercicios musicales de los cornetas y tambores, instalados en los desmontes, y el ver cruzar los trenes, que se alejaban echando humo blanco, que flotaba en el aire como una nubecilla.

Daba la impresión este balcón del paseo de Rosales de esos cuadros antiguos y explicativos en los cuales el pintor trató de sintetizar las actividades de la vida entera. Al mismo tiempo que el tren echando humo, se veía cerca una casuca con un corral en donde los conejos jugaban y las gallinas picoteaban en el estiércol; cerca de los soldados, los golfos husmeaban en los alrededores de la antigua fábrica de porcelana.

El paseo, en algunas ocasiones, se llenaba de gente, y en los días de fiesta, de santos del rey o de la reina, había para los chicos el espectáculo sensacional de ver disparar las salvas de artillería...

Una noche de verano, muy estrellada, estaban en el despacho Venancio con sus hijas y María. Tenían el balcón abierto, y vieron cruzar el cielo una estrella errática, que dejó un rastro luminoso. Venancio quiso dar la explicación del fenómeno, y tuvo que remontarse hasta el sistema del mundo. Desde la atmósfera de la Tierra, por la que cruzan, incandescentes, los asteroides, pasó a hablar de los demás planetas: de Marte, con sus canales y sus fantásticos avisos enviados a nuestro mundo; de Venus y de Júpiter. Luego habló del Sol, de su tamaño, de la cantidad de fuerza que representa su calor, de las hipótesis que hay para explicar este incendio; después indicó esa estrella de la constelación de Hércules, hacia donde marcha con el Sol todo el sistema planetario; señaló la Osa mayor y menor, la constelación del Dragón, Casiopea, Vega, que dista de la Tierra 42 billones de leguas; Arturo, cuya luz tarda en llegar a nosotros veinticinco años, y, por último, se perdió en conjeturas, hablando de la Vía láctea y del espacio...

María experimentaba como un vértigo al sumergir la mirada en aquel éter desconocido, lleno de mundos ignotos... Las niñas se habían dormido; Venancio seguía hablando y María escuchaba y miraba al cielo.

--Y eso, ¿para qué?--preguntó, de pronto, María.

Venancio sonrió.

--Aunque tuviera una razón, un objeto el universo--dijo--, los hombres no lo podríamos comprender.

--¿Y si lo tuviera?--preguntó María, con ansiedad.

--Si lo tuviera, lo tendríamos también nosotros. Estaríamos dentro de una intención divina.

--¿Y si no lo tiene?

Venancio se encogió de hombros.

--Si no lo tiene--agregó María, con viveza--estamos desamparados.

Y al decir esto sintió un escalofrío, del relente de la noche.

--No hay que tener demasiada ambición--dijo Venancio, pensativo.

--Me voy, es muy tarde--saltó diciendo María.

--Te acompañaré.

Salieron, y, sin hablarse, fueron hasta casa de Aracil.

Desde aquel día, el ingeniero tomó a los ojos de María un carácter de sabio misterioso, que vivía trabajando en su laboratorio y observando las estrellas.

Las visitas tan frecuentes de María a casa de su primo no pasaron inadvertidas para sus tías.

--Chica, eso no se puede hacer--le dijo la tía Belén, hablando de esta cuestión.

--¿Por qué no?

--¿Qué va a decir la gente?

--Que diga lo que quiera. ¡A mí qué me importa!

--¡No te importa! ¿No te ha de importar? Yo conozco a Venancio y sé cómo es; pero otra persona puede pensar cualquier cosa mala.

--¡Psch! ¡Que piense!

--Es que esa indiferencia no se puede tener en sociedad. No se puede ser así.

--Pues yo no pienso ser de otra manera. Venancio es mi pariente y mi amigo; me da lecciones de cosas que a mí me sirven.

--Sí, y dicen que, mientrastanto, te hace el amor, que se ha enamorado de ti.

--¡Bah! No diga usted tonterías. Venancio es muy bueno y yo le tengo mucho cariño, y a sus hijas también. Y si la gente quiere creer otra cosa, ¡qué le voy a hacer!, no voy a dejar de ver a las personas que quiero, pensando en lo que dicen las que me tienen sin cuidado.

Este espíritu de independencia fué comentado entre los amigos y parientes de la casa de doña Belén, y el tío Justo, el filósofo de la familia, hombre muy casero, muy ordenado, muy indiferente y egoísta, pero de una gran probidad en las palabras, dijo:

--Yo creo, la verdad, que con el tiempo, todas las mujeres de algún corazón y de alguna inteligencia serán por el estilo de María.

La declaración cayó como una bomba, y la tía Belén afirmó que, aunque fuera verdad, era una impertinencia decirlo delante de sus hijas.

El tío Justo, hombre de gran sentido práctico, sabía poner los puntos sobre las íes, y a su audacia de expresión no arredraba nada. Alababa siempre a María por su deseo de trabajar y por su espíritu de independencia, pero solía decirle a quemarropa:

--Tu padre es un farsante--y añadía--: El que vale más de toda la familia es Venancio.

María no sentía ningún afecto por este viejo cínico, ni por su franqueza tampoco; porque, fuera de su juicio claro y exacto de las cosas, no tenía nada digno de estimación, y aun su veracidad le servía únicamente para ser lo más desagradable posible.

A consecuencia de estas visitas de María a casa de su primo, se habló de que el ingeniero debía casarse, y un día en que los dos se reunieron en casa de la tía Belén, ésta provocó la conversación del matrimonio de Venancio.

La buena señora creía cumplir una misión providencial preparando matrimonios, y apuró todos sus argumentos para convencer al ingeniero. Él la oía, unas veces afirmando con ella, otras, negando.

--Y a ti, ¿qué te parece?--preguntó Venancio a María--, ¿que me debo casar?

--No--contestó ella--; harías una barbaridad. Además, no vas a encontrar quien quiera cargar con un viudo con cuatro chicas.

Venancio se turbó.

--Pues yo creo que debía casarse--insistió la tía Belén--. Si no, estas niñas, ¿qué van a hacer cuando sean un poco mayores?

--Siempre estarán mejor que una con madrastra--replicó María.

--En fin, no sé--concluyó el ingeniero, pensativo--. Es difícil decidirse. Además, no me querrían. Es indudable.

María comprendió que había ofendido a Venancio, y lo sintió en el alma. Muchas veces pensó después en la manera de enmendar su salida de tono, pero temía echarlo a perder. Sin embargo, veía que su frase había herido a su pariente, y pensar que devolvía con una broma dura y cruel las atenciones que tuvo siempre con ella, le llenaba de tristeza.

V.

ANARQUISMO Y RETÓRICA

Un acontecimiento, que tuvo una gran importancia en la vida de Aracil y de su hija, fué una sencilla conferencia que dió el doctor en el Ateneo.

Algunos de sus admiradores de la docta casa le invitaron, con insistencia, a hablar, y Aracil, después de resistir un poco, aceptó y dijo que su trabajo versaría acerca de «El anarquismo como sistema de crítica social».

El doctor recogió sus ideas sobre esta cuestión y escribió algunas cuartillas, y una noche en que fué a visitarle Iturrioz, le leyó su trabajo.

Aracil, que se conocía bastante bien y sabía hasta dónde alcanzaba su decantada originalidad, consideraba a Iturrioz como un receptáculo de originalidades en bruto y como un comprobador de sus ideas. Por esta razón nunca había presentado a su amigo en los sitios que él frecuentaba, y a Iturrioz, que era ingenuo y, como él decía, uno de los defensores de la antiliteratura y del antihumanismo, no se le podía ocurrir que sus frases toscas las luciera su amigo, un poco mejor aderezadas, como ocurrencias chispeantes.

La tesis que defendió Aracil en su «Memoria» no era nueva ni mucho menos: se reducía a sostener que el anarquismo es la forma actual del análisis y de la crítica, y que los sistemas anarquistas o ácratas conocidos no son, en el fondo, mas que formas caprichosas y sin ningún valor del socialismo utópico.

Según Aracil, en el pensamiento existen siempre ideas y juicios propios, individuales, e ideas y juicios prestados, impuestos, aceptados por inercia espiritual. Las ideas adquiridas o heredadas estaban reconocidas y sancionadas por el temor, por la inutilidad o por la costumbre; las ideas individuales, propias, contrastadas por la razón, nacían de una tendencia analítica; pero, en general, pugnaban contra el ambiente. Estas tendencias analíticas, impulsos de nuevos conocimientos, iban, históricamente, constituyendo la Filosofía, la Crítica y la Ciencia, en último término.

Al descender la tendencia analítica desde la altura de los hombres ilustres a la masa, había creado el anarquismo, llamando así a la crítica pura, no a la arbitraria concepción de la sociedad sin Estado.

«Claro que es natural--leyó Aracil--que el hombre cuyas ideas estén expuestas a una nueva contrastación, varíe sus ideales y hasta modifique la noción central de su pensamiento. Esto carece de importancia en el escritor o en el filósofo, pero la tiene grande en el político, que debe poseer la habilidad de no dejar traslucir sus desilusiones ni la variación de sus puntos de vista, pues la masa no sigue la evolución de las ideas en un hombre, y atribuye siempre a motivos interesados lo que puede ser sólo producido por motivos intelectuales.»

Aracil siguió leyendo su «Memoria», y, cuando concluyó, mirando a su amigo, dijo:

--¿Qué te parece?

--Bien.

--¿Lo encuentras razonado?

--Sí.

--Pero, bueno, ¿qué objeciones se te ocurren?

--Muchas--y el doctor Iturrioz quedó pensativo, mirando al fuego--. Claro que me parece natural y lógico en toda persona joven, sana y honrada, ser rebelde, inmoral y ateo. ¿No te molesto, María?

--No; por mí, puede usted hablar--dijo María, que bordaba a la luz de la lámpara.

--Sí--murmuró Iturrioz, y sacudió con las tenazas las leñas que ardían en la chimenea--; todo hombre fuerte, inteligente, que conserve sus tejidos cerebrales jugosos, tiene que ser un negador en presencia de la estupidez de las leyes y de las costumbres. Ahora, cuando va viniendo el cansancio y el temor de no poder luchar contra el medio social, estado que probablemente procederá de una atonía, quizá de la esclerosis del sistema nervioso, entonces se va acabando la rebeldía, se acepta la moral, se reconoce la legitimidad de la religión. Esto no quiere decir mas que laxitud y fatiga. ¿Por qué he transigido yo en la casa de huéspedes donde vivo con un cura imbécil que me molesta todos los días? Por fatiga.

--¿Y tú crees--preguntó Aracil, viendo que el buen ogro de Iturrioz divagaba--que debía sostener en mi «Memoria» francamente la anarquía?