La dama errante La raza, Tomo I
Part 12
María entró en el desván donde se guardaban útiles de labranza, y vino con el palo de un azadón.
--¿Si lo pusiéramos así, atravesado en la ventana? ¿Eh?
--Sí; podría servir.
El palo era bastante más largo que la anchura de la ventana; la cuestión era que no se escurriese. Ataron la faja al centro del astil y vieron que se sujetaba muy bien.
--Vamos allá. Baja tú primero--dijo Aracil--; yo tendré cuidado con que no se escurra el palo.
María sacó el cuerpo fuera de la ventana y se agarró a la faja; Aracil fué sosteniéndola desde arriba, y la muchacha llegó al suelo sin hacerse daño.
El doctor iba a descolgarse, pero pensó que, al soltar la faja, el palo del azadón, bastante pesado, caería en el interior del pasillo y produciría un gran ruido.
--¿Qué pasa?--dijo María.
--Espera un momento.
Aracil sacó su pañuelo, lo rompió en dos tiras y ató con ellas el palo del azadón en los pernios de las ventanas.
--Pero, ¿qué hay? ¿Por qué no bajas?
--Espera. Hazme el favor.
Cuando concluyó de sujetar el palo se echó fuera de la ventana y se descolgó sin dificultad.
Siguiendo el callejón, entre dos tapias de piedra, salieron a la calle.
La luna brillaba en el cielo y asomaba su faz blanca por encima de un tejado; su luz dividía la calle en una zona obscura y otra muy clara; en ésta se veían las fachadas torcidas, ruinosas, con balcones viejos y derrengados, y se pintaban en ellas sombras negras y dentelladas de los aleros grandes y de los saledizos. Las piedras del suelo se dibujaban con fuerza. Arrimándose a las paredes, Aracil y María avanzaron por la zona de sombra, cortada a trechos por la luz que entraba por los callejones.
Una mujer abrió un balcón y echó una palangana de agua. Después vieron a un sereno envuelto en la capa, con el chuzo, cuyo acero brillaba a la luz de la luna, que cantó la hora melancólicamente.
Salieron de la aldea; a ratos rompían el silencio de la noche los aullidos tristes de los perros. Al pasar por delante de una casa aislada, les salió al encuentro un perrazo, que lanzaba un ladrido estruendoso. Aracil sacó el revólver y lo amartilló. El perro siguió ladrando y amagando morder, hasta que abandonó la partida, gruñendo.
El camino para Jaraíz estaba bien indicado; el encontrar después el de Casatejada sería, indudablemente, más difícil. A la hora u hora y media de salir de Cuacos, llegaron a Jaraíz. No entraron en el pueblo; pasaron por delante de una fragua iluminada.
--Espérame un momento--dijo Aracil--, preguntaré aquí.
Quedó sola María en el camino, y al poco rato volvió el doctor.
--Vamos bien--dijo.
Siguieron el camino. La claridad tenue de la luna iluminaba el campo yermo, desnudo y seco; un mastín, a lo lejos, atronaba el aire con sus ladridos. Padre e hija comenzaban a rendirse; se sentaban a veces en los riberos a descansar.
Era más de media noche cuando llegaron delante de un arenal, surcado por un río caudaloso. Brillaba sobre la arena, como si fuera de azogue; la claridad indecisa de la luna rielaba en sus aguas, y salía de él un murmullo misterioso y confuso.
Anduvieron los fugitivos por la orilla a ver si encontraban algún puente o alguna barca, pero no hallaron ni una cosa ni otra. ¿Qué hacer? El río, siniestro, ancho, silencioso, parecía una gran serpiente dormida en la arena. El verlo tan brillante les espantaba; el detenerse allí les podía perder.
--Este río es el Tiétar, y debe ser poco profundo--dijo Aracil--; el que por aquí venga el camino y no haya puente demuestra que esto es un vado.
--Vamos a verlo.
Se descalzaron los dos y fueron entrando en el río. Al principio no había apenas fondo, pero a los ocho o diez metros comenzaba a subir el agua muchísimo.
--Hay que volver--dijo Aracil.
--Y ¿qué haremos?
Era muy difícil contestar a esta pregunta. El río llevaba bastante corriente; perdiendo el pie y no sabiendo nadar, podía suceder una desgracia.
--Esperemos a ver si aclara un poco--murmuró Aracil, desalentado.
Se tendieron a la orilla del río. Estaban los dos rendidos, febriles, mudos. En esto se oyó a lo lejos el galopar de un caballo.
--Viene alguien--exclamó el doctor, sobresaltado--. ¿Será la Guardia civil? Entonces, estamos perdidos.
Al entrar el jinete en el arenal del ancho cauce del río, dejó de oírse el ruido de las herraduras del caballo; pero, en cambio, se fué haciendo cada vez más próximo el choque de los arneses y de las correas en el silencio de la noche.
No era la Guardia civil, sino un hombre solo, que venía en un caballo blanco. El hombre no debía conocer el camino, porque quedó desconcertado al encontrarse delante del río, sin puente para pasar; miró más arriba y más abajo de la orilla, y se decidió a meterse en el agua.
--¡Eh, buen hombre!--le dijo Aracil.
--¿Qué hay? ¿Quién me llama?
--¿Podría usted pasarnos en el caballo?
--No puede ser; tengo prisa.
--Se le pagaría lo que fuera.
--No quiero perder tiempo.
El hombre se dispuso a atravesar el río a caballo, y como para darse ánimos, cantó:
¡Arriba, caballo moro! Sácame de este arenal, que me vienen persiguiendo los de la Guardia imperial.
--¡Vaya, salga lo que saliere!--dijo Aracil--. Agárrate a mí, María. ¡Fuerte!
El doctor se cogió con las dos manos a la cola del caballo, y María, a la cintura de su padre. Avanzaron en el río. El agua fué subiendo, subiendo; les llegó al cuello; el doctor y su hija sintieron el espanto de la muerte próxima; luego el agua comenzó a bajar, el caballo dió una sacudida y se desasió de las manos del doctor, y éste y María se encontraron dentro del río, con agua hasta media pierna. Fácilmente ganaron la orilla opuesta. El hombre del caballo picó espuelas y se alejó de allí al trote.
Aracil y María salieron con las ropas chorreando agua y temblando por la humedad y el frío. María tiritaba estremecida, y su padre, asustado, sin pensar ya en la huída, intentó encender fuego; casi todas las cerillas que llevaba estaban mojadas; algunas, sin embargo, servían, y pudieron hacer una hoguera y secarse un poco las ropas.
El alba comenzaba a apuntar en el horizonte, y el velo azafranado de la aurora se esparcía por la tierra cuando Aracil y María volvieron a comenzar la marcha. Al amanecer cruzaron la vía del tren. A la claridad gris de la mañana, en medio de campos de trigo, se veía un pueblo. Una estrella brillaba en el Oriente; comenzaban a cacarear los gallos.
Iban por el camino, muertos de cansancio, cuando de pronto oyeron gritar:
--¡Aracil! ¡María!
Se volvieron, sobrecogidos. Delante de ellos, a caballo, estaban Venancio y Gray.
--Vamos--dijo el inglés--; a montar.
Subió Aracil a la grupa del caballo de Gray, y a María la levantó Venancio hasta sentarla en el arzón delantero, y al trote llegaron a la carretera. Allí esperaba un automóvil rojo y un hombre. Encargó el inglés a éste que llevara los caballos al pueblo; en el coche montaron Venancio, Aracil y María. El inglés dió al manubrio para poner en movimiento el motor, luego subió a su asiento, soltó el freno, y el automóvil comenzó a marchar de una manera vertiginosa.
Explicó Venancio al doctor y a su hija que por la mañana habían sabido por un propio, enviado por Iturrioz, que estaban en Cuacos, y este propio, que era el _Ninchi_, les vió al pasar el Tiétar, aunque no les reconoció. Al decirles que se había encontrado en el camino y cerca del río con un hombre y una mujer, el inglés y él supusieron si serían ellos.
Aracil contó lo ocurrido en Cuacos, y pensando que quizá en aquella hora se habrían dado cuenta ya de su fuga, experimentó una gran angustia.
Comenzó a hacerse de día; la luna se ocultaba; algunas estrellas parpadeaban aún en el cielo; la sierra de Gredos comenzó a aparecer azul, entre nieblas blancas, como una muralla almenada; luego se derramó el sol por el campo, quedaron jirones de nubes sobre los picachos angulosos de la sierra, y poco después la montaña desapareció como por encanto...
El inglés conocía muy bien el camino que habían de seguir; bajaron hasta Trujillo, y seis horas más tarde entraban en Portugal.
XXVIII.
EN PORTUGAL
En el primer pueblo de la frontera portuguesa se detuvieron y pararon en una posada. María experimentaba un gran malestar y sentía los pies como si le estuvieran ardiendo.
--¿Qué tienes?--le dijo su padre.
--No sé.
Cuando intentó descalzarse, no pudo: tenía hinchado los pies; Aracil le cortó los zapatos; luego, para arrancarle las medias, hubo que hacerle mucho daño, y María aguantó el dolor sin quejarse.
--¡Qué valiente!--dijo Venancio, enternecido.
--¡Oh! Mucho, mucho--exclamó el inglés, lleno de asombro.
Tenía María los piececitos tumefactos, hinchados y llenos de sangre. El inglés llevaba unas pastillas de sublimado, que se disolvieron en agua, y Aracil lavó y vendó los pies de su hija. Al concluír de vendarle, el doctor, que estaba arrodillado, besó a María en la pierna, con gran efusión, llorando.
Ella tendió los brazos a su padre, y estuvieron los dos un momento abrazados.
No había tiempo que perder. Entre Aracil y Gray llevaron a María al coche, y Venancio se despidió de ellos.
--Yo tengo que volver a Madrid.
Aracil le dió los papeles de Isidro el guarda, encargándole que se los entregara lo más pronto posible, y María le dijo que le diera las gracias y le contara cómo habían pasado la frontera. Venancio abrazó a su sobrina y dió la mano al doctor y al inglés, que siguieron su camino, internándose en Portugal.
El inglés tenía un amigo y paisano, dueño de unas minas, en cuya casa se acogerían.
--Ahora tomaremos hacia Coimbra, adonde llegaremos al caer de la tarde, y por la noche estaremos ya donde vive mi amigo.
Al principio, la carretera marchaba entre grandes alcornoques, con la parte baja del tronco descortezada y rojiza; luego el paisaje se iba haciendo más suave y más verde. Cruzaron extensos pinares. En la base de los pinos, y debajo de sus heridas elípticas, se veían vasos de arcilla, que iban recogiendo la resina de color de cera. Pasaba todo a los lados del automóvil de una manera vertiginosa: casas, bosques, árboles, caminos.
Aracil iba como en un sueño; el cansancio y el aire le dejaban amodorrado; María sentía una gran pesadez en la cabeza, y temblaba, con escalofríos.
Pasaron al anochecer por Coimbra, y ya entrada la noche, llegaron a un pueblo muy pequeño, con una plaza grande con árboles. El automóvil se detuvo frente a una casa, con las ventanas iluminadas. Salió un mozo a la puerta, y el inglés le preguntó por su amigo.
--¿Está?
--Sí. Pero ahora tiene una comida.
--Bueno, que salga.
--Es que me ha dicho el señor...
--Nada, dile que salga.
El mozo volvió al poco rato con el dueño de la casa, un inglés de unos cuarenta años, joven, calvo y rojo, a quien Gray explicó lo que pasaba.
--Está bien. Está bien--dijo el minero. Abrió el automóvil y dió la mano al doctor para que bajara; luego, sin más ceremonia, tomó a María en brazos y se la entregó a Gray, que fué subiendo con ella las escaleras hasta una habitación del primer piso.
--Estos señores son unos parientes míos que se van a quedar aquí unos días--dijo el minero a la criada, chapurrando el portugués; luego, dirigiéndose al mozo, advirtió--: Acompaña a este señor a colocar el automóvil--. Ahora--añadió, inclinándose ante María--perdonen ustedes, porque tengo una comida con unos portugueses que quieren venderme unas minas.
Y el inglés se fué; María, Aracil y la criada se quedaron en un cuarto grande y destartalado. María, ayudada por la muchacha, se acostó en una cama dura y pequeña, y Aracil se tendió en un sillón.
XXIX.
DESCANSAN
Al día siguiente, Aracil notó que su hija tenía mucha fiebre. Las heridas de los pies no eran bastante causa para una elevación tan grande de temperatura. Al anochecer decreció la fiebre. Aracil supuso si sería ésta consecuencia del desgaste nervioso de los días anteriores; pero, a media noche, volvió de nuevo la calentura, y Aracil comprendió que había algo palúdico, y supuso que en la noche de la huída, al quedarse a descansar en la orilla del Tiétar, habría cogido la enfermedad.
Durante casi toda la noche María estuvo delirando. La obsesión, en su delirio, era el río.
--El río..., el río...--exclamaba--; ten cuidado..., nos vamos a ahogar...--y se erguía en la cama, temblorosa, con los ojos muy abiertos--. ¡Ah!, ya hemos pasado...
Y volvía siempre a la misma idea.
Aracil estaba muy inquieto con la enfermedad de su hija, y preguntó al minero si el médico del pueblo era hombre inteligente.
--Sí, sí; mucho.
--¿Se le podría llamar?
--Sin inconveniente alguno. Es persona de confianza.
Se llamó al médico, un hombre joven y de mirada abierta, que examinó a la enferma y dijo que se trataba de una fiebre intermitente. Le marcó el tratamiento, que a Aracil le pareció bien, y María, a los cuatro días, comenzó a mejorar y a tener menos fiebre.
Gray anunció que se marchaba a Madrid.
--¿Qué piensa usted hacer?--preguntó, al despedirse, al doctor.
--No sé todavía. Nos iremos cuando María esté mejor.
--¿Adónde?
--El caso es que todavía no lo hemos pensado. Toda nuestra preocupación era salir de España, y nos parecía tan difícil, que no hemos formado ningún proyecto para después.
--Pero ahora tendrán ustedes que decidirse.
--Yo no sé si en Francia...
--En Francia les expulsan a ustedes.
--¿Usted cree que será mejor ir directamente a Inglaterra?
--Mucho mejor; en Inglaterra vive todo el mundo.
--Pues nos iremos a Inglaterra.
--Yo le diré a mi amigo el minero que se entere cuándo sale un barco de Lisboa, sin tocar en España, y les dejaré una carta para un hotel de Londres.
--Muchísimas gracias.
Tom Gray saludó a María y se fué.
A la semana de estar en el pueblo, María comenzó a entrar en la convalecencia, y a medida que la muchacha mejoraba, su padre iba poniéndose inquieto, nervioso y triste. El menor ruido que oía en la calle le sobresaltaba, y sentía miedo y ganas de llorar por cualquier cosa.
Cuando María comenzó a levantarse, Aracil tuvo que guardar cama unos días. El doctor Duarte, el médico del pueblo, le recomendó que se pasara el día en el campo, porque se encontraba débil y neurasténico.
María, en la convalecencia, estaba encantadora, perezosa, sonriente, lánguida como una niña. Nadie hubiera supuesto en ella una mujer enérgica y atrevida. Vivía sin salir de casa; la ventana de su cuarto daba a una llanura verde de viñedos y maizales, cerrada en el fondo por unas colinas, sobre las cuales parecía marchar, como una procesión fantástica, una larga fila de cipreses, que terminaba en el cementerio.
Solía sentarse María al lado del cristal, y conversaba con la criada, una muchachita del país, de un tipo oriental o judío.
Se entendían bien, hablando una portugués y la otra castellano, y simpatizaban hasta cierto punto, aunque María notaba que la portuguesa tenía un sentimiento de hostilidad por los españoles. Contaba la muchacha que, en Lisboa, la mayoría de los ladrones, chulos y perdidos eran españoles. María le replicaba que en todas partes había mala gente, pero la otra no se daba por convencida.
La nota contraria a la de la muchacha la daba Aracil, a quien el minero había presentado a sus relaciones como un ingeniero francés que venía a visitar las minas. El doctor se dedicaba, cuando hablaba con María, a satirizar a la gente del pueblo.
--Esta es la tierra ideal para los vanidosos--le decía.
--¿Por qué?
--Porque aquí todos somos vuecencias y excelencias y excelentísimos señores. ¡Qué gente más petulante!
--En España también hay algo de eso--replicaba María.
--Sí, en el papel. ¿Tú has visto alguna vez que los españoles nos tratemos de excelencia? ¡Y esos tratamientos son tan cómicos algunas veces! El otro día le faltaban al director los partes de la mina, y anduvo buscándolos como loco; por fin, entró en la cocina, donde el muchacho que los trae estaba comiendo, y vió los partes en el suelo, entre basura y cáscaras de patata: «¡Mira dónde están los partes!», gritó el director con voz de trueno; y el chico se levantó, se sacó el sombrero, y dijo, cachazudamente: «Sí; los tenía ahí para dárselos a Su Excelencia». Yo, que presencié la escena, no pude contener la risa.
--Sí. Es cómico.
--Y luego, ¡qué sentimentalismo! ¡Esta gente está degenerada! El otro día, el inglés despacha al mozo de cuadra, y el mozo empieza a llorar; por la noche, riñe a la cocinera, porque ha quemado la comida, y a la mujer se le saltan las lágrimas... Es grotesco.
--Sí; debe ser una gente sentimental.
--Este es un pueblo elegíaco, como el pueblo judío. ¡No hay mas que oír esos fados tan tristes, tan lánguidos!
--Pero, a pesar de todo, se parecen mucho a los españoles.
--¡Ca! ¡Díselo a ellos, que aseguran ser de distinta raza! Ellos encuentran una serie de diferencias físicas y psicológicas entre los portugueses y los españoles. Dicen que son más europeos, más cultos, y es posible; que saben francés, que nosotros somos más brutos, lo que también es muy posible; que son más sociables, también debe ser cierto. Lo que es indudable es que no hay simpatía entre nosotros y ellos.
--Sí; eso es verdad.
--Y no puede haberla. Estos son ceremoniosos, hinchados, siempre petulantes; nosotros, malos o buenos, somos más sencillos.
--Pues el doctor Duarte, que ha venido a visitarme a mí, me ha parecido una persona sencilla.
--Sí; ese es de los pocos sencillos de aquí... Y es curioso, es anarquista.
--¿Sí?
--Sí. La otra noche, paseando por la plaza, me decía, con cierta pena: «En Portugal no habrá nunca anarquistas. Este es un pueblo blando e indolente. En España hay más viveza, más fibra», añadía él. Y es verdad. Son tipos lánguidos que parecen criollos, sin la exasperación de los americanos. Es una gente de sangre gorda, que no tiene nada dentro.
XXX.
SE VAN
A las tres semanas de estar en el pueblo, el minero inglés les dijo que había recibido la noticia de que un barco, el _Clyde_, saldría al día siguiente de Lisboa para Londres, sin parar en ningún puerto de España. Además, convenía que se fueran, porque en el pueblo se comenzaba a hablar mucho de ellos, lo cual podía ser peligroso.
Se decidieron; el minero les entregó una carta de Gray para un hotel-pensión de Londres, y ordenó a su secretario que les acompañara a Lisboa y les dejara instalados en el vapor.
Después de almorzar, salieron los tres en coche, y cruzaron durante una hora por entre pinares. El cielo estaba nublado, amenazando lluvia.
Llegaron a la estación, esperaron una media hora, y tomaron el sudexprés. El mozo del tren les hizo pasar a un departamento, en el cual iba solo un joven de quevedos y sobretodo gris, María se acurrucó en un rincón y cerró los ojos.
Pensaba en los incidentes del viaje a pie, que en pocos días tomaban en su imaginación la vaguedad de recuerdos lejanos, interrumpidos por impresiones de una extraordinaria viveza.
La rotura brusca de la vida normal le había modificado del tal manera las perspectivas de las cosas y de las personas, que la vida suya, la de su padre y la de su familia, las encontraba distintas a como las había visto siempre.
El joven del sobretodo gris se puso a hablar con el doctor y con el secretario del inglés. Este joven, elegante, era un portuguesillo un tanto finchado, que hablaba español muy bien; dijo que era diputado conservador y partidario de la dictadura. Tenía a gloria el ser amigo de todas las bailarinas y _cantaoras_ de Madrid y de Sevilla.
María, a quien no interesaba gran cosa la conversación del diputado, salió al corredor del tren. Había obscurecido ya; por delante de la ventanilla pasaban rápidamente los árboles y casas. Estaba lloviendo. El tren rodaba, con un ritmo monótono, por el campo.
De tarde en tarde se detenía en una estación solitaria; se oía un nombre, pronunciado de una manera lánguida; se veía a la luz de unos faroles un paseo con unas acacias, que lloraban lágrimas sobre el asfalto del andén, y seguía la marcha.
María estaba impaciente, ansiando llegar. Se puso a leer los anuncios colocados en el pasillo del vagón; eran casi todos de hoteles y casinos de esos pueblos cuyo nombre sólo da una impresión de fiesta y placer: Niza, Ostende, Montecarlo, Constantinopla, El Cairo...
Paseó María de un lado a otro del largo vagón, y se detuvo al oír hablar castellano a dos señoras. Le parecía que hacía ya un tiempo largo que no había oído su lengua.
Entró de nuevo en el coche; el diputado, el secretario del inglés y Aracil, seguían charlando de política.
Serían las once de la noche cuando se comenzaron a ver las luces de Lisboa; brillaban los focos eléctricos en el aire húmedo; se pasó por delante de una avenida iluminada. Llegaron a la estación, bajaron en un ascensor hasta una calle, tomaron un coche, y el secretario indicó al cochero dónde debía pararse.
Llovía a chaparrón. Cruzaron entre el diluvio, que convertía las calles en torrentes, y fueron por la orilla del río hasta un muelle, en donde pararon. Los fanales eléctricos de un barco brillaban y se balanceaban en los palos como estrellas. Un farol rojo iba y venía por la cubierta.
Se detuvo el coche, y entraron los tres, de prisa, en el barco. Era el _Clyde_. Se les presentó un marinero, envuelto en un impermeable. El secretario llamó a un empleado del barco, que indicó sus camarotes a María y a su padre. Luego el secretario se despidió afectuosamente de ellos y los dejó solos.
XXXI.
EN EL MAR
María ha salido sobre cubierta a respirar el aire de la noche.
El _Clyde_ marcha a toda máquina, en medio de una obscuridad densa.
El cielo está cerrado y sin estrellas; las olas sombrías se agitan como una manada confusa de caballos negros, y van y vienen en el misterio del mar.
En medio de las tinieblas de este abismo caótico de agua y de sombra, María respira con fuerza y se siente segura y tranquila. El aire salobre le azota el rostro con ráfagas impetuosas; silba el viento, y las olas, cargadas de espuma, parecen cantar y quejarse en los costados del buque.
La hélice se hunde en el agua; las máquinas retiemblan, y estos rumores roncos son como burras de triunfo, voces atronadoras de un dios padre y protector de la civilización, bastante fuerte para vencer las cóleras del viento unidas a las cóleras del mar.
De cuando en cuando, la sirena del _Clyde_ lanza un aullido formidable en medio de la negrura de la noche, y se oyen a lo lejos, muy amortiguadas por la distancia, las señales de otros barcos que pasan.
A veces, una ráfaga de aire viene empapada en lluvia; después cambia el viento y gime y suspira con una hipócrita mansedumbre.
En algunos instantes la nave parece cansada; se cree sentir que la hélice se hinca con menos fuerza en el agua; pero luego, como con una decisión súbita, se agita el barco, tiembla, con un estremecimiento de todas sus paredes, y se lanza a hendir las olas obscuras, mientras la máquina zumba sordamente, y un silbido agudo, seguido de una nube de humo, sale de la chimenea.
Como esos pájaros de presa audaces y soberbios que revolotean entre las aguas irritadas y amenazadoras, y levantando el vuelo y lanzando un grito estridente, se pierden en la niebla, así marcha el _Clyde_ sobre el mar de los ruidos tempestuosos.
María respira como un hálito de vigor, de energía, al sentirse volar como una flecha en medio de la obscuridad y de las olas.
Vuelve a la cámara, en donde se ha refugiado su padre; las luces eléctricas, colgadas del techo, oscilan suavemente. Aracil, pálido, demacrado, envuelto en una manta, con la cabeza más baja que los pies, permanece inmóvil.
--Mañana--dice María--estaremos en Londres.
Y Aracil, postrado por el mareo, hace un gesto de indiferencia.
FIN
ÍNDICE
Págs.
PRÓLOGO. 7
I.--La abuelita. 19
II.--El hombre bajo la máscara. 35
III.--El primo Benedicto. 45
IV.--Amistad. 51
V.--Anarquismo y retórica. 63