La dama errante La raza, Tomo I

Part 11

Chapter 114,051 wordsPublic domain

--Si lo encontráramos... le ayudaríamos a escapar.

--Conformes.

Se pusieron los dos en movimiento y recorrieron todos los rincones de Madrid. Iturrioz creía que su amigo no había salido de la capital.

Cuando llegaron los telegramas de París afirmando haber visto al doctor allí, Gray dudó; siguió con sus informaciones, y, por último, después de ver lo infructuoso de sus pesquisas, creyó que había que abandonar las pistas seguidas y tomar otras nuevas.

Se veían Iturrioz y Gray en el café Suizo y se comunicaban sus impresiones. Una noche, Iturrioz dijo:

--He visto a Venancio Arce, un ingeniero pariente de Aracil. Sabe algo; tiene indicios de lo que ha podido hacer el doctor. Vamos a verle esta noche.

Fueron a visitar al ingeniero y hablaron con él.

--Yo estoy dispuesto a emplear el dinero que se necesite para salvarles--dijo Gray--; de manera que puede usted no tener escrúpulos en decirnos lo que sepa; si han escapado, mejor para ellos; si no, les ayudaremos a escapar.

--Yo, como saber, no sé gran cosa--replicó Venancio--. No tengo mas que indicios, suposiciones...

--Hable usted--le dijo Iturrioz.

--Yo creo que Aracil y María han estado en Madrid hasta hace diez o doce días, escondidos no sé en dónde.

--Creo lo mismo--dijo Iturrioz.

--El quedarse en Madrid después del atentado--aseguró Venancio--, aunque Aracil no haya tenido parte alguna en eso, era lo más prudente. Ellos supieron por la noche que se habían dado órdenes para prenderlos; lo natural es que hayan evitado tomar el tren.

--¿De manera que usted no cree que estuvieran en París cuando se dió esta noticia?--preguntó Gray.

--Yo no.

--Ni yo tampoco--añadió Iturrioz.

--Hay muchas razones para suponerlo así--siguió diciendo Venancio--. Se sabe que Aracil se afeitó en el hospital; está probado.

--Sí; es verdad--afirmó Gray.

--A pesar de esto, los dos periodistas de París que dijeron haberle visto, lo describieron como un hombre de barba negra. En la interviú que celebraron con Aracil en París, el doctor no sabía aún que Brull hubiera sido encontrado muerto. Sin embargo, la noticia se conocía allá veinticuatro horas antes, y Aracil no se había enterado. Además, le hacen decir un día después del encuentro del anarquista que ignoraba el paradero de Brull.

--Es absurdo todo esto--dijo Gray.

--No. Eso demuestra--exclamó Iturrioz--que Aracil no estaba en París, y que sus amigos llevaron a cabo esta maniobra para despistar a la policía.

--Esa es también mi opinión--añadió Venancio.

--Entonces, ¿usted qué cree?--dijo Gray--. ¿Dónde estarán? ¿En Madrid aún?

--Yo me figuro--contestó el ingeniero--que Aracil envió a algún amigo suyo de París una nota para que fingiese una entrevista con él, y que cuando la noticia surtió efecto y todo el mundo quedó convencido de que se habían escapado, entonces ellos se prepararon a la fuga.

--Y ¿cree usted que habrán tomado el tren?--preguntó Gray.

--Creo que no. Si hubieran tomado el tren estarían en salvo; si estuvieran en salvo, nos hubieran escrito. Además, es lógico que no se atreva uno a lanzarse a la suerte después de haberse salvado los primeros días.

--Y, ¿cómo cree usted que se hayan marchado?

--No sé; si ha habido por medio algún amigo o persona influyente, es posible que hayan ido en automóvil; pero lo dudo, por lo que decía antes. En automóvil, hace tiempo que estarían fuera de España, y nos hubieran escrito para tranquilizarnos.

--¿Usted supone, pues, que no han salido de España?

--Eso es.

--¿Y que han intentado marchar a pie hasta Francia? Me parece absurdo.

--Si han ido a pie o a caballo, yo creo que habrán elegido la marcha hacia Portugal. ¿Por qué lo supongo así? Primero, porque el viaje es más corto; segundo, porque el país es más despoblado; tercero, porque yo he hablado a María de este viaje.

--Entonces, es indudable--dijo Iturrioz--; han ido por ahí.

--De manera que si fueran ciertas las suposiciones de usted, ¿hacia dónde estarían?--preguntó Gray.

--Si han salido un día o dos después de publicada la noticia de su paso por París, deben estar cerca de la frontera portuguesa.

--¿Quiere usted venir con el doctor Iturrioz y conmigo en su busca? Tomaremos un automóvil, y, si los encontramos, los pondremos en salvo.

--Es que, probablemente, el camino que hayan seguido ellos no será la carretera.

--No importa; nos enteraremos. Conque, ¿usted viene? Saldremos dentro de unas horas. Iturrioz y yo vendremos a buscarle a las cinco. Esté usted preparado.

Se despidieron, y, por la mañana, Tom Gray y el doctor Iturrioz se presentaron en un magnífico automóvil a la puerta de casa de Venancio. Montaron los tres; Gray hacía de _chauffeur_; salieron de Madrid y, en un instante, llegaron a Maqueda; preguntaron aquí, siguieron hasta Oropesa y, no encontrando ningún dato, volvieron a Navalcarnero. Luego dejaron la carretera principal y llegaron a Brunete.

Venancio creía que el doctor y su hija habrían tomado esta ruta. Como era poco frecuentada, en las ventas podían recordar el paso de los fugitivos, y, efectivamente, en el primer sitio donde preguntaron, en el ventorro de Los Dos Caminos, la mujer dió las señas de Aracil y de su hija, y dijo que hacía ya una semana o más que se habían albergado en su casa. Durante todo el camino, desde Brunete hasta San Martín de Valdeiglesias, encontraron el rastro de Aracil y de su hija, y en el ventorro de San Juan de los Pastores, las señas dadas por la ventera fueron tan claras, que no dudaron Venancio, Iturrioz, ni el inglés, de que se trataba del doctor y de María. Por qué aseguraba la mujer de la venta que los fugitivos eran un guarda y su hija, no se lo pudieron explicar satisfactoriamente.

En San Martín se perdía la pista; habían pasado bastantes aldeanos a la feria de la Adrada, y no se recordaba haber visto a los viajeros. Además, acababa la carretera y no era posible seguir en automóvil.

Se discutió la manera de continuar el viaje, y Venancio, después de consultar el plano, dijo:

--Lo mejor es que uno compre un buen caballo y vaya recorriendo por el monte el camino, en línea recta, hacia Portugal; el automóvil, por su parte, puede explorar la carretera entre Navalmoral, Plasencia y Coria.

Se dispuso hacerlo así. Iturrioz, que era un buen jinete, compró un caballo en San Martín de Valdeiglesias, apuntó los pueblos que tenía que recorrer, y por la tarde se puso en marcha. Se acordó que escribiera todas sus investigaciones y las enviara diariamente a Tom Gray, a Navalmoral.

Mientrastanto, Venancio y el inglés bajaron en el automóvil a Escalona, y de Escalona se corrieron a Maqueda, desde donde continuaron por la carretera hasta detenerse en Navalmoral de la Mata.

Al día siguiente, Venancio y Gray recorrieron la carretera, sin encontrar pista alguna. La primera carta de Iturrioz no decía nada interesante; en la segunda contaba que había encontrado en La Adrada un hombre apodado el _Ninchi_, que conocía a los fugitivos. El _Ninchi_ se había brindado a acompañarle, y marchaban los dos a lo largo de la sierra de Gredos, en busca de Aracil y de su hija.

XXIV.

LA SERRANA DE LA VERA

Se despertó Aracil y, viendo que María estaba también despierta, se levantaron ambos y salieron al raso de la ermita. La luz difusa del amanecer iluminaba el campo. Corría un vientecillo frío y sutil. Se dispusieron a aparejar los caballos, y estaban dispuestos a partir, cuando el cura, que se había levantado también, dijo:

--¿Qué, no quieren ustedes ver la ermita?

Aracil iba a pretextar el tener que preparar los caballos; pero su hija le hizo callar con una mirada, y el cura, que notó la intención, dijo:

--Ande usted, que por oír misa y dar cebada, no se pierde la jornada.

Era domingo; el negarse a entrar podría parecer demasiado significativo, y entraron. El cura y el santero les enseñaron la iglesia y el coro.

--¿Alguno de ustedes sabe tocar el piano?--preguntó el cura a María.

--No... Nosotros, ¿cómo quiere usted que sepamos eso?

--¡Bah! ¡No se haga usted la tonta!... Usted sabe tocar el piano.

--No, no.

--¡Déjese usted de historias!

María se turbó y miró a su padre, confusa. Aracil hizo un gesto y se mordió los labios.

--Aunque sea un poco brusco--dijo el cura--, no soy de los que hacen daño a nadie. Y si algo he adivinado, me lo callo. Conque, ande usted, toque usted el órgano mientras yo digo misa.

--Vamos a llamar la atención de un modo horrible--dijo Aracil--, y no nos conviene.

--¿Por qué llamar la atención?

--¡Una mujer que toca el órgano!

--Pues se hace una cosa. En el coro no entran mas que el santero, su hija y usted; la gente, que crea que usted es el que ha tocado. El santero no dirá nada si yo se lo mando.

No hubo manera de negarse, y María se puso de acuerdo con el cura para saber lo que había de tocar. El santero le iría indicando cuándo y cómo debía hacerlo, y Aracil daría al fuelle.

Comenzó a sonar la campana, y poco después fueron entrando en la ermita toda la gente de los contornos que habían estado en la fiesta de la noche anterior. Comenzó la misa. Aracil se agarró al fuelle del órgano. María se sentó delante del teclado y siguió las instrucciones del santero, que le decía: «Ahora, bajo; ahora, alto; ahora, fuerte».

De esta manera tocó lo que recordaba: trozos de ópera y sonatas de Beethoven y de Mozart.

Cuando concluyó la misa, el cura les invitó a comer. Habían preparado un yantar excelente; pero María y Aracil dijeron que tenían prisa, montaron a caballo, y tras ellos fué don Álvaro.

--¡Qué bien ha tocado usted!--le dijo a María, con verdadera efusión.

--¡Si no he sido yo! ¡Ha sido mi padre!

--Sí, eso ha pensado la gente; pero como yo soy curioso, he subido las escaleras del coro y he visto a su papá que se dedicaba a inflar el fuelle mientras usted tocaba.

María se echó a reír.

--Debe usted tener una idea rara de nosotros--dijo.

--Tanto, que no me chocaría nada que al llegar al pueblo inmediato salieran a recibirle a usted llamándole duquesa, princesa o reina.

--Pues no tenga usted cuidado, no saldrán.

--¡Qué sé yo!

Bajaron por entre matorrales espesos de espinos y de retamas, de grandes y perfumadas jaras, húmedas de rocío. Se respiraba entre estas breñas un aroma de incienso; anduvieron desorientados durante largo rato; pero siguiendo siempre la garganta de Chilla, en cuyo fondo corría un arroyo, y preguntando después en varios molinos de pimentón, llegaron a Madrigal de la Vera.

Comieron allí los tres, en una cocina grande y negra, de enorme chimenea, en la que colgaban ristras de chorizos y de jamones. Por la tarde tomaron el camino y, arreando las caballerías, pasaron por Valverde de la Vera, luego por otro pueblo, en el cual dijo don Álvaro no convenía pararse, por ser muy miserable, y al anochecer se fueron acercando a Losar.

Don Álvaro contó a María la historia, o leyenda, de una mujer salteadora, que en épocas pasadas había andado por aquellos montes robando a los viajeros, llamada la _Serrana de la Vera_, y comenzó a recitar un antiguo romance, que decía así:

Allá en Garganta la Olla, en la Vera de Plasencia, salteóme una serrana blanca, rubia, ojimorena.

Rebozada caperuza lleva, porque así, cubierta, su rostro nadie la viese ni della tuviera señas.

María le dijo que siguiese el romance de la mujer bandolera, y don Álvaro lo recitó completo.

Llegaron, ya entrada la noche, a Losar de Vera. Don Álvaro les condujo a una posada grande, iluminada con luz eléctrica, y en ella se hospedaron los tres.

XXV.

LA MUERTE DEL CABALLO

Al día siguiente, al salir, muy de mañana, del pueblo, notaron que el caballo de María no podía andar. Marchaba con grandes esfuerzos, como haciendo reverencias, y jadeaba, y al querer avanzar, aligerando el paso, producía un ruido como una caldera que hierve.

María suplicó a su padre y a don Álvaro que no marchasen de prisa, porque su caballo no podía seguirles. Desmontó María, y Aracil y don Álvaro reconocieron el jaco.

--¿Dónde han comprado ustedes este vejestorio?--dijo don Álvaro--. ¡Demonio, qué penco!

El caballo se paró, y Aracil, María y don Álvaro le contemplaron en silencio. Era verdaderamente lamentable el aspecto del pobre _Galán_: tenía una figura triste y lastimosa; le temblaban las piernas; sus grandes ojos, redondos y apagados, miraban con vaguedad angustiosa. Abría la boca para respirar, anhelante; resoplaba y tosía y enseñaba unos dientes grandes y amarillos.

Aracil, después de contemplarle, dijo:

--Este caballo se muere en seguida.

Le quitaron la montura, para dejarle más libre, y no quisieron abandonarlo; les parecía una crueldad. Aquellos ojos empañados y dulces parecían guardar como un deseo afectuoso e incierto.

Las piernas del caballo fueron quedándose rígidas; luego comenzó a temblar, se le dobló un brazuelo, después el otro, se inclinó para adelante, vaciló y se tendió de lado, con un suspiro. Las patas se movieron convulsivamente, el animal comenzó a resoplar y se le nublaron los ojos. Estuvo un momento inmóvil, como descansando, esperando el último golpe; irguió el cuello, largo y estrecho, se agitó de nuevo..., y un hilillo de sangre salió de la nariz a correr por el suelo.

--¡Pobre _Galán_!--murmuró María, secándose, disimuladamente, una lágrima.

--¿Le ha impresionado a usted?--preguntó don Álvaro.

--Sí; los caballos me dan mucha pena. ¡Los tratan tan mal!

En esto, un buitre comenzó a dar vueltas en el aire, muy arriba, tanto, que parecía volar a la altura de los picachos de la sierra.

--Ya ha visto ése la presa--dijo don Álvaro.

--Ese es independiente de veras--añadió Aracil.

María montó a la grupa en la yegua de su padre, y se alejaron de allí.

Se acercaron a Jarandilla; don Álvaro tenía por precisión que quedarse, y trató de convencer al doctor y a María de que se detuviesen, y especificó las curiosidades del pueblo.

--No, no puede ser; tenemos mucha prisa--dijo Aracil.

--Es que podían ustedes descansar en mi casa--añadió don Álvaro--. Allí nadie iría a buscarles.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!--dijeron padre e hija. Pero no es posible.

--Quisiera, entonces, que me prometiera usted una cosa--dijo don Álvaro a María.

--¿Qué?

--Que cuando llegue usted, adonde sea, me escriba usted una carta, diciendo: hemos llegado.

--Muy bien; lo haré.

--Pero firmada con su nombre y su apellido.

--Sí; no hay inconveniente.

--Entonces, ya que esto lo concede usted con facilidad, como recuerdo del viaje que hemos hecho juntos, envíeme usted su retrato.

--Bueno.

--¿De veras?

--Sí. Yo también quiero que no hable usted de nosotros a nadie, ni a su familia, hasta que no reciba mi carta.

--Descuide usted, no hablaré mas que conmigo mismo.

--Entonces, despidámonos antes de entrar en el pueblo. Que no nos vean juntos, porque le harían preguntas a usted.

Se despidieron afectuosamente, y padre e hija, atravesando el pueblo, tomaron el camino de Cuacos.

XXVI.

EL «MUSIÚ»

Poco después se encontraron con una partida de más de veinte arrieros, que llevaban en mulos sacos cargados de pimentón. Iban todos los arrieros muy majos, y llevaban sus cabalgaduras colleras cuajadas de cascabeles.

Los mulos eran fuertes y ágiles, y pronto dejaron atrás a la yegua montada por el doctor y su hija. Al llegar a una parte del camino en cuesta y revestido de piedras, la yegua de Aracil aminoró su marcha; en cambio, los mulos de los arrieros subieron la pendiente con un gran ímpetu.

Era un espectáculo animado y bonito el ver aquella cabalgata tan lucida y tan brillante cómo subía la vieja calzada. Los mulos, briosos, limpios, enjaezados, parecían excitarse con el ruido de los cascabeles, y pisaban rápidamente y con fuerza. La piedra sonaba, herida por el hierro de las herraduras, con un ruido de campana, y las chispas saltaban por debajo de las pezuñas de las caballerías.

Aracil y su hija marchaban despacio; comieron algo que llevaban en la alforja; por la tarde, en el camino, vieron a un hombre que corría escapado, y una hora antes de llegar a Cuacos se toparon al viejo Musiú Roberto del Castillo, jinete en un caballo peludo. Las largas piernas del _Musiú_ llegaban con los pies hasta el suelo, y los pantalones recogidos dejaban ver sus escuálidas canillas. Musiú Roberto del Castillo saludó con finura al doctor y a su hija.

--¿No me conocen ustedes?--preguntó.

--No--contestó Aracil.

--Este señor--dijo María--es el que iba con un hombre bajito, y lo encontramos por primera vez cerca de un puente, al salir de Brunete.

--El mismo, señorita--afirmó el _Musiú_.

--El inventor de los elixires. Sí, lo recuerdo--exclamó el doctor--; pero antes iba usted a pie.

--Sí--murmuró el _Musiú_--; he encontrado este caballo en el campo, y me lo he apropiado.

--¡Demonio, qué procedimiento!

--No todo el mundo puede ser rico como ustedes.

--Y ¿de dónde sabe usted que somos ricos?--preguntó el doctor.

--Yo me lo sé; sé, además, que es usted médico y que va usted huyendo.

--¡Bah!

--¡Ya lo creo! Y como yo necesito algún dinero, si no aflojan ustedes la mosca, les denuncio.

--Y nosotros le denunciamos a usted como ladrón de caballos--saltó María.

--¡Bah! Entre un vagabundo como yo y unos señores como ustedes hay mucha diferencia. A mí me encerrarán unos meses; a ustedes, ¡qué sé yo lo que habrán hecho!; probablemente algo muy gordo cuando huyen así.

--Y ¿qué irá usted ganando con denunciarnos?--preguntó Aracil.

El _Musiú_ se encogió de hombros. Siguieron marchando los tres por la carretera.

--Bueno--dijo el _Musiú_--; ¿qué dan ustedes por callar?

--Usted dirá--contestó María.

--Cincuenta duros.

--¿De dónde los vamos a sacar?

--¿Cuánto llevan ustedes ahí?

--Unos veinte.

--Vengan.

--¿Y si luego nos denuncia usted?

--¡Ca! Si yo también tengo mucho que ocultar; no tengan ustedes cuidado--dijo el _Musiú_, riendo con risa cínica, que mostraba sus dientes negros.

--Vaya; le daremos a usted cinco duros--dijo Aracil.

--Bueno, bueno. Vengan. Y, al llegar al pueblo, cada uno por su lado.

--Una pregunta--dijo Aracil--; ¿por qué dice usted que soy médico y rico?

--Porque ha reconocido usted a un enfermo en el camino, digo que es usted médico; porque le ha dado usted dinero, digo que es usted rico; porque no se ha querido usted parar un momento allí, creo que va usted fugado.

Aracil no replicó. Las consecuencias no podían ser más lógicas. Llegaron a Cuacos y salió a recibirles una pareja de la Guardia civil, que les mandó detenerse. Se había escapado un preso que llevaban conducido, y los guardias pensaban que Aracil y su hija debían de haberlo encontrado en el camino. Dijeron éstos las personas con quienes se cruzaron en la marcha, y uno de los guardias les pidió los documentos. Los enseñaron.

--¿Ustedes se van a quedar aquí?--preguntó el guardia, sin leer los papeles.

--Es probable--dijo Aracil.

--Bueno; pues mañana vendrán ustedes con nosotros a Jaraíz a prestar declaración.

Al mismo tiempo que al doctor, habían detenido al _Musiú_, y éste temblaba y miraba su caballo y su morral con espanto.

Uno de los guardias llamó a un joven con tipo de chulo, y le dijo, señalando al doctor y a su hija:

--Oye, Lesmes, acompaña a estos señores a la posada.

Luego los dos guardias, poniendo en medio al _Musiú_, se fueron con él.

--¿Adónde llevan a ése?--preguntó Aracil a Lesmes.

--¿Adónde lo van a llevar?... A la cárcel.

El joven les condujo hasta la posada. Metieron la yegua en la cuadra y entraron en una gran cocina negra.

El dueño de la posada era un viejo de cara juanetuda, con el pelo blanco. Lesmes, que resultó ser el alguacil, le dijo que hospedase al doctor y a María.

--Pero, ¿es gente sospechosa?--preguntó el posadero.

--No, hombre, no; tienen sus papeles, y los han enseñado a la Guardia civil.

--Entonces, ¿por qué vienen contigo?

--Porque mañana tienen que ir a Jaraíz a declarar.

--Bueno, bueno.

--Y si usted no quiere tenerlos, los llevaré a la otra posada.

--No, no; que se queden.

--Pero, ¿qué anda usted con tanto melindre, señor Benito?--dijo un pimentonero joven y rechoncho--. Si aquí, empezando por usted, el que más y el que menos es licenciado de presidio.

--¡Cállate tú, animal!--exclamó el viejo--. A mi casa no vienen mas que personas decentes.

Se rió el arriero, y una moza preparó un cuarto para Aracil y su hija.

XXVII.

FUGA DE NOCHE

A la luz pabilosa de una vela de sebo se veía un cuarto sucio y negro, en donde andaban perdidos, sin poder encontrarse, un arcón, una mesa travesera de aspa y dos camas con colchas rojas. En el techo se veían las vigas alabeadas, pintadas de azul. En la pared, encalada y llena de desconchaduras, colgaba un espejo pequeño, deslustrado y negruzco, y varias estampas religiosas.

María y Aracil discutieron lo que debían hacer. Tenían encima dos peligros: uno la declaración en Jaraíz, en donde podían trabucarse e incurrir en contradicciones y hundirse y hundir también a Isidro el guarda; el otro peligro era la delación del _Musiú_, que viéndose cogido podía denunciarles.

Decidieron, en vista de las posibilidades que había de echarlo todo a perder, huír de noche en busca de la estación más próxima, que era Casatejada. Allí tomaría Aracil el tren de Portugal, y para no ir juntos y no infundir sospechas, María esperaría en el pueblo y saldría al día siguiente.

--La cuestión es que no nos vigilen--dijo María--. Convídale a Lesmes, el alguacil, que debe estar abajo.

Fué el doctor a la cocina, habló con los arrieros y con el hombrecillo que les había traído a la posada, dijo que se iba a quedar unos días en Jaraíz, contó unos cuantos chascarrillos y se hizo amigo de todos.

María, mientrastanto, se enteró bien de cómo se abría la puerta de la casa; había una cadena de un lado a otro, y el postigo tenía un cerrojo pequeño, que chirriaba. Después subió al cuarto que les habían destinado y exploró los alrededores. Cerca corría un pasillo con una ventana, que caía sobre un callejón formado por dos tapias de piedras toscas.

A un lado del corredor, en un desván, se guardaban azadones, rastrillos, bieldos y espuertas hechas de tomiza.

Este desván estaba cerrado por una puerta carcomida, que se sujetaba con un gancho.

Cenaron en la cocina; hablaron con animación y alegría, para no infundir sospechas.

Después de la cena, Aracil y María subieron a su cuarto, que estaba próximo a la escalera, y dejaron la puerta abierta. Observaron, desde arriba, hacia dónde ponían los arrieros las enjalmas de las mulas, que les servían de camas, y vieron que todos las colocaban hacia la parte de adentro, lo más lejos de la puerta. El camino estaba, pues, libre.

Las dos grandes dificultades consistían en bajar la escalera y en abrir la puerta sin ruido, sin que se despertara nadie. Sacar la yegua de la cuadra era tarea imposible, y se decidieron a dejarla.

Estuvieron en el cuarto una hora o más a obscuras, hasta que no se oyó en la casa el menor ruido. María se quitó los zapatos y Aracil las botas.

--Vamos.

Salieron a la escalera. Esta era tan vieja, que crujía al más leve paso. Padre e hija fueron bajando las escaleras de puntillas, deteniéndose a veces, alarmados. El estallido de las tablas les hacía quedar inmóviles, con el corazón palpitante. Llegaron al portal. María escuchó un momento la respiración de los arrieros, y avanzó con sigilo hacia la puerta. Luego tiró del cerrojo, que chirrió fuertemente.

--¿Quién anda ahí?--dijo uno de los arrieros.

María cogió de la mano a su padre y le hizo echarse atrás.

--¿Pasa algo?--volvió a preguntar el arriero.

María y Aracil quedaron un momento inmóviles; luego fueron retrocediendo poco a poco y volvieron a subir las escaleras. Era difícil salir por la puerta sin que lo notara nadie. María le habló a su padre de la ventana del pasillo.

--Vamos a verla.

Fueron sin hacer ruido; la ventana tendría una altura de cinco a seis metros sobre el callejón. Aracil se quitó la faja. Llegaba hasta cerca del suelo, pero no había dónde sujetarla; las maderas eran débiles y carcomidas.

--¿Cómo podríamos sujetar esto?--murmuró Aracil.