La dama errante La raza, Tomo I

Part 10

Chapter 104,136 wordsPublic domain

--¿Qué nos pasa? Lo que le digo a usted: que somos unos desdichados. La verdad es que los extremeños han caído mucho; desde el antiguo García de Paredes hasta el García de Paredes del crimen de Don Benito, hay todos los grados de la degeneración.

--Pero, ¿usted no habrá matado a nadie?--dijo María, con un terror cómico.

--No, no se alarme usted--contestó, sonriendo, el joven don Álvaro--; mi desdicha no es ser un bruto, sino no tener energía para nada. Yo, y lo mismo mis hermanos, somos víctimas de mi padrastro. Mi padrastro es un hombre de energía extraordinaria. Era en el pueblo secretario del Ayuntamiento, y se casó con mi madre, una viuda con tres hijos, la persona más rica de Jarandilla. Mi madre es una mujer dulce, amable; entonces vivía una temporada en el pueblo y otra en Madrid. Se casó, y comenzó la dominación paternal. Lo mismo ella que mis hermanos quedamos reducidos a nada. Mi padrastro es terrible; él lo dirige todo. Se levanta temprano, se acuesta tarde; está siempre trabajando con un afán de poseer, de extender sus propiedades, de apoderarse de todo. Según él, nosotros no debemos trabajar. Mi hermano y yo hemos tenido intentos de libertarnos, pero no hemos podido; fuimos a Madrid con intención de hacernos independientes, y nada. Ahora quiere mi padrastro que mi hermano sea diputado, y lo conseguirá.

--Pero, entonces, a ustedes les quiere bien--dijo María.

--Sí; pero nos ha matado; ha acabado con la poca energía que teníamos, y nos estamos pudriendo en la vida pantanosa de un pueblo de éstos.

--Y, ¿por qué no se va usted?--preguntó Aracil.

--Eso estoy pensando siempre, en marcharme; pero no a Madrid, ni a París, sino a Australia, a Nueva Zelanda, a tierras jóvenes, donde haya una vida intensa.

--Y ¿está usted decidido?

--Sí; pero cuando maduro mi plan y voy a realizarlo, veo que no tengo voluntad, que mi voluntad está muerta... Y luego me retiene ver a mi madre, que es toda ternura para nosotros, y que con una mirada adivina mis más íntimos pensamientos. Crea usted que me odio a mí mismo.

El joven hablaba con fuego, a la vez que con desaliento.

El doctor y su hija le contemplaban con curiosidad, mezclada de simpatía.

--Yo, como usted--dijo Aracil--, no tomaría ninguna determinación heroica, sino inventaría una chifladura: hacer versos, coleccionar sellos o piedras... Las cosas pequeñas son como las cuñas: pueden servir para afirmar el deseo de vivir.

En esto, el cura, que dormía de cara al sol, hizo un movimiento brusco y se despertó:

--¿Qué hacemos?--dijo.

--¿Vamos?

--Vamos allá.

Montaron a caballo y se dirigieron los cuatro hacia Candeleda.

La sierra de Gredos se erguía a la derecha, alta, inaccesible, como una inmensa muralla gris, sin un caserío, sin una mata, sin un árbol en sus laderas pedregosas ni en sus aristas pulidas, que brillaban al sol. Se hubiera dicho que era una ola enorme de ceniza, calcinada, quemada, rota; una ola que, en la obscuridad de lejanas edades geológicas, formó, al petrificarse la sierra. Alguna nieve blanqueaba la cresta dentellada del monte, y parecía la espuma de la inmensa ola de granito. El aire era diáfano, limpio, luminoso, como el de un mundo nuevo acabado de crear; sobre las crestas de la sierra era de un azul intenso y radiante. Algún águila, volando suavemente a inmensa altura, trazaba, en la limpidez del aire, grandes y majestuosas curvas; a la izquierda, hacia abajo, brillaban al sol los campos verdes, surcados por las líneas obscuras de las lindes, los bosquecillos de árboles frutales y los cerros cubiertos de jara y de carrascas.

Otra vez el camino estaba convertido en acequia, y los caballos se hundían en la corriente. Las libélulas volaban rasando el agua.

--Esto es un escándalo--dijo Aracil.

--Sí; ciertamente que lo es--contestó don Álvaro--. Aquí los propietarios acotan campos y montes, quitan los caminos, pero no hacen nada por los pueblos. Regiones extensísimas, dehesas en las que podían vivir miles de personas, están sin roturar. Los propietarios las guardan para la caza y la ganadería. ¡Y si ya que se llevan el fruto del trabajo de los demás hicieran algo! Nada. Aquí tiene usted esta parte de la vera, naturalmente fértil, sana; pues la gente se muere, como chinches, de las fiebres.

--Y ¿de qué procede eso?--preguntó el cura.

--Procede de que en todos estos pueblos--contestó don Álvaro--hacen balsas para que se bañen los cerdos, y esas balsas se llenan de mosquitos, que son los que propagan las fiebres. Esa agua limpia que viene de la sierra se estanca y se convierte en un pudridero. ¡Y en España con todo pasa lo mismo!

--Es verdad--afirmó Aracil--. ¡Cuánta corriente limpia en su origen se estanca y se convierte en una balsa infecciosa!

Don Álvaro prosiguió diciendo:

--Es que todo lo que pasa en nuestro país en el campo es de una infamia y de una injusticia tal, que se comprende que no quede un español pobre, que todos emigren y se vayan cuanto antes de este indecente país. Porque aquí lo que pasa es que el Estado ha abdicado, ha dejado todas sus funciones en manos de unos cuantos ricos. Aquí se permite que el propietario tenga guardas matones que lleven su escopeta y su canana llena de balas; es decir, que, para guardar sus viñas, pueden abrir el cráneo a cualquier infeliz que vaya a robar uvas; aquí se ponen cepos y veneno en las propiedades; aquí se entrega a la Guardia civil, y se les lleva a presidio, a pobre gente que coge un haz de ramas secas o un puñado de bellotas. Y luego, esos ricos, que, además de miserables, son imbéciles, no son para poner unos cuantos eucaliptos ni para sanear un pueblo. Nada. La avaricia y la bestialidad más absoluta. ¿Es que no hay más derechos que el derecho de propiedad en el mundo?

--Sí; este estado de cosas no puede subsistir--dijo el cura--; yo también estoy con usted y con la gente del campo. Soy hijo de labrador, y, la verdad, ya no se puede vivir en España.

--Y en Andalucía--siguió diciendo don Álvaro--es aún peor. Hay ricos que tienen dehesas y cotos enormes. Allí viven los venados y los jabalíes donde podrían vivir los hombres.

--Ya entrarán los hombres algún día en esos grandes cotos--dijo Aracil.

--¿A qué van a entrar?--preguntó el cura--. ¿A cazar jabalíes?

--No. A cazar a los propietarios--replicó el doctor.

--Se echaron a reír todos, tomándolo a broma.

--¿Y usted cree que antes la gente de los pueblos viviría mejor o peor?--preguntó María.

--Mejor, mucho mejor--dijo don Álvaro--. Antes, estas dehesas y grandes propiedades eran de los conventos. Los frailes vivían en el campo y, poco o mucho, ayudaban a los campesinos. Pero ahora no pasa eso; todas esas propiedades, procedentes de la venta de bienes nacionales, son de particulares. La desamortización hubiera sido una gran cosa entregando las propiedades a los Ayuntamientos. Eso era lo justo y lo liberal. Lo que se hizo, además de injusto, ha terminado en medida reaccionaria. El papa excomulgó a quien comprara bienes de la Iglesia; pero la gente se ríe de las excomuniones cuando hay dinero detrás, y unos cara a cara y otros por debajo de cuerda, compraron esas propiedades por unos cuantos ochavos, y hoy están en manos de unos cristianísimos propietarios, que son más despóticos que los frailes, más fanáticos que los frailes y más enemigos del pueblo que los frailes.

--Eso es verdad--dijo el cura.

--Añada usted--prosiguió don Álvaro--a la desamortización religiosa la civil, y que el Estado vende a los pueblos sus montes y sus tierras, y que en algunas aldeas, estando enfrente de pinares que fueron antes del pueblo, hoy no se puede coger ni un pedazo de tea para la lumbre. Y cada día la vida más difícil; porque esta propiedad particular aumenta, y el registrador sobornado y el alcalde cómplice permiten que el propietario extienda sus dominios y tome hoy un trozo y mañana otro del baldío del pueblo, y el pueblo agoniza y la gente se va, y hace bien.

--¡Qué desdicha!--exclamó María, a quien esta conversación entristecía.

--Eso traerá, a la larga, una revolución en España--dijo el cura.

--Y será lógica--exclamó Aracil--. En un país en donde la propiedad es tan brutal, tan agresiva y tan ignorante como aquí, la revolución debía estar ya triunfante.

--Ahora germina--repuso don Álvaro--. Usted no sabe el ambiente de ira y de protesta que hay en los pueblos españoles. Eso, en Madrid, no lo saben; porque en Madrid no se enteran de nada; allí creen que no se discurre mas que en el Congreso y en los periódicos. Y en los pueblos se discurre, se comenta, se odia al ejército, se odia la ley inicua, y se quiere vivir y trabajar.

--Y esa protesta, ¿cómo no sale a la superficie?--preguntó Aracil.

--¡Es tan difícil hoy! Luego la protesta se amortigua con la emigración. La gente más inteligente se embarca y se marcha a América. Nuestros hombres han servido durante cuatro siglos para trabajar tierras extrañas; en cambio, han dejado abandonada la nuestra. La gente fuerte se va, los débiles se quedan, y los cucos se marchan a Madrid, y desde allí corrompen más el pueblo.

--¿Es usted enemigo de Madrid?--preguntó María.

--Soy enemigo de las ciudades grandes, del lujo y de la propiedad. Creo que el dinero está pudriendo nuestra vida. Los españoles debíamos vivir como lugareños, porque nuestro país es pobre. Yo muchas veces he pensado que un rico que fuera infectando con microbios de la peste y del tifus todo el papel del Estado y todos los billetes que pasaran por sus manos, sería un hombre benemérito.

--Y sin dinero, ¿cómo íbamos a vivir?--dijo María.

--Viviríamos en el campo. Esparciríamos la vida que se amontona en las ciudades por los valles y los montes, haríamos la propiedad de la tierra común a todos, y así podríamos vivir una vida limpia, serena y hermosa.

--¿Y los teatros?--preguntó María.

--Al aire libre.

--Es usted muy radical--dijo el doctor, sonriendo--. Más que radical, anarquista.

--No me asusta la palabra, la verdad...; pero no creo en el anarquismo, al menos en el anarquismo actual.

Charlando así y andando al paso, cruzaron por Candeleda. A media tarde, el calor se hizo sofocante; el cielo tomaba un tinte blanquecino y la sierra de Gredos parecía negruzca. Era aún temprano y quisieron llegar a Madrigal, y entretenidos en la conversación, siguieron adelante, hasta que de pronto don Álvaro dijo:

--Pero éste no es el camino de Madrigal.

--¿No?--preguntó el cura.

--No. ¿Quién ha dicho que viniéramos por aquí?

--Nadie--contestó Aracil--; yo les he visto que tomaban por este camino y me he figurado que lo conocían.

--Bueno. Es lo mismo--repuso el cura--; por todas partes se va a Roma.

--Sí; pero no por todas partes se va a Madrigal--replicó don Álvaro.

Pasó un carro; preguntaron al carretero adónde llevaba aquel camino, y el carretero dijo que no terminaba en ningún pueblo, sino en la ermita de Nuestra Señora de Chilla.

--¿Y se puede pasar la noche allá?--preguntó el cura.

--Sí, hay una casa. La casa del santero.

--Pues vamos allá--dijeron los cuatro.

XXI.

NUESTRA SEÑORA DE CHILLA

Iban haciendo el camino de Candeleda a Nuestra Señora de Chilla por una tierra hermosa y llena de grandes árboles.

Caía la tarde; el cielo se despejaba y se hacía más puro. A veces, Gredos parecía un monte diáfano, translúcido; un cristal azul, incrustado en el azul más negro del horizonte.

Habían dejado su conversación de asuntos trascendentales, y don Álvaro, muy divertido y alegre, charlaba con Aracil y su hija y bromeaba con el cura, que tenía la respuesta pronta y era socarrón y amigo de burlas.

El haberse perdido en el camino lo tomaban a broma todos, menos los caballos, ya cansados con la caminata; y el burro que montaba el cura, apabullado con el peso de la paternidad que llevaba encima, marchaba jadeante. Don Álvaro, que le vió así, dijo en tono de chunga:

El burro de fray Pedro, Dios le bendiga; corre más cuesta abajo que cuesta arriba.

Y el páter, contoneándose, contestó:

Para cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo.

Se echaron a reír todos del desenfado del páter, y don Álvaro le dijo:

--Para mí que usted es un hombre terne, padre.

--Y bien--replicó el cura--. ¿Por qué no? A lo que vamos, vamos, amigo.

--¿Quiere que le preste mi caballo?

--No, señor; va usted bien en él. Ahora me bajaré un ratito, para que el burro pueda descansar.

Siguieron andando. Iba anocheciendo. El crepúsculo era de una diafanidad ideal, el cielo parecía de ópalo; luego se hizo anaranjado, con nubes de color de rosa, y más tarde quedó rojo, como un mar de sangre sembrado de islas de oro.

No se veía aún la ermita. María, algo impaciente, metió su caballo por un camino de cabras que pasaba entre chaparros y lentiscos y se dividía y subdividía hasta llegar a lo alto de un cerro, y desde allá columbró, a la ya muy escasa luz del crepúsculo, una casa blanca, que debía ser la ermita, rodeada por tupidas masas de árboles.

Aracil, el cura y don Álvaro vieron a lo lejos destacarse la silueta gallarda de María. El horizonte rojizo iba ensombreciéndose, y en el fondo se presentaba el paisaje heroico, formado por montes ya obscuros, bajo un cielo fosco y amenazador.

Volvía la muchacha de nuevo al camino.

--¿Qué se ve?--le preguntó su padre.

--Estamos a poca distancia.

--Bueno--dijo el cura--; entonces metamos un repelón a los jacos, y ¡hala, hala! por esos caminos, que estamos cerca y se va haciendo tarde...

Comenzaron a brillar las estrellas en el cielo azul purísimo. El aire iba viniendo en soplos fríos, impregnados de olor a monte; el follaje de los árboles temblaba y la hierba se inclinaba en oleadas con las ráfagas de viento. Se acercaron a la ermita por entre dos filas de álamos. Un mochuelo descarado, inmóvil en la rama de un pino, con la cabeza como dislocada, les contempló con curiosidad, y al ver aproximarse a aquellos intrusos, echó a volar rápidamente. La noche dominaba e iba dejando más aromas en el aire y más frescura en el viento. El campo se hundía en un sueño de tristeza. Poco después, una campana, con un son agudo, derramó sus notas de cristal en el ambiente silencioso...

Entraron en casa del guarda de la ermita y se metieron en la cocina. Don Álvaro y el cura traían algunas provisiones y comieron al lado de la lumbre, en compañía del doctor y de su hija, a la luz de la llama del hogar y de las rajuelas de tea que ardían sobre una pala de hierro.

El santero, un viejo idiotizado por la soledad en que vivía, hablaba muy de tarde en tarde, y dijo que, entrada la noche, iban a tener fiesta unas leñadoras que andaban recogiendo leña en el monte.

A eso de las nueve se fueron presentando en la cocina una porción de muchachas desgarbadas, feas, negras, la mayoría sin dientes, en compañía de unos mozos que, a quien más y a quien menos, se les hubiese podido tomar por un gorila. Parecían, al entrar en la cocina estos mozos y mozas, un rebaño de animales salvajes; en su compañía iban dos viejas horribles, una alta, seca como un sarmiento, arrugada y sin dientes, llamada la tía _Calesparra_, y otra pequeña, encorvada y negruzca, a la que decían la _Cuerva_.

La presencia del cura les impuso un poco de respeto a estos tipos selváticos, que miraron a don Álvaro, y sobre todo a María, como si fuesen criaturas caídas de la luna.

Entre los mozos había uno con las trazas de un verdadero chimpancé. Era grueso, membrudo, los brazos largos, la nariz chata y los ojos brillantes; iba con una barba espesa, de seis o siete días, que parecía formada de pinchos; tenía las cejas negras y el labio colgante. Se llamaba Canuto, y era porquero. Las leñadoras jugaban con él, y él las intentaba agarrar y decía:

--¡Indina! Si te cojo en el monte, ya verás, ya.

--Este es algún medio tonto--le dijo Aracil al cura.

--Sí, tonto--replicó el cura--. Métale usted el dedo en la boca. Este lo que tiene es más picardías que una mula falsa.

Algunos mozos habían quedado fuera de la casuca del santero, y dos o tres de ellos entraron en la cocina a preparar los instrumentos de música para el baile, consistentes en una caldera, que golpeaban con un palo, y una zambomba formada por una piel de carnero clavada muy tensa en una corteza cilíndrica de alcornoque.

Cuando ya estuvieron arreglados los toscos instrumentos, salieron todos al raso de la ermita, sujetaron entre piedras unas teas, que echaban más humo que luz, y comenzó el baile, que tenía el aspecto de una danza de hombres primitivos en el fondo de un bosque virgen.

La luz de las teas manchaba de claridades rojizas el rostro de los bailarines y daba a la escena un aspecto fantástico.

Un mozo que se sintió burlón, cogió de la cocina una sartén, y haciendo como que se acompañaba con la guitarra, cantó unas tonadillas extrañas, y luego hizo cantar a Canuto y a la tía _Calesparra_.

--No parece que estemos en un país civilizado--dijo don Álvaro.

--Es posible que no lo estemos--replicó, humorísticamente, Aracil.

--La verdad es que choca--añadió María--que cerca de aquí haya trenes, y telégrafo, y luz eléctrica...

--Nos encontramos en este momento en plena edad de bronce--agregó don Álvaro.

--¡Ca, hombre!--dijo el doctor--. Canuto no ha llegado al período cuaternario. Yo estoy seguro de que todavía siente la nostalgia de andar a gatas.

Estuvieron contemplando el baile durante algún tiempo.

La fiesta no tenía grandes atractivos, y María y Aracil, seguidos de don Álvaro, se apartaron un poco del raso de la ermita. La luna llena brillaba, redonda y blanca, sobre la montaña. Ni un soplo de aire turbaba la serenidad del éter; la calma reinaba en el cielo y en la tierra; todo parecía reposar en un silencio solemne; los árboles y las rocas se dibujaban con claridad a la luz lunar, y la sierra de Gredos se erguía entre blancas brumas azuladas.

--¡Qué hermoso!--dijo María.

--Es extraño--añadió don Álvaro.

--La ermita, desde aquí, con sus paredes blancas, tiene un aire mágico--añadió el doctor.

XXII.

LA LEYENDA DE CHILLA, SEGÚN ARACIL

Y usted sabe ¿por qué se llama esta ermita Nuestra Señora de Chilla?--preguntó María a don Álvaro.

--No.

--Pues seguramente tendrá una explicación este nombre, su historia o su leyenda.

--Si no la tiene, es fácil inventarla--dijo Aracil.

--Yo no tendría imaginación para tanto--repuso don Álvaro.

--Yo, sí; ahora mismo se la voy a contar a ustedes; pero no le diga usted nada al cura.

--No, descuide usted.

--¿Hay por aquí algún convento?--preguntó el doctor.

--Sí, hombre, el de Yuste.

--Pues ya está la leyenda. Oigan ustedes--dijo Aracil.

Y tomando un tono insinuante y persuasivo de orador sagrado, comenzó así:

--En el monasterio de Yuste, que está enclavado en la sierra de Gredos, había, hace muchos años, un fraile llamado Melitón, que era un gran pecador y un saco de picardías. Fray Melitón no se contentaba con comer bien, con dormir bien y beber mejor, que ésta es la obligación de todo fraile, sino que le gustaba salir del convento y cortejar a las mozas. Además de esto, Melitón era malintencionado, se burlaba de la gente, engañaba al prior, y en vez de ocupar sus ocios en leer, como sus compañeros, esos libros sublimes que se llaman _El Catalejo Espiritual_, _El Sinapismo de las Virtudes Teologales_, _La Carabina de la Penitencia_ o _La Tabaquera mística, para hacer estornudar las almas devotas hacia el Señor_, se dedicaba a socarronerías y burlas. Una noche, en la infraoctava del Corpus, fray Melitón tenía una cita con una rica viuda, a la que había catequizado. Pensaba llevarle _El Fusil del Devoto_, que es la obra que más efecto causa en las viudas recalcitrantes. Melitón, después de rezar las oraciones, salió de su celda sin el permiso del prior, tomó una linterna y un paraguas, ¡el condenado tenía miedo a constiparse!, abrió la puerta del convento y salió al campo. Había mucho lodo en el camino, y Melitón pensaba que iba a llegar a casa de la viuda lleno de barro, lo cual no le gustaba. Se hallaba con esto preocupado, cuando vió cerca de él una burra parda, sin duda, escapada de algún caserío, que pacía por allí. Fray Melitón, pensando que el encuentro le venía de perillas, se acercó a la burra, saltó sobre ella y, arreándola, echó a andar hacia el pueblo, ¡hala que hala! El fraile iba distraído, pensando en la viudita, en los pasteles con que le obsequiaba y en un rico vino de moscatel, del que tenía grandes provisiones en la bodega, cuando, de repente, mira para abajo y empieza a ver que marchaba por el aire entre las nubes, y que ya casi no se veían los árboles. Fray Melitón se asustó, creyó que estaba ya mareado con el recuerdo del vino, pero vió que, en realidad, subía y subía cada vez más. El hombre, o mejor dicho, el fraile, horrorizado, convulso, comenzó a tirar del ronzal a la burra, pero ésta, como si no. «¡Para! ¡Para! ¡Para!», gritó varias veces, y la burra seguía adelante. «¡Para! ¡Para!», volvió a gritar el fraile, y la burra, sin hacerle caso, decía entre dientes: «Sí, sí; chilla, chilla. ¡Para lo que te ha de valer!» Melitón apretaba las nalgas contra la burra, a ver si con el esfuerzo empezaba a bajar el fantástico animal, y llamaba a todos sus amigos, y chillaba y gritaba agitando su linterna, y la burra, que bramaba e iba echando fuego por todo el cuerpo, decía: «Sí, sí; chilla, chilla. ¡Para lo que te ha de valer!» Entonces fray Melitón comprendió que estaba perdido y que era un gran pecador; sintió un profundo dolor de contricción, tiró la linterna y comenzó a llorar y a encomendarse a la Virgen. En esto sintió que la burra parda se deshinchaba por momentos y que iba echando un olor de azufre insufrible. Melitón, entonces, por inspiración divina, temiendo estrellarse en el suelo, abrió su paraguas, que le sirvió de paracaídas, y fué bajando lentamente hasta este cerrillo. Al encontrarse en el suelo se arrodilló, dió gracias al cielo, y acordándose de lo que decía la burra cuando le llevaba en el aire, levantó aquí el santuario de Nuestra Señora de Chilla.

--Muy bien--dijo don Álvaro riendo--. Es una explicación muy chusca, aunque un poco irreverente.

--¿Cree usted?...

--Sí, hombre.

--Pero la religión de nuestros mayores abunda en cosas chuscas.

--No digo que no.

--Eso demuestra la fuerza de la religión. Cuando vive todavía, a pesar de todas sus mojigangas, es, sin duda, por algo.

Se habían alejado de la ermita y volvieron a ella. Parecía de lejos un gran castillo feudal, lleno de almenas y de torrecillas, en medio de una garganta rodeada de bosques; la claridad de la luna brillaba en el fondo de las enramadas, y el cielo profundo tenía un inusitado esplendor...

Durmieron en el zaguán de la casa del santero. El silencio llegaba del campo, dando esa impresión misteriosa de la Naturaleza, en donde se funden el completo reposo y la vida intensa de los árboles y de las plantas, de los insectos y de los pájaros. En plena noche se oyó el grito siniestro y confidencial de la lechuza, y por la mañana cantaron los ruiseñores...

XXIII.

EN SU BUSCA

Mientras Aracil y su hija dormían en el zaguán de la casa del santero de Nuestra Señora de Chilla, dos personas andaban por Madrid pensando en ellos y preparándose para buscarlos: eran éstas Tom Gray, corresponsal de la Agencia Reuter, y el doctor Iturrioz.

Tom Gray había sido enviado por su Agencia a Madrid para dar cuenta de las fiestas; presenció el estallido de la bomba desde una tribuna próxima al balcón ocupado por el anarquista, auxilió a los heridos, vió a Nilo Brull muerto y estuvo presente en la autopsia. Además, conocía al doctor Aracil y a su hija.

Estaba en posesión de todos los datos necesarios para hacer una información detalladísima, y, efectivamente, la hizo; pero la desaparición de Aracil y de María dió al asunto nuevo interés y produjo una exasperación de su curiosidad periodística.

Conoció Gray al doctor Iturrioz, y en vez de creer, como los demás, que era un chiflado, se convenció de que era un hombre de talento.

--Usted y yo tenemos que buscar a Aracil--dijo el inglés.

--¿Y si lo encontráramos...?--preguntó Iturrioz.