La Cuerda Del Ahorcado Ultimas Aventuras De Rocambole I El Loco

Chapter 2

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Las antorchas se habían apagado, y las más profundas tinieblas envolvían a Marmouset, a Vanda y los que los seguían.

La trepidación del suelo continuaba, y por momentos se oían crujidos sordos a corta distancia.

--¡Estamos perdidos! exclamó Vanda.

--¿Quién sabe? repuso Marmouset.

Su antorcha se había apagado, pero la conservaba en la mano.

--Ante todo es necesario ver, dijo.

Y sacando su caja de fósforos, encendió de nuevo la antorcha.

Los crujidos de la bóveda habían cesado, el suelo no temblaba bajo sus pies, y todo había vuelto a entrar en silencio.

--¡Adelante! repitió Marmouset.

--¡Adelante! gritó Vanda.

Polito llevaba en brazos a su amada Paulina, que se había desmayado de miedo.

Marmouset, con la antorcha en la mano, iba siempre al frente de la reducida tropa.

Así llegaron al sitio donde había estallado el barril, y pasaron sobre los escombros de la muralla.

Desde allí se veían las paredes de la galería destrozadas acá y allá por el paso del peñasco que había caído al Támesis.

--Sigamos adelante, dijo Marmouset.

Y continuaron avanzando.

En fin, a los pocos minutos, llegaron al paraje donde la luz del cielo había desaparecido de repente.

Un enorme peñon, todavía mayor que el primero, se había desprendido de la bóveda, y cerraba la galería formando un muro impracticable.

Marmouset y Vanda se quedaron mirándose, pálidos, mudos, temblando de emoción.

La misma pregunta venía a sus labios, y ni uno ni otro se atrevían a hacerla.

¿Qué había sido de Rocambole?

¿Había perecido acaso en aquel hundimiento?

¿O bien el peñon había caído detrás de él, separándolo de sus compañeros, pero dejándole tiempo suficiente para llegar al Támesis?

En fin, Vanda pareció salir de su abstracción y pronunció una palabra, una sola palabra.

--¡Esperemos! dijo.

--Esperemos, repitió Marmouset.

Y ambos miraron a sus compañeros que parecían anonadados, poseídos de un desaliento mortal.

--Amigos míos, les dijo Marmouset, no hay que pensar siquiera en seguir adelante: ya lo veis, el camino está cerrado.

--Pues bien, dijo Juan el Verdugo, volvamos para atrás, y si vienen las gentes de policía..... ya veremos.

Vanda no hizo la menor observación: esta última catástrofe la había anonadado, y su imaginación no sabía fijarse sino en la horrible duda que la oprimía.

--¿Rocambole estaba vivo o muerto?

Esta era su sola preocupación, su única idea. Lo demás le era indiferente.

La Muerte de los Bravos dijo a su vez:

--No me queda duda, el capitán y Milon han podido salvarse.

Marmouset no respondió a esta aserción.

Volvieron pues para atrás, y se detuvieron de nuevo en la sala circular. Marmouset dio el ejemplo, y colocándose en medio de sus compañeros, dijo:

--Ahora, amigos míos, acordemos entre todos el partido que debernos tomar.

Y señalando con la mano la galería central, por donde algunas horas antes habían venido de Newgate, añadió:

--Ya sabemos adónde ese camino conduce.

--¡Mil gracias! dijo el marinero William, ¿queréis acaso que vayamos a entregarnos a los policemen?

--No arriesgaríamos en ello gran cosa.

--Arriesgaríamos en primer lugar el ser estrechamente encerrados.

--Yo me haría poner en libertad bien pronto.

--Vos, tal vez, pero yo..... que soy Inglés.

Polito había colocado a Paulina en tierra, sosteniéndola entre sus brazos; y la pobre joven empezaba a volver en sí, y preguntaba qué era lo que había pasado.

Polito la tranquilizó como pudo, y viéndola ya en estado de sostenerse, tomó una antorcha y la encendió en la que llevaba Marmouset, y dijo adelantándose:

--Voy a explorar un poco ese camino.

Y entró por la galería.

Pero no había andado cincuenta pasos, cuando volvió para atrás y vino a reunirse con sus compañeros.

--No debemos perder el tiempo en discurrir sobre cosas inútiles, dijo.

--¿Eh? exclamó Marmouset.

--No hay nada que temer de la policía.

--¿Qué quieres decir?

--Que una parte de esa galería se ha arruinado y se halla perfectamente cerrada.

--¡Ah!

--Lo que hace que estamos enterrados aquí.

--Enterrados, dijo la Muerte de los Bravos, y condenados a morir de hambre.

Marmouset se encogió de hombros.

--¡Bah! dijo con desdén, debemos fiar en nuestra estrella que nos ha favorecido hasta ahora.

Todos se quedaron mirándolo.

--Ahí tenéis otra galería que no hemos explorado aún, añadió.

--¡Es verdad! dijo Vanda.

--¿Quién sabe adónde conduce?

--Veamos de todos modos.....

Y Marmouset sacudió su antorcha y penetró por la tercera galería.

Esta, como sabemos, en vez de seguir un plano inclinado, subía al contrario poco a poco.

Marmouset se volvió hacia sus compañeros.

--Esta galería, dijo, que yo creía antes cegada, se divide en dos ramales, y sube de manera, que tal vez llegaremos pronto al nivel del suelo.....

--Sigamos adelante, dijo la Muerte de los Bravos.

Pero de repente, Marmouset se detuvo y apagó vivamente su antorcha.

--¡Silencio! murmuró en voz baja.

Polito se detuvo también a su vez diciendo:

--¡Que nadie se mueva!

En medio del profundo silencio que reinaba en aquellas catacumbas, un ruido extraño había llegado de pronto a oídos de Marmouset.

Pero no un ruido sordo y lejano como el que produjeran los primeros hundimientos, ni el fragor del viento y del suelo agitados.....

Aquel rumor, al principio indefinible, era el murmullo de voces humanas.

¿Eran acaso los policemen?

¿O bien algunos fenians que venían en busca del que habían prometido libertar?

Y a tiempo que Marmouset se hacía esta pregunta y recomendaba el silencio a sus compañeros, las voces se hicieron más distintas y una luz apareció en el fondo de aquel subterráneo.

Luego pudieron distinguir a un hombre que llevaba una linterna en la mano.

Y Marmouset, después de un momento de duda, llegando al fin a reconocer a aquel hombre, exclamó:

--¡Es Shoking!--¡Nos hemos salvado!

IV

Marmouset no se había engañado.

El hombre que tan providencialmente llegaba, era Shoking en efecto.

Shoking que venía con una linterna en la mano, alumbrando a otra persona que marchaba a su lado, y que Marmouset reconoció igualmente.

Era uno de los jefes fenians que habían prometido salvar al Hombre gris.

Marmouset al ver esto, se volvió hacia los que le seguían, y que también se habían parado a su ejemplo, y les dijo:

--Podemos avanzar. Son amigos.

Shoking se adelantaba en tanto, y acabó por percibirlos a su vez.

Y reconociendo a Marmouset, lanzó un grito de alegría y vino a echarse en sus brazos.

--¡Ah! exclamó, hace largo tiempo que os andamos buscando.

--Así es, dijo el fenian.

--Y grande era nuestro temor de que hubieseis perecido o de que os hallaseis enterrados vivos, prosiguió Shoking.

Al mismo tiempo buscaba con la vista a Rocambole y, no hallándolo, exclamó:

--Pero, ¿dónde está el Hombre gris?

Marmouset movió tristemente la cabeza.

Shoking dejó escapar un grito ahogado.

--¿Muerto? murmuró.

--Esperamos que así no sea, repuso Marmouset.

--¡Cómo!... ¿Qué queréis decir? preguntó Shoking fijándose en Marmouset en el colmo de la ansiedad.

Este le contó en dos palabras todo le que había pasado.

Entonces volvió a aparecer la sonrisa en los labios de Shoking.

--Estoy tranquilo, dijo.

Y como Vanda, Marmouset y los demás le miraban con curiosa extrañeza, el buen Shoking añadió:

--Yo he vivido largo tiempo en compañía del jefe, y puedo asegurar que, si no lo habéis visto muerto, es que se ha escapado de la catástrofe. Yo lo conozco.

La confianza de Shoking se comunicó a todos los demás, excepto a Vanda que no participó de ella.

Los más siniestros presentimientos seguían agitando su espíritu.

--En fin, dijo Marmouset, ¿cómo habéis llegado hasta aquí?

--Veníamos en busca vuestra, respondió el jefe fenian.

--¡Ah!

--Os habéis anticipado a nosotros, y contrariado de consiguiente mis planes. Si ha sucedido una desgracia, a nadie debéis culpar sino a vosotros mismos, dijo aquel hombre con una calma enteramente británica.

Marmouset se sintió herido y se irguió con altivez.

--¿Lo creéis así? dijo.

--Sin duda, repuso el jefe fenian con la misma flema. Si no hubierais dudado de mi palabra..... no os hubierais puesto en acción.....

--¡Veamos! dijo Shoking interviniendo, no es esta la ocasión ni el momento de empeñar una discusión: lo que importa es salir de aquí cuanto antes, pues puede desplomarse todavía alguna parte del subterráneo.

--Pero, ¿por dónde habéis venido? preguntó Marmouset.

--Por la tercera salida.

Esto parecía indicar claramente que Shoking conocía las otras dos.

Y como Marmouset al oírlo hiciese un gesto de sorpresa, el buen Shoking añadió:

--Los fenians conocían mejor que vos la existencia del subterráneo.

--¿De veras?

--Y contaban volar una parte de Newgate, si no os hubierais dado tanta prisa.

--Pero en fin, preguntó Marmouset, ¿cuál era su plan?

--Voy a decíroslo, respondió el jefe fenian. Por nuestras órdenes, se habían colocado seis barriles de pólvora.

--Bien.

--Tres en los subterráneos, y los otros tres contra los muros mismos de la prisión.

--¿Y después?

--Como habéis visto, pusieron fuego a los de los subterráneos, que estaban destinados a derribar una parte de las casas de Old-Bailey.

--¿Con qué objeto?

--Con el de producir tal confusión y desorden que, haciendo volar de seguida los muros exteriores de Newgate, nos hubiera sido fácil sacar de allí al Hombre gris.--Uno solo de los barriles ha saltado.

--¿Y los que estaban junto al muro de la cárcel?

--Cuando hemos sabido que estabais con el Hombre gris en los subterráneos, nos hemos apresurado a arrancarles la mecha.

--Pero entonces, ¿Old-Bailey se ha desplomado?

--No.

--¿Cómo pues?

--Solamente una casa de Sermon Lane se ha venido abajo; pero el fracaso ha sido tal, que nadie ha podido comprender bien la causa de ese hundimiento espantoso.

--Entonces..... ¿la cárcel de Newgate ha quedado en pie?

--Sí, y han libertado al gobernador, que ha referido vuestra evasión. En su consecuencia han bajado a los subterráneos, pero han tenido que volverse atrás.

--¿Por qué?

--En primer lugar porque los hundimientos continuaban, y luego, porque el camino que habíais seguido se hallaba cerrado.

--¡Ah! es verdad! dijo Marmouset recordando que Polito no había podido penetrar en aquella galería.

Y después añadió:

--Pero en fin, ¿vos habéis tomado otro camino?

--Sin duda.

--Entonces... ¿podemos salir de aquí?

--Cuando queráis, dijo Shoking. Seguídme.

Y echó a andar por el camino que había traído.

Marmouset y los demás le siguieron de cerca, y al cabo de un cuarto de hora de marcha, se encontraron en fin al pie de una escalera.

--¡Ah! dijo Marmouset, ¿adónde se sube por aquí?

--A la bodega de un public-house.

--Cuyo dueño es uno de los nuestros, añadió el jefe fenian.

--¿Y dónde se halla situado ese public-house?

--En Farringdon street.

--En ese caso nos hallamos ahora al este de Newgate.

--Así es.

Shoking tomó por la escalera seguido de todos los demás.

Vanda cerraba la marcha.

Hubiérase dicho que la pobre joven dejaba su alma en aquellos subterráneos: de tiempo en tiempo, sin dejar de seguir a los otros, volvía hacia atrás la cabeza y murmuraba:

--Tal vez a esta hora se halla destrozado y sangriento..... y respirando aún, enterrado bajo las piedras.......

La escalera tendría unos treinta peldaños.

Al llegar al último, la cabeza tocaba a una trampa que estaba echada en aquel momento.

Shoking la levantó, y Marmouset que lo seguía se halló en la sala baja del public-house, donde todos se encontraron al fin reunidos.

Los postigos de la tienda estaban cerrados.

Además era ya bien entrada la noche, y el publican había despedido a sus parroquianos y se hallaba solo.

Él buscó también con la vista al Hombre gris, y pareció admirarse de no verlo entre las numerosas personas que llegaban.

Marmouset dijo entonces a Shoking:

--Nos hallamos en Farringdon street, ¿no es esto?

--Sí.

--¿Más arriba o por bajo de Fleet street?

--Más abajo.

--Por consiguiente, muy cerca del Támesis, ¿no es así?

--Ciertamente.

--Pues bien, es necesario ponernos de seguida en busca del capitán.

--Eso es tanto más fácil, repuso Shoking, cuanto que tengo una lancha cerca de Temple Bar.

--Entonces partamos, dijo Marmouset.

--Yo voy a acompañaros, dijo Vanda.

--Y yo también.....

--Y yo también... exclamaron a un tiempo los demás.

--No, dijo Marmouset con tono de autoridad. Vosotros permaneceréis aquí y esperaréis a que yo vuelva.

En ausencia del capitán, Marmouset era ciegamente obedecido. Así, todos bajaron la cabeza, y ninguno presentó la menor objeción.

En cuanto a Polito, no disimuló su satisfacción de quedar allí tranquilo por algún tiempo, pues la pobre Paulina se hallaba destrozada de fatiga y mal repuesta aún de tan terribles emociones.

Marmouset, Shoking y Vanda salieron pues del public-house, y se dirigieron por la ancha vía que toma al principio el nombre de calle y después el de camino de Farringdon.

La noche era oscura y brumosa.

Sin embargo, de vez en cuando un rayo de luna lograba desgarrar la niebla, y su dudosa claridad argentaba por un instante las sombrías calles de Londres.

Esto explicaba aquella luz blanquecina que Marmouset y sus compañeros habían visto un momento después de la explosión, por el orificio del subterráneo.

Vanda y sus dos compañeros descendieron pues a orillas del Támesis, y continuaron por el malecón hasta llegar al sitio donde Shoking tenía amarrado su barco.

Todos entraron en él y Shoking tomó los remos.

--Puesto que los fenians conocían los subterráneos, dijo entonces Marmouset, vos debéis saber sin duda dónde se halla la entrada de la galería que da al Támesis.

--Vamos directamente hacia ella.

--¿Está lejos? preguntó Vanda temblando.

--Llegaremos dentro de diez minutos.

Y Shoking se puso a remar vigorosamente.

En fin la barca, que había tomado un momento el largo, se acercó poco a poco a la orilla, y Shoking, levantando los remos, la hizo derivar.

La lancha fue a dar contra unas matas espesas que cubrían por aquella parte todo el ribazo.

--Aquí es, dijo Shoking.

Marmouset que tenía la vista penetrante, examinó las malezas y dijo volviéndose a Vanda:

--Estoy convencido de que nadie ha pasado recientemente por aquí.

--¡Oh! Dios mío!

--El capitán y Milon no han salido del subterráneo.

--¡Ah! dijo Vanda con acento desgarrador, ¡sin duda han perecido!

Marmouset no respondió una palabra.

Apartó con un remo la maleza, y poniendo a descubierto una ancha abertura, saltó vivamente de la barca.

--¿Has traído la linterna? preguntó a Shoking.

--Sí, respondió este, pero no la encenderemos hasta estar ahí dentro.

Y en seguida penetraron los tres en el subterráneo.

Entonces Shoking se puso a encender su linterna; pero apenas una dudosa claridad empezó a alumbrar aquella tenebrosa entrada, cuando Vanda y Marmouset lanzaron a un tiempo un grito de espanto.....

V

Al oír aquel grito, lanzado simultáneamente por Vanda, Marmouset y Shoking, hubiera podido creerse que acababan de descubrir los cadáveres mutilados de Rocambole y Milon.

Pero no era así sin embargo.

Lo que les había producido tan violenta impresión era el haber hallado cerrada por una enorme roca la entrada de la galería.

Ahora bien, aquella roca no podía ser la que, desde la sala circular, Marmouset y sus compañeros habían visto desplomarse detrás de Rocambole y Milon.

Era otro hundimiento casi a la salida del Támesis.

De consiguiente podía suponerse con fundamento que los desplomes que se habían efectuado detrás de los fugitivos continuaron delante de ellos, y que habían perecido entre las ruinas.

Por lo demás, había una manera segura de convencerse de ello.

Después de haber examinado las espesas yerbas que cubrían la entrada de la galería, Marmouset creyó haber adquirido la certeza de que nadie había pasado recientemente por aquel sitio.

Pero existía otro medio de comprobación mucho más elocuente.

A la hora de la marea alta, las aguas del Támesis invadían el subterráneo, ocupando un espacio de muchos metros; y luego, al retirarse, dejaban una espesa capa de cieno, la cual debía conservar necesariamente las huellas de Milon y de Rocambole.

Pero Marmouset buscó en vano el menor vestigio: en vano registró todo el suelo con ayuda de la linterna. Ningún pie humano había hollado recientemente aquel sitio.

Además, la peña desprendida de la bóveda estaba enteramente seca; lo que probaba evidentemente que su caída era posterior a la retirada de las aguas.

Vanda, Marmouset y Shoking se miraban pues con un temor indecible.

La duda no podía prolongarse por más tiempo.

O Rocambole y Milon habían perecido bajo aquel desplome a tiempo que huían; o bien habían quedado encerrados entre los dos peñascos que se desprendieron a cierta distancia uno de otro.

Esta última hipótesis era la única y suprema esperanza que Vanda podía conservar aún.

La pobre joven miraba a Marmouset, retorciéndose las manos con desesperación, y murmuraba sin cesar:

--¿Qué hacer? ¡Dios mío!... ¿qué hacer?

--¡Oh! por mi parte no lo sé tampoco, repuso Marmouset.

Pero de pronto tuvo una inspiración.

Entregó la linterna a Shoking y, aproximándose al peñon que cerraba la galería, se acostó por tierra casi debajo de él y aplicó el oído.

Vanda le contemplaba sin comprender bien lo que hacía.

Marmouset escuchaba.......

Escuchaba, sabiendo que ciertas piedras de materia calcárea poseen una sonoridad prodigiosa.

Esta experiencia se semejaba algún tanto a la del médico cuando asculta el pecho de un hombre que no da signo de vida, a fin de convencerse de que el corazón ha dado su último latido.

La ansiedad de los actores de esta escena acrecía por momentos, cuando de repente Marmouset levantó la cabeza, y su rostro pareció iluminarse.

--Oigo alguna cosa, dijo.

--¿Qué? preguntó Vanda con voz ahogada, y precipitándose hacia él.

--Oigo un ruido sordo y lejano, que se parece a veces al murmullo del agua que brota de un manantial, a veces a la voz humana.

Vanda apoyó a su vez el oído contra la peña.

--Yo también, dijo, oigo alguna cosa.

--¡Ah!

--Y no es, añadió con un gesto de alegría, el ruido del agua.

--¿Estáis segura?

--Sí, es una voz humana. Esperad....... esperad.......

Y Vanda siguió escuchando.

--Sí, añadió después de un momento de silencio, no es una sola voz, son dos. Y se aproximan....... ¡Ah!

Y Vanda arrojó un grito de alegría.

--¿Qué oís? preguntó con ansiedad Marmouset.

--Es la voz de Rocambole..... sí, no me equivoco, y la de Milon... la una clara y sonora, la otra grave y profunda.

Y después de decir esto, Vanda se puso a gritar:

--¡Capitán!..... Capitán!

--¡Silencio! dijo Marmouset.

Y como la joven le mirase con extrañeza:

--Esperad que me explique, dijo, y no gritéis inútilmente.

--¿Inútilmente?

Y Vanda, fuera de sí de alegría, contemplaba a Marmouset y parecía preguntarse si el joven no había perdido algún tanto el juicio.

Este, antes de responder, volvió a escuchar a su vez por algunos instantes, y después añadió:

--En efecto, tenéis razón.

--¡Ah!... ¿es verdaderamente la voz de nuestros amigos lo que hemos oído?

--Sí.

--Entonces.....

--Yo los he reconocido lo mismo que vos: no me queda duda.

--Y bien, ¿por qué os oponéis entonces a que los llame?..... ¿por qué no queréis que sepan?.....

--No sabrán nada, amiga mía.

--¡Ah!

--Por la sencilla razón de que no os oirán.

--Nosotros los oímos bien. Marmouset se echó a reír.

--No es la misma cosa, dijo.

--¿Por qué razón?

--Porque en el interior del subterráneo, y en un corto espacio cerrado por dos peñascos, los sonidos toman una intensidad que no puede existir aquí donde nos hallamos casi al aire libre.

Esta razón no tenía réplica.

Marmouset prosiguió:

--El rumor que llega hasta nosotros es el de dos personas que hablan. Esto me tranquiliza, porque si nuestros amigos estuvieran heridos, se quejarían.....

--Es verdad, dijo Vanda.

--Se hallan pues sanos y salvos.

--Sí, pero están presos en un lugar sin salida, y acabarán por morirse de hambre.

--Nosotros los libertaremos, dijo fríamente Marmouset.

--¿Cómo?

--¡Oh! repuso el joven, tranquilizaos. Ya comprendéis que no hay que pensar en emplear la pólvora.

--Ciertamente que no.

--Ni menos en zapar esa roca, cualesquiera que sean los instrumentos que poseamos. Sería inútil.

--¿Qué hacer entonces?

--Salgamos de aquí, volvamos a la lancha, tomemos a lo largo del Támesis..... y yo os lo diré.

Marmouset se expresaba con tal tranquilidad, que Vanda sintió renacer su esperanza.

En cuanto a Shoking, como ambos hablaban en francés, no había comprendido gran cosa.

Todo lo que hasta entonces sabía, era que su amo y Milon estaban vivos, puesto que se les oía hablar a través de la peña.

Marmouset volvió al barco y Vanda le siguió.

Shoking tomó de nuevo los remos, y Marmouset le dijo entonces en inglés:

--Gobierna hacia el centro del río, y mantén el barco en línea recta de la galería.

--Para eso, respondió Shoking, es necesario empezar por subir la corriente.

--Sea, dijo Marmouset.

--Después dejaré derivar el barco perpendicularmente hacia la entrada del subterráneo.

--Eso es, repuso Marmouset.

Y de pie, en la popa de la lancha, fijó obstinadamente la vista en la orilla izquierda del Támesis.

Vanda lo observaba sin comprenderlo.

La barca subió el río hasta el sitio llamado de los _Monjes Negros_, y ya allí, Shoking la hizo derivar.

Marmouset no perdía de vista ninguna de las casas viejas y ahumadas que orillan el Támesis por este paraje.

De repente pareció fijarse en una de ellas y la examinó con atención.

--Allí es, dijo.

--¿Qué? preguntó Vanda.

Pero Marmouset, en vez de contestarle, dijo perentoriamente a Shoking:

--Puedes ganar la orilla.

--¡Ah! exclamó Shoking.

Y los remos volvieron a caer en el agua.

Cinco minutos después, Marmouset saltaba en tierra, y seguido de sus compañeros, subía por Farringdon street.

--Pero, ¿adónde vamos? preguntó de nuevo Vanda.

--Seguídme, ya lo veréis.

La primera calle que se encuentra perpendicular a Farringdon, al subir de la orilla del Támesis, se llama Carl street.

Thames street es su continuación hacia el este.

Marmouset marchaba con paso tan rápido, que Vanda podía apenas seguirle.

Siguió por un corto espacio Carl street, y se detuvo de pronto delante de una casa, que era mucho más alta que las otras.

Aquella casa era la que había examinado desde el medio del Támesis.

--Ahora, dijo a Vanda, escuchadme con atención.

--Decid.....

--A menos que no me haya equivocado en mis cálculos, esta casa está precisamente encima de la galería subterránea.

--¡Ah!... ¿creéis?.....

--Y se encuentra entre los dos peñascos que encierran a Rocambole y Milon.

--¿Y bien?

--Esperad..... respondió Marmouset.

Y aproximándose a la puerta de aquella casa, llevando en la mano la linterna de Shoking, que había conservado, se puso a examinar detenidamente la puerta.

--Estaba seguro, dijo en fin.

--¿De qué? preguntó Vanda.

--Esta casa es la de un jefe fenian que llaman Farlane.--Mirad, su nombre está sobre la puerta:

FARLANE Y COMPAÑÍA.

--¿Y estáis seguro de que es un fenian?

--Sí.

Vanda miró cándidamente a Marmouset, como queriendo decirle:

--¡Diablo!... ¿seréis por ventura hechicero?

Marmouset se echó a reír.

--Escuchadme, dijo.

Y apagó la linterna, que entregó de seguida a Shoking.

VI

Ahora volvamos algunos pasos atrás y vengamos al momento en que tuvo lugar la última explosión de la galería.

La sacudida había sido tan fuerte, de una violencia tal, que Rocambole y Milon fueron derribados por tierra.

Pero apenas caídos, se levantaron con la misma presteza.

--¡Victoria! exclamó Rocambole, el camino está abierto.

Veíase en efecto la claridad de la luna por la abertura de la galería.

Y volviéndose en dirección de la sala circular, gritó a sus compañeros:

--¡Adelante!... Seguídme!

Y corrió hacia la salida.

Milon le seguía de cerca, y gritaba como él llamando a sus compañeros.

Así marcharon unos cuarenta pasos.