La Cuerda Del Ahorcado Ultimas Aventuras De Rocambole I El Loco
Chapter 18
--¡Oh! dijo tranquilamente Mr. Simouns, podéis desgarrar ese documento y hasta echarlo al fuego, si así os place, milord. No es más que una copia. La pieza auténtica, legalizada por la embajada británica, se halla bajo llave en mi gabinete.
Lord Evandale pareció reflexionar algunos instantes.
--Pues bien, dijo en fin, si yo consiento en lo que me pedís, ¿cuál será mi garantía?
--Se os entregará el original de la copia que acabáis de leer, y que es la sola pieza importante del pleito que intentamos sostener.
--Muy bien. Pero Walter Bruce está en Bedlam.....
--¡Oh! es tan fácil para Vuestra Señoría el hacerlo salir!
--¿Lo creéis así?
--Vuestra Señoría no tiene más que escribir dos líneas al lord presidente, y Walter Bruce será puesto en libertad.
--¿Y partirá de Londres?
--Inmediatamente.
--¿Y en cambio de mi casa de París y de las doscientas cincuenta mil libras, se me entregará esa declaración?
--Milord, dijo Mr. Simouns, soy un hombre conocido en Londres por mi probidad. Jamás he dado mi palabra sin cumplirla.
--Está bien, dijo lord Evandale. Mañana a esta hora, pasaré por vuestra casa, y concluiremos este negocio tal como lo deseáis.
Mr. Simouns saludó a lord Evandale y se retiró sin más palabra.
Tom había permanecido en el carruaje.
--En fin, amigo mío, dijo al incorporarse con él Mr. Simouns, la causa está ganada.
--¿Consiente en todo?
--En todo absolutamente.
--¿Y lord William saldrá de Bedlam?
--Mañana será puesto en libertad. Por lo demás, venid mañana a las dos a mi gabinete. A esa hora todo estará concluido.
Tom y Mr. Simouns se separaron en Leicester-square.
El solícitor se volvió a su oficina, y el buen escocés fue a reunirse con Betzy, que había tomado un modesto cuarto amueblado en Drury-Lane.
Todo Inglés de pura raza que tiene un motivo fundado de alegría, acostumbra a dar gracias a la Providencia con el vaso en la mano.
Tom veía al fin coronados sus esfuerzos; así pasó todo el resto del día con Betzy, y corrieron de taberna en taberna hasta la media noche, bebiendo porter, sherry, gin y aguardiente, anegando por completo su regocijo.
A media noche se acostaron completamente borrachos.
Sin embargo, la mañana siguiente, Tom se levantó como de costumbre, enteramente despejado y con toda su lucidez de espíritu.
Toda la mañana la pasó lleno de impaciencia.
En fin, cuando dieron las dos, salió a toda prisa, tomó un cab, y se hizo conducir a Pater-Noster Street.
Pero en el momento en que entraba en esta calle, ordinariamente tranquila, vio una multitud compacta que obstruía el paso a la casa de Mr. Simouns.
Tom bajó del carruaje y se aproximó vivamente.
La multitud estaba silenciosa y parecía consternada.
Tom quiso penetrar por medio de ella y abrirse paso hasta la puerta gritando: ¡Plaza! plaza!; pero no lo pudo conseguir a pesar de todos sus esfuerzos.
--¿Qué es esto? dijo entonces encarándose con un rough que se hallaba a su paso, ¿qué sucede aquí?
--Ha sucedido una gran desgracia, respondió aquel hombre del pueblo.
Tom se estremeció de pies a cabeza y sintió un sudor frío inundar de pronto su frente.
LI
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXXVII
--Pero, ¿qué ha sucedido? preguntó Tom con ansiedad.
--Una gran desgracia, caballero.
--¿Qué desgracia?
--Mr. Simouns ha muerto.
Tom dejó escapar un grito.
En aquel momento un joven se abrió paso entre la multitud y se acercó a Tom.
Este lo reconoció al punto.
Era aquel mismo pasante de Mr. Simouns, que el solícitor había enviado a buscar al teniente Percy algunos días antes.
--¡Ah! señor Tom! exclamó el joven con los ojos arrasados en lágrimas, ¡qué desgracia! señor Tom, que desgracia!
Tom se había quedado como estúpido.
--Pero... ¡es imposible! dijo en fin.
--¡Oh! eso es lo mismo que yo decía, señor Tom; yo no quería creerlo hace una hora..... Pero lo he visto muerto, bien muerto.
Y entonces el pasante contó a Tom que Mr. Simouns había vuelto a su casa la noche anterior, como de costumbre, en perfecta salud y de muy buen humor.
Que había cenado como todas las noches, y se había metido en la cama un poco antes de las doce.
La mañana siguiente, a eso de las ocho, viendo que tardaba en llamar a su ayuda de cámara, mistress Simouns se inquietó un poco y fue a tocar a su puerta.
Pero, como nadie le respondiese, abrió y entró.
Mr. Simouns se hallaba extendido en la cama, y estaba muerto.
Un médico, llamado a toda prisa, había declarado que el solícitor acababa de sucumbir a una congestión cerebral, determinada por una causa desconocida.
Durante este relato del pasante, Tom hizo grandes esfuerzos para conservar su serenidad y recobrar toda su energía.
--Pero, dijo en fin, ¿es aquí donde ha muerto?
--No, señor; ha muerto en su domicilio, fuera de Londres.
Entonces, ¿por qué hay aquí esa aglomeración de gente?
--Porque la justicia está arriba.
--¡La justicia!... ¿Qué viene a hacer aquí?
--Viene a sellar y poner en secuestro los papeles de Mr. Simouns.
Esta respuesta fue un nuevo golpe para el pobre Tom.
Entre los papeles de Mr. Simouns se encontraba seguramente la famosa declaración del teniente Percy y consortes, visada por la embajada de París, único documento por cuyo medio podía obligarse a transigir a lord Evandale.
Y Tom conocía la marcha lenta y tortuosa de la justicia inglesa. Sabía que una vez puesto un secuestro, había para un tiempo indefinido.
Después de penosos esfuerzos, acabó por abrirse paso y entró en la casa siguiendo de cerca al pasante.
El gabinete del solícitor estaba ya cerrado y habían puesto los sellos en la puerta.
En tanto, las dos de la tarde habían pasado hacía tiempo, y lord Evandale no parecía.
Tom permaneció toda la tarde errando de un lado a otro por la calle de Pater-Noster.
Esperaba ver llegar a lord Evandale según había prometido el día anterior, puesto que no debía conocer todavía la muerte del solícitor; pero lord Evandale no pareció por aquellos parajes.
De entonces Tom supo ya a qué atenerse.
Mr. Simouns no había muerto de muerte natural.
Lo había herido la misma mano misteriosa que dirigía la infernal intriga en que se hallaban envueltos lord William y todos los suyos.
¡Y Tom se encontraba solo en adelante para combatir con semejantes adversarios!.....
Pero ya lo hemos visto, el honrado escocés estaba dotado de una energía a toda prueba. Jamás se desalentaba completamente, y tenía la paciencia y la tenacidad de los cazadores americanos.
Esperó quince días, prudentemente escondido con Betzy, en uno de los barrios extremos de Londres, y de allí espiaba sin embargo todo lo que convenía a los planes de su conducta futura.
Al cabo de ese tiempo, el gabinete de Mr. Simouns volvió a emprender sus trabajos.
El mismo pasante que había noticiado a Tom la muerte de su principal, y que era su oficial mayor, fue nombrado solícitor, por providencia ministerial, en el oficio vacante de Mr. Simouns.
Tom fue a verlo de seguida.
El nuevo procurador estaba al corriente del negocio y sabía la marcha que había seguido hasta el día.
--Mr. Simouns ha muerto, dijo; pero yo ocupo su lugar y continuaré su obra. Estoy próximo a obtener que se levante el secuestro, y tan luego como hayamos encontrado la famosa declaración que nos sirve de base en este negocio, obligaremos a lord Evandale a que termine la transacción.
Al cabo de ocho días, el nuevo solícitor obtuvo que se levantaran los sellos.
Pero ¡ay! aquí esperaba a Tom un nuevo desengaño, más cruel, más terrible que todos los que ya había sufrido.
Levantado el secuestro, se procedió a un minucioso examen, pero fue en vano el registrar todos los papeles de Mr. Simouns; la famosa pieza había desaparecido.
Una mano criminal la había sustraído sin duda, el día de la visita judicial en el gabinete de Pater-Noster street.
El nuevo solícitor no se desalentó sin embargo.
Cuando estuvo bien convencido de la desaparición de aquel documento, tomó inmediatamente su partido, y dijo a Tom:
--El teniente Percy continúa en París, ¿no es verdad?
--Así lo creo.
--Pues bien, es necesario ir a París, y obtener de ese hombre una nueva declaración, aun cuando sea a fuerza de dinero.
El honrado Tom, siempre animoso e infatigable, partió de seguida.
Al día siguiente llegaba a París y corría al domicilio del teniente.
Aquí nuevo golpe y nuevo desengaño.
El teniente había desaparecido de París hacía ocho días, sin que nadie supiese su paradero.
Tom buscó entonces a los dos antiguos cabos de presidio, pero también los buscó en vano.
Ni la policía de París, ni la embajada inglesa pudieron averiguar el paradero de aquellos individuos.
Entonces Tom, fuera de sí de cólera y de dolor, exclamó:
--¡Pues bien! Ya que no hay que contar con la justicia..... yo la tomaré por mi mano.
Y partió precipitadamente para Londres.
* * *
La misma noche en que Tom se hallaba de vuelta en la capital, lord Evandale, que había asistido a la sesión de la Cámara alta, salió bien tarde del Parlamento.
Era cerca de media noche.
En vez de entrar en el carruaje y de retirarse a su casa, lord Evandale despidió a sus lacayos, y se dirigió a pie a Pall-Mall, donde estaba su club.
El noble personaje pasó allí una parte de la noche jugando al faraón.
Las alternativas de ese juego violento, en el que se puede perder en pocas horas una fortuna, parecieron interesarle bastante, pues eran más de las tres de la mañana cuando se decidió al fin a retirarse.
--¡Cómo! milord, le dijo el baronet sir Carlos M...... ¿os vais a pie a estas horas?
--Sí por cierto, respondió lord Evandale.
--¿No teméis a los _estranguladores_?
--¡Bah! jamás ha habido estranguladores en Londres.
--¡Oh! ¿Os burláis?
--No temo nada, ni a nadie, querido, añadió lord Evandale.
Y partió riéndose con fatuidad.
Alejose del club con paso rápido, y cuando se hallaba ya a cierta distancia, le pareció oír andar detrás de él.
Volviose y vio un hombre que le seguía.
Entonces lord Evandale apresuró el paso.
El hombre que iba tras él hizo lo mismo, y así llegaron ambos en pocos momentos a Trafalgar-square.
Al pie de la estatua de Nelson, lord Evandale, que se vio perseguido de cerca, se detuvo y se volvió bruscamente.
Entonces el desconocido llegó a él.
--Dos palabras, milord, dijo aquel hombre.
Lord Evandale, al oír aquella voz, sintió un terror vago apoderarse de su espíritu.
--¿Qué me queréis? preguntó.
El desconocido dio un paso más hacia él.
--¿No me reconocéis, milord?
--No, dijo secamente lord Evandale.
--Me llamo Tom.
--¡Ah! ¿y qué?
--Vengo a preguntaros si estáis dispuesto a devolver en fin la libertad a lord William.
Lord Evandale se echó a reír.
--¿Estáis loco? dijo.
--¡Milord! repuso Tom temblando de furor, cuidado con lo que decís!
--¡Atrás! dijo lord Evandale.
Y viendo a dos policemen a cierta distancia, los llamó en su ayuda.
--El socorro llegará tarde, dijo Tom.
Y sacando un largo puñal del bolsillo, lo hundió hasta la guarda en el pecho de lord Evandale, que cayó arrojando un grito.
Los agentes de policía llegaron en aquel punto y se apoderaron de Tom.
Pero lord Evandale se agitaba con las convulsiones de la agonía, y lord William estaba vengado.
LII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXXVIII
Betzy estaba sin duda en el secreto de los proyectos de su marido y no se había opuesto en ningún modo a su resolución, puesto que no manifestó la menor inquietud al no verlo volver aquella noche.
Al día siguiente se fue a rondar por los alrededores del palacio Pembleton.
El patio de entrada estaba lleno de gente.
Betzy se metió poco a poco entre la multitud y escuchó lo que decían.
Allí contaban, con interminables comentarios, que el noble lord había sido asesinado al atravesar Trafalgar-square, a las cuatro de la mañana.
¿Por quién?
Según algunos, el asesino era un fenian.
Lord Evandale había pronunciado dos días antes en la Cámara alta un discurso muy violento contra la Irlanda.
Según otros, el crímen había tenido por móvil el robo.
Y nadie pronunciaba el nombre de Tom.
Pero como todos estaban de acuerdo sobre la prisión del asesino, Betzy supo a qué atenerse sobre la suerte de Tom.
Betzy era una mujer animosa.
--Tom está preso, se dijo, pero, ¿qué importa? Suceda lo que quiera, yo continuaré su obra.
La pobre mujer basaba su resolución en engañosas ilusiones.
Pensaba que, una vez lord Evandale muerto, lady Pembleton se acordaría de que había amado a lord William, y que se apresuraría a consentir en la transacción.
Con esta esperanza, aguardó pacientemente algunos días.
Los funerales del difunto tuvieron lugar con gran pompa. Los periódicos se ocuparon de ellos, así como se habían ocupado de la muerte del noble personaje, cuyas virtudes y cualidades ensalzaron hasta las nubes. Pero ninguno de ellos habló de las antiguas relaciones del asesino con la víctima.
Al cabo de ocho días, Betzy se presentó en el palacio Pembleton solicitando una audiencia de la viuda.
Lady Anna consintió en recibirla.
Betzy abordó la cuestión desde luego, y, sin otros preámbulos ni rodeos, la dijo:
--El miserable que había abusado de vuestra confianza, milady, ha expiado su crímen. ¿Rehusaréis ahora reconocer a lord William?
Lady Pembleton no desplegó los labios y, por toda respuesta, se fue a tirar del cordón de una campanilla.
Dos hombres entraron inmediatamente, sir Archibaldo y un desconocido.
Es decir, un desconocido para la pobre Betzy, pues el individuo en cuestión no era otro que el reverendo Patterson.
--Padre, dijo lady Pembleton, haced arrojar a la calle a esa miserable loca.
Betzy tuvo un arrebato de indignación.
--¡Ah! milady, exclamó, hasta hoy os había creído la esclava de lord Evandale, pero ya estoy convencida de que erais su cómplice.
Sir Archibaldo llamó a sus lacayos, y estos se apoderaron de Betzy y la pusieron a la puerta.
Betzy gritaba como una desesperada.
Dos policemen del barrio la cogieron entonces a su vez, y la condujeron al puesto de policía más cercano.
Allí, Betzy quiso contarlo todo al comisario que la interrogó; pero este la cerró la boca y dio órden de que la condujeran a la cárcel.
Entonces la pobre mujer comprendió que estaba perdida.
Pero esta ruda escocesa estaba dotada de la indómita y salvaje energía de su marido.
--Pues que debo estar presa, se dijo, tanto vale aprovechar la ocasión para ver a lord William.
Betzy pasó tres días en el puesto de policía del West-End.
Y durante estos tres días dio tales pruebas de insensatez y falta de razón, ya riéndose a carcajadas sin motivo, ya cantando y llorando al mismo tiempo, y ya dando voces descompuestas en las altas horas de la noche; que el comisario declaró que estaba loca y la hizo conducir a Bedlam.
Esto es lo que Betzy quería.
Lord William, bajo el nombre de Walter Bruce, seguía siempre en el famoso hospital.
El director de Bedlam sabía muy bien que debía guardar al supuesto loco hasta su muerte, y cumplía con todo rigor las misteriosas órdenes que había recibido.
Pero respecto a Betzy, juzgaron sin duda inútil el comunicarle los motivos que la habían hecho conducir allí, y de consiguiente no fue vigilada de cerca, y pudo ver a lord William.
Este no había perdido en ningún modo la razón, pero el pesar iba minando lentamente su existencia.
Y no es que pensase ya en reconquistar su nombre y su perdida fortuna, ¡oh! no! su idea fija ahora era recobrar la libertad, reunirse con su esposa y sus hijos, y volver con ellos a Australia.
Durante las largas y tristes horas de su prisión, había empleado el tiempo en redactar un extenso diario, en donde contaba todo lo que sabía de su lamentable historia.
Las revelaciones de Betzy completaron este relato.
Ahora bien, la casualidad, que se burla con tanta frecuencia de los hombres y que parece complacerse a veces en destruir las mejores combinaciones humanas, la casualidad, decimos, vino de pronto en ayuda a lord William y a la fiel y desgraciada Betzy.
Un día trajeron un nuevo loco a Bedlam.
Betzy, al verlo pasar a larga distancia, creyó haber visto ya en alguna parte a aquel hombre; pero al día siguiente, cuando a la hora de recreo, se encontró con él en los patios del hospital, ya no le quedó la menor duda y llegó a reconocerlo.
Era aquel individuo de edad provecta y maneras ambiguas, que se había presentado en la casa de Tom, hacía algunos meses, bajo el nombre de Edward Cokeries, anunciándose como un pasante del solícitor Mr. Simouns.
Aquel hombre, según el lector recuerda sin duda, había sido el instrumento de lord Evandale, o más bien del reverendo Patterson, y--como se habrá adivinado también,--el que había imitado con tal perfección la letra de lord William, y trasmitido a Tom el falso despacho de John Murphy, datado de Perth, en Escocia.
Edward Cokeries estaba loco, realmente loco, y su locura tenía un origen singular.
Al día siguiente del asesinato de lord Evandale, el miserable falsario se había presentado en el palacio Pembleton, ignorando absolutamente la catástrofe que había tenido lugar la noche anterior.
Allí supo de improviso la muerte de lord Evandale.
Y de improviso también, Edward Cokeries, que no esperaba aquel golpe, perdió por completo la razón.
Este exceso de sensibilidad, que parecerá extraño, tenía sin embargo su fundamento.
Aquel mismo día debía entregar el noble lord a su agente, la suma de dos mil libras esterlinas, como precio de su traición.
Y la muerte violenta del lord había anulado naturalmente este contrato verbal.
Los criados del palacio hicieron venir algunos agentes de policía que condujeron a Cokeries a su casa.
El pobre loco tenía mujer e hijos.
Durante algunos días había permanecido encerrado en su cuarto, guardado y cuidado afectuosamente por su familia; pero al cabo presentó tales síntomas de locura furiosa y dio un escándalo tal, que los vecinos aterrados, pidieron que se le encerrase en sitio más seguro.
Entonces intervino la policía, y lo condujeron a Bedlam.
Ahora bien, así como una conmoción violenta había sido la causa de la locura de Edward Cokeries; otra emoción de distinta naturaleza, aunque no menos fuerte, tuvo el poder de volverlo a la razón.
A la vista de Betzy y de lord William, Edward Cokeries lanzó un grito terrible.
Su locura había desaparecido.
Y con la razón, le volvió también la memoria, y con ella el arrepentimiento.
Una tarde, hallándose con lord William en sitio apartado y fuera de la vista de todos, se echó a sus pies y le pidió perdón, acusándose de todos sus crímenes, y confesando que había sido el instrumento de lord Evandale y del reverendo Patterson.
Él era quien había hecho arrebatar a Tom del camino de hierro.
Él quien había hecho desaparecer al teniente Percy.
Él también quien había robado en el gabinete de Mr. Simouns, mientras se fijaban los sellos, aquella importante declaración de Percy y consortes, legalizada por la embajada de Inglaterra.
Pero aquel documento no lo había entregado a lord Evandale.
Lo conservaba como fianza del pago de ocho mil libras, que el noble lord debía entregarle en varias fracciones, según había sido estipulado entre ellos.
Así, al saber de pronto la muerte del lord, había comprendido que no sería pagado, y la desesperación lo había vuelto loco.
Y cuando hubo confesado todo esto, Edward Cokeries añadió:
--Ahora, milord, os juro por la salvación de mi alma, que si un día salgo de aquí, trabajaré sin descanso en reparar todo el mal que he hecho.
Lord William movió tristemente la cabeza.
--No se sale de Bedlam, dijo.
Pero Betzy, que se hallaba presente, respondió:
--¿Quién sabe?
La animosa escocesa había encontrado un medio de evasión, y pensaba emplearlo de seguida, de la manera que va a verse.
LIII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXXIX
Lord William y Edward Cokeries se quedaron mirando a Betzy con curiosa ansiedad.
Esta, después de echar una ojeada en rededor, les dijo en voz baja:
--He encontrado el medio de salir de aquí.
--¿Cómo? preguntó lord William con aire de duda.
--¡Oh! no hablo de vos, contestó, sino de mí..... Y si lo consigo, todo irá bien, os lo aseguro.
--¿Qué haríais pues? preguntó lord William.
--En primer lugar, el señor me dirá dónde ha ocultado ese documento importante.....
--Así lo haré, interrumpió Edward Cokeries.
--Cuando salga de aquí, iré desde luego a buscar ese papel.
--¿Y después?
--Después, lo llevaré al sucesor de Mr. Simouns.
--Todo eso está muy bien, Betzy, pero, ¿cómo lograréis salir?
--¡Oh! muy fácilmente, como vais a ver.
--Explicaos.
--Ya sabéis que hay en Londres una sociedad de Señoras piadosas y caritativas, que han tomado el nombre de Damas de las prisiones.
--Sí, dijo lord William con un signo de cabeza.
--No solamente asisten a los reos de muerte, sino que también visitan a los presos que caen enfermos.
--Todos los días vienen aquí, dijo lord William.
--Y van siempre, como sabéis, encubiertas; es decir que llevan sobre la cabeza una especie de capuchón, que les oculta casi todo el rostro.
--En efecto: pero veamos en fin.....
--Una de esas Damas vino ayer a ver a un pobre loco que está muy enfermo. Al atravesar la galería adonde da mi celda, esa señora pasó por mi lado y, mirándome fijamente, me dijo:
--Buenos días, Betzy.
Yo hice un gesto de sorpresa.
--¿Me conocéis pues, señora? la pregunté.
--Sí, vos sois la mujer de Tom.
Y como viese que mi sorpresa aumentaba, añadió:
--Y estáis tan loca como yo.
--Pero, repuse con voz balbuciente, ¿cómo sabéis?......
--Yo he asistido a vuestro marido en Newgate, y me lo ha contado todo.
--¡Ah!
--Desgraciadamente no puedo hacer gran cosa por vos, pero lo que puedo hacer, no titubearé en ejecutarlo.
Yo seguía mirándola con asombro.
--Escuchad, me dijo, supongo que deseáis salir de aquí, ¿no es verdad?
--¡Oh! ya lo creo!... sí, señora.
--Pues bien, yo puedo haceros salir.
--¿Cómo?
--¿No ocupáis sola una celda?
--En efecto.
--Pues bien, a partir de esta noche misma, fingíos enferma: meteos en la cama y rehusad todo alimento.
--Así lo haré, señora.
--Dentro de dos días vendré a veros. Os advierto que no vendré sola; otra de mis hermanas me acompañará. No temáis nada, pues yo me encargo de todo.
Y se alejó en seguida.
--Todo eso, observó lord William, no me explica cómo saldréis de aquí.
--Yo lo adivino, milord.
--¡Ah!
--Una de las dos hermanas me prestará su hábito.
--Pero entonces, ella quedará en vuestro lugar.
--Sin duda.
--¿Y cómo saldrá ella a su vez?
--Dándose a conocer probablemente.
--Pero de ese modo va a comprometer gravemente a la sociedad de Damas a que pertenece.
Betzy se encogió de hombros, como si quisiese indicar que, en el fondo, lo que le importaba era verse libre; y volviéndose a Edward Cokeries, le preguntó:
--Y ahora, decidme, ¿dónde está ese papel?
--Escuchad, respondió el curial, yo vivo en Old-Grand-Lane.
--Muy bien, dijo Betzy.
--En el cuarto tercero de la casa señalada con el número 7.--Diréis a mi mujer que vais de mi parte, y si no quiere creeros le entregaréis este anillo.
Y Edward Cokeries se sacó del dedo un anillo de oro y lo dio a Betzy.
--¿Y qué la diré después? preguntó esta.
--Que vais a buscar unos papeles y que sabéis dónde se hallan.
--¡Cómo!
--Ya veréis. Nuestra reducida habitación es bien miserable, prosiguió Edward Cokeries; los muebles son en ella raros; y sin embargo, hay sobre la chimenea de nuestro dormitorio un busto de yeso del duque de Wellington.....
--Bueno.
--Ese busto está hueco, como podéis imaginar.
--¡Ah! ya!... ¿encontraré dentro de él los papeles?
--Sí.
--Está bien, prosiguió Betzy. Vuestra mujer me creerá, y más sobre todo cuando sepa que habéis recobrado la razón.
Después de este conciliábulo, y tan luego como se separó de lord William y de Cokeries, Betzy ejecutó a la letra la primera parte de su programa.
Fingió estar enferma y rehusó la cena aquella noche.
En seguida se acostó muy temprano, y al día siguiente se negó a tomar todo alimento.
Lord William le había entregado su manuscrito,--este diario donde se refiere su lamentable historia,--y ella lo había ocultado bajo su almohada.