La Cuerda Del Ahorcado Ultimas Aventuras De Rocambole I El Loco

Chapter 17

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--Decíais que Percy estaba enfermo, y que permanecíais a su lado hasta que se restableciese para poder acompañaros a Londres.

--¿Y después? dijo Tom.

--Ocho días después, lord William recibió cita del tribunal mandándole comparecer, bajo el nombre de Walter Bruce, se entiende, en el gabinete del fiscal del Consejo.

Esto despertó en el joven lord alguna esperanza, y partió lleno de alegría.

Llegada la noche, como no hubiese vuelto aún, su esposa y la vuestra empezaron a concebir alguna inquietud, pero no tardaron en recibir una carta, escrita y firmada por lord William.

Pero esta carta era obra de un hábil falsario como la vuestra.

Lord William escribía que el fiscal no había dudado un momento en admitir las pruebas de su identidad, y que había hecho comparecer inmediatamente a lord Evandale.

Que este último, al presentarse y ser confrontado con su hermano, no pudiendo negarse a la evidencia, lo había confesado todo.

Sin embargo, el fiscal había retrocedido ante la enormidad del escándalo y la dura necesidad de hacer comparecer en justicia y acusar a un par del reino, y había instado vivamente para que interviniese una transacción entre los dos hermanos.

Lord William recibiría como compensación una suma de doscientas cincuenta mil libras esterlinas, y la propiedad de un palacio que la familia Pembleton poseía en París, en el faubourg Saint-Honoré, y consentiría en vivir en adelante en Francia.

A esta condición se añadía la de salir de Londres en el acto.

Lord William partía pues para Folkestone, donde iba a esperar a su mujer y a sus hijos.

Al mismo tiempo rogaba a Betzy que fuera a Perth a reunirse con Tom, que le noticiase la transacción que había tenido lugar, y que, volviendo con él a Londres, arreglasen sus asuntos, y salieran después para Francia.

La esposa de lord William no dudó un momento de la autenticidad de esta carta.

En ella venía adjunto un billete de cien libras, y así no le fue difícil hacer al día siguiente sus preparativos, y partir por el tren correo de las ocho de la noche, en el railway del Sur.

Desde ese momento no se la ha vuelto a ver, ni a ella, ni a sus hijos.

--Pero, ¿y lord William? dijo Tom, ¿qué ha sido de él?

--El extraño escrito presentado en su nombre al tribunal, sólo ha servido para hacer dudar de su razón.

--¡Ah!

--Al mismo tiempo ha recibido una queja de lord Evandale, que reclamaba la acción de la justicia contra un antiguo deportado, que tomaba el nombre de su difunto hermano, y le perseguía con reclamaciones absurdas.

De consiguiente, mientras que mistress Bruce se dirigía a toda prisa a Folkestone, donde creía encontrarlo, lord William se hallaba sometido al examen de dos médicos, los cuales no titubearon en declarar de una manera unánime que estaba loco.

--¿Y..... entonces? preguntó Tom temblando.

--Entonces, ya os lo he dicho, lo han encerrado en Bedlam, donde se halla todavía.

--Pero, ¿y mi mujer?.....

--Vuestra mujer salió para Escocia el mismo día.

Iba en el vagón destinado para las señoras, y al llegar a la segunda estación, una anciana de aspecto muy respetable, se quejó en alta voz pretendiendo que la habían robado.

Todas las demás viajeras rechazaron indignadas esta imputación, pero los empleados del ferrocarril, cumpliendo con su deber, hicieron venir a un inspector de policía.

Registraron a todas las que ocupaban el vagón, y se encontró en la faltriquera de Betzy el bolsillo de la señora robada.

Betzy protestó en vano: fue presa, y la condujeron a la cárcel de la villa inmediata.

Tom, al oír esto, tuvo un acceso de desesperación.

--¡Oh! exclamó, estamos perdidos!

--No, todavía no, dijo Mr. Simouns con su flema británica.

Tom se quedó mirándolo con ansiedad.

XLVIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXIV

Mr. Simouns pareció recogerse algunos instantes.

Tom lo miraba con ansiedad y, por decirlo así, suspendido a sus labios.

En fin, el solícitor levantó la cabeza y fijándose en su interlocutor, prosiguió:

--Según me dejáis dicho, amigo mío, habéis buscado al teniente Percy por todas partes.

--¡Ay! sí, señor; y todo me hace creer que ha muerto.

--Os engañáis.

--¿Creéis que vive aún? exclamó Tom vivamente.

--Tengo la certeza.

--¡Ah!

--Y la prueba.

Tom sintió renacer en su corazón la esperanza.

--Escuchad, prosiguió Mr. Simouns; mientras que vos corríais de un lado a otro en busca de ese hombre, yo lo buscaba también.

--¿Y lo habéis encontrado?

--El teniente Percy vive todavía, y no solamente no está ciego ni enfermo, sino que goza de todas sus facultades.

--¿Y reside en Londres?

--Sí.

Y diciendo esto, Mr. Simouns tiró del cordón de una campanilla.

A los pocos instantes se presentó uno de sus escribientes.

--Tomad mi carruaje, le dijo Mr. Simouns, y corred a Dover-Hill. Ya conocéis al hombre que vino con vos ayer. Conducidlo aquí al instante.

El pasante partió de seguida.

Entonces Mr. Simouns añadió:

--Hace poco, os abandonabais a la desesperación, amigo mío. El exceso en todo, no es cosa razonable: así, no vayáis ahora a entregaros a una inmoderada alegría.

--Sin embargo.....

--Escuchadme hasta el fin. El teniente Percy está en efecto en Londres: hablará cuando sea requerido, mediante una suma de dinero que he prometido entregarle. Hará más aún.

--¿Qué?

--Hará intervenir a los dos capataces que le acompañaban y que fueron cómplices en la sustitución de lord William por el cadáver de un forzado.

--¡Oh! pero entonces...... exclamó Tom gozoso.

--Esperad. Esos tres hombres han dejado el servicio y tienen hoy una modesta posición. Pero luego que hayan declarado, no solamente perderán su pensión de retiro, sino que caerán además en manos de la justicia.

--¡Ah! repuso Tom.

--Y serán, por lo menos, condenados a la deportación.

--Pero ante esa perspectiva, ¿cómo podéis creer que se atrevan a declarar la verdad? observó Tom, que había recobrado poco a poco su sangre fría.

--He encontrado el medio de hacerles hablar y de sustraerlos al rigor de la ley.

--¿Qué medio es ese? preguntó Tom.

--En primer lugar daremos a cada uno de ellos mil quinientas libros esterlinas; que es el precio que han puesto a sus revelaciones.

--Bien.

--En seguida dejarán la Inglaterra, pasarán el estrecho y se establecerán en Francia. No tienen que temer la extradición, pues no se halla establecida para esa clase de crímenes.

--Pero, en ese caso, no dirán nada.....

--Al contrario, declararán con entera libertad.

Tom no acertaba a comprender lo que oía.

--Una vez en París, prosiguió el solícitor, se presentarán al embajador británico y le revelarán el misterioso crímen de Pembleton: añadirán además ciertos detalles relativos al alcaide de la cárcel de Perth, que ejerce aún hoy día sus funciones, y que ha sido el más culpable en todo ese negocio.

Ese hombre, cogido de improviso, lo confesará todo.

--Pero entonces, dijo Tom, será condenado.

--¡Ya lo creo!... y con harta justicia. Ha sido el más culpable, os lo repito, pues él fue quien sirvió de intermediario entre el teniente y los capataces que conducían la cadena y el supuesto Indio Nizam.

--Entonces el pleito está ganado de antemano, dijo Tom gozoso.

--¡Oh! todavía no, repuso Mr. Simouns.

--Sin embargo.....

--Esperad, añadió el jurisperito. En Inglaterra, toda vez que un interés privado está en juego, la justicia no persigue directamente.

--Pues bien, dijo Tom, nosotros perseguiremos.

--Sí, pero olvidáis que lord Evandale es hoy un hombre poderoso, y que tendrá acaso más partidarios que enemigos, el día en que se le obligue a comparecer en justicia.

--¿Qué importa, si podemos presentar las pruebas auténticas de su infamia?

--Todo lo que queráis, respondió Mr. Simouns; pero así como hay abogados dispuestos a defender el pro, se encuentran muchos para defender el contra. ¿Y quién nos dice que el juez que ha hecho encerrar a lord William como loco, querrá desmentir su opinión?--¿Quién nos asegura que la justicia inglesa osará dar publicidad a semejante escándalo?

Tom bajó la cabeza y quedó un momento en silencio.

--Pero entonces, dijo en fin, ¿de qué sirven las declaraciones del teniente Percy y de sus cómplices?

--Servirán al menos, respondió el solícitor, para obtener una transacción.

--¿Cuál?

--La misma que nuestros adversarios proponían en la carta apócrifa atribuida a lord William.

--¿Doscientas cincuenta mil libras esterlinas?

--Sí, y el palacio Pembleton del faubourg Saint-Honoré en París.

--Pero, ¿cómo conseguiremos eso?

--Armados con esas declaraciones legalizadas en regla, iremos a ver a lord Evandale, vos y yo.

--Bueno, ¿y después?

--Lord Evandale vacilará ante el temor de un pleito escandaloso, y comprenderá que le conviene una transacción. Una palabra suya basta para que pongan a lord William en libertad.

--¿Y luego?

--Lord William dejará la Inglaterra, irá a París, y allí tendrá lugar el cambio.

--¿Qué cambio?

--El de las doscientas cincuenta mil libras y los títulos de propiedad del palacio Pembleton, contra la declaración del teniente Percy y de sus cómplices, legalizada por la embajada inglesa.

Tom movió la cabeza con desaliento. No estaba enteramente convencido, y le parecía demasiado duro el que lord William abandonase así sus derechos por un interés material, por considerable que fuese.

Además, su responsabilidad como mediador, le pesaba sobre la conciencia.

Mr. Simouns, viendo su indecisión, añadió:

--Reflexionad en todas las dificultades y retardos de un pleito semejante. No conocéis, amigo mío, todas las imperfecciones de nuestra legislación.

--Es verdad.

--Los trámites de ese pleito pueden hacerse durar muchísimos años.

--Y bien, ¿qué importa, si conseguimos el objeto?

--Y durante ese tiempo, continuó Mr. Simouns, la esposa y los hijos de lord William vivirán en la más profunda miseria, y él, encerrado en una casa de locos, acabará por perder la razón.

Este último argumento triunfó en fin de los escrúpulos del honrado escocés.

--Y en fin, dijo para terminar Mr. Simouns, no os ocultaré que si no tengo inconveniente en adelantar siete u ocho mil libras para este negocio, no será lo mismo si se trata de una suma más considerable, y para sostener el pleito, se necesitan al menos veinte y cinco mil libras.

--Pues bien, dijo Tom, sea como queráis.

--¡Perfectamente! respondió Mr. Simouns.

En este momento se abrió la puerta del gabinete y se presentó el teniente Percy.

Tom lo examinó con curiosidad.

Era un hombre joven aún y vigoroso, y que parecía dotado de una gran energía.

--El señor y yo hemos quedado de acuerdo sobre lo convenido ayer con vos, le dijo Mr. Simouns señalando al antiguo mayordomo de Pembleton.

El teniente se inclinó volviéndose a Tom.

--Esta noche saldréis para París, prosiguió el solícitor.

--Como gustéis, Mr. Simouns.

--He aquí quinientas libras esterlinas para vos y vuestros compañeros. El resto os será entregado en París, tan luego como firméis en la embajada.

Y diciendo esto le dio un cupón del Banco, de quinientas libras, que el teniente Percy se metió tranquilamente en el bolsillo.

XLIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXV

--Id inmediatamente a hacer vuestros preparativos de partida, dijo aun Mr. Simouns al teniente Percy. Tan luego como lleguéis a París, me enviaréis un despacho indicándome las señas de la posada que hayáis tomado, vos y vuestros compañeros.

--¿Debemos presentarnos de seguida en la embajada?

--No; permaneceréis allí sin dar el menor paso, hasta la llegada del señor a París, repuso el solícitor señalando a Tom. Él vos indicará lo que debéis hacer.

El teniente se levantó y salió del gabinete.

Entonces, apenas quedaron solos, Tom dijo a Mr. Simouns:

--¿Y mi pobre mujer que está en la cárcel?

--La haremos salir antes de ocho días.

--¿Cómo?

--Yo la haré poner en libertad bajo caución.

--¡Ah! bien, dijo Tom, pero si después deja la Inglaterra, como hemos convenido, se perderá la fianza.

--Añadiremos esa suma a los gastos generales que deberá reembolsarme lord William.

Tom quedó pensativo por algunos instantes, y después de un corto silencio añadió:

--Pero, ¿no me habéis también dicho que la señora y los hijos de lord William habían desaparecido?

--Sí.

--¿Les habrá sucedido acaso alguna desgracia?

--Mucho lo temo; y sin embargo.....

--¿Qué? preguntó vivamente Tom.

--Hoy estoy casi tranquilo sobre el particular.

--¿Cómo pues?

--He enviado en su busca al detective de que os he hablado.

--¡Ah!

--Y esta mañana precisamente me ha enviado un telegrama desde Brighton.

--¿Y qué dice?

--Ved por vos mismo.

Y Mr. Simouns tomó un papel de su bufete y lo presentó a Tom.

Este leyó:

* * *

«A Mr. Simouns, Pater-Noster street, London.

Esperad con confianza. Creo haber hallado la huella de lo que buscamos.

ROGERS.»

* * *

--Así, creéis que logrará encontrarlos.....

--Estoy seguro.

--Muy bien, dijo Tom levantándose. Volveré mañana.

--¡Oh! no, repuso Mr. Simouns, no conviene que volváis aquí.

--¿Por qué?

--Porque nuestros adversarios os creen muerto, y no deben saber que vivís hasta el día en que estéis armado con el testimonio escrito de los cómplices de lord Evandale. Ahora bien, si venís aquí con frecuencia, podéis ser visto y reconocido.

¿Dónde os habéis alojado?

--En ninguna parte aún.

--Pues bien es necesario buscar un barrio extraviado; por ejemplo en el East-End, por el lado de Mail en Road.

--¿Bueno; pero ¿cuándo saldré para París?

--Tan pronto como tengamos noticias positivas de mistress Bruce y de sus hijos.

--¿Y a lord William, no lo volveré a ver antes de partir?

--Es imposible. En primer lugar no se penetra fácilmente en Bedlam.

--¡Oh! el rigor no es tan grande, puesto que se puede obtener un permiso.

--Sí, pero cuando llegue a saberse que una persona ha visitado a Walter Bruce, las sospechas recaerán inmediatamente sobre vos, y, os lo repito, debéis estar muerto para lord Evandale hasta que llegue el momento decisivo.

Tom se inclinó no encontrando qué responder.

--Pero, a vos... ¿os veré? dijo.

--Mañana, entre diez y once, respondió el solícitor, pasaré en carruaje por Mail en Road. A la altura del work-house, me detendré y echaré pie a tierra. Hallaos por allí.

--Muy bien, dijo Tom.

Y partió de seguida, teniendo buen cuidado de salir de la casa furtivamente, y de encubrirse lo mejor que pudo hasta estar fuera de la City.

Inmediatamente, siguiendo el consejo de Mr. Simouns, fue a buscar habitación cerca de Mail en Road.

No le fue difícil hallar posada por aquel sitio, y a la mañana siguiente, a la hora convenida, se hallaba delante del work-house, paseándose por la acera y espiando todos los carruajes que pasaban.

En fin, uno de ellos se detuvo, y un hombre bajó de él.

Aquel hombre era el solícitor.

--¡Albricias! amigo Tom, dijo acercándose a este. Se ha encontrado a mistress Bruce.

Tom dejó escapar una exclamación de alegría.

--Tomad, dijo Mr. Simouns, leed.

Y le entregó una carta abierta.

Esta carta era del detective Rogers.

* * *

«Muy señor mío;--escribía el agente de policía:--he preferido haceros esperar algunas horas y confiar mi misiva el correo, en vez de emplear el medio lacónico y poco reservado del telégrafo.

»Os escribo esta carta en la casa misma de mistress Bruce.

»La pobre señora no sabe absolutamente nada. A estas horas cree todavía que su esposo se halla en París.

»Voy a referiros en pocas palabras todo lo que le ha sucedido.

»Ya sabéis que salió de Londres, hace tres meses, para ir a reunirse con su marido en Folkestone.

»En la supuesta carta de Mr. Bruce, que motivó esta partida, habían imitado tan maravillosamente su letra, que ella no pudo sospechar lo más mínimo.

»Un hombre la esperaba en la estación de Folkestone.

»Pero, como podéis muy bien imaginar, aquel hombre no era Mr. Bruce, sino un gentleman que decía venir de su parte.

»Como prueba de ello, la presentó otra carta, firmada también Walter Bruce, que su señora creyó igualmente auténtica.

»En ella decía Mr. Bruce que a causa del cambio de ciertas combinaciones, se veía obligado a partir solo para París, donde ella iría a reunírsele, previo aviso, dentro de algunas semanas. De consiguiente la rogaba que aceptase sin reserva alguna los servicios de aquel gentleman, que gozaba de toda su confianza, y a quien había dado sus instrucciones.

»Mistress Bruce dio crédito a esta segunda carta, como lo había dado a la primera, y no titubeó en seguir al gentleman, que la condujo a Brighton, y la instaló en la casita de campo donde la he encontrado esta mañana.

»Cada quince días recibe una supuesta carta de su marido, el cual retarda siempre su ida a París, bajo diferentes pretextos.

»En cada una de esas cartas viene además adjunta una suma de dinero.

»Yo no he creído deber desengañar a mistress Bruce. Me he limitado a decirla que venía de vuesta parte, pues ella sabe que os ocupáis de una transacción entre su esposo y lord Evandale.

»Creo, salvo vuestro parecer, que sería bueno no decirla nada, hasta que esa transacción se lleve a cabo y que Mr. Bruce haya sido puesto en libertad.

»De todos modos, espera vuestras órdenes

»Vuestro seguro servidor

ROGERS.»

* * *

Tom devolvió esta carta al solícitor, y le dijo:

--¿Y qué habéis resuelto?

--He enviado un telegrama a Rogers, diciéndole solamente:

«Habéis hecho bien. No digáis nada.»

--Bien. ¿Y qué vamos a hacer ahora?

--Vos, saldréis para París hoy mismo. Aquí tenéis una carta de crédito sobre la casa Shamphry y Compª., calle de la Victoria.

--Permitidme aún una pregunta, Mr. Simouns, dijo Tom tomando la carta.

--¿Qué es ello? preguntó el solícitor.

--¿Sabe algo lord William de todas nuestras negociaciones?

--Absolutamente nada.

--Debe hallarse en estado de completa desesperación.

--Sin duda. Pero más vale no decirle nada aún.

--¿Por qué?

--Porque podríamos despertar las sospechas de lord Evandale.

--Tenéis razón. Pero obremos con la mayor celeridad a fin de abreviar su martirio.

--Eso es, repuso Mr. Simouns. Así, ¿vais a partir hoy mismo?

--Sí, señor.

--De ese modo llegaréis a París mañana por la mañana: sin perder un minuto, os pondréis en seguida en relación con el teniente Percy.

--¿Dónde lo hallaré?

--Acaba de enviarme un despacho noticiándome que se ha alojado con sus compañeros en el hotel de Champaña, calle Montmartre.

--Bien.

--Al punto los llevaréis a la embajada. Y tan luego como hayan prestado declaración, y esta se halle legalizada en regla, me escribiréis cuatro líneas.

--¿Y después?

--¡Toma! después, iré a ver a lord Evandale.

Tom se inclinó y saludó a Mr. Simouns, que se volvió a su carruaje.

Una hora después, tomaba Tom el tren correo del Sud-Railway y estaba en camino para París.

Cuarenta y ocho horas más tarde, Mr. Simouns recibía el despacho telegráfico siguiente:

* * *

«Declaración prestada. Embajador convencido. Pieza legalizada.

»Salida de París esta noche. Mañana en Londres.

TOM.»

* * *

--¡Eh!... eh! murmuró Mr. Simouns, empiezo a creer que lord Evandale hará bien en transigir.

L

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXXVI

Ocho días habían trascurrido después de la salida de Tom para Francia, y en la mañana del octavo se hallaba de vuelta en Londres.

Dos personas le esperaban en la estación, Mr. Simouns y Betzy.

Betzy, puesta en libertad bajo caución, había vuelto también a la capital, y esperaba con ansiedad a su marido.

Este venía radiante de alegría.

Traía una declaración en regla, firmada por el teniente Percy y los dos capataces o cabos de presidio; y este documento, legalizado por el cónsul inglés, estaba visado por la embajada.

--Ahora, dijo Mr. Simouns, podemos entrar en campaña. Voy a escribir a Mr. Evandale pidiéndole una entrevista.

Tom, que había pasado la noche en camino de hierro, tomó algunas horas de reposo, y a las dos de la tarde, según habían convenido, fue a buscar a Mr. Simouns en un cab.

Apenas reunidos, ambos se dirigieron al West-End.

--Me parece, dijo Mr. Simouns cuando llegaron a la puerta de lord Evandale, que es inútil, al menos por el momento, el que entréis conmigo.

--¿Por qué? preguntó Tom.

--Porque temo que se os escape un movimiento de indignación, a vista de lord Evandale, y que esto comprometa el éxito de nuestra negociación. Si tengo necesidad de vos, os haré llamar.

--Sea como queráis, respondió Tom.

Mr. Simouns entró pues solo en casa de lord Evandale.

El noble personaje le esperaba en su gabinete. No había podido adivinar lo que el solícitor podía tener que decirle; pero como este se había ocupado largo tiempo de los negocios de la familia Pembleton, supuso que lo traía alguna cuestión de interés.

Lo recibió pues cordialmente y aun le invitó a tomar asiento, pero el solícitor permaneció de pie.

--¿De qué se trata pues, mister Simouns? preguntó lord Evandale.

--Milord, respondió aquel, me presento como procurador del hermano de Vuestra Señoría.

--¿Qué hermano? dijo lord Evandale riéndose.

--Vuestro hermano mayor, lord William Pembleton, repuso Mr. Simouns gravemente.

--Señor procurador, dijo lord Evandale, mi hermano ha muerto hace cerca de diez años.

--Eso es lo que cree todo el mundo.

--Y esa es la verdad, señor mío.

--Milord, dijo fríamente Mr. Simouns, hay otros dos hombres que todo el mundo cree también muertos, y que viven sin embargo.

--¡Ah!

--El primero se llama Tom.

Lord Evandale no pudo ocultar un ligero estremecimiento.

--¿Y..... el segundo? dijo.

--El segundo es Percy, el teniente de presidio.

--Yo no conozco a ese hombre.

--Sin embargo, añadió Mr. Simouns, siempre impasible, él fue quien ayudó a sir Jorge Pembleton, vuestro padre, a sustituir el cadáver del forzado Walter Bruce al cuerpo de lord William aletargado.

--¡Ah! muy bien! dijo lord Evandale, puesto que os creéis tan al corriente en todos esos supuestos misterios de familia, voy a poneros en la verdadera vía, para que salgáis de vuestro error.

--Veamos pues, milord.

--Hay un astuto bandido, prosiguió lord Evandale, que se llama en efecto Walter Bruce, el cual ha imaginado, para sacarme algún dinero, hacerse pasar por lord William, mi desgraciado hermano, que ha muerto de la picadura de un reptil.

--¿Y..... ese bandido?.....

--Me he contentado con denunciarlo a la justicia.

--Conozco ese detalle.

--Y creo que la justicia, dando prueba de una indulgencia sin igual, se ha contentado con encerrarlo en Bedlam.

--¿Estáis seguro de ello, milord?

--¡Oh! no diré que esté absolutamente seguro!.....

--Pero ese hombre tiene mujer..... hijos.....

--Es posible.

--¿Y es por órden vuestra?.....

--¡Ah! ¿qué es esto? exclamó lord Evandale con altivez; ¡se me figura que os permitís interrogarme!

--No es mi intención, milord, repuso Mr. Simouns con firmeza, el faltar a la consideración debida a vuestra clase, pero me es necesario probaros que estoy más al corriente de este negocio de lo que creéis.

--En hora buena, hablad.....

--Un día, hará de esto tres meses, la esposa de Walter Bruce,--llamémosle así por la forma,--recibió una carta de su marido... es decir una carta apócrifa en la que se trataba de una transacción.

--¿Con quién?

--Con vos, milord.

--¡Ah! veamos.

--Lord William consentía a no reclamar en justicia su nombre ni su título, y a dejar la Inglaterra; en cambio de la oferta que se le había hecho de una suma de doscientas cincuenta mil libras y el palacio Pembleton de París.

--Muy bien, ¿y qué?

--Esa transacción era razonable,--bajo el punto de vista del honor y consideración de la familia,--y yo vengo, milord, a proponerla a mi vez.

Y diciendo esto, Mr. Simouns sacó del bolsillo un papel, lo extendió sobre la mesa y añadió:

--Cuando Vuestra Señoría haya tomado conocimiento de esta declaración jurídica, creo que no vacilará......

Lord Evandale tomó el papel y lo leyó.

Mr. Simouns, que lo observaba a hurtadillas, lo vio palidecer a medida que leía.

En fin el noble lord, al acabar la lectura, tuvo un movimiento de cólera y estrujó el papel entre las manos.