La Cuerda Del Ahorcado Ultimas Aventuras De Rocambole I El Loco

Chapter 12

Chapter 124,125 wordsPublic domain

La bujía estaba consumida en gran parte, pero seguía ardiendo sobre la chimenea.

XXXII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XVIII

Sir Evandale volvió a poco al dormitorio de lord William.

La bujía seguía ardiendo.

El digno hijo de sir Jorge, después de haber echado una mirada recelosa en su rededor, fue a sentarse en el sillón donde se había dormido algunas horas antes.

--Ahora, murmuró, poco me importa volverme a dormir, y aun por el mayor tiempo posible. Prefiero que sir Archibaldo y su hija se despierten antes que yo.

En efecto, por seguro que estuviese de si mismo, sir Evandale temía ver despertarse a las personas que estaban allí encadenadas por un sueño letárgico.

¿Qué iba a suceder cuando llegaran a descubrir que lord William o más bien el hombre que le había sustituido estaba muerto?

Preocupado con este pensamiento, sir Evandale no tardó sin embargo en dormirse bajo la influencia de las emanaciones narcóticas de la bujía.

Pero cuando en fin, esta llegó a apagarse, la atmósfera se fue despejando poco a poco, y al cabo de una hora se despertó sir Archibaldo.

Solo que al despertar, sintió que se ahogaba, que le faltaba aire.

El olor fétido que antes le había impresionado se dejaba sentir aún con bastante fuerza.

Sir Archibaldo hizo un violento esfuerzo, se levantó vacilando y, arrastrándose hacia una de las ventanas, dio un puñetazo en los vidrios.

Uno de ellos saltó en mil pedazos.

Al mismo tiempo una fuerte bocanada de aire penetró en el cuarto e instantáneamente purificó aquella atmósfera viciada.

El efecto fue rápido como el pensamiento.

Miss Anna se despertó en seguida, y el ayuda de cámara no tardó también en volver en su acuerdo.

Solo sir Evandale permaneció al parecer profundamente dormido.

El dormitorio estaba débilmente alumbrado.

Los primeros albores del día luchaban con la claridad de una lamparilla colocada bajo un globo de cristal opaco, y los objetos aparecían indecisos en medio de aquella semioscuridad.

Miss Anna miró atónita a su padre, y dio muestras bien claras de la opresión que la dominaba aún.

Sir Archibaldo fue a abrir las dos ventanas, y después volvió hacia su hija.

Pero en aquel momento esta arrojó un grito terrible.

La mano del que creían lord William pendía fuera del lecho.

La joven cogió aquella mano, y al tocarla la rechazó con espanto.

Aquella mano estaba helada.

Sir Archibaldo se inclinó entonces sobre el cadáver.

--¡Muerto! dijo con estupor.

El grito de miss Anna había despertado a sir Evandale.

Levantose en seguida, estiró los brazos, y echando una mirada estúpida en su rededor murmuró:

--¿Qué sucede? ¡Dios mío!

--Vuestro hermano ha muerto, dijo sir Archibaldo; ha muerto mientras que nosotros dormíamos.

* * *

En todo caso análogo a la catástrofe que había tenido lugar en New-Pembleton, siempre se encuentra a punto un médico inteligente para explicar de una manera satisfactoria las cosas menos explicables.

Una hora después del extraño suceso que acababa de ocurrir en la quinta, uno de los médicos célebres que habían llamado por el telégrafo, llegó de Londres.

Aquel príncipe de la ciencia no vaciló en declarar que el joven lord Pembleton, había sucumbido a la acción de un principio deletéreo particular, al que dio un nombre latino.

Y aseguró que el sueño que se había apoderado de las personas que se encontraban en el dormitorio, había sido ocasionado por las exhalaciones mórbidas que despedía el cuerpo de lord William, cuya descomposición había precedido a su muerte.

Sir Evandale manifestó el más violento dolor.

Su desesperación era tal, que se golpeaba con furor la cabeza y quería morir a su vez. Gran trabajo costó el lograr calmarlo al cabo de algunas horas.

Aquella tarde, como si quisiese aislarse en su dolor, y fuera de sí, al menos en apariencia, se salió al campo, y fue a sentarse en lo alto de una colina que dominaba la carretera.

Allí pasó algún tiempo, esperando sin duda a alguno, cuando un espectáculo extraño atrajo de pronto sus miradas.

Una cuadrilla de hombres encadenados subía penosamente por la cuesta.

Delante de ellos iba el teniente Percy y el capataz John.

Detrás seguía una mula tirada por el cabestro, y sobre ella iba acostado un pobre idiota que apenas tenía semblante humano.

Sir Evandale se estremeció y volvió a otro lado la cabeza.

Un pastor que andaba por aquel sitio, se aproximó para ver de cerca la cadena de presidiarios, y dijo mirando a sir Evandale:

--Son unos pobres forzados que van a presidio, milord. ¡Infelices!... da pena verlos... pero el más infeliz de todos es el que va en la mula... ¡es leproso y loco!...

Sir Evandale arrojó una moneda de oro al pastor y huyó como un insensato.

Así bajaba corriendo por la pendiente de la colina, cuando oyó a su lado una voz burlona que le decía:

--¿Habéis venido a convenceros, milord, de que yo no falto a mis promesas?.....

Sir Evandale se volvió y vio a un hombre echado detrás de unos matorrales, desde donde también parecía observar la marcha de los presidiarios.

Aquel hombre era Nizam.

Y como el joven, cubierto de una palidez mortal e inundada en sudor la frente, se quedase sorprendido y como clavado en tierra, Nizam dio un salto y se acercó rápidamente a él.

--Hoy eres lord, le dijo; dentro de seis meses serás esposo de miss Anna.

Y Nizam desapareció de nuevo.

* * *

Seis meses después, en efecto, miss Anna, vivamente solicitada por su padre, dejó el luto de su prometido lord William.

Sir Archibaldo tenía decidido empeño en que su hija se casase con un lord, y ella que había amado tanto y tan desinteresadamente a lord William y que en nada tenía la fortuna..... no titubeó un momento en pasar a ser lady Evandale Pembleton, dando su mano al nuevo heredero de aquella poderosa familia.

El día mismo de aquel casamiento, un hombre que había llegado demasiado tarde para asistir a los funerales de su amo, declaró a lord Evandale que dejaba su servicio.

Aquel hombre era Tom.

El fiel Tom que lloraba siempre a lord William y que no quería servir al hijo del crímen.

La noche del mismo día, y después de la brillante recepción que siguió a la ceremonia nupcial, mientras que conducían a la joven esposa a su cuarto; lord Evandale halló medio de desaparecer por un momento, y bajó furtivamente al parque.

Nizam, el supuesto Indio, Nizam que se había llamado en su juventud sir Jorge Pembleton, había dado cita aquella noche a su hijo para felicitarlo.

El lugar de la cita era junto a aquel árbol donde Nizam había esperado tantas veces a sir Evandale.

Y sir Evandale, hoy ya lord y en el colmo de todas las dichas que ambicionaba, se había apresurado a acudir al llamamiento de su padre.

El cielo estaba despejado y diáfano, y la luna iluminaba con su argentada luz el parque y los jardines.

Lord Evandale salió cautelosamente de la casa, y dando la vuelta hasta llegar bajo las ventanas de su habitación, no tardó en descubrir a Nizam que le esperaba bajo el árbol.

Pero el supuesto Indio no se hallaba en pie como de costumbre.

Nizam estaba acostado en tierra y parecía dormir tranquilamente.

Lord Evandale lo llamó en voz baja, después con mayor fuerza, y esto repetidas veces.

Pero Nizam no respondió.

Entonces el joven se aproximo a él, lo examinó con cuidado, y retrocedió de pronto, lanzando un grito de horror.

Nizam estaba muerto.

El brillante oficial de marina que se llamara un tiempo sir Jorge Arturo Pembleton, y cuya miserable vida fue un horrible tejido de crímenes, hasta aquel día testigo de su triunfo; había dejado de existir, y todavía llevaba clavado en el corazón el cuchillo que había ocasionado su muerte.

Lord Evandale volvió a acercarse a aquel cuerpo ensangrentado, y arrancando de él el arma homicida, la examinó y la reconoció al punto.

Aquella arma era el cuchillo de caza de Tom, el marido de Betzy.

XXXIII

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XIX

¿Qué había sido de Tom?

En la misma mañana del día en que lord Evandale debía enlazarse con miss Anna, la hija de sir Archibaldo, fue, como sabemos, cuando Tom anunció a su joven amo que dejaba inmediatamente su servicio.

Ya hemos visto que Tom estaba en Londres cuando tuvo lugar el fatal acontecimiento que acabamos de contar.

Tom volvió, lloró a su amo y lo creyó realmente muerto.

Y como lord Evandale parecía sentir tan vivamente la desgracia de su hermano, el fiel criado no sospechó ni un solo instante la verdad.

Sin embargo una noche, algún tiempo después de su vuelta, Tom fue testigo invisible de una escena extraña.

Hallábase asomado a una ventana de su cuarto, que daba al parque, respirando por algunos momentos el aire de la noche, cuando vio deslizarse a un hombre por entre los árboles, y acercarse cautelosamente a la casa.

Aquel hombre era Nizam el Indio.

Tom se preparaba a bajar para echar fuera a aquel mendigo, cuando se abrió una puerta excusada de la quinta, y otro hombre salió de ella furtivamente.

La luna inundaba de luz los jardines y se veía como en medio del día.

Tom examinó a la persona que acababa de salir y reconoció con sorpresa al joven lord Evandale.

Siguolo con la vista, y lo vio reunirse con el Indio.

Pero su sorpresa fue mayor aún, al ver que este se cogió familiarmente a su brazo.

Esto fue una revelación para el antiguo servidor de la familia.

No adivinó enteramente la verdad, pero comprendió una parte de ella.

Nizam era Indio: de consiguiente él debía haber procurado la víbora azul.

Nizam era pues cómplice de lord Evandale.

Y lord Evandale había asesinado a su hermano.

Tom, entonces, se propuso espiar incesantemente al Indio, a fin de adquirir de una manera cierta la prueba del crímen.

Obtenida esta prueba, Tom vengaría la muerte del desgraciado lord William.

Sin embargo el hermano de leche de lady Evelina no sospechaba aún la verdadera identidad de Nizam.

Por otra parte, hasta entonces no se había ocupado del mendigo, ni había fijado en él mucho la atención; pero a partir de la noche en que le fue evidente la existencia de un crímen y la complicidad entre el Indio y lord Evandale, Tom redobló sin descanso su vigilancia.

Ocho días después, encontró una noche la ocasión que esperaba, y siguió a lord Evandale que tenía una nueva cita con Nizam.

Escondido a su vez entre la maleza, Tom oyó toda la conversación de Nizam con lord Evandale.

Y cuando al fin se alejaron, el honrado mayordomo se levantó temblando de emoción y bañada en sudor la frente.

Acababa de saber quién era Nizam.

El supuesto Indio era el padre de lord Evandale, es decir sir Jorge Pembleton.

Sir Jorge que había muerto para todos en Calcuta hacía más de quince años.

Tom no podía pues dudar del crímen y de la complicidad de lord Evandale, pero había una cosa sin embargo que no sabía aún.

Y era que lord William no había muerto.

Ahora pues, como ya sabemos, el día en que lord Evandale debía casarse con miss Anna, Tom y Betzy dejaban su servicio.

Partieron en medio del día, en un break de caza, para ir a la estación vecina, y tomar allí el tren del ferrocarril que pasaba para Londres.

Uno de los criados de la quinta que los condujo a la estación, los vio entrar en un vagón de segunda clase, y partir a los pocos minutos.

De consiguiente lord Evandale estaba bien persuadido de que habían dejado el país.

Y sin embargo Tom no había ido muy lejos.

Al llegar a la estación vecina, descendió del tren y, dejando a Betzy continuar su camino hasta Londres, volvió a campo travieso hacia Pembleton, y cerca de él, permaneció el resto del día escondido en una zanja.

La víspera había sorprendido una cita dada por Nizam a sir Evandale.

Tom saltó las tapias del parque cuando llegó la noche, y fue a esconderse entre las breñas, cerca del árbol donde el supuesto Indio solía esperar a lord Evandale.

Las horas fueron trascurriendo lentamente.

La quinta estaba llena aún de luz y de ruido, y los numerosos convidados a la boda no habían partido todavía.

Sin embargo Nizam no tardó en llegar.

Estaba sin duda impaciente de ver a su hijo, pues habiéndose sentado entre la espesura al pie del árbol, no apartaba los ojos de la casa, y sus miradas manifestaban una ansiedad creciente.

Embebido en sus pensamientos, no oyó un ligero ruido que hacían detrás de él entre las hojas, y no pudo prevenirse contra el ataque de un hombre que cayó sobre él de improviso.

Volviose bruscamente y reconoció a Tom.

El antiguo mayordomo venía armado con un cuchillo de monte.

Nizam estaba sin armas.

Así su primer movimiento fue huir, pero Tom lo cogió vigorosamente por el cuello.

Entonces quiso gritar.

--Si levantas la voz eres muerto, le dijo Tom.

El Indio luchaba sin embargo por desasirse, mas su enemigo lo sujetaba sólidamente y al mismo tiempo añadía:

--¡No escaparás de mis manos, miserable!... Sé quién eres.--Tú no te llamas Nizam, tu verdadero nombre es sir Jorge Pembleton.

El Indio soltó una carcajada feroz.

--¡Ah! me has reconocido! exclamó.

--Sí, y sé también que has asesinado a lord William.

--No es cierto, dijo sir Jorge.

--¡Miserable! ¿osas negar tu crímen?

--No lo niego, respondió Nizam; digo la verdad. Yo no he asesinado a lord William.

--¿No eres tú quien ha traído la víbora?

--Sí.

--Y no la has introducido en el lecho de lord William.

--Sí, repitió Nizam.

--¿Y te atreves a defenderte?

--Yo no he asesinado a lord William.

--¡Infame!

--Lord William no ha muerto.

Tom lanzó un grito, y su emoción fue tal, que faltó poco para que dejase escapar a sir Jorge.

--Lord William no ha muerto, repitió este. Pero cuando sepas lo que ha sido de él, sentirás que se halle aún en el número de los vivientes.

Tom había echado a Nizam en tierra y lo tenía sujeto por el cuello.

Al oír su respuesta, le apoyó la rodilla sobre el pecho y el cuchillo a la garganta, y le dijo con furor:

--¿Acabarás de hablar, miserable?

--¡Ah!... ¿quieres saberlo todo?

--Sí.

--¿Y si te digo donde se halla lord William, me harás gracia de la vida?

--No.

--Pues bien, dijo Nizam, te diré lo que ha sido de él, y esa será mi venganza.

Y riendo como un condenado y con voz ahogada por la presión que sufría, refirió a Tom de qué manera el cadáver del forzado había sustituido al noble lord, y como este, perdida la razón, se hallaba ahora en el puesto de aquel miserable.

Y cuando hubo acabado su relato, añadió con una carcajada diabólica:

--Pero de nada te sirve el saber que tu noble amo vive aún, pues no lograrás encontrarlo.

Arrastrando una cadena entre otros deportados que van a morir al nuevo mundo, lleva entre ellos una vida miserable, bajo el nombre fatal del forzado de quien ha tomado el puesto.......

--¿Y cuál es ese hombre? preguntó Tom.

--Eso es lo que no sabrás nunca.

--¡Habla!... ¡o te mato!

--No, dijo Nizam que procuraba ganar tiempo, y que alimentaba la esperanza de que lord Evandale llegaría de un instante a otro.

--¡Habla! repitió Tom.

--No, no..... jamás.

--¡Pues bien, muere! dijo Tom.

Y le hundió el cuchillo en el pecho.

Nizam murió sin exhalar un grito.

Entonces Tom se levantó e irguió con resolución la cabeza.

--No sé qué nombre es el que lleva mi desgraciado amo, murmuró, pero no importa. Por grande que sea la tierra, yo lo encontraré con ayuda de Dios.

Y dejando plantado su cuchillo en el pecho de Nizam, corrió a la cerca del parque, y saltando por ella, tomó precipitadamente la fuga.

XXXIV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XX

Tom emprendió pues la heroica empresa que se había propuesto, y sin pérdida de tiempo, se puso en busca del desgraciado lord William.

Pero el mundo es grande, como él mismo había dicho, y buscar a un hombre por él, cuando no se sabe bajo qué nombre se oculta, es cosa bien difícil, sino imposible.

Tom se puso sin embargo a la obra.

Empezó por ir a Londres a reunirse con su mujer, y la dio parte de las revelaciones supremas de Nizam.

Betzy era una mujer inteligente y sobre todo de buen sentido.

Oyó a Tom hasta el fin, y cuando este hubo terminado su relato, le dijo con la mayor sencillez:

--Antes de todo, amigo mío, hay dos cosas que sería necesario saber.

--¿Cuáles? preguntó Tom.

--Primero, el nombre del teniente que conducía la cuerda de presidiarios.

--¿Y después?

--Y después de qué ciudad de Escocia venía el infeliz que se halla hoy enterrado en el panteón de la familia Pembleton, bajo el nombre de lord William.

--Tienes razón, dijo Tom.

El antiguo mayordomo tenía muchas relaciones en Londres.

Entre otras personas de todas clases, conocía a un famoso _detective_ a quien Scotland yard, es decir la prefectura de Policía de Londres, había confiado siempre los encargos más delicados.

Tom fue a verse con él, y bajo la mayor reserva le confió el secreto de la existencia de lord William.

Y al depositar en él este secreto, le puso en la mano un billete de trescientas libras.

El _detective_ pidió ocho días para practicar sus diligencias.

Al cabo de ese tiempo, el fiel Tom que aguardaba con impaciencia, recibió la nota siguiente:

«Un teniente de presidio ha pasado, hace siete meses, por la aldea de Pembleton.

»Se llama Percy, y se dirigía a Liverpool, adonde conducía una cuerda de presidiarios.

»Es muy probable que se haya embarcado con ellos.»

Tom tomó en seguida el ferrocarril y se fue a Liverpool.

Allí, compulsando los registros de la marina, encontró en efecto el nombre de Percy, seguido de la calificación de teniente.

Percy se había embarcado para la Nueva Zelanda, con los forzados que conducía.

Tom vaciló entonces sobre el partido que debería tomar.

¿Se embarcaría también desde luego, o no haría mejor en averiguar antes el nombre del presidiario que habían sustituido a lord William?

Este último partido le pareció más acertado, y tomó en seguida el camino de Escocia.

Fue primero a Edimburgo, después a Glascow, y en fin a otras ciudades menos importantes, tomando informes en todas ellas con una prudencia y una habilidad consumadas.

Así llegó hasta la pequeña ciudad de Perth.

Apenas empezó en ella sus investigaciones, cuando creyó haber encontrado las huellas de lo que buscaba.

Allí le hablaron de un acontecimiento misterioso e inexplicable, que había tenido lugar hacia la época a que él se refería.

Un joven del país, llamado Walter Bruce, había sido condenado, por robo con fractura, a cinco años de deportación.

Aquel joven se hallaba encerrado en la cárcel de Perth, esperando salir de un momento a otro para su destino, cuando por una singularidad inexplicable, había sido víctima de un accidente que no tenía ejemplo en el país.

Una noche se había acostado en perfecto estado de salud, y se había despertado al día siguiente dando gritos espantosos.

Acudieron a él, y lo hallaron completamente loco y con el rostro amoratado y cubierto de una lepra asquerosa.

Tom creyó reconocer en este retrato al desgraciado cuyo nombre buscaba; pero su esperanza se convirtió en certidumbre, cuando le añadieron que una cadena que pasó a los dos días, le tomó consigo a pesar de su horrible estado. Y como no podía marchar, lo habían atravesado sobre una mula donde conducían el bagaje.

Tom comparó las fechas y adquirió la convicción de que la salida de Walter Bruce de la ciudad de Perth, había tenido lugar cinco días antes de la pretendida muerte de lord William.

Conocido esto, no faltaba más que encontrar a Walter Bruce.

Tom volvió inmediatamente a Londres.

El antiguo y fiel servidor de la familia Pembleton no era rico, pues todo su haber consistía en dos o tres mil libras esterlinas, penosamente ahorradas durante su servicio.

Esta era una dificultad bastante grave, pero Betzy halló el modo de resolverla.

--Yo soy joven aún y bastante fuerte: de consiguiente puedo trabajar y ganar mi vida. Llévate el dinero.

Ocho días después, Tom se embarcaba para la Nueva Zelanda, llevando unas dos mil libras en letras y billetes, guardados en un cinturón de cuero.

Los primeros meses de la travesía fueron dichosos.

El buque que conducía a Tom dobló la punta meridional de América y entró en las aguas del Pacífico.

Pero un mes después de haber pasado el cabo de Hornos, naufragó cerca de la isla Tabor, yendo a encallar sobre un bajío, en una noche oscura y brumosa.

Inmediatamente se declaró una vía de agua, y las bombas fueron impotentes para apurarla.

El buque se iba a pique, y en vista de esto, el capitán echó al agua las chalupas, y en ellas se amontonaron pasajeros y marineros del modo que les fue posible.

Entonces empezó para el pobre Tom una desgraciada serie de espantosas aventuras.

Durante diez y siete días, el frágil barco que lo llevaba erró sin dirección y sin brújula por la inmensidad de los mares.

Las provisiones se agotaron, el hambre llegó con todos sus horrores, y aquellos infelices empezaron a asesinarse unos a otros para alimentarse.

A los dos días de esta horrible situación apareció en fin la tierra.

Los desgraciados náufragos hicieron esfuerzos increíbles, y abordaron por último a una isla salvaje.

Pero su situación no hizo más que cambiar de faz, para ser todavía más horrible.

Los habitantes de aquella isla eran negros antropófagos.

El pobre Tom y aquellos de sus compañeros de infortunio que habían sobrevivido, fueron llevados por los caníbales al interior de las tierras.

Tom había sufrido tanto durante la navegación, que se había quedado extremadamente flaco.

Este triste privilegio le salvó la vida.

Todos sus compañeros fueron devorados por los salvajes.

En cuanto a él, intentaron al principio engordarlo, pero no habiendo podido conseguirlo, se cansaron al cabo y lo dejaron vivir.

En cambio lo condenaron a los más duros trabajos, y así pasó cinco años en medio de aquellos negros, tratado con una crueldad inaudita.

En fin, un día, un navío inglés hizo escala en aquella isla maldita.

Los negros que vinieron a bordo a vender frutas, pescado y aceite de foca, contaron a la tripulación que había un blanco entre ellos.

El capitán envió a algunos hombres a tierra, y estos le trajeron al pobre Tom.

Aquel buque hacía vela para Australia y debía tocar en la Nueva Zelanda.

Tom cobró ánimo y creyó tocar al fin el término de sus esperanzas.

Los negros le habían dejado su cinturón, no encontrando en él más que papeles que no podían excitar su codicia; y de consiguiente tenía aún su dinero.

Un mes después, Tom, que había caído enfermo en esta nueva travesía y que, más que un hombre, parecía un fantasma, llegó extenuado a Aukland.

Allí descansó unos días y trató de reponerse, y después de escribir a su mujer, que sin duda le creía muerto, emprendió de nuevo sus pesquisas en busca de lord William, o más bien, del deportado Walter Bruce.

Después de muchos días de investigaciones inútiles, supo al fin que una centena de deportados que habían cumplido su condena, se habían trasladado a Australia en vez de volver a Europa.

Walter Bruce había también cumplido su condena tiempo hacía, pero ¿se hallaba por ventura entre ellos?

Esto es lo que Tom no sabía.

Sin embargo resolvió ponerse en camino para aquel punto, y se embarcó con dirección a Melbourne.

Ya allí, empezó de nuevo sus pesquisas.

Recorrió todas las tabernas, interrogó a los marineros y preguntó a cuantos deportados encontrara.

Ninguno de ellos pudo darle noticias de Walter Bruce.

Pero Tom no se desalentó por esto.

Había dejado a Melbourne, trasladándose a Sidney, y estaba alojado en una miserable posada, cuando hizo conocimiento con un Alemán que se llamaba Frantz Hauser.

Frantz se hallaba en la más completa desnudez.

Sospechando que Tom tenía algún dinero, le confió su situación desesperada, y le pidió algún socorro, añadiendo que había sido condenado injustamente hacía siete u ocho años, y deportado a la Nueva Zelanda.

--¿Habéis conocido a otro deportado que llamaban Walter Bruce? le preguntó Tom.

--¡Ya lo creo! respondió Frantz, fue un tiempo mi compañero, y me acuerdo que lo apellidábamos _Milord_.

Tom dejó escapar una exclamación de alegría, y tomando vivamente las manos de Frantz, le dijo:

--¡Hablad!... ¡hablad! decidme todo lo que sabéis de él!

XXXV

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

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