La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam
Part 9
Sir Evandale volvió el rostro a un lado y no respondió.
--Tom es hermano de leche de nuestra madre, añadió lord William. No lo olvidéis, Evandale.
Y dicho esto, los dos hermanos apresuraron el paso de sus monturas, y no cambiaron una palabra más.
Bien pronto penetraron en el bosque.
A poco trecho entraron por una de las alamedas que lo atravesaban de parte, a parte, y ya allí, descubrieron a unos trescientos pasos de distancia, una numerosa cabalgada de cazadores igualmente vestidos de rojo, y entro ellos el traje blanco de una amazona.
El rostro de lord William reveló a esta vista una vivísima emoción, mientras que en el de su hermano se pintó el despecho, al mismo tiempo que le dirigía a hurtadillas una mirada de odio y de envidia.
--¡Ved a miss Anna! dijo lord William.
Y espoleando a su caballo, volvió a tomar el galope.
XXIII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
IX
Miss Anna cabalgaba graciosamente en medio de una lucida cuadrilla de caballeros que se agrupaban galantemente a su rededor.
Toda la flor y nata del condado se hallaba allí, y cada uno de aquellos apuestos galanes suspiraba al contemplar a miss Anna.
Es verdad también que miss Anna era en extremo hermosa. Tenía diez y ocho años, y a esto se añadía otra ventaja incontestable; y es que era muy rica, cosa bastante rara en una inglesa.
El que logrará su mano, alcanzaría no solamente la posesión de una beldad incomparable, sino también una de las herederas más opulentas del Reino Unido.
Esta joven era hija de sir Archibaldo Curton, baronet millonario y miembro influyente de la Cámara de los Comunes.
Sir Archibaldo, segundón de familia, se había expatriado en su juventud, pasando a las Indias, donde no había desdeñado dedicarse al comercio, aunque pertenecía a la aristocracia.
Había hecho una fortuna colosal, casándose luego con la hija de un nabab, que le había llevado otra fortuna, y de esta unión tuvo una sola hija, que era miss Anna.
La magnífica quinta de recreo de sir Archibaldo, que era casi una residencia real, se hallaba en el llano, a unas tres millas inglesas de la de lord William Pembleton.
Lord William y sir Archibaldo se vieron como vecinos y se visitaron con frecuencia.
Lord William acabó naturalmente por enamorarse de miss Anna, y esta se ruborizaba cada vez que veía al joven lord.
Un día al fin,--habría de esto seis meses,--lord William había hecho una visita solemne a sir Archibaldo, y le había dicho sin preámbulos:
--Amo a miss Anna, y solicito el honor de unirme a ella en matrimonio.
A lo cual sir Archibaldo había respondido:
--Creo haber notado que mi hija os ama también: y por lo que a mi hace, tengo a mucho honor la demanda que me hacéis.
Lord William dejó escapar una exclamación de alegría.
Pero sir Archibaldo respondiendo a aquel movimiento juvenil con una sonrisa, se había apresurado a añadir:
--No os alegréis tan pronto, milord; nada hay todavía seguro, y las cosas irán más lentamente de lo que suponéis.
Lord William se había quedado mirando a sir Archibaldo con sorpresa.
Este prosiguió:
--Probablemente debéis saber que yo he estado casado con una India. Mi esposa, que tuve el dolor de perder hace mucho tiempo, era hija del nabab Moussamy, el más rico de los que habitan el Punjab.
--¿Y bien? exclamó lord William.
--Mi hija es su heredera.
--Bien.
--Y en razón de ese título, yo no puedo casarla sin el consentimiento del nabab.
Lord William frunció el entrecejo.
--Pero tranquilizaos, añadió sir Archibaldo. El viejo nabab adora a su nieta.
--¡Ah!
--Y de consiguiente quiere todo lo que ella quiere. Y si en esta ocasión miss Anna.......
Al oír esto, lord William se sonrojó como una doncella.
Lord William sabía que miss Anna le amaba.
Esta conferencia entre el joven lord y el baronet, y la que tuvo lugar en seguida entre el padre y la hija, habían permanecido secretas.
Lo mismo sucedió respecto a la misiva que le enviara al nabab, y que habían escrito con gran misterio.
Así todos los nobles gentlemen del condado, y aun los que desde Londres perseguían a miss Anna con sus pretensiones, no habían perdido la esperanza, y la hacían una corte asidua mecidos por las más dulces esperanzas.
Miss Anna no alentaba ni desalentaba a ninguno, y entretanto tomaba parte en todas las diversiones que se improvisaban en su honor y que servían de pretexto para gozar de su compañía.
La caza, por otra parte, era su pasión favorita; e intrépida amazona, seguía a caballo a los más atrevidos cazadores, saltando con ellos los fosos y los vallados.
Además sir Archibaldo tenía también pasión por la caza, y dos veces por semana, al menos, convidaba a sus vecinos a alguna partida en sus magníficos bosques.
A una de estas reuniones ordinarias, era pues adonde acudían aquella mañana lord William y su hermano sir Evandale.
Ya hemos visto como el primero, al descubrir a miss Anna en medio de su brillante escolta de adoradores, había excitado a su caballo y salido al galope.
Sir Evandale, que se quedó algunos pasos de tras, dirigió a su hermano una ardiente mirada de odio.
La joven miss parecía más animada que de costumbre y su rostro estaba radiante de hermosura.
Al ver llegar a lord William se ruborizó de una manera bien visible, y tendiéndole la mano le dijo:
--Milord, creo que mi padre tiene que daros una buena noticia.
Lord William se sonrojó a su vez.
Todos se quedaron mirándolo con una curiosidad envidiosa, y al mismo tiempo sir Archibaldo se adelantó hacia él.
--Milord, le dijo, la respuesta que esperábamos de la India ha llegado.
Al encendido rubor que coloraba el rostro de lord William, se sucedió súbitamente una palidez mortal.
Sir Archibaldo prosiguió:
--El nabab Moussamy consiente en el matrimonio de miss Anna.
Y dirigiéndose a los gentlemen que los rodeaban, añadió:
--Señores, tengo el honor de anunciaros el próximo casamiento de miss Anna, mi hija, con el noble par de Inglaterra lord William Pembleton.
Muchos de los que oyeron esta solemne declaración se mordieron los labios, y en medio de los parabienes que se apresuraron a prodigar, ahogaron más de un suspiro y más de un sentimiento de despecho mal disimulado.
Pero el que palideció más visiblemente y sufrió más sin duda, fue sir Evandale.
Sin embargo su rostro permaneció impasible, y la viva emoción interior que trastornó todo su ser, se manifestó únicamente en su palidez y en un ligero estremecimiento de los labios.
De repente sir Archibaldo pareció distinguirlo entre los demás caballeros que le rodeaban, y le dirigió directamente la palabra.
--¡Hola! sir Evandale, le dijo, también tengo para vos una buena noticia.
--¿Para mí? exclamó sir Evandale estremeciéndose.
--Para vos.
--¡Oh! ¿Os burláis?....
--¿No habíais solicitado entrar a servir en el ejército de la India?
--En efecto, respondió sir Evandale.
--Pues bien vuestro despacho de capitán de cipayos me ha llegado esta mañana.
--Y podéis dar las gracias a sir Archibaldo, hermano, dijo lord William.
--¡Ah! exclamó sir Evandale.
--Sí, prosiguió el joven lord, puesto que debéis vuestro grado a su apoyo y al de sus amigos de Londres.
Y añadió, creyendo que la emoción que se pintaba en el rostro de su hermano era de alegría:
--Pero, no partiréis de seguida, ¿no es verdad?
--Sois el jefe de nuestra casa, respondió irónicamente sir Evandale, y por lo tanto a vos os toca mandar y a mí obedecer.
--Pues bien, dijo lord William sonriéndose, os ordeno permanecer algunos días aún a mi lado, y asistir a mi matrimonio.
--Seréis obedecido, murmuró sir Evandale con acento feroz.
--Vamos, todo eso está muy bien, dijo sir Archibaldo. ¡Ahora, señores, la señal a los ojeadores y corramos la caza!
* * *
A poco empezó el ojeo, la zorra huía ya fuera de su camada, los perros ladraban con furor, los caballos galopaban en todas direcciones, y las trompas de caza resonaban por la llanura.
Sin embargo uno de los gentlemen no había seguido la caza.
Al partir sus compañeros se había detenido en un recodo del bosque, y apeándose al pie de un árbol, había atado a él su caballo y se había sentado sobre la yerba.
Veíase pintada en su rostro la lucha de las más encontradas y detestables pasiones, y sus ojos vertían lágrimas de rabia.
--¡Fatalidad!....... decía, ¡injusticia de la suerte!..... ¡Ambos somos hijos de los mismos padres..... la misma sangre corre por nuestras venas; y sin embargo todo es para él, la fortuna, el rango, las dignidades!..... ¡y como si esto no bastara, hasta me arrebata a miss Anna!
Yo en tanto debo contentarme con una charretera en el ejército de la India... ese es todo el porvenir que me ha dado mi familia.
¿Es una burla del destino?
¡Oh! ese hombre es mi hermano..... pero lo odio..... lo aborrezco con toda mi alma!
Sir Evandale, fuera de sí de ira, había pronunciado estas últimas palabras en voz alta, creyéndose absolutamente solo.
Y sin embargo se engañaba.
No había acabado de hablar, cuando se entreabrió el ramaje de un árbol vecino, y apareció entre las hojas una cabeza bronceada, coronada de cabellos blancos e iluminada por dos ojos que brillaban como tizones encendidos.
--¡El Indio! murmuró aterrado sir Evandale.
--Sí, el Indio, repuso una voz sorda e irónica, el Indio que es tu amigo y que viene a ofrecerte sus servicios. Él aborrece como tú a lord William, con un odio inextinguible y mortal.
XXIV
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
X
Sir Evandale contemplaba al Indio con un asombro que no estaba exento de temor.
Aquel hombre podía considerarse como viejo, si solo se fijaba la atención en sus canas, pero los rasgos de su fisonomía rebosaban juventud y, cosa extraña, sin el color bronceado de su rostro, se le hubiera tomado por un europeo, tanto se acercaban sus facciones al tipo de la raza caucásica.
Sin embargo, no se crea por esto que era bello, pues si sus facciones eran nobles y correctas, su rostro estaba desfigurado por profundas cicatrices que notablemente le afeaban.
Cuando el Indio iba por los caminos implorando la caridad de los transeúntes, solía levantarse las mangas del vestido y entreabrir la camisa; y todos los que llegaban a verle por un momento los brazos o el pecho, experimentaban un vivo sentimiento de horror.
El cuerpo de aquel hombre estaba cubierto de heridas horribles; heridas cicatrizadas, es verdad, pero no por eso menos repugnantes, pues la piel que las cubría se había formado de una manera incompleta y era trasparente como una tela de cebolla.
Algunas veces, este Indio, que ya hemos visto se llamaba Nizam, con el objeto de enternecer a sus oyentes, solía contarles su historia.
Un día, según él, había sido sorprendido por un tigre en una pagoda, en el momento en que rezaba devotamente sus oraciones, arrastrado hasta un juncal inmediato, y entregado a la voracidad de sus cachorros.
¿Cómo había podido escapar a aquella camada de tigres?
Para explicar esto, Nizam contaba un hecho bien extraño.
En el momento en que los hijuelos del tigre le laceraban el cuerpo con sus garras y que, bajo los ojos de su madre, jugaban con su cuerpo palpitante, aunque lleno de vida aún; en tanto que resignado, como todos los hombres de su raza, esperaba la espantosa muerte que le estaba reservada; se oyó de repente un ruido muy semejante al fragor de un trueno lejano.
Los tigres, abandonando su presa, parecieron consultarse con la mirada.
La madre manifestó una inquietud recelosa.
El ruido continuaba en tanto y parecía aproximarse; y al mismo tiempo temblaba la tierra, como si marchara por ella un ejército de gigantes.
Entonces el tigre dio un bufido ronco, y tomó la fuga con sus hijuelos, abandonando al desgraciado Indio que, aunque cubierto de horribles heridas, vivía aún.
Pero Nizam no se había salvado por esto.
Aquel ruido formidable, que acrecía sin cesar, y que se oía ya a corta distancia, el pobre Indio lo había reconocido........
Era una tropa de elefantes que atravesaba la espesura.
Nizam cruelmente herido y sin fuerzas para moverse, hacía tristes reflexiones.
--Los tigres no me han acabado, se decía, pero los elefantes pasarán sobre mi cuerpo y me aplastarán bajo sus pies.
Pero Nizam se engañaba y juzgaba mal a los elefantes.
Estos iban en número de más de doscientos.
¿De dónde venían?... ¿A qué punto se encaminaban en compañía tan numerosa?
Nizam juzgó que aquellos animales emigraban, pues llevaban consigo a sus hembras y sus hijuelos, y en medio de ellos marchaban los elefantes viejos, que se distinguían por sus orejas enteramente blancas.
Un jefe iba a la cabeza, a más de cien pasos delante de la columna.
Aquel jefe era un elefante blanco.
El elefante sagrado de los Indios.
Nizam, a pesar de su estado de debilidad, lo descubrió desde lejos, y como el pobre Indio era un piadoso servidor del dios Wichnou, pensó que aquel dios enviaba al animal sagrado en su ayuda.
Y Nizam no se engañaba.
Cuando el elefante llegó a cierta distancia, se acercó a él, se detuvo, bajó la trompa, la rodeó al cuerpo del Indio, y lo colocó blandamente sobre su cuello.
Luego continuó su marcha, siempre seguido por el formidable ejército que mandaba.
Los elefantes salieron a poco del juncal, y llegaron a una vasta llanura cultivada, en medio de la cual se veía una aldea india.
Entonces el elefante blanco volvió a coger a Nizam y lo colocó a orillas de un campo de arroz; y fijando en él esa mirada de su raza, que tiene algo de humano, pareció decirle, según creyó comprender el pobre herido:
--Aquí te hallas bajo la protección de los hombres, que son tus hermanos, y no tienes nada que temer de los tigres.
Así fue como Nizam se salvó de una muerte cierta. Socorrido por los habitantes de aquella aldea, sus heridas se cicatrizaron una a una; pero la piel no volvió a formarse, y había sido reemplazada por una membrana viscosa que dejaba ver los músculos y las venas de los miembros.
Pero, ¿por qué Nizam había dejado la India?
¿Por qué y para qué vino a Londres, y por qué había abandonado luego esta ciudad para venir a vivir mendigando en el condado de Northumberland?
Esto es lo que el Indio no decía.
Tal era el hombre que acababa de aparecerse a sir Evandale, en el momento en que se abandonaba a los arrebatos de su odio y de su sombría desesperación.
Nizam se deslizó al pie del árbol donde se había escondido, y sin el menor embarazo vino a sentarse al lado de sir Evandale.
Este, ya lo hemos dicho, lo miraba con un asombro que no estaba exento de miedo.
El Indio adivinó este sentimiento en el joven, y se apresuró a decirle:
--No temáis nada de mí. Os soy adicto, como lo es la liana al árbol a cuyo tronco se enlaza.
Y como sir Evandale continuase mirándole con recelo y sin responderle:
--Os amo como un perro a su amo, como un esclavo fiel a su señor, añadió el Indio con emoción, y toda mi sangre es vuestra.
--¿De veras? dijo sir Evandale.
--Os amo, prosiguió Nizam, y quisiera haceros lord.
--¡Oh!... ¡oh!
--Tal como os lo digo.
Sir Evandale inclinó la cabeza y exhaló un suspiro.
--Desgraciadamente, murmuró, eso es imposible.
--No hay nada imposible, dijo sentenciosamente el Indio.
--Pero..... pobre amigo.....
--Sir Evandale, prosiguió el Indio con gravedad, ¿tenéis prisa en seguir la caza?
--No.
--¿Queréis tener la bondad de escucharme?
--Habla cuanto quieras.
--Sir Evandale, vos amáis a miss Anna.......
El joven se estremeció y no pudo ocultar su turbación.
--¿Qué sabes tú? exclamó con forzada sonrisa.
--Sir Evandale, prosiguió Nizam con su tono sentencioso, cuando levantáis los ojos, descubrís en lo alto de la montaña los elevados muros y macizas torres de Old-Pembleton.
--Bien, ¿y qué?
--Cuando los bajáis hacia la llanura, veis las graciosas torrecillas de New-Pembleton, la opulenta morada moderna.
--Pero en fin.....
--Y después vuestra mirada abarca las diez leguas cuadradas de praderas, de campos cultivados y de bosques que rodean los dos ricos dominios, y entonces suspiráis.......
Sir Evandale suspiró en efecto.
--Y no podéis menos que deciros, prosiguió Nizam, si yo hubiera nacido el primero..... todo eso sería mío.
--Es verdad, murmuró sir Evandale con aire preocupado y sombrío.
--Y mientras que todo el mundo os da el título común de gentleman, oís llamar a vuestro hermano milord.......
--Y bien, ¿qué puedo yo hacer a todo eso?
--Muy sencillo. Ser lord a vuestra vez.
--Pero.....
--Y si yo lo quiero..... lo seréis.
--¡Tú!
Y sir Evandale contempló al mendigo con sonrisa irónica.
--No riáis, sir Pembleton, exclamó Nizam.
El joven continuaba mirándolo con burlona curiosidad.
Entonces Nizam se levantó, irguió con altivez su talle encorvado, y sus ojos ardientes lanzaron una llama que ofuscó por un momento a sir Evandale.
--En el país donde nos hallamos, dijo, vivo, es verdad, de la caridad pública, y soy un objeto de horror y de piedad para todos, pero si yo quisiera.....
--¿Qué harías?... veamos.
--Haría lo que nadie puede hacer..... haría de vos..... lord Pembleton, dijo fríamente el Indio.
--¡Ah! exclamó sir Evandale estremeciéndose.
--Escuchadme, prosiguió Nizam.
Y volvió a sentarse familiarmente al lado del hermano desheredado de lord William Pembleton, el alto y poderoso señor y par de Inglaterra.
XXV
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XI
Como decíamos pues, el Indio Nizam se había sentado familiarmente al lado de sir Evandale, y hasta se había atrevido a tomarle la mano.
--¿Qué edad teníais, le dijo, cuando perdisteis vuestra madre?
--Unos siete años, respondió el joven Pembleton.
--De consiguiente erais demasiado niño para que os pudieran confiar un secreto.
Esta palabra produjo una conmoción extraña en sir Evandale.
Sin embargo no respondió y continuó mirando al Indio.
--Porque yo poseo un secreto que os debo confiar, añadió este.
--¿Un secreto?
--Sí, un secreto que se refiere a vuestro..... nacimiento.
--Pero, dijo sir Evandale con altivez, mi nacimiento no tiene nada de misterioso, que yo sepa.
--Sí... y no.
Y diciendo esto, el mendigo clavó en el joven caballero una mirada tan resuelta y dominadora, que sir Jorge Evandale bajó la cabeza, humillado y sumiso ante aquel vagabundo.
--Decidme, prosiguió Nizam, ¿no habéis oído hablar nunca de vuestro tío sir Jorge Arturo Pembleton?
--Raramente, repuso sir Evandale.
--Pero en fin, ¿os han hablado alguna vez?
--Sí.
--¿Quién?
--Los criados de mi casa.
--¿Y vuestra madre?
--Jamás.
--¡Ah! dijo Nizam soltando una carcajada satánica, ¿no os habló nunca de él?
--No; y aún recuerdo, prosiguió sir Evandale, que un día estuvo a punto de desmayarse porque un doméstico pronunció ese nombre delante de ella.
--En otro tiempo no se hubiera desmayado, murmuró Nizam con voz sorda y acento irónico.
Sir Evandale se estremeció de nuevo.
--¿Qué quieres decir, mendigo! exclamó.
Nizam seguía sonriéndose.
--No pretendáis humillarme con vuestro desprecio, sir Evandale, dijo. Yo, mendigo tal que me veis, soy sin embargo poderoso; y, ya os lo he dicho, si me escucháis, os juro que haré de vos un lord, y os casaré con miss Anna, la rica heredera.......
Un vivo sentimiento de orgullo fermentó en el cerebro de sir Evandale.
--Continúa, dijo.
Nizam prosiguió:
--También debe haber un hombre en New-Pembleton que no habla jamás de sir Jorge. Ese hombre se llama Tom.
--¡Tom! exclamó sir Evandale. ¡Oh! a ese le aborrezco.
--Y tenéis razón.
--Lo aborrezco, porque no ama más que a mi hermano mayor... al poderoso lord William, añadió sir Evandale.
--Si supierais otra cosa aún, repuso el Indio, vuestro odio sería mucho mayor.
--¿Qué es pues?
--¡Oh! ya os lo diré más tarde. Por ahora no se trata de Tom.
--¿De quién entonces?
--De sir Jorge Pembleton.
--Pues bien, habla....
--Sir Jorge, hace veinte y dos años,--prosiguió Nizam,--era un pobre segundón como vos. Mientras que su hermano gozaba ya de las consideraciones debidas a su nacimiento, y que un día sería lord, se casaría con miss Evelina Ascott, y poseería una inmensa fortuna; el pobre hermano menor estaba destinado a servir oscuramente en la marina.
--Como yo en el ejército de las Indias, murmuró suspirando sir Evandale.
--Sin embargo sir Jorge amaba a miss Evelina.
Sir Evandale hizo un brusco movimiento.
--Y miss Evelina le amaba.....
--¡Mientes!
--Yo no he mentido jamás, dijo fríamente el Indio.
Y paralizó de nuevo al joven Evandale con su mirada dominadora.
En seguida, aquel miserable mendigo, desplegando una autoridad de maneras y de expresión y un lenguaje que nadie hubiera podido sospechar en él, al verle mendigar por los caminos; aquel mendigo, decimos, contó detalladamente a sir Evandale los amores misteriosos de miss Evelina y sir Jorge; luego la vuelta de este de las Indias, y en fin aquella noche terrible en que lady Pembleton había faltado, a su pesar, a todos sus deberes.
Sir Evandale le escuchaba temblando y empapada en sudor la frente. Lo escuchaba casi sin poder respirar, y cuando el Indio hubo concluido, dijo al fin reponiéndose, después de un momento de silencio:
--Pero entonces, sir Jorge fue.....
--Vuestro padre, repuso fríamente el Indio.
--¡Mi padre!
--El que también había soñado hacer de vos un lord.
--Y sir Jorge..... ha muerto, ¿no es verdad?
--Para todo el mundo, sí.
--¿Qué quieres decir?
--Para mí, no.
--¿Sir Jorge no ha muerto?
--Vive, os lo repito.
--¡Vive!
--Sí, y voy a probároslo.
Y al decir estas últimas palabras, Nizam se levantó rápidamente.
--Esperadme aquí, añadió, vuelvo dentro de pocos minutos.
Y desapareció entre las árboles del bosque.
Nizam se dirigió a un arroyo que corría entre la espesura, se arrodilló inclinándose en su orilla y se lavó repetidas veces el rostro.
Hecho esto, volvió adonde se hallaba el joven Evandale.
Este al verlo llegar arrojó un grito de sorpresa.
El color bronceado del rostro de Nizam había desaparecido.
Nizam era blanco como un Europeo, como un Inglés.
Y como sir Evandale le miraba con estupor, el supuesto Indio le dijo:
--¿No preguntabais por sir Jorge?... Pues bien, heme aquí.
--¿Vos?..... ¿vos? exclamó el joven con asombro.
--Yo, tu padre, dijo el supuesto Indio.
Y estrechando a sir Evandale entre sus brazos, lo cubrió de besos furiosos.
* * *
Este hombre que vivía hacía diez años en el país, y que todo el mundo llamaba Nizam el Indio, era efectivamente sir Jorge Arturo Pembleton.
Era el mismo a quien sir James Ascott había dejado herido en una pierna y sin movimiento, en medio de un bosque de la India poblado de tigres.
Y en la historia que Nizam contaba bajo su supuesto nombre, no había de falso más que una cosa, el ataque del tigre en la pagoda de Wichnou.
Todo lo demás era verdadero.
Es decir, que atraídos por sus lamentos y por el olor de la sangre, apenas sir James hubo desaparecido, varios tigres se habían lanzado sobre él; pero aunque lo habían mal herido, no tuvieron tiempo para devorarlo.
La tropa de elefantes había hecho huir a los tigres precipitadamente.
Abandonado por el elefante blanco que lo sacara del bosque, en un campo cultivado, a orillas de un arrozal, sir Jorge había permanecido allí muchas horas privado de sentido.
Vuelto en fin en sí, se fue arrastrando como pudo, vertiendo aín sangre de sus heridas, hasta la choza de un Indio anciano que vivía fuera de la aldea.
Aquel Indio era un brahmin.
El brahmin consideró como un hecho milagroso el acto que había llevado a cabo el elefante blanco, y no titubeó en afirmar a sir Jorge que era Wichnou mismo quien, por uno de esos _avatars_, que le eran familiares, se había encarnado en un elefante blanco con el único objeto de librarlo de la muerte.
Esto era de consiguiente,--según el buen brahmin,--un llamamiento de Brahma a la verdadera religión, y en su opinión, el soldado inglés, así favorecido, debía abandonar patria y creencias, y consagrarse en adelante a la causa de sus hermanos los Indios.
Sir Jorge aparentó dejarse convencer y entrar en las miras del sacerdote indio, pues su objeto era de no aparecer de nuevo en Calcuta y de pasar por muerto. Esto se acomodaba con sus proyectos ulteriores.