La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam
Part 8
Pero el hecho es que sir James volvió solo a Calcuta, a la hora en que aparecían las primeras estrellas en el cielo magnífico de la India.
Y aquella misma noche, el joven guardia marina dirigió un despacho a lord Ascott, concebido en estos términos:
«Nuestro honor queda satisfecho.--_Ella_ está vengada.»
Al día siguiente, unos cazadores encontraron en el bosque los restos informes de un cadáver medio devorado por los tigres, cubierto aun con algunos pedazos de uniforme.
Y pronto se esparció el rumor por la ciudad de que sir Jorge Pembleton, víctima de su pasión por la caza, había tenido un fin horrible.
Tom y lady Evelina estaban, o creían estar al menos, tranquilos para siempre.
XX
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
VI
Salvemos ahora un espacio de cinco años, y trasportémonos de nuevo a las agrestes fronteras de Escocia, cortadas por los montes Cheviot.
Corría el mes de abril de 1834.
Dos personas hablaban en voz baja en una de las salas abovedadas de Old-Pembleton.
El antiguo solar había visto nuevos días de esplendor y días de duelo durante aquellos cinco años.
Por segunda vez, New-Pembleton, la aristocrática morada moderna, se ha visto abandonada por Old-Pembleton, el antiguo castillo de los altos barones feudales.
¿Por qué?
Escuchemos la conversación de las dos personas que hablaban al lado del fuego, en una de las salas bajas del castillo.
--No hay que replicarme, Tom; os lo repito una y mil veces; nuestra ama ha hecho mal en volver a Old-Pembleton.
--Yo no digo sí ni no, mi querida Betzy.
--Y veamos si os place, señor Tom, ¿por qué vaciláis de ese modo entre opuestos pareceres?
--A fe mía, buena Betzy, tan cierto como soy Tom y vuestro cariñoso marido desde hace tres años, que no sabré decir aún si lady Evelina, nuestra noble y bondadosa señora, ha tenido o no razón en dejar primero a Londres, y New-Pembleton después, para venir a encerrarse aquí. Sin embargo, a lo que puedo juzgar según mis cortos alcances, me inclino a creer que ha tenido razón.
--¡Ah!... ¿de veras?
--Bien reflexionado, sí, mi querida Betzy.
--Pues lo que es yo, dijo Betzy-Justice, la joven mujer de Tom,--porque ambos eran muy jóvenes en esta época,--yo me inclino a creer lo contrario.
--¿Y sobre qué basáis vuestra opinión?
--Sobre una cosa que salta a la vista. La salud de milady se altera más cada día.
--¿Y creéis?.....
--El aire frío y vivo de estas montañas no puede serle provechoso.
--¡Ah!
--Está enferma del pecho, y el clima que le conviene no es por cierto este.
--Hay mucho de verdad en lo que me decís, querida Betzy; pero yo persisto en mi opinión, pues decididamente veo que tengo una opinión.
--¿Positivamente?
--Sí, amiga mía.
--Veamos pues: explícaos, señor Tom.
--Hará cosa de tres años, lady Evelina me hizo llamar un día y me dijo:--Tom, es necesario que yo te consulte, pues tú eres hombre de buen consejo.
--Hablad, Lina, le respondí.
Pues como sabes, querida Betzy, soy hermano de leche de milady, y me ha quedado la costumbre de llamarla abreviando su nombre como lo hacía en nuestra infancia.
Milady prosiguió:
--Hace un mes que tengo ensueños espantosos.
--¿De veras? la dije.
--O mejor dicho, tengo siempre el mismo ensueño.
--_¡Ah!_
--¡Pero es terrible!
Yo esperé que milady se explicase, y guardé un respetuoso silencio.
Entonces prosiguió:
--Mi sueño tiene tres partes. En la primera, me encuentro en New-Pembleton, y me paseo por el parque llevando a mi hijo mayor por la mano.
--¿Lord William? le dije.
--Precisamente.
--Querido Tom, interrumpió Betzy, permíteme hacerte una pregunta.
--Di, amiga mía.
--El difunto lord, que yo no llegué a conocer, se llamaba Evandale, ¿no es verdad?
--Sí.
--Y su padre, ¿no llevaba el mismo nombre?
--Así es.
--Pues bien, prosiguió Betzy, yo creía que el nombre de Evandale era como hereditario en la familia.
--Sí, con raras excepciones.
--Y que se trasmitía entre los primogénitos.
--Esa ha sido por largo tiempo la costumbre.
--Entonces, replicó Betzy, ¿por qué _monseñor_,--como llamamos al joven lord,--se nombra William, y su hermano menor lleva ahora el nombre de Evandale?
--Voy a explicároslo, Betzy.
--Veamos pues.
--Milord Evandale tenía un amigo de la niñez que fue luego su compañero de armas. Ambos servían a bordo del mismo buque y tenían el mismo grado. Este amigo se llamaba sir William Dickson.
--Muy bien.
--Y lord Evandale quiso que fuese padrino de su hijo.
--¡Ah! ¿y por eso _monseñor_ se llama William?
--Sí, pero al mismo tiempo no quisieron que se perdiese en la familia el nombre de Evandale.
--¡Ya! y lo dieron al hijo segundo.
--Así es, Betzy.
--Lo comprendo muy bien, Tom. Continúa tu relato.
Tom prosiguió:
--Como te refería pues, lady Evelina me dijo: En la primera parte de mi ensueño, me paseo por el parque de New-Pembleton, y llevo a William por la mano.
De repente se me figura que William se pone pálido... muy pálido, y que se trasparenta como una sombra; luego, poco a poco, su rostro va desapareciendo y queda velado tras una densa niebla.....
Después, la niebla se va disipando por grados..... y entonces, ¡oh! es horrible!..... Mi hijo, a quien no he dejado de la mano, me aparece de nuevo, Tom.......
--¿Y bien?
--Pero ha cambiado de figura.
--¡Cómo! exclamé.
--No es William, continuó milady, es Evandale. Y sin embargo, William es el que estaba a mi lado, y yo no he cesado de estrechar convulsivamente su mano.
--Bien extraño es eso, Lina, la dije; pero afortunadamente no es más que un sueño.
--Espera, Tom, prosiguió milady. Generalmente, al ver esta metamorfosis extraña, en seguida me despierto sobresaltada dando un grito.
A poco me levanto las más veces, y pasando al cuarto contiguo, voy a contemplar a mi querido William que duerme tranquilamente.
Esto disipa mis temores, y volviéndome a acostar, no tardo en dormirme de nuevo.
--¿Y soñáis otra vez, Lina?
--Sí, Tom, y entonces empieza la segunda parte de mi ensueño.
--¡Ah! veamos, exclamé.
--He cesado de pertenecer al mundo de los vivientes, y me encuentro reproducida en un retrato de familia.
Me hallo retratada en pie y vestida de luto. Ya no soy una mujer, sino un lienzo colocado en un cuadro; pero mi imagen, que reproduce ese lienzo, ve, piensa y recuerda.
Me hallo colocada en la _Sala de los Antepasados_ de Old-Pembleton.
En frente de mí, está el difunto lord Evandale, mi noble esposo.
También se ha convertido, como yo, en retrato de familia, e igualmente como yo, ve y piensa..... y, durante la noche, hablamos por lo bajo, en aquella larga galería, rodeados de nuestros mayores que nos contemplan con tristeza.
Las ventanas de la _Sala de los Antepasados_ están todos abiertas; la luna inunda de su dulce claridad la campiña, y podemos descubrir allá bajo, en la llanura, los blancos muros de New-Pembleton y las frondosas arboledas de su parque.
En la argentada zona que ilumina allí la luz de la luna, vemos a un hombre que se pasea, dando el brazo a una mujer que nos es desconocida..... Muchos gentlemen los acompañan.
Y oímos distintamente que todos ellos llaman al hombre milord y milady a la mujer.
--¡Ah! aquel hombre es lord William sin duda! dije.
--No, repuso lady Evelina, es Evandale.
--¿Sir Evandale..... lord?
--Sí.
--Pero, entonces.....
--Entonces, prosiguió milady, mi difunto esposo y yo, que no somos ya más que retratos de familia, nos miramos el uno al otro tristemente, y lágrimas verdaderas brotan de nuestros pintados ojos.
--Pero, para que sir Evandale sea lord, es preciso.....
Aquí me detuve, no osando completar mi pensamiento.
--Es preciso que William haya muerto, ¿no es verdad? me dijo milady.
--Sí, Lina, le contesté.
--En eso te engañas, Tom.
--¿Es posible?
--William está vivo.
--¡Oh! es singular!
Milady enjugó sus lágrimas, y continuó su relato.
--De repente, la luna desaparece, y las tinieblas invaden la galería de retratos.
En medio de la oscuridad oigo sollozos ahogados, que vienen del retrato de lord Evandale.
Después estalla un ruido violento como el del trueno, y una luz vivísima e instantánea inunda la galería.......
Aquí empieza la tercera parte de mi horrible ensueño.
Y hablando así, milady, no pudo contener sus lágrimas.
--Escucha, Tom, escucha lo que resta, me dijo.
Yo la contemplaba, mudo de sorpresa y de dolor.
XXI
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
VII
Milady prosiguió:
--Las cimas nevadas de los montes Cheviot, y las verdes llanuras donde se asienta New-Pembleton,--todo eso acaba de desaparecer.
Mi esposo y yo continuamos sin embargo en nuestros cuadros, suspendidos a los muros ahumados de la galería; pero tenemos la facultad de ver las cosas más distantes.
Nos hallamos en medio del día.
El ardiente sol de los trópicos ilumina una sabana árida, un paisaje abrasado y triste.
Una multitud de hombres medio desnudos y cubiertos de sudor, trabajan penosamente bajo ese cielo de fuego, pidiendo a la tierra ingrata un producto que se niega las más veces a dar.
Esos hombres son criminales condenados a la deportación colonial, y que la Inglaterra ha enviado a las lejanas tierras de Australia para hacerles expiar sus crímenes.
Y entre ellos, sin embargo, se encuentra un inocente.
Un inocente que eleva a veces sus ojos al cielo, tomándolo por testigo de los inmerecidos sufrimientos que padece.
Y aquí milady, enjugando de nuevo sus lágrimas, añadió:
--¿Y sabes, Tom, quién es ese hombre?
--No, milady.
--Es mi hijo.
--¿Lord William?
--Sí.
--¡Oh! Lina, exclamé, vuestra imaginación excitada os extravía.
¿Cómo es posible que pueda suceder cosa semejante?
--No lo sé.
--¿Olvidáis, milady, que solo había un hombre a quien pudiéramos temer, y que ese hombre ha muerto?
--¿Quién sabe?
--¡Oh! bien sabéis que vuestro hermano sir James lo ha matado.
--No, me dijo milady, las cosas no han tenido lugar tal como tú crees.
--¿Qué queréis decir, Lina?
--Que James, mi hermano, y el miserable a quien llamaban sir Jorge, se han batido en efecto en un bosque, en los alrededores de Calcuta.
--Sí, milady, y allí sir James ha muerto a sir Jorge.
--No precisamente. Sir James, según su relato, le ha roto una pierna de un pistoletazo.
--Es verdad; pero sir Jorge ha caído y no ha podido levantarse.
--¿Qué importa? El hecho evidente es que sir James se ha alejado dejándolo vivo.
--¡Oh milady, la contesté, bien comprendéis que un hombre que cae con una pierna rota en una selva indiana, no sale ya de ella. Los tigres se encargan de acabar con él.--Por lo demás, ¿no recordáis que todos los periódicos anunciaron por aquel tiempo que se había encontrado el cuerpo de sir Jorge medio devorado por las fieras?
--Sí, repuso milady, han encontrado un cadáver completamente desfigurado, cubierto con un jirón de uniforme; pero, ¿era sir Jorge en efecto?
--Vamos, Lina, exclamé, veo que os dejáis llevar de terrores insensatos. Yo os aseguro que sir Jorge ha muerto.
Pero milady, movió tristemente la cabeza y me dijo:
--No importa: sea como quiera, me decido a dejar la residencia de New-Pembleton.
--¿Y adónde queréis ir?
--Allá arriba.
--¿Al antiguo castillo?
--Sí.
--Como comprendes bien, mi querida Betzy, acabó Tom, yo no he debido discutir esa determinación. Yo no puedo querer sino lo que milady quiere. Y esta es la razón por la que estamos aquí.
Betzy dejó escapar un suspiro.
--Sí, murmuró, estamos aquí, aislados en estas montañas, y la salud de milady se debilita más cada día.
--Eso es verdad.
--Y los médicos dicen que está atacada de una enfermedad mortal.
--¿Quién sabe? los médicos se equivocan muchas veces, dijo Tom.
Betzy movió la cabeza con desaliento.
--Además, yo no te he dicho que he ido ya a ver a John Pembrock, añadió Tom.
--¿Y quién es ese hombre?
--John Pembrock es un Escocés que vive en Perth, donde goza de una gran reputación como médico.
--¿Y John Pembrock vendrá a visitar a milady?
--Lo espero de un momento a otro.
--¡Ah!
--Ese médico es un hombre muy singular, prosiguió Tom. Es rico, lo que es ya raro en un Escocés, y además nunca visita por dinero.
--¡Es en efecto singular!
--Pero jamás vacila en encargarse de los enfermos desahuciados por sus colegas, y es muy raro que no los cure.
No había acabado Tom de decir estas palabras cuando se oyó un ruido al exterior.
Este ruido era el de la campana que se encontraba fuera del puente levadizo de Old-Pembleton, y que alguna visita acababa de agitar.
Porque es de advertir, que todas las noches alzaban el puente levadizo, y el viejo solar se convertía de nuevo en fortaleza, como en los buenos tiempos feudales.
Tom se levantó precipitadamente y salió de la sala baja.
En el dintel de la puerta encontró a Paddy, un viejo servidor escocés que había visto nacer a miss Evelina Ascott, y no se había separado de ella jamás.
--Tom, dijo Paddy al encontrarse con el criado de confianza de lady Pembleton, hay dos hombres a la puerta, uno a pie y otro a caballo.
--¿Qué piden?
--Quieren entrar.
--¿Han dicho sus nombres?
--El jinete dice que viene de Perth.
--¿Y el otro?
--El otro no dice nada.
Tom atravesó la gran sala, el vestíbulo, el patio, y llegó corriendo hasta la poterna del puente levadizo.
Hacía un frío bastante vivo y el cielo estaba cubierto y lluvioso.
Antes de poner en movimiento las cadenas del puente levadizo, Tom abrió un postigo y miró hacia fuera.
El jinete esperaba con calma al otro lado del foso.
Tom no tardó en reconocer en él a John Pembrock y sacando entonces la cabeza exclamó:
--¡Ah! ¿sois vos?... Os esperaba.
Y en seguida mirando al hombre que venía a pie:
--¿Y ese hombre, dijo, ¿viene con vos?
--Es un pobre Indio, respondió John Pembrock, que me ha pedido limosna en el camino, y a quien he prometido hospitalidad por esta noche.
Tom arrugó el entrecejo.
--No hay sin embargo muchos Indios en Inglaterra, dijo, y a fe mía que jamás se ha visto uno en nuestras montañas,--Milady no tiene costumbre de albergar a gentes que no conoce..... de consiguiente voy a darle una corona, y con eso podrá ir a hospedarse allá abajo, en la aldea.
--Creo que no haréis eso, Tom, dijo John Pembrock.
--¿Y por qué causa, sir John?
--Porque este hombre está tan cansado, que apenas puede tenerse en pie, y porque parece que se muere de inanición.
--La aldea está a un paso y hay en ella una buena posada donde podrá confortarse; y para que lo haga mejor, puesto que os interesáis por él, voy a darle no una corona, sino una guinea.
--Tom, dijo John Pembrock, sed más humano, os lo suplico.
--Perdonad, doctor, yo he hecho un juramento a milady.
--¿Cuál?
--La he jurado no dejar entrar en Old-Pembleton más que a personas conocidas.
--Así, dijo John Pembrock, ¿negáis absolutamente la hospitalidad a este desgraciado?
--No me es posible obrar de otro modo.
Y diciendo esto, Tom echó mano al bolsillo y arrojó por la rejilla de la poterna una moneda de oro, que fue a caer a los pies del mendigo.
John Pembrock era una especie de gigante y recordaba por su estatura y formas hercúleas los célebres montañeses escoceses cantados por Walter Scott.
No había acabado de hablar Tom, cuando Pembrock se inclinó sobre la silla, asió al Indio por los brazos, lo colocó delante de sí, y volvió brida súbitamente diciendo:
--¡Sois un hombre sin corazón!
Y volviendo para atrás, puso su caballo al galope, antes de que Tom estupefacto tuviese el tiempo de responderle.
Inmediatamente bajó este el puente levadizo, se lanzó afuera, y echó a correr tras John Pembrock gritando:
--¡Deteneos!... ¡deteneos!
Pero el doctor siguió a escape sin responder una palabra.
Solo se oían las herraduras del caballo, resonando sobre las peñas de la escarpada cuesta que conducía a la aldea.
Tom no se desalentó sin embargo.
A todo correr bajó también la empinada pendiente, llegó a la aldea, y entró en su única posada.
Allí se hallaba ya el pobre Indio, instalado en un rincón de la chimenea; pero John Pembrock había desaparecido.
Acababa de partir diciendo al posadero:
--Si Tom, el mayordomo de lady Pembleton, viene luego a buscarme, le diréis que yo no estimo a las personas faltas de humanidad, y que jamás me molesto por ellas.
Y en seguida había tomado el camino de Perth.
Tom se volvió tristemente a Old-Pembleton.
Un triste presentimiento le oprimía el corazón, y apenas entró se apresuró a subir al cuarto de milady.
Lady Evelina estaba echada en su lecho y parecía dormir profundamente.
Tom la llamó, primero en voz baja y luego con más fuerza.
Milady no se despertó.
Entonces se acercó más a ella, la tocó, y..... retrocediendo de repente lanzó un grito de horror.
Lady Evelina no dormía.......
¡Lady Evelina Pembleton estaba muerta!
XXII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
VIII
Habían trascurrido diez años después de los acontecimientos que acabarnos de narrar.
Diez años hacía que Lady Evelina había ido a reunirse con su esposo, lord Evandale Pembleton, en un mundo mejor.
Dos jóvenes gentlemen a caballo, uno al lado del otro, seguían una mañana la grande avenida de añosos olmos de New-Pembleton, e iban departiendo alegremente.
Estos jóvenes eran los dos huérfanos de la noble familia.
Lord William Pembleton, el actual jefe de ella, aquel niño que su madre y el fiel Tom habían guardado con tanta solicitud, era ahora un apuesto y gallardo joven de diez y nueve años, alto, esbelto, y sin embargo robusto.
Su hermano, por el contrario, aunque apenas tenía dos años menos, era débil, delicado y de pequeña estatura.
Lord William tenía una fisonomía abierta y franca, la mirada noble y leal, y la boca siempre risueña.
Sir Evandale, su hermano, tenía el rostro anguloso, los labios delgados y descoloridos, la mirada torva y traidora.
El primero era un tipo de nobleza y de lealtad.
El segundo descubría a su pesar algo de bajo, de astuto y de envidioso.
Ambos iban montados en magníficos poneys de Escocia, y llevaban la casaca escarlata de los cazadores de zorras. De este modo se dirigían al bosque vecino, donde los esperaba una alegre cuadrilla de sus compañeros de caza.
Cabalgando así, llegaron al extremo inferior de la avenida, e iban a salir por la verja del parque que daba al camino real, cuando de pronto les cerró el paso un hombre que se hallaba reclinado contra la puerta de la verja.
Aquel hombre era un mendigo, un pobre diablo en harapos, listo y vigoroso, aunque ya de cierta edad, con la tez cobriza de los Indios.
Y era un Indio en efecto, un hijo de la raza cobriza que los Ingleses han logrado subyugar.
Tal vez aquel hombre había sido rey en su país, y ahora vivía de la caridad pública entre sus enemigos.
A pesar del vigor que manifestaba, el Indio, como hemos dicho, era un anciano.
Algunos raros cabellos entrecanos se escapaban de su gorro de lana gris; y una larga barba inculta le caía sobre el pecho.
--Mis buenos señores, dijo levantando hacia los dos gentlemen sus manos suplicantes, dignaos socorrer al pobre Indio.
Lord William le arrojó una guinea.
--¡Vete! le dijo.
El Indio recogió lo guinea y desapareció entre la maleza.
--Por cierto, milord, dijo sir Evandale, que practicáis la caridad de una manera bien brutal.
--¡Ah! ¿os parece así, hermano? repuso el joven lord.
--¿Por qué despedís así a ese mendigo?
--Porque ese hombre ha sido causa de la muerte de nuestra madre, respondió lord William.
--¿Cómo es eso posible, milord?
--¿Tom no os ha contado nunca esa historia?
--Jamás.
Lord William dejó escapar un suspiro.
--Pues bien, añadió, yo voy a contárosla.
Y como en esto habían llegado al camino real, pusieron sus caballos juntos y tomaron el galope.
--Mi querido Evandale, dijo entonces lord William, nuestra madre estaba muy enferma, y los médicos desesperaban de salvarla. Pero parece sin embargo, que había todavía remedio. Tom fue a ver a un famoso médico escocés que vivía en Perth.....
--John Pembrock, ¿no es verdad?
--Justamente.
--Y John Pembrock no fue más afortunado que los otros médicos sin duda.
--John Pembrock se hizo describir por Tom todos los síntomas de la enfermedad.
--¡Ya! y no vino al castillo..... ¿no es eso?
--Al contrario, sin duda vio esperanza de éxito, pues se presentó aquella misma noche en el puente levadizo de Old-Pembleton.--Pero desgraciadamente no venía solo.
--¡Ah!
--Un hombre lo acompañaba, y ese hombre era el mendigo que acabamos de ver.
Ahora bien, amigo mío, prosiguió lord William, debo deciros ante todo, que nuestra santa madre, se hallaba perseguida hacía muchos años por misteriosos e inexplicables terrores.--Tom, que poseía toda su confianza, no ha querido jamás explicarse francamente conmigo sobre esto.
Nuestra madre se había refugiado pues en Old-Pembleton, y todas las noches alzaban el puente levadizo y no dejaban entrar a nadie.
Tom, conformándose con las órdenes recibidas, se negó a abrir al mendigo: solo podía franquear la puerta a John Pembrock, el médico que había prometido curar a nuestra madre.
Pero John Pembrock era un hombre de singular carácter.
Viendo que Tom no quería dejar entrar al mendigo, volvió la espalda y se negó resueltamente a penetrar en el castillo.
--¿Es posible?
--En aquel mismo instante se volvió a Perth.
--Al día siguiente encontraron muerta a nuestra pobre madre.
--Y bien, dijo sir Evandale, en todo eso veo que John Pembrock era un miserable; pero, en cuanto al pobre Indio, no ha sido en rigor sino la causa bien inocente.....
--Sea, repuso lord William, pero su vista me oprime siempre el corazón.
--¿Lo encontráis con frecuencia?
--¡Con demasiada frecuencia! Siempre anda por estos alrededores.
--¿Y cómo se hace que ese hombre, nacido a cuatro mil leguas de aquí, se haya establecido en nuestras montañas?
--Cosa es en efecto bien singular y que no sabré deciros.
--Tom debe de saberlo.
--Lo sabe todavía menos que yo, así como todos los habitantes de la comarca.
Ese mendigo, a quien llaman Nizam, pasa las noches en los bosques, y solo se le ve de día a la puerta de las poblaciones o de las casas de campo.
Además no se le conoce oficio alguno.
--¡Oh! respecto a eso no hay que extrañar, observó sir Evandale, el pobre es ya viejo.
--Es viejo, pero bastante ágil y robusto aún para poder ocuparse de un trabajo cualquiera.
--Hace poco he notado una cosa bien singular, milord, dijo sir Evandale.
--¿Cuál?
--Vos le habéis echado una guinea, ¿no es verdad?
--Sí.
--No creo que se halle acostumbrado a semejantes limosnas.
--Ciertamente que no: por lo común no recoge más que medio penique cuando tiende la mano. Y bien, veamos, ¿qué habéis notado?
--Al irse, os ha lanzado una mirada de odio.
--¡Oh! lo comprendo muy bien. Ese hombre es un malvado.
--Y en cambio, a mí me ha mirado de muy distinto modo, añadió sir Evandale.
--¿De veras?
--Si, me ha mirado afectuosamente.
--¡Bah!
--Y aun con cierta emoción.
--¿Qué queréis? exclamó lord William riéndose, eso no prueba más sino que tenéis el don de agradarle, mientras que yo le soy antipático.
Sir Evandale se sonrió de una manera equivoca.
--Eso no debe importaros, milord, dijo, hartas compensaciones tenéis.
--¿Qué queréis decir?
--¡Toma!... si ese pobre Indio manifiesta algún apego hacia mí, vos tenéis en cambio otras personas que os adoran y que pasarían su vida a vuestros pies, y que, estando a nuestro servicio, ni aun se dan la pena de disimular la aversión que me tienen.
Lord William se encogió de hombros.
--Apuesto, dijo, a que aludís a ese pobre Tom.
--¿Por qué negarlo? Hablo de Tom y de su mujer Betzy.
--¿Creéis que no os aman?
--Seguramente.
--¡Qué extraña idea!
--¡Oh! por lo demás, yo les pago en la misma moneda.
--¡Hermano!....
--Estoy en mi derecho, prosiguió con impetuosidad sir Evandale; y si en vez de ser un pobre segundón de la familia, fuese yo como vos lord Pembleton, señor de este país, dueño del antiguo solar y de la quinta moderna..... si dentro de un año debiera yo formar parte de la Cámara alta.....
--Y bien, ¿qué haríais? respondió Lord William.
--Empezaría por arrojar de mi presencia a Tom y a su mujer.
--Y haríais muy mal, dijo severamente lord William.