La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam
Part 7
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
II
La familia Dunderry, cuyo jefe lleva el nombre de lord Ascott, es de puro origen normando.
En la época en que el duque Guillermo el Bastardo pasó a ser el rey Guillermo el Conquistador, los Dunderry le siguieron a las islas Británicas, y desde entonces se han enlazado siempre con las más altas familias de la aristocracia inglesa.
Miss Evelina, hija de lord Ascott, tenía diez y seis años cuando su padre pensó en casarla.
Los partidos no faltaban por cierto, los nombres más ilustres del Reino Unido se disputaban el honor de tal alianza; pero miss Evelina, según la moda inglesa, se hallaba prometida a lord Pembleton, hacía mucho tiempo.
El dominio señorial de Ascott y el de Old-Pembleton, encaramados cada uno de ellos sobre una de las escarpas de los montes Cheviot, se miraban hacía siglos frente a frente, a tres leguas de distancia.
Lord Ascott, el padre de miss Evelina, y el difunto lord Pembleton, padre del lord actual, habían estado unidos en estrecha amistad desde la infancia, y cuando miss Evelina llegó a tener diez años y sir Evandale Pembleton diez y ocho, se apresuraron a desposarlos.
Después sir Evandale se embarcó para las Indias, donde servía en la marina real.
Las dos familias permanecieron estrechamente unidas.
No pasaba una sola semana, durante el invierno, sin que lord Ascott y su hija fuesen a visitar a lord Pembleton, a quien una cruel enfermedad, la gota tenía clavado en su sillón.
Miss Evelina y sir Jorge Pembleton, hermano segundo de sir Evandale, contrajeron poco a poco una amistad e intimidad fraternal, y salían con frecuencia juntos, dando largos paseos a caballo.
Cinco años se pasaron así.
Miss Evelina experimentaba un placer extremo en encontrarse al lado de sir Jorge, y sir Jorge llegaba a veces a concebir el criminal deseo de que el navío en donde iba su hermano mayor se estrellase contra una roca, en una noche de tempestad, y se perdiese con todo su equipaje.
Un día, en fin, los dos jóvenes llegaron a confesarse que se amaban.
Pero en miss Evelina dominó al amor la razón, y a la ardiente declaración de sir Jorge respondió espantada:
--¡Desgraciado!... ¿olvidáis que estoy desposada con vuestro hermano?
--¡Ay! ya lo sé, respondió el joven. Así ya he tomado mi resolución.
Y como ella le mirase con angustia:
--Aun dado caso, prosiguió, de que mi hermano consintiese en cederme su derecho, nuestras dos familias no accederían jamás a nuestra unión. Soy hijo segundo, y de consiguiente estoy desheredado de los bienes y títulos de mi casa.
Y exhaló un profundo suspiro.
Miss Evelina le escuchaba con la cabeza baja y derramando abundantes lágrimas.
Sir Jorge continuó después de un momento de silencio:
--Hoy mismo partiré de aquí.
--¿Y adónde iréis? preguntó la joven temblando.
--Primero, a Londres.
--¿Y después?
--Iré a reunirme con mi hermano en la India.
Miss Evelina poseía en alto grado la virtud y el sentimiento de dignidad de las mujeres de raza; así supo dominar su emoción, y tendiendo la mano a sir Jorge, le dijo:
--¡A Dios!..... ¡A Dios para siempre!
Sir Jorge tenía entonces diez y nueve años; la edad de la abnegación y de los sentimientos caballerescos.
De consiguiente aquel mismo día partió de Old-Pembleton.
Seis meses después, lord Pembleton murió, y su hijo sir Evandale heredó sus inmensos bienes, su título y su puesto en la Cámara de los lores.
Pero no se vuelve de las Indias en un día, y hacía ya cerca de un año que sir Jorge había partido, cuando lord Evandale llegó a Inglaterra.
Miss Evelina había tomado al principio la resolución de echarse a los pies de lord Evandale, de confesárselo todo y de suplicarle que renunciase a su mano.
Pero esta resolución debió ceder ante la voluntad inflexible de lord Ascott.
Un año después de los funerales del padre de sir Evandale, miss Evelina había enajenado su libertad y se llamaba lady Pembleton.
El tiempo mitiga las penas más profundas y cicatriza todas las heridas.
Lady Pembleton pensaba aún alguna vez en sir Jorge, el pobre segundón que servía en el ejército de las Indias.....
¡Pero lord Evandale era tan bueno... tan bondadoso con ella, y le manifestaba tanto respeto y amor!.....
Y luego, lady Pembleton no había tardado en ser madre, y la maternidad es un sentimiento que acaba por dominar todos los demás.
A medida que el tiempo pasaba, la imagen de sir Jorge se iba borrando poco a poco.
El ausente empezaba pues a caer en el olvido, y lord Evandale tocaba ya la hora propicia de conquistar por completo el amor de su esposa.
Pero la fatalidad debía disponerlo de otro modo.
Al heredar los títulos y cargos de su padre y su asiento en la Cámara alta, el jefe de la casa de Pembleton había conservado sin embargo su grado en la marina real.
Su carrera en ella había sido rápida, y en la época a que nos referimos era _commodore_, es decir, jefe de escuadra.
Un día recibió del almirantazgo la órden de embarcarse.
¿Adónde iba?
No podía saberlo hasta abrir un pliego sellado que contenía sus instrucciones, y del que no debía tomar conocimiento sino cuando se hallara en las aguas de la isla de Madera.
Las mujeres de los marinos se acostumbran forzosamente desde luego a esas crueles separaciones, cuyo término no es siempre seguro.
Lady Evelina se resignó pues, y el commodoro partió.
Hallábanse entonces en medio del verano, y la _estación_, como dicen los Ingleses, se encontraba en todo su esplendor.
Naturalmente, Lady Pembleton, al separarse de su marido, había dejado su magnífico dominio de los montes Cheviot, para venir a habitar su palacio del West-End, de Londres, en Kensington-Road.
Kensington-Road es una ancha y bellísima avenida, formada exclusivamente por las moradas señoriales de las grandes familias de Londres; y que corre paralela a Hyde-Park.
Cada uno de esos palacios tiene un jardín, que no está separado de Hyde-Park sino por una verja, y cada propietario tiene una llave de la suya, lo que le permite comunicar con el jardín público.
Lady Pembleton estaba pues en Londres.
Pero desde la partida de su marido, nadie la había visto en ninguna parte.
Vivía constantemente encerrada, ocupándose de su hijo, que tenía entonces cerca de dos años, y leyendo con avidez los periódicos que podían darla noticias del _Minotauro_.
Este era el buque que mandaba lord Evandale.
Así vivía siempre sola, suspirando por la vuelta del ausente.
Pero la soledad es mala consejera.
Más de una vez, el recuerdo de sir Jorge, poco antes casi olvidado, había venido a turbar el espíritu de lady Pembleton y la aparente tranquilidad de que gozaba.
En fin, una noche, lady Evelina, que ocupaba las habitaciones de verano de su palacio, se hallaba sentada junto a una ventana del piso bajo que daba a los jardines.
Aquel día era domingo, y el domingo es un día bien triste en Londres.
El calor había sido excesivo, pero la noche era fresca, y la pobre joven respiraba con un placer melancólico el dulce perfume de las primeras brisas.
La noche era oscura y el jardín estaba desierto.
Más allá del jardín se descubría Hyde-Park, también solitario, y perdido en la oscuridad bajo sus sombrías alamedas.
Lady Evelina se hallaba con la vista fija en aquel melancólico paisaje, cuando de repente vio agitarse una sombra y salir de la espesura.
Aquella sombra era un hombre que parecía surgir como por encanto a orillas del riachuelo que llaman la Serpentina, y que venía derecho a la verja del jardín del palacio Pembleton.
Lady Evelina observó curiosamente a aquel hombre.
Pero la noche, como hemos dicho, era bastante oscura.
Sin embargo, ¡cuál no fue su asombro y en seguida su terror, cuando vio a aquel hombre sacar una llave del bolsillo y abrir la puerta de la verja!
La joven arrojó un grito agudo en el momento en que aquel hombre penetraba en el jardín.
Pero aquel grito no pareció conmoverlo, ni le hizo detenerse ni huir.
Al contrario, pareció guiarlo, y se vino derecho a la ventana.
Entonces lady Evelina se echó vivamente para atrás y corrió a coger el cordón de una campanilla que sacudió violentamente.
Nadie acudió a este llamamiento.
El desconocido trepó al alféizar de la ventana y saltó en la habitación.
Fuera de sí de terror, lady Evelina se lanzó hacia la puerta; pero en el mismo instante se sintió detenida por una mano vigorosa, y una voz que acabó de trastornarla la dijo:
--Evelina.... ¿no me reconocéis?
Al oír aquella voz la joven se quedó anonadada, petrificada de sorpresa.
--¡Sir Jorge! murmuró.
--Sí, yo soy.
Y el hermano menor de lord Evandale se echó a los pies de su cuñada, que se hallaba paralizada de terror.
XVIII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
III
No había lugar a la duda: sir Jorge Pembleton, el hermano de su marido, era en efecto quien lady Evelina veía delante de ella.
¡Y aquel hombre había osado penetrar en su casa por la ventana, como un ladrón o un asesino!
--Caballero, dijo la joven con terror, ¿cómo es que os halláis aquí?
Sir Jorge dobló de nuevo la rodilla.
--Evelina, dijo, mi querida Evelina, no me condenéis antes de haberme oído.
Su voz conmovida y su actitud suplicante tranquilizaron un poco a lady Evelina.
--Jorge, le dijo, ¿de dónde venís?
--De la India, contestó el joven.
--¡Ah! ¿Habéis dejado el servicio?
--No; he obtenido licencia por algunos meses. Y vengo solamente..... por vos.
--¡Por mí! exclamó lady Pembleton acometida de un nuevo temor.
Y hablándole con un acento de dignidad que no excluía la benevolencia, añadió:
--¿Es posible, Jorge?... ¿Osáis hablarme de ese modo?... ¿a mí?...
--Evelina, yo os amo.......
--¡Callad!
--Hace tres años, Evelina... desde que me separé de vos.... mi vida es un perpetuo combate de cada hora, de cada minuto; un suplicio sin nombre; una tortura eterna.
--¡Pero, desgraciado!... ¿Habéis olvidado que soy la mujer de vuestro hermano?
--Mi hermano está lejos de aquí.
Lady Evelina dejó escapar un grito de terror.
--¡Oh!... ¿lo sabíais? exclamó.
--Nuestros dos navíos se han cruzado a la altura de Finisterre.
--¿Y os atrevéis?...
--Ya os lo he dicho; no vengo más que por vos.....
Lady Evelina fijaba en aquel hombre una mirada extraviada, y su pavor acrecía por instantes.
Sir Jorge no era ya por cierto el tímido y leal adolescente que se había separado hacía tres años de miss Evelina, cambiando con ella un adiós eterno.
Ahora era un hombre... un hombre de mirada sombría y resuelta, un hombre en cuyo continente se adivinaba que era capaz de todo.
Y sin embargo la joven, en medio de su turbación y de su espanto, no desesperaba de doblegar a aquel hombre y de traerlo al sentimiento del deber.
--Jorge, le dijo, vos sois hermano de Evandale y yo soy su esposa.
--Yo odio a Evandale, respondió el joven.
--¿Y decís que me amáis aún?
--Todo el fuego del infierno se ha concentrado en mi corazón, respondió con exaltación sir Jorge.
--Pues bien, puesto que me amáis, respetadme: salid de aquí, y no volváis hasta mañana... pero en medio del día, a vista de todo el mundo, y por la puerta principal de este palacio, que es la morada de vuestro hermano.
El joven soltó una carcajada cruel.
--¡Oh! no, no! exclamó. No he venido de tan lejos para que me hagáis poner a la puerta por vuestros lacayos.
Lady Evelina sintió toda su sangre refluir a su corazón, y el rubor de la vergüenza coloró vivamente su rostro.
Y como sir Jorge la cogiese al mismo tiempo las manos, ella se soltó con indignación, y corrió al otro extremo del cuarto gritando:
--¡Salid!... salid de aquí!... os lo ordeno!
El joven respondió con una nueva carcajada.
--¡Salid!... repitió lady Evelina.
--No... yo os amo.
--Alejaos o llamo a mis criados.
Sir Jorge, sin dejar de sonreírse, dio un paso hacia ella.
Entonces lady Pembleton corrió a la chimenea, y cogiendo el cordón de la campanilla que pendía al lado del espejo, tiró de él con violencia.
Pero la campanilla no resonó como de costumbre.
--Podéis llamar cuanto os plazca, dijo el joven. El cordón está cortado.
Lady Evelina arrojó un grito desesperado.
--¡A mí!... ¡a mí! exclamó.
Sir Jorge se adelantó hacía ella.
--¡A mí!... ¡socorro! gritó lady Evelina.
--No gritéis inútilmente: vuestros criados han salido, y estamos solos en la casa.
La joven se precipitó hacia la puerta e intentó abrirla.
--La puerta está cerrada por fuera, dijo tranquilamente sir Jorge.
Entonces quiso ganar la ventana y saltar al jardín.
Pero él se colocó resueltamente delante de ella.
--¡No saldréis de aquí! dijo.
Lady Evelina exhaló un grito supremo de espanto y de horror, y juntando y retorciéndose las manos, pidió gracia..... pero él la estrechó en sus brazos con furor e imprimió en sus labios un beso ardiente...
IV
Lord Evandale estaba en la Oceanía.
El _Minotauro_ se dirigía hacia Melburne, una de los dos capitales de la Australia, y cada vez que el navío hacía escala en algún punto, el noble lord escribía a su esposa largas cartas, que expresaban todo su amor, toda su ternura.
A veces, hasta había pensado en dar su dimisión y volver a Inglaterra.
Pero el soldado no deserta la víspera de una batalla, y lord Evandale no abandonó su navío.
El _Minotauro_ pasó dos años en Australia, dando caza a los piratas que infestaban sus mares.
Concluida esta campaña, el commodoro fue llamado a Londres, pero su ausencia había durado más de treinta meses.
A su vuelta, lady Evelina salió a su encuentro, llevando a sus dos hijos de la mano.
El segundo había nacido después de la partida de lord Evandale.
La noble joven estaba pálida y triste, y parecían haber pasado por ella más de diez años.
¿Qué había sucedido pues durante la larga ausencia de lord Evandale?
Este no podía adivinarlo, ni llegó a saberlo jamás.
Lady Evelina vivía lejos de toda sociedad, y pasaba la mayor parte del año en Pembleton; y respecto a sir Jorge, nadie había vuelto a verlo después de la noche fatal de que hemos hablado.
Lord Evandale no llegó ni aun a sospechar que había dejado por un momento las Indias para volver a Europa.
Alarmado de la palidez de su esposa y del estado de postración física y moral en que se hallaba, el noble lord consultó uno por uno todos los médicos célebres de Londres.
Los médicos convinieron en que se hallaba atacada de una enfermedad de languidez puramente nerviosa, y aconsejaron un viaje por Italia.
Lady Evelina partió con su marido.
Pasó un mes en Nápoles, otro en Roma, Milan y Venecia, y volvió a Londres más enferma, más desalentada y cansada de la vida.
Dos seres solamente lograban arrancarle una sonrisa.
El uno era Tom, su hermano de leche.
El otro su hijo mayor, el primogénito que debía heredar un día la inmensa fortuna de lord Evandale y sucederle en sus cargos y dignidades.
En cuanto a su segundo hijo, la pobre joven no podía contemplarlo un momento sin que lágrimas de vergüenza viniesen a arrasar sus ojos.
Apenas acababan de llegar de Italia, cuando fue declarada la intervención anglo-francesa en favor de la insurrección griega.
Lord Evandale recibió la órden de embarcarse y tomar el mando de una flotilla, y lady Evelina se encontró de nuevo sola.
Una tarde, la joven se paseaba en Hyde-Park, llevando a su hijo mayor por la mano.
La noche se aproximaba rápidamente.
Seguida a cierta distancia por dos de sus lacayos, lady Evelina se paseaba sin desconfianza por la margen de la Serpentina, cuando de repente, saliendo de un bosquecillo inmediato, se presentaron a ella dos hombres del pueblo, o dos _roughs_, como los llaman en Londres.
Lady Evelina se volvió vivamente y llamo a sus lacayos.
Pero estos habían desaparecido.
Al mismo tiempo, uno de los dos _roughs_ se echó sobre ella, y le puso la mano en la boca para impedir que gritase.
El otro en tanto se apoderó del niño, y tomó precipitadamente la fuga.
* * *
Una hora después, los dos lacayos, que pretendían haberse extraviado por una alameda lateral, creyendo seguir a su señora, la habían encontrado desmayada a orillas de la Serpentina, y la condujeron a su casa.
En cuanto a su hijo, había desaparecido.
XIX
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
IV
CONTINUACION.
Afortunadamente, al lado de lady Evelina, sola y desesperada, había un hombre animoso y resuelto.
Este hombre era Tom.
El honrado Escocés no perdió la cabeza, y adivinó de seguida por qué habían robado el niño.
En Londres es esto tan común, como el robo de una bolsa o de un pañuelo; y aún constituye un comercio bastante lucrativo.
Hay tal o cual mendiga que logra a duras penas conseguir al día una limosna, y que haría una fructuosa colecta, si llevase un niño en sus brazos cuando implora la caridad pública.
Hay también maestras de niños, siniestras industriales cuyo tipo sólo florece en Londres, que han hecho desaparecer en el fondo del Támesis las pobres criaturas que les confiaran en secreto.
El día menos pensado, los padres de esos hijos del amor vienen a reclamarlos.
Es necesario pues que estén preparadas para poder reemplazar con niños robados, los que han dejado de existir después de largo tiempo, y cuya pensión se ha cobrado religiosamente.
Y en fin, hay además los gitanos, los saltimbanquis y los cómicos de la legua, que andan siempre a caza de niños y los roban con una destreza admirable.
Pero Tom no pensó un solo momento en los mendigos, gitanos ni saltimbanquis.
Su primera idea fue justa y lógica.
--El ladron, se dijo, es sir Arturo Jorge Pembleton, oficial de la marina real.
Mucho tiempo hacía que sir Jorge no se veía en Londres, ostensiblemente al menos.
Lady Evelina no lo había vuelto a ver desde la noche fatal.
Pero Tom había visto una tarde rondar a un hombre por Hyde-Park, y--aunque aquel hombre iba vestido como un rough,--Tom lo había reconocido.
El supuesto rough era sir Jorge.
Tom se puso en busca de sir Jorge, seguro de que el niño estaba en su poder.
El fiel servidor y confidente de lady Evelina era Escocés, pero había pasado su infancia en Londres, y conocía perfectamente todos los misterios de la gran capital.
Así no tardó mucho en encontrar a sir Jorge.
Este se había ocultado en una callejuela del Wapping, hacia los confines de Withe-Chapelle, en una casa alta y sombría, habitada únicamente por gente del pueblo.
Tom cayó en aquella casa como un rayo, a una hora de la mañana en que el gentleman se hallaba aun en el lecho.
Tom se presentó en su cuarto con una pistola en cada mano.
Sir Jorge estaba sin armas.
El joven le asestó una pistola a la frente y le dijo:
--Si no me entregáis el niño, os mato.
Sir Jorge aparentó al principio una gran sorpresa.
--¿De qué niño hablas, miserable? le preguntó.
--Del hijo mayor de lady Evelina.
Sir Jorge protestó enérgicamente.
--No he visto al hijo de lady Evelina, contestó, ni comprendo lo que me quieres decir.
Pero Tom añadió fríamente:
--Os doy cinco minutos. Si dentro de cinco minutos no me habéis devuelto el niño, sois hombre muerto.
La mirada del Escocés expresaba tan fría y decidida resolución, que sir Jorge tuvo miedo, y lo confesó todo.
El hijo de lady Evelina había sido entregado a unos saltimbanquis que debían adiestrarlo en su oficio.
Tom podía encontrar esos saltimbanquis en Mail Road, muy cerca de la Work-house.
Pero Tom movió la cabeza y contestó:
--Creo lo que decís, sir Jorge. Sin embargo, quiero que vengáis conmigo.
Y os advierto que si intentáis escaparos, os mato como a un perro.
Y obligó a sir Jorge a vestirse.
Sir Jorge Pembleton había dicho la verdad.
Los saltimbanquis estaban en Mail Road, y el niño se hallaba con ellos.
Tom lo tomó en brazos, y huyó con él sin entrar en más explicaciones.
Aquel mismo día, sir Jorge desapareció de nuevo, y pasaron muchos meses sin que nadie volviera a verlo.
¿Por qué sir Jorge había robado al hijo de lady Evelina?
Sir Jorge era un miserable: odiaba con toda su alma a su hermano lord Pembleton, de quien sólo había recibido beneficios; aborrecía a lady Evelina, después de haberla amado con tan violenta pasión; pero en cambio adoraba al hijo segundo de su cuñada, a aquel niño, vivo testimonio de un crímen, a su propio hijo en fin.
Esto explicaba su conducta. Haciendo desaparecer al hijo mayor, al primogénito que debía suceder a lord Evandale en su bienes y títulos, ¿no era asegurar esos mismos títulos y bienes al hijo segundo, es decir, al hijo de sir Jorge?
Después de este grave incidente, Tom no se separó ya de día ni de noche del hijo de lord Evandale.
Lady Evelina no salía jamás sola, y Tom estaba sin cesar a su lado.
Así pasaron algún tiempo, hasta que al fin llegó la noticia de la muerte de lord Evandale Pembleton.
Entonces, como queda dicho, lady Evelina se refugió a su castillo de los montes Cheviot, se rodeó de una guarnición numerosa, y no se decidió a bajar a New-Pembleton, hasta que llegó a saber que sir Arturo Jorge Pembleton se había embarcado de nuevo para las Indias.
V
Tal era el espantoso secreto que Lady Evelina había confesado por escrito, y puesto después ante los ojos de lord Ascott su padre.
Lord Ascott, como hemos visto, la había estrechado en sus brazos diciéndola:
--Tu hermano te vengará.
Y en efecto, tres meses después, sir James dejó la Inglaterra y volvió a la India.
Sir Jorge estaba en Calcuta cuando llegó allí sir James.
Aquella misma noche había un baile en el palacio del gobernador, y el oficial Pembleton se hallaba en sus salones y parecía el hombre más alegre del mundo.
Sir James, que asistía también a esta recepción, se acercó a él y lo saludó.
Sir James era hermano de lady Evelina, y además había sido condiscípulo y amigo de infancia de sir Jorge.
El primero no era aún más que _midshipman_, es decir guardia marina: el segundo era teniente de navío.
Sir James saludó pues al oficial y le dijo:
--Llego de Londres y traigo un encargo para vos. Dentro de un rato, cuando se halle más animado el baile, podremos reunimos, si gustáis, en la azotea que da al mar.
--Allí me hallaréis, respondió sir Jorge.
Y se fue a bailar con la hija de un nabab que era tan bella como su padre rico, lo que no es poca ponderación.
Un cuarto de hora después, los dos jóvenes volvían a encontrarse, y se paseaban absolutamente solos en una de las azoteas del palacio.
Entonces Sir James miró fijamente a sir Jorge y le dijo:
--He abreviado mi tiempo de licencia sólo por venir a veros.
--¡Y bien!.....
--Lo sé todo.
Sir Jorge se estremeció, pero repuso reponiéndose prontamente:
--¿Qué es lo que sabéis?
--Que habéis hecho traición a vuestro hermano.
--¿Y qué os importa?
--Habéis deshonrado a mi hermana.
Sir Jorge se encogió de hombros.
--Y necesito toda vuestra sangre, añadió sir James.
--Estoy a vuestras órdenes, respondió tranquilamente el hermano de lord Evandale.
--Muy bien, dijo sir James, pero es necesario pensar en que sois mi superior y que no puedo batirme sin infringir las ordenanzas.
--¡Oh! que no quede por eso, respondió sir Jorge, yo me encargo de allanar esa dificultad.
--¡Ah!
--El almirante que manda la escuadra de evoluciones, anclada en el puerto, os autorizará, a petición mía, a batiros conmigo.
--Permitidme una observación, dijo sir James; olvidáis que nos unen lazos de parentesco o al menos de afinidad.....
--¿Y qué importa?
--Importa mucho. No quiero que nuestro duelo haga nacer la menor sospecha contra mi hermana.
--Pues bien, dijo sir Jorge, nos batiremos sin testigos.
--Iba a proponéroslo.
--¡Ah! muy bien.
--Y aun quería algo más.
--Veamos.
--¿No hay un bosque a poca distancia de la ciudad?
--Sí.
--¿Un bosque poblado de tigres?
--Como todas las selvas de la India.
--¡Magnífico! en ese caso, iremos mañana a ese bosque, cada uno por nuestro lado, a puestas del sol.
--¿Y después?
--Muy sencillo. Los tigres harán desaparecer el cadáver del que sucumba en la demanda.
--Aceptado, dijo sir Jorge.
* * *
Al día siguiente, en efecto, sir James y sir Jorge se encontraban en el bosque a la hora indicada.
¿Qué sucedió entre ellos?
Nadie lo ha sabido jamás.