La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam

Part 6

Chapter 63,976 wordsPublic domain

Pero cuando Betzy-Justice vio aparecer al abate Samuel, su rostro se trasfiguró y un sentimiento de satisfacción inefable se pintó en su mirada.

--¡Ah! exclamó, he creído morir antes de vuestra llegada.

El abate Samuel la tomó afectuosamente la mano.

--Cobrad ánimo, Betzy, la dijo.

--¡Oh! no me falta, respondió la vieja: además, debo cumplir las últimas voluntades de mi pobre Tom: es necesario que su muerte no haya sido inútil.

Y mirando a Shoking añadió:

--¿Conocéis a este hombre?

--Sí, respondió el abate Samuel.

--¿Es un amigo del Hombre gris?

--Sí.

--¡Ah! ¿Y vienen todos estos de su parte?

--Así es, dijo el sacerdote católico.

--Entonces... ¿puedo decirles donde están los papeles?

--Ciertamente.

Betzy hizo un esfuerzo supremo, y logró con gran trabajo incorporarse de nuevo en su lecho.

--Entonces, dijo, escuchadme..... escuchadme con atención.

Las cuatro personas que asistían a esta escena, rodearon el lecho de la pobre anciana, cuya voz se debilitaba por instantes.

--¿Conocéis la iglesia de Rothnite? dijo.

--Sí, respondió el abate Samuel.

--Está rodeada de un cementerio.

--Como todas las iglesias de Londres.

--Pues bien; en el cementerio de Rothnite hay una sepultura que tiene por epitafio un solo nombre: Robert.

--Acabad, dijo Shoking.

--Sobre esa sepultura hay una cruz de hierro, continuó Betzy-Justice. Las cruces de hierro son raras, ¡muy raras! en el pobre cementerio de Rothnite: así encontraréis fácilmente la sepultura de que os hablo.

--¿Y los papeles se hallan en esa sepultura?

--Sí.

--Está bien, dijo Marmouset, vamos a buscarlos de seguida.

--No es posible, observó Betzy. No podréis hacerlo, pues la iglesia y el cementerio están cerrados de noche.

--Pasaremos por encima de la verja.

--No hay necesidad de eso, dijo Shoking.

--¿Qué quieres decir? preguntó Marmouset mirando a Shoking con curiosidad.

--Quiero decir, respondió este, que tengo un medio seguro de penetrar en el cementerio sin escalar rejas ni forzar ninguna puerta.

El abate Samuel hizo un signo afirmativo que quería decir:

--Yo también.

--En ese caso, vamos, dijo Marmouset.

--Pero, observó Vanda, no podemos dejar a esta pobre mujer sola. En tanto que volvéis, yo permaneceré a su lado.

--¡Oh! exclamó Betzy con voz doliente, ¡no permaneceréis por mucho tiempo!..... Creo que por esta vez todo está concluido. Sin embargo, no quisiera morir sin saber que tenéis esos papeles.......

--Descuidad: volveremos aquí tan pronto como estén en nuestro poder, respondió el abate Samuel.

Y salió el primero del aposento.

Marmouset y Shoking, le siguieron inmediatamente, y bajaron con precipitación la escalera.

Tan luego como se hallaron en la calle, el sacerdote dijo a Marmouset:

--Hay una cosa que no sabéis, que no podéis saber, pero que el Hombre gris conoce perfectamente.

--¡Ah!

--Y es que el cementerio de Rothnite ha servido muchas veces de lugar de reunión de los fenians.

--¿Es posible?

--Y de consiguiente vamos a tomar el mismo camino que ellos, para penetrar en ese sitio.

--¡Ah! dijo Marmouset, ya que me habláis del Hombre gris.......

--¿Qué?

--¿Sabéis que ha sido de él?

--Se ha escapado de Newgate.

--Sí; pero ¿y después?

--Después..... ¡Toma!.....

Y el sacerdote pareció embarazado.

Marmouset movió tristemente la cabeza.

--Mucho temo, dijo, que haya muerto.

--¡Oh! no, dijo el abate Samuel.

--¡Ah! ¿creéis que no ha muerto?

--Sí.

--Pero..... ¿estáis seguro?

--Tal vez.....

--Y... en fin, ¿le habéis visto?

--No, pero puedo afirmaros que vive.

--Y yo lo creo firmemente, dijo Shoking.

Marmouset sentía latir su corazón con violencia.

--¡Oh! padre mío! exclamó, ¡por favor!..... Si tenéis alguna noticia reciente del que vos llamáis el Hombre gris y a quien nosotros reconocemos como nuestro jefe.....

--No insistáis, caballero, respondió con embarazo el abate Samuel, no insistáis, pues no me es posible responderos. Básteos saber que el Hombre gris vive..... y que lo veréis un día.

Marmouset bajó la cabeza y no insistió más.

Rocambole vivía y esto le bastaba por el momento.

Además, Marmouset recordaba ahora otras circunstancias análogas que contribuían a tranquilizarlo.

Recordaba que hacía tres o cuatro años, el capitán había desaparecido súbitamente, y que después, cuando menos lo esperaban había vuelto del mismo modo.

Hablando así, el abate Samuel y sus dos compañeros llegaron a la plazuela de Rothnite-Church.

En ella había un public-house, que cerraba todas las noches muy temprano, pero donde debían velar hasta bien tarde, pues se veía filtrar un rayo de luz por los postigos de la tienda a hora muy avanzada.

Shoking llamó a la puerta de aquella taberna de un modo particular.

En seguida se oyó ruido en el interior, pero a pesar de ello la puerta permaneció cerrada.

Entonces Shoking se volvió al abate Samuel.

--El _publican_ espera el santo y seña, dijo, y yo no sé cuál es.

--Esperad.....

Y el abate Samuel aproximó los labios a una hendedura de la puerta, y pronunció algunas palabras en dialecto irlandés.

Apenas pronunciadas, la puerta se abrió como por encanto.

El _publican_, un irlandés de pura raza, hizo un gesto de admiración al ver al abate Samuel.

--¡Ah! exclamó, pero..... hoy no es día de reunión.

Esto aludía a las conferencias misteriosas de los fenians.

--Ya lo sé, dijo el abate, pero venimos para un negocio particular al cementerio.

--¡Ah! eso es otra cosa!

El tabernero conocía a Shoking, pero, en cuanto a Marmouset, era la primera vez que lo veía.

Así se quedó mirándolo con extremada curiosidad, hasta que el abate Samuel le dijo:

--Este gentleman es un amigo del Hombre gris.

El publican lo saludó con respeto; y yendo en seguida a encender una linterna en la lámpara que ardía sobre el mostrador, se volvió y dijo:

--¡Vaya! puesto que tenéis que hacer en el cementerio, venid.

Y levantó la trampa que se encontraba en medio del public-house, la cual cubría una escalera de mano por donde se bajaba a la bodega del establecimiento.

XV

Llegados a la cueva, el abate Samuel tomó la linterna de manos del publican.

--Ya no tenemos necesidad de ti, le dijo.

--¿Puedo volver a la tienda?

--Sí.

--¿Y no esperáis a nadie?

--A nadie absolutamente.

--Está bien, repuso el tabernero. Y se volvió por la escala, dejando a Shoking, Marmouset y el abate Samuel en la cueva.

Entonces este último pasó la mano por el fondo de aquella pared húmeda, buscando sin duda un resorte oculto; y en efecto, no tardó en abrir una puerta, tan hábilmente disimulada, que se confundía con el muro.

--He aquí nuestro camino, dijo el sacerdote.

La puerta descubría un estrecho corredor subterráneo, y todos tres entraron por él uno después de otro.

Marmouset iba el último, cerrando la marcha, y el abate Samuel caminaba delante, alumbrando con la linterna que había tomado al publican.

El pasadizo subterráneo, bajo y estrecho, tenía la forma de un conducto de desagüe, y se prolongaba por un espacio de más de treinta metros, hasta llegar a una pequeña escalera de seis peldaños gastados y desiguales.

Esta escalera iba a parar a una puerta que se hallaba solamente entornada, pues cedió al empujarla el abate Samuel.

Entonces el sacerdote apagó la linterna.

--¿Qué hacéis? preguntó Marmouset.

--Soy prudente.

--¿Pues dónde estamos?

--En un panteón de familia.

--¡Ah!... ¿es posible?.....

--Mirad, añadió el abate Samuel, ahora que estamos sin luz, fijad la vista a vuestro frente.

--Bien.

--¿No descubrís nada?

--Me parece que veo el cielo a través de una ventana.

--No es una ventana, sino una puerta.

En efecto, la bóveda donde acababan de penetrar por tan singular camino, tenía naturalmente una pequeña puerta que daba al cementerio.

El abate Samuel descorrió un cerrojo, y abrió con precaución la puerta.

--Yo sé dónde está la sepultura, añadió el sacerdote irlandés.

Y hablando así, salió delante para guiar a sus compañeros.

La noche era oscura y la niebla extremadamente densa.

--Seguídme, dijo de nuevo el abate Samuel, y marchad con precaución: es necesario evitar en lo posible el andar sobre las tumbas..... es una profanación.

A pesar de la oscuridad, el sacerdote se orientaba bastante bien.

--¡Ah! dijo Marmouset en voz baja, ¿sabéis en efecto cuál es la sepultura?

--Sí, me acuerdo haber notado la cruz de hierro y la breve inscripción que forma el epitafio.

--¿Sabíais también que contenía esos papeles?

--No; y sin embargo.....

--Sin embargo... ¿qué? preguntó Marmouset.

--Sé vagamente lo que encierran esos papeles.

--¡Ah!

--Hace unos tres meses, prosiguió el abate Samuel, un día vino un hombre a la iglesia de Saint-George, y solicitó hablarme.

--¿Quién era ese hombre?

--Tom, el marido de Betzy-Justice.

--¡Ah! no lo habían preso aún.....

--No: tampoco había cometido el crímen que le ha costado la vida. Tom me contó pues su historia, y me suplicó que me interesase por él.

El desgraciado me creía omnipotente, y me decía que si yo tomaba su causa entre manos, la consideraba como ganada.

Desgraciadamente Tom era escocés y protestante, y de consiguiente no pertenecía al fenianismo.

Estaba pues seguro de antemano que nuestros hermanos se negarían a ayudarle, y así se lo dije.

El infeliz no quiso oír más, y se fue haciéndome un gesto de a Dios desesperado.

Dos días después, Tom asesinaba a lord Evandale.

--Pero decidme, preguntó Marmouset, ¿no le hablasteis entonces del Hombre gris?

--De ningún modo.

--Entonces, ¿cómo el Hombre gris ha podido saber?.......

--Se han visto en Newgate.

--¡Ah! es verdad.

Y Marmouset añadió para sí:

--Reconozco en este rasgo al capitán y su carácter caballeresco:--para que Rocambole haya aceptado la herencia de Tom el ajusticiado, es necesario que esa causa sea justa.

El abate Samuel se detuvo en este momento.

--Aquí es, dijo.

La noche estaba demasiado oscura para que pudiesen leer el epitafio, pero se veía distintamente la cruz de hierro.

--Yo traigo fósforos en el bolsillo, dijo Shoking.

--¿Y para qué?

--¡Toma! para ver bien si el nombre que está escrito ahí es el que ha dicho Betzy.

--Es inútil. Estoy seguro que esta sepultura es la que nos ha designado.

Aquel sepulcro consistía en una simple losa extendida por tierra.

--No tenemos instrumentos para levantar la piedra, dijo Marmouset.

--No hay necesidad de ellos, respondió el abate.

--¡Ah! ¿lo creéis así?

--Ved sino. Y el sacerdote cogió la losa por el borde, con ambas manos, y la levantó fácilmente, tanto era ligera.

Aquella losa, que parecía puesta allí, más como una puerta, que como piedra sepulcral, cubría una fosa cuyas paredes eran de mampostería.

En el fondo de la fosa se entreveía un ataúd.

Shoking no pudo contener un movimiento de terror.

--¿Tienes miedo? le dijo Marmouset.

--Un poco, respondió Shoking.

--¿Por qué?

--Porque..... de seguro, los papeles están en el ataúd.

--Es probable.

--¡Oh! exclamó Shoking, yo no podré nunca poner mis manos sobre un cadáver..... ¡oh!... ¡no!

Marmouset no respondió una palabra y descendió a la fosa.

La oscuridad era allí tan profunda, que no veía nada absolutamente, pero trató de suplir la vista con el tacto.

Tocó en todos sentidos el féretro, y encontró en uno de sus costados un tornillo, luego otro y en fin, cuatro.

En Londres no se clavan los féretros, sino que se cierran con tornillos.

Marmouset sacó inmediatamente un cortaplumas que contenía muchas hojas, y escogiendo una que era redonda por la punta, se sirvió de ella como de un destornillador.

Shoking se separó a un lado, apartándose de la sepultura.

El abate Samuel, por su parte, permaneció al borde de la fosa, prestando cuidosamente el oído, y con la vista fija en la verja del cementerio, escrutando también de vez en cuando todos los sitios que le avecinaban.

El cementerio no tenía guarda sin embargo, ni tampoco la iglesia que ocupaba el centro; pero se hallaba dominado por muchas casas inmediatas, y además podía suceder que algún fenian tuviese el capricho de venir allí, penetrando por el mismo camino que ellos habían traído.

Afortunadamente la operación no fue larga.

En menos de diez minutos Marmouset logró sacar los cuatro tornillos.

--Está hecho, dijo.

Shoking retrocedió algunos pasos más y volvió a otro lado la cabeza.

Marmouset levantó entonces con cuidado la tapa del ataúd.

--¡Ah! exclamó, puedes venir, Shoking.

--¿Eh? dijo Shoking con voz temblorosa.

--El ataúd está vacío.

--¿Vacío?

El abate Samuel y Shoking se inclinaron al borde de la fosa.

--No hay ningún cadáver, añadió Marmouset.

--¿Ni papeles tampoco?

--¡Ah! sí..... creo que sí.

Y Marmouset encontró en efecto, en un rincón de aquel féretro vacío, un paquete envuelto en un pedazo de hule, cerrado con cinco sellos de lacre negro.

En seguida echó el paquete al abate Samuel, y cerrando el ataúd, sin detenerse en colocar de nuevo los tornillos, saltó vivamente fuera de la fosa, y ayudó al sacerdote a poner en su sitio la piedra sepulcral, de modo que no se conociera la aparente profanación que acababan de llevar a cabo.

El abate Samuel se puso otra vez a guiar la marcha, y cinco minutos después llegaban al public-house, salían en seguida de él furtivamente, y se dirigían a toda prisa hacia Adam street.

Cuando llegaron a la casa de Betzy, la pobre mujer estaba agonizando.

Sin embargo, al ver aparecer al abate Samuel, un resto de vida, como el último fulgor de una luz que va a apagarse, pareció animar su mirada.

--He aquí los papeles, dijo el sacerdote.

--Si, murmuró la anciana con voz apagada, eso es..... ¡Ah!... Ahora... ya puedo morir.

Estas fueron sus últimas palabras.

Su respiración se hizo fatigosa, sus ojos se vidriaron, y se agitó con algunos movimientos convulsivos.

Un instante después exhaló el último aliento.

Betzy-Justice acababa de morir, mientras que el sacerdote católico la daba la absolución.

Vanda y sus tres compañeros pasaron la noche al lado del cadáver de la pobre Betzy.

Durante esta velada, Marmouset abrió el paquete tan cuidadosamente envuelto, y encontró en él un voluminoso manuscrito en inglés que llevaba este título extraño:

_Diario de un loco de Bedlam._

Y después de hojearlo, leyó en alta voz lo siguiente:

XVI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

I

Los montes Cheviot separan el condado escocés de Roxburgh, del condado inglés de Northumberland.

Su cima está coronada de nieves eternas.

Extensos y cerrados bosques cubren sus pendientes escarpadas, y en los estrechos valles, crecen abundosos pastos.

A tres leguas de la villa de Castleton, suspendido sobre un peñon altísimo, como un nido de águilas, y dominando un paisaje melancólico, de un aspecto rudo y salvaje; se eleva el castillo señorial de Pembleton.

Pembleton-Castle, como dicen en el país.

Este antiguo solar, coronado de ocho torres cuadradas y macizas, con sus enormes garitas de piedra salientes y puntiagudas, está rodeado de fuertes murallas, como una fortaleza.

Desde la altura donde se halla edificado, domina ocho leguas de país por el lado de Escocia, a pesar de que su asiento es sobre la tierra inglesa.

En la edad media, los señores de Pembleton eran escoceses y seguían la bandera de los Roberto Bruce y de los Wallace.

Hoy, lord Pembleton ocupa un asiento en la cámara de los Pares, pero conserva a pesar de ello su título de barón escocés, título de que se enorgullece.

Lord Evandale Pembleton no tenía más que tres años cuando su padre murió en el combate de Navarino, donde la Francia y la Inglaterra reunidas derrotaron la escuadra turca en las aguas de la Grecia.

El niño Evandale tenía un hermano de diez y ocho meses.

Tan luego como lady Pembleton tuvo noticia de la terrible desgracia que la privaba de su esposo, dejó en seguida y precipitadamente a Londres, donde pasaba el invierno en su magnífico palacio del West-End, y fue a refugiarse, con sus dos hijos, al castillo de Pembleton. Vestida de negro de pies a cabeza, se encerró en el antiguo dominio feudal que el noble lord su esposo había casi abandonado, así como sus padres, hacía cerca de un siglo.

Al pie del peñon, y a cierta distancia en medio de la llanura, se levantaba una deliciosa quinta, enteramente moderna, rodeada de frondosas alamedas y jardines y de una extensa pradera: morada campestre, pero esencialmente aristocrática, donde lord Pembleton pasaba el otoño y la estación de la caza, y que había poblado de maravillas artísticas, adornándola con toda la riqueza y lujo moderno.

Esta quinta llevaba el nombre de New-Pembleton, es decir, Nuevo Pembleton; la casa de recreo moderna que destronaba el antiguo solar.

Y sin embargo no fue a New-Pembleton donde se refugió lady Evandale.

Fue a Pembleton-Castle u Old-Pembleton, como le llamaban en razón a su antigüedad, donde fue a ocultar su dolor la joven viuda.

¿Por qué?

Estos sucesos tenían lugar en 1828, es decir, en la primera mitad del siglo XIX, era que hemos dado en llamar de civilización, y de consiguiente muy lejos de la época feudal en que los altos barones se declaraban mutualmente la guerra.

La nobleza se había convertido en la aristocracia; los altos y poderosos barones feudales, no eran más que grandes señores vasallos de la corona; y la calma más profunda reinaba en los tres reinos, convertidos en Reino Unido de la Gran Bretaña.

Sin embargo, lady Evandale, al llegar a Pembleton-Castle, dio órdenes bien extrañas para la época.

En primer lugar, hizo alzar el puente levadizo, cosa que no había tenido ejemplo hacía muchos siglos.

En segundo lugar, hizo convocar a todos los campesinos y aldeanos de las cercanías, que eran aún sus vasallos, y pobló el castillo formando en él un verdadero ejército.

Luego en fin, a ejemplo de Juana de Monfort, cuando presentaba en otros tiempos su hijo a los nobles bretones, tomó a su primogénito en sus brazos,--aquel niño que solo tenía tres años,--y mostrándolo a los fieles escoceses que habían acudido a su llamamiento, les hizo jurar defenderlo y velar sobre él.

Y aquellos honrados montañeses juraron con entusiasmo.

¿Qué terrible y misterioso peligro amenazaba pues a aquel niño, que debía un día formar parte de la cámara de los lores?

Un solo hombre lo sabía tal vez, y conocía asimismo el secreto de lady Pembleton.

Este hombre era un joven escocés, llamado Tom, hermano de leche de lady Pembleton, la cual era joven también y bella, y no había cumplido aún veinte y cuatro años el día en que quedó viuda.

Así, desde el primer día de la llegada al castillo, Tom se instaló en el cuarto donde dormía el niño, y pasó allí la noche sentado en un sillón, teniendo al alcance de la mano su carabina de cazador.

Lo mismo tuvo lugar la noche siguiente y las demás que se sucedieron.

Y durante todas esas noches, los Escoceses velaban paseándose por las murallas del antiguo castillo, y tenían cuidado, apenas llegaba el crepúsculo, de levantar el puente levadizo.

Lady Pembleton aparecía de tiempo en tiempo en medio de ellos, unas veces inquieta, otras veces al parecer más tranquila, pero siempre melancólica y como perseguida por un espantoso recuerdo.

Tres meses trascurrieron así.

Durante esos tres meses, con grande admiración de toda la comarca, Pembleton-Castle tuvo una verdadera guarnición.

Los rumores más extraños empezaron a circular entonces.

La muerte de lord Evandale,--decían,--había turbado la razón de la pobre viuda.

De un carácter exaltado ya, y viciado por la lectura de las novelas de Walter-Scott y los poemas de Byron, lady Evelina Pembleton se había vuelto loca.

Sin duda se creía en la edad media, en tiempo de las luchas heroicas de los clanes escoceses y los barones ingleses, y pretendía defender a su hijo contra enemigos imaginarios.

Los buenos escoceses llamados en su ayuda, y que se habían apresurado a prestarle sus servicios, empezaban a participar esta de creencia.

Una sola persona era de contraria opinión, y afirmaba que lady Pembleton no estaba loca y que tenía razón muy fundada para obrar así.

Esta persona era Tom.

Pero Tom no se explicaba más y guardaba fielmente su secreto.

En fin, al cabo de tres meses, lady Pembleton despidió a sus Escoceses, hizo bajar el puente levadizo de Old-Pembleton, mandó disponer y cargar sus carruajes, y dejando con sus numerosos domésticos el castillo feudal, bajó a la magnífica quinta de New-Pembleton, y se instaló en ella con sus dos hijos.

Los nobles establecidos en los alrededores, así como los ricos campesinos y notables habitantes de las villas y aldeas inmediatas, no tardaron entonces en emitir la opinión de que la hermosa viuda había recobrado en fin la razón.

Y sin embargo, el único motivo que había ocasionado este cambio completo de existencia, reposaba sobre un lacónico despacho que lady Pembleton recibiera de Londres.

Aquel despacho decía:

«Sir Arturo se ha embarcado esta mañana para las Indias.»

¿Quién era sir Arturo?

El hermano segundo de lord Evandale.

¿Era pues contra él por lo que lady Pembleton había tomado tan singulares precauciones?

Algunos días después de su instalación en New-Pembleton, lady Evelina recibió la visita de dos gentlemen.

Estos eran lord Ascott y su hijo el baronet sir James.

Lord Ascott y sir James eran el padre y el hermano de lady Evelina.

El padre venía de Italia, donde había pasado dos años para restablecerse de una enfermedad del pecho; y el hijo, midshipman en la armada inglesa de las Indias, se hallaba en Londres con licencia.

Ambos se hallaban en la capital, en los momentos en que la conducta excéntrica de lady Pembleton empezaba a hacer ruido, y, persuadidos de que la noble viuda estaba loca, habían venido a verla a toda prisa.

Lady Evelina los recibió vestida de riguroso luto.

Su aspecto era muy triste y aun derramó abundantes lágrimas al verlos; pero no hallaron en sus discursos ni en sus maneras, nada que pudiese confirmarlos en la opinión de que se habían alterado sus facultades mentales.

Lady Pembleton gozaba de toda la plenitud de su razón.

Sin embargo, sus nobles parientes creyeron deber pedirla algunas explicaciones.

Pero lady Evelina se negó a satisfacerlos.

Entonces lord Ascott hizo valer su autoridad paternal, y exigió con severidad lo que se rehusaba a la persuasión.

Lady Evelina persistió en su negativa.

Lord Ascott se dejó llevar de la cólera, y hasta llegó a decirla que la familia de lord Pembleton hablaba ya de privarla de la administración de sus bienes y de la tutela y educación de sus hijos.

Lady Evelina bajó la cabeza y se deshizo en lágrimas.

En fin, no pudiendo resistir más, se echó a los pies de su padre y le dijo:

--Milord, sé que os debo obediencia y no pretendo sustraerme a vuestra autoridad..... pero sé también que la confesión que me obligáis a haceros, va a destrozar vuestro corazón paternal. Dispensadme pues de esa confesión.... os lo suplico por vos y por mí.

Lord Ascott fue inflexible.

Entonces lady Evelina lo condujo a su cuarto, y abriendo un cajón secreto de su escritorio, sacó un cuaderno de papel cubierto de una escritura apenas legible, y en el que, en cada página, se encontraba la traza de una lágrima.

--Tomad, padre mío, dijo, aquí tenéis el diario de mi vida. Leed.....

Y huyó precipitadamente, dejando a lord Ascott en posesión de aquel cuaderno.

Una hora después, el noble anciano volvió a reunirse con su hija.

Su rostro presentaba una palidez mortal; y cogiendo a la joven en sus brazos, la tuvo largo tiempo estrechada contra su corazón.

Por largo espacio no pudo pronunciar una palabra, ni hacer otra cosa que mezclar sus lágrimas a las de su hija; pero al fin logró reponerse, y la dijo con acento desesperado:

--Yo soy por desgracia demasiado viejo, hija mía..... pero tu hermano te vengará.

¿Qué espantoso secreto era pues el que lady Evelina no había osado revelar de viva voz a lord Ascott, su anciano padre?

Esto es lo que vamos a dar a conocer al lector, traduciendo fielmente el manuscrito de la viuda de lord Evandale Pembleton, jefe de escuadra de la marina real inglesa, muerto en Navarino, combatiendo bajo la bandera de la civilización en lucha con la barbarie.

XVII