La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam
Part 5
Este singular individuo era master Farlane.
El jefe, antes de hablar una palabra, le hizo un signo rápido.
Farlane respondió con otro signo, y su mirada recelosa e inquieta al principio, cuando vio a Marmouset y Vanda, se serenó inmediatamente, y franqueó el paso con cortesía.
Los cuatro entraron pues en la casa, y Farlane cerró la puerta.
Después vino al jefe fenian y fijándose en él:
--¿Y bien? le dijo, ¿la explosión ha dado buen resultado?
--No, respondió el jefe.
--Sin embargo, prosiguió Farlane, yo he creído que la mitad de Londres se desplomaba.
--¿Se ha sentido algo por aquí?
--Lo mismo que un violento terremoto. Creí por un momento que mi casa se venía abajo.
--¿De veras?
--Y tanto que sospecho que han debido sufrir algo mis bodegas. No extrañaré encontrar en ellas algún hundimiento.
--Vas a convencerte de seguida, pues precisamente venimos a visitar tu bodega.
Farlane miró con curiosidad a las personas que acompañaban al jefe.
--Ya te explicaremos todo eso, dijo este; pero empecemos por bajar a la cueva.
--¿Qué pretendéis hacer con esos instrumentos?
--Ya lo verás.
Farlane era uno de los jefes influyentes del fenianismo, pero sin duda inferior en grado al que Shoking había ido a buscar a Farringdon street, puesto que no insistió en sus preguntas, ni hizo ninguna otra observación.
Por toda respuesta, fue a abrir una puerta baja que se hallaba en el vestíbulo, y Vanda y Marmouset que iban detrás de él, pudieron ver entonces una estrecha escalera que bajaba a las cuevas.
El jefe fenian cerraba la marcha.
Así bajaron unos treinta escalones, y al fin de ellos se encontraron delante de una nueva puerta.
Esta daba a una estrecha galería que se perdía en la oscuridad; y al entrar en ella, Vanda y Marmouset sintieron una violenta ráfaga de aire que les hirió momentáneamente el rostro.
A los pocos pasos encontraron una doble hilera de toneles.
El jefe fenian detuvo entonces a Marmouset y le dijo:
--Ahora, orientaos, y ved si vuestros cálculos son exactos.
Marmouset hizo un signo de asentimiento, y tomó la linterna que llevaba Farlane.
--Esperadme aquí, dijo.
Y se adelantó solo en dirección del sitio de donde venía el aire frío y húmedo.
La galería descendía insensiblemente describiendo una línea curva; pero a cierta distancia se prolongaba en sentido recto, lo que permitía que la vista pudiese penetrar hasta el fondo de aquella cueva.
Así Marmouset, apenas hubo andado algunos pasos, descubrió a lo lejos una claridad blanquecina que parecía indicar una salida. Avanzó algunos pasos más, y reconoció entonces que lo que veía eran los primeros albores de la mañana, y que aquella cueva iba a salir al Támesis.
El río había llegado a su mayor altura, y la marea que venía del largo lo rechazaba hacia los puentes de Londres.
--Es lo mismo que yo creía, pensó Marmouset.
Y volvió por donde había venido.
Vanda, los dos fenians y Shoking habían permanecido junto a la puerta.
Pero aquella puerta daba al centro de la galería, y esta se prolongaba también hacia el norte.
--Por aquí, dijo Marmouset.
Y adelantándose a todos, llegó a un sitio donde el suelo se había desplomado.
--Estaba seguro, dijo Farlane, ved lo que ha hecho la explosión.
Marmouset puso la linterna en el borde de la abertura, y se aventuró por aquel abismo cuya profundidad no le era posible sondar. Afortunadamente sus pies encontraron un punto de apoyo.
--Alargadme la linterna, dijo entonces levantando las manos sobre la cabeza.
Shoking se la pasó, arrodillándose en el suelo, y el joven desapareció en aquella profundidad.
Vanda y sus compañeros se quedaron entonces en tinieblas.
Pero no habían pasado cinco minutos cuando la luz apareció de nuevo, y Marmouset volvió poniéndose de un salto en la cueva.
Su rostro estaba radiante de alegría.
--¡El capitán se ha salvado! dijo.
--¡Salvado! exclamó Vanda.
--¿Estáis bien seguro? preguntó Shoking.
--Los dos han escapado a la catástrofe, él y Milon, añadió Marmouset.
--Pero, ¿dónde se hallan?
--Han pasado por aquí.
--¿Qué sabéis? dijo de nuevo Shoking.
--¡Oh! repuso Marmouset, yo no suelo engañarme; seguídme y lo veréis.
Y dejando colgar la linterna a algunas pulgadas del suelo, se dirigió, examinándolo cuidadosamente, hacia la ventana que daba sobre el río.
El suelo de la cueva presentaba algunos sitios acá y allá cubiertos de un lodo espeso, producido por la humedad y el derrame de los toneles de cerveza.
--¡Mirad!... ¡mirad! dijo Marmouset señalando las pisadas húmedas que habían dejado pasos recientes.
Siguiendo estas huellas, más o menos visibles, llegaron en fin a la ventana.
El río resonaba al pie luchando aún contra la marea.
--¿Comprendéis ahora?..... dijo Marmouset.
Y extendiendo la mano hacia las agitadas aguas del Támesis, añadió:
--Ya sabéis que ambos son buenos nadadores, ¿no es verdad?
Vanda cayó de rodillas y, por toda respuesta, elevó su alma a Dios en acción de gracias.
XII
Ocho días habían trascurrido después de estos acontecimientos.
Si la curiosidad o un interés cualquiera nos hubiera impulsado a seguir a Marmouset y Vanda, hubiéramos podido encontrarlos juntos, en el piso principal de una casa de Saint-George street, en el Wapping. Era casi de noche, y empezaban a encender los reverberos de las calles.
Vanda y Marmouset hablaban por lo bajo, sentados junto a la ventana, y echaban de vez en cuando una mirada hacia la calle, como si esperasen a alguno.
--En fin, decía Vanda, todas nuestras pesquisas, todos nuestros esfuerzos han sido inútiles durante ocho días. ¿Qué ha sido de Rocambole?... ¡Oh! mucho temo que haya muerto.
--Es imposible, dijo Marmouset. Si él y Milon se hubiesen ahogado en el Támesis, ya hubieran sacado sus cadáveres.
--¿Quién sabe?
--He visto todos los ahogados que han sacado del río; y además, añadió Marmouset, ya sabéis que ambos son buenos nadadores.
--Pero, ¿qué ha sido de ellos?
--Hasta ahora es un misterio impenetrable, respondió Marmouset.
--Los fenians han buscado al Hombre gris por todas partes.
--No digo que no.
--Miss Ellen, que ha venido de nuevo esta mañana, nos afirma que la policía inglesa no ha vuelto a cogerlo. Pero miss Ellen, al decir esto, ¿está acaso segura?
--¡Oh! sí, repuso Marmouset, debe de estarlo.
--¿Por qué razón?
--Porque se ha reconciliado con lord Palmure su padre.
--Bien. Pero.....
--Lord Palmure se interesa ahora por el Hombre gris tanto como antes lo odiaba, y lord Palmure es par de Inglaterra, y como tal tiene el derecho de hacerse abrir las prisiones y de visitar a los presos que hay en ellas.
--Lo que acabáis de decirme, Marmouset, debería tranquilizarme, y sin embargo........
--Vuestro temor es mayor que nunca, ¿no es esto?
--Sí.
--Pero ¿por qué? veamos.
--Porque pienso en el reverendo Patterson, el más terrible e implacable enemigo del Hombre gris.
Marmouset levantó los hombros con desprecio.
--Patterson, dijo, no es bastante fuerte para luchar con Rocambole.
--En fin, murmuró Vanda, ¿cómo es que Rocambole no ha venido a reunirse con nosotros?..... ¿Nos cree acaso enterrados en el subterráneo?
Marmouset no respondió a esta observación y permaneció pensativo algunos instantes.
Después, levantando de pronto la cabeza, añadió:
--Tal vez, amiga mía, el capitán ha partido de Londres, pero de cualquier modo que sea, nosotros somos bien culpables.
--¿Culpables?... exclamó Vanda asombrada.
--Sí, porque hemos olvidado una cosa importante.
--¿Cuál?
--Hemos faltado a las prescripciones de Rocambole. ¿No recordáis sus últimas palabras? En el momento de poner fuego al barril de pólvora nos dijo:--Es necesario preverlo todo. Es posible que yo sucumba..... y que nos hallemos para siempre separados..... En ese caso, vosotros continuaréis mi obra.
--Sí, repuso Vanda, el capitán nos dijo eso en efecto, y nos encargó, que si perecía en la empresa, fuésemos a Rothnite, al otro lado del túnel, y que buscásemos allí a una pobre vieja conocida con el nombre de Betzy-Justice.
--Justamente. Y bien, hasta ahora, nada de eso hemos hecho.
--Porque esperábamos, y porque esperamos aún que el capitán no ha muerto.
--En hora buena, pero por ahí sin embargo debíamos haber empezado nuestras pesquisas.
--¿Por qué?
--Porque acaso Rocambole ha ido ya a casa de esa mujer.
--¡Ah! exclamó Vanda, ¡si pudierais decir verdad!
--¿Quién sabe?
--Pero entonces, vamos; partamos de seguida.
--No; ahora es necesario esperar.
--¿Esperar, qué?
--La visita de Farlane, que debe venir a darnos cuenta del resultado de las investigaciones hechas por los fenians.
Marmouset no había acabado de hablar, cuando se levantó haciendo un gesto de satisfacción:
--¡Y a propósito, mirad! exclamó, cuando se habla del ruin de Roma.....
--¿Farlane? dijo Vanda.
--Sí, acaba de atravesar la calle.
--¿Solo?
--No; viene con él Shoking.
En efecto, poco después se oyó ruido de pasos en la escalera, luego llamaron a la puerta, y Marmouset corrió a abrir.
Farlane el fenian y nuestro antiguo amigo Shoking, entraron en el aposento.
Ambos venían tristes y abatidos.
--¿Y bien? preguntó Marmouset.
--Nada, dijo Farlane.
--¡Absolutamente nada! murmuró Shoking.
--Es que acabamos por donde deberíamos haber empezado, dijo Marmouset.
--¿Qué queréis decir? preguntó Shoking.
--¿Sabes dónde está Adam street?
--Sí, por cierto, respondió Shoking; está en Rothnite.
--Pues bien; ve a buscar un cab.
Shoking no se lo hizo repetir dos veces, y se precipitó como un alud por la escalera.
Vanda pasó a su cuarto a ponerse un abrigo, y durante ese tiempo Marmouset se quedó hablando con Farlane.
--Esperad a mañana, dijo el joven al fenian, para poner de nuevo vuestros hombres en campaña.
--¿Por qué? preguntó Farlane.
--Porque es muy posible que tengamos mañana un punto de partida más seguro para continuar nuestras pesquisas.
--Como gustéis, respondió Farlane con su imperturbable flema británica.
Cinco minutos después entró Shoking con la misma precipitación.
--El cab está abajo, dijo falto de aliento.
Marmouset tendió la mano al fenian.
--Hasta mañana, le dijo.
--Hasta mañana temprano, respondió Farlane.
Y despidiéndose de Vanda que volvía vestida para salir, tomó la puerta.
--Vamos pronto, dijo entonces Marmouset.
--¿No queréis que os acompañe? preguntó Shoking.
--Ven, si quieres.
Vanda y Marmouset entraron en el coche, y Shoking subió al pescante, al lado del _cabman_ o cochero, que partió rápidamente.
El cab bajó a escape por Saint-George street, pasó en seguida por delante de la torre de Londres, entró en Thames street, y atravesando el puente de Londres, llegó a la orilla derecha y se dirigió hacia Rothnite. Al aproximarse a Rothnite-Church, es decir, a la iglesia de Rothnite, Marmouset gritó al cabman que se detuviese.
Shoking bajó inmediatamente a abrir la portezuela y Marmouset y Vanda descendieron del coche.
--Nos hallamos en un barrio miserable, de calles fangosos y estrechas, dijo Marmouset. Es pues inútil el continuar en carruaje y llamar inoportunamente la atención.
Y acabado de decir esto, pagó el carruaje y lo despidió.
En seguida los tres siguieron a pie su camino.
Además, Adam street, que es una de las callejuelas más miserables de aquel barrio, se hallaba a dos pasos.
Marmouset se acordaba perfectamente del número que le había dado Rocambole, y bien pronto se halló a la puerta de la casa designada.
Esta era una vieja casucha de tres pisos, bastante degradada, y de aspecto triste y sombrío.
Se entraba en ella por un portal estrecho y oscuro, en medio del cual había un ventanillo que daba a la tienda de un pescadero.
Este, al oír pasos en el portal, se asomó al ventanillo.
--¿Adónde vais? preguntó.
--¿No es aquí donde vive Betzy-Justice? preguntó Marmouset.
--Sí, en el tercer piso. No hay más que una puerta.
--¿Sabéis si está en su cuarto?
--¡Oh! ya lo creo! La pobre mujer está en cama desde el día en que ahorcaron a su marido.
Al oír esto, Marmouset, Vanda y Shoking tomaron la escalera.
Llegados al tercer piso, Marmouset llamó discretamente, a pesar de haber visto que la llave estaba a la puerta.
--¡Entrad! gritó una voz débil desde el interior.
Betzy-Justice estaba acostada en un miserable jergón extendido en el suelo, y parecía hallarse en un estado de postración extrema.
Al ver entrar a aquellas tres personas desconocidas, dejó escapar un grito de espanto.
--¡Ah! exclamó, ¿venís acaso a buscarme, a mi también, para encerrarme en la cárcel como a mi pobre Tom, y colgarme en seguida como lo habéis colgado a él?--¡Oh! no vale la pena, añadió, miradme bien, y veréis que me estoy muriendo.
--Os engañáis, pobre Betzy, respondió Marmouset; nosotros no somos agentes de justicia, sino amigos vuestros.
--¡Ah!... ¿no me engañáis? dijo la vieja.
Y sacando sus manos descarnadas, separó con los dedos la maraña de cabellos canos que le cubrían la frente.
--De veras..... bien de veras, ¿no me engañáis? repitió.
--No; nosotros somos amigos y compañeros del Hombre gris.
Este nombre arrancó a la vieja una exclamación de alegría.
--¿Del Hombre gris? dijo, ¿del Hombre gris?
--Sí.
--¿No está ya en la cárcel?
Al oír esta pregunta, Marmouset y Vanda se miraron con estupor.
Su última esperanza acababa de desvanecerse.
Betzy-Justice no había visto al Hombre gris, y hacía ya ocho días que Rocambole y Milon habían salido del subterráneo de Newgate.
--¡Ah! exclamó Vanda exhalando un tristísimo gemido, ya os decía que había muerto.
Betzy se incorporó sobre su miserable lecho.
--¿Quién ha muerto? preguntó con ansiedad.
Y fijó sobre aquellas tres personas desconocidas, sus ojos inflamados por la fiebre y las lágrimas.
XIII
Betzy-Justice seguía mirando con ansiedad a las tres personas que rodeaban su lecho.
Pero ninguna de ellas había osado proferir una palabra después de la exclamación de Vanda.
La pobre vieja, después de contemplarlos un momento, se irguió violentamente, y dijo con voz ronca animada por la fiebre:
--¡No!... ¡no!... ¡os engañáis!... ¡eso no puede ser..... el Hombre gris no ha muerto!
--Es de esperar que así sea, repuso Marmouset.
Vanda movió tristemente la cabeza y no respondió.
--El Hombre gris prometió a mi pobre Tom que él haría justicia, y el Hombre gris no ha podido morir antes de haber cumplido su palabra. Además, añadió, el Hombre gris no es un hombre como los demás.
--Eso es verdad, dijo Shoking abriendo su pecho a la esperanza.
--El Hombre gris no puede morir, repitió Betzy.
Y luego, mirándolos de nuevo con espanto, añadió:
--¿A qué habéis venido aquí?
--A buscar al Hombre gris.
--¿Y decís que sois sus amigos?
--Sí.
Y como se quedase mirándolos con aire de duda, Marmouset añadió:
--En el momento de separarnos, el Hombre gris nos dijo: es posible que no nos volvamos a ver.
--¡Ah!... ¿Os ha dicho eso?
--Sí; y nos ha ordenado venir a buscaros.
--¿A mí?
--Para suplicaros en su nombre que nos entreguéis unos papeles.
Betzy los miró con desconfianza, y quedó un momento en silencio.
--No, no, dijo en fin, vosotros no venís de su parte.
--Os juro que sí, buena Betzy, repuso Shoking.
--Y yo..... no os creo.
Marmouset tomó afectuosamente una de las descarnadas manos de la vieja, y la dijo con acento penetrante:
--Miradme bien, ¿tengo acaso el aire de una persona que miente?
--No lo sé.
--Reflexionad, prosiguió Marmouset, que si el Hombre gris ha muerto, y vos no queréis confiar en nosotros.....
--Yo no tengo que reflexionar más que en una cosa, dijo Betzy.
--¿Cuál?
--En lo que me encargó mi pobre Tom cuando lo llevaron preso..... me dijo que no confiara los papeles a nadie.....
--¿Ni aun al Hombre gris?
--¡Oh! sí.
--Pues bien, puesto que nos envía.....
--Dadme la prueba de ello.
Y esta mujer a quien el pesar y la miseria habían puesto a las puertas de la muerte, y a la que quedaban sólo tal vez algunas horas que vivir, esta mujer, decimos, manifestó resueltamente su decisión de no deshacerse de los misteriosos documentos que se hallaban en su poder.
--Querida amiga, dijo entonces Shoking, ¿no me conocéis a mí?
--No, repuso Betzy. Sin embargo, me parece haberos visto en alguna parte.
--Me llamo Shoking.
Este nombre pareció despertar un recuerdo en la débil inteligencia de Betzy-Justice.
--¡Ah! sí, respondió, ¿Shoking el mendigo?
--Precisamente.
--Ya recuerdo. Hemos pasado una noche juntos en el Work house de Mail-Road.
--Es verdad, dijo Shoking.
--Pero eso no me prueba que vengáis de parte del Hombre gris.
--Yo soy su amigo.
--¿Y quién me lo prueba?
--Veamos, dijo Shoking que era paciente y obstinado como verdadero inglés, ¿conocéis en Londres alguna persona que os inspire absoluta confianza?
--Si, conozco a un sacerdote católico.
--¿Tal vez el abate Samuel?
--¿Le conocéis también? preguntó Betzy fijando los ojos en su interlocutor con tenaz atención.
--No solamente lo conozco, dijo Shoking, sino que puedo afirmaros que él atestiguará, si es preciso, que vengo de parte del Hombre gris.
--Pues bien, respondió Betzy, que el abate Samuel venga aquí a decirme que puedo entregaros los papeles.
--¿Y nos los daréis entonces?
--Sí.
Shoking consultó a Marmouset con la mirada.
Este la comprendió y dijo resueltamente:
--Nuestro jefe nos ha dado una órden, y debemos ejecutarla. Tengo la convicción íntima de que nuestro jefe vive.......
--Yo también, dijo Shoking.
--¡Dios lo quiera! murmuró Vanda.
--Pero debemos obrar como si hubiese muerto.
--Tal es mi opinión, repuso Shoking.
--Pero en fin, prosiguió Marmouset, ¿dónde encontrar al abate Samuel?
--Yo me encargo de ello, dijo Shoking; y si queréis esperarme aquí.....
--¿Aquí?
--Sí; tomando un cab, estaré de vuelta antes de una hora.
--Está bien: esperaremos, repuso Marmouset.
--Que el abate Samuel me diga que puedo tener confianza en vosotros, y en seguida os entregaré los papeles, dijo Betzy.
Marmouset contemplaba en tanto aquel miserable aposento que no tenía más muebles que una mesa de pino y dos sillas rotas, además del jergón donde Betzy estaba acostada.
La pobre vieja creyó comprender aquella mirada.
--¡Ah! exclamó, buscáis dónde he podido ocultar los papeles, ¿no es verdad?
Y soltando una carcajada nerviosa, que hacía daño oír, añadió:
--¡Oh! no están aquí; podéis creerme..... Se hallan muy lejos de esta casa.
--¡Ah! dijo Marmouset.
--Y si venís en efecto de parte del Hombre gris.....
--Muy pronto tendréis la prueba, Betzy, dijo Shoking.
Y tomó precipitadamente la puerta, mientras que Vanda y Marmouset se sentaban a la cabecera de aquella pobre mujer.
* * *
Shoking era hijo de Londres, y de consiguiente conocía aquella vasta ciudad hasta en sus menores detalles.
Una vez fuera de Adam street, torció hacia Rothnite-Church, donde sabía que encontraría en el fondo de un patio una estación de carruajes de alquiler.
Allí halló en efecto un cab, y subiendo en él, dijo al cochero:
--Saint-George-Church.
--¿En el Southwarck? preguntó el cabman.
--Sí. Y tendrás seis peniques de propina si me llevas a buen paso.
El cabman dio riendas a su trotón irlandés y salió a escape.
La carrera fue tan sostenida, que veinte minutos después el cab se detenía delante de la verja del cementerio que rodea la iglesia católica.
Shoking se apeó y atravesó el cementerio.
Después, en vez de entrar en la iglesia por la puerta principal, se dirigió al postigo que daba acceso a la sacristía.
Nada había sufrido el menor cambio en Saint-George-Church.
Tal como lo hemos visto en otra ocasión, tal se encontraba ahora, y el mismo viejo sacristán que conocemos guardaba el santuario, y venía a abrir la puerta cuando llamaban de cierta manera.
Shoking llamó, y el buen anciano vino a abrir de seguida.
Al ver a Shoking, sus ojos medio apagados se animaron con una súbita alegría.
--¡Ah! exclamó, ¡mucho tiempo hace que no os dejáis ver, querido amigo!
--He estado ausente, respondió Shoking.
--¿De veras?
--He estado en Francia.
--¡Ah! muy bien.
--Y quisiera ver al abate Samuel. ¿Está allá arriba?
Y diciendo esto, designaba con la vista la puerta del campanario.
--Si, dijo el anciano con un movimiento de cabeza.
Shoking subió en seguida a la torre y llamó a la puerta disimulada en el muro, que daba al cuartito secreto donde el abate Samuel, el Hombre gris y todos los que el reverendo Patterson perseguía con su odio implacable, habían encontrado sucesivamente un asilo.
El abate Samuel se hallaba entregado a sus oraciones.
Al oír llamar en la forma convenida, vino a abrir la puerta y, al ver a Shoking, soltó, como el sacristán, una exclamación de alegre sorpresa.
--Padre mío, le dijo Shoking, ya sabéis que yo era el fiel amigo del Hombre gris, o mejor dicho, su servidor más adicto.
--Ya lo sé, repuso el abate.
--¿Tendríais inconveniente en atestiguarlo?
--Ninguno.
--En ese caso os suplico que vengáis conmigo.
--¿Adónde?
--A Rothnite, en Adam street.
--Bien, dijo el abate Samuel, ya sé lo que queréis.
--¡Ah!
--Habéis ido a pedir ciertos papeles a la viuda de un ajusticiado.
--Sí.
--Que llaman Betzy-Justice.
--Ese es en efecto su nombre.
--¿Y no ha querido creer que vais de parte del Hombre gris?
--No lo creerá si no venís a afirmarlo.
--Pues bien, dijo el sacerdote, vamos; estoy pronto a seguiros.
Shoking se quedó mirando al abate Samuel.
--¿Conocéis por ventura, padre mío, le dijo, la historia de esos papeles?
--Sí.
--¿Quién os la ha contado?
--El Hombre gris mismo.
Shoking lanzó una exclamación de alegría.
--¡Ah! si es así, dijo, bendigo mil veces al cielo, pues eso me prueba que el Hombre gris, a quien creíamos muerto, vive todavía.
El abate Samuel bajó la cabeza y no respondió.
XIV
En el momento en que atravesaban el cementerio, Shoking cogió vivamente las manos del abate Samuel.
--¡Ah! exclamó, decidme que lo habéis visto.
--¿A quién?
--Al Hombre gris.
--Sin duda que lo he visto.
--¿Cuándo? ayer..... hoy? preguntó Shoking con voz ahogada por la emoción.
--No, dijo el abate Samuel; lo he visto en Newgate hace unos quince días.
Shoking dejó escapar un grito de sorpresa.
--¡Ah! exclamó; en ese caso, no sabéis nada.
El sacerdote se quedó mirándolo con extrañeza.
--¿No sabéis pues, prosiguió Shoking, que el Hombre gris no está ya en Newgate?
--Sí, ya lo sé.
--Entonces..... no ignoráis dónde se halla.....
Y al decir esto, Shoking empezó a recobrar la esperanza.
--Lo ignoro, respondió el abate Samuel.
--Nosotros creemos que ha muerto.
--¡Ah! dijo el sacerdote.
Y permaneció impasible.
--¡Oh! exclamó Shoking, vos sabéis muchos cosas que nosotros ignoramos.
--Es muy posible.
Shoking no dijo más, pero se hizo para sí esta reflexión:
--Ahora estoy seguro de que el Hombre gris no ha muerto. Si se oculta de todos, es que tiene poderosas razones para hacerlo.--Y esas razones, veo perfectamente que las conoce el abate Samuel y que no quiere revelarlas.
Partiendo de esta idea, Shoking guardó un silencio lleno de reserva.
Así salieron del cementerio, y montaron en el cab que esperaba a Shoking en el square.
--Rothnite-Church, dijo al cochero.
El cab partió con la misma velocidad.
Llegados a la iglesia de Rothnite, el abate y Shoking echaron pie a tierra y despidieron el cab.
Después continuaron su camino a pie y llegaron a Adam street.
Marmouset los esperaba en el umbral de la puerta.
--¡Ah! venid pronto, dijo, venid pronto.
--¿Qué hay de nuevo? preguntó Shoking.
--Hay... que la pobre anciana se muere.
--¿Betzy?
--Después que nos dejaste, prosiguió Marmouset, ha tenido una crisis nerviosa, a la que se ha seguido una gran postración y debilidad; y en este momento apenas respira. No hay que perder tiempo, si es que ya puede reconocer al padre.
Y Marmouset saludó al abate Samuel.
--Tranquilizaos, caballero, dijo este en francés. Conozco a Betzy y la he visto muchas veces en ese estado, sobre todo después de la muerte de su marido.
Y hablando así, subieron a la miserable buhardilla.
Vanda continuaba a la cabecera de la pobre anciana, que yacía como inerte en su miserable lecho.