La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam
Part 4
Por lo demás, ya había adivinado que iban a darle un compañero, pues una hora antes habían traído a su calabozo un catre y un colchón, con los demás aprestos de una cama.
Bien pronto nos encontramos solos.
--¿Y bien? le dije, ya lo veis; he cumplido mi palabra y tenemos toda la noche por nuestra.
--Ya sé que podéis hacer cuanto queréis, me respondió con cándida admiración.
--Ahora, le dije, estoy, dispuesto a oír vuestra historia.
Como debes comprender muy bien, no dormimos en toda la noche.
Al día siguiente, al amanecer, vino el carcelero a buscarme.
--Sir Roberto os espera, me dijo.
Y yo le seguí, después de despedirme afectuosamente de mi compañero.
--Pero, ¿y esa historia que os había contado, capitán? interrumpió Milon.
--La sabrás dentro de poco. Hablemos primero del gobernador.
Y Rocambole, después de un momento de silencio, continuó:
--Como te decía pues, me condujeron al gabinete de sir Roberto.
Yo estaba pálido y fatigado, como un hombre que ha pasado la noche en vela.
--¿Y bien? me dijo el gobernador muy alegre, ¿qué opináis ahora de la horca?..... ¿La miráis siempre con la misma indiferencia?
--¡Bah! respondí, no me inspira el menor temor.
--¿Es posible?
--Podéis creerme.
--Sin embargo, ya habéis visto lo que sufre el que está condenado a ella..... Conque, vamos, ¿estáis decidido a hablar?
--Todavía no.
Sir Roberto se mordió los labios, pero no se manifestó irritado.
--¡Oh! yo os convertiré, dijo, ya lo veréis.....
--¿Pretendéis acaso encerrarme de nuevo con el condenado a muerte?
--No; algo mejor que eso.
--¡Bah! ¿qué pensáis hacer?
--Os haré presenciar su suplicio.
Y como yo le mirase con admiración:
--Hace un mes, dijo, eso hubiera sido difícil, sino imposible.
--¡Ah!
--Pero hoy se hacen las ejecuciones en el interior de la prisión.
--¿Y vais a darme palco en el espectáculo?
--Precisamente.
Rocambole iba a continuar su relato, cuando Milon lo interrumpió bruscamente.
--¡Capitán!... ¡Capitán! murmuró con acento de terror.
--¿Qué hay? respondió este volviéndose bruscamente.
--¡Mirad!.....
Rocambole volvió la vista por todas partes, y en medio de las densas tinieblas que le envolvían, no tardó en descubrir dos puntos luminosos, semejantes a dos luciérnagas, que brillaban en la oscuridad a poca distancia de ellos.
IX
Milon era intrépido y animoso, como ya sabemos, pero su valor era puramente físico, es decir, fundado en su fuerza muscular.
El pobre coloso, como todos los espíritus limitados, no sabía arrostrar el peligro sino cuando se daba de él cuenta.
De consiguiente tenía miedo de lo desconocido.
¿Qué podían ser aquellos puntos luminosos que brillaban en las tinieblas?
Milon se lo preguntaba y, no encontrando solución, sentía apoderarse de su ánimo un temor indefinible.
Rocambole se levantó y dio algunos pasos hacia adelante.
Los dos puntos luminosos no cambiaron de sitio.
Entonces Rocambole se adelantó más y dio dos palmadas.
Inmediatamente, los dos puntos de luz desaparecieron como por encanto.
--¡Imbécil! dijo Rocambole riéndose.
--¿Eh? exclamó el coloso sintiendo disminuir algún tanto su opresión.
--¿Sabes lo que es?
--No.
--Es un gato.
--¡Seré yo bestia!... dijo Milon.
--Un gato, amigo mío, añadió Rocambole, a quien debemos un voto de gracias.
--¿Por qué?
--¿No comprendes que, puesto que ha penetrado aquí, es que hay una salida cualquiera?
--¡Ah!... ¿creéis?.....
--¡Toma! estoy seguro. Una salida que podrá servirnos también a nosotros.
--A menos, observó Milon, que el pobre animal no haya sido sorprendido por el desplome al mismo tiempo que nosotros.
--Es imposible.
--¿Por qué? preguntó de nuevo Milon.
--Porque lo hubiéramos visto más pronto.
--¡Ah! es verdad.
--Y además, prosiguió Rocambole, ¿cómo puedes suponer que ese gato se encontrase en los subterráneos?
--¡Toma! ¿No nos hallamos nosotros?
--Sí, pero es porque hemos encontrado una entrada, que estaba tapiada hace muchos años.
--Entonces...
--Entonces voy a explicarte lo que ha debido suceder.
--Veamos, dijo Milon.
--Ese animal estaba encima de nosotros, en alguna cueva, en el momento de la explosión.
--Bien.
--La explosión ha debido producir alguna abertura, algún hundimiento que le ha hecho caer aquí, paralizado por el espanto violento que debe haber sentido.
--¡Ah! sí, es muy posible.
--De consiguiente, prosiguió Rocambole, vamos a ver si podemos irnos por donde él ha venido.
Y diciendo esto, sacó los fósforos y volvió a encender la antorcha.
--Ahora, busquemos con cuidado, añadió.
Y se puso a explorar atentamente su estrecha prisión.
Como ya sabemos, dos enormes peñascos cerraban la galería.
Rocambole, después de haberse orientado un instante, se dirigió hacia el que había caído detrás de ellos, que era precisamente el sitio por donde habían desaparecido los dos puntos luminosos.
La peña presentaba en su centro un ángulo saliente, que era sin duda donde el gato se había detenido.
Rocambole subió a aquella especie de repisa, y afirmándose en ella, levantó la cabeza.
Entonces vio un espacioso agujero, que la peña no permitía descubrir desde abajo, y que se abría en la bóveda de la galería.
--Sube, dijo a Milon.
Este se apresuró a obedecer y se colocó también en la parte saliente de la peña.
--Toma la antorcha, añadió Rocambole. Ya me la pasarás después.
Milon la tomó, y Rocambole, alzándose por las asperezas de la piedra, trepó con la ligereza de un clown sobre los robustos hombros del coloso, y la mitad de su cuerpo desapareció por el agujero.
--Ahora, dame la antorcha, gritó.
Milon lo hizo así, y llevó las dos manos para sostener mejor a Rocambole.
Este miró entonces hacia arriba y después a su frente, examinando bien aquel paraje, y vio delante de sí una nueva excavación que se prolongaba en el mismo sentido que la galería.
--Sostente bien, gritó de nuevo a Milon.
Y arrojó su antorcha en el agujero.
Luego, asiéndose a las salidas de la peña, dio un fuerte empuje con los pies sobre los hombros de Milon, a fin de tomar arranque, y se introdujo en la excavación superior.
La antorcha no se había apagado al caer y Rocambole se apresuró a recogerla.
--Espérame ahí un momento, dijo a Milon, voy a la descubierta.
Y se adelantó marchando con precaución y mirando atentamente a sus pies.
Un examen de algunos segundos, le bastó para saber dónde se hallaba.
Aquel sitio no era otra cosa que una de esas largas y espaciosas bodegas, que los fabricantes de cerveza de Londres poseen a orillas del Támesis.
El suelo de aquella cueva se había hundido en el momento de la explosión, pues la hendedura por donde había entrado Rocambole no existía antes seguramente.
Y aun era muy probable que el cervecero a quien pertenecía la bodega, no había sospechado jamás que se hallaba sobre un subterráneo.
Rocambole volvió a desandar lo andado, y se sentó en el borde del agujero, dejando colgar las piernas hacia fuera.
--Agárrate a uno de mis pies, dijo a Milon, y sube.
El gigante, que había permanecido inmóvil en la salida de la peña, se asió a una de las piernas de Rocambole, y este le levantó, desplegando la extraordinaria fuerza muscular que ocultaba bajo su apariencia delicada y casi débil.
Milon pudo alcanzar así el borde de aquella entrada, y ayudándose con pies y manos, pronto estuvo al lado de Rocambole.
Este le dijo entonces:
--Ahora, sigamos adelante, y de seguro acabaremos por encontrar una puerta.
La cueva formaba al principio un pasadizo estrecho, y al cabo de pocos pasos se ensanchaba considerablemente, pero se hallaba ocupada por una doble hilera de toneles.
--Continuemos avanzando, dijo Rocambole.
--Esperad, exclamó Milon.
--¿Qué es ello?
--Oigo un ruido sordo.....
Rocambole se detuvo y escuchó por algunos instantes.
--Sí, dijo, es el Támesis.
Y siguieron adelante, marchando siempre entre dos filas de toneles, hasta que empezaron a respirar un aire más vivo, lo que les hizo comprender que se acercaban a una salida.
El muro describía una ligera curva.
Dobláronla pues, y entonces Rocambole vio brillar de pronto a su frente una luz indecisa y blanquecina.
--Veo el cielo, dijo, o al menos la niebla.
Y siguieron avanzando, hasta que al fin Rocambole se detuvo y apagó la antorcha.
--¿Qué hacéis, capitán? preguntó Milon.
--Un acto de prudencia, respondió Rocambole.
--¡Ah!
--Estamos en una cueva que sirve de almacén de depósito.
--Así me lo parecía.
--Y este almacén tiene una puerta que se halla abierta a unos treinta pasos de nosotros, y por la cual se entreve el cielo.
--Bueno, ¿y qué?
--Que no tenemos necesidad de luz, y que es inútil el que nos vean desde afuera.
--Es verdad.
Rocambole se adelantó entonces resueltamente, y en fin llegaron a aquella puerta, cuyos dos postigos se hallaban abiertos.
Algunas luces brillaban acá y allá a través de la niebla, y el Támesis resonaba abajo.
Rocambole se detuvo en el dintel de la puerta, y avanzando la cabeza exclamó:
--¡Esta puerta es una ventana!
--¡Calla! es verdad! dijo Milon.
Efectivamente, las aguas del Támesis rasaban el pie del muro a unos veinte pies por bajo de la ventana y apenas si se veía a lo lejos la opuesta orilla.
Aquella ventana se encontraba a la altura del primer piso de una casa, cuyos cimientos se hallaban al nivel del lecho del río.
La ciudad de Londres no tiene muelles ni malecones, excepto en el paraje que la sirve de puerto.
Durante el reflujo o la marea baja, el Támesis deja al retirarse un espacio descubierto, cuya anchura varía entre diez o quince pies; pero durante la marea alta, todo ese espacio se halla cubierto, y las aguas del río vienen a batir los muros de las casas, cuyos primeros pisos sirven generalmente de almacenes.
--¿Qué hacer? dijo Milon.
--Si quieres romperte la cabeza, no tienes más que echarte desde aquí.
--Pero, no veo la necesidad de eso, dijo el coloso; buscando bien, tal vez encontraremos una cuerda.
--¿A qué propósito? dijo Rocambole.
--Digo... se me figura.....
--¿Qué hora es?
Milon llevaba su reloj, un reloj de repetición magnífico, que se apresuró a sacar, y que tocó al resorte.
--Las tres de la mañana, dijo.
--Pues bien, prosiguió Rocambole, dentro de una hora subirá la marea.
--¡Ah! ¿creéis?.....
--El agua llegará aquí a cierta altura, y entonces nos echaremos a nado.
Milon no respondió, pero exhaló un profundo suspiro.
Aquella última hora que le separaba aún de la libertad, le parecía demasiado larga.
Rocambole se echó a reír.
--Hace poco, le dijo, nos hallábamos presos en un subterráneo, con la agradable perspectiva de morir de hambre; y ahora que se aproxima el momento de nuestra libertad, y que aspiramos el aire libre, no estás contento.
--Tenéis razón, capitán, dijo Milon. Al fin acabaré por convencerme de que soy un bruto.
--Un poco de paciencia, amigo mío, repuso Rocambole. Y ahora, para que el tiempo te parezca menos largo, voy a continuar mi historia.
--¿Vais a confiarme el secreto del marido de Betzy-Justice?
--No, todavía no.
--¡Ah!
--Voy a hablarte primero de su ejecución.
--¿Habéis asistido a ella?
--Sin duda.
Y Rocambole se sentó en el borde de la ventana, donde Milon vino también a apoyarse echándose en ella de codos.
En tanto, las aguas del Támesis, rechazadas por la marea, empezaban a subir lentamente.....
X
--El excelente, cándido y confiado sir Roberto Mitchels, prosiguió Rocambole, no perdía sin embargo la esperanza de arrancarme una confesión completa.
Así redoblaba conmigo sus obsequios, y no perdía ocasión de mostrarme su extremada amabilidad.
Todos los días me permitían ver al condenado a muerte, y me dejaban entera libertad para hablarle y prodigarle mis consuelos.
Pero todos los días también, me repetía sir Roberto invariablemente:
--¿No es verdad que es un horrible espectáculo el que presenta un hombre que va a morir?
Así trascurrían monótonamente los días.
Una noche, y cuando menos lo esperaba, el gobernador vino de improviso a mi calabozo.
--¿Sabéis que es para mañana? me dijo.
--¿Qué?
--La ejecución del reo.
--¡Ah! pobre hombre!
--¿Persistís en ver la ejecución?
--¿Qué duda tiene?
--Entonces, es necesario que cambiéis de calabozo.
--¡Ah!
--Y que os trasladéis al piso bajo.
--Sea como queráis.
--Y hasta es posible.....
Aquí sir Roberto pareció vacilar, y me miró con aire indeciso.
--Acabad, le dije.
--Y hasta... si queréis pasar la noche con él...
--¡Oh! no tengo inconveniente.
--Estoy convencido de que vuestra conversión no resistirá a esta última prueba.
--¡Ah! sí, ya me lo dijisteis la otra vez: ¡la vista del triste espectáculo!!...
--Eso en primer lugar. Pero presenciar además las crueles angustias de un desgraciado a quien solo quedan algunas horas de vida.....
--Es terrible en efecto, le contesté con frialdad.
--¡Oh! estoy seguro, dijo sir Roberto sonriéndose siempre, que eso os inspirará un terror saludable.
--Ya veremos.
--Y que sabréis atraeros la benevolencia de vuestros jueces, haciendo una revelación franca, bien completa...
Yo no le respondí, y mi buen hombre prosiguió:
--Por lo demás, no estaréis solo con el reo.
--¿De veras?
--Dos Hermanas de la agonía pasarán allí la noche rezando. Ya veréis como es lúgubre.
--Pero los reglamentos, observé al gobernador, ¿no se oponen a que yo asista?....
--Al contrario, me respondió.
--¡Bah!
--La ley permite que el reo pase su última noche con un pariente, un amigo y, hasta si lo solicita, con un preso de la misma cárcel.
--¡Ah! bien: entonces yo seré ese preso.
--Esperad, prosiguió sir Roberto, hay todavía una particularidad que ignoráis de seguro, y que voy a haceros saber.
--Veamos.
--El cuerpo del ajusticiado pertenece a Calcraft, el cual lo vende ordinariamente a los cirujanos.
--Ya lo sé.
--Su ropa y lo poco que tiene en la cárcel, pertenece también al verdugo.
--Bien.
--Pero la cuerda, por prescripción formal de la ley, es propiedad del ajusticiado.
--¿Es posible?
--Tal como os lo digo: y tiene el derecho de legarla a quien mejor le parezca.
--¿La cuerda del ahorcado es pues un talismán que protege a su posesor?
--Así lo dicen.
--De modo que si el reo me legase su cuerda, tendría yo probabilidades de no ser ahorcado a mi vez.......
--Sobre todo, dijo sir Roberto, si hacéis cuantas revelaciones os exijan.
Yo me eché a reír.
--No creo mucho en las virtudes de la cuerda de ahorcado, prosiguió sir Roberto, pero, en fin, si el reo os la deja en herencia, no veo en ello ningún inconveniente: y aun cuidaré de que os la remitan en tiempo oportuno.
--Sois el más amable de todos los gobernadores posibles, le respondí.
--¿Qué queréis? dijo suspirando; cada cual tiene su flaco en este mundo, y el mío es el de una benevolencia sin límites. Me sois muy simpático, y si declaráis con toda sinceridad, os querré como a un hijo.
Y con esto me estrechó afectuosamente la mano y me dejó.
Una hora después, me condujeron al calabozo del condenado a muerte.
Las Hermanas de las agonía se encontraban ya allí, y se disponían a ejercer su santo ministerio.
El marido de Betzy-Justice me recibió sonriéndose.
--Es para mañana, me dijo.
--¿No tenéis miedo a la muerte? le pregunté.
--No.
Y levantando la mano hacia la ventana del calabozo, a través de la cual se veía un reducido punto del cielo:
--Cuando un hombre muere por haber cumplido con su deber, dijo, ese hombre muere resignado y tranquilo.
--¿No os queda nada que decirme?
--Nada más. Ya lo sabéis todo. ¡Ah! olvidaba... os lego mi cuerda..... En esto hago uso de mi derecho.
--Ya lo sé: el gobernador me lo ha dicho.
--¡Ah!
--Y aun parece agradarle el que yo sea vuestro heredero.
El infeliz reo se sonrió tristemente.
--¡Pobre hombre! dijo aludiendo al gobernador, no es fuerte por cierto para luchar con vos.
La noche se pasó así.
Las Hermanas de la agonía no cesaron en sus oraciones, y el reo y yo seguimos hablando en voz baja.
En fin, a las cinco de la mañana se abrió la puerta del calabozo.
Uno de los carceleros conducía al sacerdote que debía exhortar al reo a bien morir; y al verlo entrar, las Hermanas de la agonía salieron del calabozo.
Yo abracé al condenado a muerte por última vez.
--Acordaos de lo que me habéis prometido, me dijo.
--Morid en paz, le respondí.
Y salí a mi vez.
El carcelero me siguió, y me dijo al llegar a los corredores:
--Tengo órden de conduciros a un calabozo, cuya ventana da al patio de la ejecución.
--Muy bien, le respondí.
El calabozo donde entramos era bastante espacioso, y tenía una ventana mayor que todas los otras.
Bastaba subirse en un banco, para llegar cómodamente a aquella ventana.
Esto es lo que yo hice; y entonces pude ver todo el patio, y la horca que estaba ya levantada.
Eran las seis de la mañana y el día empezaba a aparecer, o más bien una dudosa claridad que pasaba penosamente a través de la niebla.
Algunas sombras confusas se agitaban acá y allá alrededor del cadalso.
El día fue avanzando poco a poco, y entonces pude ver, primero dos filas de soldados, y luego a sir Roberto Mitchels en grande uniforme.
Sir Roberto iba de un lado a otro con la sonrisa en los labios.
Tan luego como me descubrió, me envió un saludo amistoso, y llevó después su cortesía hasta el punto de acercarse a mi ventana.
--Desde ahí veréis perfectamente, me dijo.
--Así lo creo, le respondí. Pero, ¿quiénes son todos esos hombres vestidos de negro que veo allá bajo?
--Son los jurados que han condenado al reo, y que la ley obliga a asistir a la ejecución.
--Muy bien. ¿Y aquel otro grupo que permanece aparte?
--Son redactores de diversos periódicos.
--¡Ah! mil gracias!
--Excusadme, dijo sir Roberto, voy a decir dos palabras a Calcraft.
Y me dejó precipitadamente.
Quedé pues de nuevo solo, esperando con ansiedad el momento supremo.
Aquel desgraciado, que me era enteramente desconocido tres semanas antes, me interesaba ahora y había llegado a amarlo desde que conocía su secreto; y la idea de que iba a morir me oprimía el corazón de una manera indecible.
A las siete menos cuarto se presentaron Calcraft y sus segundos, subieron al cadalso, engrasaron la cuerda, ensayaron el movimiento de báscula de la trampa, y se retiraron en seguida.
Por último, a las siete en punto se abrió una puerta en el fondo del patio, y apareció el reo.
Venía un poco pálido, pero marchaba con paso seguro y la cabeza erguida.
Cuando se halló sobre el cadalso, me buscó con la vista y acabó por descubrirme.
Nuestras miradas se encontraron un momento.
--¡Acordaos! gritó con voz esforzada.
--¡Morid en paz! le repetí por segunda vez.
Pusiéronle en aquel instante el gorro negro, y Calcraft le echó al cuello el nudo corredizo.
Un segundo después estaba en la eternidad.
En seguida se dispersaron los espectadores y tan luego como hubieron partido, sir Roberto Mitchels se apresuró a venir a mi calabozo.
--¿Y bien? me dijo.
--Y bien, le respondí, lo he visto todo.
--Y... ¿qué impresión os ha causado?
--Ninguna.
Y solté una carcajada.
--¡Ah! veo que no queréis confesar! exclamó con acento de despecho.
--Ya veremos más tarde, le respondí.
Y diciendo esto, Rocambole se puso de pie.
--¡Ah! añadió interrumpiéndose, el Támesis ha llegado a su mayor altura. ¿Quieres que nos echemos al agua?
--Pero... dijo Milon, la cuerda.....
--Ya te he dicho que la tengo.
--¿Dónde?
--Rodeada a la cintura.
--Pero, ¿no me decís cuál es el secreto que el marido de Betzy-Justice os confió antes de morir?
--Más tarde.
--¡Ah! exclamó Milon con despecho.
--Por ahora, es necesario pensar en que no nos sorprenda aquí el día.
--Bien, pero ¿adónde iremos?
--No lo sé, ya pensaremos en ello después. ¡Vamos! sígueme!
Y Rocambole, asiéndose al borde de la ventana, se arrojó al Támesis, cuyas aguas azotaban con furor las casas de sus orillas.
Milon no tardó en seguirle.
Ambos desaparecieron por un momento bajo las olas, pero no tardaron en subir a la superficie, y se pusieron a nadar tranquilamente en dirección del puente de Londres.
XI
Volvamos ahora a Marmouset, a quien hemos dejado con Shoking y Vanda, a la puerta de una casa de Carl street.
Marmouset, como hemos visto, después de haber indicado la inscripción que estaba sobre la puerta:
_Farlane y Compañía_
Marmouset, decimos, se quedó mirando a sus dos compañeros.
--Puesto que no habéis comprendido todavía, les dijo, escuchadme antes de pasar adelante.
--Veamos, acabad, dijo Vanda con ansiedad.
--Esta casa debe de estar, según os he dicho, justamente encima de la galería subterránea, y entre los dos hundimientos que hemos podido observar.
--¿Y qué? dijo Vanda.
--Además, prosiguió Marmouset, pertenece a un fenian, lo que es ya un gran punto.
--¿Cómo?
--Esperad. Evidentemente, esta casa tiene una cueva, y si logramos, como lo lograremos, bajar a ella, no habrá más que abrir un agujero para llegar a la galería.
--Y para libertar al Hombre gris, añadió Shoking.
--Sí, todo eso está muy bien, dijo Vanda, pero.... ¿estáis seguro, Marmouset?
--¿De que la casa se halla situada sobre la galería subterránea?
--Sí.
--Completamente seguro.
--¿Cómo podéis saberlo?
Marmouset se sonrió con cierto aire de presunción.
--No ignoráis, dijo, que he seguido durante algunos años la carrera de ingeniero y que paso por un buen matemático.
--¡Ah! sí; en cuanto a eso...
--He calculado perfectamente la distancia, la situación de la casa respecto a la galería, y creo mis cálculos exactos.
--¡Dios lo quiera!
--Y aun creo poder afirmar que necesitaremos abrir un agujero de quince a diez y ocho pies de profundidad.
--Entonces, dijo Shoking, no hay más que entrar en la casa y dirigirnos en seguida a master Farlane.
--De ningún modo, repuso Marmouset.
--¿Y por qué razón? exclamó Vanda.
--Porque Farlane no nos conoce, y como no somos fenians, no podemos hacerle el signo misterioso que sirve de contraseña a su partido.
--Entonces, ¿qué medio adoptar?
--El más sencillo, dijo Marmouset: Shoking va a volver inmediatamente a Farringdon street.
--Bueno, respondió Shoking.
--Y verá al jefe fenian que le acompañaba, lo pondrá al corriente de la situación y le suplicará que venga en seguida a ponernos en contacto con master Farlane.
--Voy corriendo, dijo Shoking.
--Bien, repuso Marmouset, nosotros esperamos aquí.
Shoking no aguardó más y partió como una flecha.
Vanda y Marmouset permanecieron en la calle inmóviles y con los ojos fijos en aquella casa donde no se veía luz ni el menor movimiento, pero cuya puerta se abriría de seguro al presentarse el jefe fenian.
No tuvieron que esperar mucho tiempo.
Shoking tenía buenas piernas, y en esta ocasión supo servirse de ellas con fruto.
Un cuarto de hora después estaba de vuelta, y venía, como Marmouset lo había pedido, en compañía del jefe fenian.
Shoking lo había puesto perfectamente al corriente, pues ambos venían cargados con los herramientas necesarias para cavar la tierra y, aun si era necesario, para abrir una trinchera en la roca.
El jefe fenian saludó a Vanda y Marmouset.
En seguida se acercó a la puerta, y en vez de levantar la aldaba, se puso a golpear con los nudillos, como si tocase un tambor, de un modo particular.
Así se pasaron algunos minutos.
La casa permanecía en tanto silenciosa, y no aparecía luz en ninguna ventana.
--Parece que duermen bien, exclamó Marmouset impaciente.
--Un poco de paciencia, dijo el jefe fenian.
Y se puso a golpear por segunda vez, pero de un modo muy distinto del primero.
Esto fue también en vano: ni ruido, ni luz respondió a este llamamiento.
--Pero... ¿esta casa está desierta? exclamó Vanda.
--No, repuso el jefe fenian.
Y golpeó por tercera vez, empleando siempre un ritmo diferente.
Entonces apareció de pronto una luz por la imposta de la puerta, y se oyó un paso lento y mesurado que venía del interior.
Poco después, en fin, se abrió la puerta, y Marmouset y Vanda vieron aparecer un hombre de pequeña estatura, pero recio de miembros y vigoroso, con la cabeza hundida entre los hombros, los cabellos y barba rojos e incultos, y que venía a medio vestir y con una linterna en la mano.