La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam

Part 3

Chapter 34,020 wordsPublic domain

Pero ya hemos visto la catástrofe que tuvo lugar inmediatamente. De pronto un ruido espantoso, como el que produciría el desplome completo de un edificio, resonó a su espalda e hizo temblar violentamente el suelo del subterráneo.

Rocambole arrojó un grito y volvió la cabeza para atrás.

El primer hundimiento acababa de efectuarse, viéndose así separado de sus compañeros.

Pero Rocambole no perdía fácilmente su presencia de espíritu.

--¡Adelante! repitió dirigiéndose a Milon. Salgamos de aquí ante todo. Cuando nos hallemos fuera, ya encontraremos el medio de libertarlos.

--¡Adelante! repitió Milon.

Y siguió corriendo al lado de su antiguo capitán.

Así iban, y ya veían brillar ante ellos las aguas argentadas del Támesis, cuando un ruido, más espantoso aún que el primero, se dejó oír de repente y conmovió de nuevo la galería.

Esta vez, la luz de la antorcha que llevaban se apagó también, y se encontraron envueltos en las más profundas tinieblas.

La sacudida fue también tal, que rodaron de nuevo por tierra.

El suelo oscilaba y crujía como en medio de un violento terremoto; y a los hundimientos gigantescos que acababan de presenciar, se sucedían otros hundimientos parciales. Acá y allá caían piedras de todos tamaños, y una de ellas pasó rasando la cabeza de Rocambole.

Sin embargo, aparte de alguna contusión ligera, logró salir sano y salvo de aquel cataclismo.

Un momento después, la voz angustiada de Milon se dejó oír en medio de las tinieblas.

--¡Capitán!... Capitán! decía, ¿dónde estáis?

--Aquí, repuso Rocambole.

--¿Herido?

--No.

--Ni yo tampoco.

--No des un paso, dijo Rocambole, esperemos.......

En fin, a poco cesó el desplome y conmoción general y todo volvió a entrar en silencio.

Entonces se levantó Rocambole.

Milon en tanto murmuraba sin moverse de su sitio:

--Apostaría a que estamos enterrados; pero sea como quiera, no hemos tenido poca suerte.

Rocambole no había dejado escapar su antorcha, pero, como se comprende muy bien, esta se había apagado desde luego.

Pero Marmouset, al distribuir las antorchas a los que le seguían, había dado también a cada uno una cajilla de fósforos, y de consiguiente Rocambole tenía la suya.

--Capitán, dijo Milon, ¿puedo ya levantarme?

--Sí, pero no te muevas de tu sitio. Espera.

Y Rocambole buscó sus fósforos y encendió la antorcha.

Entonces Milon pudo convencerse de que estaba sano y salvo.

--¡Famosa suerte! repetía.

--No tan grande como te parece, dijo Rocambole.

--¿Por qué?

--Sígueme.

Y con la antorcha en la mano, fue andando hasta el derribo.

El subterráneo se hallaba cerrado de nuevo por un peñon enorme que, al caer, rompiendo sus ángulos salientes, había interceptado tan herméticamente el paso de la galería, como pudiera haberlo hecho un muro construido por los hombres.

--Ya lo ves, dijo Rocambole, no estamos más adelantados que hace una hora.

--Volvamos entonces para atrás, dijo Milon.

Así lo hicieron, y se encontraron bien pronto delante del otro hundimiento que se había efectuado a su espalda.

--¿Ves lo que te decía?... repitió Rocambole; no estamos más adelantados.

--Pero entonces, dijo Milon estremeciéndose, ¿estamos aquí presos?

--No, amigo mío, estamos enterrados en vida.

--¡Y ni herramientas ni pólvora! exclamó con angustia Milon.

Rocambole estaba un poco pálido, pero su fisonomía no había perdido su calma habitual.

--Veamos, pobre Milon, dijo, en vez de desesperarnos, es lo más acertado el que reflexionemos a sangre fría.

Milon se quedó mirándolo fijamente.

--Nuestra situación no es muy ventajosa que digamos, prosiguió Rocambole, pero en fin, no es enteramente desesperada.

--¡Ah!... ¿Lo creéis así? dijo Milon con ansiedad y abriendo su pecho a la esperanza.

--Escúchame bien, añadió Rocambole: Marmouset y los demás, se hallaban muy lejos de nosotros cuando tuvo lugar la catástrofe; de consiguiente es probable que no han sido víctimas de ella.

--Es posible; pero están encerrados como nosotros.

--Con la probabilidad de ser socorridos.

--¿Por quién?

--Por los policemen que andan en mi busca.

--¡Bah! pero entonces los llevarán a la cárcel.

--No digo que no; más no tardarán en soltarlos.

--¿Creéis?

--Estoy seguro.

--¿Y entonces?

--Entonces Marmouset, que es, como tú sabes, un chico de recursos, y Vanda que daría por mí hasta la última gota de su sangre; Marmouset y Vanda, digo, pensarán en nosotros y hallarán el medio de venir en nuestro socorro.

--Muy bien, dijo Milon, pero de aquí a allá se pasará un buen trozo de tiempo.

--No diré que no.

--Dos días tal vez.....

--Y aun tres, repuso Rocambole.

--Es decir que tendremos el tiempo de morirnos de hambre.

--En rigor, un hombre puede pasar cuatro días sin comer, dijo tranquilamente Rocambole.

Y hablando así fue a sentarse con la mayor calma en una piedra.

Milon no conservaba la misma tranquilidad. Iba y venía por el subterráneo con una inquietud marcada, y andaba de un lado a otro sin descanso, como una fiera que da vueltas en su jaula.

--No te desesperes antes de tiempo, le dijo Rocambole; supongo que no tienes todavía hambre.

--¡Oh! no, dijo Milon, pero tengo sed.

--Dentro de cuatro o cinco horas podrás beber.

--¿Cómo pues?

--Al volver la marea, el Támesis entrará de nuevo en la galería.

--¡Ah! bien.

--Y no creo tengamos tan poca suerte que no encontremos alguna filtración.

--De agua salada.....

--No, de agua dulce.

--Sin embargo, estando el Támesis sometido a la marea.....

--Eso no importa. El flujo del mar rechaza las aguas del río y hace que se aumente su volumen, pero no tienen tiempo para mezclarse.

--¡Ah! dijo Milon.

--Entre tanto, ven a sentarte a mi lado, prosiguió Rocambole.

Milon obedeció haciendo un gesto de resignación forzada.

--Y como se puede muy bien hablar sin luz, añadió Rocambole, no veo la necesidad de gastar inútilmente nuestra antorcha, que más tarde nos será necesaria.

Y diciendo y haciendo, apagó la antorcha y continuó:

--¿Sabes por qué yo no desespero, a pesar de la gravedad de la situación?

--¡Oh! lo que es vos, capitán, dijo Milon, yo os he visto siempre impasible como el destino.

--No es eso, repuso Rocambole.

--¿Qué es pues?

--Tengo la convicción de que, mientras me quede que hacer alguna cosa en este mundo, la Providencia velará sobre mi y me sacará en bien de todo riesgo.

--¿Tenéis de veras esa idea? exclamó Milon. Pero entonces, ¿es que no pensáis reposaros jamás?

--No, dijo Rocambole.

--Paréceme sin embargo, prosiguió Milon, que ya sería hora de que volvierais a París y de que tratarais de vivir allí tranquilo.

--Me queda algo que hacer aquí.

--¡Ah! sí. Volvemos a los fenians.....

--No.

--¡A fe mía! añadió Milon, no sé qué atractivo pueda tener para vos la Inglaterra.

--Eso depende de la manera de ver de cada uno, dijo Rocambole. Y además, te lo repito, me queda un deber que cumplir.

--Pero, ¿no se trata de esos estúpidos fenians que nos han traído a este mal paso?

--De ningún modo.

Milon no añadió una palabra más, y pareció esperar que Rocambole se explicase. Este guardó silencio por algunos instantes, y al fin dijo de repente:

--¿Crees tú en la cuerda del ahorcado?

--¿En qué sentido? preguntó el coloso sorprendido de la pregunta.

--Dicen que la cuerda del ahorcado es una especie de talismán que nos procura buena suerte.

--Sí, eso dicen, respondió Milon, pero yo no lo creo..... ¿y vos?

--Yo empezaré a creerlo, si nos saca de aquí.

--¿Eh? exclamó Milon aturdido, ¿lleváis con vos una cuerda de.....

--Sí.

--¿En el bolsillo?

--En el bolsillo.

--¡Bah! entonces es buena ocasión para probar su virtud, como habéis dicho.--Esperemos.

Y Milon bajó la cabeza y volvió a guardar silencio.

--Esperemos, repitió Rocambole pasados algunos instantes, pero como creo que esperaremos largo espacio y que de consiguiente tenemos tiempo sobrado..... en vez de lamentarnos inútilmente, voy a contarte una historia.

--¿Una historia de cuerda?

--La historia de la cuerda y la del ahorcado que me ha nombrado su albacea o ejecutor testamentario, repuso Rocambole.

--Hablad, capitán, soy todo oídos.

VII

Rocambole se reclinó como pudo sobre su duro asiento, y continuó de este modo:

--¿Recuerdas, buen Milon, cómo empezó nuestra amistad?--Nos hallábamos en presidio y éramos compañeros de cadena. Un día me hablaste de dos huérfanos, a quienes amabas con toda tu alma, y que habían sido causa inocente de tu condena.....

--Sí, sí, respondió Milon enternecido, y recuerdo más todavía, y es que después salvasteis a mis pobres niños, y por eso os soy adicto como un perro fiel.....

--Pues bien, amigo mío, una cosa semejante me ha sucedido por segunda vez.

--¿Cómo?

--Con la diferencia de que no ha sido en el presidio de Toulon, sino en la cárcel de Newgate.

--¡Ah!

--Y de que el hombre de que se trata ha muerto.

--¿Ha sido ahorcado?

--¡Ay! sí.

Y Rocambole dejó escapar un suspiro.

--Escucha, prosiguió. Yo acababa de ser preso y me había dejado conducir sin la menor resistencia. Tenía mis razones para obrar así, pues a ser de otro modo, hubiera podido escaparme mil veces, antes de que se hubiesen cerrado tras mí las puertas de Newgate.

Por lo demás, no fue a esa prisión adonde me condujeron desde luego.

Lleváronme en primer lugar a Drury Lane, y me presentaron al comisario de policía de aquel barrio.

El comisario me interrogó por la forma, y me hizo encerrar en el calabozo que sirve de depósito en el piso bajo de la comisaría.

Todas las mañanas pasa un coche cerrado por todos los puestos de policía, recoge los presos detenidos durante la noche, y los conduce sea a Newgate, sea a Bath-square o a cualquiera otra cárcel central.

Yo pasé de consiguiente seis horas en el calabozo de la comisaría de Drury Lane.

En ese mismo calabozo se hallaba una pobre mujer en harapos, ya vieja, pero cuyo rostro conservaba vestigios de una rara hermosura.

Cuando entré, me miró al principio con desconfianza, y después con cierta curiosidad.

En fin, su mirada encontró la mía, y sin duda experimentó el encanto misterioso que mi fluido magnético ejerce sobre ciertas personas, pues me dijo en seguida:

--Creo que sois el hombre que busco.

Y como yo la mirase con extrañeza:

--¿Os han preso por algún crímen grave? me preguntó.

--Soy fenian, la respondí brevemente.

La pobre vieja se estremeció, y una viva expresión de alegría iluminó por un momento su rostro.

--¡Ah! exclamó, entonces os conducirán mañana a Newgate.

--Indudablemente.

--No me he equivocado pues al deciros que sois el hombre que buscaba hace tiempo.

Yo continuaba mirándola fijamente, procurando adivinar el sentido de sus palabras.

Ella siguió en tanto diciendo:

--Me llamo Betzy-Justice y soy escocesa.

--Muy bien ¿y qué más? la contesté.

--Hace un mes que me hago prender todas las noches por delito de embriaguez. Y sin embargo, ya podéis comprender que no estoy embriagada...

--Entonces.....

--Pero finjo estarlo. De ese modo me conducen a un puesto de policía, me encierran hasta el día siguiente, y por la mañana me amonesta el comisario y me condena a dos chelines de multa, poniéndome en seguida en libertad.

--Entonces ¿por qué razón, la pregunté, si no estáis embriagada... fingís estarlo?

--¡Toma! ya os lo he dicho, para hacer que me prendan..... y eso hoy en un barrio, mañana en otro. A esta hora he estado ya encerrada en todos los puestos de policía de Londres.

--Pero en fin, ¿por qué razón?

--Porque busco un hombre en quien yo pueda tener confianza, y a quien vayan a encerrar en Newgate.

--¿Y en qué puede serviros ese hombre?

La vieja clavó en mí la vista y pareció reflexionar por algunos instantes.

--Vuestra fisonomía, me dijo, es la de un hombre honrado y bondadoso.--¿Cómo os llamáis?

--El Hombre gris, le respondí.

Al oír este nombre, la buena mujer se levantó sorprendida, y exhaló un grito ahogado.

--¡Ah! exclamó, ¿sois vos al que llaman el Hombre gris?

--Sí.

--¿Y os habéis dejado prender?

--Sí.

--Pero entonces lleváis en ello algún objeto, y saldréis de la prisión cuando os parezca.

--Tal vez.....

--¡Oh! eso es seguro, añadió. Me han hablado mucho de vos, y sé que podéis hacer todo lo que se os antoje.

--Entre tanto, dije sonriéndome, lo seguro por ahora es que voy a Newgate.

--¡Oh! puesto que sois el Hombre gris, prosiguió, puedo decíroslo todo.

--Veamos.

--Mi marido está preso.

--¿En Newgate?

--Sí. Y está condenado a muerte..... y será ahorcado el 17 del mes próximo.

--¿Qué crímen ha cometido?

--Ha matado a un lord.

--¿Por qué razón?

--¡Oh! dijo Betzy-Justice, esa es una historia larga de contar. No tendríamos tiempo para ello. Pero, puesto que vais a Newgate, mi pobre marido os lo dirá todo.

--Sea como queráis. ¿Y en qué puedo serviros?... ¿Deseáis darme algún encargo para él?

--Sí.

--Dádmelo entonces.

--¡Oh! no es una carta. Ya comprendéis que os la cogerían en el registro: es solamente una palabra.

--Decid.

--Ya encontraréis el medio de ver a mi pobre marido en Newgate. Aunque condenado a muerte, sé que le dejan pasearse todos los días en el patio con las demás presos.

--Bien, ¿y qué debo decirle?

--Le diréis solamente estas breves palabras:--«He visto a vuestra mujer Betzy. Morid en paz; tiene en su poder los papeles.»

--¿Y es eso todo?

--Todo, dijo Betzy.

Y bajando la cabeza, lloró silenciosamente, sin curar de enjugar sus lágrimas.

Procuré distraer su dolor y saber algo más; pero por más preguntas que la hice, no logré arrancarle una palabra.

A la mañana siguiente, apenas apuntaba el día, vinieron a buscarme para conducirme a Newgate.

Durante tres días me tuvieron incomunicado, y así me fue imposible el ver desde luego al reo de muerte.

En fin, al cabo de ese tiempo me pusieron en comunicación y dulcificaron el régimen que me habían impuesto, con la esperanza de hacerme entrar en la vía de las revelaciones.

Es verdad también que yo insinué indirectamente que tal vez hablaría si me trataban de una manera menos dura.

Desde ese momento hicieren casi todo lo que yo quería, y pude, como los demás presos, bajar al patio dos veces por día.

La primera vez que me presenté en él, no formé parte de ningún grupo, ni hablé con nadie; pero busqué con la vista al condenado a muerte.

Pronto lo descubrí, paseándose solo en un rincón del patio, con la cabeza inclinada sobre el pecho, y las manos enlazadas con fuertes esposas.

Dirigí mis pasos hacia aquel sitio, aunque sin acercarme a él, y lo examiné con atención.

Era un hombre de cerca de sesenta años.

Pequeño, rechoncho, ancho de espaldas, y con una cabeza enorme sostenida por una cerviz de toro, aquel hombre debía ser de una fuerza extraordinaria.

Su barba era roja, pero su cabeza enteramente cana.

En una de mis vueltas pasé cerca de él, y entonces se fijó en mí por un momento.

Su mirada contrastaba singularmente con el aspecto extraño y casi repugnante de su persona, pues era clara, dulce y leal.

Y sin embargo, aquel hombre había asesinado a otro.

Había teñido sus manos en sangre, pero se adivinaba desde luego que no había matado para robar.

A la mañana siguiente volví a bajar al patio a la misma hora.

El condenado a muerte se encontraba ya allí; siempre aislado, siempre sumido en su mortal tristeza.

Al entrar no emprendí mi paseo como el día anterior, sino me fui derecho a él.

El preso se detuvo bruscamente, y fijó en mí la mirada franca, leal, casi tímida, que me había ya impresionado el día anterior.

--¿Es cierto, como dicen, que habéis asesinado a un lord? le pregunté sin más preámbulos.

--Sí, me respondió.

Y pronunció esta sola palabra con una sencillez que me confirmó en mi opinión.

Aquel hombre había cumplido o creído cumplir un deber.

--¿No sois el marido de Betzy-Justice? le pregunté de nuevo.

Al oír esto se estremeció y me miró con más atención.

--¿Es que la conocéis? dijo en fin.

--Sí, he pasado algunas horas con ella en el puesto de policía de Drury Lane.

--¡Ah! exclamó.

Y me miró de través con aire de desconfianza.

--Y me ha dado un encargo para vos, añadí.

--¿De veras? contestó con un recelo visible.

--Veo que no me conocéis, le repuse.

--¿Quién sois pues?

--Me llaman el Hombre gris.

El preso dio un paso para atrás y me miró con asombro.

--¡Vos! ¿vos? exclamó.

Y su rostro se serenó por completo y perdió su aire de desconfianza.

--Sí, le repliqué, soy el Hombre gris, y Betzy me ha encargado deciros que tiene en su poder los papeles.

El pobre condenado dejó escapar un grito, una exclamación de gozo tal que hubiera podido creerse que yo acababa de traerle su perdón.

--¡Ah! dijo, dominando en fin la emoción que se había apoderado de él, ahora puedo morir tranquilo.

Y fijándose de nuevo en mí, añadió:

--Pero.... puesto que sois el Hombre gris, sin duda estáis aquí por vuestra propia voluntad.

--Tal vez.

--Y podréis salir siempre y cuándo os parezca.....

--Es probable.

El marido de Betzy pareció dudar un momento.

--¡Ah! me dijo por último si yo me atreviera..... porque, aun cuando mi pobre Betzy es una mujer animosa, al cabo es una mujer, y ¿quién sabe si ella sola podrá llevar nuestra empresa a buen fin?

A mi vez yo le miré con extrañeza.

--Será necesario que yo os lo cuente todo, prosiguió. Estoy seguro de que os interesaréis por nosotros.

Y añadió sonriéndose con tristeza:

--Un hombre como vos lo puede todo..... además, yo os legaré mi cuerda y, ya sabéis..... eso os dará buena suerte.

En esto punto de su relato Rocambole se detuvo un momento.

--¡A fe mía! dijo Milon, que hasta había olvidado que estamos aquí presos entre peñascos y con la mitad de Londres sobre los hombros. Seguid, capitán, seguid.

VIII

Rocambole guardó silencio por algunos instantes, y después prosiguió de este modo:

--Aquel día, el condenado a muerte no quiso explicarse más.

--La historia que os voy a contar, me dijo, es demasiado larga, y además va a llegar la hora de volver a mi calabozo. Pero mañana.....

--Mañana, le dije, yo sabré encontrar el medio de pasar algunas horas en vuestra compañía.

--¡Bah! exclamó mirándome con asombro. Pero, en fin, tenéis razón. Eso sería imposible para cualquier otro, pero para vos no hay nada imposible, puesto que sois el Hombre gris.

Y con esto entró en su calabozo, mientras que yo tomaba el camino del mío.

La promesa que acababa de hacerle, procedía de una idea que me había ocurrido durante la conversación.

En el momento en que uno de los carceleros iba a encerrarme, le detuve en la puerta y le dije:

--Hacedme el favor de decir al gobernador que deseo hablarle.

El carcelero cumplió con su comisión, y un cuarto de hora después vi llegar al gobernador a mi calabozo.

Tú has visto a ese buen hombre, y sabes hasta qué punto es cándido.

--¡Oh! la simplicidad en persona! dijo Milon.

--Sir Roberto llegó sonriéndose y acariciándome con la mirada, muy persuadido de que iba a oír grandes revelaciones.

Porque no bastaba a la libre Inglaterra el haber puesto la mano sobre el hombre que parecía ser uno de los jefes del fenianismo y tal vez el más peligroso de todos; lo que más necesitaba sin duda, era penetrar el misterio en que este hombre se envolvía.

--Señor gobernador, dije entonces a sir Roberto, deseo hablar con vos.

--¡Ah! exclamó con tono alegre, ya sabía yo que acabaríais por ser razonable.

--Jamás he cesado de serlo.

--¡Ah! ¿os burláis?...

Hablando así, sin dejar su eterno tono festivo, tomó una de las dos únicas sillas que había en mi calabozo y se sentó a mi lado.

--Veamos, amigo mío, mi querido amigo, me dijo, ¿qué es lo que queréis decirme?

--Mi querido gobernador, le repliqué, ante todo quiero haceros una pregunta.

--Hablad.

--¿Si me condenan a muerte, seré ahorcado?

--¡Ay! mucho lo temo, amigo mío. La horca es el solo género de suplicio usado en Inglaterra.

--Bueno, ¿y juzgáis que seré condenado?

--A menos que no hagáis revelaciones de una importancia tal, que os atraigan la indulgencia de vuestros jueces.....

--Eso es precisamente en lo que pienso.

--¡Ah! ya lo sabía yo! exclamó el buen hombre en el colmo de la alegría.

--Pero antes de decidirme, proseguí sonriéndome, necesito fijar mi atención sobre ciertas cosas.

--¿Cuáles?... Veamos.

--Voy a decíroslo. No es que yo tenga miedo de la muerte.....

--Sin embargo.....

--Sobre todo de la muerte por estrangulación. Hasta he oído decir.....

--¡Ah! sí, dijo el gobernador guiñando el ojo, ya sé... una preocupación vulgar.--Pero no creáis nada de eso, amigo mío, no, mi querido amigo. No hay más que ver el rostro del ajusticiado cuando le quitan el gorro negro: ¡está entumecido, morado... horrible de ver!... ¿Y la lengua?.... ¡Oh! es espantoso!

--¿De veras?

--Tal como tengo el honor de decíroslo, mi querido amigo. Conque así, creedme, confesad, confesadlo todo, empezando por vuestro nombre, el de los otros jefes del fenianismo... en fin todo. Y decid que yo os he convencido, con el objeto.....

--Esperad, esperad, le repliqué.

--Cuanto más latas y más espontáneas sean vuestras revelaciones, mayor será la indulgencia de vuestros jueces.

--Ya sé todo eso; pero os lo repito, no me arredra la muerte por estrangulación.

--Hacéis mal.

--En Francia hay la guillotina, lo que es muy diferente. ¡Oh! esa muerte sí que me aterra!... Allí lo confesaría todo de seguida.

--No se pueden cambiar por vos los usos y costumbres de un país. Pero lo que os afirmo es que la horca es el suplicio más horrible que existe.

--¡Bah!

--Y a propósito, continuó sir Roberto, aquí tenemos en este momento un condenado a muerte.

--Ya lo sé.

--Pero no sabéis qué indecible terror se ha apoderado de su alma.

--Sin embargo, me ha parecido bastante tranquilo.....

--Estáis en un error... ¡Ah! si pasarais solamente dos o tres horas encerrado con él!

--¿Creéis que me trasmitiría su temor?

--Estoy seguro.

--¿Os chanceáis?

--¡Toma! si queréis experimentarlo.....

--¡Eh!... ¡eh! no diré que no: ¡sería cosa curiosa!

--Pues bien, prosiguió sir Roberto Mitchels, para que veáis..... Voy a hacer por vos una cosa inaudita.

--¡Bah!

--Pero que, por otra parte, tengo el derecho de hacer.

--¿Qué es pues?

--Voy a encerraros esta noche mismo con el condenado a muerte.

--¡Ah! ¿queréis ponerme a prueba?

--Precisamente. Y estoy seguro de que mañana me haréis llamar a toda prisa.

--¿Para que?

--Para revelar todo lo que sabéis e implorar la clemencia de vuestros jueces.

--Pues bien, le respondí, si tal es vuestra convicción, hagamos la prueba; no tengo inconveniente.

El buen gobernador se levantó enajenado de gozo.

--Voy a dar las órdenes necesarias, me dijo.

Y me estrechó la mano, llamándome de nuevo su muy querido amigo.

Después de lo cual se fue, no sospechando siquiera el pobre hombre que acababa de ofrecerme espontáneamente lo mismo que yo iba a pedirle.

Aquel día me trajeron, como de costumbre, una comida suculenta y abundante.

El carcelero que me servía, y que no era de ordinario muy hablador, me dijo en esta ocasión con una guiñada significativa:

--Parece que Vuestra Señoría es _excéntrico_.

_Excéntrico_ es un vocablo que encierra por si sólo en Inglaterra, el mayor elogio que se puede hacer de un Inglés de pura raza. Todo es permitido al que sabe merecer ese nombre.

--Un poco, le respondí.

--¿Vuestra Señoría tiene el capricho de dormir esta noche con el condenado a muerte?

--Sí, amigo mío.

--Sir Roberto Mitchels, nuestro digno gobernador, prosiguió el carcelero, me ha dado sus órdenes al efecto.

--¡Ah! muy bien!

--Y si Vuestra Señoría lo permite, voy a conducirlo adonde se halla el reo.

Yo hice un signo de cabeza afirmativo, y el carcelero, tan simple y cándido como su jefe, me sacó de mi calabozo, que estaba situado en el primer piso, me guió hasta el piso bajo, y abrió delante de mí la puerta del calabozo donde estaba encerrado el marido de Betzy-Justice.

Al ruido que hicimos al entrar, el infeliz se levantó sobresaltado.

Yo le hice una seña con disimulo, recomendándole el silencio, y él me respondió con otra, indicando que había comprendido.