La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam
Part 16
--Yo trabajo en un cuartito pequeño que da al gabinete de Mr. Simouns.
--¡Ah!
--Y cuando la puerta está entreabierta..... naturalmente, y sin que yo ponga nada de mi parte, oigo todo lo que allí se habla.
--¡Ah! ya! repuso Tom.
--Ayer habéis venido a consultar a Mr. Simouns.
--En efecto.
--Y... ¿qué queréis? he oído toda vuestra conversación.
Tom sintió despertarse en su espíritu un sentimiento de desconfianza.
--¿No es pues Mr. Simouns quien os envía? preguntó.
--Esperad, dijo Cokeries, dejadme ir hasta el fin, Mr. Tom.
--Bien, veamos.....
--Hace veinte años que trabajo, prosiguió Edward Cokeries, veinte años que me ocupo de materias contenciosas y, aunque simple pasante de procurador, he hecho algunas economías. Mi sueño dorado sería comprar el oficio de Mr. Simouns, que es muy rico y desea retirarse: pero me faltan 3,000 libras esterlinas, lo que no es una pequeña suma.
--Pues si habéis contado conmigo, dijo Tom sonriéndose tristemente, os habéis engañado de medio a medio.
--No tanto como lo suponéis, Mr. Tom.
El pasante había tomado, al hablar así, un aire tan misterioso, que Tom lo miró con más atención.
--Ya os he dicho, prosiguió Edward Cokeries, que tengo algunas economías.
--Muy bien, ¿y qué?
--Poseo hoy algo así... como de 10 a 12,000 libras esterlinas, y no tendría inconveniente en ponerlas a disposición de Lord William.
--¿De veras? exclamó Tom.
--Tanto más, prosiguió el pasante, que conociendo profundamente, como conozco, las leyes del país, me comprometo a encargarme de ese pleito y estoy seguro de antemano de ganarlo.
--¿Es posible?
--Ayer mismo, dudaba aún en venir a veros, pero he tomado mi partido, y aquí me tenéis.
Tom no cabía en sí de gozo.
--Yo soy quien os ha escrito.......
--¿La carta anónima?
--Sí.
--Entonces, ¿es bien cierto que el teniente Percy está en Perth?
--Ciertísimo. Y en todo caso, no tenéis más que preguntarlo.
--Es cosa hecha. Me han contestado de Perth en ese sentido.
--¿Y vais a partir?
--En este instante.
--Pero, ¿qué dinero lleváis con vos?
--Doscientas libras.
--No es bastante.
--¿Qué queréis? dijo Tom cándidamente, llevo todo lo que poseo.
--Pues bien, dijo el pasante sacando una cartera, es necesario hacer bien las cosas y no dar golpes en vago. Voy a daros un billete de mil libras. Solamente..... al hacer este adelanto, pongo una condición.
--Decid.
--Ganado el pleito, quiero cincuenta mil libras.
--Las tendréis, dijo Tom.
Y tomó el billete, que el otro había extraído de su cartera.
--Ahora, Mr. Tom, dijo Edward Cokeries, id a Perth y traed al teniente Percy, yo respondo de todo.
Lord William, mudo de sorpresa, había asistido al fin de esta conversación.
--Y decidme, preguntó Tom al pasante, ¿debo escribiros al llegar a Perth?
--Es absolutamente inútil.
Y dicho esto, el extraño personaje saludó profundamente y tomó en seguida la puerta.
--¡Ah! mi querido amo! dijo Tom enternecido, ya veis que la hora del triunfo no está lejos!
--¿Quién sabe? dijo lord William con aire de duda.
Tom corrió inmediatamente al ferrocarril, y tomó el tren de Edimburgo.
Serían a la sazón las ocho de la noche.
Entró en un vagón de primera clase,--pues no había otros, siendo aquel el tren correo,--y a poco vino a sentarse a su lado un gentleman que llegaba en el momento de partir.
Aquel gentleman tenía un aire de franqueza y honradez que cautivaba a primera vista.
Entraron pues en conversación, y no habían andado muchas millas, cuando ya reinaba entre ellos cierta confianza.
El gentleman se puso a fumar, y ofreció un cigarro a su compañero de viaje.
Tom lo aceptó sin inconveniente.
Fumó algunos minutos, y no tardó en caer en un sueño profundo.
XLV
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXXI
El cigarro que aquel gentleman había dado a Tom estaba sin duda impregnado de un narcótico muy activo, pues el pobre escocés durmió con un sueño de plomo durante muchas horas.
Cuando volvió en sí, se encontró en una oscuridad completa.
Quiso moverse, y se sintió agarrotado.
Le habían atado fuertemente las piernas y ligado las manos a la espalda.
Como no oía ningún ruido, dedujo de ello que el tren había cesado de marchar.
Pero bien pronto, como sus ojos empezaban a acostumbrarse a la oscuridad, reconoció que no se hallaba en el vagón del ferrocarril donde se había quedado dormido.
¿Dónde estaba pues?
Deseando darse cuenta de su situación y salir de ella a toda costa, se puso a gritar con todas sus fuerzas.
Pero nadie le respondió.
Entonces hizo un esfuerzo para levantarse, pero impedido por sus ligaduras, volvió a caer por tierra.
Se hallaba sobre un suelo húmedo y resbaladizo, el de un calabozo sin duda; pero lo que le parecía singular es que aquel suelo era de tablas.
Tom reflexionó algunos momentos, y acabó por adivinar una parte de la verdad.
Había caído en un lazo hábilmente tramado, y las personas que se habían apoderado de él no tenían otro objeto que separarlo de lord William.
Tom era un hombre enérgico.
En los momentos más críticos de su existencia jamás había perdido su presencia de ánimo, y sabía considerar fríamente el peligro sin arredrarse ante él.
Cesó pues de gritar, y cayó en una meditación profunda.
A poco, a fuerza de mirar en el espacio tenebroso que le rodeaba, le pareció descubrir una débil vislumbre, que aparecía y desaparecía por intervalos desiguales.
Aquella dudosa claridad, pasaba probablemente por una estrecha hendedura.
Pero de pronto, la luz se extinguió por completo, y en el mismo instante le pareció sentir una oscilación ligera.
Tom se volvió, acostándose sobre la espalda, y procuró palpar con sus manos ligadas el suelo donde estaba extendido; y poco tardó en convencerse de que se hallaba, como lo había creído al principio, sobre un suelo de madera, o al menos sobre un entarimado.
Al mismo tiempo sintió un fuerte olor de brea, y volvió a experimentar las mismas oscilaciones con mucha más violencia.
No había pues lugar a la duda. Tom comprendió entonces que se hallaba encerrado en la sentina de un buque, y no en un calabozo, como lo había creído antes.
Así se pasaron algunos minutos.
Poco después se dejaron oír algunos pasos en el piso superior, la luz apareció de nuevo, numerosas pisadas se sucedieron a las primeras, luego ruido de voces, y las oscilaciones continuaron con más fuerza.
En fin otro ruido más caracterizado, vino a revelarle del todo su situación: el ruido de la respiración jadeante de una máquina de vapor que se pone en movimiento.
A él se mezcló bien pronto el de la rotación de una hélice, y el fragor del agua agitada con esfuerzo.
Tom se hallaba, pues, a bordo de un buque de vapor.
¿Cómo se había operado este cambio, y de que manera habían podido trasportarlo desde el ferrocarril donde en mal hora se quedara dormido?
¿Adónde se dirigía aquel buque?
Esto es lo que Tom no podía adivinar.
Tampoco podía comprender en qué manos había caído, y sin embargo el nombre de lord Evandale le vino instintivamente a los labios.
Entonces se puso a gritar de nuevo y con más fuerza; pero fue inútil, pues nadie acudió a este llamamiento.
El buque acababa sin duda de levar el ancla, y los marineros y toda la tripulación se hallaban ocupados en la maniobra de partida, y no pensaban en él en aquel momento.
La máquina hacía un ruido infernal y la hélice precipitaba sus rotaciones.
Pero Tom seguía gritando sin desalentarse.
En fin, los pasos que ya había oído, resonaron de nuevo sobre su cabeza.
A poco se abrió una escotilla, una luz vivísima hirió la vista de Tom al salir de pronto de la oscuridad, y un hombre asomó en seguida la cabeza.
Aquel hombre llevaba un sombrero embreado y un chaquetón azul.
--¡Eh! individuo! ¿eres tú quien hace todo ese escándalo? dijo mirando a Tom.
--¿Dónde estoy? preguntó este. ¿Por qué me han atado como a un malhechor?
El marinero se echó a reír.
--Anda a preguntarlo al capitán, ¡mala ralea! dijo. Yo no sé más que una cosa.....
--¿Qué? pregunto Tom con ansiedad.
--Nada; que si vuelves a gritar, vas a llevar la cuerda..... ¿Me entiendes?--Ya estás avisado.
Tom supo dominarse, y no cedió a la cólera que le ahogaba.
--Amigo mío, respondió con dulzura, no hay necesidad de castigo: me callaré, puesto que así me lo mandan.
--¡Así me gusta! eso es lo que se llama ser razonable! dijo el marinero ablandándose a su vez.
--Pero, vamos, prosiguió Tom, ¿no podríais al menos decirme dónde estoy?
--¡Toma! en la sentina del barco.
--¿En qué barco?
--A bordo del _Regente_, steamer transatlántico.
--¿Y adónde vamos?
--A América.
--Pero en fin, añadió Tom, ¿por qué estoy aquí?
--Eso es lo que no sé.
Y al decir esto se retiró el marinero.
Algunas horas después volvió a aparecer, trayendo algún alimento para Tom y un poco de vino; y bajando a la sentina, le desató las manos a fin de que el desgraciado pudiera comer.
Tom estaba desesperado.
El buque marchaba a todo vapor y se alejaba velozmente de las costas inglesas.
El día se pasó así, luego la noche, después otro día por entero.....
Dos veces en cada veinte y cuatro horas, el mismo marinero traía de comer a Tom, le desataba las manos, y así que acababa su frugal comida, volvía a atarlo de nuevo.
En fin, al cabo de tres días, el marinero, al llegar como de costumbre, le dijo:
--Tengo nuevas órdenes del capitán.
--¡Ah! exclamó Tom.
--El capitán juzga inútil el dejarte por más tiempo en este sitio.
--¿De veras?
--Sí, y me ha dado órden de desatarte y de conducirte sobre cubierta.
Ya no hay riesgo en hacerlo.
--¿Qué queréis decir? preguntó Tom.
--¡Bah! es necesario ser un topo para no comprenderlo! dijo el marinero. Estamos ya a cien leguas de las costas de Inglaterra, y no hay miedo de que puedas escaparte a nado.
--¡Ah! repuso sencillamente Tom.
Y se dejó desatar de pies y manos sin añadir una palabra, recobrando al fin la completa libertad de sus movimientos.
El marinero lo condujo sobre cubierta.
Tom reflexionaba en tanto y se decía para sí:
--Me hallo a bordo de un buque del Estado. El capitán es un oficial de marina y debe ser un cumplido caballero. Voy a dirigirme a él. Es imposible que no me escuche y que, al escucharme, no acabe por reconocer que soy víctima de un error o más probablemente de una intriga criminal. Y en ese caso me hará volver a Inglaterra con el primer buque que encontremos.
Y Tom, firme ya en este propósito, esperó una ocasión propicia para hablar con el capitán.
Los hombres de la tripulación lo miraban con extrañeza, y ninguno le dirigía la palabra.
En fin, algunas horas después, y cuando empezaba a caer la tarde, el capitán se presentó en el entrepuente.
Tom se fue derecho a él y le saludó con respeto.
Pero a las primeras palabras que dijo, el capitán le interrumpió y repuso secamente:
--No tengo explicaciones que daros. He recibido órdenes terminantes respecto a vos, y las ejecuto. Es cuanto tengo que deciros.
Y le volvió la espalda.
Tom no se desalentó con esta respuesta, e intentó un nuevo paso dirigiéndose al segundo.
Pero este le recibió peor todavía.
Aquel oficial no se dignó escucharlo y le dijo con dureza:
--Si os quejáis, os hago poner un grillete y encerrar de nuevo.
Entonces el pobre Tom bajó la cabeza y se retiró diciendo para sus adentros:
--Está bien: veo que no puedo contar sino conmigo mismo.
Y con la calma imperturbable que caracteriza a los Ingleses, no habló más palabra con nadie, y esperó una ocasión para recobrar su libertad.
Esta ocasión se hizo esperar muchos días; pero al fin se presentó, como va a verse, probando que el honrado escocés había tenido razón para no desesperar de su estrella.
XLVI
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM
XXXII
El _Regente_, gran steamer transatlántico de la marina real inglesa, llevaba el derrotero de Buenos Ayres.
A los quince días de una travesía feliz, dando la vuelta por toda la costa O. de España, entró en las aguas de África, y dio vista al elevado pico de Tenerife.
El sol había bajado al horizonte envuelto en una aureola de púrpura, y el cielo iba extendiendo su manto azul, oscureciendo la vasta extensión del Océano.
Sin embargo hacia el S. O. corrían amontonándose algunas nubes parduscas, y el viento había refrescado de pronto al ponerse el sol.
El capitán, que era un viejo marino, después de haber dirigido sucesivamente su anteojo hacia los cuatro puntos cardinales, había arrugado algún tanto el ceño; pero no dijo sin embargo una palabra.
Tom iba de un lado a otro con indiferencia: parecía enteramente resignado con su suerte, y a esto había debido el que le permitieran a bordo una completa libertad.
Podía pasearse a toda hora sobre cubierta, y hasta le toleraban el que hablase con los marineros.
Tom no se quejaba ya, ni pedía que le dejasen desembarcar o pasar a otro buque para volver a su país; pero observaba cuidadosamente todo lo que ocurría a su rededor, y exploraba sin cesar el horizonte, esperando siempre ver asomar alguna vela.
La actitud preocupada del capitán, no escapó pues aquel día a su mirada investigadora.
Al mismo tiempo no apartaba la vista del elevado pico que se alzaba majestuoso en el horizonte.
Al cerrar la noche, el capitán dio la órden de parar la máquina y poner a la capa.
Tom se estremeció de alegría.
El viento fue cayendo poco a poco; el mar se levantaba por grados, las olas se coronaban de espuma, y las nubes iban avanzando en grupos cerrados y amenazadores.
--Vamos a tener un famoso chubasco, murmuraban los marineros.
En fin, la noche cerró por completo, y con la noche vino la tempestad.
Una tempestad terrible, espantosa.
El steamer iba de un lado a otro a la ventura, ya en la cima de las encrespadas olas, ya en los hondos abismos que se abrían en el Océano.
Y al mismo tiempo aumentaba la oscuridad.
Tom sabía que la isla de Tenerife se hallaba a lo más a dos leguas de distancia.
En fin, en el momento en que la tempestad estaba en su mayor fuerza, y cuando toda la tripulación ocupada en la maniobra, obedecía como un solo hombre a la voz tonante del capitán, y mientras que los mástiles se plegaban y crujían a la fuerza del viento; una voz dominó todos estos ruidos gritando:
--¡Un hombre al mar!
¿Aquel hombre había caído al agua por accidente, había sido arrebatado por una ola, o es que voluntariamente se arrojara al mar?
Nadie hubiera podido decirlo en aquel momento.
Además, ¿quién era aquel hombre?
¿Era un marinero o un pasajero?
Ni siquiera pensaron en averiguarlo.
Sólo a la mañana siguiente, cuando apareció el día, se fue sosegando la tempestad, y el capitán pudo hacerse cargo de las averías del buque; fue cuando vinieron a decirle que el hombre que había caído al mar era Tom.
El capitán se encogió de hombros.
--El pobre diablo ha querido escaparse, dijo, pero estábamos muy lejos de la costa, y se habrá ahogado.
Y yendo a su camarote, escribió en el libro de bordo:
«Esta noche pasada, en medio de una borrasca bastante fuerte, el nombrado Tom, a quien yo conducía a América, de órden y por cuenta de la Misión evangélica, cuya dirección reside en Londres, ha sido arrebatado de cubierta por una ola, y se ha ahogado.»
Después de esto, el vapor continuó su camino.
El capitán se engañaba. Tom no se había ahogado: Tom era un diestro y vigoroso nadador.
El intrépido Escocés fue por largo tiempo juguete de las olas. Tan pronto levantado por ellas a considerable altura, tan pronto sumido en abismos inconmensurables, había a pesar de ello nadado sin descanso, hasta que tuvo la fortuna de encontrar un trozo de mastelero, procedente de las averías del buque.
Aquel madero flotante fue su tabla de salvación.
Al tropezar con él lo asió fuertemente, y poniéndoselo bajo el pecho, siguió nadando con más seguridad, sino con menos fatiga, y a fuerza de constancia, logró al fin tocar tierra, cuando ya se abandonaba al mar sin aliento.
El compañero de viaje que le había ofrecido un cigarro en el vagón a su salida de Londres, y las personas que se habían apoderado de él aletargado para trasportarlo a bordo del _Regente_, habían omitido un ligero detalle.
Por olvido o indiferencia, le habían dejado el cinturón de cuero en donde el Escocés guardaba su fortuna; aquel mismo cinturón que no tentara tampoco la codicia de los salvajes de la Oceanía.
De consiguiente, Tom tenía dinero.
Al salir el sol, lo encontró desmayado en la playa, a un tiro de ballesta de la pequeña ciudad de Laguna.
Un pescador que venía a retirar sus redes, destrozadas por la tempestad, le prodigó sus cuidados y lo volvió a la vida.
Tom contó, al recobrar sus sentidos, que iba como pasajero en el vapor británico el _Regente_, y que una ola le había arrastrado de la cubierta, en la tempestad de la noche anterior.
El pescador lo condujo a Laguna y le dio hospitalidad.
Así como Santa Cruz, la capital de la isla, Laguna posee muchos Ingleses.
Tom se hizo conducir a casa del Cónsul, refirió su pretendido accidente, y pidió una autorización para ser trasportado a Inglaterra.
Para esto le fue necesario esperar que pasase un buque con este destino.
En fin, al cabo de ocho días, un bergantín dinamarqués hizo escala en Santa Cruz.
Aquel bergantín se dirigía al mar del Norte y debía tocar en Newcastle, lo que convenía perfectamente a Tom, pues quería ir a Escocia antes de volver a Londres.
La travesía duró cerca de un mes.
Pero ya había escrito desde Tenerife dos cartas: una a su mujer Betzy, y otra a lord William.
En ellas contaba todo lo que le había sucedido, y les aconsejaba que dejasen la casa de Adam street, que se ocultasen en cualquier otro barrio apartado de Londres, y que no determinasen ni hiciesen nada antes de su vuelta.
Al mismo tiempo les rogaba que le contestasen a Perth, al apartado del correo.
En toda su desastrosa aventura, Tom no había adivinado más que una parte de la verdad.
Estaba en la convicción de que el pasante Edward Cokeries había obrado de buena fe, y creía aún que el amigo que le había escrito de Perth, confirmándole la existencia del teniente Percy era en efecto sir John Murphy, a quien había tratado en otro tiempo.
La asechanza de que había sido víctima, la atribuía a lord Evandale.
Tom desembarcó pues en Escocia, y no se detuvo un momento hasta llegar a Perth.
Su primer cuidado, antes de aposentarse, fue ir a la oficina de correos, donde esperaba encontrar cartas de lord William o de Betzy.
Pero ni uno ni otro le habían escrito.
Entonces corrió en seguida al domicilio del antiguo chalán Murphy; y allí supo, con un asombro difícil de definir, que aquel hombre había dejado a Perth hacía muchos años.
De consiguiente no era él quien le había escrito.
Tom no se desalentó sin embargo.
Sin pensar siquiera en descansar, se puso en seguida en busca del teniente Percy.
Pero todas sus diligencias fueron inútiles.
En ninguno de los barrios de Perth habían oído jamás hablar de aquel hombre ni nadie le había visto.
Entonces recordó Tom, aunque tarde, la incredulidad que manifestara lord William cuando le enseñó el billete anónimo que le indicaba la residencia del teniente Percy en Perth; y reconoció en fin que había obrado a la ligera.
El pobre servidor, humillado y confundido, tomó pues el camino de Londres.
Al llegar a la capital, corrió en seguida a Adam street.
Pero allí lo esperaba una nueva y dolorosa sorpresa.
Lord William y su familia habían desaparecido hacía un mes.
Betzy había partido tras ellos.
¿Adónde habían ido?
Nadie pudo decírselo.
Tom calculó entonces el tiempo trascurrido, y vio que había cerca de tres meses que saliera de Londres.
Pero ya hemos visto que nuestro digno escocés no se desalentaba nunca completamente.
--¡Yo los encontraré! se dijo con resolución.
Y se puso en seguida a la obra.
XLVII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXXIII
Tom había llegado a Londres de noche.
A aquella hora, las casas de banca y los escritorios de comercio, así como los gabinetes y oficinas de abogados y procuradores, estaban cerrados.
Así el pobre Tom, aunque devorado de impaciencia, tuvo que esperar al día siguiente.
Aquel día, apenas habían sonado las nueve de la mañana, se hallaba ya en el gabinete de mister Simouns.
El solícitor abrió desmesuradamente los ojos al escucharlo.
--Jamás he tenido ningún pasante llamado Edward Cokeries, le dijo.
--¡Es posible! exclamó el cándido Tom.
--Y en cuanto a lord William y a vuestra mujer, ni siquiera he oído hablar de ellos.
Por lo demás, todo lo que acabáis de contarme, es menos extraordinario de lo que creéis.
Y como al oír estas palabras, se quedase Tom mirándolo estupefacto, Mr. Simouns añadió:
--Debíais haber escuchado mi consejo. Estoy seguro que hubiéramos llegado a una transacción con lord Evandale.
--Pero, ¿quién sabe, exclamó Tom, si a esta hora el miserable no habrá hecho asesinar a su hermano?
--No es probable.
--Sin embargo.......
--¿No decís que lord William, su esposa y sus hijos han desaparecido?
--Sí, respondió Tom.
--¿Y vuestra mujer también?
--Igualmente.
--Pues bien, ya veis que no se asesinan así como quiera cinco personas.
--¿Qué ha sido de ellos entonces?
Mr. Simouns tuvo lástima de la desesperación del pobre escocés.
--Escuchad, le dijo; yo tengo por costumbre el no ocuparme sino de los asuntos de mi profesión: sin embargo, hay tal acento de verdad en vuestras palabras, y estoy ahora tan convencido de que lord William vive, que me decido a tomar mano en vuestra causa y la suya.
No me explicaré más por el momento, pero venid esta tarde, y ya veremos.......
Tom se fue más consolado, y pasó todo el día errando por las calles de Londres, buscando a la ventura y gastando su tiempo inútilmente.
Buscar en Londres una persona que ha desaparecido, es, según el dicho vulgar, como querer hallar una aguja en un montón de paja.
Así anduvo de un lado a otro hasta las seis de la tarde, hora en que tomó la vuelta de la City y se dirigió a la calle de Pater-Noster.
Todos los escribientes se habían ya ido, pero Mr. Simouns esperaba a Tom.
--¿No habéis encontrado nada? le dijo.
--¡Ay! no señor, respondió Tom.
--Entonces yo he sido más dichoso.
Tom lanzó una exclamación de alegría.
--¡Oh, no os alegréis tan pronto, mi pobre Tom! dijo el solícitor.
--¡Pues qué!..... por acaso..... ¿han muerto?
--No, pero han sido víctimas de una maquinación infernal. ¿Sabéis dónde se halla lord William?
--¡Decid!... ¡decid! preguntó con ansiedad el pobre Tom.
--Está en Bedlam.
--¿En un hospital de locos?
--Sí, amigo mío.
Tom levantó las manos al cielo con aire desesperado.
Mr. Simouns añadió:
--Tenemos en Londres un _detective_ muy hábil que se llama Rogers. Algunas veces he empleado a ese hombre con éxito, y estaba seguro de antemano que dirigiéndome a él, llegaría a saber el paradero de lord William y su familia, así como de vuestra mujer.
De consiguiente hice venir a Rogers esta mañana, apenas me dejasteis.
El agente de policía conocía perfectamente el asunto de que le hablaba, y así no me dejó acabar.
--Ese negocio, me dijo, me ha pasado por las manos. No quise encargarme de él, pero puedo deciros todo lo que ha ocurrido sobre el particular.
Y he aquí lo que Rogers me ha contado, prosiguió Mr. Simouns:
Al día siguiente de vuestra partida de Londres, lord William recibió un telegrama firmado por vos.
--¿Por mí? exclamó Tom.
--Un despacho falso, ya lo comprendéis.
--¡Ah!
--En él decíais a lord William: «He encontrado a Percy.--Cokeries irá a veros. Haced lo que os diga.»
Aquel mismo día, Cokeries se presentó a él.
Hizo redactar a lord William, bajo su dictado, un largo pedimento muy difuso, sembrado acá y allá de frases incoherentes, simulando fórmulas judiciales.
Y hecho esto, se comprometió a entregarlo él mismo al fiscal del tribunal supremo.
Dos días después, lord William recibió una carta vuestra.
--¡Pero si yo no he escrito una palabra! exclamó Tom.
--Ya sé que no habéis escrito, pero han imitado vuestra letra de manera a engañar al más experto.
--¿Y qué me hacían decir en esa carta?