La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam
Part 15
--¿Quiere ser lord?
--Sí.
--¿Y entrar en la posesión plena y entera de su fortuna?
--Ciertamente.
--Entonces sois vos quien estáis loco, Mr. Tom, y vuestro amo más que vos, dijo el solícitor.
--¡Oh! caballero!...
--Y voy a probároslo, prosiguió Mr. Simouns. Un hombre solamente, ya os lo he dicho, el teniente de presidio Percy, podría dar un testimonio digno de fe.
--Yo encontraré a ese hombre, ¡os lo juro! dijo Tom.
--Pero, me obligáis a repetirlo, ese hombre se guardará muy bien de decir la verdad.
--¡Oh! se le obligará....
--Y aun cuando lo hiciese, continuó Mr. Simouns, eso no nos haría adelantar gran cosa.
--¿Por qué?
--Por la sencilla razón de que el testimonio de un guarda de la chusma, es decir, de un hombre que ocupa una posición tan baja en la escala social, no inspira sino una mediana confianza; y os lo repito, añadió Mr. Simouns, ese hombre es el único que podría en rigor alguna cosa.
--Yo lo encontraré, dijo de nuevo Tom.
--Ahora, prosiguió diciendo el solícitor, suponiendo que logréis encontrar al teniente Percy y que este consienta en hablar, creéis buenamente que todo está hecho, ¿no es verdad?
--¡Toma! se me figura.......
--Estáis en un error.
--¿Cómo? exclamó Tom.
--El procurador general no se mezclará en el negocio. Lord Evandale es par del reino, tiene asiento en la Cámara alta, y es necesario, para perseguirlo, obtener una autorización del Parlamento. ¿Consentirá en ello la Cámara? Es poco probable.
En ese caso, no os quedará otra acción contra lord Evandale que el recurso de un pleito.
Y ya lo sabéis, Mr. Tom, los pleitos cuestan mucho en Inglaterra. Por lo que a mí hace, añadió Mr. Simouns, no me encargaría de emprender ese, sin que se me depositase al menos una caución de diez mil libras.
--¡Diez mil libras! exclamó Tom.
--Lo menos.
--¡Es exagerado!
--No lo creáis, repuso Mr. Simouns: y aun así, no sabré deciros si entraré en mis desembolsos.
--Pero... ¡es inconcebible, que se necesite tanto dinero para obtener justicia y adquirir uno lo que le pertenece! exclamó Tom.
--No digo que no, pero así es.
--Pero entonces....
--Entonces vuestro amo hará bien en resignarse y en adoptar el partido que le queda.
--¿Qué partido?
--El de una transacción.
--¡Jamás! repuso el leal servidor de lord William.
--Como os plazca, dijo Mr. Simouns. Solamente, no echéis en saco roto mis consejos..... tomad vuestras precauciones.......
Tom se quedó mirándolo.
--Lord Evandale, prosiguió Mr. Simouns, se halla en una situación que considero como inexpugnable.
--¿Y qué? preguntó Tom.
--Si todo lo que me habéis dicho es verdad, es un hombre poco escrupuloso.
--Así es.
--Y si tratáis de dar un escándalo, no creo que retroceda ante un nuevo crímen.....
--¡Oh! hay justicia en Inglaterra! exclamó Tom.
Mr. Simouns se encogió de hombros.
Tom dijo entonces levantándose:
--Veo con dolor que me había hecho una ilusión al contar con vuestro apoyo.
--No me juzguéis a la ligera, Mr. Tom, respondió el solícitor; siempre y cuando queráis, me encontraréis a vuestra disposición y a la de lord William, para obligar a lord Evandale a una transacción.
--No queremos transacción de ninguna especie, dijo Tom con altivez. A Dios, Mr. Simouns.
--Hasta la vista, Mr. Tom.
Y el solícitor se levantó a su vez y acompañó a Tom hasta la puerta del gabinete.
--Ya nos volveremos a ver, le dijo.
--No lo creo, caballero.
--Y yo estoy seguro.
Tom tomó la puerta precipitadamente, bajó por Pater-Noster, luego por Sermon-Lane, y llegó a orillas del Támesis.
Ya allí, se embarcó en el _penny-boat_ de Sprinfields, y pasó a la opuesta márgen, a la entrada del Borough.
Y en fin, al desembarcar en la orilla derecha del río, se dirigió a pie hacia una calle que conocen muy bien nuestros lectores, esto es, a Adam-street.
En esta calle era donde vivía Betzy, la mujer de Tom, y en la misma casa donde este había aposentado a lord William, con su esposa y sus hijos, a su vuelta de Australia.
Tom llegó allí desesperado.
En vez de entrar primero en el cuarto de lord William, se fue derecho a la habitación de su mujer.
--¿Y bien? le preguntó esta.
Tom movió la cabeza con desaliento.
--Esas gentes del foro no tienen entrañas, dijo.
Y le contó el resultado de su entrevista con Mr. Simouns.
--Ese hombre tiene razón hasta cierto punto, dijo Betzy; pero yo he concebido otras esperanzas.
--¡Veamos! exclamó Tom con ansiedad.
--Hace poco, prosiguió Betzy con cierto misterio, he salido un instante para ir al mercado.
--Bien, dijo Tom.
--Y al volver, me he cruzado en la calle con una mujer que venía a pie, cubierta con un velo espeso, y que parecía buscar alguna cosa.
--¿Y esa mujer?.....
--Tiene el aspecto y el modo de andar de miss Anna.
--¿De lady Pembleton?
--Sí.
Tom se estremeció de pies a cabeza.
--Y no estoy lejos de creer, añadió Betzy, que lo que busca es el medio de ver a lord William.
Y diciendo esto, Betzy se aproximó a la ventana y miró a la calle.
Pero casi al mismo tiempo se volvió de repente y exclamó:
--¡Calla!... por aquí vuelve..... ¡mira!
Tom se acercó vivamente a la ventana y miró a su vez a la calle.
XLII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXVIII
Tom dirigió la vista hacia el punto que le indicaba Betzy.
Veíase allí en efecto una mujer que parecía errar a la ventura, y que con la cabeza levantada iba examinando todas las casas.
--Sí, dijo Tom, ella es: no te habías engañado.
De pronto aquella mujer pareció decidirse, atravesó la calle, y entró resueltamente en el estrecho portal de la casa.
Entonces Tom dijo a su mujer:
--Espérame, voy a salir a su encuentro.
Y se precipitó por la escalera.
La mujer que subía con paso ligero y Tom que bajaba precipitadamente la escalera, se encontraron en el descanso del segundo piso.
--¿Milady? dijo Tom en voz baja.
Lady Pembleton,--pues era en efecto ella,--se levantó vivamente el velo.
--Os buscaba, dijo.
Y echó temblando una mirada a su rededor, como avergonzada de haber penetrado en aquel casucho miserable.
Pero sobreponiéndose y haciendo un esfuerzo, se asió al brazo de Tom y le dijo por lo bajo:
--He venido sin que lo sepa lord Evandale.
--¡Ah! exclamó Tom.
--Quisiera ver de nuevo a... la persona que decís ser lord William.
--Aquí vive, repuso Tom.
--¿En esta casa?...
--Mirad, esa es la puerta de su cuarto.
--¿Y..... está..... solo?
--No, señora, dijo Tom; está con su mujer y con sus hijos.
--¿Sus hijos?..... ¿su mujer?.....
Lady Pembleton dijo estas palabras con un acento extraño.
Pero en fin, la emoción que se había apoderado de ella, pareció calmarse súbitamente.
--Deseo verlo a solas, dijo.
--En ese caso, respondió Tom, podéis subir a mi cuarto, que está en el piso superior. Betzy y yo saldremos, y en seguida os enviaré a milord.
Lady Pembleton se arrepentía ya seguramente del paso que daba, y hubiera dado algo por poderse alejar de allí.
Pero era demasiado tarde.
Tom la ofreció el brazo y la ayudó a subir, y en seguida corrió a avisar a lord William.
Este se conmovió en extremo al saber que lady Pembleton venía a verlo, y una idea consoladora pasó por su imaginación.
--El otro día no ha podido conocerme, se dijo, pero hoy es seguro que me reconocerá.
Sus fuerzas flaqueaban cuando penetró en el aposento donde le esperaba su antigua prometida.
Tom hizo una seña a su mujer y ambos salieron del cuarto.
Lady Pembleton había permanecido en pie y con el velo echado sobre el rostro; pero apenas salieron Tom y Betzy, lo levantó y dio un paso hacia lord William.
Ambos se quedaron fijos y se contemplaron un momento en silencio.
Ni uno ni otro se atrevían a hablar.
En fin lady Pembleton hizo un supremo esfuerzo y dijo a media voz:
--He querido, caballero, volver a veros, por razones que comprenderéis bien pronto.
--¡Ah! veo que me reconocéis, milady, dijo lord William.
Ella no respondió a esta aserción y añadió:
--Estamos solos aquí, ¿no es verdad, caballero?
--Absolutamente solos.
--¿Nadie puede oírnos?
--Nadie.
--He querido volveros a ver, prosiguió la joven lady, para ponerme enteramente a vuestro servicio.
--¡Ah! exclamó lord William estremeciéndose.
--Caballero, continuó lady Pembleton, yo he visto a lord William muerto, sin que quedara en mi espíritu la menor duda; y sin embargo vos me decís que existe.
--Soy yo, milady; y al verme, habéis debido convenceros.
--Sea, admitamos que es así.
--¿Qué queréis decir, milady?
--Perdonad, dijo esta humildemente, os suplico que me escuchéis hasta el fin.
--Hablad.
--Os he creído muerto, y Dios sabe cuánto he sufrido y cuánto os he llorado.
Y al decir esto, sus ojos se arrasaron en lágrimas.
--Os he llorado, prosiguió, y durante muchos meses, he rehusado hasta oír hablar de otra unión, pues quería vivir y morir llevando el duelo de mi primer amor. Pero mi padre me perseguía sin descanso, lord Evandale me amaba...... y al fin fatigada, vencida..... bajé la cabeza y obedecí a mi padre.
--¿Y luego? dijo lord William.
--Después, acabé por amar al hombre con quien me había casado sólo por sumisión....... fui madre, y era ya la más dichosa de las mujeres..... cuando os habéis aparecido a mis ojos..... ¡vos, a quien creía muerto!--Vuestra aparición ha trastornado completamente mi dicha, y..... aquí me tenéis completamente a vuestra merced, caballero. Vengo pues a suplicaros rendidamente que no causéis escándalo, que no turbéis la paz de que gozo y, en una palabra, que no empeñéis una lucha inútil e insensata.
--Pero, milady, dijo lord William, vuestro esposo me ha despojado infamemente.
--Ambos estamos dispuestos a hacer un sacrificio.
--¿Qué decís? preguntó lord William con altivez.
--Os será muy difícil, si no imposible, el probar que lord William no ha muerto.
--¡Oh! yo lo probaré, dijo lord William.
--Entonces, a vuestra vez despojaréis a vuestro hermano, y cubriréis de oprobio el nombre de Pembleton.
--Si tales son vuestras ideas, milady, dijo lord William con amargura, ¿a qué habéis venido aquí?
--A proponeros una transacción.
--Veamos.
--Dejaréis inmediatamente a Londres, volveréis a Australia, conservaréis el nombre de Walter Bruce, que es ahora fatal e inflexiblemente el vuestro.....
--¿Y qué me daréis en cambio? preguntó lord William con ironía.
--Todo el oro que queráis.
Lord William se sonrió amargamente.
--Lo que me pedís es imposible, dijo.
Esta respuesta glacial no desconcertó a lady Pembleton.
--¿Qué exigís pues? preguntó.
--Oídme a vuestra vez, milady.
La joven esperó con ansiedad.
--Tanto como vos, tengo empeño en conservar intacto el nombre de mi familia..... el honor de la casa Pembleton. Por eso, por eso solo, desciendo también a proponer una transacción, pero que difiere esencialmente de la vuestra.
--Veamos, dijo lady Evandale.
--Un hombre cuya identidad no ha quedado establecida, sir Jorge, mi tío, conocido en otro tiempo bajo el nombre de Nizam, ha sido, como ya debéis saber, la causa primera de todas mis desgracias. ¿Por qué no haríamos de él el único culpable?
--No os comprendo, dijo la joven lady.
--¿Por qué sir Evandale, mi hermano, no reconocería públicamente que ha sido engañado por ese hombre, autor de la sustitución?
--¿Y después?
--¿Por qué no me reconocería en fin, en vez de negar pérfidamente que soy su hermano. Dividiríamos entre ambos la fortuna, y él conservaría el título de lord: ¿qué me importa? Lo único que quiero es mi nombre de Pembleton.
--Lo que pedís es absolutamente imposible, caballero.
--¡Ah! ¿lo creéis así?
--Sí, dijo lady Pembleton sordamente. El derecho de primogenitura existe en Inglaterra.
Lord William hizo un gesto de cólera.
--¡Basta, milady! dijo: no podemos entendernos.
--¿No decís, caballero, repuso lady Pembleton con acento glacial, que sois lord William?
--Demasiado lo sabéis, dijo este con indignación.
--Pues bien, es necesario probarlo.
--Lo probaré, milady.
--Entonces, dijo ella, ese día, lord Evandale os devolverá vuestros títulos y vuestra fortuna.
Y dio un paso para retirarse.
Lord William hizo un gesto para detenerla.
Pero ella abrió la puerta y volviéndose, le dijo:
--Si fuerais verdaderamente William, el noble y digno joven que me amaba, y a quien yo he amado tanto, hubierais tenido conmigo otro lenguaje.--A Dios, caballero, no nos volveremos a ver sino delante de la justicia.
Y salió con la frente erguida y con paso majestuoso.
Lord William lanzó un gemido y se dejó caer anonadado en una silla.
--¡Oh! miserable corazón humano! exclamó. ¡He ahí la mujer que me amaba por mí solo....... y que despreciaba las riquezas!
XLIII
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXIX
En la tarde de aquel mismo día, tres personas se hallaban reunidas en el palacio Pembleton, y celebraban un consejo de familia.
Aquellas tres personas eran lord Evandale, lady Pembleton su esposa, y sir Archibaldo, padre de esta.
Sir Archibaldo no era ya el magnífico personaje, afectuoso y cortés que hemos conocido al principio de esta historia.
Hay hombres favorecidos por la fortuna, a quienes la prosperidad hace mejores, y otros, por el contrario, en quienes despierta todos los malos instintos.
Sir Archibaldo era de estos últimos.
De origen oscuro, y pobre en sus primeros años, había hecho, como sabemos, una gran fortuna en la India.
Satisfecha por esta parte su ambición, se volvió a Inglaterra; pero desde que instaló en ella sus penates, no tuvo ya otra idea ni otro objeto, que el de entroncar en una gran familia, casando a su hija con un alto personaje.
Lord William había sido el primer blanco de sus intrigas.
Luego, muerto para él lord William, había pensado en lord Evandale.
El relato que lady Pembleton hiciera a su antiguo prometido, era verdadero en todos sus puntos.
Lo había llorado en efecto largo tiempo, y resistido cuanto pudo a las observaciones y órdenes de su padre.
Pero al fin había sido necesario ceder, y se había casado con lord Pembleton.
Después, poco a poco llegó a amar a su marido, y el nacimiento de sus hijos la había hecho olvidar al infortunado lord William, al que, por otra parte, creía efectivamente muerto.
Tres años después, el deportado Walter Bruce, logró,--como sin duda el lector lo recuerda,--interesar en su suerte al gobernador de la colonia de Aukland.
Este había escrito a Inglaterra.
Lord Evandale se hallaba a la sazón ausente de Londres, y fue de consiguiente lady Pembleton quien recibió la famosa carta que le revelaba la existencia de lord William.
Este fue un golpe terrible para ella.
Se echó en brazos de su padre, consultándole en el extraño caso en que se hallaba, y sir Archibaldo, a quien no parecía impresionar en extremo esta noticia, la dijo con una completa calma:
--Lord William ha muerto, hija mía, y el hombre que ha hecho escribir esa misiva es un impostor. Pero de todos modos, reflexionad en lo que voy a deciros: aun dado el caso de que lord William viva, debe haber muerto para vos.
--Pero.....
--Nada, no hay que vacilar en este punto. Sois lady Evandale Pembleton, y el hermano mayor de vuestro esposo no puede, no debe existir.
Lord Evandale, al volver a Londres y al tomar conocimiento de la carta, empezó por gritar y por indignarse.
Sin embargo lady Pembleton acabó por arrancarle la confesión de su crímen.
Lord Evandale lo confesó todo, pero añadiendo que si había suprimido a su hermano, no había tenido parte en ello la ambición, sino su ardiente amor hacia miss Anna.
Esto bastó para que lady Pembleton perdonase a su esposo, y la joven amante y cándida de otros días, se convirtió, bajo el doble influjo de su padre y de su marido, en la altiva y fría gran señora que acabamos de ver entrar furtivamente en la miserable casa de lord William.
Aquella tarde, pues, sir Archibaldo y lord Evandale, que esperaban a lady Pembleton con impaciencia, la salieron al encuentro al verla llegar, y, antes de que hablase, la abrumaron de preguntas.
--¿Está verdaderamente desconocido? dijo sir Archibaldo.
--Tanto, respondió lady Pembleton, que hubiera pasado mil veces junto a él sin conocerlo.
--¿Y acepta nuestras proposiciones? preguntó lord Evandale.
--No; no hay con él transacción posible.
Sir Archibaldo se sonrió con desdén.
--¡Bah! exclamó, será un pleito escandaloso, pero saldremos de él con honor.
--Empezando, añadió lord Evandale, porque, para sostener un pleito semejante, se necesita mucho dinero.
--Y no solamente no lo tiene, dijo lady Pembleton, sino que me ha parecido hallarse en la más profunda miseria.
--Sin embargo es necesario tomar un partido, dijo sir Archibaldo.
--¿Y cuál?
--Es necesario que ese hombre salga de Londres.
--¿Cómo obligarlo?
--No lo sé; pero ya encontraremos un medio.......
Aquí fue interrumpido sir Archibaldo por la entrada de un lacayo que presentó, en una bandejilla de plata, una tarjeta de visita a lord Evandale.
El joven lord tomó la tarjeta y leyó:
EL REVERENDO PATTERSON.
--¿A qué vendrá a verme ese sacerdote?
--Milord, respondió el lacayo, esa persona insiste mucho en ver a Vuestra Señoría.
--Hacedle entrar, dijo lord Evandale.
Pocos minutos después, el reverendo Patterson se presentó en el gabinete.
Era en efecto el mismo pastor evangélico que ya conocemos: el hombre flemático y frío, el sacerdote fanático e implacable con quien el Hombre gris había sostenido una lucha tenaz y sin tregua, y que perseguía tan cruelmente al clero católico de Londres.
El reverendo Patterson entró, saludó a lord Evandale, y viendo que sir Archibaldo y su hija iban a retirarse, se interpuso cortésmente y les dijo:
--¡Oh! podéis permanecer, milady, y vos también, caballero. Es hasta necesario que asistáis a la conferencia que se digna acordarme milord.
Lord Evandale contemplaba al reverendo Patterson con curiosidad.
--Hablad, caballero, le dijo.
--Milord, prosiguió el pastor protestante, soy el jefe de la Misión evangélica de la Nueva Inglaterra.......
--¡Ah! exclamó lord Evandale.
--Los apóstoles que van a llevar la luz de la fe a los salvajes de la Nueva Caledonia y de la Nueva Zelanda.
--Muy bien, dijo lord Evandale, conozco esa digna institución.
--Entonces, ya sabéis, milord, prosiguió el reverendo Patterson, que una obra semejante no podría llevarse a cabo sin hacer inmensos sacrificios; y por rica que sea hoy la asociación que presido, tiene sin embargo necesidad del concurso de los fieles.
Lord Evandale se engañó sobre el sentido de estas palabras.
--Comprendo perfectamente, mi reverendo, le respondió; venís a pedirme que contribuya para vuestra obra. Nada más agradable para mí: podéis inscribirme por quinientas libras esterlinas.
El reverendo se sonrió con cierta afectación.
--Quinientas libras, dijo, sería mucho para otro que vos, milord.
--Entonces, inscribidme por mil.
--¡Oh! milord, cuando sepáis el servicio que vengo a prestaros.....
Lord Evandale sintió apoderarse de su espíritu una aprehensión extraña.
--¿Qué queréis decir? preguntó.
--Ya sabéis, milord, repuso el reverendo, que la obra que presido tiene misioneros en todas partes.
--Bien, pero.....
--Tenemos en Aukland.
--¿Y qué?
--Y uno de ellos se halla de vuelta en Inglaterra.
--Pero permitidme, ¿en qué puede eso interesarme?
--En que ese misionero ha conocido mucho a un antiguo deportado que se llama Walter Bruce.
Lord Evandale palideció y guardó silencio por algunos instantes.
Lady Pembleton y su padre se miraron con inquietud.
--¿De veras? dijo en fin lord Evandale.
--Y aun puedo añadir que ese Walter Bruce se halla hoy en Londres.
--¡Ah!
--Y que según parece...... pretende llamarse lord William Pembleton.
--¡Ese hombre es un impostor! exclamó lord Evandale.
--Tal es mi opinión, dijo fríamente el reverendo Patterson.
Y mirando fijamente a lord Evandale, acompañó estas palabras con cierta sonrisa, que hubiera podido traducirse así:
--Sé perfectamente a qué atenerme sobre el particular, y haríais bien, por vuestro propio interés, en jugar conmigo a cartas descubiertas.
Lord Evandale comprendió aquella sonrisa y esperó.
El reverendo hizo una breve pausa, y añadió con gravedad:
--Que sea ese hombre lord William o no, la verdad es que puede ocasionaros grandes embarazos.
--¡Bah! exclamó con desprecio lord Evandale.
--Sí, milord, puede ocasionaros embarazos, y yo puedo evitároslos.
--¡Ah! ¿de veras?
--Si es que llegamos a entendernos.
--Hablad, dijo lord Evandale.
XLIV
DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.
XXX
¿Qué se habló en este conciliábulo entre el reverendo Patterson, sir Archibaldo, y lord y lady Pembleton?
Nadie ha podido saberlo de positivo.
Pero en la mañana que se sucedió a este día, Tom recibió un billete singular.
Un billete sin firma, concebido en estos términos:
* * *
«Una persona que no puede darse a conocer, pero que conoce la adhesión sin límites que le une a lord W...... previene a Tom que el antiguo teniente de presidio Percy se halla retirado en Escocia, y habita Perth, su ciudad natal.
»Percy vive miserablemente de una corta pensión de retiro, que le ha concedido el gobierno de S. M. la reina.
»Hoy se halla casi ciego, y vive con su hija que lo sostiene con su trabajo.
»No será necesario mucho dinero para decidirlo a hablar.»
* * *
Tom llevó este billete a lord William.
El joven lord lo leyó y frunció el entrecejo.
--Amigo mío, dijo, temo una asechanza. No vayas a Perth.
--¿Una asechanza? exclamó Tom admirado.
--Yo he observado con atención a miss Anna durante nuestra entrevista, prosiguió lord William, me ha reconocido perfectamente.....
--¡Ah!
--Y no solamente esa mujer no me ama ya, sino que lo sabe todo y se ha hecho cómplice de su marido. Ha venido a verme con el solo objeto de hacerme partir de Londres. Me he resistido a ello, y... las hostilidades comienzan.
--Pero, ¿con qué objeto pretenden hacerme ir a Perth, sino debo hallar allí al teniente Percy?
--Con el objeto de separarnos.
--Tal vez tenéis razón, dijo Tom. En vez de ir allá, voy a escribir.
Tom tenía algunas relaciones en Perth: entre otras personas, conocía a un antiguo chalán, con quien había andado en tratos en otro tiempo para renovar las caballerizas de Pembleton.
Pensó pues en él, y se fue en seguida a una oficina de telégrafos y le envió el despacho siguiente:
«Mi antiguo amigo:
»Perth es una ciudad tan pequeña, que todo el mundo debe conocerse en ella.
»Así, no os será difícil averiguar si se encuentra un teniente de presidio retirado, llamado Percy.
»Me haréis en ello un gran favor.
»Respuesta pagada.
»TOM,
»_Antiguo mayordomo de lord Pembleton_.
»17. Adam street, Spithfields, Londres.»
Hecho esto, Tom esperó.
Hacia la tarde, llegó la respuesta, que decía lacónicamente:
«Mi querido Mr. Tom:
»El teniente Percy vive efectivamente en Perth, pero está gravemente enfermo.
»Vuestro afectísimo servidor,
»John MURPHY, esq.»
Tom fue a enseñar este despacho a lord William.
Este reflexionó algunos instantes, y al fin le dijo:
--Por poco dinero que se necesite para decidir a Percy a decir la verdad, es preciso tenerlo sin embargo, y nuestros recursos.....
--Me quedan cien libras, repuso Tom.
--No es bastante.
--Iré a Perth sin embargo, milord; tengo allí algunos amigos, y no me será difícil encontrar dinero, respondió el fiel escocés.
Y fue inmediatamente a hacer sus preparativos de viaje.
Pero no había pasado una hora, cuando se presentó un desconocido en Adam street, y solicitó hablarle.
Este hombre era pequeño de cuerpo, ya viejo, rigurosamente vestido de negro, y toda su persona respiraba el perfume desagradable de las gentes de curia.
Saludó a Tom profundamente y le dijo con tono melifluo:
--Debo empezar por deciros, caballero, que me llamo Edward Cokeries, vuestro humilde y rendido servidor.
--Yo lo soy vuestro, señor mío, respondió Tom, pero debo confesaros ingenuamente que no tengo el honor de conoceros.
--Soy uno de los oficiales de mister Simouns, el solícitor de Pater-Noster street.
--¡Ah! eso es diferente, dijo Tom.
Y pensó para sí que Mr. Simouns habría reflexionado acaso, y encontrado tal vez el medio de volver a lord William su nombre y su fortuna.
Edward Cokeries prosiguió: