La cuerda del ahorcado Últimas aventuras de Rocambole: I El Loco de Bedlam

Part 14

Chapter 144,036 wordsPublic domain

--Miss Anna.

La frente de lord William se nublaba al oír esto, y solía responder:

--No, yo no amo a miss Anna, ni ella me ha amado jamás. Estoy en la convicción de que también sería inútil esa prueba.

Tom parecía darse por vencido y no añadía una palabra.

Pero al día siguiente volvía a la carga, aunque siempre con el mismo resultado que la víspera.

En fin, un acontecimiento inesperado vino a darle la victoria.

En Australia, las fortunas se hacen rápidamente, y se deshacen a veces con más rapidez aún.

El antiguo mundo ha creado allí un pueblo enteramente nuevo: un pueblo compuesto de aventureros y de criminales arrepentidos que han sufrido ya su condena.

Todos ellos buscan con ansia su camino, tienen prisa de crearse una posición, y así la actividad humana no tiene allí límites.

Primero presidiario, luego deportado y al fin libre, el hombre trabaja allí en las minas y hace una rápida fortuna; o bien toma el oficio de pastor, y por poco activo e inteligente que sea, salva bien pronto la línea de demarcación que separa al trabajador del propietario, o el pastor asalariado del rico ganadero.

Pero la fortuna de este último es excesivamente incierta y se halla sometida a súbitos y terribles trastornos.

El día menos pensado, el ganadero se ha acostado rico y tranquilo. Posee en sus pastos cien mil cabezas de ganado, y tiene diez y ocho leguas cuadradas de país que ha escogido por dominio, pues la Inglaterra concede la posesión del suelo a todo aquel que ha sabido conquistarlo.

Al día siguiente se despierta arruinado.

¿Cómo se ha operado este fenómeno?

La Australia está infestada de negros fugitivos que han huido de las colonias, donde eran esclavos, y que viven del robo, del pillaje y del incendio en esta isla que es grande como un continente.

La autoridad ha debido tomar medidas contra ellos y hasta se han creado varios regimientos de negros sometidos, que llaman la _milicia negra_.

Esta tropa se ha hecho muy temible y presta grandes servicios sin duda, pero es impotente sin embargo para proteger a los colonos del interior.

Los negros cimarrones, como llaman a los fugitivos, se contentan por lo general con robar algunos ganados.

Pero si creen tener queja grave o gran perjuicio de un colono o ganadero, entonces organizan contra él una verdadera expedición.

Una noche la habitación se encuentra cercada.

Estas están defendidas en general por altos muros que rodea un foso profundo: contienen una guarnición de ciento cincuenta o doscientos servidores, entre criados, gañanes y pastores, todos ellos adictos a su amo; y hay además una jauría de perros enormes y medio salvajes, que guardan los patios y las puertas de los establos y caballerizas.

Pero los negros llegan en multitud tan crecida, que a veces se cuentan por miles.

Y si la hacienda se encuentra aislada, lejos de toda habitación, y no llegan prontos socorros, el colono está perdido.

Los negros le harán a veces gracia de la vida, pero pegarán fuego a su habitación y dependencias, arrasarán los árboles, y matarán todo el ganado que no puedan llevarse.

Entonces el desgraciado colono tendrá que empezar a construir de nuevo el edificio de su precaria fortuna.

La tierra, en Australia, no tiene valor sino por los brazos que la cultivan y los rebaños que pastan su yerba salada.

Una vez dispersos los cultivadores y ganaderos, el colono queda reducido a la indigencia.

Tales desgracias son harto frecuentes hacia el interior, y Walter Bruce no debía verse libre de ella.

Y sin embargo, siempre había vivido en buena inteligencia con los negros cimarrones.

Cuando rondaban alrededor de su hacienda, solía enviarles pan, carne y aguardiente; y los negros respetaban sus ganados, y hasta le llamaban el _buen blanco_.

Pero una aventura amorosa vino a destruir en un momento todas estas buenas disposiciones.

Sucedió, pues, que el jefe de una de las hordas más temibles de esos bandidos, llamado Kukuren, se enamoró de una joven mulata que servía como criada en la hacienda.

La solicitó subrepticiamente por algún tiempo, y al cabo se atrevió a venir a pedirla en matrimonio a Mr. Bruce.

El joven colono le escuchó con su natural bondad y le respondió:

--Dirígete a ella. Si quiere seguirte, no me opondré a su voluntad.

El jefe lo hizo así, pero la mulata, que tenía horror de los negros cimarrones, le negó resueltamente su mano.

Kukuren juró vengarse.

Pocos días después, en medio de una noche oscura, penetró en la habitación escalando los muros, y llegando hasta el cuarto de la criada, la arrebató de su lecho y trató de huir con ella.

Pero la mulata se defendió arrojando gritos desesperados.

Uno de los pastores del colono cogió una escopeta, se asomó a una ventana, y viendo a un negro que huía, le apuntó e hizo fuego.

El negro cayó mortalmente herido.

Y como aquel negro era Kukuren, el jefe poderoso de una horda numerosa y temible, Mr. Bruce comprendió que estaba perdido.

En efecto, a la noche siguiente, la habitación fue atacada por una innumerable multitud de aquellos forajidos, a quienes los colonos de Australia han apellidado los demonios negros.

Aquello fue un sitio y una batalla.

Mr. Bruce resistió el ataque y se defendió valerosamente.

Pero sus servidores cayeron uno a uno, heridos por las flechas emponzoñadas de los negros.

Al mismo tiempo, muchos de ellos pusieron fuego a la habitación.

Atrincherado con su mujer, sus hijos y algunos de sus criados, Mr. Bruce se defendía aún con el heroísmo de la desesperación, cuando llegó la _milicia negra_.

La horda de Kukuren tomó entonces la fuga, y Mr. Bruce pudo así salvarse con toda su familia.

Pero en cambio estaba completamente arruinado.

Tom había conservado el famoso cinturón que los caníbales no pensaron en quitarle, y gracias a esta feliz casualidad, poseía aún setecientas u ochocientas libras esterlinas.

Esto era más de lo que necesitaban para volver a Europa.

Tom creyó entonces llegado el momento de dar el último golpe, y mirando a su amo, le dijo con acento de triunfo:

--¡Ah! lo que es ahora no dudo que consentiréis en volver a vuestro rango y reconquistar vuestro nombre!

--¡Ay! respondió suspirando Mr. Bruce, si yo fuera solo, puedes estar seguro de que permanecería aquí y que trataría de reconstituir mi fortuna; pero tengo mujer e hijos, y me espanta por ellos la miseria.

--¡En fin! exclamó Tom.

* * *

Un mes después, Walter Bruce, su esposa, sus dos hijos y Tom, se embarcaban en Melbourne, aprovechando la salida de un buque que hacía vela para Inglaterra.

Ocho días antes, Tom había escrito a Betzy:

--Al fin lo he decidido a partir. Dentro de seis meses, lord William llegará conmigo a Londres.

Y Tom dejó la Australia con el corazón henchido de esperanza, mientras que Walter Bruce vertía lágrimas en silencio, pensando en aquella habitación perdida en las praderas del noroeste, bajo cuyo techo había vivido tanto tiempo feliz.

XXXIX

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXV

Dejemos ahora trascurrir algún tiempo, y volvamos a nuestra vez a Londres.

Nos hallamos en medio del verano.

Es decir durante el estío, que es lo que llaman los Ingleses la _estación_.

La ciudad de Londres, tan triste y brumosa en invierno, tiene también sus días de esplendor, que la inundan de sol y de aire puro.

Entonces las cúpulas de sus iglesias y la cima de sus edificios reverberan la luz en mil cambiantes; sus calles ostentan una animación y alegría insólitas, y sus parques y sus squares se ven llenos de una compacta multitud que parece dichosa y contenta de la vida.

Hyde-Park, sobre todo, presenta en semejantes días un espectáculo soberbio.

Los coches, los jinetes y las personas de todas clases que recorren a pie sus frondosas alamedas, se cruzan, mezclan y confunden en todos sentidos.

Mucho después de ponerse el sol, Hyde-Park está aún lleno de gente. Acá y allá, tiernos amantes recitando por lo bajo la eterna cantinela del primer amor; niños revoltosos jugando a orillas de la Serpentina; ancianos rejuvenecidos por el sol, y jóvenes lánguidas y novelescas soñando con el cielo de Italia y con las lontananzas azules que baña el Mediterráneo.

Y toda esa variada multitud va y viene, circula, y aspira con placer la brisa de la tarde que reemplaza el ardiente calor del día. Todos parecen dichosos.

Son las ocho de la noche: empieza la hora del crepúsculo, y un rayo de luz se desliza aún por entre el sombrío follaje de los añosos árboles.

Una joven bella y elegante, llevando a un niño por la mano, y seguida de dos lacayos, se pasea por la margen izquierda del riachuelo.

Esta joven es la que hemos conocido en otro tiempo con el nombre de miss Anna, y que se llama hoy lady Evandale Pembleton.

El niño que lleva por la mano es su hijo.

Erguida y majestuosa, sigue lentamente su paseo, pero hace algunos instantes parece recelosa e inquieta.

Y es que ha notado que hace algunos instantes un hombre la sigue a cierta distancia.

¿Quién era aquel hombre?

Lady Pembleton lo ignora.

O al menos no ha podido verlo bastante cerca para poder fijar su opinión.

Sin embargo su aspecto y su traje son los de un gentleman.

Además, ha observado que su cabeza es enteramente cana.

Pero su obstinación en seguir a la joven, ha acabado por inspirarla temor.

Iba a tomar pues por una alameda más concurrida, cuando el gentleman pareció de repente adoptar una resolución, y adelantándose a los dos lacayos, se aproximó a lady Pembleton con el sombrero en la mano.

Lady Pembleton hizo al principio un gesto de temor; pero el gentleman se apresuró a decirla:

--Milady, ¿no me reconocéis?

Lady Pembleton dejó escapar una exclamación de sorpresa.

--¡Tom! dijo, ¿es posible?

--Sí, milady.

--Yo os creía muerto.

--Pues ya lo veis, milady, estoy vivo, y bien vivo, repuso Tom.

Lady Pembleton lo contemplaba con una especie de estupor.

Tom continuó:

--Milady, acabo de llegar de Australia.

--¡Ah! ¿de veras? exclamó la joven.

--Y he venido expresamente para veros.

--¿A mí?

--A vos, milady.

--Así, no es la casualidad la que nos hace encontrarnos.....

--No, milady; hace ocho días que ando vagando por los alrededores de vuestro palacio.

--¿Y por qué no habéis entrado?

--Porque quería veros a solas, milady.

--¡Ah!

Y lady Pembleton pareció de nuevo inquieta.

--Milady, prosiguió Tom, nadie debe oír lo que tengo que deciros.

--Me espantáis con vuestro tono misterioso, amigo Tom.

--Es absolutamente necesario que os hable por algunos minutos, milady.

--Pues bien, Tom, seguid a mi lado y hablad. Estamos casi solos en este momento y nadie puede oírnos.

--Tengo un secreto que confiaros, milady.

--¡Un secreto!

--Un secreto que hace algunos años os hubiera colmado de alegría.

--¡Ah!

--Y que ahora va a llenar vuestro corazón de una dolorosa tristeza.

--¡Me espantáis, Tom!

--Milady, prosiguió este, ya os lo he dicho, llego de Australia.

--¿Y qué?

--Allí he encontrado a un hombre que se acordaba de vos... que pensaba en vos con frecuencia.

--No os comprendo. ¿Quién puede pensar en mí en Australia?... preguntó lady Pembleton impasible.

--Un hombre que se llama Walter Bruce.

--Ese nombre me es desconocido, Tom.

--Es posible, milady; pero antes de llevar ese nombre, tenía otro.

--¿Cuál?

--Se llamaba lord William Pembleton.

Lady Pembleton dejó escapar un grito.

Luego, mirando a Tom con estupor:

--¿Estáis loco? le dijo.

--No, milady, gozo de toda mi razón.

--Sin embargo, sabéis muy bien que lord William ha muerto.

--Lo he creído como vos, milady.

--Y yo lo he visto sin vida, Tom.

--No es a lord William a quien habéis visto muerto, milady.

--¿A quién pues?

--A un presidiario llamado Walter Bruce.

--¡Ah! mi pobre Tom! dijo entonces lady Pembleton, veo claramente que el dolor que habéis sentido por la muerte de vuestro noble amo os ha trastornado el cerebro.

--No, milady, yo no tengo trastornado el cerebro; no, no estoy loco.

--Sin embargo.....

--Os lo suplico, milady; dignaos escucharme hasta el fin.

Lady Pembleton pudo apenas reprimir un gesto de impaciencia.

En seguida echó una mirada en su rededor y vio que estaban solos.

Los dos lacayos, viendo que su noble señora hablaba familiarmente con aquel gentleman, se mantenían a respetuosa distancia.

--Sea, dijo en fin, hablad.

--Milady, os lo repito, dijo el antiguo mayordomo, lord William no ha muerto.

Lady Pembleton no respondió.

--¡Oh! prosiguió Tom, ya me creeréis cuando lo sepáis todo.

Y en seguida contó a lady Pembleton todo lo que sabía, todo lo que había visto y todo lo que había hecho.

Sin embargo, lady Pembleton le escuchaba con aire de incredulidad.

--¡Ah! exclamó Tom al concluir con acento de triunfo, cuando lo hayáis visto, será fuerza que me creáis.

--¿Cuándo lo haya visto, decís?

--Sí, milady.

--Pues qué, ¿no está en Australia?

--Ha venido conmigo a Londres.

Lady Pembleton palideció y no pudo ocultar su turbación.

--¡En Londres! exclamó, ¿ese hombre está en Londres?

--Ese hombre que habéis amado.... y que habéis llorado.

--¿Y llegaré a verlo?

--Sí, llegaréis a verlo, milady.

Hablando así, se aproximaban en este momento a una vuelta de la alameda, donde forma un codo el riachuelo, dando origen a otra avenida.

En aquella vuelta había un banco colocado contra un sauce que lo cubría con su sombra; y en aquel banco estaba sentado un hombre, joven aún, pero cuyo rostro conservaba las huellas de largos sufrimientos.

Al ver aproximarse a lady Pembleton, aquel hombre se levantó vivamente.

--¡Miss Anna! exclamó.

Lady Pembleton se estremeció y fijó en él la vista.

--¡Ahí le tenéis! dijo Tom.

La joven lady dio algunos pasos más y contempló fríamente a Walter Bruce.

Y después, volviéndose a Tom, dijo con acento glacial:

--En efecto, amigo mío, este hombre se parece vagamente a lord William, pero no es él. Lord William ha muerto.

Walter Bruce exhaló un grito de dolor y huyó como un insensato.

--¡Oh! ¿por qué he vivido hasta hoy? decía al alejarse, ¡Ya sabía yo que no me reconocería!

XL

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXVI

En la _City_, cerca de San Pablo, hay una calle que llaman _Pater-Noster street_.

Esta calle es la de los libreros.

Pero estos útiles industriales no forman sin embargo, como podría creerse, la totalidad de sus habitantes.

Hay allí un poco de todo: muchos libreros, es verdad, pero avecinando con artesanos y negociantes, con propietarios de poca monta, y con humildes empleados de comercio.

Hasta se encuentra en Pater-Noster, y por más señas en el número 17, lo que se llama en Inglaterra un _solícitor_.

El _solícitor_, en Londres, es lo que podríamos llamar un procurador-abogado.

Como procurador judicial, hace las diligencias de un pleito, y como abogado lo defiende.

Así el solícitor gana mucho dinero.

En primer lugar se hace pagar muy caro,--y en segundo eterniza los pleitos.

De este modo el litigante que entra rico en su gabinete, sale al fin las más veces arruinado.

Pero en cambio tiene la ventaja de haber ganado su pleito.

Como decíamos pues, existía en Londres por esta época, y en el número 17 de la calle de Pater-Noster, un solícitor famoso.

Este solícitor era conocido con el nombre de Mister Simouns.

Era un hombre de gran talento y toda la curia inglesa le rendía pleito homenaje.

Cada una de sus palabras valía por lo menos una guinea, pero tenía el raro mérito, en su cualidad de solícitor, de conducir los negocios al paso de carga. Los pleitos no se eternizaban en sus manos.

Mister Simouns era un hombre joven aún.

Alto, un poco obeso, con algunos raros cabellos sobre las sienes, y el cráneo enteramente desnudo, el rostro adornado con dos magníficas patillas, los labios delgados, ojos claros y azules, tez rosada, y un gracioso hoyuelo en la barba.....

Tal era mister Simouns.

Su aspecto era majestuoso, pero reflejaba a la vez una bondad natural y una franqueza, que no dejaba de atraerle partidarios.

En una ocasión se había atraído sin quererlo el sufragio de sus conciudadanos, que intentaron enviarlo a la Cámara de los comunes; pero mister Simouns rehusó este honor.

--No soy bastante rico aún, había dicho, para consagrar mi tiempo a los negocios públicos.

Mr. Simouns, como hemos indicado, conducía a veces un pleito con una rapidez extraordinaria. Los ecos del tribunal de Drury-Lane conservaban por largo tiempo los sonidos armoniosos de su elocuencia, a la vez patética y violenta.

Este célebre solícitor acababa de defender a un Irlandés comprometido en las últimas intentonas del fenianismo, y lo había hecho absolver.

Y lo que había conmovido sobre todo y encantado al pueblo de Londres, era que el pobre Irlandés no tenía una blanca en el bolsillo, y que Mr. Simouns lo había defendido de balde.

Es verdad también que Mr. Simouns, como buen inglés, sabía lo que se hacía llamando la atención sobre su persona.

Ahora bien, una mañana, Mr. Simouns llegaba como de costumbre a Pater-Noster.

En Londres, todo hombre de negocios, comerciante, notario o abogado, que ha adquirido una regular fortuna, tiene su despacho o gabinete en una calle populosa y central, pero vive con su familia en el campo.

A alguna distancia de la capital o al menos a dos o tres leguas del centro, habita por lo común en una linda casita rodeada de jardines, lejos de la mortífera atmósfera de Londres.

Mr. Simouns llegaba pues a su gabinete de Pater-Noster a las once de la mañana, y se volvía al campo a la hora de comer.

En la mañana de que hablamos, acababa de llegar como de costumbre, bajaba de su coche e iba a penetrar en el portal estrecho, oscuro y húmedo que conducía a su oficina, cuando un hombre, que parecía estarlo esperando hacía ya tiempo, dio un paso hacia él y le dijo con cortesía:

--Dispensadme, mister Simouns.

Aquel hombre estaba decentemente vestido.

Mr. Simouns se volvió, lo miró atentamente, y se quedó como dudando por un instante.

Su mirada parecía decir:

--Me parece que conozco a este prójimo. ¿Dónde diablos lo he visto?

--Veo que no os acordáis de mí, mister Simouns, dijo aquel hombre.

--En efecto..... y sin embargo..... me parece...

--Hace cerca de diez años que no nos hemos visto.

--¡Oh! entonces.......

El desconocido no le dejó acabar y prosiguió:

--Yo era ya un cliente de vuestro gabinete, cuando erais aún oficial mayor.

--¿De veras? exclamó Mr. Simouns.

--Yo era mayordomo de lord Pembleton y me llamo Tom. Venía aquí con frecuencia cuando os ocupabais de los negocios de mi noble amo.

--¡Ah! muy bien, dijo Mr. Simouns, me acuerdo ahora perfectamente. Sí, sí, ahora recuerdo vuestra fisonomía.

--Pues bien, Mr. Simouns, vengo a veros, y desearía hablaros de un negocio de gravísima importancia.

--En ese caso, subid a mi gabinete.

Y Mr. Simouns entró delante de Tom que le siguió de cerca.

El antiguo mayordomo de Pembleton no volvió a pronunciar una palabra, hasta que se halló instalado en el gabinete particular del solícitor.

--¿Seguís sirviendo siempre a la noble familia Pembleton? le preguntó entonces Mr. Simouns.

--Sí y no, respondió Tom.

Mr. Simouns se quedó mirándolo.

--He dejado el servicio de sir Evandale, pero continúo al lado de lord William.

Como era tan notorio en el Reino Unido que lord William había muerto y que sir Evandale había sucedido a su hermano, Mr. Simouns se quedó mirando fijamente a Tom, creyendo que se hallaba con un loco.

Pero Tom hablaba con convicción, y no había el menor indicio de locura ni en su mirada, ni en su actitud ni en la inflexión de su voz.

--Dispensadme, dijo Mr. Simouns, es necesario que os expliquéis con más claridad, amigo mío.

--Eso es lo que voy a hacer, si es que os dignáis escucharme.

--Bien, hablad.

El solícitor es un hombre paciente por costumbre y por deber de profesión. Positivo ante todo, sabe que en el relato más desordenado y más oscuro de un cliente, hay siempre un punto claro que puede ser útil a la defensa, y que las mejores causas no son muchas veces las más fáciles de explicar.

--Mr. Simouns, dijo entonces Tom, el honorable Mr. Goldery, vuestro predecesor, era muy adicto a lord Evandale Pembleton, el padre de lord William. Era sobre todo un hombre muy honrado, Mr. Goldery.

--Y yo me jacto de ser tan honrado como él, repuso Mr. Simouns con calma.

--Estoy persuadido de ello, prosiguió Tom, y por eso he venido a consultaros.

--Está muy bien, os escucho, repitió Mr. Simouns.

Un jurisperito es una especie de confesor; debe decírsele todo y él debe saber oírlo todo.

Tom no pasó nada en silencio.

Contó detalladamente la historia de sir Jorge Pembleton, y el crímen abominable de que se había hecho culpable.

Ese crímen, como ya sabemos, había dado por consecuencia el nacimiento de sir Evandale.

Tom refirió pues todo lo que había pasado: los temores de lady Evelina, la infancia de lord William y de su hermano sir Evandale, en fin el drama misterioso y terrible que había tenido lugar en New-Pembleton, y que había dado por resultado la sustitución del cadáver del presidiario Walter Bruce a lord William aletargado.

Y luego que hubo concluido, se quedó mirando en silencio a Mr. Simouns.

Este no tardó en contestarle.

--Todo lo que acabáis de decirme, repuso, es verdad sin duda, pero al mismo tiempo extremadamente inverosímil. Ahora, admitiendo que yo doy entera fe a ese relato, ¿en qué puedo serviros?

--Podéis sostener las pretensiones de lord William.

--¿Qué pretensiones?

Y Mr. Simouns se sonrió de modo que hizo estremecerse a Tom.

--Paréceme sin embargo, dijo el pobre mayordomo, que es cosa muy sencilla. Lord William no ha muerto, y de consiguiente pretende entrar en posesión de su nombre, de sus títulos y de su inmensa fortuna.

--Eso es lo que es imposible.

--¿Por qué causa?

--Porque a los ojos de la ley lord William ha muerto y que su acta de defunción está en regla.

--Pero, ¿y probando la sustitución?.......

--¿Cómo podéis hacerlo?

--¡Toma! contando lo que ha pasado.

Mr. Simouns se encogió de hombros.

--Nadie os creerá, dijo.

--Sin embargo.....

--Una sola persona podría presentar un testimonio de algún valor en este negocio, prosiguió Mr. Simouns.

--¿Quién es esa persona?

--El teniente de presidio que se hizo cómplice de sir Jorge Pembleton.

--¡Oh! exclamó Tom, yo encontraré a ese hombre.

--Pero dado caso que lo encontréis, no dará ese testimonio.

--¡Fuerza será que lo haga!

Mr. Simouns se encogió de nuevo de hombros.

En fin, después de un momento de reflexión, añadió:

--Ante todo seamos positivos. Escuchadme a vuestra vez, Mr. Tom.

--Decid, decid, repuso Tom, que parecía lleno de fe en la justicia de su causa.

XLI

DIARIO DE UN LOCO DE BEDLAM.

XXVII

Mr. Simouns prosiguió de este modo:

--La persona a quien llamáis vuestro amo, y que en rigor, puede muy bien ser lord William, ha sido deportado, según decís.....

--Sí, señor, respondió Tom.

--Y hace unos diez años que dejó la Inglaterra, ¿no es así?

--Sobre poco más o menos.

--De consiguiente, puede estar desconocido para todo aquel que no tenga interés en conocerle.

--¡Ay! así es.

--En ese caso, ya veis que si vuestro amo se presenta a lord Evandale, este le volverá la espalda, y que no será recibido mejor sin duda por su noble esposa.

--Si debo decíroslo todo, exclamó Tom vivamente, sabed que mi amo ha visto ya a lady Pembleton.

--¡Ah!

--Y no lo ha reconocido.

--Razón de más, repuso Mr. Simouns, para que aceptéis mis proposiciones.

--Veamos, os escucho.

--Sin que os sea necesario decírmelo, me es fácil adivinar que tanto vuestro amo como vos, habéis vuelto de Australia casi sin recursos.

Tom bajó la cabeza y no respondió.

--Lord Evandale es fabulosamente rico. No sería difícil, estoy seguro, de hacerle entrar en una transacción.

--¿De qué transacción queréis hablar? preguntó Tom con cierta violencia.

--De una transacción, replicó Mr. Simouns, como esta por ejemplo: Lord William consentiría en conservar el nombre de Walter Bruce y en volver a Australia.....

--Pero.....

--Y lord Evandale le daría treinta, cuarenta o cincuenta mil libras.....

--¿Estáis loco, Mr. Simouns? dijo Tom fríamente.

--¡Ah! ¿creéis?.....

--Mi amo no renunciará a ninguno de sus derechos.