La cruz en América (Arqueología Argentina)

Part 8

Chapter 83,758 wordsPublic domain

Cada vez que vemos la figura de Squier, viénennos también á la memoria las Huayrapucas calchaquíes de las Figs. 29 y 29 _bis_, grabadas sobre un pequeño mate de barro, reproducido en la primera de estas láminas, apareciendo en la figura _bis_ el desarrollo del objeto total, de uno y otro lado. Estas figurillas _a_ y _b_, tienen cuerpo antropomorfo, cara zoomorfa, y aparecen en actitud de volar; y si bien no arrastran colas de dragón, la serpiente de escama triangulada, que simboliza al rayo, aparece enroscada al mango incompleto del objeto. La figurilla _a_, lleva en su única mano una flecha, que debe ser figuración de un rayo, como en los dioses toltecas y aztecas; la _b_, porta en su izquierda una larga flecha, y en su diestra otra, y á más el pájaro ó _Ave de la Tormenta_, representada simbólicamente por una cabeza y cuello de _Suri_ ó Avestruz, que indiscutiblemente para nosotros es el ave sagrada de _las nubes_ en Calchaquí, como lo explicaremos en el capítulo respectivo. Los ojos de las figurillas que nos ocupan son Imaymanas, sencillos y dobles.

[Ilustración: Fig 30. Olla de barro de Capayán Colecc. Quiroga.]

Indudablemente que el dios del Aire de Calchaquí está emparentado con el del Perú, y quién sabe si no son ambos la misma divinidad de la tormenta.

Más en las Huayrapucas hasta ahora reproducidas no aparece el símbolo de la Cruz, que vamos estudiando en los dioses meteorológicos, hasta que damos con el grupo mítico-atmosférico de Capayán (Catamarca), en las fronteras del valle de Londres, grabado sobre el barro de color negro, en la parte anterior de la pequeña olla de la figura 30, que reproducimos desarrollada en la 30 _bis_. A la parte posterior de la olla (Fig. 30) sólo aparece la cola ofídica, con círculos Imaymanas grabados en la misma, sirviendo de oreja ó manija á la tinajita. Lo interesante es la figura mítica á la cual esta cola de serpiente pertenece, grabada con poca profundidad en la parte anterior del objeto (Fig. 30 _bis_).

Estas figuras fueron ofrecidas por nosotros en nuestro trabajo sobre la Madre del Viento[198], y muy oportuno es reproducirlas en esta ocasión.

[Ilustración: Fig. 30 _bis_. Desarrollo de la figura anterior.]

Como se vé en el desarrollo del grupo mítico de la olla, al centro del mismo aparece un ser de interesantísimas formas humanas. Este ser, como los dioses mejicanos del aire, lleva en la cabeza un penacho de seis anchas plumas de ave. En su cara humana,—de la que caen pendientes,—dos serpientes que tatúan sus mejillas, sobre las que descansan sus cabezas, forman la nariz del ídolo en su punto de intersección, y sus colas arqueadas, las cejas; la boca es ovalada. De su barba, despréndese la caja geométrica del cuerpo, saliendo para dentro del cuadro, de cada una de las cuatro esquinas del mismo, _cuatro_ cabezas de serpiente, con ojos y boca, provistas de sus cuellos. Estas cuatro cabezas forman el símbolo de _la Cruz_, perfectamente artística y visible. Del ángulo inferior del cuadrado despréndense las patas zoomorfas del mítico ser, el que aparece en medio de las nubes y de la tormenta, provisto de grandes ojos dobles, con las zig-zags.

El caso que acabamos de ofrecer es elocuentemente típico, y salta á la vista la intención del artista que grabó la Cruz, formada por cuatro cabezas de serpientes rayos, que insinúan lluvia. Esa Cruz ocupa el centro mismo de todo ese animado y viviente grupo mítico de la tormenta, como un símbolo de alto valor meteorológico, con sus palos trazados por la luz vital y resplandeciente de cuatro rayos. Todo en este grupo habla de _lluvia_, de _agua_ del cielo; y en las figuras míticas y animadas de los grupos laterales de las nubes de la tormenta, la greca ondulosa repítese de una manera llamativa, la cual, según Jiménez de la Espada[199], es en el Perú posiblemente, como entre etruscos y pelasgos que tantos adornos comunes tienen con los yuncas, una representación de la superficie más ó menos agitada del agua marina ó fluvial,—en este caso del _agua_ de las nubes,—pues del examen arqueológico de varios huaqueros peruanos resulta que al parecer tal cosa ha querido indicar el dicho meandro onduloso, al dárselo en las pinturas de aquellos por base ó sostén á los _Coohuampu_ ó «caballitos de totora», especie de esquifes en uso hoy todavía entre los pescadores de la costa de Trujillo y Santa en el Perú, y muy semejantes por su ligereza y material de construcción al _phaselus_ de los egipcios.

De todo cuanto dejamos escrito en este capítulo, resulta plenamente confirmada la afirmación que hicimos de que la Cruz es el símbolo de los dioses americanos del Aire y de los mitos de la Tormenta; en otros términos: el símbolo sagrado de los fenómenos meteorológicos del cielo.

Ahora bien: ¿por qué ha de ser precisamente el signo de la Cruz el emblema ó símbolo de los cambios meteorológicos producidos como fenómenos de la atmósfera? ¿por qué ha de serlo la Cruz, y no otra de las figuras geométricas tantas veces repetidas en la escritura indiana, como el círculo, el triángulo, el cuadrilátero, la greca, el arabesco, el meandro ú otra combinación ideológica ó simbológica cualesquiera?

Porque así lo fué, y porque así debió serlo, limitarémonos á contestar al poner punto final al presente capítulo.

En el siguiente, relacionando el símbolo con el número sagrado _Cuatro_, pasamos á probar esta afirmación, al parecer hecha _á priori_.

NOTAS:

[151] _Tenth Annual Report of the Bureau of Ethnology to the Secretary of the Smithsonian Institution_, J. W. Powell (Washington, 1893).

[152] Adán Quiroga, _Huayrapuca ó la Madre del Viento_ (Buenos Aires, 1899).

[153] Op. cit., pág. 477, Fig. 664.

[154] Id. id., pág. 480, Pl. XXXII.

[155] Sobre estos dioses ofídicos, y por qué son tales los del Aire, véase Rialle, _Mythologie Comparée_, cap. XIX, pág. 317.

[156] Véase Brinton, _The Myths of the New World_, cap. V, pág. 154, y sobre el dios Hurakán, Brasseur, _Le Libre Sacré_, pág. 80.

[157] Sobre Tláloc, véase Torquemada, _Monarquía Indiana_, lib. VI, cap. 37 y Brasseur, pág. 121.

[158] Brinton cit., págs. 105, 136, 189, 215.

[159] Op. y lug. cit. Brasseur, pág. 70.

[160] Brinton cit., págs. 97 y 117.

[161] _Relación de la Provincia de Nicaragua_, pág 41 y sigtes. Sobre este y otros Dioses del Aire, véase también á Sahagún, _Historia de la Nueva España_, cap. II.

[162] Brinton cit., págs. 35, 68, 190—Brasseur, pág. 92.

[163] Brinton, págs. 213 y sigtes. y 335 á 338. Brasseur, pág. 80—Rialle, cap. XIX, págs. 309 y sigtes.

[164] Brinton, págs. 184 y 214.

[165] Brinton, págs. 222 y 335.

[166] Rialle, cap. XX.

[167] Brinton, pág. 171—Brasseur, pág. 118.

[168] Este libro sagrado fué traducido por Francisco de Ximénez y publicado después en Viena por M. Scherzer (1857).

[169] Brinton, págs. 140 y 323—Rialle, cap. XX cit.—Brasseur, pág. 122.

[170] _Noticias de Tierra Firme_, Part. II—Sobre este y otros mitos muyscas, véase también á Piedrahita, _Hist. de la Conquista del Nuevo Reino de Granada_ (1668) y E. Restrepo, _Aborígenes de Colombia_, Caps. II y III.

[171] Op. y lug. cit.

[172] _Amer. Urreligionen_, pág. 420 y sigtes.

[173] Op. y lug. cit.

[174] Brinton, cap. V. págs. 185 y sigtes.

[175] R. Lenz, _De la Literatura Araucana_, págs. 16 y 17 (Discurso—Oct. 1897—Chillan).

[176] Adán Quiroga, _Hachas sagradas_ (1900).

[177] Adán Quiroga, _Huayrapuca ó la Madre del Viento_ (Buenos Aires, 1899)—Max Müller, á propósito de los dioses epicenos brahamanes, dice que sus adoradores «querían expresar algo que no fuese ni macho, ni hembra; ... querían algo que estuviese por cima del masculino y del femenino; un ser sin sexo, pero no un ser sin vida, ó un dios impersonal» (_Origen y desarrollo de la Religión_, Sec. III, § I, pág. 286).

[178] Brasseur, _Le Lib. Sacr._ Introd., pág. 117—Véanse también á Kinsborough, _Antigs—of México_, pág. 480; Ternaux Compans, _Recueil de pièces á la Conq. du Mexique_, pág. 307 y 310, etc.

[179] Nosotros disentimos con Brinton y demás americanistas en la interpretación de la palabra compuesta _Pacaritambo_. Como _Pacari_ es «amanecer», y _tambo_, «lugar, casa», daría: «casa de orgíen», «tambo del nacimiento», ó sea de donde salió el sol y sus hijos los Incas. En otros términos: la cueva de la aurora.

[180] Brinton, págs. 238 y 265—Rialle, págs. 297 á 299—Lucien Biart, _Les Aztéques_, pág. 85 (París 1885).

Con motivo de la Cruz de Tláloc, encontrada en las ruinas toltecas de Téotihuacán, depositada en el Museo del Trocadero, y que Lucien Biart reproduce en el lugar citado, el doctor Hamy demostró de como uno de los atributos de Tláloc, destinado á _figurar la lluvia_, tomó á golpes de cincel de los escultores la forma de la Cruz cristiana.

[181] Rialle, pág. 301—Brasseur, pág. 92.

[182] Brinton, pág. 145—Rialle, págs 303 y 304—Brasseur, pág. 70.

[183] Brinton, págs. 114, 124, 141, 172, 221 y 345—Rialle, págs. 309 á 312, 314 y 315.

[184] Rialle, págs. 310 y 313—Lucien Biart reproduce su estátua del Trocadero (pág. 81).

_Tezcatlipoca_, el creador del espacio, portaba en su izquierda un escudo y cuatro flechas en Cruz. Su imagen aparece en una terracota encontrada en Nahualac por M. de Charnay. Lucía anillos y cordones de oro, plumas verdes y manto rojo (Biart cit., págs. 75 y 76).

[185] Rialle, 323.

[186] Véase Lucien Biart, op. cit., pág. 91, París 1885.

Este autor, en el lugar citado, reproduce la insignia cruciforme de Huitzilipochtli, de acuerdo con el manuscrito de Le Tellier. He aquí la tan curiosa insignia:

[Ilustración: Insignia cruciforme de Huitzilipochtli.]

[187] Brinton, págs. 140 y 323—Rialle, págs. 327 á 333.

[188] _Hist. Apologética_, c. 121, MS.—De la Cruz en Yucatán han tratado estensamente Ixtlilxochitl, _Hist. des Chichiméques_, pág. 5 y sigtes; _Sahagún_, _Hist. de la Nueva España_, lib. I, cap. II; Cogolludo, _Hist. de Yucathan_, lib. IV, cap. IX; García, _Or. de los indios_, lib. III, pág. 109; Palacios, _Descrip. de Guatemala_, pág. 29, etc.

[189] _Historia de Copacabana_ (Carta de D. Joaquín de Sosa y Lima cit., «Revista de la Biblioteca», Rioja 1890).

Niceto de Zamacois asegura que la Cruz de Yucatán «representa al dios de las Lluvias» (Annual Report de Powell (1888-89), pág. 730).

[190] Brinton, pág. 114.

[191] _Crón. del Perú_, capits. XXVII y XLIX.

[192] Rialle, págs. 299 y 326.

[193] Brinton, pág 97.

[194] E. Restrepo, _Los Aborígenes de Colombia_, pág. 45.

[195] Págs. 278 y 279—Brinton, pág 115.

[196] Squier, _In the Land of the Incas_, cap. XI, pág. 188.

[197] _Culto de Tonapa_, pág. 49.

[198] Adán Quiroga, _Huayrapuca ó la Madre del Viento_, págs. 425 y 426 (Bolet. del Inst. Geográf. Arg., tom. XX).

[199] _Congr. de Amer. de Bruselas_, tom. I, pág. 636.

CAPÍTULO V

LA CRUZ Y EL NÚMERO CUATRO

_Los números y su valor simbólico—Predilección por el Cuatro en la raza americana—Los hechiceros Chypeway—El número cuatro y el dios Viztcilipuztli—Lo que escribe D. Antonio de Solís—El número cuatro entre aztecas, nahuas, mayas, quichés y muyscas—Entre peruanos y araucanos—Entre calchaquíes—Los cuatro puntos cardinales y los cuatro vientos—Los cuatro palos de la Cruz—La Cruz como emblema acuático—Vaso ceremonial de los Sia—Opinión de Stenvenson—Disentimiento con Brinton—La Cruz como símbolo de la Lluvia._

Los números entre las diversas razas americanas tienen un valor simbólico en sus religiones, en sus ceremonias hieráticas, en su escritura sagrada y hasta en sus cosmoganías.

Anteriormente hemos tenido ocasión de insinuar cuán venerados fueron los números dos y tres de parte de algunos pueblos aborígenes, citando divinidades bicéfalas y tricéfalas, ó de dos y tres en uno, y viceversa. El número dos representa el fenómeno bisexual, sin hermafroditismo en los dioses; el atributo de los creadores, ó más bien: hacedores _cay cari cachun_, _cay huarmi cachun_, ya sean varones ó hembras, para formar, reproducir ó procrear por sí mismos, como todopoderosos en la creación de las cosas del cielo ó de la tierra. El número tres, que llamaremos _tanga-tanga_, refiérese indudablemente á la intervención de tres cosas en el acto carnal de la generación de las especies; y el _Huampar Chucu_, la mitra del gran sacerdote que reproduce la «Relación Anónima»[200], es sin duda en el Perú el emblema fálico de este número sagrado, pues compónese de la alegoría del triángulo, el foco solar, el mortero y su mano, y hasta por sus formas el Huampar aparece como la ingle del miembro viril, con los atributos de las naturas masculina y femenina. El _Tangatanga_ ó figurón tricéfalo de los chancas, no es otra cosa que la representación antropomorfa de la referida cantidad sagrada.

No nos parece, como lo asevera Brinton[201], que la veneración al número tres viene de tres operaciones mentales al pensar; pero sea de ello lo que fuere, no es esta la oportunidad de debatir tan interesante punto[202].

El número predilecto entre las razas aborígenes es indudablemente el número _Cuatro_, especialmente en los pueblos en los cuales la heliolatría es la base fundamental de la religión, como en Méjico y Perú, por lo que tal predilección se ha atribuido generalmente al conocimiento de parte de aquellos de los equinoccios y solsticios.

Sin embargo, la raza norteamericana, que no era adoradora del Sol, tenía como sagrado al número en cuestión, lo que prueba que esta particularidad ó es más antigua que la religión heliolátrica, ó debe explicarse de otro modo.

El culto al número cuatro, como tan ingeniosamente lo ha demostrado Brinton[203], se origina de la veneración á los cuatro puntos cardinales, y obedece en cierto modo á las leyes aritméticas del universo. El piel roja, según el americanista, adoptó este número como regularizando cantidades en sus instituciones y artes; repitió sus múltiplos y compuestos; imaginó nuevas aplicaciones, magnificando constantemente su místico significado, llamándole, finalmente, en sus ensueños filosóficos, la clave de los secretos del universo, la fuente de la siempre creciente naturaleza[204].

El hombre rojo era cazador, y erraba por las selvas y las praderas sin límites; un instinto, y no una facultad, dirigialo por la tierra, sin extraviarse. En una época primordial de su historia, el indio tomó nota de los cuatro rumbos, de los cuatro puntos cardinales, hacia los cuales encaminaba sus pasos, y por aquellos se guió en el desierto y en la noche, dignificándolos hasta convertirlos en dioses, como una consecuencia natural. Mucho después, cuando un progreso lento le hizo penetrar en otros secretos de la naturaleza; cuando se dió cuenta de la trayectoría del sol, constantemente entre dos puntos, y del movimiento de los elementos, él paró la atención en las radicales de la aritmética y discernió una repetición ó aplicación de este número cuatro hasta en las estaciones del tiempo. De aquí la adopción de parte suya de este número como la cantidad regulatriz, y de aquí su predilección por el mismo. Iguales motivos harían sagrado al cuatro en los demás pueblos, cazadores antes que agricultores, y fetiquistas antes que politeistas, aunque muchas veces el fetiquismo es una consecuencia posterior de la adoración al dios representado, al que se concluye por atribuirle voluntad propia, según Max Müller[205].

Los pieles rojas creen en la existencia de cuatro espíritus, correspondientes á los cuatro puntos cardinales; genios de estos puntos se suponen los vientos que soplan, por lo que son venerados también los cuatro vientos, debiéndose advertir que el aire suele llevar el mismo nombre de la divinidad cardinal de donde sopla[206], confundiéndose de este modo con la dirección. De aquí es que en las ceremonias religiosas de aquellos indios figuraba con monótona repetición el número cuatro, por la conexión natural entre los movimientos del aire en el pensamiento y en la palabra con las operaciones del alma y la idea de Dios. Los creeks, especialmente, divinizaron al número cuatro, y en la fiesta del Busk prendían fuego _en cruz_, ó sea en las _cuatro esquinas_.

El Este entre los dakotas, según Mr. Dorsey[207], simbolizaba la vida y su fuente; y de aquí la colocación del cadáver al Este, para indicar la esperanza de una vida futura.

Estos puntos cardinales, según Brinton[208], tienen cada uno su motivo especial para ser venerados. Del Este sale el sol. El Oeste es la puesta, y trae la idea de muerte, sueño, tranquilidad, descanso de la labor; en ese rumbo distante reposaba el alma fatigada del astro, y cuando uno moría tomaba su camino. El Norte es el lugar del hielo; hacia el Norte caminan las sombras, y de allí vienen los truenos tempranos; viven en el Norte los dioses poderosos; y un témpano de hielo no es más que una habitación de la divinidad; en una montaña contigua á la estrella del Norte, creían los dakotas que existía el dios de las estaciones; en el Septentrión oscuro moraba la muerte de los attawas. El Sud, por el contrario, es la región de los vientos ardorosos.

Para nosotros, que vivimos bajo la línea ecuatorial, no hay cuestión en cuanto al Este y Oeste, al naciente y poniente, rumbos sagrados por la salida y puesta del sol; pero los motivos de la veneración al Norte y al Sud serían forzosamente otros. Del Norte soplan los huracanes y vienen los vientos secos y ardientes, que en verano marchitan la naturaleza; el Sud tiene su Cruz celeste; el viento del Sud trae el cambio atmosférico, y tras él llega la tormenta, que produce la lluvia, animando á las tierras sedientas y á la vegetación que languidece. Aparte de esto, motivos políticos llamarían la atención del Norte, pues que en aquel rumbo vivían los monarcas resplandecientes y se hallaban erigidos los grandes imperios.

Los dakotas y otras razas del Norte, lo mismo que los demás pueblos americanos, tienen en sus orígenes étnicos ó sociales la tradición de cuatro hermanos, de cuatro semidioses, de cuatro jefes, de cuatro caudillos ó de cuatro personajes; estos cuatro seres míticos aparecen vestidos con metáforas groseras, pero alusivas siempre á los cuatro vientos, pues que los vientos reconócense al instante en estos cuaternos, é indiscutiblemente aquellos son los cuatro espíritus de los navajos de Méjico, los cuatro genios antepasados de los mayas, los cuatro aparecidos de Pacaritambo de los peruanos, etc.

Todo ello explica por qué en las ceremonias sacerdotales era comunmente repetido el número cuatro.

Los hechiceros _Chipeway_, iniciando á sus neófitos en los misterios de la religión, interrogábanles por un lugar de los cuatro polos, de las cuatro grandes piedras que dejaban ante su fuego, recordando cuatro días, refiriendo cuatro fiestas, y repitiendo durante la escena religiosa este número ó sus múltiplos.

Un ejemplo precioso de lo venerado que era el número cuatro ofrécenos D. Antonio de Solís, describiendo en la ciudad de Méjico la plaza del templo de Vitzcilipuztli ó dios de la guerra. «Tenía la plaza, dice[209], _cuatro_ puertas correspondientes en sus _cuatro_ lienzos, que miraban á los _cuatro_ vientos. En lo alto de los portales había _cuatro_ estátuas ...» El ídolo, agrega, portaba _cuatro_ varas con cabezas de sierpes y _cuatro_ saetas.

Tenochtitlan[210], Cholula, Tezcuco y Quito estaban divididos en Cruz, por calles que se cortaban de norte á sur y de este á oeste, de manera que formaban cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. La mayor parte de los palacios tomaban la forma arquitectónica de la Cruz. Las tumbas en más de un pueblo eran igualmente construidas en Cruz, y abríanse á lo largo de ellos avenidas correspondientes exactamente á los paralelos y meridianos.

Los aztecas al tomar posesión de las tierras, tiraban flechas á los cuatro puntos cardinales. Celebraban cuatro fiestas al año, y cuatro veces la fiesta principal; con cuatro plegarias solemnizaban sus ritos, ofreciendo incienso al cielo en los cuatro puntos cardinales; la humana víctima del sacrificio era conducida cuatro veces al derredor del templo, y arrancándole el corazón, bebían su sangre en cuatro vasos, brindando á las cuatro partes del horizonte[211].

Los nahuas vivían sugestionados por la operación del número cuatro: un pájaro era cogido por cuatro días; un fuego ardía y una flecha era tirada á los cuatro cardinales cuando el bautismo de un niño; ofrecían sus plegarias cuatro veces al día; sus grandes fiestas tenían lugar cada cuatro años; las ofrendas de sangre se hacían á los cuatro puntos del espacio; la jornada de las almas era de cuatro días y el luto duraba cuatro meses ó cuatro años.

Las divinidades mejicanas de la atmósfera son grandes cuaternos, como Quetzalcóatl con el epíteto de Nanihehecatl, porque son «señores de los cuatro vientos», que preponderan hasta el día en que vencen los dioses heliolátricos, resultado de una revolución étnico-religiosa de los aztecas contra los toltecas, unos y otros simbolizados en Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, el «espejo resplandeciente», vencedor éste de aquél, por lo que es figurado por un pájaro blanco atravesado por una flecha saliendo de la cresta incendiada del monte Zapatec, emblema de la nube asaeteada por el rayo vencedor del Sol[212].

Los caribes, quichés y muyscas tienen también gran veneración por el número cuatro, el que se encuentra repetido en sus tradiciones mitológicas y etnológicas. En los calendarios nahua, apoteca y maya, el mes tiene cuatro semanas; su indixión se divide en cuatro períodos; el mundo pasa por cuatro grandes ciclos, lo que se repite periódicamente por la división del año solar en cuatro estaciones, que se producen por la lucha de cuatro gigantes aereos que dominan los vientos. En el _Popol Vuh_, envuelto en la obscuridad teológica, el cuaterno Gucumatz, después de creados los animales y de maldecidos por no tener lenguaje para dar las gracias á los dioses á quienes deben la vida, forma con maíz blanco y amarillo á los cuatro pobladores del mundo, los tigres del alba, de la noche, de la luna y el «distinguido», ó sean: Balam-Quitze, Balam-Agab, Igi-Balam y Mahuentah. Es de advertir que el felino es una representación heliolátrica, y numerosas cabezas de tigre ó león han de verse reproducidas en los dioses-soles.

Notable ejemplo de cuaterno entre los quichés son los cuatro pájaros, ó los cuatro vientos, sobre los que se cuentan muchas leyendas, los que llevan nombres significativos; estos cuatro pájaros, cuatro espíritus, son: Xecotcovach, Camulatz, Cotzbalam y Tecumbán[213].

En el Perú hemos creido observar que el número sagrado de la civilización del culto á Viracocha[214] ó aymará del Titicaca es el número tres; del que vimos anteriormente su repetición monótonamente intencionada en los dioses de Tiahuanaco y representaciones monolíticas del Aticci de las aguas. La civilización heliolátrica, al revés, tenía una predilección manifiesta por el número cuatro, y era esta la cantidad regulatriz en el imperio de los Incas. El Cuzco, como sucede en los pueblos de Cholula á Quito, estaba dividido en cuatro partes, en cuatro cuarteles, mandados por cuatro jefes. El mundo incaico constaba de cuatro partes, y sus tierras se encontraban repartidas entre cuatro predilectos. En la primera gran división, el norte tocó á Manco Cápac, el sud á Colla, el este á Tokay y el oeste á Pinahua. Ya hablamos de cuatro genios del viento, ó de los cuatro de la cueva de Pacaritambo. La sociedad peruana dividíase en cuatro castas: incas, curacas, nobles y plebeyos. En la población del imperio se contaban cuatro nacionalidades: Antis, Cuntis, Chinchas y Collas. El Inca llamábase el «señor de las cuatro partes ó de los cuatro _suyus_». Los peruanos celebraban cuatro fiestas, y en cada luna nueva otras de cuatro días, repitiéndose invariablemente el número en todas sus ceremonias religiosas.

Los guaraníes sólo cuentan hasta cuatro.